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Full text of "El honor de España, episodios de la guerra de Marruegos, novela histórica"

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Digitized by the Internet Archive 

in 2011 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/elhonordeespaaepOOcast 



EL HONOR DE ESPAÑA. 



C5szr|íic 



BALDRICH i ILLAS, EDITOR. 



EL HONOR DE ESPAÑA 



EPISODIOS DE LA GUERRA 



DE MCARRUEGOS. 



NOVELA HISTÓRICA ORIGINAL 



DE 



D. Rafael del Castillo. 



EDICIÓN ILUSTRADA CON PRECIOSAS LAMINAS SUELTAS. 




MADRID 1859. 

IMPRENTA DJS DON ANTONIO GRACIA Y ORGA, 
PLAZUELA r>KL BIOMBO, NUM. 4. 




\0 



Es propiedad del Editor. 



'• l.»l I 1 « I I ■ ■! -. ■ 



AL EXCfflO. SR. DON LEOPOLDO ODONKELL , CAPITÁN 

GENERAL DE LOS EJÉRCITOS ESPAÑOLES, MINISTRO 
DE LA GUERRA, PRESIDENTE DEL CONSEJO DE MI- 
NISTROS, Y GENERAL EN GEFE DEL EJÉRCITO ESPE- 
DICIONARIO DE ÁFRICA. 



Creo que á nadie mejor que á V. E. puedo dedicar mi 
novela. 

V. E. ha sido la personificación exacta del pensamien- 
to de la nación, y yo creeria faltar á el deber que todo es- 
pañol tiene, sino pusiera al frente de mi obra el nombre 
de VrE. 

Quiza esta, no sea todo lo grande, todo lo sublime que 
V. E. se merezca; tal vez mi pluma no sea la mas á propó- 
sito para cantar los hechos de esa gran epopeya que se lla- 
ma Guerra de áfrica; pero lo que de talento falte, súplalo 
mi buena voluntad, y si V. E. la acoge con su acostumbrada 
indulgencia se verá suficientemente recompensado, 



S. S. Q. B. S. M. 



$!B([)1L^(5(D. . 



UN MILITAR ESPAÑOL. 



De cómo las pequeñas causas producen grandes electos. 




STAMOs en Raast-el-Seric , pequeña aldea 
situada casi en la raya que separa nues- 
tras posesiones africanas de el imperio 
Marroquí. 

Es la noche del 21 de Agosto de 1859. 
El sol abrasador que durante el dia ha sofocado la atmós- 
fera, ha dado lugar á una luna que rodeada de su corte de es- 
trellas, se enseñorea en medio de la azulada cortina del firma- 
mento. 

La noche reina con todos sus encantos. 
Son las ocho de la noche. 

A uno de los estremos de la población, se alza un edificio cu- 
yos calados agimeces, puertas graciosamente arqueadas, y di- 



S EL HO.NOU 

jnensionfs als^o mayores que las de las otras casas, le hacen dis- 
tinguirse, y comprender que aquella es la residencia del Kabo 
ó jefe de todo aquel distrito. 

Dos moros de rey, con sus largas espingardas, se pasean si- 
lenciosos ante la puerta principal. 

El edificio está completamente aislado, y al par que sirve de 
habitíicion para el jefe de aquella tribu, sirve también de alca- 
zaba ó fortaleza para defender el pueblo. 

En la parte posterior á la puerta principal , á través de las 
celosías de una de las ventanas, se distingue una luz. 

Por una de las bocas calles que desembocaban en la «plaza 
inmensa que rodeaba á el palacio, pues tal nombre podemos dar- 
le, apareció un moro cuidadosamente embozado en. un blanco a/- 
quicel. 

Miró á todos lados como persona que desea recalarse, y des- 
pués de haberse cerciorado de que nadie le veia, se dirijió en li- 
nea recta hasta la ventana, y dio dos palmadas, á las que se si- 
guió inmediatamente el abrirse sin ruido una puerla que al pié 
de la ventana babia, y aparecer en ella un etiope con'una lin- 
terna. 

— Ola Jafar, le dijo ermoro. 

— Allah te guarde, contestó el negro. 

Y Iras estas palabras pasó aquel, y la puerta volvió á cer- 
rarse. 

Sin duda el recien llegado conocerla muy bien el terreno en 
que se encontraba, porque sin vacilar subió por una estrecha y 
tortuosa escalera de caracol, y atravesando algunas habitaciones 
penetró en una, de la cual se arrojó al verlo una mujer, en sus 
brazos esclamando en el castellano mas puro. 
— Bendito sea Allah que te trae á mis brazos, Carlos miol 

El moro, ó mejor dicho el cristiano, pues creemos que nues- 
tros lectores comprenderán perfectamente que un hombre que se 
llamaba Carlos, no podía pertenecer á la secta de Mahoma, la 
separó dulcemente, y haciéndola sentar en Jos mullidos almoha- 
dones de seda damasquina que rodeaban el aposento, la estubo 
conleraplando al¿^unos momonlos cii silencio. 



DE ESPAÑA 9 

Nosotros nos aprovecharemos de él para describir á estos 
dos personages que han de representar en nuestra historia uno 
de los principales papeles. 

La mora tenia esa belleza tipica de la raza árabe. 

Sobre un cutis ligeramente moreno, y entre las largas y es- 
pesas pestañas negras, brillaban unos ojos, cuya pupila en su 

brillante irradiación espresaba la intensidad de láá^' pasiones 
africanas. 

Una nariz graciosamente arqueada, una boca de niña y un 
falle tan esbelto como las palmeras de su pais, completaban la 
hermosura espléndida de esta mujer. 

Sin embargo, habia un no se qué especial en aquel rostro, 
tomaba á veces una espresion tan estraña, que infundia pavor. 

Aquella mnjer amada, podría ser un ángel, desdeñada, se 
convertiría en una furia. - 

En cuanto á él, era la personificación exacta de nuestros ti- 
pos vascongados. 

Alto, bien formado, ojos azules sobre un semblante franco 
y espresiyo, todo en él respiraba un valor á toda prueba, y un 
alma amante de lo bello y de lo grande. 

Carlos era militar. 

Era subteniente del «fijo de Ceuta.» 

Y burlando la vigilancia de sus gefes, ó aprovechándose de 
la condescendencia de sus compañeros cuando estaban de gúai-- 
dia, iba dos veces en la semana á pasar dos horas con su amada. 

— Carlos, dijo por fin la mora rompiendo el silencio. ¿Qué 
traes que estás tan preocupado? parece que tienes que darme 
una mala noticia!... tlabla, no estés de ese modo, porque esa 
incertidumbre, me mala mas que tus palabras. .. 

—Has adivinado perfectamente, Zobeiba, una mala noticia 
tengo que darte. Me vuelvo á España. ^ ^j^,, 

Un gemido desgarrador se exhaló del alma de aquella mujer 
Una palidez mortal se esparció por su semblante, su seno 
se agitaba rápidamente. 



10 EL HONOR 

Y on los latidos fio su corazón domos! raba la emoción qiio 
sfinlia. 

Sil ncí^ra pHpila so ompaüó con una láí^TÍma. 
Por fin, su dolor encontró palabras para desahogarse, y es- 
clamó con fuerza. 

— ¡Y eres lú quien me dices que te marchas? ¿Eres lu el 
hombre que hace cuatro lunas me estás jurando que me amas? 
Mentira me has engañado infamemente para después burlarte 
de mi amor. 
j.j r-Zobeiba!. . 

— Te lo vuelvo á repetir; si tu cariño fuera cierto <{CÓmo era 
posible que así me abandonaras? yo que por ti he sacrificado 
todo cuanto en el mundo amaba, todas las exigencias de mi 
pueblo, lodo, porque tu has reasumido todas mis afecciones; 
todos mis deseos, todas mis esperanzas. 

— Calla Zobeiba, contestó Carlos, ocultando á penas un lige- 
ro movimiento de disgusto, crees tú que no me es á mi también 
muy dura semejante separación? pero el militar tiene deberes. . 

—No hay deberes cuando el corazón grita, interrumpió con 
fuerza la mora. Di mas bien que tú tienes algo que te llama mas 
A tu patria, y no me hables de deberes. 

— Siempre han de salir tus celos, Zobeiba. 

— ¿Y no tengo motivos acaso? Cada dia te encuentro mas 
frió, mas indiferente, tu voz no murmura ya en mi oido aque- 
llas frases tan llenas de armonía y en las que se adormecía mi 
alma. Vienes mas tarde que otras veces, y te ausentas mas 
pronto, quieres esplicarme que significa esto. 

— Que tu corazón es demasiado suspicaz, que quieres ser es- 
clusivista y eso es imposible. 

— ¿Y que mujer no quiere serlo en amores? tal vez las cris- 
tianas puedan mirar tranquilas la indiferencia de un amante, 
pero nosotras las africanas, no, si nos aman, adoramos, pero 
si nos fallan, sabemos también vengarnos. 

Fué tan incisiva, tan particular la entonación con que Zo- 
beiba pronunció las últimas palabras, que Carlos, no pudo me- 
nos de estremecerse. 



DK ES!'A?ÍA. H 

Sin embargo, se repuso, y contestó. 
— Mira Zobeiba, hablarme á mi de venganza es una necedad, 
pues estás convencida de lo poco que temo á la muerte, bien 
sea á la que tus hermanos dan ii los cristianos, bien la que vo- 
sotras deis con vuestros venenos Te he dicho que te amaba y 
te amo, has hablado algo de mi indiferencia, y debo contestar- 
le que quiza no indiferencia pero si, que mi amor se entibia 

algo, es cierto. 
— Qué dices? 

— La verdad: soy de una tierra donde la mentira es nn cri- 
men, y la verdad una virtud. Te he amado, te amo aun, pero 
tu estremado afán de doaiinio, esos celos infundados con que 
continuamente me persigues, debilitan cada vez mas mi pasión. 
Cada entrevista que tenemos, nos cuesta un disgusto, donde no 
hay un átomo de arena, tú ves una montaña, y mi carácter 
ni dá esplicaciones, cuando comprende que no ha faltado, ni se 
humilla á pedir un perdón para el que no he hecho motivo. 

— Es decir Garlos, que has encontrado otra naujer que posee 
esas dotes que yo no tengo? dijo Zobeiba con una voz tranqui- 
la y reposada, indicio seguro de la tempestad que rugia en su 

pecho. 
— Lo que es decir señora, contestó con arranque el militar. 

es que vos, ó no me comprendéis ó no queréis comprenderme, 
Os he hablado antes de los deberes que como militar tenia que 
cumplir, y lo habéis tomado por (jue no os amaba y me alejaba 
de vos; os hablo ahora de los defectos que tenéis y que son los 
(jue únicamente me hacen desgraciado, y les dais un sentido (jue 
no tiene; hablando de este modo no nos entenderemos jamás, 
y como mi único objeto ha sido daros mi último adiós, |)ues 
parto pasado mañana, recibidlo, y quiera Dios que cuando ten- 
gáis otro amante lo com[)reudais mejor que á mi. 

V Carlos dio algunos pasos hacia la puerta. Pero Zobeiba 
con la rapidez del rayo se interpuso, y le delubo. 

— Ohl Carlos miol por el santo profeta te ruego que me per- 
dones ¿Qué seria de mi, probé gacela sin mi amante? No te ale- 
josdemi lado; lu que has sido al 0d»i^ «ucantado que he visto en 



I ^ KL llONOh 

el (losiorlo de mi vidií, no seas tan ciuel qutí me prives (|e esa 
íelicidaü; yo te prometo uo tener celos, no incomodarme nun- 
ca, pero no teinarclies Carlos ¿lieíaon nuestros desierlos la cul- 
pa de que Allab les haya dado el Simoun: (1) pues tampoco la 
tengo yo, si mi corazón guarda pasiones tan vehemenles. Iles- 
pondejiie, ¿no es cierto que no te marcharás. 

— Ya es tarde Zobeiba, ya es tarde. 

— Qué quieres decir? 

— Que tengo necesidad de cumplir las órdenes de mis siq)e- 
riores. m «i •.. >J — 

— Di mas bien que otra mujer te llama á tu patria, pej'o 
guárdate Carlos, guárdate de mí, contestó con furia la africana. 
,¡,— Y erais vos la que hace un momento decíais que no ten- 
dríais mas celos?... Cumplís admirablemente vuestra prome.sa, 
dijo con ironía el militar, y después prosiguió con severidad. 
Eha señora hemos. concluido; guardaos vuestros celos, que in,e 
importan tan poco como vuestra venganza, me habéis juzgado 
mal, y siento yo también haberme equivocado en oí juicio que 
formé de vos. Adiós Zobeiba^ adiós, y sed muy feliz. 

Y antes de que la mora pudiera impedirlo ganó la escalera 

por donde habia subido y momentos después estaba en la calle 

Repuesta la hija del Kabo de la sorpresa que la pariida de 

Carlos la habia causado, con voz vaivuciente de cólera gritó. 

— Aquí Jafar. 

Presentóse inmediatamente el negro, y su ama le dijo: 

^—Prepárate á seguirme. ; .ü/ uú 

Envolvióse Zobeiba en su finísimo bornuz, y seguida de Ja;^ 
far salieron á la plaza, en el mismo momento en que Carlos 
peae^r^ba en una de las calles que desembocaban on olla. 

(1) Aire abrasador que reina en los desiertos africanos, y que en sus tar 
hellinos suele sepultar caravanas enteras. 



Di;; iísi'aSa I3 



En un salón espacioso con primorosos arabescos en los frisos, 
pavimentos de alabastro, y paredes azules en las que se leian 
con caracteres rojos algunos versículos dei Coran, es donde 
van á penetrar nuestros lectores 

Esta estancia era ja, de ceremonia, en el palacio del padre 
de Zobeiba. 

Sentados formando semicírculo ante una especie de trono 
formado por algunas gradas, se veian diez moros cuyos sem- 
blantes en general nada de bueno auguraban. 

Sobre dobles almoliadones de terciopelo con gruesas fran-^ 
jas de oro, estaba el jefe de la Rabila presidiendo aquella 
reunión. 

Graves y silenciosos todos, se conocía que estaban preocu- 
pados por algún importante acontecimiento. 

El Kabo fué el primero que habló, 

— Bien sabe Allah, amigos mios, que lo que acaba de de- 
cirnos el santo faqui (sacerdote.) Abdul-Aciad, nos ha im- 
presionado á todos, y á mí en particular me ha afectado mas. 
Conque los cristianos no contentos con habernos arrojado de la 
tierra que el profeta habia señalado para su pueblo, no con- 
tentos con habernos arrebatado nuestra Granada, quieren tam- 
bién robarnos el único rincón que nos ha quedado, quieren es- 
tender los límites de sus tierras y adelantan sus alcazabas por 
nuestros dominios. 

— Sí; poderoso Moscamden, dijo uno de ios moros, yo tara- 
bien he visto á esos perros rmiys (cristianos) poner los cimien- 
tos de un fuerte, y colocar con gran pompa y aparato un es- 
cudo con las armas de su patria. 



I i KL HONOI» 

Un muriiuillo de ¡ntlignacion st; exhaló del seno de a(|uella 
eslraña asaíiil)lea. 

El gefe paseó su mirada por todos los miembros que la com- 
ponían y preguntó: 

— ¿Qué os parece semejante audacia? 

— Que merece casti^j^arse; ahullaron todos á una voz. 

— Y qué diiá nuestro poderoso, nuestro sublime emperador, 
la columna mas fuerte del Islam, el infalible y el elegido del 
^enor? 

— Si nuestro emperador viera los desmanes de esa canalla, 
dijo un moro con Ímpetu, tal vez se olvidara de esa apatia, de 
esa cobardía vergonzosa, que le obligó hace años á firmar unos 
tratados deshonrosos y que no hace mucho le hicieron entregar 
un arrayaz (oficial) que en buena ley, habían cogido nuestros 
hermanos de Melilla. Tiempo es ya deque nosotros quebrante- 
mos ese yugo vergonzoso que nos oprime; si el brazo del sul- 
tán es harto débil para regir un gran pueblo, nuestros brazos 
son bien fuertes para manejar el alfange, y nuestro ojo de- 
masiado perspicaz para que las balas de nuestras espingardas 
encuentren el corazón de los españoles. Esta es mi opinión, y 
creo que sea la de todos mis hermanos, 

— Si, si, Ebu-abú tiene razón gritaron lodos. Venganza y 
muerte á los cristianos. 

Por un momento reinó una confusión espantosa. 
Todas las manos buscaron bajo \os alquiceles las empuña- 
duras de sus gumías, y de todos aquellos labios no salió mas 
que un grito atronador, inmenso. 
— Mueran los cristianos!... 

Pero de pronto, á aquel ruido se unió otro, una voz de 
mujer gritaba en las habitaciones esteriores, ya aquel acento 
que espresando una cólera infinita, decía: 
— Venganza, venganza! 

Se unía el clamor de la reunión del Kabo (|ue gritaba: 
— Viva el Miscnmden mueran los españoles, arrasemos sus 
fortalezas, y apodeiémoiiosde sus plazas. 



DE ESPAfÍA. 15 



III 



Pocos moraentos ciespiies de los últimos sucesos una gran 
agitación reinaba en las calles del Raast-el-Seric. 

Rostros feroces espresando la cólera y el odio, salian de to- 
das las puertas y embrazando la espingarda ó empuñando e) 
yatagán ó la gumia se dirijian apresuradamente hacia la plaza 
donde estaba la casa del gefe de la Kabila. 
Este se dejó ver á los pocos instantes. 
A su vista un alarido inmenso atronador se exhaló de toda 
aquella multitud. 
—Mueran los españoles gritaron los moros. 
— A esQ vamos poderosos creyentes dijo el Kabo, que Allah 
proteja nuestra empresa y el pueblo marroquí volverá á ser 
grande como nuestros abuelos le dejaron. 
— Viva el Kabo, ahulló la turva. 

Y siguiendo á su jefe se lanzaron hacia el campo. 

La mayor parte de los moros iban ginetes en esos magnifi- 
cos caballos descendientes de Eldeborah la famosa yegua dci 
profeta. 

Mas rápidos que el torbellino del Simonn atravesaron el es- 
pacio, y pronto se encontraron ante el cuerpo de guardia que 
estaban construyendo cerca de Ceuta. 

Nuevos gritos nuevos alaridos, nuevas demostraciones de 
furor, estallaron al ver aquella obra sin concluir. 

— Ahí tenéis, dijo el jefe la nueva humillación que esos per- 
ros querían hacernos. 

La esplosion no se hizo esperar mucho tiempo. 
Furiosa aquella multitud se lanzó sobre el edificio y k los 
pocos instantes no era mas que un montón de escombros. 

Y no siendo suficiente aquello para calmar la rabia de aque- 
lla gente, se arrojaron sobre los pontones que marcabnn los lími- 



16 K'.. HON()!\ 

les de España, y arrancando las armas que sobre uno de ellos 
se eníofioreaban la alaron á la cola de uno de sus caballos, y 
en medio de una gritería espantosa, lomaron otra vez el ca- 
mino tortuoso (|ue conducía ;i su pueblo. 

Allí el espectáculo fué mas animado, mas salvaje si cabe 
decirlo así. • 

Toda la Rabila, hombres mujeres y piños,- esperaban con 
viva impaciencia h los valientes que habían ido á ejecutar la- 
man^ empresa, y un alarido inmenso acogió su llegada. 

— Hijos, gritó el cabo, ya hemos arrojado el guante contra 
España y nuestro poderoso sultán Abd-el-Rahman, no tendrá 
mas remedio que seguir el ejemplo que nosotros hemos dado. 
Que abra los tesoros que guarda eil Beital-Mel (1) y declare 
una guerra de estermínio á esos bandidos españoles. 

Una salva de aplausos acogió las palabros del Kabo, y en 
su enlusiasmo durante algunos momentos, no se vio á la vaci- 
lante luz de las primeras horas de la mañana mas que una ma- 
sa confusa de personas agitando lumulluosamente sus espin- 
gardas, puñales y gumías. 

— Vamos, encended una hoguera, y concluyamos dignamente 
una noche que ha de ser muy fecunda para el porvenir; dijo 
el jefe de la Rabila. 

Inmediatamente se formó en el centro de la plaza una in- 
mensa hoguera y en medio de los frenéticos aplausos de la mul- 
titud arrojaron á las llamas el escudo con las armas españolas. 

Mujeres, niños y hombres poseídos de un vértigo infernal 
danzaban alrededor de la hoguera, y de tiempo, en tiempo se 
oia una voz inmensa que gritaba: ''' 'f' '"^ 

— Guerra á los es{)año]es! Mueran los cristianos. 

Y dominando aquella confusión, aquel verdadero pandemó- 
nium de gritos, carcajadas, é imprecaciones, se oia una voz de 
mujer que gritaba. 

— Venganza! Venganza. 

(1) Beilal-Mel palacio de la^riquezui?, eGi{v:ppiedadepc|usiva del em- 
perador do Marruecos, donde tiene guardado su tesoro. Está en Moquinez 
j tiene una ííuardia osperial fíe dos mil ne^iros para su i^.nslodia. 



DE ESPAÑA. • 17 



IV. 



La tribu de Raast-el-Seric era enemiga de la tribu de Au- 
gera que estaba mas cercana á Ceuta que la que hemos pre- 
sentado á nuestros lectores. 

Mas feroces, mas incivilizados ios de Augera, no sabían 
disimular sus pasiones como los de Raast-el-Seric. 

Deseando luchar con los cristianos, siempre trataban de 
provocarlos. • 

Indómitos y montaraces, no reconocían la autoridad del 
emperador de Marruecos, ni tenian mas ley que su capricho. 
El Kabo ó gefe de la tribu de Raas-el-Seric, era ambicio- 
so por naturaleza, traidor por instinto, y odiaba con toda la 
fuerza de su corazón árabe, á sus vecinos los augerianos. 

Poseía todas las dotes de un diplomático consumado, y 
manteniendo espías entre sus coimdantes, sabía cuanto pensa- 
ban hacer, y siempre trataba de adelantarse á ellos, si la em- 
presa podía proporcionarle gloria y botin. 

La larde misma en cuya noche empezó nuestra narración, 
supo Sidi-Mahomed que asi se llamaba el gefe de la tribu o 
kabila de Raast-ei-Seríc, que los augerianos trataban de des- 
truir la fortificación que los españoles construían en la línea 
divisoria y avisando á uno de sus favoritos, le hizo (jue en 
el preciso término de dos horas, pintara como pudiera un es~ 
cudo con las armas de España, bajo el supuesto, que de no 
estar, lo empalaría. 

Semejantes amenazas suelen aquellos tiranuelos musulma- 
nes ejecutarlas cuando no se satisfacen sus capi'ichos, y si 
bien las armas no se parecían ni por asomo á las de ninguna 



1H • KI, IKKNÍiH 

n;i(*¡on, oslubicroii paru cuando las pidiu; y una hora (lesj)iu's 
(le anocliccer,' salió un ginclo y las colocó i^obie uno (!»». los 
pnslos (¡ue marcaban la linea. 

Monicnlos después llamó el Knbo A sus inferiores, y, se ic- 
presenló la farsa (jue ya nuestros lectores conocen. 

Aíjuel ras^ío acreció la popularidad del í^efe de la tribu do 
lUas-el-Seric, y le dio la gloria que él deseaba, y evitó el 
plan de sus vecinos. 

Aquel atentado quedó envuelto en el velo del misterio. 

Los de Augera, ágenos de lo que hahia sucedido, mientras 
los de Raast e|-Ser¡c, quemaban el escudo, en medio de la 
plaza, salieron de sus guaritlas y se acercaron á la líneii. 
- Su furor no tuvo límites al ver que otros se les hablan an- 
ticipado, y descargaron su rabia sobie los .mojones de piedra, 
en uno de los cuales estaban grabadas Jas verdaderas armas 
(le España. • 

Entonces ante los muros dC: Ceuta hicieron un solemne ju- 
ramento de no dejar que ninguna otra tribu sé les anticipase 
en nada y se estacionaron en el Serrallo , para comenzar sus 
hostilidades en el mismo momento en que los españoles al ver 
la afrenta que les habían hecho tratasen de castigarla, j... ,;v^ 

Apenas amaneció, sucedió lo que los augerianos hablan pre- 
visto. 

Lleno de indignación el gobernador de Ceuta, mandó re- 
poner los pontones, y los de Augera, hicieron voto de derri- 
barlos' en la noche inmediata. 



Carlos, después de haber abandonado h Zobeida , y muy 
ageno do que esta le seguía, cruzó .algunas estrechas callejue- 



DE ESPAÍVA. 19 

las, y se detuvo anlonna casa mas pobrí^ v de peor aspeólo 
quejas demás, s¡ era posible que mas pobreza pudiera caber 
qué la horrible (|ue se veía en lodos ios demás tabucos. 

Llamó de una manera particular á una ventana que habla 
cerca de la puerta, y momentos después se oyó una.vocecita 
femenil que gritaba: 

— l^]s Carlos, padre mió!... 

Abrióse la puerta, y se volvió á cerrar después de haber 
dado paso al joven. 

Zobei!)a y Jafar, habían presenciado todo esto desde la es- 
quina de la calle. - 

— Quién vive hay, Jafar? preguntó la mora con un acento 
en que se notaba lo intenso de los celos que sentía. 

— El judio Isaac» contestó el negro. 

— Y... tiene alguna hija ese hombre? 

— Si, señora. \ 

— Joven?... 

— Quince lunas no cuenta todavía. 

— Es hermosa.^ 

— Como la sonrisa de una ohurí. 

— Y Carlos sin duda vendrá por ella , dijo Zobeíba como ha- 
blando consigo misma, y balbuceando de cólera. ^ 

— Ya lo creo, contestó Jafar, que contemplaba á su señora 
con una sonrisa de cruel satisfacción. 

Alzó su ama vivamente la cabeza* y le preguntó com ím- 
petu : 

— Qué has dicho? 

— Que el señor Carlos no os ama. '^' 

— Mientes, esclavo. 

— Todas las noches, después que se separa de vos, viene 
aquí. 

— Por Allah, que he de hacer que le empalen, miserable, 
gritó en el colmo del furor la hija de Sidi-Mahomed. ,., r 'íioí') 

— ^Vos podéis hacer lo que gustéis; pero eso no os devolverá 
el amor de vuestro amante. .<, 

—Estás cierto de lo (jue dices, .(alar?... 



^0 EL iiONor: 

— Jalar no inionlo nunca, sonora. 

— Pero no puede ser; si hace un momento me juraba por el 
Dios de los creyentes, que si lal supiera... 

— Qué liaríais, señora, respondió el eliope lijando su ávida 
mirada en Zobeiba. 

— Malario! coulestó con un acento inmensamente terrible la 
mora. 

Una sonrisa eslraña vü^ó por los labios de Jafar. Sonrisa 
que espresaba una satisfacción miserable, y mas repugnante 
todavía, porque en ella se veía el goce do la venganza. 

Pero de una venganza cobarde y traidora, que no atrevién- 
dose á luchar de frente, se valia de todos aquellos medios ras- 
treros y bajos para llegar á su fin. 

Zobeiba entre tanto espiaba sin cesar la puerta de la casa 
del judio. 

Sus labios enti'eabiertos dejaban escapar de vez en cuando 
una especie de rugido, que indicaba claramente la tempestad 
que bramaba en su corazón. 

Su seno se agitaba rápidamente. 

De sus ent:endidos ojos brotaba una luz terrible. Mientras 
que sus manos apretaban convulsivamente el blanco lino de su 
finísimo bornuz 

Y el tiempo se pasaba , y Carlos no salía. 

Qué hacia, pues, el oficial en casa del judio Isaac? 

Carlos penetró precedido del anciano, en su aposento ocha- 
vado en cuyas paredes se veían escritos en caracteres azules, 
algunos pasages del antiguo Testamento. 

Nada mas encantador que aquella estancia. 

Mullidos divanes de seda, llores en vasos de porcelana, 
perfumes (|ue exhalaban sus aromas embalsamando la estancia, 
todo cuanto la fantasía oriental crea para adornar sus habita- 
ciones interiores, se veía allí. 

En uno de los ángulos, había un clave, cuyas flexibles ar- 
monías, al pulsarlos tal vez los marfilados dedos de la joven 
que al reconocer á Carlos Jiabia exhalado un grito de alegría, 




DEfSPAÍíA. -^ 

añadirian un atractivo mas , á los de aquella encantadora 

mansión. ./ i • j. ' 

—Qué te trae por aquí, nazareno? pregunto el judio a 

Carlos. 

—El daros mi adiós, contestó el militar. 

En aiiuel momento se alzó el cortinage de una puerta que 
había en la estancia, y de su cerco se exhaló una mujer, ó me- 
jor dicho , una aparición celestial. 

Imaginaos un rostro oval . fijad en él dos ojos azules como 
el cielo sombreadlos de largas pestañas, añadidle una nariz 
ligeramente arqueada, una boca cuyos híbios se asemejan á un 
capullo de rosa entreabierto, y que permiten ver unos dientes, 
blancos como el marfil y como él esmaltados, fijad en sus me- 
gillas el sonrosado suave délas rosas de Alejandría, poned un 
sello de pureza inefable y de inocencia virginal sobre este 
semblante, y rodeadlo de anchas y espesas trenzas de cabe- 
llos rubios como el oro, y tendréis una idea de la belleza an- 
gelical de Ester. 

Pura como la primera sonrisa de un niño , describía en su 
torno un círculo de niña en toda su inocencia. 

Hermosa como los pálidos reflejos de la luna, su belleza 
hablaba al alma en un lenguaje misterioso, dulcísimo y vir- 
ginal. , 

—Qué has dicho, Carlos? preguntó la joven con un acento 
tan suave como el murmullo de las auras agitándose entre los 
cedros del Livano. 

—Que vengo á daros mi último adiós. 
Ester empalideció horriblemente. 

—Pues qué, te marchas acaso? preguntó Isaac. 

—Sí; vuelvo á España. 
Una lágrima tan trasparente como una perla, y como ella 
lan pura, resbaló por las megillas de la judia. 
Carlos la vio. 

— Lloras, Ester? 

—Sí; con esto con afligido acento la joven. ¿Acaso en tu pa- 



22 F.l. IlO.tOR 

íri.'i no lloran las hermanas cuanilo sé soparan de sus her- 
manos? 

— Si , conlcsló Carlos; y cogiéndola una mano /prosiguió con 
efusión, giacias, hermana mia. 

Una mirada de inefable dulzura fué la conlestacrnn de Ester. 

— Con que adiós, amigos míos; la noclie avanza demasiado 
de prisa, y nccesüo marcharme antes de ser descubieilo. 

— Que el Dios de Abraham y de .facol) le protejan, hijo mió, 
dijo Isaac tendiendo sus manos sobre la cabeza del oficial. Tú 
nos salvaste un dia la existencia, y ikM\c, entonces mi alma lia 
dirijido al cielo sus plegarias para que seas feliz. 

• — Gracias, padre mió, toda mi felicidail consiste en poseer 
vuestra estimación. 

— Y sin embargo, le marchas!... dijo Ester con voz entrecor-» 
tada por los sollozos. 

* '•'--Es necesario, contestó Carlos, afectado también por aque- 
lla despedida. 

— Anda, hijo mió, cumple siempre con tu deber, y en el 
cumplimiento de él tendrás tu recompensa i ■ 

— Adiós, padre; adiós, hermana; aunque esté ausente de vo- 
sotros mi corazón se queda aquí. 

Jsaac abrió sus brazos al joven que se arrojó en ellos. 

Ester nada podía decir. 

La pobie niña sentía el dolor por la primera vez , y dema- 
siado se sabe, que el primer dolor es el que mas se siente. 

Dieron algunos pasos hacia la puerta. 

Carlos sintió también que una lágrima se escapaba de sus 
ojos. 

Quiso ahogar aquella muestra de debilidad y abrió la puer- 
ta para marcharse. 

— Pero Ester le detuvo casi en la calle ya, y le dijo con un 
acento en que parecía que se exhalaba su alma: 

— Adiós, Carlos I... 

El oíicial , entonces, preso de una emoción desconocida, la 
atrajo hacia si , y sobre aipiella frente pura como las nubes, 
lavó sus labios. ' 





DE espaNa. 23 

líos gritos contestaron á aquel beso. 

Uno espresaba un goce inmenso, una sorpresa eslraña, una 
revelación súbita de un misterio desconocido hasta entonces. 

Este fué el de Ester. 

El otro espresaba con harta elocuencia los celos, la cólera, 
el despecho. 

Zobeiba fué la que lo arrojó. 

Ester ruborosa y palpitante fué á esconder su cabeza en 
el seno de su padre. 

Zobeiba adelantó algunos pasos seguida de Jafar. 

Carlos permaneció inmóvil. 

En aquel momento , una mano se alzó sobre su cabeza y un 
puñal atravesó el costado del oficial, mientras que una voz tré- 
mula de colero decia: 

— Acuérdate, Carlos, las mujeres africanas, sabemos vengar- 
nos cuando nos engañan. 

Carlos cayó al suelo casi cadáver. 

Jafar agarrando á su señora por la cintura y llevándola co- 
mo si fuera una pluma, dióse á correr por las calles que condu- 
cían á la plaza. 

Ester arrojó un grito horrible, y cayó al lado de Carlos, 
mientras que el anciano fijaba sus ojos en el cielo no sabiendo 
qué hacer ni á quien auxiliar primero de los dos. 



FIN DEL PROl-OCO. 



DE ESPAÍÍA. 



25 



EL H01\0R DE ESPAM. 



CAPITULO I 



En iquG el autor se vé precisado á trasladar á sus lectores desde Airicaji 

España, 



I. 




s el clia 22 de agosto de 1859. 

Estamos en una casa de pobre apa- 
riencia situada en el final de la calle del 
Avapíes. 

Una docena de sillas de Vitoria, una 
mesa de pino pintada, sobre la que se 
vé un San Isidro de barro, y dos jarritas llenas de flores, cua- 
tro cuadros representando con sus chillones colores, las esla- 
eiones del año, son todos los muebles que adornan la estancia. 
Unas cortinas de percal blanco encubren la puerta de la 



26 KL HONOR 

alcoba, en cuyo fondo se dislingucn dos camas, no de muchos 
colchones; pero si muy h'mpias. 

Si de la descripción de los muebles pasamos á la de la per- 
sona que la ocupa , nos encontraremos con una linda joven de 
diez y ocho años, de espresivos ojos negros, de labios frescos 
y sonrosados y de frente ancha y despejada. 

María , que así se llamaba la joven , era el encanto de lodos 
los mozos del barrio, y la envidia de todas las muchachas. 

Cuando púdicamente rebozada en su mantilla de manto, 
cubierta con el sencillo vestido de indiana, salia acompañada 
de su madrina á llevar á la tienda la labor que liabia hecho, 
recogía mas flores en su camino que flores hay en los cárme- 
nes encantadores de Granada. 

María era huérfana. 

Hija de un pobre empleado, ala muerte de su padre, suce- 
dió inmediatamente la de su madre , y no tuvo mas amparo que 
Dios y su anciana madrina. 

Esta era una buena y santa mujer. 

Esposa de un honrado carpintero , con la muerte prematura 
de su marido, se vio pronto reducida á la miseria. 

Los pobres son caritativos. 

Y la pobre doña Antonia acogió con alegría á la pobre huer- 
fanita. 

La viuda de un carpintero, tenia un hijo. 

Andrés, al contrario de su padre que era juicioso , trabaja- 
dor y amante de su famiha , era perezoso , pendenciero y mala 
cabeza. 

La madrina y la ahijada , trabajaban día y noche para que 
después Andrés malgastase en la taberna el fruto de sus afanes. 

Andrés tenia un primo. 

Miguel era su contraposición. 

Era cajista como Andrés , y diferente de él era querido y , 
mimado por el dueño de la imprenta en que trabajaban. 

Estudioso y aficionado á saber, 'habia leído mucho , había 
estudiado en el gran libro de la desgracia , y su talento se ha- 
bía esclarecido al desarrollarse. 



[)E ESPAÑA. 27 

La señora Antonia sufría horriblemente con la conducta de 
su hijo. 

Miguel adoraba á María con la primera , con la mas pura 
pasión de su alma. 

Prometido esposo de la joven , veia acercarse el dia de su 
felicidad con una alegría inesplicable. 

María , por el contrario, cuando estaba sola, lloraba , y de 
dia en dia , sus megillas iban perdiendo su color sonrosado, sus 
ojos se circulan de ese color que dan las lágrimas y los insom- 
nios, y cuando estaba al lado de su amante, se hubiera dicho 
que estaba contrariada, que no tenia ni aun acción para hablar. 
• Sola en el momento en que la presentamos á nuestros lec- 
tores , con sus espesas trenzas negras sirviendo de marco á su 
rostro, con su palidez y sus melancólicas pupilas, era la bellí- 
sima imagen del sufrimiento. 

Mucho debia preocuparla su pensamiento porque la tela 
que estaba cosiendo se le cayó de sus manos y la aguja no 
prosiguió el empezado pespunte. 

Una lágrima empañó sus ojos , y como una gota de rocío 
desprendida del cáliz de una rosa , resbaló por sus megillas y 
cayó sobre su labor. 

En aquel momento llamaron á la puerta. 

Fué á abrir después de enjugar sus ojos, y un joven pene- 
tró en la estancia. 

Era Miguel. 

El joven cajista era la personificación exacta de los hijos 
del pueblo. 

Rostro franco y espresivo, todo en él denotaba la tranqui- 
lidad de conciencia, la convicción de su honradez y la resig- 
nación con la existencia. 

— Adiós María: y tu madrina, dónde está? preguntó el joven, 

— Ha ido á la tienda. 

— Y Andrés, cómo no ha estado en la imprenta? Don José 
está muy incomodado, y á duras penas he podido conseguir 
(juc lo siga contando en el número de sus operarios. 



28 KL HONOR 

Cuan biRMio eres, .Miguel, dijo María con una espresion 
marcada tic rcconociniienlo. 
—Tú mo lias ensenado á serlo , María. 

La joven no contestó. 

Su seriedad se hizo mas notable. 

Parecía que un dolor profundo laceraba su alma. 

Su amante la contemplaba sin atreverse h romper el si- 
lencio. 



II 



— María, dijo al cabo de algunos momentos Miguel. Qué tie- 
nes? tan próximo ya nuestro casamiento, y sin embargo, no 
brilla en tu frente esa alegría pura que ilumina el rostro de las 
demás mujeres. No tienes acaso confianza en mi cariño? 

— No es eso, Miguel, no es eso; dijo por fin la joven hacien- 
do un esfuerzo. 

— Entonces no te comprendo ; ¿dudas de mi amor? 

— Ojalá no me amaras tanto!... dijo María brillando una 

lágrima en sus pupilas. 

— Qué quieres decir? María, por Dios , respóndeme; hay algo 

de estraño en tu acento, esplícame el sentido de esas palabras, 

que por mas que me pregunto no puedo encontrar. Diceg lú, la 

mujer que me ama. la que vá á unir su suerfe á la mia, que 

ojalá yo no te amara tanto!... Vamos, necesito, quiero una 

contestación mas esplicita, una esplicacion de eso, María, ¿no 

es verdad que vas á dármela? 

La joven alzó sus hermosos ojos. 

A su palidez había sucedido un encendido rubor. 

Su seno se agitaba con rapidez. 

A través del modesto pañuelo de seda que cubría su pecho, 
podían contarse los latidos de su corazón. 

Presa dciina violenta emoción, se compreudía que quería 
hablar y no podía. 



DE ESPAi^A . 29 

Miguel la contemplaba asombrado. 
Aquella agitación, aquellas lágrimas, acrecían doblemente 
su curiosidad. 

Y en su impaciencia, la interrogaba con los ojos y no re- 
cibía contestación. 

Por fin María encontró palabras. 

— Miguel; le dijo, ¿tienes valor? 

—Delante de los riffeños , si llega un día en que podamos 
castigar sus ultrages, seré el primero en el ataque y el último 
en la retirada; pero á tu lado, María» á tu lado,- soy tímido 
como un niño. 

— Es que abora necesitas de todo tu valor. 

Y el acento déla costurera se iba haciendo mas apagado, 

mas sombrío. 

— Qué quieres decir , María ? 

—Que debes renunciar á mi mano. 

— Que yo renuncie á tu mano? eso seria lo mismo que pedir- 
le á la tierra que dejase su movimiento : es imposible. Habla, 
habla pronto , María ; porque palabras como esa , palabras que 
llevan tras sí la agonía de un alma, el dolor, la muerte, nece- 
sita una justificación. 

— No puedo dártela, Miguel, no puedo dártela, gritó con 
angustiado acento la joven. 

— Es que yo la necesito , es que hoy tengo derecho á exigir- 
la, dijo exaltándose gradualmente Miguel. 

— Oh I Madre mia 1 Madre mia 1... murmuró María fijando sus 
empañados ojos en el cíelo ; tú que desde esa altura ves mí si- 
tuación, compadécete de tu pobre hija. 

— Pero qué es eso? qué causa tienes para ese rompimiento. 

— Evítame el rubor de decírtelo. 

— Rubor!... María... Quiero saberlo. 

— Nunca ! No puedo, no debo bcr lu esposa. 

— La razón, pronto. 

— Miguel... 

— Quiero saberlo; gritó ciego de cólera el obrero. 

— Pues bien; sea; soy... madre... 



50 KL VÜIIOU 



III 



Hay situaciones en la vida imposibles de descrüjir. 

La de nuestros dos jóvenes era una de estas. 

Miguel quedó cual debía quedar el primer homl>i'e al sen- 
tir zumbar en su oido la cólera de Dios. 

La revelación de María , le anonadó. 

Soñar con un ángel y encontrarse con que sus alas estaban 
manchadas de cieno. 

Entreveer un paraíso y hallarse con un infierno horrible. 

Aquella palabra destrozó todas las fibras de su alma. 

Hijo del pueblo, poseía esa sensibilidad esquisita que suele 
encontrarse en nuestras clases obreras. 

Huérfano , habia concentrado todas sus afecciones , todas 
sus esperanzas, su vida entera, en aquella mujer. 
-^Miraba fijamente á María, y pudiera decirse que no la vcia. 

Quería anonadarla con el peso de su cólera , y no encontra- 
ba espresiones para hacerlo. 

Y la pobre criatura , cómo estaba entretanto? Habia reunido 
lodo su valor para aquella revelación, y la habia faltado tan 
luego como pronunció la palabra fatal. 

Sollozante y agitada en sus suspiros y en sus lágrimas es- 
presaba el* rubor, la agonía, el sufrimiento que hacia tanto 
tiempo la torturaba. 

Miguel se sentía desarmado por aquel dolor inmenso. 

Ahogando su pena , trató de serenar su rostro. 

Hizo un esfuerzo violento y consiguió calmarse. 

María alzó la vista, v vio en la fisonomía de su amante 



DE ESPAÑA 51 . 

aunque serena, la huella sangrienta que la herida de su cora- 
zón habia dejado. 

Comprendió que habia ofendido á aquel hombre , compren- 
dió lodo el daño que aunque sin culpa habia causado , y cayó 
á sus plantas diciendo: 

— Perdóname, Miguel, perdóname. .:ü, r o* 

— Perdonarte yo, María?,., gritó el joven alzándola del sue- 
lo, tú de rodillas? no es ese tu sitio, junto á mi corazón... 

— Miguel 1... interrumpió María con un ligero acento de re- 
proche. 

— Es verdad , tienes razón; contestó Miguel dominando aquel 
instante de delirio, y después con una calma mas terrible que 
el mismo dolor que sentía, prosiguió: vamos, María, cálmate, 
ya no es el amante el que le escucha ; es el amigo, y la amis- 
lad lleva en si grandes consuelos. 

— Oh!... qué corazón!... 

— No digas semejantes palabras ; no se trata de eso ahora; 
tu falta puede remediarse, y eso es antes que todo. Te ama el 
hombre á quien has entregado las primicias de tu amor?... 
Un silencio harto elocuente fué la contestación de María. 

— Con que es decir , entonces , que después de haberte sedu- 
cido con mentidas frases de cariño, después de haber destro- 
zado la flor mas pura de tu inocencia, ese hombre le-ha aban- 
donado infamemente... Hé ahí lo que sois las mujeres; al hom- 
bre que os deshonra , al hombre que os toma como juguete de 
sus caprichos , le amáis, os entregáis confiadas á su amor, y 
mas le adoráis cuanto mas daño os hace , y aquel que os idola- 
tra con frenesí, aquel que teme hasta dirijiros la palabra, por 
temor de que su aliento empañe vuestra pureza de ángel, á ese 
hombre, le aborrecéis y os complacéis en destrozar su alma... 

— Calla, Miguel, calla; nunca hubiera creído que hubiese un 
derecho para insultar á la desgracia , <iijo María con voz en que 
se advertía una dulce reconvención. 

— Es verdad, perdóname. Pero quién puede contener ese 
acento que grita en el fondo del alma, y que á pesar nuestro 
rebosa hasta nuestros labios?... Olvidemos ese Incidente v va- 



.32 El. HONOn 

inos íi lo (jiic importa. Ouión es el hombre que lan ¡nfamc- 
nienle le ha en^^afiado? 

-—JVo puedo decir lelo. 

— Soy In hermano en este momento i y tengo derecho para 
exigirlo. 

— Por esa misma razón no debo decírtelo , le compromele- 
rias y... 

— Es acaso por mí , por quien sentirías cualquier cosa que 
pudiera suceder? 

— Por ti y... 

— Y por él mas que por mi ; puedes hablar con toda confian- 
za; si tú le amas , nada le sucederá , tú lo sentirás; y dema- 
siado habrás sufrido ya , pobre ángel. -•' '' •' '' '>f"''^''' ?'• 
Uua mirada de profunda gratitud dirijió Maria ásu amante. 

— Di, María, dime, quién es?... 

— Y qué adelantarás con saberlo? 

— Saber si es digno de tí. 

— No, Miguel, no te empeces; tú menos que nadie lo debe 
saber! 

— En ese caso creeré que solo me has dicho eso para eva- 
dirte de mi compromiso- 

— Nunca; de ese pretesto no me hubiera valido jamás. 

— Pues bien, dime su Tiombre. 

— Tanto te empeñas que... 

— Vamos, habla, calma mi impaciencia. 

— Es... es... 
En aquel instante llamaron á la puerta y una voz de hom- 
bre gritó desde afuera: 

— Abre, María. 

— Andrés!... dijo la joven sin poder reprimir un movimiento 
de espaiito. 

Miguel reparó aquello, y una sospecha cruzó por su ima- 
ginación. 

—Es Andrés, acaso? preguntó á María." 

— Sí, murmuró la pobre joven con apagado acento. 

—Pues bien, relírate: quif^o hablarle solo. 



ÜE ESPAÑA. , 35 

— Pero interrumpió fijando su anhelante mirada en 

Miguel. 

— Descuida ; María , tú le amas y es suficiente recomen- 
dación. 

María , obedeciendo á Miguel , se retiró hacia las habitacio- 
nes interiores, y momentos después, abierta la puerta por el 
joven, penetró Andrés en la estancia. 



34 



KL HONOK 



CAPITULO II 



Dos amores para un mismo hombre. 




OS salones de verano de la encantadora 
duquesa de la Aurora, están magníficos. 
Su preciosa quinta , edificada á corla 
distancia de la corte, reunia el buen 
gusto característico de su dueña, y la 
comodidad para las soirees veraniegas. 
Son las once de «la noche. 

Las salas profusamente iluminadas, y el perfume que pe- 
netra á través de las puertas y ventanas que dan al jardin, 
hacen mas encantadora a(|uclla mansión, que tiene algo de 
fantástica. 



üE espaNa. 35 

Infinidad de bellezas llenan las habitaciones, asemejáadose 
á un puñado de perlas esparcidas pródigamente sobre el pavi- 
mento de mármol. 

La música , en sus cadenciosos compases , se llevó tras sí 
multitud de parejas, que á despecho del calor, tratan de sofo - 
carse mas. 

Dos nuevos personages penetran en las encantadas habi- 
taciones. 

La atención general se fija en ellos. 

Los dos son jóvenes. 

E! uno es poeta, y el otro militar. 

Ambos simpáticos , sus fisonomías espresan caracteres di- 
ferentes. 

Y sin embargo, son amigos íntimos = 

En el rostro del poetase vé un carácter melancólico , reser- 
vado y hasta indiferente ; pero que á pesar de todo , era alta- 
mente simpático. 

Elegante , sin afectación , buen mozo , sin pretensiones , y 
con un talento que le había alcanzado inflnitos laureles , ocu- 
paba mas de una imaginación femenil. 

Y Alberto, que así se llamaba, atravesaba impávido por 
entre todas aquellas mujeres que anhelaban una. palabra de 
cariño, y solo escuchaban frases de amistad; pero finas, elo- 
cuentes, insinuantes y que acrecían mas el amor que ellas le 
profesaban. 

Luis, que era el militar, formaba un estraño contraste con 
su amigo. 

Franco, honrado y bueno, hablaba mucho, y generalmente, 
siempre mas de lo que debía; pero todas estas pequeneces pa- 
saban desapercibidas por las demás cualidades que le ador- 
naban. 

Su belleza era diferente de la de Alberto ; pero, como él 
era simpático y elegante, y unido á esto su título de conde de 
Campo florido, eran dotes mas que suficientes para ser bien 
admitido en la alta sociedad madrileña. 

Luis, con su vivacidad acostumbrada, en un instante aprc- 



3(> EL HONOn 

ló vomlc manos, sonrió á c¡(Mi jóvenes dislinlas, y saludó á lo- 
(las las (jue encontró en sn camino. 

Alberto , por el contrario, se sonrió raras veces y sus salu- 
dos fueron escasos, 

Pronto se vieron separados los dos amigos por la multitud. 
Ali)erlo se quedó apoyado en el marco de una do las puer- 
las que daban al jardín. 

De pronto , una mano j)equeña y suave le tocó ligeramente 
en el hombro, y una voz argentina le dijo: 

— Qué pensativo está el autor de «Las lágrimas.» 

— Yo pensativo, Clara?... nada de eso, estoy como siempre» 
contestó el poeta volviéndose liácia su interloculora. 

— No ; esta noche estáis mas preocupado que las demás; ya 
se vé, como os marcháis á Marruecos!... dijo la joven con un 
acento en qne se advertía algo de reproche. 

— Quién os ha dicho eso, Clara? 

— Luis de Campo Florido , que hablando ahora con la duque- 
sa , le ha dicho que mañana tenia orden su batallón para po- 
nerse en marcha, y que vos le acompañáis. Estraño capricho? 
prosiguió Clara haciendo un lindísimo movimiento de disgnsto 

— Por qué es capricho estraño, Clarita? 

— Porque... porque queréis abandonar á todas vuestras ami- 
gas, por ir á contemplar esos rostros que nada de bonitos 
tienen. 

— Pues acaso seria yo tan feliz que tuviese amigas? pregun- 
tó Alberto mirando á la joven. 

— Yaya una pregunta 1... cuántas de las infinitas (jue hay en 
el salón esta noche, no lo son vuestras? 

— Es que esas amigas no llenan ese vacio que siento en mi 
pecho. 

— Pues descontentadizo sois, señor poeta. 

— Queréis serlo vos, Clara? 

— Ya sabéis que hace tiempo lo soy de todas veras. 

— Entonces haccdme el obsequio de apoyaros en mi bra- 
zo, y paseando os diré el motivo de mi preocupación, 

— Me prometéis no ¡ros á África? preguntó Clara con un gcs- 



U) de C()(|uetoria seductora. 

— ^No me pidáis imposibles, Ciara. 

— Pero la amistad. 

— La amistad no puede tener exigencias imposibles de ica- 
tizar. 

— Luego tan decidido estáis á abandonarnos ? 

— Sí , Clara , liay una mano de hierro que á mi pesar me im- 
pele á hacer ese viage. 

— Entonces ya no me apoyo en vuestro brazo , ya no soy 
vuestra amiga. 

— Vamos, Clarita, no seáis niña; yo os daré mis razones y 
os convencerán. 

— Dificilillo creo que ha de ser , á pesar de toda vuestra tan 
decantada elocuencia. 

— Hagamos la prueba y veremos si el resultado correspon- 
de á lo que os he dicho. 

— No tengo inconveniente ; vamos allá. 
Y Clara se apoyó en el brazo de Alberto, y momentos des- 
pués se perdieron entre la confusión que reinaba en los salones- 



II, 



Clara era casi uua niña. 

Tenia diez y seis años. 

Inocente como la sonrisa de un ángel, tenia la íorma de 
muger y el alma del (pierubin. 

Una estrañeza en medio del siglo y de la sociedad en quo 
vivia, no cabia en su pecho el doblez, ni la mentira en sus 
labios. 

Hija única de los marqueses de Belmente , había sido edu- 
cada por una buena y santa madre (jue había hecho de su hija 
una criatura especial. 

Sin los cieíectos de las demás mujeres , tenia todas las cua- 
lidades (|ue las hacen recomendables, 



58 EL IIONOU 

Alberlo era antigua amigo de su íainilia. 

Klla leijueria como á un licrmano, y sufría, si el scnli- 
mioiílo cabla en aíjuella alma alegre y juguetona , viéndole 
siempre triste y macilenta. 



III 



Alberto y Clara seguían recorriendo los salones. 
La joven, con su vivacidad acostumbrada, había conse- 
guido hacer desapaiecer de la frente de Alberto algunas arru- 
gas qiie la surcaban. 

— Vamos, Alberto, me habéis prometido decirme las razo- 
nes que teníais para ir á Marruecos , y hasta ahora nada me 
habéis dicho. No sabia yo que erais hombre de tan poca pa- 
labra, dijo Clara con un gestecillo de seriedad cómica. 

— No os impacientéis, Clarita, voy á cumpliros mi palabra; 
¿habéis amado alguna vez? 

— Amar!... amar... no se en que sentido tomareis esa pa- 
labra. Yo amo á mis padres, á mi nodriza, a mis flores y á 
otra multitud de cosas así. ¿Es eso lo que queréis preguntarme? 

— No, Clara, no es de ese amor del que yo hablo, es de ese 
otro sentimiento especial, de ese deseo sublime, al cual le he- 
mos dado el nombre de amor también. 

— Ah! De ese amor que pintáis en las novelas!... 
•» -^Y que se pinta como se siente. Decidme, no habéis amado 
de ese mo lo nunca? 

Clara l)ajó la vista ruborizándose ligeramente. 
Y tartamudeando mas bien dijo: 

— Yo?. . no; vaya unas preguntas que tenéis. 

—No habéis sentido agitarse en el fondo de vuestro pecho 
una fibra sin nombre, no haheis sentido un anhelar inquieto, 
un goce doloroso, una ansiedad sin forma; no habéis tenido 
sueños en que habéis visto cruzar ante vuestros ojos una for- 
ma vaga, desconocida, v que síu embargo fascina,, alha.ra y ha- 



DE r:SPAÑA. 39 

€e sentir el despertar, decidme: ¿no habéis sentido nada de 
esto? 

— Y para qué queréis saber si lo he sentido? preguntó Clara 
con una seriedad que contrastaba notablemente con su alegria 
juguetona. 

— Porque si no ha sido así, no podéis comprender los mo- 
tivos que tengo para mi partida. 

— Luego vos habéis sentido eso ? 

—Tai vez. 

—Y por lo tanto amáis? 

-Si. 

— Y sabe la mujer por quien sentís esa pasión el modo con 
que es amada? 

— Es muy posible. 

— Y os corresponde? 

— No sé. 

Se siguieron algunos momentos de silencio- 
Clara se había vuelto seria y pensativa. 
Alberto seguía preocupado. 

— Vamos, Alberto, dijo al fin la heredera de los marqueses 
de Belmonte, oprimiendo dulcemente el brazo del poeta; ¿ha- 
béis vuelto ya á vuestro eterno mal humor? 

—No, Clara; tal vez sean estos los únicos momentos de íe- 
lidad que disfrute en mi vida. 

—No digáis eso, dijo Clara; vos aclamado cien veces por 
un público que no os ha hecho mas que justicia. Vos, que 
habéis gustado cien veces esos placeres que el mundo reserva 
á los hombres de talento, ¿no habéis nunca gustado la felicidad? 

— Nunca, Clara, podéis creerlo. 
Fué tan sentido el acento del poeti, que Clara, á través de 
su inteligencia d > niña, comprendió que en la vida de Alber- 
to había misterios harto dolorosos. 

Insensiblemente se fueron acercando á una de las puertas 
que daban al jardín. 

—Queréis, Clara, ([ue demos una vuelta por el jardín? se 

aviene también esta soledad, este murmullo del aura entre las 



40 KL noNou 

hojas (icios ái boles, los melancólicos rayos de la luna, lodo cs- 
Ic sueño dulcísimo de la naUíraicza, con el estado de mi alma, 
ijue parece que gozo, que siento un bienestar que amengua un 
lanío mis sufrimienlos . , 

— Sí, Alberlo, conlesló la joven; ya que la amistad no sea 
sulicieiite para calmar vuestras heridas, no os privéis de ese 
consuelo de la naliiraleza. 

Bajaron las anchas escaleras de mármol, y momentos des- 
pués [)aseaban por las frondosas calles del jardín. 

— Habéis iíablado de amistad, Clara, para atenuar mis pe- 
nas, y no es la amistad lo que yo necesito, es el amor, es ese 
destello purísimo de un alma que se asocie á la mia, (jue se 
identifique con ella , como la sangre con la vida , un amor gran- 
de ^ puro como el rayo del sol que j^asa por un cristal, un amor 
que llenando por entero mi corazón, no le deje higar para el 
sufrimiento; un amor, en fin, como el que vos sola... 

— Alberto 1 gritó en esto una voz á espaldas de los dos jó- 
venes. 

Quedó el poeta petrificado. 

A haber habido luz , se hubiera visto la trasformacion lau 
espantosa que se verificó en su semblante. 

Clara no pudo menos de notar el estado de Alberto. 

Yolvió la vista hacia tras y vio una mujer que se acer- 
caba hacia ellos. 

La luna daba de lleno en su semblante y le daba una apa- 
riencia casi fantástica. . 

Hay seres en el mundo , que bien sea á través del pris- 
ma j)0rfjuc se los mira , bien en las situaciones de la vida en que 
nos los encontramos , impresionan terrible ó favorablemente. 

Él rostro pálido de aquella mujer, mas pálido todavía al 
iluminarle los rayos del astro de la noche , sus grandes ojos ne- 
gros, sus cabellos de ébano, su talle esbelto, y sobre todo, el 
momento en que vino á interrumpirlos , hicieron en Clara una 
impresión desagradable. 
— Alberto, le dijo, quién es esa señora? 
-—Nunca tratéis de averiguarlo, Clara, le dijo el poeta con 



DE ESPAÑA. 41 

una voz mas terrible todavía que la espresion de su rostro. 

La dama so acercó á ellos, y con un acento uu tanto im- 
perioso, le dijo: 

— No creia que tuvierais una palabra tan elástica, caballe- 
ro; me habéis pedido una polka y os he estado esperando ea- 
balde, 

— Julia!. . . murmuró débilmente Alberto. 

— Vamos, no me ofrecéis vuestro brazo? dijo la ama acre- 
ciendo la altanería de su voz. 

El poeta soltó el brazo de Clara, y momentos después, Ju- 
lia, apoyada en sus brazos, se alejaba, no sin haber arrojado 
antes una mirada de triunfo sobre la pobre Clara, que se quedó 
sin saber lo que la había pasado. 



42 



KL IIOMm 



iivjj !. i ;i \> ' J u. r . 



CAPITULO III 



En el. que dos carias bastarán para esplicar á nuestros lectores los 
acontecimientos de dos dias. 




AM pasado cuarenta y ocho horas desde 
los sucesos anteriores. 

Sentada en una butaca de casa deKe- 
sel, ante un niaíj^nífico espejo con marco 
de plata |)riniorosainente cincelado y cu- 
bierto de coli,^ului-as de batista, Clara 
abandona á sus doncellas las ricas hebras de su dorada cabe- 
llera: 

El perfume de las esencias, los trinos de dos ruiseñores en- 
cerrados en jaulas de alambre de oro, el aroma de los jazmi- 
neros que suben del jardin y festonean las ventanas del apó- 
cenlo, V sobre Indo, el aire de candor y vii tnd (|ue alli s(* res- 



pira, hacen del locador de la heredera de los marqueses de 
Belmome una mansión encantadora. 

Sin embargo, el rostro de Clara no está tan risueño, tan 
esclarecido, por decirlo asi, como en otro tiempo. Hay una nu- 
be en aquella frente otras veces tan despejada. 

Será hija, acaso, de la conversación que tuvo cori Alberto 
dos dias antes? 

Si, lectores mios; Clara habia sentido alguna vez ese latir 
inquieto del corazón que desea sin saber qué. 

Habia sentido muchas veces llenarse sus ojos de lágrimas, 
y otras, por el contrario, retozar entre sus labios la sonrisa. 

Sueños dulcísimos, en que veia unos ojos posarse sobre los 
suyos, en que oia un acento armonioso, que pronunciaba pala- 
bras de un lenguage desconocido. 

Y estos sueños, esta agitación, no se la habia sabido esr- 
plícar nunca. 

Pero las palabras de Alberto se lo habían revelado todo. 

Habían descorrido el velo que ocultaba á aquella alma pu- 
rísima los misterios de sus sensaciones. 

Clara habia comprendido que aquello era la necesidad de 
amar que tienen todos los corazones á los diez y seis años. 

Faltábale sobre el objeto á quien consagrar su amor. 

Buscó entre todos los hombres el original de aquel sem- 
blante que habia puesto en su pensamiento, y solo Alberto te- 
nia algunos puntos de semejanza con él. 

Los ojos del poeta la miraban siempre con una espresion 
de tristeza profunda. 

Los del fantasma de su imaginación, por el contrario, irra- 
diaban un destello amoroso, lánguido y abrasador. 

Sin embargo, aquellos ojos con distintas espresiones eran 
k)s mismos. 

El acento, aunque severo y triste el del uno, y tierno y 
acariciador el del otro, eran del mismo timbre, y unos mismos 
labios pronunciaban aquellas palabras diferentes. 

Clara, pues, á falta de otro ser mas parecido ásu fantas- 
ma, hizo de Alberto el objeto de su amor. 



-^14 EL HONOR 

Y en aquellas oiiaronla y oclm horas (|Uft se habían tras- 
ciirrido, se hahia operado una melamóríosis esli-aorditiaria en 
el corazón de la pobre niña.'::') '»^> '»'>>t>¡ !> ^v.7?v''}!" "■ 

El dolor, ese celaje que no había entibiado todavía la pu- 
reza (le su rostro, estampó su luielia sobre su frente. 
Mientras fué niña, fué ángel, y los ángeles no padecen. 
El dolor la reveló que era mujer. 

Y mujer con el amor, el deseo, los celos, la cólera, el des- 
pecho y con lodos los sentimientos, en Im; de las demás mu-^ 
jeres. - '" ' '''■^'•- •'''•^ <>n^iii 

Labrusca intervención de Itilía*,' hirió dóíórbsamente una 
de las fibi'as de su alma. 

El terror que se había retratado en el ro.^tro del poeta, V 
la prontitud con que ejecutó lo que la imperiosa dama le man- 
daba, la preocupaban estráórdinariamente: -^'^'^''''^ '"''^'^ ' 

Con ese tacto esquisito que poseen las señoras, comprendió 
Clara que entre Julia y Alberto 'había ünniísleri'o terrible del 
que nacia la supeditación de este á la voluntad de aquella. 

Y Clara había pasado dos días terribles y dos noches de 
insomnio. '•''* oiiu^jpji 'jup oIjuíííoí íiíi;ii í.;. 

La consecuencia de esto, era la jiálidez.de síis megillas; 
el círculo de sus ojos y las ligeras arrugas que surcaban su 
frente. ■ ' •"^'•^ ^'v '"''""■' ^•■*^^-' -•-.'«' 

Ya hacia, tiempo que las doncellas habían cdíícluiSo'er B- 
cado de su señoia sin (¡ue esta se apercibiera de ello. 

Una de ellas, por fin rompió el silencio diciéndoíá al pre- 
sentarle una carta: 

— Señorita, esta carta han traído para V. 

— Para mi? preguntó con estrañeza la joven; trae Faustína. 

Y la carta que era un tanto abultada, pasó de manos de 
la doncella á las de la señorita. 

Abrióla inmediatamente y bajo el sobre aparecieron un ma- 
nuscrito y una carta. ; , 

Buscó ínme{lía!an>onte la lirma de esta, y no pti^do menos 



DE ESPAfÍA. 45 

(le esclamar con un acento en que se notaba la alegría de su 
alma.' 

— De Alberto! 

Y volviéndose en seguida hacia Fauslina, le preguntó: 

— Esperan la contestación ? 

— No señora ; la trajo un anciano y se marchó en seguida. 

— Está bien; dejadme sola. 

Y momentos después; Clara devoraba con avidez los carac- 
teres que la mano de Alberto habia trazado. 

La carta decía asi : 

«Querida Clara: cuando recibáis esta, ya estaré algunas le- 
guas lejos de vos. En estos momentos puedo descubriros ya 
el secreto de mi alma. Debo disculparme con vos por la escena 
de la. otra noche. 0'!^»hd/r í;J 

Os amo Clara, creo que lo habréis comprendido ya, y me 
lisonjeo con la idea de que este amor no os ha de molestar 
mucho. 
< ¡Adjuntas os remito las memorias de mi vida. 

En ellas encontrareis mi justificación. 
s : Leedlas, Clara, y si brota una lágrima de vuestros ojos, es 
fuficientemente recompensado» — Alberto. ,/ ^ 

Rato hacia que Clara habia concluido de leer la carta y 
aun permanecían sus ojos clavados en los caracteres. 
~: 'Como decía el poeta muy bien, una lágrima fué la recom- 
pensa de aquel amor. f, ^paU 

Yol vio á leer oirá vez la carta, y sus manos buscaron des- 
pués el manuscrito á quien aquellas hacían referencia. 

Rompió el sobre y la noche la sorprendió leyendo todavía 
el manuscrito. 
í»b-i}i . 

Volvemos á penetrar en la estancia de María la costurera 
del A va pies. 

No está sola como la primera vez que la presentamos á 
nuestros lectores. . . , • . 

Su madrina, la señora Antonia, esta sentada enVfí^^te 
de ella. > ,:> . 



40 KL HONOR 

lin poco mas hjos, de pié, está Andrés. 
Los ojos de María dcaiueslrau haber vertido muchas lá- 
grimas. 

— ^No le parece que es muy eslraño que no haya venido lu 
primo hace dos dias? preguntó la anciana á su ahijada. 
— No sé, madre mia. 

— Tal vez está escuchando algún sermón para recitárnoslo des- 
pués, contestó Andrés con un acento de profunda ironía. 

— Si tú hicieras lo que él, algo mas te apreciarían Dios y 
los hombres, y no hubieras dado lugar á que le despidieraa de 
la imprenta, le dijo con severidad su madre. 

En aquel momento llamó el cartero á la puerta y presentó 
á la señora Antonia una carta con sello del interior. 
La abrieron inmediatamente y iMaría leyó lo que sigue: 
Querida lia: no me esperen ustedes para celebrar mi ca- 
samiento con María. No la amo y no quiero hacerla desgra- 
ciada. He sentado plaza en el batallón de cazadores de Madrid, 
y regularmente, cuando ustedes estén leyendo estacarla, nos- 
otros saldremos para África. 

En estos momentos solemnes, tengo que pedirle á V. una 
cosa y no dudo que acogerá V. benignamente mi deseo. 

Andrés creo que ama á María y á María que no le será di- 
fícil amar á mi primo. 

Apruebe Y. su cariño y sean ustedes muy felices acordán- 
dose alguna vez del pobre Miguel.» 

Durante la lectura de esta carta se habían retratado en las 
fisonomías de nuestros tres personajes, mil sentimientos dife- 
rentes. 

El de Andrés espresaba la sorpresa y después la vergüenza. 
El de María el dolor y la gratitud. 
Y el de su madrina una admiración inmensa. 
— Pero eso es imposible ! esclamó por fin la señora Antonia. 
Miguel no puede marcharse así 1 fallar á su palabra, olvidar la 
fé prometida, quién lo hubiera creído de él 1 

— Nadie, madre, contestó Andrés, yo voy á descifrar á usted 
este enigma: Miguel es mas noble, es mas honrado que lodos 



DK ESPAÍÍA. 47 

nosotros^ y yo le prometo que á su generosidad sabré corres- 
ponder dignamente. 

— Habla, Andrés qué significan tus lágrimas, María 1 prosi- 
guió la señora Antonia reparando en las que asomaban en los 
ojos de su ahijada, vamos, hablad, no estéis así, qué ha su- 
cedido? 

— Yo se lo diré á Y. , madre, Miguel amaba á María con 
toda la fuerza de su alma; pero hubo otro que se anticipó á 
él y que no solamente mereció su amor, sino que abusó indig- 
namente de su inocencia. 

— Qué estás diciendo? es verdad eso, Maria? 

La joven no contestó; pero cayó ante las plantas de la an- 
ciana murmurando débilmente: 

— Perdón ! 

— Luego es verdad? y quién ha sido? 

— Yo, madre, contestó Andrés. 

— Tú i V te atrévese decírmelo? 

— Sí, madre, porque st he cometido la falta, V. me perdo- 
nará y yo rehabilitaré dignamente á la mujer á quien he ul- 
trajado. Miguel supo todo esto, Miguel me habló á mí y yo co- 
metí la imprudencia de no escucharle, pero hoy que su generoso 
proceder me traza las huellas que debo seguir, le prometd á 
V. que María será mi mujer ante Dios y anieles hombres, des- 
pués yo sé lo que debo hacer. 

— Y tille amas, María? preguntó la señora Antonia, estraor- 
dinariamente sorprendida de lo (jue se le acababa de revelar. 

— Si, madrina, con toda mi alma. 

— Y has despreciado á Miguel? 

— No, señora; le he confesado la verdad y él ha sido el ge- 
neroso que ha renunciado mi mano. 

— Dénos V. su consentimiento, madre, dijo Andrés, y hará 
Y. nuestra felicidad. 

La señora Antonia no sabia qué contestar. 
La sorj)resa, el temor, la dicha, embargaban sus sentidos. 
Por (in, era madre; y qué madre en el mundo se ha n(!- 
gado al llamamienlo de su hijo? 



48 EL HONOR 

Abrió SUS brazos, y estrechando álos dos coiUra su pecbo, 
les dijo: ofj 

— Sed felices, hijos mios, y quiera Dios, Andrés, que la vir- 
tud de lu esposa te haga ser mejor marido que has sido buen 
hijo. (?) 

— Yo se lo prometo á V.; la lección que acabo de recibir, 
ha iluminado lo suficiente mi razón, para que olvide mis erro- 
res pasados y mi porvenir compense dignamente esos estravíos 
que tantos disgustos le han ocasionado. ; j 






DE ESPANA. 



49 



CAPITULO IV. 



Erí que el autoV suplica á los lectores que no sean aficionados á h 
política que pasen por alto este capítulo; 




UATRO siglos hacía que el estandarte de 
la media luna había dejado de ondear 
en nuestra patria cuando un puñado de 
moros osaron atentar á una de nuestras 
plazas fronterizas. 
Reparar uno por uno los insultos, las peripecias que desde 
que Isabel la Católica clavó el estandarte de la Cruz sobre el 
minarete mas alto de la gránele aljama (1) de Granada, han me- 
diado siempre entre los españoles y los moros seria materia 
demasiado ardua para los límites de nuestra novela. 

Uiii'lvl oí 
{i) Mez(^uitfl. 



.'iU KL HONOn 

Kl loon de Kspafia, aqiiol Inon á cuyo nv^ido en alp^un licm- 
po lomblaron enlranihos iniuulos, entre sus eges yacía en una 
|)oslrac¡on que casi se asemejaba á la niucrlc. 

Todas las naciones, lodos los pueblos, se burlaban de su 
npalia, y hasta los mismos españoles murmuraban del letárgi- 
co sueño de la madre patria. 

. Los moros degenerados también, pues las razas de los gó- 
meles los zegries y los abcncerrages, aquellas razas que tan 
buenos caballeros dicro^ jexi su. época,. desaparecieron no de- 
jando Iras sí mas que 'el recuerdo;" osaron también insultar 
nuestro pabellón, creyendo en su candida ignorancia que las 
bayonetas de los soldados del siglo XIX no serian tan fuertes 
como las lanzas de los caballeros del siglo XV. 

Mclilla, osligada conlinucxmente por los moros, obligada á 
repeler la fuerza con la fuerza, reducida muchas veces á pasar 
(lias y dias sin que nadie pudiera salir de la plaza por temor 
de las espingardas rifeñas, es un ejemplo harto elocuente de 
la verdad de nuestro aserto. 

Envalentonados con esta apatía ó la imposibilidad de nues- 
tros gobiernos anteriores, creyendo miedo ó debilidad lo que 
solo era tal vez carencia de recursos, llevaron mas allá su au- 
dacia. 

Hollando los tratados hechos hace algunos años, fallando á. 
todas las leyes y arrojando la máscara, se lanzaron sobre las 
mojoneras que marcaban lá línea divisoria del campo marro- 
quí, y el español; derribaron el cuerpo de guardia que en 
ellas se estaba construyendo, y arrastraron por el suelo las ar- 
mas de España; aquellas mismas armas, ante cuya enseña hu- 
yeron despavoridos á .oeuUar-su vergüenza al otro lado dxíl 
Estrecho, ^n:^* ^t "^ - -■-' ^'r?, >: . ' í i^ •: 

Todos los ojos, todos los pensamientos se volvieron hacia 
el gobierno y el hombre que estaba á su frente, mas sagaz, 
mas determinado, mas feliz, si cabe decirlo asi, en su idea, hi- 
zo despertar al león de España, que al sacudir su encrespada 
melena contemplaron atónitas las naciones, lo terrible del león 
y el talento del hombre que le había hecho salir de su letargo. 




ÉXCMO. SR. D. LEOPOLDO O^DONNFLL, GENEllAL EN V,FM 
DEL EGÉRCITO DE ÁFRICA. 



El conde de Luccna , fiel ¡nleríiiele del espíritu público, 
acudiendo priüiero alas comunicaciones amistosas, ganando 
tiempo tal \ez con ellas, no produjeron el efecto que se apete- 
cia puso en muy poco tiempo á la Nación en el estado no solo 
de -vengar los ullrages hechos, sino de indemnizarse con cre- 
ces de aquellas ofensas. 

üSi Isabel I los arrojó de España, Isabel II los conquista- 
ra» dijo; y bajo su poderosa fuerza de voluntad, al impulso de 
su pensamiento llevó un ejército á las playas africanas al que 
su voz y su ejemplo conducirán indudablemente por la senda 
de la gloria y que en jornadas tan gloriosas como los asaltos 
de Granada, la toma de Oran y las batallas de Covadonga, la- 
varon los ullrages hechos en los dias 21, 22, 24 y 25 del mes 
de Agosto de 1859. 

Tales han sido descritas á grandes rasgos las causas de 
nuestra guerra con los marroquíes. 

Yengar los insultos hechos á nuestro pabellón, llevar la ci- 
vilización, esa nueva palanca Je Arquí mides que mueve en to- 
das direcciones el mundo intelectual, á aquellas apartadas re- 
giones, sostener dignamente la honra nacional, tal ha sido la 
idea de nuestro gobierno, y tal espíritu de toda la nación. 



ííi ¿ÜJ 






r.oa y 

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99 EL HONOR 



CAPITULO V. ; 



/!;',: '::r,¡ no hir.) 7 rAU,' 



Él ataque del Serrallo. 



üb '(f.iitilí/j 



I 80i V. 






..' ,-!.:> . .' ?■■ ? 




» n'i-.'c>,..f.í 



/ ("!■ 



EMOs llegado al 17 de Setiembre de 1859 
Desde el d¡a en que los moros der- 
\ ribaron los pilares que marcaban la lí- 
nea divisoria de su campo y el cristia- 
no, no han cesado de hostilizar á Ceuta. 
Reunidas ya las fuerzas si no suficientes para penetrar en 
el territorio marroquí, al menos las necesarias para castigar 
la osadía de aquellas tribus bárbaras, se determinó de hacer 
una salida al efecto. 

Los cazadores de Madrid, los de Barbastro, parte de los 
de la Albuera, los moros mogalaces y algunos otros, formaron 
una pequeña división que al mando de sus entendidos y bi- 



DE ESPAÑA. 53 

zarros gefes, se hallaba decidida á vengar los insultos hechos 
á su pabellón. 



Los augeríanos desde el móndenlo en que hablan arrojado 
el guante á los españoles, comunicaron la nueva á las tribus 
vecinas y las llamaron en su auxilio. ';.:! ;: 

Todos los moros de las montañqis se apresuraron á acudir 
á aquel llamamiento. n Hh': ';''' r^-^r "'! rr? .v^i'r 

Aquellas tribus salvages que no reconocían mas ley que 
su capricho, ni mas señor que el gefe de ellas, estaban de- 
seando mucho tiempo hacia, no romper el yugo, porque no 
habia tal por parle de España, pero sí entrar en guerra con 
los españoles. 

, Para aquella gente belicosa por naturaleza, era la guerra 
una necesidad, y cuando sus continuas disputas y sus cues- 
tiones con las tribus comarcanas les daban alguna tregua, 
siempre habia sidp su único deseo, el de humillar el honor de 
España. 



ZII 



Reunidos todos los gefes de las tribus en medio del cam- 
po, bajo la presidencia del Scheriff, debatían lumulluosamen- 
te sobre el asunto de que nos venimos ocupando. 

Sentados sobre el suelo formando circulo, diez ó doce, an- 
cianos, escuchaban con atención lo que les decia el presiden- 
te de aquella eslraña asamblea. 

— Si, mis buenos hermanos, los rumtjs han reunido sus fuer- 
zas, han recibido mas soldados, de esos que se venden y quie- 
ren amedrentaino^ hapJepdp alardie.^e ^^1 fuerza. Kaleb nuestro 



Si i:i. iio.NOU 

fiel espía, rae ha cotnunicadü estas nolicias; me ha dicho tam- 
bién (jue se susurraba en Ceuta que los españoles iban á lle- 
var liopas á Algeciras, y en fin, que todo anunciaba que se ha- 
llaban dispuestos á hacer en nosotros un castigo ejemplar. 

Calló el anciano y por un momento nada interrumpió el 
silencio. 

Todos estaban preocupados con las palabras del anciano. 

Alzó la cabeza el padre de Zobeida, paseó su vista por lo- 
dos los circunstantes y dirijiéndose al Scheriíí que presidia la 
reunión, le dijo: 

— Nunca creí, poderoso Schcriff que hablaras de semejante 
modo. ¿Cuándo han temido los valientes hijos de Mahoma á 
los soldados de cruz? Si los cristianos entraron en Granada, 
¿í^üé acaso por la menos bravura de nuestros antepasados? Si 
houYú el Zogoibi huhier Si tenido de valiente, lo, que tenia de 
astuto, aun el estandarte rojo del profeta tremolarla sobre 
el mfrab (torre) mas alto de la grande aljama (mezquita) de 
Granada. ¿Hemos dejenerado nosotros acaso de nuestros as- 
cendientes? hijos del desierto, hermanos de los leones y pu- 
jantes como ellos, donde quiera que las tropas españolas se 
presenten, las hojas de nuestros yataganes sabrán abrirse pa- 
so hasta sus corazones. Se conoce Scheriff , que la edad ha 
entibiado tu sangre, porque.... 

— Por el santo profeta, que sino fueras tú el que ha pronun- 
ciado tales palabras, de otro modo hubiera contestado. Llamas 
cobardía á lo que solo es prudencia, ¿quien te ha dicho que 
nuestros hermanos sean menos valientes que los gazures y los 
abencerrages.^ Yo solo he dicho lo que Kaleb me ha anuncia- 
do, que los españoles se preparan y que nosotros no debemos 
estar desapercibidos, que hemos arrojado el guante y que de- 
bemos estar preparados para las consecuencias, para esto os' 
he pedido vuestro consejo no para luchar , creo que me ha>^ 
beis visto siempre en todas las escaramuzas que hemos teni- 
do siempre con los rumies, el primero en acometer y el últi- 
mo en retirarme, y pluguiera á Allah que antes que empañar 



HE ESPA?ÍA.' 55 

ííii vida con im acto de cobardía, so cierren mis ojos á la luz 
del sol. 

En aquel rnomenio una grileria inmensa vino á interrumpir 
el consejo de los moros. - joüri Or 

Se oían tiros á lo lejos y acercándose alScheriff un moro 
que venia corriendo, le dijo. .riüúi] 

, — ^Poderoso padre de los creyentes de Augera, los romis 
han salido de sus muros y se dirijen hacia estos sitios, nut>s^ 
Iros hermanos están luchando en toda la línea y solo esperan 
tus sabios consejos y tu indómito valor. 

Al oír tales palabras, todas las manos buscaron la empu- 
ñadura de los yntagaíie/i y lodos los gel'es que componían el 
congreso musulmán, se levantaron tumultuosamente. -c^ 

— Hermanos, gritó entonces el Scheriff, la ocasión ha llega- 
do; antes que retroceder otra vez á nuestras montañas, jure- 
mos lodos ]:)ór la íi<\ní?L Kaaba (i) derramar hasta la última 
gota de nuestra sangre. 

Dirijieron: todos los moros sus manos hacia la parte de 
Oriente y con voz fuerte y serena gritaron: 
—Lo juramos. 

— No olvidéis, berraanos ndios, prosiguió el Scheriff, que el 
que muere por las glorías del Zilan va á disfrutar al paraíso las 
delicias prometidas por Mahoma á los valientes. rl 

Mil aclamaciones acojieron las palabras del Scheriff y mo- 
mentos después todos los jefes corrían á todo el galope de sus 
corceles á ponerse á la cabeza de sus respectivas tribus. 



IV 



í»i *í OJ'^ó«iÍmO ¿».' 

Como ya hémós dicho anteriormente, las tropas de Ceuta 
hicieron su salida deseosas de vengar los insultos hechos á 
nuestra razón. 



La gran mezquita de la Mecca. ^"}»ud 



l'}(j EL nONOU 

• Iniciado oí cómbale por los cazadores de Madrid, presto en- 
traron ou fuego todas las tropas, al que contestaron los moros 
con otro no menos nutrido y vigoroso. 

Cada vez se hacía mas encarnizado el combate. 

Los españoles adelantaban terreno á costa de algunas víc- 
timas. 

Los moros, por el contrario, retrocedian en dirección al 
Serrallo. 

El humo de la pólvora llenaba el espacio. 

El estruendo de los tiros, el relincho de los corceles, las 
voces de los jefes, los to(|ues de las cajas y cornetas, unido á 
los gritos de los heridos y á los gemidos de los moribundos, 
formaban un cuadro, que si bien tenia mucho de aterrador, no 
carecía de sublimidad. '^''íi'^^ i'^ r^^'uoUi^* oüi; .w^nr....«? 

Belona, suelta al viento su flotante cabellera, se paseaba 
por el campo de batalla en su carro de ébano lirado por los 
caballos el terror y el pavor. 

Luis á la cabeza de sn compañía, cargaba con ímpetu á los 
moros. :;; 

De pronto, efecto de una de las peripecias del combate, se 
encontró ante el jefe de la tribu de Raast-el-Seric. 

Tirar del rewolver, atrojarle del caballo y amenazarle con 
la punía de su sable, fué obra de un momento. 

Pero en aquel instante supremo, una mujer como evocada 
por el genio fantástico de las batallas, y como él pálida y som- 
bría, cayó ante los pies del oficial. 
— Perdón! perdón para mi padrel 

Luis retrocedió un paso. 

La hermosura fatídica de Zobeida, pues tal era la joven que 
se habla arrodillado ante él, le sorprendió estraordinariamenle. 

Por fm se repuso, y bajando el arma contestó á la joven: 
— No temáis, señora; un oficial español no hiere jamás á sus 
enemigos indefensos. Levantaos, anciano, lomad vuestras ar- 
mas y en míHÜo del combate nos encontraremos. otra vez. 

Tras estas palabras, volvió bruscamente la espalda al padre 
y á la hija y se fué á buscar nuevos enemigos' á quien vencer. 




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I)R ESPAÑA. 5 7 

La mora y el anciano no encontraron palabras que contes- 
tar á la acción del oficial, y el segundo volvió á perderse entre 
el torbellino de los combatientes. 



V 



Al poco tiempo los gritos de nuestros soldados demostraban 
la victoria que acababan de conseguir. 

Rechazados los moros hasta el Serrallo, habían tenido que 
abandonar también esta última posición á la pujanza de las 
bayonetas españolas. 

Aquel hecho de armas era una página brillantísima para 
la historia contemporánea. 

La guerra de África contaba ya en sus crónicas con unos 
valientes de menos, pero con un hecho glorioso. 



58 



EL HONOH 



CAPITULO VI 



til (|ue se vé que es mas difícil librarse de ios tiros de una mujer qiie de 
las balas de las espingardas africanas. 




LEGAMOS á Tánger. 

Aun no se sabe el r¿siiIlado de las ne- 
gociaciones entabladas por el gobierno 
español con el marroquí. 

En una habilacion ochavada, de airo- 
sa cúpula sostenida por airosas columnas de mármol blanco, 
con paredes primorosamente piuladas y caladas ventanas de 
arcos de herradura, sentada sobre los blandos cojines de seda, 
una mujer, íija su mirada intensa, ardiente y abrasadora sobre 
un joven que á algunos paso^ de ell;i se apoya conka una de 
las columnas de la esliincia. 



DE ESPAÑA. 50 

Ella poseía esa belleza típica de la raza árabe. 

Era estremadamente hermosa, y sin entrometernos en de- 
talles, solo diremos que era considerada en Tánger como la be- 
lleza mas encantadora de la ciudad. 

Zaida era la hija única del opulento comerciante Abdel- 
Abaas. 

Educada con todo el rigorismo musulmán, no había visto la 
calle mas que á través de las celosías de sus agimeces. 

Jamás había comprendido que hubiera en el mundo otro 
amor que el que ella profesaba á su padre. 

Pero un día entró en la tienda de Abdel un e^lrangero, y 
Zaida sintió entonces una agitación eslraña. 

Ya hacía tiempo que el estrangero había salido de la tien- 
da, y aun tenia su imagen ante sus ojos. 

Aquella noche no durmió Zaida. 

Se había operado en ella una revolución espantosa; la kija 
del comerciante, amaba, y amaba con la primera pasión y con 
toda la vehemencia de los corazones africanos. 

Y sin embargo, aquel amor era un pesar para ella. 
Amaba sin saber á quién, amaba sin ser correspondida, y 

amaba á una persona á quien tai vez nunca volvería á ver y á 
quien tal vez no podría hallar. 

Y se pasaron días, 

Al cabo de ellos, volvió el estrangero á la tienda y Zaida 
pudo contemplarlo. 

Su amor acreció doblemente y se hizo tan intenso, que 
incapaz de contenerlo, su alma rebosó hasta sus labios. 

Su sagacidad de mujer, le hizo averiguar de su padre quién 
ora aquel caballero. 

Y valiéndose de cuantos mil medios puede inventar la ima- 
ginación de una. mujer enamorada, consiguió por medio de su 
nodriza que el estrangero penetrase donde jamás se había pues- 
to mas pié de hombre que el de Abdel-Abaas. 



^(1 i; I, HONOi; 



ÁiL- 



El caballoi'o de quien se babia enamorado Zaida, era Alber- 
to, al amante de Clara, que según había dicho á la joven en 
su caria, se marchaba al África desesperado 

Aun no se hablan dicho una palabra ninguno de los dos. 
Zaida no sabia que decir; mil emociones desconocidas em- 
bargaban su corazón. 

Alberto esperaba que le preguntaran para contestar. 
Por fin, viendo que aquella escena muda se prolongaba 
demasiado, rompió elpoela el silencio preguntándole en el ára- 
be mas puro: 

,0.^-En qué puedo complaceros, señora. 
Zaida tardó algún tiempo en contestar. 
En aquel momento, el pudor innato á la mujer le- impidió 
decir una palabra. 

Alberto empezaba ya á cansarse de aquella posición y vol- 
vió á decir: 
— ¿No me respondéis señora? 

— Dime, cristiano, ¿como has abandonado tu patria para 
venir á la nuestra? 

— Porque para los dolores que torturaban mi alma nohabia 
mas que un lenitivo que pudiera calmarlos, y ese lenitivo es- 
taba aquí, en este pais, en estas costumbres nuevas, en esta 
vida que se respira aquí diferente que la de mi patria; ade- 
mas que teniendo ofensas que vengar de los moros para un 
ciudadano español es lo primero la honra, y aquí tenéis las 
razones que me han hecho abandonar mi patria. 
— Conque según eso, ¿eres mi enemigo? preguntó Zaida. 
Nunca fo hemos sido los españoles de las señoras cont-estó 
Alberto con galantería. 

— Y le has (hjado tu patria, tus parientes y tal vez tu ama- 



Dli KSPA-NA. 61 

da por venir á luchar en un país desconocido? pregunló Zaida 
con un acento en que se advertía un anhelo inmenso. 

—Sí, en primer lugar, no tengo padres; huérfano bastante 
niño, no he podido gozar de sus caricias, joven mas tarde no 
he poseído jamás ese goce purísimo del amor. 
— Luego ¿no has amado nunca? 
—Nunca. 

Fué tan inmensa la alegría que se reflejó en el rostro de 
Zaida, que bastante conocedor del corazón humano, compren- 
dió lo que pasaba en el de la mora. 

La hija de Abdel-Abaas , al sentir la mirada intensa del 
poeta fija en su rostro, se colorearon sus megillas con un ligero 
carmín, inclinó sus bellos ojos al suelo que brillaban de placer. 

Volvió á reinar el silencio en la estan(;ia. 

Cada uno de los dos estaba entregado á sus pensamientos. 

El español pensaba en el medio mas decoroso para renun- 
ciar al amor de Zaida sin ofender á esta. 

Repugnaba á su alma noble, mentir un amor que no sentía. 

Y su situación se hacia cada vez mas dificíl. 

Zaida era hermosa, ya lo hemos dicho, ¿y qué hombre al 
lado de una mujer bella y enamorada no tiene un momento 
en que se deja arrebatar por esle doble encanto? 

Alberto lo comprendía asi y no sabia porque medio cortar 
aquella entrevista. 

En cuanto Zaida, el gozo que había sentido al saber que 
Alberto no había dejado amores en su patria, ahogábalas pa- 
labras en su garganta. 

Si él no ha amado nunca se decía la dama, ¿qué razón ha 
de tener para no aceptar mí amor? y de ahí que su corazón 
saborease dulcísimamenle todas aijuellas emociones nuevas 
que sentía. 

III 

— ¿No tenéis nada mas que mandarme, señora? pregunló por 
Hn Alborto dando algunos pasos para marcharse. 



62 lii. iiowou 

— Olí! no [e Navios, crisliano, no le vayas; csiierirnenlo un 
placerían nuevo para ttií, oyéndote hablar!... conlesló Zaida 
tendiendo sus manos en ademan suplicante al joven. 

" — Os agradezco iníinito ésa indulgencia con que me Iratais, 
indulgencia cuyos motivos no puedo adivinar. 

Yo le lo esplicaré: ¿tú no lias amado? 
— No, señora. 

— ¿Te has visto privado siempre de esas caricias, de esos 
goces de la familia? Lo mismo me ha pasado á mí: mi padre, 
entregado siempre á sus cálculos, jamás ha tenido una hora 
que dedicar á su hija, y sin una madre que hubiera podido 
atenuar esta falta, he pasudo ratos tan crueles como los que 
lií habrás sufrido, y tú, como yo, sin duda habrás sentido esa 
necesidad, ese deseo ardiente de amar, de concentrar todas tus 
afecciones en un ser que reasuma en sí las afecciones de los 
padres y el cariño de los amantes. ¿No es cierto que tú has sen- 
tido todo eso? 
— ¡Señora!,.. 

— Es inútil ya el disimulo, me seria imposible seguir callan- 
do mus tiempo!.. . Te amo, cristiano, tú has realizado todos 
mis sueños de ventura; yo, pobre niña, no habia comprendido 
(jue hubiera en el mundo otra afección mas santa y mas pura 
que la de un padre, no creia que se pudiera amar de otro mo- 
do, yo no sé cómo amarán las mujeres de tu patria, no sé si 
estará bien ó mal hecho lo que hago, y mi labio jamás podría 
decirte otra cosa! Tú dices que los españoles no sois enemigos 
de las mujeres de mi raza, pues bien, dirae ahora si tú no sien- 
tes por mí esta misma clase de sentimientos que tú me has 
inspirado. 

Alberto permaneció en silencio algunos momentos; para 
hablar tenia que engañar á aquella mujer, y la. mentira le re- 
pugnaba. 

Su situación era terriblemente comproíiietida. 

El recuerdo de Clara no se apartaba de su pensamiento. 

Y sin embaigo, era Zaida tan hermosa!... 

Que enlüe el recuerdo de aipiel pasado sublime y la |)ors- 



m. ESTAÑA. 65 

pecliva ele este presente tan encantador, fliicliiaha Alberto sin 
saber por cual de los dos decidirse. 

Por fin, viendo la ioipaciencia con que Zajda esperaba la 
contestación, la dijo con aquel aspecto sereno que se avenía 
también: 

— Las palabras que habéis dicho, en medio d(? ío infinito que 
tne alagan me entristecen sobre manera, vos rne amáis y yo no 
debo engañaros. En mi corazón no hay amor suficiente para pa- 
gar el vuestro, señora. 

— Qué queréis decir, preguntó Zaida empalideciendo es- 
traordinariamente. 
— La verdad, no oiréis de mis labios otra palabra. 
— ¿Según eso, amai¿ á otra mujer? 
— lié amado, señora. 
— ¿Y os ha olvidado tal vez? 
^ —No me ha amado nunca. 

— ¿Y de eso nace el que no me améis á mi? ¿soy yo acaso 
menos hermosa que ella? di meló, y si así fuera, yo rogaría á 
Allah con tanto fervor, que al íin me concedería la belleza de 
las encantadoras ohuries del paraíso. Habla, por el Dios altí- 
simo y único te suplico que me digas si es mi fealdad la que 
te impide amarme. 

Zaída estaba sublimemente hermosa al pronunciar estas pa- 
labras, ligeramente empañados sus ojos por las lágrimas, se 
asemejaban al eterno helado de la N*¡oleta esmaltada con las 
gotas del rocío. 

Palpitante el aíto y abultado seno, entreabiertos los labios, 
• temblorosa la voz, Zaida era la personificación exacta del sen- 
timiento. 

Si un musulmán la hubiera visto en este instante, la hubie- 
ra creído una de las ohuries del edén, llorando la pérdida de la 
sonrisa de Allah. 

Vista por Alberto, le parecía al poeta la bella imagen de 
Dido llorando la ausencia del ingrato Eneas. 

— No es vuestra falla de hormosura, la dijo, la(pie me prohí- 



í>4 Kl. HOiNOK 

be ainuros; [)or(|ue si mujcMes divinas lione la raza africana, 
vos sois, sin disputa, el prololipo de su divinidad. 

— Entonces, no comprendo!... 

— Los arcanos del corazón, que quiera Dios no comprendáis 
nunca. No sal)fcis lo horrible que es concentrar la vida, el pen- 
samiento en la mujer, que esta mujer nos acaricie con sus mi- 
radas, y que al revelarla nuestro acento el amor que nuestro 
corazón atesora para ella, sus labios serian de nuestras protes- 
tas, y sus palabras destrozarían nuestras mas puras creencias, 
nuestros mas deliciosos ensueños. 

— ¿Y tú has sufrido lodo eso? ¿ha habido una mujer que ha 
destrozado tu corazón? Pues bien; deja á otra que recoja sus 
fragmentos, que bajo el influjo de sus miradas, de sus palabras 
de consuelo, haga renacer en él la felicidad. Entrégame á mi 
esos despojos, y en cambio te ofrezco un corazón ardiente, im- 
petuoso, un corazón que te ama con delirio desde que te vio, 
con un amor que cada dia que ha pasado sin verte, ha aumen-' 
lado un grado en la esperanza mas. Tú amabas con un caiiño 
ciego y te han engañado!... 

— Señora!... interrumpió el poeta que veia á su pesar que 
su corazón palpitaba con demasiada rapidez. 

— Déjame concluir, cristiano. Yo te daré esos inefables con- 
suelos que sclo una alma enamorada puede prodigar, amaré lo 
que tú amas, aborreceré lo que aborrezcas, y nuestras dos al- 
mas se asemejarán á doj granos de arena confundidos por el 
torbellino del Simoun. Habla, pídeme cuanto amor quieras, que 
siento en el corazón el suficiente para anegar tu alma. 

Y ruborosa, palpitante, fija su escandecida mirada en el 
rostro de Alberto, doblemente hermosa bajo la influencia de su 
amor, calló Zaida esperando la contestación del joven. 

Este, sorprendido al principio, temeroso luego al ver aquel 
inmenso amor que se desbordaba del seno de la africana, y fi- 
nalmente, alhagado algún tanto por aquel lenguage apasiona- 
do, embriagador, por aquel perfume de pureza que en medio 
de su atrevida declaración se exhalaba de ella 

Tiendo una mujer hermosa, y bajo su escilacion mucho mas 



DE ESPAÑA. 65 

bella, pidiéndole aquellos fragmentos de cariño en pago de su 
ardiente idolatría, quedó suspenso un rato, mas reponiéndose 
en seguida y abrazando de una ojeada su corazón, compren- 
dió que no habia fuerza para corresponder al de Zaida, v con 
un acento respetuoso y dulce, pero (irme, contestó: 

—Señora, os suplico me perdonéis si voy á herir otra vez 
vuestro corazón. Lo necesito infinitamente y este será otro 
dolor que tenga en mi existencia; pero como seria mas terrible 
para mi, el que llegase un dia en que me dijerais que os habia 
engañado, quiero de una vez que me aborrezcáis y olvidéis 
vuestro amor. Mn 

Ya os he dicho que he amado, y me resta deciros que 
amo todavía, que caJa vez la amo mas, cuanto mas imposible 
se ha hecho para mí esa mujer; ya un momento adormecido 
bajo la suave irradiación de vuestros ojos, os diria que os ama- 
ba, tal vez correspondería á vuestras caricias, pero separado 
de vos, señora, os olvidaría, el fantasma de aquella mujer so 
levantaría mas grande, mas potente y la adoraría mas; después 
vos me pediríais amor, y yo no sentiría hacia vos mas que de- 
seos, y como seria tan incapaz yo de pediros vuestra honra, co- 
mo vos para concedérmela, nuestra vida seria un infierno que 
concluiría por quedar vos con el alma desgarrada y yo con el 
remordimiento de haberos hecho desgraciada. Por eso, seño- 
ra, no me es posible aceptar vuestra oferta, que me enorgu- 
llece y aprecio en su justo valor, y podéis creerme, tengo un 
sentimiento profundo al deciros esto, porque la única gola de 
placer que en mucho tiempo se ha acercado á mis labios, me 
es muy triste tener que rechazarla, porque... porque siento 
una cosa estraña en mi corazón... un latido... en fin, señora» 
concluyamos, mas vale el dolor de un dia que la desesperación 
de toda una existencia. 

Con asombro escuchó Zaida al poeta, aquella grandeza de 
sentimientos la entusiasmaba y le hacia amar mas y mas; á 
aquella negativa tan sublimemente formulada, sintió un dolor 
infinito; pero las úllimaspalabras del joven, en las que se traslu- 

y 



(i() VI HONOU 

cia alf,^o que el no (iiioria (^splicar, reanimaron su osporanza-, y 
le (lijo: 

— Tienes razón en parlo, no en loilo; demasiado sé fine lu 
amor no mo podia perleneccr por entero; pero ya me* encsr- 
fi;ar¡a yo dcdesletrar dia por dia del íbmio de tu pecho la ima- 
gen deesa mujer, seria una tarea eostosisima, ¿pero liay.alüo 
imposible para la mujer que ama? has dicho (jue por mí no po- 
días sentir mas que deseo, y has tenido ra/on al pensar.. quo 
yo no me entregarla á li. ! fi;. r 

Mi alma africana podrá ser alreviila como el águila del 
alias, hasta el punto de saltar por lodo y decirle: (de amo» 
toma mi corazón;)) pero deshonrarme, jamás. Vamos, cristiano, 
acepta mi cariño, dame tu amistad, que yo te prometo hacerla 
que se trasformo pronto en amor. 

Era tan incitante, tan embriagador' el acento de la mora, 
se aspiraba en él un placer, ([ue sentía Alberto que se estre- 
mecían las fibras de su alma. 

Ya hemos dicho que Zaida estaba hermosa, y el dolor, eii 
cariño, la angustia, revestía en a-(juel semblante de una belle- 
za puramente fantástica. 

Alberto era hombre, ¿y quién en su situación se hubiera 
negado á aquel amor? 

Zaida, esperando en vano su respuesta, volvió á decirle. 
— ¿No rae respondes? ¿no me amarás nunca? 
— Creo que podré amaros, señora, la contestó Alberto, inca- 
paz de poder resistir mas tiempo á aquel amor en cuyo cir- 
culo se envolvía sin poderse evadir de él. 

Fué tan inmenso el goce que se reílejó en el semblante de 
Zaida, respiraban tanta pasión aquellas negras pu[)ilas húme- 
das de felicidad, era tan escilanle la agitación de su seno, que 
Alberto se sentía subyugado. 

El fuego que ardía en el pecho de la mora, se comunicó al 
del poeta. 

Insensiblemente se enlazaron sus manos. 

Se encontraron sus miradas. 



Se buscaron sus labios y uii beso castisiiuo y puro sello la 
ideiiüíícacion de sus almas. 



IV, 



Eii aquel mouieulo se oyó una v(»z de mujer que gritó eu 
el árabe mas correcto: 

— No seas peijuro, cristiano, acuérdate de la encubierta de 
Granada. 

Ambos volvieron la cabeza y vieron una mujer en el dintel 
de la puerta. 

Dos esclamaciones salieron de sns labios. 
La una espresaba el terror, la otra la sorpresa. 
— Julia! esclamó Mberto. 
— Saruyemal! dijo Zaida. 






tTTtv 



68 



EL HONOR 



CAPITULO VII 



Kii que volvemos á eiicoulrarnos con unos antiguos conocidos 
(le nuestros lectores. 




OLVKMOs á penetrar en la tribu de Raast- 
lel-Seric. 

No la encontramos como la primer 
noche en que acompañamos al lector á 
la casa del gefe de ella. 
El descalabro del Serrallo, había introducido la consterna- 
ción entre sus habitantes. 

Los moros son del primer momento. 
La victoria de los españoles, les anonadó. 
Si hubiera sido al contrario, indudablemente que su inso- 
lencia hubiera rayado en lo iníinilo. 



•^ T>E ESPA^ÍA. 69 

Desalentados, nmslíos y macilentos, se internaron en sus 
montañas y poco después entraban en sus casas, casi con el 
terror retratado en sus rostros. 

$¡di-Mahomad acompañado de su hija volvió seguido de 
los suyos á ocultar su furor en el centro de sus habitaciones. 

Zobeiba no era ya la mora respirando amor y bellezas, que 
vimos en las primeras [)áginas de nuestra narración. 

Era la imagen de la venganza, atormentada por el remor- 
dimiento. 

Sidi-Mahomad, también se había transformado. 

La tribu de Auggera habia sido la primera en el comba- 
te, y la última en la retirada. 

Su gefe habia hecho prodigios de valor. 

La tribu de Kaast-el-Seric habia ocupado un lugar muy se- 
cundario en la batalla. 

Las bayonetas españolas les hablan infundido un terror es- 
pantoso. 

Sidi-Mahomad, apesar de su indómito valor, se habia visto 
vencido por un oficial cristiano, y gracias á su generosidad 
conservaba la vida. 

Una tempestad furiosa rugía en su alma. Su orgullo se ha- 
llaba completamente abatido. 

La tribu que gobernaba se habia desanimado estraordina- 
riamente. 

Y su gefe dando sendos paseos por una de las estancias de 
su casa, no sabia de que medio valerse para reanimarla. 

Por íin, un medio se le ocurrió, y la sonrisa que dilató sus 
labios indicaba que habia encontrado un resorte que le habia de 
dar resultados muy seguros. 



II. 

• I : i>-xi • (I I \ 

— Zelim! gritó el Kabo ó Moscandem de la Iribú de Raasl- 
el-Ser¡c. 



'" 1.1. IIO.NOI; 



i^n'scntoso ¡nmcdialanuMilc un inoro on la puiMia. 
— Qiii! v(Mi^r¡i (.| morahi/ho Hassan 
Volvió á inarcliarso el moro, y quedó solo Sidi-Mahomad. 
'íh Si^Miieron sus paseos por la estancia y al cabo de ali^^unos 
iiiomenlosse le oyó ílecír. 

— Si, únicamenic ílassan puede devolver á mis gentes su per- 
dido valor. 

¿Qué seria de mi si las tribus vecinas comprendieran (|ue 
leniamos miedo? par mi santo profeta, que esta palabra que 
ina mis labios; ansiar tanto tiempo una ven^^anza, y cuando 
Ilop la ocasión de realizarla huyan mis j^entes como una ban- 
dada de palomas á la aproximación del águila; no, no, impo- 
sible; Allah no abandonará á su elegido. 

Los morahithos son los que mas pueden hacer en este caso, 
y aunque sea en menoscabo de mi dignidad, no tengo mas re- 
medio que apelar á ellos. '^ "'^^ 

Oh! V si por su influencia consigo lo que quiero, lodo 
cuanlo poseo, Oíe parecería poco para pagarlos. 

('oncluido de decir estas palabras, se sentó sobre los mu- 
llidos almohadones, y quedó profundamente entregado á sus 
pensamientos. 



IIX. 



Para esplicar el sentido de las palabras de Sidi Mah ornad* 
necesitamos conocer la clase de personas que son los morabi- 
thos y la influencia que egercen sobre las masas. 

Los morahühos son los sacerdotes moros. 

Ocupados sin cesar en la interpretación del Koran, prestan 
también demasiada atención á las cosas terrenales. 

El morabitho es el personage mas influyente de la tribu. 

Compone multitud de farsas altamente ridiculas (jue la cre- 
dulidad y la ig:iüranc¡a de los moros cree como artículos de fé 



DE ESPa5'A. i i 

Media en todas las cucsUones, y por su ¡nrmjo so arreglan ge- 
neralmente. 

Llevan su fanatismo hasta el mas alto grado. 

Con su carácter de intérpretes del Koran conducen á las 
turbas como quieren, y las inducen á cometer los mayores es- 
cesos. 

De modo que su influencia es tal, que el gefe de cualquier 
tribu tiene que estar mucho mejor con los morabithos que con 
sus miomas gentes. 

Enemigos irreconciliables de una religión que anatematiza 
sus farsas, y sus ridiculos milagros, no pueden ver á los cris- 
tianos, y su voz se alza siempre para maldecirlos. 

Interesados en grado superlativo, venden sus oraciones y 
sus consejos á aquel que mejor les paga. 

Tales son los hombres á quien en lo general obedecen me- 
jor las turbas, y á quienes mas acatan y reverencian. 

Por esto se comprenderá perfectamente que el Kabo de 
Raast-el-Seric, confiara su esperanza únicamente en el mora- 
bitho de su tribu. 



IV 



Volvemos A penetrar en la casa de Isaac. 

Nuestros lectores estarán impacientes esperando saber no- 
ticias de Carlos, el oficial á quien los celos de Zobeiba deja- 
ron casi exanime en la puerta de la habitación del judio. 

Estamos en una estancia pequeña como una casita do mu- 
ñecas, y encantadora como la mansión de un genio. 

Mullidos divanes de raso blanco la rodean, perfumes deli- 
ciosos la embalsaman, y las ventanas cubiertas por dobles cor- 
linas azules, dejan penetrar una claridad opaca, dulce y alis- 
te r i os a- 

Sobre una especie de velador se veian multitud de obge- 
os como glutinantes, vendages, etc. 



72 Kl. IIÍÍNOR 

Y en uno de los áni^ulos de la Iiabilacion, un lecho dcnlro 
del cual hahia una persona 
Era Carlos. 

Aquella habitación perlonecia á Eslor. 

La pobre niña hubiera cedido no su cuarto sino su vida por 
salvar la del oficial. 

La noche terrible en que el anciano Isaac se encontró en 
la situación tan angustiosa que nuestros lectores conocen ya» 
dejando á su hija desmayada se dirijió á Carlos y en el débil 
latido que agitaba su corazón, comprendió que aun había vi- 
da, y con esta, esperanzas de salvarle. 

Llamó á su criado, judio también, y como él bueno y hon- 
rado, y entre^ los dos trasladaron al herido á la habitación de 
Ester. 

La joven volvió al poco tiempo en si, y gracias h los cono- 
cimientos de Isaac, empezó también la curación del oíiciril. 

La madre mas tierna, la querida mas enamorada, no hu- 
biera tenido la solicitud y el esmero para asistirle, que tuvo la 
hija del judio. 

Sin atreverse á separarse un momento de la cabecera de 
su lecho, ella le daba todos los calmantes que su padre pre- 
paraba. 

Infatigable hasta la exageración, no se acostó ninguna no- 
che, y la fatiga no dejaba en su rostro mas huellas que el amo- 
ratado círculo que rodeaba sus rasgados ojos. 

Cuantas veces abrió Carlos sus ojos, otras tantas vio á su 
encantadora enfermera. 

Velado por las sombras de su enfermedad, y entre los de- 
lirios de su calentura, no la conocía. 

La pobre niña, pálida como las azucenas, envuelta en los 
blancos pliegues de su trage, rodeada por la aureola que la 
nubes de los perfumes la prestaban, y ala tenue claridad qiíe 
penetraba por las ventanas, era mas bien una visión fantásli- 
ca que una forma real. 

Carlos la miraba en uno de estos momentos y se creía aun 
presa de la liebre. 



s 



DE ESPAÑA. 73 

Ester le víó abrir los ojos, y lijarlos en ella con una espre- 
sion de eslraña sorpresa. 

Su mirada no resplandecía como otras voces, con el fue- 
go de la calentura. 

La hija de Isaac arrojó un grito de placer. 

Llegóse hasta el lecho del enfermo, y con aquella voz dul- 
císima que ya conocemos, le preguntó: 



— ¿Cómo te encuentras, hermano? 
Carlos no podia contestarla. 

Se sucedían con una rapidez asombrosa en su imaginación 
lodos los acontecimientos de su vida en los días que habían 
trascurrido . 

La voz de Ester resonaba en el fondo de su alma como una 
armonía suave y melancólica. 

Se adaptaba con su situación, y hasta parecía que amorti- 
guaba sus sufrimientos. 

Uecordaba haber oído aquella voz; pero no sabia en donde, 
ni como. 

Aquellas facciones de ángel no le eran desconocidas; pero 
en vano torturaba su memoria [)ara recordar dónde las habi.i 
visto. 

— ¿No me respondes, hermano? le volvió á preguntar la ju- 
dia al cabo de algunos momentos. 
— ¿Quién eres? la dijo Carlos con debilitado acento. 
— ¿No conoces ya á tu hermana Ester/ 
— Ester!..- Esterl... Ah!... sí, ya me acuerdo; bien hacia 
yo en creer que era un ángel el que veía siempre á la cabe- 
cera de mi lecho. 
. La pobre niña se ruborizó de placer. 
Se llevó su lindo dedo á los labios, v con un acento suaví- 

simo, le dijo: 

iú 



74 EL IIÜNOU 

— SÜLMicitt, horinanü, no liiil)los, (|Uü eso Ift será pcrjiíilicial. 
El liciidü no hizo caso de a(iiiclla advorleiicia, y prosi- 
¿íiiió: " 

— Pobre Esler!... y lú has estado conlíniíaiiuMilc á in¡ lado, 
s¡(*mj)re (jiie he abieilo los ojos, he visto tus miradas solicilas 
lijas eii el pobre Cárh)s, oh!... ¿cómo podré pa^^arle tanto co- 
mo has hecho por mí? 

— Guardando silencio hasta que estés bueno. 
—No, Ester, demasiado he callado ya, tenia tanta necesidad 
de hablar para darte las gracias por tus cuidados, que... 

— La humanidad no es mas que un deber, Carlos; nuestro 
Dios nos lo ha dicho, y los que cumplen con su deber, no me- 
recen agradecimiento. 

— Sublime máxima, digna de un corazón mas sublime toda- 
vía; oh!... Ester, hermana mia, á tí, y solo á ti debo mi cu- 
ración. 
— Di mas bien al Dios de Jacob. 

— Pero tú eres un destello de esa divinidad, y yo bendigo 
con toda mi alma á Dios ([ue arroja sobre la tierra ángeles co- 
mo tú. 

Ester no sabia qué contestar. 

Desde la noche en que Carlos cayó moribundo delante de 
ella, se habia operado una transformación estraña en el cora- 
zón de lajudia. 

El beso que el oficial la dio, abrasó sus labios, é hizo bro- 
trar en su alma un fuego desconocido. 

Nunca habia amado mas que á su padre, y no ereia que 
la afección que entonces sentía hacia Carlos, se pareciese en 
nada á laque antes habia sentido hacia él. 
Hasta a(|uella noche fué un hermano. 
Aquel beso la reveló otra clase de amor. 
Su afección, sin cambiar de objeto, varió de sensación. 
Ester amaba á Carlos con el caiiño de los amantes. 
Deseaba oír su acento, y temia las primeras palabras quo 
salieran de sus labios. 

Carlos al notar su silencio, prosiguió: 



T)E ESI» A ^' A. 75 



— ¿Qné es eso, Esler? ¿no me conlestas? ¿Acaso raís pala- 
bras te incomodan? 
— Oh!... no, nada de eso; contestó con viveza la joven. 
— Habíame, hermana mia, habíame; hay en tu acento nn no 
sé qué de suave y celestial que resuena en el fondo de mi al- 
ma, y se asemeja á un bálsamo dulcísimo que calma todos mis 
dolores; note alejes de mi lado, viéndote, mi vida toda pare- 
ce que se alegra, que recibe de tí esa sabia preciosa de ju- 
ventud y de pureza que se exhala de tí; bajo el influjo de tus 
miradas, siento circular otra vez la sangre bajo mis venas. 
Oh!... Ester mia! sí, creo que te amo con toda la fuerza que 
tú misma has prestado á mi corazón. 

El albo seno de la judía se agitaba con creciente rapidez. 
Las rosas de Jericó prestaron sus colores á lasmegillas de 
Ester que se encendían con todo el fuego del pudor. 
Su corazón latía con una rapidez desconocida. 
Aquel lenguage completamente nuevo para ella la subyu- 
gaba. 

Su alma respondía á aquellas palabras con otras que no te- 
nían sonidos, pero que sin embargo, no por eso dejaban de ser 
mas elocuentes. 

Di hermana, ¿no crees tu también qu« el amor ha influido 
estraordinaríamente para mi curación? Yo te veía en medio de 
mis delirios, entre las visiones de la calentura, tu divino sem - 
blante se me presentaba, sonriendo dulcemente, y el suave 
resplandor de tus pupilas, templaba mis arrebatos, tu acento 
dulcíHcaba mis dolores, y toda tu rae dabas la calma y la 
tranquilidad. 

Lji voz del herido se debilitaba estraordinaríamente. 

El esfuerzo que estaba haciendo, podía perjudicarle mucho. 

En el estado en que se encontraba, semejante fatiga podía 
causarle un retroceso que empeorase su situación. 

Ester alzó sus ojos. 

Los fljó en Carlos, y vio su estado. 
— Calla, hermano, gritó poniéndíde su diminuta mano sobro 
los labios, calla, por Dios le lo rue¿jo. 



70 Et HONOR 

K! Ii'prido so nprosnró ¡i coger aquella mano, y con una 
exaltación inmensa la dijo: 

— No me (ligas que calle , cuando mi alma eslá sedienta de 
Iiablnr. Hoy que empiezo á vivir, hoy que una existencia nueva 
se esliende anle mis ojos, no me prohibas que hable. Dime, 
Ester, dft este fuego que yo siento en mi pecho, de este 
latir inquieto de mi cornzon, no participas tu? Respónde- 
me, lú que tal amor me has inspirado, tú que has purificndo 
mi alma, no sientes en la tuya algo de la purísima pasión que 
germina en la mia? 
— Calla Carlos, calla. 

— No puedo, una palabra luya podrá hacerme callar imica- 
mente. 

Y la voz del herido disminuía de vibración. 
Sus ojos se cerraban perezosamente. 
Su rostro empalidecía por momentos. 
Todo en él demostraba, que aquel esfuerzo era superior á 
su estado. 

Ester le contemplaba dolorosamente. 
Le amaba con su primera, con su mas santa pasión. 
Sentía en el fondo de su alma una palabra que contesta- 
ba á las de Garlos. 

Queria hacerla subir hasta sus labios, pero no podía ar- 
ticularla. 

Carlos volvió á entreabrir sus ojos, y dijo: 
— Ester, cuan desgraciado soy!... amarte y no ser amado, 
haber recibido la vida ele ti, y ver con dolor que en vez de 
darme un bien me has hecho desgraciado; ¿di porqué no me 
amas? Si en tu corazón no sentías hacia mí mas que amistad 
¿para qué no me has dejado morir? 

— Morir tul... No, nunca lo hubiera permitido Dios, á no 
ser que me hubiese muerto á mi también. 

— Qué has dicho Ester? gritó el herido, esas palabras me 
devuelven la esperanza. 
— Carlos, por compasión, calla. 
— Esplicame lo fjue acabas de decir, 



DE ESPAx>íA. 77 

— Pues bien... te amo!... 

Y cual si solo hubiera esperado el herido aquella palabra, 
cerró los ojos, y cayó sobre la almohada sin movimiento. 

Ester dio un grito, y se lanzó hacia la puerta llamando á 
su padre. 



VI. 



La conversación de Sidi-Mahomad con el morabitho pro- 
dujo los resultados apetecidos. 

La compra costó algo cara, per^o el objeto estaba con- 
seguido. 

Al dia siguiente todos los habitante^ de la aldea estaban 
reunidos en la plaza. 

El morabitho Hassan iba á interpretarles algunos versícu- 
los del Coran, 

Todo el mundo esperaba con impaciencia la llegada de 
este Señor. 

Este se presentó al fin. 

Aquellos rostros macilentos aun por su derrota anterior, se 
animaron algún tanto. 

El morabitho paseó su mirada sobre la multitud. 

Asomado á la balaustrada que coronaba su casa, el Kaho 
de la tribu de Raast-el-Seric, esperaba mas impaciente que 
todos, las palabras de Hassam. • 

Este se volvió hacia Oriente hizo tres zalas ó reverencias, 
y habló por fin. 

— ¿Qué es eso, poderosos creyentes? ¿Qué es lo que leo en 
vuestros rostros? ¿desde cuándo acá, las faerles columnas del 
hlan flaquean? Le galüille Aílnh\ (1) hermanos mios, el pue- 
blo que tal creencia tiene, es el gran pueblo. ¿Acaso vaciláis 
en el principio de la santa senda que os trazó el gran profeta 

(1) Solo Dios es vencedor. 



7S i:l iiONon 

íliierido de Aliiili? Vamos, responded, osas nubes (jne empanan 
vueslros sendjianles, ¿de qué proceden? 

Calló aleamos momentos el morabilho. 

Ni una palabra se exhaló del seno de toda acpiella fnuclic- 
dumbre. 

El acento inspirado de Hassam la dominaba completa- 
menle. 

Sentían vergüenza de su terror pasado. 

Comprendían que el morabitho, como un ente superior, 
liabia de adivinar lo que pasaba en 'ei fondo de sus almas, y 
todos procuraban esconderse los unos tras los otros para ocul- 
tarse á la suspicaz mirada de su sacerdote. 

Hassam comprendía perfectamente la clase de gente entre 
quien vivia. 

Estuvo gozando un rato con su confusión y prosiguió en 
seguida. 

— ¿No tenéis valor para contestarme? ¿la vergüenza turba 
vuestra lengua? Oh!... esa es señal de que os arrepentiréis, y 
Dios altísimo y único perdona á los que se arrepienten de lodo 
corazón. Las profecías santas nos anunciaban esta guerra; «día 
llegará dicen, en que un pueblo de idólatras querrá usurparos 
vuestros territorios, imponeros su religión como ley, y hacer 
de vuestras hijas y de vuestras mujeres sus esclavas; pero no 
temáis, hermanos míos. Allah os ha dado la fuerza indomable 
del león y la astucia del tigre. Allah os ha dado esos \astos 
desiertos y estas montañas inaccesibles, y entre los torbellinos 
del Simoun, y entre las quebraduras de las montañas, vuestras 
balas partirán los cráneos, y vuestros corbos yataganes encon- 
trarán el corazón de los rumis.)) 

Un murmullo sordo se exhaló de aquella multitud. 

Las palabras de Hassam empezaban á entusiasmarlos. 

Sidi-Mahomad contemplaba sumamente complacido el buen 
giro que iba tomando el negocio. 

El morabilho veía también sumamente satisfecha la gran 
influencia que egercia sobre las turbas. 

— Si, bravos descendientes de Taric y de Almanzor, les dijo- 



DE ESPAÑA. 79 

110 cejéis nunca ante los cristianos, no les demostréis pavor, 
donde vosotros vayáis Allah irá con vosotros; nuestra guerra 
es santa, es !a guerra que continúa la (jue el Profeta empezó y 
(jue á vosotros está reservada la gloria de concluir. iNuestra 
\ictoria no se conseguirrá sin grandes sacrificios. Algunos va- 
lientes cerrarán los ojos á la luz del dia, pero será para abrir- 
los á la deslumbrante claridad del Paraíso; perderéis los go- 
ces de la tierra, pero en cambio, dislVutareis de las inefables 
dulzuras que os reservan las Ohuries. Sus!... predilectos hijos 
de Mahoma soltad las riendas á vuestros corceles, dejad que 
lloten al viento los pliegues de vuestros bornuces, y mas rápi- 
dos que el águila> y tan voraces como ella, lanzaos sobre los 
españoles. Ellos son débiles y cobardes, vosotros sois fuertes 
y >akrosos; á ellos 'es cansa la fatiga, vosotros domináis el 
cansancio; ellos pelean porque los mandan, vosotros os batis 
en defensa de vuestros hogares, de vueslros hijos, de vuestras 
mujeres, de vuestra religión; ellos se desanimarán con la pri- 
mera derrota, vosotros en cada vencimiento tendréis mas en- 
tusiasmo porque el Dios todopoderoso, quiere probar á sus hi- 
jos por esos medios, de modo que nunca debéis desmayar, mi- 
rar siempre adelante, y mientras os quede un soplo de vida, 
reconcentradla en vuestro ojo y en vuestra mano, para que 
podáis matar un español. Susl... hijos de Raast-el-Seric, al 
combate en defensa de vuestra religión y de vuestro Dios. 

Concluidas estas palabras, estalló un clamor inmenso. 

La inspiración del morabitho, produjo un resultado mara- 
villoso. 

Todas aquellas bocas no arrojaron mas que una palabra. 

Todas aquellas manos no tuvieron mas (jue un movimiento. 

Los labios dijeron: 
— Guerra á muertel... 

Y los dedos apretaron con esfuerzo las empuñaduras de las 
gumias y yataganes. 

El Kabo no podia disimular su satisfacción. 

El impulso dado por llassam á aijuella masa feroz ó indis- 
ciplinada era el (juo mas podia convenir á sus proyectos. 



^ 



80 EL IIÜKOR 

Asomóse mas á la balaustrada, y lendieudo su brazo sobre 
la mullilud para imponerla silencio, dijo: 

— Y yo vuestro Moscamdem, me j^lorio de ser el |)rimero 
en conduciros al combate. Donde quiera que el peligro sea ma- 
yor, allí estaré. Como ha dicho muy bien el querido del Señor, 
el morabilho Hassam, nuestra guerra es justa, y por donde 
quiera que vayamos veremos ante nosotros la blanca yegua 
del profeta, que cabalgando sobre ella, agitará en su diestra 
el rojo pendón, enseña de nuestra patria. 

Nos vencerán tal vez, puede que yo sea el primero que cai- 
ga, pero no desmayéis por eso, seguid adelante, y lened el 
convencimiento de que los que muramos por nuestra religión, 
resucitaremos en el Edem. 

El entusiasmo no tuvo limites. 

Aplausos frenéticos acogieron aquellas palabras, y el valor, 
ó mejor dicho el fanatismo, hicieron de aquellos hombres co- 
bardes momentos antes, una mullilud de héroes. 



At 



de;,.esí]A%,. 



81 



iíioiiii'jEJí (fue; ftlieclov vera tan lo i, dn, jjistoria como de novela. 



I. 




ESPUKs de diversas ñolas cruzadas enlre 
nuest^'o cónsul en Tánger y Mahomed- 
d-Kalil, ix)iu¡slro de negocios esUange- 
rosdeiiSullan, el rompimiento entre Es- 
-ri^ paña y Marruecos, se hizo inevitable. 

«,,;/,El< espíritu público estaba pronunciado altamente en favor 
de.esta^ guerra. 

Como cuestión naciona^,,, so olvidaron los partidos para no 
mirar, i,nas que el honor de España. 

Kl ííobierj;io, íiel guardador del decoro de la nación que re- 

H 



fi2 ti, líONOP. 

|)rcsenlal)a, ó inlLMprele al mismo tiempo de los sonlimienlos 
generales, después de haber acudido á los medios amistosos, 
se vio en la necesidad de declarar la guerra. 

Por medio de esfuerzos ¿5^i¿,^an téseos, en poco tiempo se en- 
contró dispuesto un cuerpo de ejército capaz de imponer la ley 
h las hordas al'ricanas. 

Kl conde do Lucena, Presidente del Consejo de Ministros, 
s€ encontraba en todas jiarles, y bajo su poderoso ¡m|)ulso, se 
vio el ejército con todo el material de guerra necesario para 
una campaña de esta especie. 

El primer hecho de armas de nuestras tropas tuvo un éxito 
brillante. 

Tras esto, fueron aglomerándose batallones tras batallones 
en los puntos vecinos á Ceuta. 

Se formaron las cuatro divisiones al mando de entendidos 
generales, bravos inteligentes que pudieran secundar los pro- 
yectos de la Gabeza que lo era el mismo O'Donnell, á quien 
S. M. habla conferido la gloria de mandar en jefe á aquellos 
miles de valientes. 

Todo el mundo esperaba impaciente !iis primeras opera- 
ciones. 

Todas las provincias contribuyeron con sus patrióticas ofer- 
tas, para dejar bien puesto el pabellón espaAol, ofreciendo al 
mismo tien)po socorros al gobierno si las circunstancias de la 
guerra lo exigían. 

Por íin el general en jefe abandonó la corte. 

Llegó á Cádiz, y lodo el mundo se prometía que inmedia- 
menle empezarían las batallas y las victorias. 

Pero como un general no es solamente el encargado de 
llevar unos cuantos soldabos al frente del enemigo, sino qtie es 
al mismo tiempo el i'esponsable de cualquier percance (|ue pue- 
da sobievenir, de ahí que á su pesar se vio obligado el conde 
de Lucena á pasar dias en Cádiz, hasta que el tiempo fuera fa- 
vorable para efectuar un desembarco. 

Comprendía su posición, sabia la responsabilidad que sobre 
el pesaba, y querid mas bien esperar, que por una precipita- 



Í)E ESrAiNA. 83 

cion loca comprometer el éxito de la espedicion que so le habla 
confiado. 

Sin embar^^o, el dia 19 de noviembre habla dicho que se 
saludarla á S. M, desde el territorio africano, y cumplió su 
palabra. 

La división del general Echagüe tuvo la ¿gloria de hacerlo. 

Las tropas estaban impaciiMites por enti-ar en fuego. 

Y especialmente los caladores de Madrid, (}uerian añadir 
un nuevo triunfo á su bandera. 

Luis, nuestro antiguo amigo, habla hecho juramento de ser 
el primero en saludar á la Reina, en celebridad de sus dias, 
desde la primera altura que hay en la entrada de Sierra-Bu- 
llones. 



II 



Alberto habia vuelto ya de Tángei'. 

Cuando el señor IManco del Valle abandonó la población, el 
poeta no tuvo mas remedio que abandonarla también, 

Pero habia vuelto mas sombrío, mus apenado que hubia ido. 

El encuentro de Julia en a(|uellas apartadas regiones, le 
habia vuelto á su eterna tristeza. 

¿Qué misterio, qué secreto habia entre aíiiiollas dos perso- 
nas? 

Nadie, ni aun el mismo Liiis ijue era su amigo mas íntimo, 
pudo saberlo jamás. 

Lo cierto es que en todos los goces, en todos los momentos 
de espansion que tenia el poeta, se aparecía Julia como el án- 
gel del mal, y trasformaba todas sus delicias en dolores. 

Profundamente pensativo en el momento en (pie lo presen- 
tamos á nuestros lectores, era conlctopliulo con una espresion 
de sentimiento por su amigo Luis. 

Este en nada liabia variado. 



84 Ki, iiOivOK 

Era sieiuprc el mismo carácter IVancu y ak'gr<i <|uc ' ■' '* • 
nocemos. 

A la sazón, una nube de dolor surcaba su IUmUc. 

Pcroesle dolor nacia de Ver el oslado dtv su' .üniL-r» Al- 
berto. 



lO. 



— Vamos, Alberto, no seas así mas tiempo',' le dijo, ¿no comr. 
prendes que yo padezco de verle con ese semblante tan í^om- 
brío?... 

— No sé qué hallas de estraño en eso; ¿no estoy siempre lo 
mismo? 

— No; antes de marchar á Tánger estabas mas animado, 
mas alegre; pero no sé que diablos te ha pasado por allá, 'que 
has vuelto mucho peor que estabas en Madrid 
La frente de Alberto se oscureció .mas. 
£1 recuerdo de Julia no se podia borrar de su pensamiento.. 

Y aquel recuerdo era su torcedor contíiuio. 

Nada contestó al conde que lo contemplaba dolorosaiuenle. 

— Mira, Alberto, le dijo xiquel, debiera estar muy resentido 
contigo, porque mediando la amisiad que reina entre ñósoiros, 
no has querido nunca confiarme líi causa de ese profun'd'o pe- 
sar que tantos años llevas sobre tí. ¿Qué le aílige, amigo^iícir 

— No quieras saberlo nunca, Luis; hay gencrijiciones maldi- 
tas, y la mia es una de ellas; el pesar que me devora, es, uno 
de los que se contagian á las personas á, quiénes se lo cuentp., 
y además hace muchos años que lo relegué al fondo de mi pe- 
cho, haciendo juramento de que jamás llegarla hasta, iixis la- 
bios. Por eso, Luis, le ruego que jamás me hables de eso, pur.s 
seria la única prueba que tendría que .negará tu ami^l^ul. 

Y el acento de Alberto acreció su s^everidad, al pronunciar 
las últimas palabras. 



m: ESPAÑA i 85 

-Luis po potlia resignarse con aqiieiia Iraba que su amigo 
iinponia^íá su curiosidad. 

—Pero Alíjerlo, io dijo, las peaas se jiiiligaa cuando, se de- 
positan on un seno auiigo/láhas píidecido y pandees iOslía o iv 
diuariamente, pilos bien, desahoga lu pecho enel jíüíq., . jíCiio le 
arredr<3 lo que rae has dicho de Ui[uíe;lu; doh)r conlagiaria á los 
que lo conocieran, más sufro viéndole asi. : 

— Es inülil, Luis^ .'"nQ -te molestes, ya it^e he dicho que hice 
juramento hace años de que este socretói no llegarla hasta mis 
labios, y no creo que túv dechado de honor y delicadeza, quie- 
ras hacerme perjuro, íiíi'iíi /ui) :í 

Luis comprendió que -nada adelaiitoia con su amigo. 

— Vamos Luis, le dijo Alberto, variando el rumbo de la 
coiivGrsaCioni ¿que noticias corren. poriia ciudad? 

—^Se dice que hoy hemos ;de pasar la línea (fuo nos separa 
del imperio Marroquí; pero nada mas» 

—Y qué fuerzas van ha hacerlol- , 

—Se 'está esperando la división de blchagüe, á la cual nos 
hemos de unir. nosotros. 

— Ojala y sea' prontoel comijiate. 

—Ese es nuestro único deseo, contestó Luis, le asieguro Al- 
beí'to, q^e esta inacción me incómoda, ttíngp ganas de teñir 
mi sable en la sangi-e de esos inrielcsv y nadie mejor que tu 
Seibos, ló opuesto' que soy á^ derramar íj:! sangre de mis seme- 
jantes, pero con esa gente á quienes ciega, ei mas absurdo fa- 
'núlíámo; 'no tengo compasión!''?-' ;. - w^:: . 

—Ademas, como sahetnos demasiado (Ju^' si fuéramos cogi- 
dos por elW,' no htihidmos' de esperar piedad ni gracia, de 
ahí, ({uc no tenemos mas remedio (jiíe luchar á la desesperada. 
'*•— Conque según éso' tii 'te hallas decidido á batirte al lado 
nuestro? 

"'— Phe! morir aipií, ó morir en otra parto, es' exactamente 
ígua], 'teniendo la 'ventaja si' m'nfíro aqtií'; que lo hago dcren- 
diendo'inacaiisá justa; Cual es la henra de mr patria. 

— fiaa! ¿íjuién piensa oliora eípmorir? 

—Cualquiera ft^m'coVn'VYó'ilo'luVya' recibido del mundo mas 



fí6 KI- HONOR 

que la hiél, coiUesló Alborto con una triste sonrisa ¿qué pue- 
de esperar el que sufre, mas (pie la muerte como madre ami- 
^di y bienhechora lo recoja en sus brazos, y lo lleve á esa 
eternidad del descanso y del silencio? 

— Eb, callií, calla; pues no estas poco lúí^Hdjre hoy. 
En este momento el asistente de Luis pendró en la estancia. 

— Qué es eso Juan? le preguntó su amo. 

— Que vaya V. S. al cuartel, mi capitán. 

— Hay alí,nina novedad? 

— La división del general Rchagüe que está desembarcando, 
y creo que vamos k decir dos palabras á los moros. 

— Eso está bueno, vamos, dame el poncho y las botas. 

— Yo también iré, no es verdad, señor? 

— Ya lo creo, pues hombre, no faltaba mas sino (jue tu (jub 
tanto deseas ver de cerca á los moros te negara ese gusto. 

Una espresion de alegría que se retrató en el semblante 
del soldado, fué su mas enérgica contestación. 

— Qué ¿no entró Juan en la acción del 13 de Setiembre? 
preguntó Alberto? 

— No, porque no habia llegado todavía. 

— ¿Cómo es eso? 

— Juan, es hijo de mi nodriza, contestó Luis, era zapatero, 
pero en cuanto supo que mi batallón venia para acá, aban- 
donó el tira píe, sentó plaza y se NÍno al batallón, y en seguida 
de asistente conmigo. 

— y á mucha honra, mi capitán, hoy he tenido carta de mi 
madre y me dii muchas es})resiones [)ara V. S. 

— ¿Y cómo anda la vieja llosa? preguntó con afecto Luis? 

— Vea V. S., vea V. S. lo que dice. 
Sacó el soldado una carta de su bolsillo, se la dio á leer 
y leyó en voz alta. 

((Querido hijo de mi alma: he recibido la luya y veo con 

mucha alegría que el Sr. Conde te ha tomado por su asistenta?. 

No te separes de su lado, sé siempre hombre de bien y no 

te olvides de la santísima virgen de la Paloma: \m\ en ella tus 

espefanzas, y ella guiará tu brazo eu el combale. 



m ESPAÑA. 87 

Sobre lodo, hijo mío, no le dejes matar por esos infieles, no 
te encarnices con ellos, y aunque sean tus enemigos, no los re- 
mates cuando estén indefensos, pues eso no lo miraría nunca 
con gusto la Santísima Virgen, 

No retrocedas nunca; tu padre ya sabes que en la guerra 
civil no tuvieron nada que echarle en cara, no olvides tú que 
eres su hijo. 

A mi querido señor, dale muchas, muchísimas espresiones, 
y dile que tanto por él como por ti, rezo todas las noches; quie- 
ra Dios escuchar mis oraciones. 

Quédate con Dios, querido hijo, y sobre todo escribe siem- 
pre que puedas. 

Recibe un abrazo del lio Pepe, y espresiones de la Ménica 

y la Tomasa, y tú sabes que dentro de mi carta vá el corazón 

de tu pobre madre, que no vive desde que te has ido. — Rosa. 

P. D. Vuelvo á repetirte que no te olvides de la Virgen, y 

quo nunca vuelvas la cara á tus enemigos. » 

— Pobre mujer! dijo Alberto asi que Luis concluyó la carta. 

Luis nada pudo decir ; se hallaba profundamente enter- 
necido. 

Por fin, para ocultar su turbación, se volvió á Juan y le 



oijo: 



— Eha, Juan, en marcha, vamos á reunimos con los compa- 
fieros*. 

Alberto lomó su rewolvers, y momentos después se diri- 
jian los dos amigos seguidos de Juan, hacia el cuartel. 



IV 



La división del general Echagüe había desembarcado du- 
rante la üochc anterior. 

Acampadas las tropas fuera de la población, esperaban 
ansiosas el momento en que su jefe las condugera á la victo- 
ria. 



s 



H8 I i. iio.xoi: 

. •: Fn iKjuollos miles dü^ pochos no iiai)ia mas que mr deseo; 
p| (lo inorii" defendiendo la iionra y .el deíioro.de líinucion. 

1^1 soliderraniaba sus íul^íjínles ¡rayos sobre la lien a. . . 
Solarnenle el viohi-nlo aire (|irM-<íinab;i, incOMiodaba un po-^ 
co á niieslros valientes, que balallou ¡tras b-íf.iüníí ihnn ;i ocu- 
par las posiciones señaladas, de anleui^nu 

• El í^eneral, al frente de su estado mayor, á la cabeza de su 
división,' lijaba su ardiente mirada én.a(|uella sierra que/ ma^ 
larde habia de teñir con sii sangm. 

Los moros de la plaza que iban guiando mieslras gua rillas», 
no podían, menos de admirarse del entusiasmo que reinaba en- 
tre jefes y soldados. 

Por ñn, al llegar las avanzadas al Olero, que es una pí'- 
qiieña altura situada pioximamenleá un cuarto ./(le legua dc Lti 
población, un puñado, ílo mofos, haciendo uso de sus espingar- 
das, descargo sobre nuestros soldados^ que al grilt) de «Viva 
Isabel JI)) se lanzaron sobre ellos. : \-v. i- - , . . 

Al empuje de los guerrilleros, einpiezan á retroceder los 
moros. 

Llega Echagüe al Otero, y al contemplar las ruinas del 
Serrallo que están á una media legua itiei, este,. úlli.Dío.ppnlo, 
agitando la espada gritó volviéndose á los batallones: 
— Soldados! viva la Reina!... 

V un viva inmenso, prolongado, retumbo en aqu,eila» sole- 
dades, y su eco, atravesandx) elAespacio, ilegWiliasíft la /corte 
del emperador deiMarniecosi para. diecirle que.tto i mpunei\i(? lá- 
tese uilraja á una nación que podrá ser apática, pero que 
nunca consiente que mancillen su honor. 

ínmediátemenle se dio la onl'^'i '^ los batallones de caza- 
dores para avanzar. 
— Quién eracaj)az de resislirles? 

En su furiosa carrera^- UeVában anl-e sí á los moros^ que 
aterrados, disj)araban de vez en cuando 'Siis armas, 4 ¡JjaniHs- 
minuyendo por las bayonetas espartóos: 

Se parapetaron en el Sofrallo, y qiíisiei'on inteniar una re- 
sistencia inúlil. 



Luis, á la cabeza de su companía, se lanzó sobre elloá y la 
posieion fué lomada. 

Las ruinas del Serrallo están casi al pié de una raontaüá 
cuya pendiente no es muy grande, pero cuyas quebraduras per- 
miten dirijir los tiros sin gran peligro de los tiradores. 

Allí buscaron los augerianossu último refugio. 

Pero los soldados que hablan llegado hasta el Serrallo, no 
querían quedarse al pié de la montaña, la necesitaban por en- 
tero, y á la voz y al ejemplo de su jefe, treparon por las esca- 
brosidades del terreno. 

Luis, seguido de Juan, marchaba junto al abanderado, ani- 
mando á sus soldados con sus palabras. 

De pronto, por entre las breñas, asoma el cañón de una 
espingarda, y una bala biene á herir levemente en el brazo del 
abanderado, cuya enseña, no pudiendo ser sostenida por el he- 
rido, se inclinó un momento. 

Pero el capitán astaba allí. 

Rápido como el rayo, se apodera de la veneranda insignia, 

y con ella en una mano, y en la otra el rewolvers, se lanza á 

ios breñales y dispara sobre uno de los moros ocultos entre 

ellos. 

Su bala no faltó, y el musulmán fué á gozar las delicias de 
su mentido paraíso. 

Mas para vengar á su compañero salieron tres moros, que 
atacaron al oficial con todo el furor de su fanatismo. 

La situación de Luis era altamente comprometida. 

Se habia adelantado bastante á sus soldados y se hallaba 
solo, con una arma de la que solo podía contar con una ba- 
la, y la espada que llevaba en la baina. 

Pero Luis no conocía el miedo. 

Aguarda á pié firme la acometida, y su ojo certero, elige 
éntrelos tres pechos el que ha de servir para blanco. 

Dispara; mas su enemigo hizo un movimiento y solo pudo 
herirle muy levemente. 

Irritado este mucho mas por la herida, empuñando su fu- 
rnia, se dirijió hacia el capitán. 

42 



Kslo echo mano á laospada y se decidió á viMider cara su 
^i(ia. 

Voia ol i)eli¿>;n), y arUes qiH. retroceder, prefería morir. 

Pero Dios no abandona á los vállenles. 

Los soldados hablan visto la situación de su jefe, v acu- 
dían en su ausilio. 

La voz de Juan se oyó que f¡:r¡laba: 
— Animo, mi capitán, que allá vamos nosotros. 

Y en seguida asomó el cuerpo del liel asistente, que apun- 
tando su carabina dejó tendido á uno de los acometedores de 
su amo. 

Luis seguia defendiéndose. 

Dos heridas habia recibido, y sin embargo, no pensaba re- 
troceder. 

Hizo un ultimo esfuerzo, y otro moro cayó al suelo. 

En esto llegó Juan, y empuñando su arma por el cailon, 
descargó tan fuerte golpe con la culata sobre la cabeza del ter- 
cero, que no necesitó secundarle. 

Entonces el capitán,. desembarazado desús enemigoíi, se 
a()roximó al borde de la montaña, y mostrando la bandera á 
las tropas. 
— Soldados, les dijo; viva la Reina!... 

Y debilitado por la sangre que derramaban sus heridas, ca- 
yó en brazos de Juan y de Alberto , que llegaba á la sazón. 



V, 



Los moros, en número demasiado pequeño, abandonaron 
sus posiciones, y aunque quisieron ocultarse en la encañada, que 
es una especie de anfiteatro abierto en las montañas , y ba- 
ñado por el mar, los acertados disparos de las cañoneras que 
guardaban aquel sitio, los hizo abandonarlo inmediatamente. 

Sin enemigos h quien combatir, cesó la acción. 

El objeto del general se habia conseguido. 







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])ií KSPAÑA. 91 

El (Ija 19 (le noviombio, anivorsano de los dias do niíestra 
Soberana, se la debía saludar desde el Icrrilorio africano, y se 
había hecho. 

La |)érdida que hubo por nuestra parle, fué ¡nsignííicanle 
complelamenle. 

Las cornetas locaron á replegarse, y momentos después, 
loda la división estaba reunida. 

Pero no convenia abandonar aquel sitio, é instantáneanien- 
16 se dio laórde.n de establecer el campafuenlo en el Serrallo, 
y de construir dos reductos en la montaña, que como puestos 
avanzados, resguardasen á nuestras tropas de cualquier sor- 
presa. 

Así se verificó. 

La montaña que domina al Serrallo, se halla fuera de 
liro de cañón de Sierra-Bullones, y por lo tanto, nuestras ba- 
terías no podían ser molestadas por los disparos de los moros 
de la Sierra. 

Los reductos fueron hechos y artillados, y el campamento 
quedó establecido. 

Tal fué la jornada del 19, que mas que otra cosa, fué un 
paseo militar que dio muy buenos resultados. 

Nuestros soldados no desmerecieron del buen nombre que 
enlodas ocasiones se han conípiíslado, y su aprendizage en la 
guerra dio las mejores esperanzas |)ara lo sucesivo. 



92 



KL HONOR 



CAPITULO IX 



Kii que »« ve que el amor egerce una gran iiifluencig en casi todas 
las acciones de ios hombres. 




REEMOs que la mayor parle de nuestros 
lectores nos dispensarán, si nos detene- 
mos en las descripciones de alíennos 
punios africanos, y si nos entrometemos 
en detalles sobre sus costumbres y usos. 
Como casi toios los hechos que vamos á relatar han de su- 
ceder en esos sitios, nos es de suma necesidad describirlos de 
Ja mejor manera posible, y quiera Dios que lo hagauíosá satis- 
facción del público. 

Fez, una de las capitales del vasto imperio marroquí, es hi- 
dudablemente la mejor de todas ellas. 

Rodeada de una hermosa vega que puede competir con las 
de Valencia y Granada, aquel inmenso mar de verdura, se ha- 
lla corlado en todas direcciones por las anchas cintas de plata 



DE espaJSa. ' 95 

que parten deJ rio que cruza la vega y atraviesa la ciudad, lo- 
mando de ella su nombre. 

La división que el rio hace en la ciudad, la separa en dos, 
y cada una se nombra Fez nuevo, y Fez viejo. 

Los naranjos y limoneros de su huerta, embalsaman el am- 
biente. 

Las altas palmeras que crecen con abundancia, agitan dul- 
cemente sobre la ciudad sus inmensos abanicos de hojas, y re- 
frescan su atmósfera. 

Edificada la población en la pendiente de algunas colinas, 
su aspecto es el mas pintoresco que puede darse. 

De aquella gran esmeralda que la circunda, se deslaca la 
blancura de sus casas, y de este centro de nieve, los minaretes 
de sus mezquitas, sobre los que reina sin rival el de la de Mu- 
ley- Edris . 

De su universidad han salido los hombres mas célebres del 
imperio. 

Kannes para los viageros indigentes, hospicios y demás es- 
tablecimientos filantrópicos, la ponen á la altura de una de las 
capitales de Europa. 

Añadamos á esto fina magnífica biblioteca, un comercio 
abundante y acreditado, buenos cafés, fondas y otros estableci- 
mientos públicos, y se comprenderá perfectamente que Fez es 
el centro del movimiento y de la civilización de todo el impe- 
rio de Marruecos. 

Sus calles recucndan las de algunas ciudades de Anda- 
lucia. 

Estrechas y tortuosas, cortadas algunas por arcos de her- 
radura, se hace sentir en ellas la falta de una policía un tanto 
severa y amiga de cumplir con su deber. 

Los carruages son desconocidos completamente, y á cual- 
quier europeo acostumbrado al ruido de nuestras ciudades, no 
dejarla de sorprenderle el silencio que reina en las de Fez^ 
pues está prohibido vender nada por ías calles en voz alta. 

La población asciende á unos noventa ó cien mil habitan - 
les, entre moros, berberiscos y judíos, siendo esta clase la 



9i > i:l honor 

peor considtM-ada, lanío en osla ciudíui como en í::isí ludas las* 
de AlVica, pues llevan los moros su desprecio liasla el punió 
de hacerlos que liabilen en un barrio sej)arado, (|ue se cierra 
por la noche y no les permilen que anden j)oi- la ciudad sino 
descalzos. 

Rodeado Fez de murallas, cslas ofrecen lan poca resislen- 
ola (jue, aliíunos disparos de nucslra arlilleria jjaslarian para 
derribarlas. 

A cnirambos lados de la ciudad, se elevan dos castillos 
que corren i)arojas con las murallas. 

Lo mejor que liene indudablemente, es un puente que hay 
que atravesar para enlrar en la población, y cuyos cuatro ar- 
cos de elegante y sólida conslruclura, le hacen digno de ad- 
mirarse. 

Los musulmanes, tan rigoristas siempre con el sexo femé 
niño, les conceden en Fez algunas libertades de las que carecen 
en otros puntos del imperio. 

Permiten á las mujeres que salgan á la calle, bien solas, ó 
acompañadas, con tal que lleven siempre la cara cubierta. 

En fin, bajo cualquier punto de vista que se considere, es- 
ta capital, la encontraremos como la mas adelantada en arles, 
ciencias y comercio, entre todas las que constituyen el imperio 
de Marruecos. 



IX 



Zaárd, era indudablemente la mujer mas hermosa de Fez. 
Su padre, el anciano Suleyman, adoraba en ella. 
Y en verdad que Zaárd era digna de ser adorada. 
La fantasía árabe habia estado sumamente acertada al Ha 
niarla Zaárd-atagala (1). 



(I) Flor lio lí) mañíiiiii. 



DE espaNa. 95 

pura como una mañana de primavera, era tan hermosa como 
ella. 

De las cosas de que Fez podía enorgullecerse, indudable- 
mente era una de ellas el haber sido ia cuna de Zaárd. 

La mora, según el lenguage figurado de los africanos, era 
mas que hija de un hombre, aborto de la sonrisa de una ohuri. 

Los ramos de madreselva y azhar emblema de las galanle- 
rias y de los amores entre los moros, coronaban siempre las 
celosías de las ventanas de Zaárd. 

Pero los ramos se secaban sin que la encantadora mano de 
la joven los recogiera. 

Solamente allá en las últimas horas de la noche se oían 
dos palmadas en la calle, k las que seguia inmediatamente el 
sonido de una voz argentina y suave que deoia: 

— ¿Eres tú Zelim? 

Y acercándose entonces al pié de la ventana un moro de 
arrogante apostura, contestaba: 

— Sí, Zaárd, (jue Allah, te guarde. 

Y trascurría el tiempo. 

Y al asomar los primeros albores de la mañana» el moro se 
separaba de la ventana y volvía á mirarla cíen veces, y al tras- 
poner la esquina de la calle, una mano admirablemente mode- 
lada asomaba por entre la celosía y agitaba un pañuelo blanco. 

Después, nada mas. 

Salía á la calle, y siempre cuidadosamente cubierta, era 
acompañada por su padre ó por la anciana Jarifa- 

Nadie tenia que reprochar nada á la hija de Suleiman. 
Pero llegó. un dia en que sus raegillas empalidecieron. 

Sus ojos derramaron lágrimas, y la pobre Zaárd sintió el 
dolor por la primera vez. 

Eran los primeros días del advenimiento al trono del sultán 
Sidi-Mohamed. 

Los, moros estúpidos y serviles por naturaleza, no omiten 
medio alguno para alhagar las pasiones de su señor, aunque 
sea á costa de su honra. 



í)6 EL HONOR 

Es verdad que paradlos, lo que á cualquier europeo des- 
honraría, es un moUvo mas de honor y orgullo. 

Zaárd tenia un lio que aspiraba hacia mucho tiempo á su 
empleo en la corle. 

El sultán estaba á la sazón en Fez. 

Generalmente las mujeres mas hermosas del imperio, son 
presentadas al señor, para satisfacer los placeres del serrallo. 

Raab-el-Melik, tio de Zaárd, habló al sultán de su sobrina. 

Sidi-Mohamed aceptó la oferta; y de allí á tres días, la 
doncella marcharía al Harem. 

Suleyman escuchó esta noticia con una alegría y un orgullo 
estraordinarios. 

La pobre niña recibió un golpe de muerte. 

La condición de la mujer entre los moros, no las permite 
oponerse á lo que hayan dispuesto respecto á ellas. 

Así que, Zaárd, no exhaló una queja, no dijo una palabra; 
pero en las soledades de su aposento díó rienda suelta á su 
dolor. 

Jarifa no podia mitigar su pena. 

Comprendía el sufrimiento de su alma, y lo mas terrible 
aun, que no tenia remedio. 



xn 



Es la noche del dia en que Zaárd supo la suerte que la es- 
taba reservada. 

Sentada sobre los muelles almohadones, la joven aun no 
habia cesado de llorar. 

Tenia que renunciar para siempre á su amor, y su amor era 
su vida. 

i*obre flor, su existencia habia corrido hasta entonces tran- 
quila y dichosa, velada constantemente por el amor tierno y 
desinteresado de su padre, y por el ardiente y apasionado de 
ku amante. 



DE ESPAÑA. S7 

1í no había mas remedio. 

Perdía en un solo momento aquellas dos afecciones que ha- 
blan alhagado su existencia. 

Iba á pasar al poder, no de un esposo, sino de un señor 
que la impondría su pasión como ley, y después de satisfecho 
su apetito, la dejaría abandonada en un rincón del Harem,. co- 
mo un mueble inútil. 

¡Pobre Zaárd!... 

¿Y Zelin? ¿qué seria del pobre amante que perdía á su 
amada? 

De pronto, sonaron dos palmadas en la calle. 
La mora acudió inmediatamente á aquel dulce reclamo. 
Pero ay! que al revés de otras veces, no brillaba la alegría 
en su rostro. 
— Allah sea contigo, Zaárd, la dijo su amante. 
— Nunca mas que ahora he necesitado de tu ayuda, contes- 
tó la mora dando libre curso á sus lágrimas. 

— ¿Qué quieres decir? ¿Qué significa ese acento tan apenado? 
¿qué esos sollozos? Habla, Zaárd. 

— Oh! Zelim, nmado mío, no quieras saber el pesar que des- 
troza todas las fibras de mi alma. 

— ¿Tú sufres?... tú sufres, y yo no he acertado aun con el 
calmanleque necesitas?... por quien soy que maldeciría á Allah 
si fuera cierto lo que has dicho. 

-T-Demasiado cierto es, por desgracia, y lo mas cruel, que 
no hay un remedio para calmar nuestro dolor. 

— ¿Que no hay un remedio, has dicho? poderoso Diosl.^'... 
¿Qué habrá imposible en la tierra para el hombre que ama? 
—El contrarrestar la voluntad del sultán; dijo con esplosion 
la mora. 
— ¿Qué quieres decir? pregunió anhelante Zelim. 
— Muchas veces me has dicho que soy hermosa, ¿no es ver- 
dad? 

—¿Que si eres hermosa?... el mundo todo no es lo suücienle- 
raenle bello para compararse á tí. 



98 KL HONOU 

— lió alii lii voriliulíMM causa do niioslra dos.ííracia. 
— ¿Pero que cs.^ Habla. 

— Que (Icnln) de Ires días voy á serpresenlada á mieslro po- 
deroso señor, el niagníüco Sidi-Mohained. 

— ¿Tú Zaárd? ¿Tú presentada al sallan y conducida después 
al Harem?... 

— Sí, Zelim; lu Zaárd, la mujer consagrada únicamente á tu 
amor, á satisfacer los impuros deseos de otro hombre cuyo po- 
der no hay medio de evitar. 

Un rayó que hubiera caido á los pies del musulmán, no le 
sorprendiera mas que las palabras de su amada. 

Era preciso renunciar á su amor. 

A. aquel amor con que habia soñado, con que habia vivido. 

Zelim era huérfano. 

Su nacimiento habia sido un misterio. 

Era cristiano, aunque aparecía como moro, y observaba los 
ritos y costumbres musulmanas. 

Educado por un anciano morabitho, contra lo que estos ha- 
cían, habia inculcado á su pupilo las máximas de nuestra santa 
religión. 

Le habia dicho siempre que su padre era cristiano. 

Pero que no sabia como se llamaba, ni quién era. 

Un relicario con una cifra que llevaba siempre al cuello, 
en una bolsa de terciopelo, era lo único que podía revelarle el 
nombre de su familia. 

El morabitho le habia ensenado perfectamante el castellano. 

Después murió su protector y Zelim quedó solo en el mundo. 

Obligado á. fingir constantemente unos usos y una religión 
que su corazón rechazaba, no tenia amigos. 

Su valor en las luchas civiles que constantemente dividían 
el imperio, hicieron que el difunto Muley-Abderraman, padre 
de Sidi-Mohamed, actual sultán de Marruecos, le nombrara 
Alcaid ú oficial de sus tropas. 

Siempre leal á su legítimo señor, supo, sin hacer adulacio- 
nes serviles, grangearse el afecto de los dos sultanes á quienes 
había servido. 



DE ESPAÑA. 99 

Siempre reservado y tacilurno, sus compaüeros empezaron 
por irritarse contra él, y concluyeron por dejarle y no hacerle 
caso. 

Y la vida de Zelini era triste y solitaria como la de la, vio- 
leta que crece sola un medio de una vasta pradera. 

Era un cielo siempre nublado y sombrío. 

í)e pronto la violeta encontró un arroyo, que aKbesar su 
tallo, la dieron nueva vida, nuevos placeres. 

En medio de aquel cielo negro y triste, apareció una es- 
trella. 

Era Zaárd. 

Almas predestinadas las dos, se buscaron y se encontraron 
por fin. 

La nina amó á Zelim con toda la espansion de sus diez y 
seis años, y de sus ilusiones. 

Zelim adoró á Zaárd con toda la fuerza> con toda la ener- 
gía de un corazón que ha llegado á los veinte y cinco años sin 
haber tenido á quién consagrar sus afecciones de hijo y sus sen- 
timientos de amante. 

Su amor hacia la mora rayaba en lo intinilo. 

Los inmensos venenos de carino que habia en su pecho, se 
desbordaron. 

Concentró su esperanza, su porvenir, su vida, en Zaárd. 

Y pasaron los dias, corrieron los meses, y aurora tras au- 
rora, fueron escuchando los suaves acentos de la mora, que 
preguntaba: «¿Me amarás siempre? á lo que contestaba la voz 
ardiente del moro; ((Hasta mi último suspiro será para tí.» 

Y ambos embriagados en su pasión, miraban deslizarse 
tranquilas y serenas las dulces mañanas de sus vidas. 

Pero todos los soles tienen sus ocasos. 

La hermosura do Zaáid, incitada poderosamente por el 
amor, se desarrolló, y se hizo de una esplendidez deslumbra- 
dora. 

Era una joya digna de la corona de un rey. 

Y su lio comprendió que debía esplotar el valor de aquella 
ova. 



100 KL HONOR 

Ya hemos visto el seniblaiite de aquel cálculo infame. 



IV 



— ¿Con que es verdad, Zaárd? dijo Zelin asi que su dolor 
encontró palabras para espresarse. ¿Con que no hay mas reme- 
dio que renunciar á tu amor? 

—Calla, Zelira, no tortures mas mi alma, dijo con un acen- 
to inmensamente dolorido la hija de Suleyman. 

—¿Y he de resignarme tranquilo á perder tu amor, tú amor 
que es mi vida? 

—¿Y qué remedio nos queda? 

— Poderoso Allah!... esclamó la joven fijando sus bellos ojos 
en el cielo, y me lo pregunta él!... 

— Pues bien; puesto que hasta dentro de tres dias no has de 
ser llevada á la presencia de nuestro verdugo, decídele á se- 
guirme. 

— ¿A dónde? 

— Lejos de aquí á Tánger, nos pondremos bajo la prolec- 
cion de cualquier cónsul, y podremos ser dichosos todavía. 

— ¿Pero y mi padre entonces? gritó con un acento desespe- 
rado Zaárd. 

— Tu padre!... 

— Mi padre, sí; mi padre, (jue se verá espuesto á la ira del 
sultán, y ya sabes tú demasiado lo terribles que son sus acce- 
sos de furor. 

Inclinó Zelim la cabeza. 

No habia medio alguno de evitar aquella desgracia. 

— Tienes razón, dijo al cabo de algunos momentos, nuestra 
desventura no tiene alivio, y no hay mas que conformarse con 
ella, ¡pero Dios mió!... ¿cómo es posible que pueda yo resig- 
narme á perder el último bien que tenia en la vida?... Si es 
verdad ({ue eres esc Dios benigno y justo que me han enseñado 
á bendecir, ¿dónde está tu fjiedad, tu justicia?... 



DE ií:spa5a. 1^'i 

Y los ojos de Zelim se fijaban en el lirraamenlo con una es- 
presión insensata. 

Entretanto Zaárd lloraba. 

La pobre criatura había bebido sus lágrimas para poder 

llorar todavía. 

Entre sollozos y suspiros, su acento llegó hasta su amante. 

— Zelim, le dijo, ¿quién nos hubiera dicho que amores que 

tuvieron tan dulces ensueños, les aguardara un despertar tan 

terrible! 

— Oh?... mi Zaárd, si me amas como yo, cuánto no has de 

sufrir! 

— Ya nada sufro, padezco por tí solamente, ya he formado 

mi plan, y espero tranquila. 

. — ¿Tu plan has dicho?... y cuál es? 

— Morir, antes que pertenecer á otro hombre. 

'—Morir!... morir tú?... No, imposible; antes que tú mueras, 

(|ue perezca el género humano, contestó con acento iracundo 

el moro. 

— Calla, Zelim, muerta yo, le esperare en el paraíso, donde 

Allah clemente y bueno bendecirá la unión de nuestras almas 

entre las sonrisas de las ohuries. 

La aurora empezaba á iluminar la tierra. 

Las sombras de la noche iban desapareciendo. 

Er-a la misma aurora de los otros días. 

Pero ay! que al contrario de aquellas, esta no escuchó lag 

dulces protestas de los dos amantes. 

Los ojos de Zelim despedían un brillo siniestro. 

Sus manos temblaban convulsivamente. 

Su frente se hallaba surcaba por profundas arrugas. 

De pronto, alzando su vista á la reja de su amada, la dijo 

con acento breve y seguro: 
—Puesto que tú tienes formado tu plan, yo también tengo 

el mío, y te prometo que no irás al Harem. Adiós, Zaárd, rue- 
ga al cielo que rae dé el valor que necesito. 

Y tras estas palabras hecho á andar por la calle adelanlCc 

— Zelim, Zelim! grit() la mora asustada terriblemente por las 
palabras de su amante. 



\02 EL HONOK 

Pero este no se volvió á a(|iiel llamaiuienlo 
— ¿Zelim, (lué ¡nlenlas?... volvió á decir Zaárd. 

Pero tampoco obtuvo respuesta. 

El moro llegó á la esíjuina de la calle, y sin volver la cara 
á la reja, desapareció. 

La alborada desplegaba todos sus encantos. 

Un silencio inmenso reinaba en la calle. 

Solamente detrás de una celosía, una pobre niño, turbaba 
de vez en cuando aquel silencio con sus sollozos. 



DF, RSPAfÍA. 105 

,JBMBMMMtB«aiWKaanilUMllt»ÍffÍI«ilTI^ 



CAPITULO X- 



En que se vuelven á presentar algunos antiguos amigos de nuestros 

lectores.— Acción del 25 de Noviembre,-— Rasgos gloriosos 

de nuestros soldados. 




AS tropas permanecían en su c ampamcn- 
to del Serrallo. 

Hostiüzatlas diariamente por los mo- 
ros, las acciones del 22 y 24 del mismo 
^mes, no fueron mas que dos brillantes 
bocetos del gran cuadro que mas tarde se habia de verificar. 
Nuestros ingenieros poderosamente secundados por los pre- 
sidiarios, trabajaban en la construcción de los dos reductos 
que estaban en la vanguardia del campamento. 

En vano los moros intentaron oponerse á la conclusión de 
aquellos fuertes. 

Los españoles acreciendo su valor cada vez mas, si va- 
lientes se presentaban los fanáticos sectarios de Maboma, mas 
valientes estaban ellos. 



i 04 1.1, llONOh 

Todas sus acomolidas fiioron rorhazadas , y todas ellas 
añadioron un (juÜalo mas á la hrillanlc aureola de (jue estaba 
circuiuláiidüse el ejército espedicionario 

El genera! lodo lo ¡nsffcccionaba. 

Incansable y con la responsabilidad (jue sobre él pesaba, 
su ojo perspicaz, velaba por la seguridad y el mejor éxito de 
sus pasos. 

Y sin embargo, su posición tandjien era muy crítica. 
Obligado á defender las posiciones que habia tomado, no 
podia tampoco, descuidar la plaza. 

En medio de un pais completamente hostil, entre un pue- 
blo que incapaz de batirse ordenadamente, rodea invisible los 
campamentos, y por medio de sus continuas guerrillas, obliga 
á lener siempre prevenidos á los soldados, é incapacitado de 
recibir socorros por el mal estado del Kslrecho, Echagüe te- 
nia que velar por todo, y no descuidarse en lo mas minimo. 

Comprendida perfectamente por él su posición, se elevó 
á la altura de ella. 

Valiente como el primero, en los puestos de mas peligro, 
peleaba como el primer soldado, y dlrijia como el mas hábil 
general. 

Las acciones del 22 y 24, «son buenas pruebas de ello. 

Pero aun le fallaba la principal. 

El Dios de las batallas le reservaba aun su mas inmarce- 
sible laurel. 



II. 



Miguel habia sentado plaza en el regimiento de Borbon. 
Su amor hacia Maria no habia disminuido. 
Pero su dolor era infinito. 

Buscó la muerte en los combates , y la muerte no acudió 
á su líamamienlo. 

Su arrojo le valió los galones tle cabo. 




EXGMO, 9i:N0a GKNKRAL ECHAGÜE, 



DE ESPAÑA. 105 

Sus compañeros admiraban su indómito valor y procura- 
ban imitarle. 

Pero menos felices que él, el campo de batalla les servia 
de lecho. 

Llevado Miguel de su ardor, el dia 22 se encontró cer- 
cado por seis moros que trataban de llevarse á un soldado he- 
rido. 

La bayoneta vuscó el pecho del mas próximo y un cadá- 
ver cayó al suelo. 

Pero furiosos los demás , se abalanzaron al arma y por 
kedio de un esfuerzo supremo, pudieron desencajar, la bayo- 
neta del cañón. 

El joven no desmayó por eso, volvió el fusil y agarrándolo 
por el cañón, describió tan terribles molinetes, que las cabe- 
zas de otros dos musulmanes, vacilaron, y arrastraron á sus 
cuerpos en su caida. 

Miguel cogió entonces á su compañero. 

Sosteniéndole con su braza, y blandiendo con el otro su 
arma, empezó á retroceder hacia donde estaba sus soldados. 

Los moros tomaron esta acción por cobardía y redoblaron 
sus ataques. 

Miguel no podia maniobrar con entera libertad. Herido ya, 
la carga de su compañero no le dejaba defenderse. 

Dio dos pasos atrás, dejó al soldado sobre el suelo, y ade- 
lantándose hacia sus enemigos, á los pocos instantes tras dos 
nuevas heridas hizo morder la tierra á los musulmanes. 

Aquella lucha lo había debilitado completamente. 

Sin embargo, haciendo un esfuerzo inmenso, volvió á co- 
ger al soldado, y casi arrastrándose ambos, se pudieron reu- 
nir con sus compañeros. 

Cuando aquello llegó á noticia del general, no pudo me- 
ólos de admirarse. 

Los galones de cabo fueron su recompensa. 

Sus heridas eran demasiado leves, y á los dos diíis ya es- 
taba al lado de sus soldados. 



100 IlL honoi: 



III. 



Son las ocho de la noche del dia 24 de Noviembre. 

El campamento eslíi entregado á un silencio solemne. 

La acción que durante la tarde se ha sostenido, ha sido 
harto dura, y todos los soldados están dando algunos mo- 
mentos de tregua á sus afanes. 

Solamente de vez en cuando, cruza el espacio el «alerta» 
de los centinelas, ó los ayes de algún herido que llevan al hos- 
pital de sangre. 

Miguel en su tienda mira pasar las horas sin que el sueño 
haya acudido á sus ojos. 

Mal cicatrizadas sus pequeñas heridas, con la tarea del dia 
se le han vuelto á resentir. 

Pero sus dolores físicos no son nada en comparación de su 
sufrimiento moral. 

¿Qué seria de la pobre Maria? 

Acaso Andrés la habría dado la rehabilitación que nece- 
sitaba? 

Y aunque así lo hubiese hecho, cual seria su conducta? 

Y pensar que aquella mujer á quien lanío habia amado, 
no podía nunca pertenecerle. 

Que buscaba la muerte para calmar sus dolores, y en vez 
de aliarla encontraba la gloi'ia. 

¿Y de que le servia la gloría cuando no habia una mujer 
cuyas lágrimas de felicidad y cuyas miradas de amor, baña- 
sen aquella corona? 

Pobre Miguel!... su padecimiento era infinito. 

De pronto, la cortina de la tienda se alzó, y un soldado" 
dirijiéndose á Miguel, le dijo: 
— Aquí le buscan. 
— ¿Quién es, Giménez? 



DE ESPAÑA. 107 

— Un voluntario que el coronel ha echado á nuestra compa- 
ñía. 

— Pues que pase. 

Entró el voluntario, y á la débil claridad que esparcía la 
luz, miró el cabo al recien llegado, y un grito de sorpresa se 
escapó desús labios. 

— Andrés!... esclamó. 

— Querido Miguel! dijo Andrés. 
Y los dos primos se abrazaron con efusión. 
Pasados los primeros trasportes, preguntó Miguel. 

—¿Y mi tia como está? y Maria? 

— Todas están rogando á Dios por nosotros con toda la buena 
fé de unas santas mujeres. 

— Y ahora que me acuerdo, me ha dicho Giménez que has 
sentado plaza. 

— Si, primo, contestó Andrés con un acento que contrasta- 
ba estraordinariamenle con el que en otro tiempo tenia, cum- 
pliendo con tu deseo, y apreciando tu delicadeza en lo que de- 
bía, hé hecho de María mi esposa, y el dia mismo de mi casa- 
miento he salido de Madrid. 

— Tú!... tú has hecho eso? preguntó Miguel cada vez mas 
sorprendido. • 

— Cómo se conoce que estás acostumbrado á juzgarme mal, 
contestó con amargura Andrés. Siempre habéis visto mis de- 
fectos, y habéis tenido razón, solamente tú has podido hacer- 
me comprender la virtud y enseñarme el camino de las buenas 
acciones. 

— Calla, primo, no he sido yo, es que aun no estaba tu alma 
lo suficientemente viciada, para que se hubiese desagenado de 
los sentimientos de honor y delicadeza. Cómo habrán sentido 
las pobres mujeres tu marcha! ¿no es cierto? preguntó Miguel 
deseando dar otro giró á la conversación. 

— Mucho han llorado; pero al fin se han convencido de que 
hacia perfectamente. 

Siguieron durante mucho tiempo las preguntas y las con- 



Í08 KL HONOR 

leslHcionos, y la luz de la aurora vino á sorprenderlos sin ha- 
ber dorinido ninguno de los dos. 



IV. 



Con íiiía atmóslera despejada amaneció el dia 2o que ha- 
bla de formar lan brillante página en la historia de nuestros 
triunfos. 

A pesar de haber estado los dias anteriores molestados 
continuamente nuestros valientes por los moros, á las primeras 
horas de la mañana, dispuso el general Echagüe que se hicie- 
ra un reconocimiento sobre la embocadura de Sierra-Bu- 
llones. 

Cuatro compañías de cazadores de Madrid, fueron las des- 
tinadas para ello. 

Con el marcial desembarazo y el valor que domina á nues- 
tro egércilo, avanzaron decididos hacia el sitio que se les in- 
dicaba. 

Pero un grueso pelotón de moros, que no bajarla de 
quinientos ó seiscientos, se presentó á impedirles el paso. 

Entonces el resto del batallón, pasó á reunirse con sus 
compañeros. 

Los moros fueron engrosándose por momentos, y en nú- 
mero considerable, se dirijieron con su algazara de costumbre 
sobre nuestras posiciones. 

Su objeto, sin duda, era apoderarse de la batería del Ser- 
rallo. 

Pero Echagüe habla ya previsto este caso, pues desde el 
monte del líacho, se le avisó que por la parte de Teluan se 
acercaban in Unidad de moros. 

Acto continuo dispuso que el batallón dé cazadores de 
Madrid, se replegase hacia la izquierda del reduelo, y que uno 



DE ESPAÍlA. 109 

de Granada y el de Alcántara, fueran en unión suya á coronar 
toda aquella parte déla montaña. 

Entre tanto, en la derecha se habia formado un cuadro por 
los batallones de Borbon, en cifN'O centro se colocaron algu- 
nas piezas de artillería. 

Preparados de esta manera, esperaban impacientes la aco- 
metida de los musulmanes. 

Blandiendo sus armas y gritando con todas sus fuerzas y 
en todos los tonos posibles, Aüah!... Allahl... Allah!... caye- 
ron sobre ambos costados. 

Pero nuestros cazadores no arrojaron mas que una sola 
voz, pero enérgica y poderosa. 

— Viva la Beina!... digeron, y sin perder un palmo de ter- 
reno, resistieron impávidos el violento choque del enemigo. 

Dos veces trataron estos de romper aquella muralla vi- 
viente, que á pesar de las bajas que tenia, cada vez se hallaba 
mas robusta y cada vez se defendían mejor. 

Los moros también trataron de atacar al reducto de la Ma- 
rina, pero otros dos batallones fustraron su intento. 

Al mismo tiempo que esto sucedía, el cuadro de la dere- 
cha era atacado con el mismo furor. 

La lucha era horrible. 

Fué tan bárbaro el empuge de los moros, y tal su cegue- 
dad que llegaron hasta las bocas de nuestros cañones, vién- 
dose obligados los artilleros que guardaban las piezas, á defen- 
derse con los atacadores y con todo lo que encontraban á 
mano. 

Toda la división estaba en fuego. 

Y en todas partes, donde mas peligro habia, allí estaba su 
digno general batiéndose como el primer soldado, y ocupando 
siempre el primer lugar. 

Y el combate era cada vez mas encarnizado. 

Se necesitaba el indomable valor de nuestros valientes, pa- 
ra resistir las violentas acometidas do los moros. 

Por fin, el general quiso ya concluir aquella acción, por 
medio de un hecho brillante. 



i 10 KL HONOU 

l\Ian(lü rolroceder al cuadro de la derecha, sin perder la 
formación, ni el buen orden. 

Los islamilas creyendo qne aquello era una huida, se lan- 
zaron sobre los soldados con nn inij)elu salva^íe. 

Mas de pronto, el cuadro hace alio, se separan sus filas, y 
lorrenles de metralla se derraman entre los apiñados moros, 
cuya mortandad fué considerable. 

Entre tanto, otra división habia ido por la derecha del 
cuadro, rodeándolos, y apoyado este movimiento por los bata- 
llones de Madrid, y Alcántara, los moros se encontraron cer- 
cados complelamenle. 

Al convencerse ellos de su posición, no fué ya valor, fué 
el frenesí. la locura; y gumia en mano, trataron de abrirse pa- 
so por enmedio de aquellas filas de hombres^ 

La lucha cuerpo á cuerpo se presentó allí mas horrible que 
hasta entonces habia sido. 

Nuestros soldados se echaron el fusil á la espalda, y na- 
vaja en mano, si acertados eran los golpes de los moros, mu- 
cho mas lo eran los de los españoles. 

Los prodigios de valor no podian enumerarse. 

El campo presentaba un cuadro sublimemente aterrador. 

A los ayes de los heridos, y á los gemidos de los mori- 
bundos, se unia la gritería de los moros, el silbido de las ba- 
las, y el ronco estampido del cañón. 

Los toques de corneta, las voces de los gefes, y los vivas 
de los soldados, lodo contribuía á dar á aquel terrible con- 
cierto, un aspecto, una armenia estraña y terrorífica. 



V. 



Todo el mundo se portó admirablemente en aquella jornada. 

Desde el presidiario que trabajaba en las fortificaciones, y 
que con su pico, ó su azadón , se defendió como un bravo» 
hasta el general que atravesada su ropa por diversos balazos' 



DK ESPAfÍA. 111 

y herido en una mano, no se retiró, ni abandonó un momento 
su puesto, todos contribuyeron al mejor éxito del combate* 

Si á narrar fuéramos todos los episodios, todos los hechos 
fabulosos que se verificaron en aquel dia, ni fuera posible enu- 
merarlos, ni nos bastarían muchos pliegos para consignarlos. 

En medio de aquella lucha cuerpo a cuerpo, un robusto 
sectario de Mahoraa, cogió á un corneta de cazadores. 

Era casi un niño, y el moro lo juzgó harto débil para em- 
plear sus armas contra él. 

Se lo cargó al hombro diciendo: 
— Ahí niño rumil... tu servir mucho para mí. 
— Ahora te lo diré yo, contestó el valiente muchacho. 

Y saltándole á los hombros, con una rapidez asombrosa, 
sacó la navaja y la hundió en el cuello de su raptor. 

Andrés én unión de su primo se portó bizarramente. 
Separados ambos en medio de aquella confusión, se vieron 
cercados por cuatro moros, que agitando sus gumias gritaban 
como energúmenos. 
— Nosotros cortar cabezas á perros. 
— Y nosotros abrir barrigas á moros. 
Contestó AndreS; parodiando las palabras de los musul- 
manes. 

Y diciendo y haciendo, tiró de su navaja» y fué tan acer- 
tado su primer golpe, que uno de ellos vaciló dio dos ó tres 
pasos y cayó al suelo cadáver. 

Y el antiguo cajista , se volvió furioso contra otro que le 
habia herido en un brazo, y como había dicho antes muy bien, 
le abrió el vientre y lo dejó como á su compañero, sin necesi- 
dad de repetirle. 

Miguel, molesto con su herida antigua, y otra que habia 
ya recibido, se defendía con trabajo de los moros, que aunque 
ya habían probado las bayonetas del fusil del cabo, no amen- 
guaban su furia. 

Andrés no se hizo esperar mucho, así que se desembarazó 
de sus dos enemigos, dio un -salto, y navaja en mano, se dejó 
caer sobre los moros, que atacados por fuerzas iguales, no 



112 EL no>0!i 

puilieron sostenerse con ventaja y siguieron la misma suerte 
que sus hermanos. 

En fin, en aquella fíloriosa acción, cada soldado fué un 
héroe, y la Europa atónita contemplaba la valentía do aque- 
llos hombres, dignos sucesores de los antiguos paladines de los 
siglos pasados. 

Los moros, perseguidos sin cesar por nuestros soldados, y 
preíhiendo morir á rendirse, abandonaron el campo dejándolo 
sembrado de cadáveres, á pesar de los infinitos que reti- 
raban. 

Echagüe dio la orden de alio, y los batallones se fueron 
rehaciendo y formándose para retirarse á sus puestos y des- 
cansar de las faenas de aquel dia tan memorable, no sin haber 
sobre el mismo campo de batalla, dado algunos premios á 
aquellos que mas se distinguieron. 



VI 



Alberto, al lado del general, hizo prodigios de valor. 

Sil rewolvers y su sabio no estuvo ocioso un momento. 

Herido al mismo tiempo que Echagüe, como él no p^nsó 
en retirarse. 

Objeto constante de los ataques de una docena de moros, 
en los diversos puntos de la línea en que se encontró, allí mis- 
mo le persiguieron sus enemigos. 

Tanta tenacidad, no pudo menos de chocarle. 

Dos veces obligado á cambiar de caballo, por habérselo 
herido, se encontró por fin á pié y frente á sus perseguidores. 

El combate estaba entonces en su mayor fuerza y encar- 
nizamiento. 

Alberto no contó sus agresores. 

Con el rewolvers en una mano v el sable en la otra, se 
lanzó sobre ellos. 

Pero en los moros se veia una cosa estraíia. 



\ 



l)l<: ESPAÑA. 113 

Solamente trataban de parar sus golpes sin ínteHcion de 
herirle. 

Mas el poeta no era hombre que le agradara semejante 
cosa. 

Apuntó, y una de sus balas, dejó un moro tend'ido, y en» 
tre el liumo y la confusión, su sable tocó á otro que exhaló un 
rugido de dolor. 

Furiosos los demás, variaron de táctica, y en vez de la 
defensiva tomaron la ofensiva, cayendo con rabia sobre Al- 
berto. 

Este no rehuyó su ataque, herido nuevamente, no tenia 
ánimo de retroceder. 

Entonces se adelantó uno de los moros, y dando un grito 
particular, los hizo retroceder. 

Alberto estaba admirado. 

Con la mayor sangre fria contemplaba lo que estaba pa- 
sando, y no se lo sabia esplicar. 

Pero lo cierto fué que los moros retrocedieron. 

El poeta, sin pensar en nada, les fue al alcance. 

Y los musulmanes huian con el mayor desorden. 

Y el sable del joven les iba picando las espuelas. 

Y corriendo los unos delante del otro, se salieron completa - 
mente del cuadro de la batalla. 

Alberto, que ulvidó la prudencia al perseguirlos, la recordó 
cuando ya era tarde. 

Se encontró en una hondonada, donde nada divisaba mas 
que sierras y senderos tortuosos y escondido entre las breñas, 
y decidido á morir solo, pensó en vender todo lo mas cara que 
le fuera posible la vida. 

Doblemente escilado por aquel lazo infame, movió otra vez 
la mano, y otra bala fué á conducir otro elegido al paraíso de 
Mahoma. 

Los demás cargaron sobre el joven. 

Este se resguardó contra una roca, y su sable empezó á 
girar con eslraordinaria rapidez. 

Alberto estaba hermoso en semejantes momentos. 



114 EL HONOFl 

Afilados por el viento sus cabellos , manchada la ropa de 
sangre, encendidas las mejillas y brillanles los ojos, era un 
digno competidor de los héroes cantados por Homero. 
La lucha no podia ser mas desigual. 
Diez hombres atacando á uno. 

Por dos veces el moro que hemo& dicho antes que dio el 
grito de marcha, «piiso detenerlos, pero era imposible. 
Los moros digeron: 
— líntrégate, perro. 
Mas el poeta, dando una tremenda cuchillada, contes- 
taba: 
— Un español, muere, pero no se rinde. 

Y la lucha se prolongaba. 

Y las fuerzas del ¡oven se agotaban por momentos. 

Los mismos moros estaban admirados de aquella resisten- 
cia. 

ÜH solo hombre habia muerto á cinco de sus compañeros 
y aun no hablan podido acabar con él. 

Aquello era inconcebible. 

Al fin Alberto comprendió que sus piernas no le podian 
sostener, y que su brazo iba á caer inerte soltando su sable. 

En aquel momento, reuniendo las pocas fuerzas que le que- 
daban, se llevó el cañón del rewolvers a la sien. 
: Pero una mano mas lista que la suya, separó el aruia, y 
una voz harto conocida, murmuró en su oido: 
—Alberto!... 

Miróla el poeta con asombrados ojos y articuló débilmente 
con un acento de angustia infinita: 
— Julia!.., 

Y como si aquello hubiese agolado todas sus fuerzas, cer- 
ró los ojos y cayó en los brazos de Julia, que era el moro que 
hemos visto dirijiendo el ataque contra Alberto. 

— Pronto, Alí, pronto, vosotros agarradle y conducidle cun 
cuidado, gritó Julia á los moros. 

Los musulmanes, obedientes á aquella voz, envainaron sus 
gumías, cruzaron sus espingardas, tendieron sobre ellas sus 



DE ESPAÑA. 115 

bornuces y sus turbantes, y sobre aquel poco mullido locho 
lendieroB al pobre Alberto. 

Desmayado este, y vertiendo sangre con abundancia, no 
tuvo conocimiento de lo que hacían con él. 

— ¿A dónde vamos? preguntó Alí, volviéndose á Julia. 

— A Raast-el-Seric, á casa del judio Isaac; contestó esta en 
el árabe mas puro. ' 

Y la fúnebre comitiva se internó por las mas tortuosas seíi- 
das y por los mas deshabitados caminos, dirijiéndose al cita- 
do lugar. 



H6 



FX HONOR 



CAPITULO XI 



En (]ue so vé que Zolím, llnvado de su amor, kace una promesa 

imprudente. 




LEVANDO la muerte en el corazón, Zelini 
se separó de Zaárd. 

El pensamiento de que no habla de 
ver mas á su amada, le volvía loco. 
Y al llegarse á convencer de aquella 
realidad, una idea horrible cruzó por su imaginación. 

Primero pensó en matar á su amada y matarse él en se- 
guida. 

Pero él no era musulmán en el fondo y no creía en el Edem 
del profeta, y por lo lanío, de todos modos perdía A la mujer 
á ffuíen adoraba con una pasión tan insensata. 



DE ESPAÑA. 1Í7 

Entonces pensó que quitando la causa no habría ya efecto. 

Y la causa era nada naenos que el sultán, el magnífico y 
poderoso Sidi-Mohamed. 

Pero era muy difícil llegar hasta él. 

Y sin embargo, era menester matarlo. 

Éste pensamiento se aferró en su imaginación y fué el que 
le hizo separarse tan bruscamente de Záard. 

Y mientras la pobre niña en el fondo de su cama se desha- 
cía en llanto, su amante revolvía en el fondo de su imagina- 
ción mil pensamientos á «fual mas terribles. 

Toda la mañana de aquel día, la pasó Zelím en el estado 
mas violento que puede imaginarse. 

Por fin adopto una resolución, y mas adelante veremos el 
resultado que dio. 

II 



En la parte que se conoce bajo el nombre de Fez nuevo, 
está el palacio del emperador. 

Su construcción nada ofrece de particular; no encontrare- 
mos en el aquellos primorosos alicatados, ni los esbeltos arcos 
de erradura, ni los calados agimeses de las Alhambras y Ge- 
neralifes. 

Aquellos inteligentes alarifes árabes desaparecieron con 
les fastuosos monarcas granadinos. 

El palacio del emperador de Marruecos en Fez, no es mas 
que un montón de edificios, donde además de las habitaciones 
para el emperador, sus mujeres y sus magnates, hay mezíjui- 
tas y jardines, huertas y baños, dominando todo esto una 
multitud de torres y minaretes. 

Dada esta idea esterior del palacio, vamos á penetrar cnél. 

Atravesemos los patíos en los cuales suele dar el empera- 
dor cuando reside en la capital sus mechuares ó audiencias 
públicas, pasemos una especie de cobertizo donde encentra- 



1 18 \íl HONDH 

rcnius el cuorpü ile guaidia del sullan, saldieiiK/f -á olro palio 
011 cuvü ccnlro se halla una cobba ó habilacion cuadrada, lo- 
deada loda ella de alinoliadones en los que están sentados con 
las piernas cruzadas, los primeros oíicialos de la corle, espe- 
rando las órdenes de su señor. 

Orgullosos y altaneros en su casa estos tiranuelos <le baja 
especie, doblegan su cabeza bajo el peso del mas infame ser- 
vilismo, ante la voluntad del poderoso Sidi-Mohamed. 

Dejemos esta atmósfera de adulaciones, y salgamos á un 
jardín, que por lo bien combinado de sus cuadros, por sus pal- 
meras enanas, por el aroma de sus naranjos y limoneros, por 
la frondosidad de sus nopales, nos recuerda los pequeños oasis 
granadinos, y veremos dos cobbas que se alzan en los dos es- 
tremos deljardin. 

En la una despacha el sultán los asuntos de la corte, en la 
otra suele respirar el ambiente perfumado de los jardines, as- 
pirando el humo de su pipa de oro y ámbar. 

Sidi-Mohamed -el-Kalil está en conferencia secreta con el 
magnífico Sidi-Mahomed. 

— Con que dices que esos -perros cristianos se han negado 
á aceptar nuestras satisfacciones. 

— Sí, poderoso señor; Allah, sin duda, inspira á vuestra sa- 
biduría el arreglar esta cuestión por medios pacíficos, el santo 
profeta ha dicho que se evite la sangre hasta que no haya otro 
remedio, y vos cumpliendo con lus santos preceptos, tratas- 
teis de conciliar los insaciables deseos de la España, sin me- 
noscabar vuestra dignidad ni en desventaja de vuestro imperio. 

— ¿Y qué hacen los españoles? 

— Han tenido un encuentro con los moros de Auggera y 
Raast-el- Serie. 

— Y nuestros valientes habrán castigado sin duda la audacia 
de los rumis? preguntó vivamente el emperador. 

— Al contrario, han sido vencidos, tal vez los altos juicios 
del Dios único é infalible tendrán dispuesta semejante derrota 
})ara probar nuestra resignación y nuestro valor, pues dema- 
siado sabéis que los esjjañoles, gente asalariada y coba^xle, 



DK ESP.ViVA. 119 

acostumbrados á la molicie y al lujo de sus ciudades, no han 
podido ponerse nunca en lucha, no digo con nosotros, que hi- 
jos del desierto somos tan inmensos como él, tan omnipotentes 
y tan numerosos como sus arenas, sino con otra nación cual- 
quiera de la Europa, contestó el primer ministro del sultán. 

— Si, tienes razón; pero lo cierto es que los de Auggera nos 
han puesto en un aprieto terrible. 

— ¿Qué queréis decir, señor? 

— Que las discordias civiles que han precedido á mi subida al 

trono y la guerra con esos franceses, valientes como condena- 

* dos, tienen azas consumido mi Reital-mel, y que no me hallo 

en disposición de sostener una gurra: cada año disminuye mi 

tesoro y.., ^ 

— Haremos una garrama ó contribución ostraordinaria y de 
ese modo podremos prepararnos para la nueva guerra. ¿No os 
parece así, señor? 

— ¿Pero tú crees que es inevitable esa guerra? 

— Por desgracia, es inevitable. El cónsul de los españoles 
en Tánger se ha retirado ya, y todos los de las demás nacio- 
nes escepto el de Inglaterra, y este ya sabéis... 

— Te comprendo, Mahomed, te comprendo. Y qué pasos y 
que prerogativas has hecho? preguntó el sultán después de ha- 
ber cambiado con su favorito una mirada harto significativa al 
nombrar al cónsul de Albion. 

— Hé avisado á los Moscandenes, Alcaides y Bajas de todo 
el imperio;] hé mandado reunir lodos los soldados de nues- 
tro ejército permanente, hé dado orden al gobernador de Tán- 
ger, Tetuan y oíros de nuestros principales puertos para que 
atiendan á sus fortificaciones, algunos amigos fieles se han en- 
cargado de secundar mis proyectos y creo que con los buenos 
creyentes que pueblan nuestro vasto' imperio, los españoles se 
arrepentirán, aunque tarde, de haber provocado la cólera del 
léon africano. 

— Bien, Mahomed; veo con el mayor agrado que eres un íiol 
servidor. ¿Y de armas, como eslán mis Iropns, y mis fuerzas y 
mis fortalezas? 



120 



i:l ho.noh 



— Nuoslros buenos nmíf/os nos prestarán su ayuda, y nues- 
tros soldados oslarán armados á la altura y con mayor venta- 
ja que los nazarenos. Además, he pensado, salvo vuestro pa- 
recer siempre acertado y justo, formar un cuerpo de tropas al 
mando de vuestro hermano el poderoso apoyo del Islam Sidi- 
Muley-el-iVbhas, (pie colocándose en laconlluencia de los dos 
caminos que conducen á Tánger y Totuan, pueda acudir al 
socorro de cualquiera de los dos puntos, en el caso de que se 
vean alocados por los españoles. 

— ¿Y te parece que mi hermano no nos hará traición? 

— :En otra clase de guerra, no me hubiera parecido conve- 
niente confiarle semejante mando, pero en esta, en la cual el 
fanatismo es el todo, vuestro hermano, á quien se considera 
como uno de los mas inspirados santones de nuestra raza, es 
un gran jefe á quien seguirán frenéticos en los combales y cu- 
yo acento los entusiasma doblemente. 

— Bravo Mahomed; y los españoles no han dado mas cora- 
bate que ese de que me has hablado? 

— iNó, poderoso señor, según lo que he sabido fué el Ergit- 
Sebaatáse-Setumbere (1) el único en que los españoles hicie- 
ron alarde de sus fuerzas, desde entonces acá asustados ellos 
mismos de su audacia, han permanecido encerrados en los 
muros de Ceuta y creo que están reuniendo tropas que huirán 
indudablemente á la desvandada al ver tremolar ante ellas 
el rojo estandarte del profeta. 

— Allah Fuxe AKebur (2) dijo Sidi-Moharaed con profunda 
unción religiosa, y él solo como padre liel de todos los cre- 
yentes no desamparará á sus hijos. Y ahora dime, ¿sobre qué 
te parece que echemos esa garrama estraordinaria? 

' — Pidamos un nuevo Djazia (5). 

— Pero eso en todo caso no podrá aumentar nuestro tesoro 
mas que en algunos millares de Baind' Ki, ducados. 

(1) Dia 17 de Setiembre. 

(2) Solo Dios os grande. 

(^) Conlr¡l)uc¡on de los judíos. 



1>B ESPAÑA. i2Í 

—Es qiio también aumentaremos la conírihncion sobro el 
B^sb-el-derab (acuñación de moneda) se subirán los Auaid 
quimrug (derechos de aduanas) y aumentaremos el Hadaia 
(regalos que hacen los que piden audiencia), y aumentadas un 
tercio todas estas rentas, nos darán nueve ó diez millones del 
UKiafi (1). 

— Y crees que tendremos bastante con eso? preguntó Sidi- 
Mahomad un tanto mas tranquilizado al ver que no tenia que 
hacer una sangria muy grande á su tesoro. 

— Creo que sí, señor, ademas que ya sabéis los socorros 
que esos aliados nos han ofrecido por medios indirectos y con- 
tando con ellos, con los nuestros, y tal voz con algunas disi- 
dencias ó inconvenientes que se le pongan á la España para 
entorpecer sus operaciones, indudablemente triunfaremos sin 
grandes desembolsos y sin pérdidas graves. 

— Bien, Mahomedj quedo completamente 'satisfecho de tu 
celo y Allah sin duda te ha dado esa profunda sabiduría para 
el mejor gobierno del Mogreh-el-AKsa (2). 

Elige entre las mujeres de mi harem, las que mas te agra- 
den, alli encontrarás negras puras de la Albisinia, mujeres 
de la costa de Levante, capaz de hacer desfallecer de amor 
al mas austero morabitho de mi imperio, elige en mis caba- 
llerizas, los corceles que mas te agraden, pideme cuanto quie- 
ras y todo me parecerá poco para pagar la fidelidad con que 
me sirves. 

Sidi-Mahomed hizo tres profundas mías ó reverencias y 
contestó inclinando con modestia su frente: 

—Gracias, poderoso Sullan, mi único deseo es serviros co- 
mo serví á vuestro padre, el magnífico, el infalible, jMuley- 
Abderrhaman y mi sola recompensa al oir de vuestros labios 
la complacencia que os inspiran mis servicios. 
Mahomed-el-Katib conocía demasiado á su señor. 
Sabia perfectamente que todos aquellos regalos, que todos 



(1) UKias, monodarlo plata oquivnlontc .á un roal. 

(2) Imperio {\o Marruecos. 



10 



i 22 KL IM)N()R 

a(|ii('llos proscntos que en iin momcnlo (Kí complaconciu lo hi- 
(Mrra, so los arrcbalaria el d¡a en (jue le pareciese qitc ya lé 
liabia (lado haslanlo.' 

Muchos cjeniplos de esto se habían visto en la corle de 
S. M. uiarro(iuí, y el primer ministro no quería que llegase; 
este caso. 

Largo ralo siguieron hablando todavía do diví^rsas cues- 
tiones políticas, y combinando los medios jiara poder resistir 
con mas ventajas á los españoles, y al cabo de ellos, abandomi 
el favorito el palacio imperial para ir é dar las disposiciones 
que habia sometido á la aprobación de su señor. 



III 



El sultán quedó solo. 

El aburriliiiento, ó mejor dicho, el fastidio, domina á los 
árabes tan poderosamente casi como el »^/9/(?(??¿'á los ingleses. 

Cansados completamente de los placeres materiales del sí?r^ 
rallo, saturados, si se nos permite decirlo asi, por las volup-' 
luosidades de todos géneros en que se aduermen, llegan á 
cierta edad y todo les causa tedio. -'! ' < ' ' '' 

Las mujeres, hermosas en su mayor parle, puesta? siempre 
al alcance de su mano, les astian por la misma facilidad con 
que las consiguen. 

El café y el tabaco, cuya embriaguez les absorve algunos 
momentos, los entontece, y mas bien ya lo toman por costum- 
bre que por deseo. f'í'í'- ' ' 

El poderoso sultán de Marruecos se fastidiaba sob'df^'na- 
raente. 

Fijos los ojos en el abovedado techo de su cobba, estaba 
entregado »i uno de esos sueños sin objeto, en los cuales se 
mira sin ver y el pensamiento se paraliza completamente. 

El tapiz persa, que cubríala puerta de la estancia, se alzó, 
y uno de los oficiales de su servidumbre apareció en ella. 



DE ESPAÑA. 125 

Sidi-Mohamed despertaba de aquel estasis sin forma ini 
objeto, se volvió con un semblante asaz, malhumorado; y 
preguntó al oficial: 
— ¿Ouién te ha mandado entrar, Ben-ííaschem? 
— El alcaid Zelim-ell-Mokar desea veros con urgencia. 
- —- Zelim!... dijo sorprendido el sultán, que entre. 
Momentos después penetraba el joven en la estancia. 
El emperador no pudo menos de reparar en la tristeza y el 
dolor que espresaba el semblante del joven. 

— ¿Qué te sucede, mi buen alcaid? le [)regunto con lin tan- 
to de afecto Sidi-Moaamed. 

—Una gran desgracia, poderoso señor de los creyentes, con- 
testó Zelim haciendo una profunda zalá. 

— ¿Una desgracia?... qué, te han robado tus armas, se ha 
muerto tu yegua favorita?... 

—Esa pérdida seria insignificante al lado de lo que me su- 
cede. 

—¡Qué otra cosa puede haber que cause ñias pena á un 
fiel hijo del Islam, (}ue la pérdida de sus armas ó la muerte 
de su caballo? 

— La pérdida de la mujer á quien se ama; contestó con ar- 
ranque el joven. 
— Pues qué, te han quitado alguna esclava de tu harem? 
— Están muy próximos á quitármela, señor, 
— Y qué hace entonces tu yatagán en tu cintura? 
^^^Ahl plugiera a Allah, que mi yatagán pudiese calmar mi 
angustia. 

— No te comprendo, esplícate Zelim, quien es la persona que- 
trata de arrebatarte á tu amada? 
— Vos, señor. 

— Yo!... por el santo profeta que no se como no llamo a mis 
chaoufis (verdugos) para que te empalen, gritó el sultán al- 
zándose colérico de los almohadones en que se hallaba sen- 
tado. 

Zelim esperó que se calmase algún tanto el furor de su due- 
ño, y en cuanto vio la ocasión oportuna, le dijo: 



^24 '-*• IH)NOft 

— Cdlmaos, bcnor, pordüiiad á vuestro humilde «iervo, si no 
ha sabido esplicarse de manera que vuestra sii[jerior inteli¿3^eü- 
cia le comprendiese. 

La esplosion de Sidi-Moliamed se habia apaciguado ya, y 
con voz mas serena le dijo áel alcaid. 

—Vamos, esplicate de uu modo que yo pueda compren- 

derte. 
— Raab-cl-Melik, os ha hablado de una sobrina que licne, 

hija de Suleyman, su hermano. 

-^§í; y por cierto que tanto me han ponderado su belleza 
que va tengo ganas de verla en mi harem. 

Zelim llevó la mano á la empuñadura de su gumía, y una 
nube sangrienta cubrió sus ojos; pero pudo dominarse, y con 
acento algo trémulo todavía, dijo al sultán: 

—Pues de esa mujer es de la que yo os hablaba, señor. 

—¿Con que según eso, la amas? le preguntó el emperador 
frunciendo estraordinariamente el entrecejo. - 

—Con delirio, como Meriem-Bent'-Amra (la virgen María) 
adora al Dios único y grande. 

—¿Y cómo lú, miserable esclavo, te has atrevido á poner 
lus ojos en la mujer que se destinaba á tu señor? preguntó coa 
un acento estraordinariamente colérico el sultán. 

—Es que yo la amaba mucho antes de que su ambicioso tio 
Raab-el-Melik os la destinara, 

—Y desde el momento en que lo supiste, por qué no respe- 
taste la mujer que yo deseaba? 

—¿Por qué las caravanas atraviesan el gran desierto, sa- 
'biendo que suelen encontrar muchas veces la muerte en sus 
abrasadas arenas? porque no tienen otro remedio. 

—¿Y qué quieres decirme con eso? preguntó el iracundo 
musulmán. 

—Que yo no he podido dejar de querer á Záard, porque mi 
alma m) podía dejar de hacerlo, porque Záard es mi vida, y el 
día en (pie entre en los salones de vuestro harem, será el ülli- 
mo de mi existencia, porque ya que no pui'da clavar eu vucs- 



DE ESPAÑA. 125 

tro seno la hoja de mi gumia, la abriré paso por mi seno has- 
la mi corazón. 

— Miserable perro!... gritó Sidi-Mohamed en el colmo de la 
furia y desnudando la hoja de su corbo yatagán. 

— Herid, señor, dijo Zelim con valentia, separándose el haih 
que cubría su pecho. 

Aquel movimiento desarmó la cólera del señor. 

Habla tanta nobleza, tan gentil desprecio de la vida, tanto 
valor, que Sidi-Mohamed, en medio délo poco que comprendía 
los sendmiontos del honor y la delicadeza, no pudo menos de 
.admirarse. 

Su yatagán volvió, aunque lentamente, á esconderse dentro 
de la rica baina recamada en pedrería. 

Zelim esperaba tranquilo su resolución. 

El emperador rompió el silencio diciéndole: 

— Y bien, ¿qué es lo que quieres? 

— Mi amado señor, pedidme en cambio cuantos sacrificios 
haya en el mundo, cuanto queráis; pero concededme la joya mas 
preciada que hay para mí, que es Záard. 

La propuesta del joven impresionó un tanto al sultán. 

Comprendió que aquel amor inmenso se podía esplotar en 
beneficio suyo. 

El amante de la joven era materia bien dispuesta , y nada 
se perdía en aceptar su oferta. 

El pensamiento que mas le preocupaba era la guerra de los 
españoles. 

Si estos perdieran al caudillo que los guiaba, indudable- 
mente se desalentarían. ' nitil..' ..-.,.<./. 'U . , 

Y aceptando la oferta de Zelim, podía darle esta comisión. 

Y como había mas probabilidades de que fuera cogido y 
muerto por los cristianos, quedaba libre del compromiso, y lu 
encantadora Záard era suya Icgílimamente. 

Que sucedía lo contrario, que Zelim conseguía su intento y 
le desembarazaba de un enemigo poderoso, mejor que mejor;' 
bien se podía perder una mujer, por haber conseguido tan bri- 
llaplc triunfo sobre los nazarenos. 



Oc lodoH Tiiodos ól srtiia ¿ganancioso, y la pérdida en lodo 
caso oslaba suíicienlemenle compensada. 

El pensamionlo Oíj;o¡sla y calculador del sultán, compren- 
'dió lodo oslo, y al cabo do ivli;unos moinonlos de rcllexioii, 
dijo á su alcaid (|uc cs[)eraba con viva impaciencia su reso- 
lución. 

— Y dimc, que si yo le cogiera la palabra, ¿le alreverias á 
hacer lo que yo le mandase? 

— Por conseguir á mi Zaard, soy capaz no digo de todo lo 
posible, sino hasta de lo ijnposible. 

— Te advierto que lo que le voy á proponer {)uede tai veíj^ 
coslarle la vida. 

— Mejor que mejor, después de muerto no vwé á mi adora- 
da en los brazos de olro, aunque ese otro seáis vos, señor. 

— Bien; puesto que tan dispuesto le hallas, voy á docirle lo 
que exijo de li. 

—-Hablad, y yo a-nlecipadamente os juro por el santo pro- 
feta que nos oye, y por el Dios altísimo que nos está mirando, 
á cuya sagrada Aaa^a de la Meka, dirijo mis miradas en esto 
momento, que haré cuanto me mandéis, aunque en ello en- 
cuentre la muerte. 

Y Zelim, volviéndose hacia Oriente que es donde existe la 
famosa mezquita, tendió la mano derecha, haciendo con U ma- 
yor solemnidad el juramento. 

— ¿Tú sabes que los perros cristianos se han atrevido á de- 
clararnos la guerra? 

—Si, poderoso padre de los buenos creyentes, y lambi'cn sé 
que los valerosos sectarios del Islam llenen caballos veloces 
como el Simoun, y espingardas que lanzan balas mas certeras 
que las de eáos infames ründs. 

— líravo, Zelim,' veo en tí uno de los elegidos por el (|ueridó 
del señor, ( Mahoma) pues bien; los cristiunos tendrán un jéfé 
que los dirija, ¿no es cierto? 

. — Aunque no tienen un talento tan sublime como noáolro^ 
los musulmanes, no dudo (jue lo tengan. 



I)K KSl>AilA, 127 

— Pues si OSO es así, su vida es la que necesito; eso es lo 
que exijo de tí. 

— ¿Y en cambio?... 

— Te prometo que Záard quedará en su casa hasta tu vuelta. 

— Pero... dijo Zeiira, á quien repugnaba bastante semejante 
comisión. 

— Nada, tu lo has jurado, ó me traes la cabeza de ese na- 
zareno, ó mañana viene tu Záard á aumentar el número de mis 
mujeres. 

Durísima era ía alternativa, y antes que perder á Záard, 
estaba el alcaid dispuesto á todo. 

— Acepto, dijo con voz tranquila, tendréis lo que deseáis. 

— Y yo te doy en prenda de mi palabra mi haik y mi ya- 
tagán. 

Y quitándose de los hombros el magnífico jaique de finísi- 
mo lino blanco, y descinéndose el arma, pasó ambas cosas á 
Zelim, diciéndole: 

— Desde hoy, diré á los morabithos que en sus oraciones 
mezclen algunas por el feliz resultado de tu empresa. 

— Tendréis lo que deseáis, señor, contestó el joven, que 
Allah os premie por vuestra condescendencia. 

— Que él te dé aliento y te ayude, le dijo el sultán. 
Momentos después volvió á quedarse solo en su cobba, el 
poderoso emperador de Marruecos, muy satisfecho de la bue- 
na idea que había tenido. 



Iji l! ' l;l ¡ 



128 



F.L HONím 



CAPITULO Sil. 



En quo ol autor por complacer á muchos de sus lectorías va, á olvidarse 
de la novela en algunos capítulos para dedicarse esclusivamente 

á la guerra. 




OMPRiíNDEMOs la grati irapacioncia qiio ol 
público en general, tiene hoy poi- saber 
noticias de los valientes que pelean por 
el decoro do la patria, y ya que casi-nos 
hemos puesto al nivel de las acciones ó 
encuentros que hasta ahora han tenido los españoles, seguire- 
mos desde ahora los hechos tal y como se vayan sucediendo. 
Ademas también daremos descripciones de los lugares, cos- 
tumbres y usos de ese pueblo en el cual vamos á pendrar, y 
que nos es necesario conocerlas para esplicarnos muchos de 
sus ardides y muchas de sus acciones. 



VISTA del campamenlo y posiciones españolas en la falda de sierra Bullones, lomadas desde los al- 
tos del Otero. 





l,Campamonlo del 0tero.-2, La Mezquita.— 3, El Serrallo.— 4, Campamento del primer cuerpo del c¡ército.-3, Casa del Renegado.- 6, Re- 
duelo de Isabel 11.— /, id. Francisco de Asís.— 8, Id. Principe Alfonso.- 9. Sierra Bullones. 



Í)K ESPAÑA. 129 

Si anteriormente nos liemos detenido algo en algunos ca- 
pítulos, y en la creación de algunos personages, ha sido por- 
que teniendo nuestra obra novelesca la forma, aunque su fon- 
do histórico, nos hacían falta algunos personages fabulosos á 
quienes pudiéramos achacar los hechos positivos que sucedie- 
ran en el teatro de la guerra. 

Esto ya lo hemos hecho, y dejándonos de digresiones, va- 
mos á seguir la marcha y los adelantos de nuestro ejército. 



II. 



La acción del dia'25 resonó en el fondo de toda España. 

De todas partes se exhaló un grito de entusiasmo, y un 
himno de alabanzas al intrépido general, que secundado por 
sus brillantes tropas, habia alcanzado una victoria tan sobre- 
saliente. 

Es cierto que nuestras pérdidas fueron mas grandes y ran- 
cho mas dolorosas. 

Pero los mártires muertos, trazaron á los vivos la gloriosa 
senda que hablan de seguir. 

Los hechos de aquel memorable dia, las acciones parciales 
escitaban el entusiasmo general. 

El valiente y malogrado Ochotorena, que cargó dos veces 
al enemigo con dos compañías de cazadores de Madrid, com- 
pañías que bajo los mortíferos fuegos de los musulmanes vie- 
ron caer, además delescesivo número de soldados, casi lodos 
sus jefes, escepto un subteniente que solo á un milagro debió 
su salvación, pues dos veces estuvo cogido por los moros y 
dos veces pudo escaparse. 

¿Quién podrá olvidar las palabras que Ochotorena pro- 
nunció? 

Nadie, al caer herido de suma gravedad, se incorporó con 
una fuerza sobrehumana, y volviéndose á sus soldados, les 
gritó: 

47 



1.")0 VA. II0N0I\ 

— Soldados! viva la Hoiiia!... 

Y cuando a(|iiollas compañías aterradas piu* 1% muerte de 
sus jefes, diezmadas por las halas africanas, y sin saber qué 
liacer, emptv^iban á vacilar, un hombre, inspirado por el Díoí; 
de las batalhís, se adelanto y se puso delante d(í ellas. 

lüa don Manuel iMombrado, el capellán del batallón. 

Puesta la estola, y empujando una carabina de uno de los 
muertos, gritó á los soldados (|ue empezaban á titubear: 

— Soldados!... los vivos (juedan para vengar á los muer- 
tos!... adelante, y viva la Reinal... 

Y él á su cabeza se lanzó sobre los moros, (¡ue aterrados á 
su vez, ante el empuje de aíjuella carga, huyeron á la desban- 
dada. 

¿Quién olvidará al batallón de cazadores de Alcántara, que 
en gI boquete de Auggera estuvo todo el dia sufriendo el hor- 
rible fuego que los musulmanes les estaban haciendo desde las 
cañadas inmediatas, y que impávidos, serenos » no dieron ni uq 
paso para retroceder, ni hicieron la mas mínima demostración 
de terror al ver aquellas grandes masas de moros caer sobre 
ellos con la mas espantosa gritería. 

Y tt)dos, toda la división se portó con una valentía que po- 
drá tener imitadores, pero superarla, nadie. 

S¡ á referir fuéramos hechos parciales, hechos que nosotros 
hemos visto y otros que hos haa referido, . no acabaríamos ja- 
más, baste decir á nuestros lectores, que la acción entera fué 
un solo episodio heroico. 



in 



Enterado el general en jefe de lo ocurrido, y compren- 
diendo que era imposible dejar por mas tiempo á aquella di- 
visión abandonada á sus propias fuerzas, eu un terreno en que 
todo les era hostil; y en el (|uc las calenturas, efeclo de la hu- 



DE ESPAÑA. 131 

metlad del terreno, se habían desarrollado eslraordinariamen- 
te, se dispuso á volar en socorro de sus compañeros. 

Efectivamente; el sábado 26, se embarcó á las once de la 
noche el general O'Donnell, en el puerto de Cádiz, y al diü 
siguiente á las ocho de la mañana, desembarcó en Ceuta. 

Al presentarse en el campamento, el frenesí de las tropas 
rayaba en delirio. 

Todos veían en él al valiente caudillo que en cien combates 
había de dar infinitos días de gloria á la España. 

Kl general se informó del estado de los heridos y enfermos, 
recorrió las posiciones, se informó minuciosamente de todo y 
estableció su cuartel general en el sitio denominado el Otero. 
Dispuso inmediatamente que se aligerasen los hospitales de 
Ceuta, conduciendo los heridos que por su estado lo permi- 
tiesen, y los enfermos á Cádiz, Málaga y Algeciras 

Al mismo tiempo, salía para Málaga la orden para que se 
embarcara inmediatamente el tercer cuerpo del ejército. 

El general Prim, con su división, no bien llegó á Algeciras, 
se embarcó también, y todo anuncíiiba que se trataba de prin- 
cipiar las operaciones en grande escala. 

El segundo cuerpo del ejército, que estaba en Cádiz y sus 
inmediaciones, se embarcó también con el general en jefe, y 
con él llegó á Ceuta. 

Se estendieron mas nuestras lineas, y so fortificaron con- 
venientemente, y todo el ejérciio esperaba con suma impacien- 
cia las órdenes para entrar en combate. 

Se dispuso un reconocimiento hacia Tetuan por la parte de 
la costa, el cual no dio mas resultado que algunos tiros que 
por ninguna de las dos partes causaron bajas. 

Al día siguiente, el general en jef3 pasó otra vez á ver 
nueslras avanzadas y á reconocer las posiciones del enemigo. 

Entonces pudo observar íjue por la parte de Auggera se 
corrían una infinidad de moros hacia la vSierra-Bul Iones. 

Inmediatamente tomó el conde de Lucena sus medidas pre- 
paratorias para un caso de ataque, disponiendo al 'uismo tiem- 
po un movimiento avanzado contra el enemigo. 



i 52 EL HONOB 

Pero cslí» se dodicü oscliisivamenle á observar, y sobre las 
alias y lejanas cimas de la sierra, establecieron sus tiendas, 
que ocupaban una eslension considerable, y allí pasaron la 
noche. 

Vistas de lejos las tiendas de los moros, que apaiecian y 
desaparecían entre las desigualdades del terreno, ó que se 
perdían entre aquellos bosque; y cañales en las faldas délas 
sierras, era un espectáculo encantador. 

Nuestros soldados redoblaron su vigilancia, y con harto 
fundamento, esperaban que al dia siguiente tendrían que ha- 
bérselas con los islamitas. 

La noche se hizo demasiado larga para su impaciente 
deseo. 

Toda ella no cesaron de mirar á la sierra en la que se veían 
brillar de vez en cuando las hogueras de los musulmanes. 

Apenas amaneció , todas las miradas se fijaron en aquel 
sitio. 

Medio envueltas por las brumas de la mañana, allí se veían 
las tiendas. 

Pero su gozo fué de poca duración. 

El enemigo levantó su campo y desapareció. 

Nadie podía esplicarse esta marcha tan súbita, cuando allá 
alas doce de la mañana, el vigía del Hacho avisó la aproxi- 
mación de considerable número de moros, con ánimo, sin duda, 
de atacar otra vez al reducto de la derecha y demás puntos 
avanzados. 

Efectivamante, estos no tardaron en presentarse, ocupando 
lina línea inmensa, y que demostraba que llevaban formado 
'algún plan estratégico. 

Efectivamente, quedó esto demostrado al ver que solo tra- 
taban de llamar la atención por aquel lado, para después caer 
como lo verificaron por el camino de Auggera. 

El general en gefe, se situó para dirijir la acción con mas 
acierto, y para animar mas á sus soldados en el reducto de 
Isabel II, que era el amenazado por los infieles. 

La división Gassel (jue era la que mandaba Echagüe, y (jue 



DE ESPAÑA. 133 

por su herida tuvo que dejar, fué también á ia que le cupo la 
gloria de esta jornada. 

En una altura á la derecha del reducto del Norte, se colo- 
có una batería de doce piezas delante de la cual, formó parto 
del regimiento de Borbon. 

Una masa informe de enemigos, se lanzó sobre aquella ba- 
ila de bayonetas, que replegándose á derecha é izquierda al dar 
un viva á la Reina, el general O'Donnell, presentó á los feroces 
musulmanes, las doce bocas de las piezas que empezaron á bo- 
milar sobre ellos torrentes de metralla. 

Al mismo tiempo el resto de la división, les cortaba com- 
pletamente la retirada. 

En aquel instante se les intimó la rendición, pero los mo- 
ros creyendo deshonroso el entregarse, se negaron, y nuestros 
soldados recibieron la orden de cargarles, con el ansia de unos 
hombres que desean vengar á sus compañeros. 

Aun tenian presentes los horrores, y los martirios inmensos 
que dieran á los soldados que cogieron desprevenidos en la 
acción del 25, y su furia al lanzarse sobre aquellas hordas api- 
ñadas era indecible. 

Otra vez se les ofreció la vida si se entregaban y otra vez 
la rechazaron. 

Entonces comenzó una escena horrible, que la pluma no 
puede^ no sabe trazar. 

Sobre aquellos pelotones caia la metralla sin cesar, mien- 
tras que por entrambos flancos, y por la espalda eran cargados 
con ímpetu á la bayoneta. 

Los moros se defendían con un valor desesperado. 

Una porción de veces trataron de romper aquel círculo de 
hierro que los oprimía, pero; en vano, los huecos que dejaban 
los soldados que caían, eran cubiertos instantáneamente, y los 
musulmanes seguían cayendo en montones como las espigas 
corladas por la segur del labrador. 

• Por íin, nuestros soldados dejaron un paso abierto algún 
tanto, y los iníieles se dírijieron hacía la punía del León, ater- 
rorizados complctamenle y en el mayor desorden. 



15Í KL FlONOn 

So (lió lii órilcii (le porsoguirlos, y como por alli no lonian 
mas remodio (|ii(í Urarse al mar ó caor en las bayonelais de 
los cazadores, la matanza fué horrorosa , piKis al^íun ciento 
de ellos qne se arrojaron al mai', encontraron en sus aguas la 
misma muerte de que iban Huyendo. 

La primera división que fué la única (|uc lomí) parle en es- 
ta memorable acción, se portó como ya se liabia portado en 
las anteriores. 

\ln esta especialmente habia también dos motivos muy po- 
derosos para escilar doblemente su va[or. 

Tenian que vengar á sus hermanos, victimas de la criieU 
dad de los musulmanes, y su general en gefe los estaba mi- 
rando. 

estuvieron á la altura de los dos deberes que tenian qua 
llenar. 

En la matanza de los moros, debemos decir para que nunca 
se crea que nuestro soldado se ensangrienta sobre el enemigo 
vencido, que no dieron nn paso para cargarlos hasta que se 
negaron aquellos á recibir el perdón que se les ofrecía en cam- 
bio de su rendición, y además, porque los moros al verse 
perdidos, ya no eran hombres, eran fieras, que á golpes, á ara- 
ñazos, á bocados, se batian desesperadamente con nuestros 
valientes. 

Muy corlo fué el número de los que pudieron escapar, y 
que trémulos y estraordinariamente asustados, fueron á lle- 
var á Muley-el-Abbas la noticia de la derrota (|ue hablan su- 
frido. 

Y tanto mas les desanimó esta derrota, cuanto (jue el mo- 
rabitho de Ain-Dalia, á quien teni'an una veneración profunda» 
y al (|ue llamaban Al-Malah-Ebb-Viunca, (ángel del cielo) les 
habia vaticinado con inspirado acento que acjuel dia derrota- 
rían á los cristianos. 

Kn cuanto á desciipciones de hechos particulares, es im- 
posible saber á punto lijo los ciertos y los que no lo son, pues 
se dice tanto que no es verdad, que desde luego no diremos 
mas que a(|ue!lo de que tengamos uira. seguridad completa, 



DI' ESP AÍNA. 155 

bien porque io hayainos visto, ó bien porque lo hayamos ciclo 
á personas á las que podamos dar entero crédito . 

No podemos menos de hacer una mención muy honorifica 
de los confinados que trabajan en las obras de fortificación, y 
que en todas las acciones se han portado como si quisieran 
borrar con su proceder de hoy, las manchas que habia en su 
vida de ayer. 

Nosotros hemos visto á uno de estos desgraciados, lan- 
zarse con un fusil que recopiló, sobre unos moros que estaban 
martirizando á un soldado herido, y de un culatazo, derribar 
á uno, herir á otro con la bayoneta, poner en fuga á otro, y 
cargar con el herido, que después dejó en el hospital, habiendo 
recibido una herida en su brillante acción. 

Este proceder, por parte de semejantes infelices, no ha 
podido menos de llamar la atención del general en jefe, que 
ha rebajado á algunos la condena y que los premia del mejor 
medio posible. 

fíechos como el que acabamos de referir, ya de un soldado 
que cae moribundo, esclamando en aquel instante supremo, que 
muere contento porque ha matado dos ó tres moros, ya el de 
otro que quiere apoderarse de las armas de un moro, y lucha 
y relucha con él, y caer al suelo ambos heridos, y que en una 
de las convulsiones de la agonía consigue instroducir á su con- 
trario la afilada punta de la navaja en el corazón, dejándole 
cadáver, y al coger, por fin, las codiciadas armas, muere él 
también apretando convulsivamente aquel objeto precioso, re- 
tratándose enérgicamente en su fisonomía cadavérica, el gozo 
por haber conseguido lo que se proponía, tenemos á cientos 
en nuestras victorias, y ya nos hemos acostumbrado á mirar- 
los como una cosa natural en todas las acciones que sostienen 
los españoles. 

O'Donnell, con su mirada perspicaz, habia observado du- 
rante toda la batalla, los que mas se hablan distinguido, y allí, 
sobre el mismo campo, en aquella tierra humedecida con la 
sangre de algunos de ellos, recibieron las recompensas debidas 
á su valor v heroísmo. 



Lii rolirada de los moros iicabó la acción. 

Se (lió la orden de retirada, y al cabo de aliíun tiempo, 
todas las tropas volvían á sus cuarteles, pues si bien solo el 
primer cuerpo fué el que entró en fuego, las demás divisiones 
estuvieron también dispuestas y ocuparon las posiciones mas 
convenientes para favorecer, si era necesario, á sus compa- 
neros. 

Tal fué la acción del dia 30 de noviembre, con la cual 
inauguró el general en jefe su entrada en campaña. 




Si 

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o 



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2: 

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a 
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DE ESPAÑA. 



137 



CAPITULO XIII. 



Breves noticias sobre El Mogreb-el-AKssa (el imperio de Marruecos) 
su política y medios de defensa. 



I. 




L imperio de Marruecos, es una vasta 
reunión de provincias que ocupan una 
eslensa superíicie de carca de 260,000 
kilónielros. 

Su situación geográfica es entre los 
10" y 15 de longitud O, y los 28 y 50 de latitud N. 

El monte Zadla lo separa de la Argelia por la parte del 
Kste, y el Occeano por la del Oeste, estando limitado por la 
del Sud por el gran desierto, y en el Norte por el Mediterráneo 
y el Estrecho. 

Su población exacta, no se ha podido saber fijamente, pero 

ib 



158 EL HONOR 

sogiin los dalos m.is aproximados, se la gradiia; en 8.o00,0í)() 
iiahilanlcs en la forma sigiiionlc: 

Ik^reberes ó afnarcigas 2.300,000; XÜoes y susics 1 .450.000; 
Árabes puros y beduinos, 740,000; meslizos é ¡nda¡as5.5oO,000 
hebreos y carailas 559.000, cristianos 500; 200 renegados 
y 120,000 negros del Sudan y Felano. 

Hasta el año de 1051 dominó en marruecos la raza de los 
almorávides. 

En esa época pasó el imperio a los califas Falimilas á 
quienes sucedieron los almohades, los merinilas hasta que en 
1516, entraron á reinar los Muley, que se tienen por descen- 
dientes del profeta Mahoma. 

El imperio se halla divido en cinco grandes provincias de 
las cuales, hay tres á las que se les dá el nombre de reinos. 

Fez, Marruecos, Sus, Daiah y Tafilet son las provincias, y 
el número de tribus errantes que vagan por todos los lados 
del iMogreb, es infinito. 

Sus rios principales son el Luecos y el iMorbea que recor- 
riendo una estension de cuarenta ó sesenta leguas, van á de- 
sembocar en el Occeano, el Bu-rugel, el Sebuc y el Bady-Drah 
(jue se vá á perder en las arenas del desierto con el Zin y el 
Fil-eli. 

No todas las tribus que pueblan el imperio reconocen la au- 
toridad del Sultán. 

Hay infinitas que no tienen mas gefe que el que ellos nom- 
bran para su tribu, y que generalmente reciben á balazos á los 
hokari del emperador cuando van á cobrarles la garrama ó 
contribución. 

De las tribus dependientes de Marruecos las de mas impor- 
tancia son la de los Uled-aomel-ben-hrain, Uhd-ali-ben-talha, 
Uled-azuz, Ben-ibuhandum, y los Ben-inmathar. 

Kn la parte occidental del imperio, se eslentle de Norte á 
Sur, sobre una superficie de unas treinta leguas cuadradas, 
los dominios de Ilerjach-Maymon, el rey de las kabilas de Ka- 
laya, y jefe ó cabeza de la de Bcni-Zinissen. 

Estas tribus, á pesar de pagar con la mayor puntualidad 



DE ESPAÑA. 139 

SUS impuestos, se gobiernan independíenles, gracias al genio 
raililar de su jefe y á al ejército que ellas pueden poner en 
pié de guerra, pues sus habitantes no bajarán de sesenta mil, 
y sus fuerzas de guerra, en circunstancias dadas, pueden su- 
bir hasta 25,000 combatientes, que mejor disciplinados y me- 
jor dirijidos, han derrotado mas de una vez á las tropas del 
emperador. 

Herjacha-Maymon, es el que dirime generalmente todas las 
cuestiones que dividen á las otras tribus sus vecinas, y su fa- 
ma llega de uno á otro lado del imperio. 

El Riffy ó El-Sali-el, es una vasta región montañosa que 
recorre á lo largo del Mediterráneo una estension de trescien- 
tos kilómetros de longitud, sobre una anchura de sesenta. 

Su derecha está formada por una serie de montañas que 
van á unirse con las de Argel, y nada mas pintoresco que su 
parte izquierda, esmaltada de bosques, valles y colinas, en los 
que crecen los olivos, los naranjos, los aloes, los dátiles, las 
palmeras enanas y otra infinidad de arbustos. 

Millares de arroyos trasparentes, sirven de movible espejo 
á tan rica vegetación, y la naturaleza virgen y hermosa, osten- 
ta por todas partes sus bellezas y sus encantos. 

Los bereberes ó berberiscos, descendientes de los moros 
que arrojaron las huestes castellanas de nuestro suelo, reuni- 
dos en tribus, pueblan aquella basta región. 

Tribus nómadas y errantes, plantan sus tiendas en cual- 
quier parte, dejan pacer libremente sus ganados, y cuando 
quieren, ó los pastos se les concluyen, levantan su campo pa- 
ra ir á establecerlo en otro punto. 

Todas estas kabilas, no reconocen autoridad ninguna, y 
por lo tanto, lodos lovS tratados que ^1 sultán celebra con Espa- 
ña, son irrealizables, pues los riffeños se burlan de ellos*, hos- 
tilizando sin cesar nuestras posesiones. 

Los berberiscos riíTeños, apegados aun á sus antiguas cos- 
tumbres, aborrecen toda idea de civilización con que la Eu- 
ropa les brinda, y sin mas ley que su ca[)richo, aprovechan 
cualquier ocasión que se les i)resenla, para robar y asesinar 



140 EL HONOR 

á los infolicos náufragos qiio la mar arroja en sus ¡nliospilala- 
rias costas, y para hacer lodo el daño posible á los crislianos, 
á (|ii¡enes apellidan con los dictados de rumys ensardas é in- 
fieles. 

Los españoles especialmente, son á los que mas persiguen 
con su d/iejnd (odio). 

No pueden olvidar todavía que nosotros los arrojamos de 
las fértiles tierras de Andalucía y Valencia, y las Alhucemas, 
el Peñón, Melilla, y finalmente Ceuta, han sido siempre el 
blanco de sus ataques. 

A esa ferocidad estraordinaria, á ese odio irreconciliable 
y esa vida casi salvage que llevan, se debe el que la civiliza- 
ción de la Europa no haya penetrado en el Riff, á cuyas puer- 
tas tenemos nuestras posesiones brindándonos continuamente 
á penetrar en su territorio. 

Y de esa desnudez completa de civilización, nace el aban- 
dono total en que se encuentra el imperio. 

De ahí nace, esos bosques tan impenetrables, guardados 
por animales tan feroces como los mismos riffeños, de ahí esas 
lagunas pestilenciales, cuyo álito infecto es un manantial con- 
tinuo de enfermedades, de ahí esas montañas inaccesibles y 
cuyos nombres se desconocen, así como los de los rios y arro- 
yos que corren á sus pies y cuyos nacimientos se ignoran, así 
como los sitios en que se van á perder. 

De esa falta de civilización, repetimos, de ese odio irre- 
conciliable á todo lo que proceda de la moderna Europa, nace 
el que no se sepa las villas, pueblos ó aldeas que se alzan en 
ese inmenso terreno, que no conozcamos ni sus kabilas, ni sus 
aduares, ni sus tiendas portátiles, y la casi carencia absoluta 
que tenemos de sus costumbres. 

Únicamente algunos estudios incompletos, algunas relacio- 
nes tal vez fabulosas, de viages que en diversas épocas y por 
diversos puntos lo han recorrido, noticias dad.is por algunas 
espediciones que contra algunos sitios del imperio se han in- 
tentado, es lo liuico que de ellos sabemos, y tomando lo que 
á nuestro juicio nos ha parecido mas verdadero, teniendo en 



DE ESPAÍÍA» 441 

cuenta SUS costumbres de otros tiempos y las diversas modifi- 
caciones porque han tenido que pasar al trascurrir los siglos, 
hemos formado estos ligeros apuntes. 

Quizás hoy que la España se encuentra dispuesta á casti- 
gar la audacia de esas hordas incivilizadas y á penetrar en sus 
regiones desconocidas podamos hacer estudios mas completos 
sobre ellos y adquirir un conocimiento exacto de su territorio. 

A medida que esto vaya sucediendo, ampliaremos mucho 
mas nuestras descripciones, y nuestros lectores podrán apre- 
ciar mas debidamente el estado y los usos y costumbres do 
los habitantes del Mogreb-eUAkssab. 



II 



Conociendo la clase de gobierno que pesa sobre el imperio, 
nada de particular tiene la desnudez material que en él se ob- 
serva y la ignorancia de sus habitantes. 

Para los déspotas musulmanes que han dominado y domi- 
nan en Marruecos, esa carencia de civilización es una necesidad 
absoluta. 

La civilización dá al hombre el derecho de pensar. 

Y el dia en que el pueblo marroquí llegase á hacerlo el des- 
potismo que egerce el emperador, se hundiría para siempre. 

El emperador de Marruecos, mas absoluto que el Sultán 
Otomano, no reconoce mas ley que su capricho, ni hay valla 
alguna (pie contenga su voluntad. 

En el Mogreb, es el sultán el dueño absoluto de todo. 

Dispone de las vidas y haciendas de sus vasallos á quienes 
consillera como cosas propias. 

El sultán de Constantinopla tiene su Diván que pone res- 
tricciones á su poder. 

En Marruecos, el hombre no es dueño de lo que tiene, no 
puede tampoco demostrar sus riquezas j)or temor de despertar 
la codicia de los grandes. 



1 Í2 KL JIONOU 

E\ Scherif niarroqiií, rmlcaclo de su aureolado descendien- 
te del prüfela, q^^üvcq en sn religión un poder iliniilado y lana- 
liza á sus subditos con su sanlonismo. 

El sultán Otomano tiene sus ulemas que son los intérpretes 
de su religión y ante ellos disminuye su poder. 

En resumen, el imperio de Marruecos es la negación ab- 
soluta de la inteligencia y de esta clase de gobierno, nace el 
estado de embrutecimiento en que se encuentra. 

Las ciencias son completamente desconocidas. 

Ni la cabeza del Estado, ni los moros mas poderosos y de 
mejores familias, reciben los conocimientos mas necesarios. 

No hay academias, no hay universidades, carecen de es- 
tablecimientos de primera enseñanza y toda la sabiduría, todo 
el talento reside en los Talebs-MorahitUos ó Santones cuva 
ciencia consiste en saber el Koram y en interpretarlo del mo- 
do que mejor les agrada y que mas convenga á sus miras é ín- 
teres particulares. 

Los Radets jueces ó abogados aplican la justicia torciendo 
á su placer los preceptos del Koram y sus fallos las mas veces 
injustos y venales hasta mas no poder, inclinan su balanza 
al quemas les paga. 

Y á propósito de esto, no podemos menos de reproducir 
dos anécdotas que el ayudante Albarez consigna en sus memo- 
rias y que demuestran mas claro que cuanto nosotros digamos 
hasta donde llega la venalidad entre los jurisconsultos moros 
y la ignorancia de las hordas que se sujetan á su justicia. 
«Aconteció que debiendo sentenciar cierto pleito, sobre los 
derechos de una propiedad, salió el abogado de su casa y se 
dirijió á la iglesia, en cuyo punto se ventilan estos asuntos. A 
la salida encontró uno de los litigantes que le traia un cántaro 
de manteca, como testimonio de sus legítimos derechos. Man- 
dó el abogado recibir el regalo á su familia, y continuó con 
el litigante hasta la mezquita. Entre tanto llegó el otro liti- 
gante á casa del abogado, llevándole un novillo de regalo: 
recibieron el presente, y le digeron (jue ya estaban aguardán- 
dole en la mezijuita: fuese allá el buen hombre, pero con la 



DE ESPAÑA. 145 

pesadumbre de que el abogado no supiese la venida deí novi- 
llo. Un hijo del letrado, enlonces, no sabiendo como hacérselo 
entender á su padre, llegó ante el jurado y le dijo: Padre, el 
novillo que ha traído este mozo, se soltó de la cuerda en que 
Yenia atado, y á roto el cántaro de manteca de este otro. Ya 
puede comprenderse quién ganarla el pleito.» 

Llegaron una vez dos moros á su presencia, y el uno dijo: 
sabrás que entrando en casa de ese, á devolverle una espin- 
garda, se me cayó, sin yo verlo, una moneda de plata de vein- 
te reales, que es el único dinero que tenia; y habiéndola he- 
cliadode menos al salir á la calle, volví á buscarla, y al entrar 
otra vez, vi á este que acababa de alzarla del suelo y se la 
guardaba: se la reclamo como mía y no quiere devolverla. Pon 
remedio en esto, tú que sabes mas que nosotros. 

— Es verdad lo que este dice? preguntó el abogado. 
— Es verdad, contestó el otro, que yola cogí del suelo y me 
la guardé. 
— Luego confiesas que le la hallaste. 
— No confieso tal cosa. Lo que está dentro de mi casa no 
me lo hallo. La moneda se me habia caido hacía tiempo, y la 
alcé del suelo cuando quise. 
— Tienes encima la moneda? preguntó el abogado. 
— No, contestó el moro. 

— Sí, replicó el otro, porque le he hecho venir aquí tan lue- 
go como vi que se la guardaba. 

— iHola! dijo el abogado, veamos: tú sabrás, puesto que 
dices que es tuya, algunas señas de la moneda. 

— Es un duro español de 1850, y tiene por la parte de la 
cruz un picotazo que yo le hice con mi gumia. 

Registró el abogado al otro moro, y le encontró encima la 
moneda cuyas señas indicaba su adversario, 

— Indicios son estos, dijo el letrado, de que esta moneda no 
le pertenecía. 

— Todo lo que está en mi casa me pertenece; ese sabría las 
señas de la moneda, porque la repararía en el suelo cuando 
entró á devolverme la espingarda. 



(44 EL llWOll 

— Pero ¿p(»rqiió negaste que la tenias encima? preguntó cl 
abogado. 

— Eso probará que he mentido, pero no que la moneda sea 
de otro. 

Se quedó un rato pensativo el abogado, y dijo después: la 
moneda, puesto que estaba dentro de tu casa, es tuya; tú ganas 
el pleito, pero debes [)agar las costas, porque este no tiene 
para ello; las costas importan veinte reales, con que me los 
guado; y cogiéndole del brazo, le puso en la calle. Sacó des- 
pués cuatro pesetas, y dirijiéndose al otro, le dijo: loma, pues- 
to que dices que no tienes dinero, le regalo eso; pero ten otra 
vez mas cuidado en elegir buen sitio para perder las cosas.» 



¡II 



El comercio, las artes, la industria, que en otro tiempo so- 
lamente los árabes poseían, la raza marroquí las desconoce 
completamente. 

Hijos degenerados de aquellos alarifes cuyo gusto esquisito 
ornó de primorosos calados la Alhambra y dejó su fantasía es- 
culpida en las poblaciones que abandonaron ante el poderoso 
empuje de las armas castellanas, en todo el Mogreb no se vé 
un monumento cuyos primorosos arabescos conserven algún 
recuerdo de la arquitectura árabe. 

Calles estrechas y tortuosas, casas altas y de feísima cons- 
trucción, sus ventanas parecen mas bien saeteras y sus puer- 
tas nada conservan de aquellos airosos arcos de erradura. 

Careciendo de todos .los medios de publicidad, sus únicos 
libros, su única enseñanza, se reduce á los manuscritos delKo- 
ram, que copian los morabithos y que venden á un precio su- 
bidísimo. 

Los altos puestos de la nación, no requieren conocimientos 
especiales, el capricho del monarca hace de un cualíjuiera, del 
mas íníimo de sus vasallos, un ministro ó un bajá, y de tan 



DE espaNa. 145 

buenas elecciones son fáciles de comprender las consecuencias. 

La inmoralidad mas asquerosa reina en todos los emplea- 
dos que componen la administración del imperio. 

Desde el sultán que recibe de cada bajá un regalo anual, 
hasta el gobernador de cada provincia, que por medio de es- 
tos regalos, adquiere el amplio derecho de saquear á los pue- 
blos que están bajo su jurisdicción, todo en ese dichoso pais se 
vende sin que sea permitido exhalar la mas mínima queja con- 
tra semejante escándalo. 

Tal es á grandes rasgos el imperio de Marruecos en su par- 
te geográfica y administrativa, mas adelante nos ocuparemos 
de su parte militar y de las inmensas ventajas que puede re- 
portar á nuestro gobierno la entrada en ese territorio y la con- 
servación de plazas en el que aseguren á nuestro comercio el 
libre tráfico con el interior. 



-ííÜíílOü 



19 



440 

1 



KL liONOR 



,r ! ijiiuíirj'j'iii'O : i-i lo'iüiui; 



:i ijj]i)i)i>'iíwnai £vl 



,lí¡i;nj> i .ü^^i tii 



CAPITULO XIV 



no 7 



11 f; íie lii'J' 

-1) 



JSuevos triunfos conseguidos por las aranas ospañolas en África. -^Estupor 

I y miedo délos moros.— Empiezan á comprender que ios ^sp.mole^ ¡..^^ 

no son soldados que retroceden tan fácilmente. . ¡-i 




AS brillanles jornadas de los días 25 y 
50 de Noviembre leniau aterrorizados á 
los moros. 

Ci eyeron habérselas con hombres que 
.iiilrian al presentarse ellos blandiendo 
sus armas, y arrojando sus feroces alaridos de guerra, y vie- 
ron lodo lo contrario. 

No solameirle se les resistió, sino que en lodos los comba- 
les se les hizo retroceder. 

Entonces empezaron á dudar. 

Y Iras sus dudas, brotaron las reconvenciones á ciertos ad- 



DE ÉSPAPÍA. l47 

vénédizos que se habían agregado á sus tribus, y que los ha- 
bían ailelanlado dicícndoles que la España era impotente para 
^uchar con ellos y sus hijos, una raza incomparablemente mas 
floja que los bravas y montaraces bereberes. 

Pero ya estaba' arrojado el guante y no se podía retrocó^ 
der de la empresa comenzada. 

Volvieron á concentrar sus fuerzas, y unidas á ellas algu- 
nas de las que mandaba el principe Muley-Abbas, se dispu- 
sieron á intentar Otro nuevo combate. 

Todos los días que habían trascurrido desde el 50 de No- 
viembre, habían tenido su pequeña escaramuza, pues desde 
el momento en que nuestro ejército puso el pié en las playas 
africanas, casi se puede asegurar (jue no pasó un día sin que 
se cruzaran nuestras balas con las de los riffeños. 

El temporal tan desecho que en los piimeros días de Di- 
ciembre reinó en el campamento, fué la causa sin duda de la 
suspensión que hubo de acciones como las anteriores, y como 
las que después se han ido sucediendo. 
<ui¡'Llegó el día 9, y la Iranquílidad que tanto incomodaba á 
nuestros soldados, cesó de repente. '• 

Los moros hábilmente diríjidos y aprovechándose de la os- 
curidad de la noche anterior, se aproximaron á nuestras lineas 
ocultándose entre los bosques y quebraduras que hay entre 
nuestros puestos fortificados, esperando la salida de la aurora 
para presentarse. 

. Nuestros soldados estaban muy ágenos del golpe que se 
les preparaba, pues según se pudo comprender, el j)lan de los 
riiarroquies era el de apoderarse de parte ó de todos nuestros 
atrincheramientos. 

Pero como siempre les sucede, según un refrán muy vul- 
gar, «quisieron venir por lana, y se volvieron trasquilados.» 

Nuestras tropas como siempre, con ese ardor que las ca- 
racteriza y ese valoi- á toda prueba se han cubierto de gloria. 

•'Al amanecer se mandó practicar el reconocimiento diario 
al regimiento de Castilla, al mismo tiempo que fuera á role-' 



148 EL IWNOR 

var lii ^^uarnicion del reduelo que eslá situado al S.ud, en la/ 
dirección del mar. fifi'nl 

Los moros que solo aguardaban aquella ocasión para pro-i 
sentarse, lo hicieron con gran alborozo y grUeri^i, envolvieudo 
casi á nuestros valientes. 

Ni la mas leve muestra de terror se vio en Iqs cristianos.- <!; 

Rodeados de fuerzas triplicadas, cargaron con valentía sobre 
ellos, teniendo la desgracia de que desde los primeros disparos 
cayese herido el infortunado coronel D. Eduardo Aldenese. 

. Los sonidos de los discordes instrumentos de los moros, y 
el fuego de nuestros soldados, Uevai'on la alarma á los reduc- 
ios próximos, y pusieron en especlativa á lodo ei campa- 
mento. 

El general en gefe acudía inmediatemente dictando sus dis- 
posiciones con el tacto y la energía que le distinguen. ; 
j;l El batallón de cazadores de; Arapiles, recibióla orden de 
ir á sosleaerá sus compañeros que luí^habap, y valientes y 
animosos se lanzaron sobre los marroquíes, -v. r.-i.si^'íb '.ij(t r^l 

En esto ya el enemigo desenmascarándose completamente, 
mostró al descubierto su plan que era el de apoderarse de los 
dos reductos «Francisco de Asis» ó uIsabellL» 

Pero allí estaban nuestros bravos para defenderlos. 
, Cuantos esfuerzos, cuantas tentativas hicieron para lomar- 
los, Otras tantas fuei'on gloriosamente rechazados.. 

Entonces el resto de la división, al mando dolExcmo, se- 
flor general Zabala, se puso en movimiento. 

Describir esas cargas a la bayoneta, dadas por soldados 
visónos, que entcam casi por primera vez en acción, seria im- 
posible hacerlo. , 

Ninguna nación, ni esos tan decantados zuavos fíáhcfesyá. 



!(>;í <• 



superan á nuestros batallones de cazadores. 
' impacientes por arrojarse sobre el enon'»¡go,sdlo esperan- la 
voz desús gefes,, para echarse sobre los moros que nunca 
pueden resistir tan valerosa acomelida. 

El resullado de nuestras cargas á la bayoneta casi siem- 
pre es decisivo. 



DE espaNa. J49 

Como falla á los marroquíes la uniformidad, la láctica, > 
por consecuencia la buena formación en sus batallones, do 
ahí que los españoles, hacen una riza espantosa en sus apiña- 
dos grupos. ;^^,¡... /: 

Se comprende que sus movimientos están bien dirigidos, 
que las personas que los conciben, son tal vez hijos de esa 
otra nación que por muchos «lOiivos, y en todos tiempos ha 
prociirado poner trabas á nuestra patria, y que baja y rastre- 
ra, sin atreverse á hostilizar de frente por temor á las cons»-^ 
cuencias por medios embozados y mezquinos, nos hace la con-i 
tra siempre que puede. 

Los movimientos de los marroquíes repetimos están bien 
combinados, pero en cuanta á su ejecución siempre les ha sa- 
lido mal, por la falta de disciplina y unión tan necesaria para 
el buen éxito de una batalla. I, nni'íiiíi 

La evolución que verificó la división de Zavala, fué retro- 
gradar sobre la derecha algún tanto para caer sobre la reta- 
guardiadel .enemigo. 

Este movimiento perfectamente concebido, y mas rápida- 
mente y mejor ejecutado, hizo comprender á los moros el ries- 
go tan terrible en que se iban á encontrar. 
... Sin embargo, no falló quie;i jes aconsejó, en tan apurado 
trance,, y. |D!or medio de un ardid de guerra, á no haber sido 
el conde de Lucena tan previsor, lo hubieran pasado harto mal 
nuestros audaces soldados. 

_;,. El enemigo por medio de una retirada falsa, se internp ei) 
los bosques y cañadas, viéndoselos aparecer por las quebradu- 
ras de la sierra, asemejándose sus blancos albornoces y haiks 
destacándose sobre el verde oscuro de los bosques, auna in- 
mensa serpiente, cuyos múltiples anillos, rodeaban un vasto 
f;ampo de verdura, ' ' ; : ; 

... Nueslrpí soldados tr^tarqn, de.persegujvloSj^^g u pi^,; rj^^ira^u. 
llevados df^v^u .entusiasmo y ardor. ; -/p¡,, ■/(,!:•,,; , • 

Pero tocaron las cornetas de alto, y' aiin murmurando al- 
gunos, hubieron dq-resiguarsc áreplegarstíolríi. vez, y dejar 
bi,caza de marro(|uies par,a mcjor ocasión. 



150 KL IIONDH 

Mnlonccs las í)alerías rompieron un fiioí^o I(mt¡I)Iií sobró- 
los l)()>(|iies ¡nnuHÜalüS; y la previsión del ¿:en(*ral en gcfe, sal- 
vó á sus soldados. •' 
Mullilud de moros á pie y á caballo, se arrojaron de la 
espesura, á cuya emboscada creyeron atraer á los cristianos. 

Sus fuerzas fueron inmensas. 
^ ' (]ar^ad()s entonces furiosamente por los mismos soldados, 
á quienes habían pensado sacrificar, se declararon en comple- 
ta fuga, huyendo por el bo<juete de Augghera, su refu¿5^io en 
todas sus derrotas. 

La misma* bizarría, el mismo entusiasmo que había reina-^ 
do en los combates anteriores, reinó también en este. 

Los regimientos de Córdoba, Castilla y Saboya, y los ba- 
tallones de cazadores de Arapiles, Chiclana y Figueras, se cu-' 
brieron de gloria. 

Todos, oficiales y soldados, incluso el general de la divi- 
sión, se hicieron dignos de las alabanzas de 0*DonrielL de las 
enhorabuenas de sus compañeros, y del agradecimiento de la 
Ilación entera. 

Concluida ya la acción, el general en gefe mando formar 
las tropas que habían tomado parte en ella, para distribuir so- 
bre el mismo campo de batalla, y en presencia de todo el egér- 
cito las recompensas de que tan dignos se hablan hecho. 
' A casi todos los que defendieron tan heroicamente los re- 
ductos, les concedió en nombre de S. M. cruces, bien laurea- 
tías ó bien sencillas, y cuyas pensiones variaban según el mé- 
rito hecho, ó si eran heridos ó no. 

También tuvo lugar en aquel momento uno de esos pre- 
mios que honran tanto al gefe que los hace, como al que los 
recibe. 

Acosado un capitán de uno de los batallones que tomaron 
parte en la lucha, por seis ú ocho moros, se hallaba en el ma- 
yor aprieto, y muy próximo a ser destrozado por aquellos 
caníbales. 

Pero la Providencia le envió un salvador. 
^ Un soldado de su misma compañía, sin contar los enemi- 



y 

DE ESPAf^A. 151 

gos, solo viendo que su capitán iba á perecer, se lanza á su 
lado, dispara su fusil, mata á uno de ellos, la emprende á ba- 
yonetazos con los demás, y secundado por su gefe, salvó á es- 
te de una muerte cierta. 

Esplicar las pa'abras del capitán agradecido á su inferior 
por el gran servicio que le habia hecho, seria imposible. 
^ , Le tendió su mano, le abrazó, y el buen soldado no cabia 
en si dQ gozo por las demostraciones de cariño de que era 
objeto. 

Pero aun faltaba la escena mas imponente, y mas bella. 

Sabedor el general en gefe, de semejante acción, hizo salir 
al soldado de sus íilas, y abrazándole á vista de todo el ejér- 
cito le dijo. 

— En todas las naciones del mundo los soldados son valien- 
tes por el interés, en España, por patriotismo; en las demás 
naciones, se les paga, en la nuestra se les ennoblece: desde 
este momento concedo á V. en el nombre de S. M. la cruz 
laureada de S. Fernando. 

El pobre soldado nada supo decir. 

Sus ojos se llenaron de lágiim^^, y 1,^ ^ta.0(jÍQ^ que espe- 
rimentaba, embargaba su lengua, . : '•:?..' 
,-. Un viva atronador y entusiasta á la Reina, y otro á su ge- 
neral, que tan imparcialmente premiaba el valor, se éxalo de 
aquellos millares de hombres que ya se hablan distinguido en 
los combates, y cuyo único anhelo era volver á distinguirse 

pira vez. Mt, ^iir: y • , ' : .., . .o'n^>b ^Sil :'>] 

Nuestras pérdidas según los datos oficiales fueron de mas 

de trescientas bajas entre muertos y heridos y la de los moros 

se graduó aproximadamente en unos mil quinientos, pues up 

pudieron retirar como ellos acostumbran todos sus muertos y 

Quedaron infinitos en el campo. 

Cogiéndose ademas, nuestros soldados unos veinte y cinco 

ó treinta caballos de otros tantos ginetes que cayeron heridos 

por las balas ó las bayonetas españolas. 



152 ÉL HÜNÜU 



II. 



* Tantos desastres seguidos, no podían menos de hacer una 
iiripresion harto terrible en los moros. 

Sus pérdidas hablan sido numerosísimas, y en vez de ade- 
lantar, retrocedían en todos los combates que se hablan dado. 

Su entusiasmo se iba resfriando. 

Los soldados de rey, que MuIey-el-Abbss, les habla eni- 
biado para que los ayudasen en las acciones del 30 de No- 
viembre, y en la última del 9, habían huido también, y su 
socorro de nada les habia servido. 

Todas las familias de las diversas tribus reunidas tenían 
que llorar la pérdida de algún miembro de ellas, y aunque sus 
parientes y amigos habían tratado de vengarlos, sus inten^tos 
siempre habían tenido resultados poco felices. 

Su descontenlo hacia los que los habia empeñado en aquella 
lucha, se hacía mas visible cada vez. 

Estos, motores de revoluciones, y semilla de discordia con 
todas las demás naciones de Europa; procuraban seguir en- 
cendiendo los ánimos, y alentar aquellos espíritus abatidos, 
pero todo era en vano, á sus palabras de entusiasmo, les con- 
testaban con las derrotas sufridas, y á sus .esperanza:s para el 
porvenir con la desconfianza mas completa. « ^-'J^-''-» 
" ' Por líianera que los encubiertos enemigos de' rili'ésfra ná~ 
cibn, veían que sus proyectos estaban próximos á fracasar. 

Entonces recurrieron al principé Muley-el-Abbas. 

Se presentaron á el, y le dijeron que' si él nó daba' algún 
paso, su causa estaba perdida- 

'Ya hemos dicho (pie la familia del Emperador de Marrue- 
cos; era altamente respetada por el pueblo, por descender del 
profeta, y aunque ai advenimiento de Muley-sidi-iMohamed 
al trono, se suscitaron serias divisiones en el rey no, eran hi- 



DE ESPAÑA. 153 

jas de las ambiciones de los hermanos del Sultán,, que todos 
aspiraban á la corona. 

(/ Este fanatj^iuo estaba mas Qscjtado^. por el be^rmano, jque 
al.irepte (ieiliejército estaba en Kassae^ y <íue co;no |recor,(ia- 
rán nuestros lectores, era muy respetado por su doble calidad 
de príncipe y santón. 

Obligado este por los oficiosos amigos y aliados del pueblo 
náarroqui y porque también comprendía su situación, se doble- 
gó já las circunstancia^, r;y r/e,SQlyió marchará los valles, .de 
Auggera. . . __ .■ ^ ■ .. ,.h 

Antes de esto mandó llamar al santón murahato de x\iu-Da- 
lia, ; Al-M.el.ek-Eob-üsima, y tuvo c^^i él una gran _ conferejicja 
en la cual también tomaron parte algunas de las personas á 
quienes mas arriba hemos aludido. 

El resultado de esta fué marcharhácia el campani^plo mar- 
roquí y por distintos puntos el príncipe v,.d.u)uraba|)()j.j.,^.^} . . 

\^\W'\v iniíano ¡h 

'i US- ,obnfnqf0oo c; >!/ 

I -L^s tiendas mojíi^te^^, ,,p,C}i{)ahai> Jo,^f^ la 

sierra, por cuyas lader^is.iWp íl'perclersf^ en araenísimos valles, 
y e,n bosques frondosos, 5 1 -^ ^^^, 

Los moros tenían ests^mpado en ,el xoatrp, ,el, disgusto que 
esperira'cntaban, y las mii|eres y (os muchachos, esper:,í),ban 
impacientes la señal del iS'o/¿era//,^Mpscamd^a, principal, para 
liar las tiendas y dpraá? efactos, colocarlos en los asnos o ca- 
mellos, y emprender la marcha á sus aldeis miserables y mez- 

qmnas. :yii\\': ?.y' ^rv.v^^y::/uu\^^i\íí íi¡;v>:)lh<i i, óí; 

Además se habia desarrollado entre los musulmanes el có- 
lera, con una intensidad tan espantosa que entre las bayonetas 
cristianas, y el enemigo asiático, se veían extraordinariamente 
diezmadas sus hordas. 

Los Rabos de las diversas tribus, comprendían d<?nias¡ado 



1 '^ 'i El HONOK 

como estaban los ánimos do sus gentes, y por mas (jue los mv^ 
rahitfws procuraban enardecerlos, nada conseguían, y aunque 
su ahejad contra los españoles, era cada vez ínas grandes, el 
raiedo que les habían tomado, tenia también proporciones muy 
jíganlescas. - ,í^9h ^'^■\:\ fr? 

En tal «ituacion, se reunieron lodos los gefes en lo mas ás- 
pero de la montaña, para delibei-ar lo mas conveniente. 

Todos los demás moros al pie de la meseta que formaba la 
sierra, esperaban con suma impaciencia el resultado de aque- 
lla estraña sesión. 

Un número considerable de ellos, agazapado, entre las 
breiias observaba los movimientos del campo cristiano, y cui- 
daba de que no fueran sorprendidos los gefes en medio de su 
consejo. 

— Hermanos míos, buenos creyentes dé Allah, una desgra- 
cia horrible pesa sobre el pueblo elegido del Señor. Los perros 
cristianos á quienes creíamos fácilmente vencer, aprovechán- 
dose de los encantos y sortilegios que el sencillo pueblo del 
Mogreb no comprende, han resistido siempre nuestros valien- 
tes esfuerzos, y nos han hecho escondernos vergonzosamente 
en las asperezas de estas sierras. 

Las valerosas y confiadas tribus riffeñas, los no menos ar- 
dientes y esforzados soldados que el magnífico y poderoso prín- 
cipe Abbas ha traído de la otra parte del Imperio, batiéndose 
siempre con la valentía del León y la astucia del tigre, se han 
visto vencidos por esas bandadas de langostas que han caído 
sobre nuestras tierras castigándonos sin duda el santo profeta 
por haber omitido algunos rihates (oraciones) en los ejercicios 
del día, ó por los pecados, de algunos hijos bastardos del 
Islam. 

Y como si no fueran bastantes desgracias para nosotros 
las victorias de los rumijs, nos ha lanzado tambiin el Omnipo- 
tente, la peste asoladora que diezma nuestras familias llenando 
de dolor nuestros corazones. 

En tal situación hermanos míos, he resuello conferenciar 
con vosotros sobré Ib que debemos hacer. 



DE ESPAÑA. 155 

Si opináis que levantemos nuestras tiendas y vayamos á la 
Santa Kaaha á pedir humildemente al profeta el perdón de 
nuestras culpas, vamos allá, el desierto tiene sus oasis para 
las caravanas que van á tan piadoso objeto, y si por el contra- 
rio estáis porque permanezcamos luchando con nuestros ene- 
migos, yo el primero iré siempre delante de vosotros, y mi 
mayor placer será morir en defensa del santo koran á quien 
ultrajan los infieles, y ser enterrado al pie de las frondosas 
datileras que me vieron nacer y liado en mis haik en señal de 
haber muerto peleando en el campo de batalla. 

¿Qué resolvéis pues, poderosos creyentes, nos quedamos 
ó partimos? 

— Partir! nunca, gritó una fuerte voz á sus espaldas. 
Volviéronse todos sorprendidos y esclamaron al reconocer 
al recien venido. 

— El príncipe Muley-el-AbbasL... 



IV 



— Aisal'Omo-aaleik-em (la paz sea con vosotros) dijo el 
principe. 

— Que Allah, el único; el grande el misericordioso, conserve 
tu vida, elegido del profeta, como la columna mas fuerte del 
Islam, digeron todos los gefes de las tribus, haciendo profun- 
das zalas al príncipe que las recibía con la dignidad que con- 
venia á su carácter. 

— Nunca hubiera creído que el anciano gefe de la tribu de 
estas montañas, prefiriese palabras por las que se pudiera 
creer que el miedo embargaba su corazón, dijo Muley, con 
acento severo. 

— Bien sabes, poderoso señor, que nunca el anciano Aemet, 
ha vacilado ante las armas de los infieles, y que há mucho 
siente hacia ellos el odio mas irreconciliable que pueda abrigar 
ningún hijo del Mogreb, odio que nunca he ocultado, y que 



156 fX íiDNon 

les he (Ifemoslrado bien enMelilla, la melífera (1) 'Bifeíí^ er> 
las Alhucemas ó b\\}h recorriendo las cosías africíiiiáá. ' '"^' 
Por eso mlsnío'tüc estraña mas, lo que acabo de oirle; ha- 
blar de partir, de dcJ¿^ vuestras casas, vuestras tierras, vues- 
tros bosí^ues, vuesti^afe riquezas á \oi infieles, queréis dejar- 
lóf? el paso franco para; que petietren en Vuestro* aduares, y 
hagan de vuestras hijas sus mancebas, y de vuestras mujeres 
sus esclavas, queréis que á iriátáncías de los franceses se in- 
troduzcan eri el corazón del Mogreb, y mientras estos esta- 
blezcan su corte ei\ Temeus^stn, (Tleraecen) !ós españoleóla es^ 
lablezcah liu Fiez?... O pensai'S'aóaSfo como las kablla'S ' de la 
Argelia someteros á la dominación castellana, perdiendo vués-^ 
tras costuüibres, vtrestra libertad, libertad ¡réóstütobre^que 
heredasteis de viieslfioite pádr'és?... Si esto es asi, <}éeidl¿; y la 
venganza del santo proí^ta, caerá sobre vuestraá'tíábézás', vues- 
tras mujeres se volver4ii\infecundas, 'Vuestras batnellas nó "da- 
rán leche, vuestros rebaños no podrán pacer porque nubes de 
langostas destrozarán vue^ros sembrados, y mientras tanto, 
yo y todos los mios, combalireüios hasta el último suspiro por 
defender el último pie de terreno donde asentemos nuestra 
planta. 

M<idos'Üe esiupm* por las palabras del princtpe, ninguno 
pudo contestar. 

Las amenazan rjíre itísidijo sí abandonaban la calesa qtife de- 
fefidian,'Ios impresíotiarori estraordinariamente. 

Es menester conocer toda ía ignorancia de aquellas tribus 
miserables y fanáüSaá, para comprender la influencia que se- 
mejantes paparruchas egercen en ellas. 

Ltíchaildoéntfe el miedo que les causaba el castigo del 
profeta y el qu^e le habían cobrado á las bayonetas españolas, 
pudieron al cabo de algunos momentos darse cuenta de su ver- 
dadera situación. 
t^'J'Las palhbras dol príncipe tenían mucho ¡de ofensivo para 

' ' ' ; I f .f ■-.MI lij ■ .■• ., i ,t l'í.l J ,til, (iil 

I, ^ ■ 

(1) Scguii l:i líáírík'los iiioroé' 'P'lá'tííácflá'^íéHüA'^^^i^ en sus 

alrcdcdory^. ''■ '■ ' '''''■ ' . ' '' ■' ' "'' '■■' .■■'' 



Í)\L ESPAÑA. 157 

aquellas ordas que independientes casi siempre lenian un gran 
orgullo, Y una convicción muy profunda de su valor. 

MuIey-el-Abbas habia dicho que si ellos pensaban en reti- 
rarse, él y los suyos lucharian hasta morir. 

Esto era creerlos inferiores, y no podian ni debian con- 
sentirlo. 

Consultáronse todos los moscandenes por medio de una mi- 
rada, y con ella se comprendieron. 

El anciano Scheriff se dirijió al principe y le dijo con en- 
tereza: 

— Nunca las tribus de Kalaya^ ni los bereberes de las sier- 
ras del Riff, han necesitado que les den lecciones de valor, los 
soldados de las llanuras. Nosotros no tenemos miedo, pero los 
infieles nos superan en tropas , y la epidemia hace horribles 
''estragos en nuestras tiendas. Se nos dijo que en la razzia del 
jamesa-aixerin-Mombertl(2o de. Noviembre), venceríamos á 
los cristianos, y aunque hicimos en ellos una gazzia (mortan- 
dad) horrible no pudimos esterminarlos. Vanos han sido nues- 
tros esfuerzos en las luchas posteriores, tus soldados han sido 
los primeros que han corrido y los nuestres tras ellos. En esta 
situación viendo que nuestros medios de defensa cada dia dis- 
minuyen, y que sin duda Allah, abandona á su pueblo, es 
cuando nos hemos reunido para 

— Para pensar en una huida vergonzosa ¿no es esto? dijo 
él principe con enojo. Un beréber amante de su patria no debe 
pensar en huir ante el enemigo de su libertad y de su religión. 
Es preciso que Ínterin exista luche, y ademas ya sabéis que te- 
nemos aliados que... 

— Que nos son mas perjudiciales que otra cosa, poderoso 
principe, contestó uno de los Kabos de Ja reunión. 

— Que os han dirijido en los combates.,, ,^j.i ; 

— Y nos han hecho perderlos, quien sabe sí nosotros solos 
los hubiésemos ganado!..* 

—Que se interesan por nuestra causa... 

—Y que son harto cobardes para esconder su cara haciendo 
todo el daño que pueden á los españoles. 



158 EL HONOR 

— Veo que tus palabras tienden mucho á favor de esos per- 
ros infiel os. 

— Te equivocas, principe, dijo el Sheriff, aborrezco como 
siempre á los cristianos, pero prefiero un enemigo que comba- 
le de frente, que jamas rehuye la batalla, que pelea con valor 
y entusiasmo, á esos amigos, que se cambian de ropa para que 
no los conozcan, y que tienden una mano de amistad á la Es- 
paña mientras que con la otra atizan el fuego para que la devore. 

— Y á nosotros que nos importa eso, nos prestan su ayuda, 
nos dan armas y municiones, nos favorecen en todo y... 

— Y Allah sabe, el interés que nos pedirán luego por lodo 
eso.... 

— En íin. aquí la cuestión es ahora saber si vais á combatir 
ó no. 

— Ahí tienes á todas las tribus reunidas, le contestó el She- 
riff señalándole á el valle donde se agrupaban los moros, espe- 
rando el resultado de nuestra deliberación, pregúntales á ellos 
lo que quieren hacer y nosotros estamos dispuestos á ser sus 
Rehires (guias de caravanas) si quieren internarse por el de- 
sierto. O á entrar los primeros en los combates si prefieren se- 
guir peleando. 

— Está bien; es decir que no os atrevéis á resolver por voso- 
tros mismos? 

—No. 

— Vamos allá entonces. 

Todos los moscandenes incluso el Sheriff, siguieron á Mu- 
ley-el-Abbas que se dirijió hacia los valles donde todos los 
riffeños que ya sabian la llegada á su campamento del herma- 
no del Sultán, se apiñaban para verle. 

Asi que le vieron dirijirse á ellos, todas las cabezas se in- 
clinaron, y todas las bocas esclamaron 

— Que Allah, el grande, el poderoso, el único, conserve 
luengos años tu vida, fuerte apoyo del Islam. 

— Que el señor esté con vosotros, hermanos mios, contestó 
el príncipe con un acento de bondad que entusiasmó á aquellas 
gentes ignorantes. 



DE espaNa. 159 

El Sheriff se adelantó algunos pasos y gritó á toda aque- 
lla multitud. 
— El príncipe quiere hablaros. 

Y todas aquellas cabezas se inclinaron en señal de asenti- 
miento. 

Todos aquellos millares de ojos se fijaron en Muley-el- 
Abbas. 

Y cruzados los brazos, silenciosos ó impacientes esperaban 
que comenzase á hablar. 

— He sabido, dijo aquel, que los reveses que habéis esperi- 
mentado estos días han abatido vuestros ánimos, y debilitado 
el temple de vuestras almas. 

■ La palmera que crece en nuestros desiertos, no sufre impá- 
vida los furiosos embates de los vientos que cada vez le arran- 
ca una rama? ¿Y que hace sin embargo? en cada huracán se al- 
za mas orgullosa, mas altiva, y su gigantesca talla sin doble- 
garse nunca desafia á los huracanes, á el mi^mo Simoum. Y 
vosotros hijos como ellas de las tierras africanas, vaciláis ante 
un puñado de hombres que en estas tierras han de encontrar 
su sepultura? queréis abrirles las puertas de vuestras casas, y 
quedar reducidos, de libres á esclavos, habláis de fuga y os 
llamáis bereberes? mentira, el moro que piensa en ceder al 
infiel el terreno que ocupa, no es buen creyente, no es hijo 
del Islam, y el profeta retirará de él su sania gracia. 

Los moros estaban confundidos. 

Y'a hemos dicho la fama de Santón que tenia el príncipe, 
y la influencia que esta clase de embaucadores tienen sobre las 
masas ignorantes. 

Todos creyeron aquellas palabras inspiradas por Allah, y 
bajábanlas frentes avergonzados, por no encontrarse con la 
brillante mirada del príncipe. 

Y como si aquello no filera suficiente para impresionar á 
los riffeños, en lo alto de una roca inmediata apareció una fi- 
gura blanca cuya larga barba plateada, le caia hasta la mitad 
del pecho y tendiendo los brazos hacia la multitud, gritó con 
su acento estraño. 



*1G0 j:l noNOR 

— Alham-do'Sii'hnhñ (alabanzas sean (laclas á Dios) que 
so ha servido moslranne la proíuncla sima á que corren los 
bravos creyentes. He visto allá, «i lo lejoB, muy lejos, en las 
profundas entrañas del Atlas, un poderoso León, que era el 
terror de la comarca entera, á cuyos sordos rugidos retembla- 
ban las encrespadas sierras, y era el Señor Omnipotente de los 
montes, y de los desiertos del Sahara. Una turba de chakaies, 
envidiosos de aquella gloria intentaron acabar con el León/ 

Pero demasiado cobardes para luchar con él frente á fren- 
te, se valian de asechanzas, de lazos, armas prohibidas y des- 
preciadas siempre por los bravos africanos, y en las primeras 
luchas el León salió siempre sino vencido al menos llevaba la 
peor parte. s • 

Sin atreverse á resistir con ánimo sereno aquellos trabajos, 
olvidándose de su fuerza y poderío, pensó en ausentarse de 
aquellos lugares en que tan b;)jamente se le perseguía, y una 
noche aprovechándose del sueño de siis enemigos abandonó 
su caverna. Pero ayl.... Allah, no quiere á los cobardes, y to- 
das las sendas se le cerrarán al pobre León, por donde quiera 
que iba se encontraba á sus_ implacables enemigos, horribles 
precipicios le rodeaban, la tierra se habia esterilizado comple- 
tamente, y ni una hierva mezquina encontraba para satisfacer 
su hambre, ni un arroyo para calmar su ardiente sed. Sus 
enemigos burlaban sus ataques y siempre le herian y cuanto 
mas queria huir, mas daño le hacían, y desesperado al cabo, 
se arrojó á un precipicio, y su alma cobarde y ruin al atrave- 
sar el Sirat para entrar en el paraíso, vaciló como habia vaci- 
lado su cuerpo en las tormentas de la vida, y se hundió en los 
infiernos. 

Todos los moros estaban sobrecogidos. 

Las palabras del principe, y después las de el santo mura- 
bato de Aiu-Dalia, pues él era el que tan fantásticamente ha- 
bia aparecido en la montaña, eran jnas que suficiente para im- 
presionarlos. 

La comedía habia estado hábilmente combinada, y los re- 
sultados habían de ser cscelenles. 



DE ESPAÑA. 161 

El márabalo prosiguió después de haber tomado aliento. 
— Seraejánte sueño me sorprendió estraordlnariamente, lier- 
manos míos; trataba de descifrarlo, y mi limitada inteligeiicia 
no podia dar con el significado: entonces invoqué á Allah de 
quien nace toda la luz, toda la inteligencia, y atravesando el 
espacio di la voz del arcángel Azrrael que decía «Al-melek, 
eso que has soñndo es la imagen fiel de las tribus de Kalaya. 
Han sido valientes, y se han tornado cobardes, han luchado 
como buenos creyentes del Koran ante los muros de Melilla, y 
van ó retroceder como palomas delante de los infieles, pero la 
cólera de Allah, hirá sobre ellos, no encontraran una llanura 
para clavar sus tiendas, %\x^Kebires equivocarán los caminos. 
y perecerán en medio de" los desiertos, las datileras no darán 
fruto, y los arroyos y los rios se secarán á su aproximación, 
y sus almas no podrán gozar en el paraíso los placeres conce- 
didos á los buenos muslimes, no podrá atravesar esLirat, y al 
sonar sobre ellos la maldición del señor se hundirán en el 
averno, por toda una eternidad. 

Calló concluidas de decir estas palabras terribles el mara- 
buto, é inmediatamente desapareció de la montaña. 

Aquello tenía mucho de maravilloso, y necesariamente ha- 
bía de herir á aquellas imaginaciones puramente fantásticas. 

Los mismos gefes de las tribus, que en diversas ocasiones 
habían recurrido á farsas semejantes para conseguir io que 
deseaban no podían menos de sentirse también algo sorpren- 
didos. 

Había mucho de sobrenatural en aquella aparición, y por lo 
tanto les dominaba completamente. 

El principe comprendió las buenas disposiciones en que se 
hallaban los moros, y se decidió á dar el último golpe. 

— Ya lo habéis oído; el santo' inspirado Almclek, ha tenido 
la revelación de vuestra suerte, queréis seguirla acaso?... Im- 
posible. Numerosas tropas acuden de todas parles del Imperio 
en nuestra ayuda, mis soldados fieles á sus leyes y á su reli- 
gión, se lanzaron á los combates, sin temor á, las derrotas, 
pues cuando el santo profeta las envía, en sus altos juicios sabrá 



i 62 tL HONOB 

lo que hace, querrá probar liasla donde alcanza el sufrimiento 
de su pueblo. Si leales bereberes, no creo que retrocedáis ante 
la saflta causa que hemos emprendido. Gefes entendidos y va- 
lientes os conducirán al combate, y aliados europeos, que 
poseen los conocimientos de que nosotros carecemos para com- 
batir y contrarestar las asechanzas de los cristianos, se unirán 
á nosotros para ausüiarnos con sus consejos, y cuantos socor- 
ros necesitemos, cuanto nos haga falta de víveres ó municio- 
nes todo lo tendremos sobrante, y Dios no abandonará jamás 
á los que pelean por él. Qué muerte mas gloriosa podemos 
apetecer que la del campo de batalla? si morimos para nues- 
tras familias, resucitamos para los plácidos goces del paraíso, 
una vida arrullada por las continuas' caricias de las encanta- 
doras hurtes y nos espera después de nuestra muerte; al com- 
bate hermanos mios, que se tiñan nuestros blancos albornuces 
con la roja sangre de los infieles, y el que caiga de nosotros 
espire diciemlo: Le-galib-üle-Allah (l)(no hay mas Dios que 
ú Dios único) y Mahoma es su profeta. 

Un grito atronador y entusiasta se siguió á estas palabras. 

El encanto estaba hecho, y aquellas tribus completamente 
fanatizadas ansiaban otra vez marchar á combatir. 

Se olvidaron del cólera, de las derrotas sufridas, y no pen- 
sando mas que en su religión, y en la gloria y la dicha que 

poseerían, si hallaban la muerte en el campo de batalla, exa- 
laron su deseo y sus esperanzas en un solo alarido que quería 
decir: 

— Guerra á ios infieles. No hoy mas Dios, que Dios único y 
poderoso, y los que mueran por él encontrarán mil placeres en 
el paraiso. 

(i) El Koran, m el cp. i.^ titulado Fatha. 



DE ESPAfiíA, 



165 



CAPITULO XV. 



Escenasen el campamento español. —Espiritu de las tropas. — Trabajos y 

reconocimientos sobre el camino de Tetuan.— Acción del dia 12.— Llegada 

del tercer cuerpo del egército al mando del general Ros de Olano. 




iN las continuas fatigas, ni las enferme- 
dades, ni las acciones que habian teni- 
do, hacían mella alguna en nuestros va- 
lientes soldados. 

Lo único que les incomodaba era que 
los. moros no se presentasen todos los 

dias, para escarmentarlos una vez mas, sobre las muchas que 
ya lo habian hecho. 

Siempre alegres, siempre sufridos, en ellos se retrataba 
perfectamente ese carácter español que siempre ha sido la ad- 
miración de todas las naciones. 



104 Ki. noNOR 

Sin embargo, una de ellas, (jue no nombramos, porque 
nuestros lectores la conocen perfeclamenle, (jue no abíerla- 
menle, pero por medios indirectos nos estaba y permanece 
aun haciendo una guerra rastrera y cobarde. 

Por cuantos medios han estado á su alcance, trató de evi- 
tar la enérgia de nuestro gobierno en la cuestión que nos ocu- 
pa, y cuando vio que no podia, bien propalando falsas noti- 
cias de batallas perdidas para nosotros para lo cual le sirve 
perfectamente un periódico que se publica en Gibraltar, bien 
ayudando á los marroquíes coii' íifetó y liuniciones, bien for- 
lificándoic sus plazas, y hasta dirigiéndoles en los combates, 
nos son mas perjudiciales que los mismos moros, porque estos 
al fin se presentan con la cara descubierta- y luchan como va- 
lientes, mientras que los otros nos atacan con las armas de la 
calumnia y deí doblez que son tan solo las armas de los co- 
bardes. 

Pero en la balanza de la justicia europea está ya pesada la 
conducta de esa nación y su juicio la favorece bien poco. 

Dia llegará pn que grande la España como en otro tiempo 
pueda vengar esa y otras muchísimas ofensas. 



11 



El dia do'óe fué otro dia de. gloria para nuestro valiente 
ejército. 

El general Prim ha añadido uno mas á los laureles que ya 
ciñen su fíente. 

En l.a acción del dia doce nos ha demostrado que era tan 
buen soldado como táctico inmejorable. 

A las primeras horas de la mañana la división de Prim so 
puso en marcha hacia la parte de Tetuan con objeto de reco^ 
nocer aquellos terrenos y proteger las obras del camino que 
nuestros ingenieros están practicando. • • 

Al llegar al'barianco de Tramagera un numero conside- 



DE ESPAÑA. 165 

rabie de moros tanto de infantería como de caballería le sa- 
lieron al encuentro. 

ün grito de alegría se exaló del seno de nuestros soldados. 

Hablan encontrado lo que üeseaban. 

Inmediatamente cargaron sobre nuestros valientes que les 
ahorraron la mitad del camino saüéodoles al encuentro. 

Acto continuo formó el general su plan de batalla y los re- 
sultados no pudieron menos de ser altamente satisfatorios. 

Los moros habían creído derrotar aquel dia nuestro ejér- 
cito para cuyo efecto habían reunido sus kabilas á las que se 
había agregado un número considerable de los soldados que 
mandaba el príncipe ;Muley-el-Abbas llevando también algu- 
nos 500 ó 600 caballos 

Pero de nada les sirvió ni su osadía ni su esperanza. 

Aquella la vieron castigada como siempre por el valor de 
nuestros soldados, y esta defraudada como el dia 30 y el dia 9. 

El general Prim mandó formar un cuadro con algunos ba- 
tallones de cazadores el que protegido por la artillería resistió 
valerosamente el empuje de los musulmanes que no podían sal- 
var nunca ni romper aquel bosque de bayonetas por entre cu- 
yos claros vomitaban torrentes de metralla las piezas oportuna- 
mente distribuidas en todo él. 

Los ginetes musulmanes con la indómita fiereza de los hi- 
jos del desierto cabalgando en aquellos corceles tan rápidos co- 
mo el Simoun y tan ágiles como las gacelas se lanzaban y se 
revolvían sobre el cuadro con una furia indecible. 

Al mismo tiempo dispuso que otros cuatro batallones pasa- 
son á cortar la retirada á los moros. 

También recibieron orden algunos buques de colocarse en 
la playa á fin de quitarles toda esperanza de salvación por 
aquel punto. 

El plan no podía estar mejor combinado pues teniendo á la 
derecha una sierra inaccesible para la caballería y á su izquier- 
da el mar y el frente y la retaguardia cubierta por nuestros 
cuadros los marroquíes no tenían esperanza alguna de sal- 
vación. 



1G6 EL HONOU 

Así lo comprendieron ellos y con el furor de la desespera- 
clon se lanzaban sobre nuestros imperlerrilos batallones. 

Pero si valientes eran los nioros, mas valor tienen cien ve- 
ces nuestros soldados. 

En las costumbres, en los hábitos de los musulmanes está 
el ser guerreros. 

Mas nuestros soldados quintos en su mayor parte sin haber 
sentido casi sobre sus rostros el álito íibrasador de los comba- 
tes, es doblemente digno de mérito: esa bravura que han de- 
mostrado en lodos nuestros choques con las hordas mar- 
roquíes. 

Es verdad que son españoles y en España el valor es una 
condición necesaria de sus hijos. 

En el momento en que el general Prim vio realizadas, ya 
sus disposiciones mandó replegar el cuadro y por medio de dos 
retiradas falsas perfectamente egecutadas trajo á los moros al 
sitio donde quería. 

Entonces mandó cargar á la bayoneta á nuestros valientes 
sin que á su pujante fiereza pudieran resistir los infieles. 

Acto continuo empezaron á jugar los obuses lanzando gra- 
nadas que cayendo en medio de aquellos apiñados grupos sem- 
brava el espanto y la muerte entre ellos. 

Nuestra caballería ásu vez se lanzó sobre los muslimes que 
sin poderresistir los ataques de las bayonetas, las cargas íe 
nuestros ginetc» ni los proyectiles de nuestra artillería se diri- 
jieron hacia la playa en el mas confuso desorden. 

Pero alli la goleta Ceres y algunos otros buques pequeños 
los recibieron á cañonazos y sus certeros disparos aumentaron 
el terror de los deshechos pelotones musulmanes. 

Nuestra caballería repitió sus cargas y la infantería sus ata- 
ques acorralándolos y dirijiéndoles hacia donde estaba el cua- 
dro que el general habia mandado formar en el punto por -don- 
de pudieron escaparse los moros. 

Entonces el general Prira con su estado mayor, y el del 
general en gele se hecharon también sobre ellos que, acosados 
por todas partes y defendiéndose á pesar de eso, con esa va- 



DE espaNa. 167 

lenlía, y ese heroísmo que admira á nuestros mismos soldados 
se sostuvieron algún tiempo prefiriendo morir á entregarse. 

Pero su derrota completa no podia dilatarse mucho tiempo 
y antes de anochecer se declararon ya en la mas vergonzosa 
fuga. 

Toda la acción fué un echo de armas y una brillante pajina 
de gloria en la vida mih'tar de Prim. 

Todas las demás acciones las habia mandado el general en 
gefe, pero en esta quiso dejar la honra de mandarlos al conde 
de Reus, y colocado únicamente en el reducto que domina el 
camino de Tetuan siguió con una satisfacción completa todos 
los accidentes de la batalla. 

El campo quedó sembrado de cadáveres de armas y demás 
efectos que unidos á los muchos caballos que quedaron sin 
dueño formaron un rico botin para los bravos que con tanta 
gloria lo habían ganado. 

Aquel mismo día á las cuatro de la tarde entraban en el 
Puerto de Ceuta los vapores que conducían el tercer cuerpo 
del ejército que mandaba el general Ros de Olano. 

Mas tarde escuchaban los soldados de este, los brillantes 
hechos de armas de sus compañeros y sentían una envidia se- 
creta una impaciencia inmensa por ver de cerca á los moros 
y seguir la senda de triunfos que los soldados de tas otras di- 
visiones les habían tratado. 



IS! 



El estado sanitario del ejército iba mejorando en lo posible. 

Sobre 40,000 hombres reunidos en un punto, y con el in- 
conveniente del clima, nada de particular tenia hubiera esas 
enfermedades que son las consecuencias inmediatas de los 
campamentos. 

Si entusiasmados y decides estaban los soldados desde que 



108 í:l HONoii 

pusieron el pie en África, la llogatla del general en gefe íué 
á aumentar (loblemcnle su entusiasmo y su valor. ' ''^" " 

Bajo su poderosa mirada, y su constante actitud se esta- 
blecieron" hospitales, abundaron los víveres, se recibieron mu- 
niciones, se mejoró la policía interior del campamento, y fun- 
cionando como era de esperar los hornos de campana, daban 
las suficientes raciones de pan para abastecer el ejército. 

Valiente y arrojado en medio de los combates se le veia 
en los sitios de mas peligro, animando á los soldados con sus 
vivas á la reina, y su ejemplo. 

Imparcial y justo, premiaba sobre el campo de batalla, á 
los valientes, y reprendía severamente, á cualquiera que hu- 
biese faltado en lo mas mínimo á sus deberes. 

Para lodos los heridos tenia palabras de consuelo, y para 
los que no habían tenido la desgracia de sentir en su cuerpo 
la mella de los golpes africanos, espresiones que aumentaban 
el valor y la ansiedad de combatir. 

Por manera que el soldado que sabia que lo miraba un ge- 
neral, como el conde de Lucena, se lanzaba sobre el enemigo, 
ansioso de que saliera de los labios de su gefe una palabra sa- 
tisfactoria, y que en aquel semblante generalmente severo, 
apareciese una sonrisa alhagüeña. 

Valientes hasta la temeridad, frente al enemigo, eran nues- 
tros soldados después de la batalla los mismos españoles de 
siempre. 

Sin pensar en la suerte que por todas partes les rodeaba, 
cantaban y se divertían todo lo posible en sus tiendas- de cam- 
paña, 

Y entretanto su general^ recorría los puestos, vigilaba to- 
do, y cuando se retiraba á su tienda, no era para entregarse 
al sueño, sino para descansar algunos instantes,, teniendo siem- 
pre el oído atento, y combinando en su imaginación algún plan 
de combate, ó pensando que cosa haría falla á sus soldados, 
para tratar de procurársela en seguida. 

Creemos que no sera disgustar á nuestros lectores el trans- 
cribirles las disposiciones que al entrar en campaña, dio el ge- 



DE ESPAfÍA. JCO 

neral en gefe. y que prueban hasta donde alcanza su buen li- 
no, y su solicitud por la mejor conservación del ejército que 
tan dignamente dirige. 

Prevenciones á la entrada en campaña dadas por el geno- 
ral en geíe. — ^«En el momento en que vá á ein()ozar la cam- 
paña, y siendo la guerra de África escepcional y distinta en to- 
das sus condiciones de las de Europa ha dispuesto el Escelen- 
lísimo señor capitán general y en gefe del ejercito, se hagan 
en la orden general las prevenciones siguientes para conoci- 
miento y cumplimiento de cnanto en ella se previene. 

I."" En las marchas nadie se separará de su fila ó del pues- 
to que le marquen, ni para hacer sus necesidades naturales, 
-pues para esto se hará alto. Tengase entendido (jue en 
África no hacen los árabes prisioneros; que todo individuo que 
es cojido. por ellos después que es martirizado, es desapiadada- 
mente asesinado y sus miembros ensangrentados paseados co- 
mo trofeos en las tribus salvajes de que está poblada. 

2.* Que el ejército; en marcha y campamento, estará 
siempre rodeado deenegimos que acechen el momento en (}uo 
un individuo se rezage aunque no sea mas que veinte pasos 
para apoderarse de él, ó si no les fuese pdsible asesinarlo. No 
debe pues, nadie separarse de su puesto bajo ningún concepto; 
no debo en marcha ni en campamento salir hacer leña, traer 
agua ni otra operación sino después que el campamento esté 
eníeramente cubierto y que se haga la prevención por los señó- 
res oficiales ó gefes respectivos. 

3.* Jamas irán hombres solos á ningunas faenas: deberán 
-ir por batallones, compañías ó pelotones, según delerminen los 
gefes, y en lodos casos sieuipre con sus armas, que ño deja- 
rán de la mano, á menos que por dis{)Osicíones espresas no so 
determinase. 

4.* Para hacer forrago, loña, traer agua y cuahjuier olra 
operación que sea, y por próximo (juo se halle del campaniea- 
lo, el gefe que mando la fuerza no empezará la faena, sino 
después de haber puest-o^^us avanzadas, colocado las con ti lió- 
las, cubiertas todas las avenidas y dejado un reten cnrríispon- 



170 VA. HONOll 

(1¡(mU<', (lando de antíMnano una scftal para que todo e! mundo 
he rcMiiia s¡ ocuiriese la menor novedad 

5.* Kn los campa nuMilos se leudí á cuidado de haber hecho 
las remidas y apagado los fuegos al ancicheccr para impedir 
que sirviendo de blanco dirija el enemigo á él sus tiros, evi- 
tando bajas y desgracias inúliles. Cuando otra cosa pueda su- 
ceder se prevendrá. 

G." Las Tuerzas que no se hallen de avanzada en grandes 
guardias ó escuchas, aunque de noche sintiere luego, no se 
moverán mientras sus gefes no se lo prevengan, Las que for- 
iiien la primera línea del campo únicamente, si el fuego loma- 
se un carácter vigoroso se sentarán y esperarán las órdenes de 
sus generales y gefes en esta disposición. Las de segunda lí- 
nea no se moverán á monos de no recibir orden espresa. 

7.* De noche en cada compañía de seg-mda linea en el cam- 
pamento, habrá siempre un olicial y un sargento de vigilantes, 
determinando este servicio de modo que turnen- en cada una 
teniendo horas de descanso y vigilancia. En las tropas (|ue ocu- 
pen la primera linea, ó sea la cara esterior, las clases de cada 
compañía estarán las horas (]ue les toque todas vigilantes y 
cuidando del orden y quietud de sus soldados. Los gefes alter- 
narán del mismo modo. 

8/ Jamás se pondrá en un punto, cualquiera que sea, un 
centinela solo; en el mismo campo serán siempre dos. Separa- 
dos en él, aunque no sea mas que veinte pasos, sea de día ó 
de noche, el primer grupo que compondrá una observación ó 
centinela será de cuatro hombres y un cabo. 

9." En marchas y pueblos se respetarán la vida y propie- 
dades de las personas que pacificamente esperan al ejercito 
con especialidad, los ancianos, mugeres y niños, y aun en los 
combates se hará lo mismo con los heridos que queden en el 
campo y los prisioneros que se hagan, aun cuando el enemigo 
se conduzca en otra forma. 

Un pueblo civilizado é ¡lustrado como es el nuestro, no debe 
ni aun con el carácter de represalias, imitar los instintos fero- 
ces de las salvajes tribus que pueblari el suelo africano. 



DE KSr»Ai^A. 171 

10. Cuando so cnciipnlren pozos ó balsa?; de agua estatr- 
cada. espocialmonto de corta cantidad, no beberán los hom- 
bres sin haber hecho que antes lo veriíiqne algiin perro ú olro 
ánima!, evitándose de esle modo los efectos perniciosos que 
pudieran sobrevenir á las tropas si el agua, por causas natu- 
rales ó artificiales, contuviese materias perjudiciales á la sa- 
lud. En las aguas corrientes no hay motivo de temor. — Es sis- 
lema y costumbre en los pueblos de África á donde el ejército 
vj"i á lanzarse al combate en medio de una espantosa gritería, 
con lo cual creen amendratar á sus enemigos; lo mismo ejecu- 
tan de noche cuando quieren fatigar un campamento en el" mo- 
mento de ser descubiertos. El ejército en todos los casos debe 
permanecer impasible y mirar con el desprecio que merece er- 
la alharaca. En ello se dá una prueba de serenidad y discipli- 
na, y al mismo -tiempo se impone al enemigo, á quien nada 
causa mas temor que ver la imperturbavilidad de sus contra- 
rios. Silencio, pues, en todos los casos; calma completa y re- 
solución enérgica para ejecutar cuanto prevenga los gefes, esta 
sola condiciones la mas segura garantía de la victoria. 

11. Los oficiales que manden guerrillas, los gefes que man- 
den fuerzas destacadas de sus divisiones no pasarán jamás los 
límites délo que se les ha prevenido, ni menos se desmanda- 
rán, cualquiera que sea la persecución que hagan al enemigo. 
Este acostumbra muchas veces á retirarse con premeditación 
para ver si imprudentemente se les persigue, y cuando vé las 
fuerzas separadas de sus sostenes, caer de improviso sobre 
ellas y envolverlas, grandes desgracias ha producido en la guer- 
ra el dejarse llevar de un ciego entusiasmo se prohibe á lodos 
el seguir tal ejemplo y se castigará al que comprometa lái 
fuerza que mande por olvidar esta prevención. — El general ge- 
fe de estado mayor general, Luis García.» 

Con semejantes d¡sposici()nes fácilmente se comprenderá 
como estarían los soldados al ver que su gefe se tomaba tanto 
interés por ellos, cuanto para asegurar mejor el triunfo de la 
causa porque tan justamente iban á combatir. 



172 



EL HOP<0» 



CAPITULO XVX 



En que el autor no puftJe prescindir áe hablar de alíennos de sus 
auti¿;uos pcráonages. 




^ABiA caído Alfredo desmayado en poder 
los de saleliles de Julia. 

Quién era aquella mujer que perse- 
guía al poeta como la imagen de la fa- 
talidad? 

?' Nosotros bien quisiéramos satisfacer esa tan justa curiosi- 
dad de nuestros lectores, pero estamos muy lejos de Madrid, 
y creo que ya recordareis, que el poeta entregó á Clara sus 
memorias en las cuales encontraríamos sin duda alguna, algo 
referente á nuestra lieroina. ' • 

Por manera, que con harto sentimiento nfifestro, basta que 
Volvamos á la coronada villa, que no será hasta que la guerra 
no se concluya, tío podemos saber nada respecto á la mujer 
de quien nos estamos ocupando. 



UK ESPAÑA. 173 

Después de recoger el herido, la comitiva se puso en mar- 
cha por las quebraduras de h sierra, según anteriormente di- 
gimos. 

Atravesaron las chozas que componen la kabila de Bebzus, 
y después de atravesar bosques y cañadas, llanuras y monta- 
fias, se encontraron en las primeras casas de Raast-el-Seric. 

Ya se sabia en el pueblo, la nueva derrota sufrida, y mil 
preguntas llovieron sobre los moros que silenciosos y cabizba- 
jos, conduelan á Alberto. 

Julia esquivó como pudo, todas aquellas interrogaciones, 
y en el mas puro lenguaje mogrevino, les dijo á los riffeños. 
— A. la casa del judio Isaac. 

Algunos momentos después, se detenían ante la puerta de 
su mezquina vivienda. 

Llamó la joven; y el buen hebreo, salió áabrfr. 

— Pederoso Dios de Jacob!.,, dijo asi que vio, el objeto que 

conducían, un hombre muertol 

— No, Isaac, le dijo Julia, herido solamente, y que confío 

en tu ciencia para salvarle. 
— Pero.... 

— Nada Isaac, la humanidad te exige ese nuevo sacrificio. 

Todos penetraron en la casa y puesto el herido en un lecho 
cómodo y aseado, á los prontos auxilios del hebreo volvió ¿i 
entreabrir sus ojos, viendo al lado de su lecho, la figura me- 
lancólica y apenada de la joven. 

Aquella impresión le hizo volver perezosamente la cabeza 
al otro lado encontrándose con la grave y benévola fisonomía 
de Isaac, que observaba con la mayor escrupulosidad todos 
sus movimientos. . 

Julia hizo una seña á los moros que abandonaran inmedia- 
tamente la estancia. 

Solos ya, el médico se dedicó á reconocer las heriJas de 
Alberto, y después de haberlas limpiado y sondeado, exclamó 
con un aire de completa satisfacción. 

— Dentro de diez dias^ podrá levantarse y dentro de veinte 
montar á caballo. 



i 74 Ki. no.Nou 

— ¿Conque no hay peligro? dijo co» un acento de ¡nmensu 
alegría la dama. 
— Ninguno. 
— Gracias, Dios roio. 

Aclo continuo después de haber puesto sobre (as heridas uh 
bálsamo, que el mismo judio habia compuesto, le puso sus ben- 
dages con la maestría de un cirujano consumado, y después dü 
haber preparado una poción calmante para Alberto, se volvió á 
Julia y la dijo. 
— Ahora conviene que le dejemos descansar. 
Efectivamente, el poeta cerró los ojos, y poco después, su 
respiración igual y tranquila justificó lo que habia dicho ei isr- 
raelita. 
— Ahora Toy á ver á mi otro herido. 
— Pues que tenéis algún moro en vuestra casa? preguntó 
Julia. 
— ¿No, es también cristiano? 
— Cristiano, Isaacl Esplicadme.... 

Es una historia demasiado larga, y ya es hora de que vay^ 
á hacerle la cura. 

— Si no tenéis inconveniente, os acompañaré. 
— Podéis venir; alli encontrareis á Ester, que no se separa 
un instante de la cabecera de su lecho. 

La dama fijé su mirada escrutadora sobre el semblante del 
hebreo, pero nada notó en ella que pudiera estraQarla. 

La misma bondad, la honradez personificada, se veian co- 
mo siempre, impresas en ella, salieron de la habitación no sin 
que Julia hubiera vuelto á mirar al poeta otra vez, .y muy 
pronto se encontraron junto al lecho de Carlos. 



II 



Desde la declaración de la nifta, las heridas del raililar se 
mejoranm cstraordinariamenle. 



Dii esi'aíRa. 175 

- Cuando volvió del desmayo, que las palabras de Ester le 
cansaron, efecto de la inmensa alegría que esperimenló, me- 
diaron algunas esplicaciones, y en ellas se le mostró tal cual 
era aquella alma ingenua y sencilla, que abrigaba ua profundó 
amor hacia él, cuyos tesoros de ternura y adoración, bastaban, 
para embellecer toda su vida. 

Y como la parte moral influye tanto sobre la física, la di- 
cha que esperímentaba Carlos, adelantó infmitamente su me- 
joría. 

Las largas horas, que se pasaba contemplando el rostro he- 
chicero de Ester, las palabras de cariño que trocaban, le ser- 
vían de mucho mas que todas las drogas del hebreo. 

Ester también sentía que una vida nueva habia empezado 
para ella. 

Niña aun, habia sentido así, esa necesidad estraña, que 
oprime el corazón de la mujer á los diez y seis ailos, ese deseo 
vago, sin objeto, ese vacio, para el cual no se sabe lo qué 
vasta, y no podía esplicarse la causa de la profunda melanco- 
lía que la embargaba. 

Privada de una madre cariñosa y tierna, si bien Isaac, la 
rodeaba de atenciones continuas, no eran suficientes á llenar 
el lugar que su madre hubiera ocupado. 

Y de este modo pasaron los primeros abriles de su vida. 
Yj asi la sorprendieron los diez y seis años. 
Esa edad en que el alma se habré al amor como las flores 
á la brisa matinal entreabren sus cálices sedientos del rocío 
de la alborada. '•' 

Soñaba con un fantasma encantador que la hablaba en un 
lenguaje desconocido, y la miraba de una manera que hacía 
palpitar su corazón con una rapidez estraordinaria. 

Y se reprochaba estos latidos como un crimen. 
Creían que eran un robo hecho al cariño de su padre. 

Y la desgraciada lloraba y pedia perdón á Dios por aquellos 
latidos. 

Entonces conoció h Carlos. 

Habia salvado la vida de Isaac, una noche en que unos 



476 EL HONOR 

moros trataron de asesinarlo, y el agradecido Isrraelila no sa- 
bia como pagar a(|uella deuda al joven. 

Las puertas de su casa se abrieron para él, y rodeado 
de aquella aureola de nobleza y valentía se presenta á la 
joven. 

Cuando le vid, redoblaron su fuerza los latidos de su co- 
razón. 

No sabiendo que existia la palabra de amor, aquello lo 
creyó el cariño fraternal de los hermanos. 

Y queria al joven con toda la fuerza de su alma. 
El beso de despedida que la dio el capitán, la reveló súbi- 
tamente, ío que ignoraba. , • • 

El amor que sentia hacia él, era esa pasión, ese destello 
supremo de la divinidad, que dijiese tanto de todas las demás 
afecciones. 

Por fin aquellas dos almas que tantas tendencias tenian á 
unirse, se encontraron. 

- Se confundieron en una sola, y una era nueva de ventura 
empezó para ellos. 

; No sentian correr el tiempo; embriagados en aquel sueño 

dulcísimo de felicidad, no pensaban, no podían comprender 

que había de llegar un momento en que despertasen. , , ¡^ 

Ester ya hemos dicho que no se separaba de la cabecera 

del herido. 

Siempre fijos sus ojos en los de su amante, espiaba sus mo- 
vimientos, adivinaba sus deseos, y no encontraba otro placer 
que estar siempre á su lado. .,1) 

Carlos por su parte, bendecía infinitas voces la mano ce- 
losa de Zobeiba, que semejante goce le había proporcio-f 
nado. 1, . 

En uno de esos momentos de contemplación dulcísima, pe- 
netraron en la habitación Julia y el hebreo,,,^..., . , 

— Adiós, hermana, dijo esta abrazando cariñosamente á la 
JutHa. ., .uuA 

— Bendito sea el Dios de mis padres, que me peruíÁl^iyol- 
verte aventara, la dijo la joven. - - »,;•.!' 



DE ESPAÑA. 177 

— Cotno se encuentra ese animo? preguntaba al mismo tiem- 
po Isaac á Garios. 

rr-Ei animo perfectamente serefio y tranquilo y el cuerpo 
creo que sigue bien ya me parece que no tengo herida alguna,, 
puedo hacer todos los movimientos con entera libertad. 
.-,.T— Veamos pues. 

Y separando la ropa, empezó el hebreo á desatar los ven- 
dages, y después de haber reconocido las heridas, dijo: 

-—Mañana ya podéis levantaros, y con la ayuda de Dios, 
dentro de pocos dias podréis entregaros á lodos los egercicios 
y fatigas hijos de vuestra profesión: 

ün dolor estraño oprimió á la pobre Ester, 
j; ;i;Habia deseado ardientemente la mejoría de Garios, 
o L, Pero en aquel momento, solo pensó que aquella, mejoría- 
traerla necesariamente en pos de sí la separación de su amante. 
Entretanto, Julia, no había separado sus ojos de Carlos, y 
una sorpresa estraordinaria se retrataba en su rostro. 
.... Volvióse á Ester y le dijo: 
íu:ñ-¿Cómo se llama ese herido? :. „ 

— Garlos, le contestó la hija del judio. "'-'''h 

— ¿Y cómo ha venido á esta casa? 
-0"^— Era oficial del fijo de Geuta y venia muchas noches á, este 
pueblo. 

— ¿Y su herida? insistió Julia frunciendo doblemente sus es- 
pesas cejas. — 

— No puedo decirte nada , solo sé que se iba á España y es- 
tuvo a(juí á despedirse , cuando al salir de casa, un bulto cu- 
bierto con un albornoz que impedia ver sus facciones, le dijo no 
sé qué, y le dio una puñalada. 

En esto en uno de los movimientos que hizo el herido , dejó 
percibir un medallón que llevaba al cuello, á cuya vista éscla- 
mó la dama que tanto perseguía al poeta: ^ 

— I Cielo santo 1... es su hermano 1... 

Y volviéndose en seguida á Ester, volvió á preguntarla: 
—¿Y por qué motivo le abrió tu padre sus puertas? 



178 ÉL HONOR 

— Le salvó la vida una noclio y le vino acompañando hasta 
nuestra mezquina vivienda. ^ oí? 

— I Toda esa raza es noble y buena!... murmuró con acento 
reconcentrado Julia, y su vista pasó sucesivamente de Eslerül 
herido y de este á aquella. . uíjíjíj 

Para otra j)ersona menos perspicaz, hubiera sido bastaflle 
revelación del amor de la judia , las miradas que dirijia á Car- 
los , pero Julia quiso asegurarse mas, y volvió á preguntar á ta 
pobre niña que no acertaba á csplicarse los motivos de seme- 
jante interrogatorio. .::;!. 

— ¿Dime, Ester, tú amasa Carlos? 

La hebrea se ruborizó, y no supo que contestar. 

— No te ruborices, hermana, el amor no es deshonra, y una 
pasión pura y casta como será la tuya , no puede haber reparo 
alguno en confesarla. 

— Pues bien, Sara, le aseguro por el buen Dios que nos oye, 
que si Carlos hubiera muerto yo le hubiera seguido á la tumba¿ 

— Haces bien, ámale siempre, hija mia, la dijo Sara con un 
acento inmensamente triste, son una raza de hombres que-son 
dignos de ser idolatrados. , : 

Ester no comprendía una palabra^ . - 

— Pues qué,. ¿conocías tú á Garlos antes de ahora ?;.la pre- 
guntó. 
~f>— -No: pero conozco á otrohermíino suyo., y... 

— Yo creo que te equivocas, dijo Ester sin hacer alto en la 
interrupción de Julia ; Carlos nó tiene ningún hermano. 

— Estos son misterios que tú no comprendes, V guárdale (le 
decirle nunca una palabra de. esto. Tu amante tiene dos herma- 
nos mas, él no conoce á ninguno, sabe que existen , yo conoz- 
,co á uno y estoy buscando al otro.^,,, . ^j ,:, 

La entonación del acento de Julia, estremeció á la inocente 
Ester. 

Con esa especie de instinto especial que tienen las mujeres, 
adivinó que entre Julia y aquellos tres hermanos mediaba un 
misterio hprrible, y sin, saber porqué, temía por su, amante. 

Entre tanto, la cura se habia concluido, y el buen judío 



DE ESPAiSA. i 79 

salió de la estancia después de haber encargado á las dos jór 
venes que nada digesen al herido , hasla que hubiese pasado 
iin.bueíi rato, pues se quedaba aletargado algunos momentos- 
..— ¿Ahora tu estarás mucho tiempo con nosotros? preguntó 
Ester á Julia. 
— Las circunstancias lo han de decir, yo no lo sé. 
Y dichas estas palabras, dejando á la pobre niña en un mar 
de confusiones, se salió del aposento, dirijiéndose hacia una 
especiede jardín dónde el hebreo criaba una infinidad de plan- 
tas medicinales , y donde se hallaba á la sazón. 



III- 



¿j Isaac sospechaba , mejor dicho, sabia el amor de su hija al 
oficial y el de este hacia aquella, pero nada encontraba de re- 
prensible en pslas relaciones, y por lo tanto hasta las miraba 
con satisfacción. .. - 

Julia se acercó al hebreo, y le dijo: 

—Tengo que hablar con vos. 
Era tan severo el acento de la joven ^ que aquel alzó la ca- 
beza sorprendido y la dijo: '^^M';'! ^'^b'^q 07 .ROífnY-- 

— ¿Qué es eso, Sara? hija mia, ¿qué significa la espresion 
de tu rostro? 

— Que tengo el alma muerta Isaac. 

— ¡ Poderoso Jehová 1... tú, la mas bella hija de Sion, lii, la 
que formabas la delicia de Rebeca tií buena y santa madre, tú 
padeces y tienes marchita el alma?... dime qué tienes, hija 
mia, ya sabes que por no veros sufrir á tí y á mi pobre Ester, 
daria cuanto poseo, hasta mi vida , solas vosotras dos líie ha- 
béis quedado y... , 'ií 

La frente del isrraelita se anubló al |)rouunciar estas jlalft- 
bras, y una lágrima que broló de sus ojos, bajó silenciosa á 
ocultarse entre su espesa barba plateada. 
' '^Venid , lio, dijo Julia Sara ó Saruyemal , pues ya la cono- 



180 EL HONOH 

cornos con estos tres nombres, tengo que liablaros, látigo que 
desahogar mí corazón en vuestro seno cariñoso. ' ^*!> >'<'^"'^ 

-—Vamos donde quieras , cont'iame tus penas , y si en lo posi- 
ble eslá calmarlas, yo te prometo hacer lodo lo posible para 



conseguirlo, 



Atravesaron las calles del jardin , y penetraron otra vez en 
la casa. 

- Subieron una estrechísima y tortuosa escalera, al cabo do 
!ci' éual franquearon una puerta y entraron en una habitación 
que desde luego revelaba á quién pertenecía. 

En unas especies de básales construidos bien toscamente 
se miraban retortas, crisoles, y mas abajo hornillos, y otra por- 
ción de objetos. 

En fin en el desarreglo que había y en la clase de cosas 
que en él se miraban se comprendía desde luego que aquella 
estancia pertenecía á un hombre dedicado muchos años á las 
-ciencias. 

Aquel hombre era Isaac. i 

Largas horas se pasaba en su habitación, y sus conoci-* 
mientos eran cada día mas estensos, y mas profundos. 

El judío acercó algunos almohadones para que se sentara 
Julia, y él lo hizo á su lado. ;,ia 

— Vamos, ya puedes hablar hija mía, lai dijo. ,>^ cv';? 

— Os acordáis Tío, de Abraham el joyero de Mequinez?. 

Una palidez lívida se esparció por el semblante dti judío.; , 

Sus ojos se cerraron. ! '^M) — 

Su frente so cubrió de espesas arrngasi 

Sus miembros se agitaron convulsivamente. 
íijií! Y sus labios exhalaron un gemido, sordo y ahogado. , 

Julia le contemplaba tristemente. : i 

- ;..^-Perdonadme, le dijo en el momento en que víó que pare- 
cía volver en sí, perdonadme y creed que hubiera una necesi- 
dad absoluta no os habría evocado esos recuerdos. 

— No sabes hija mía, la herida que has vuelto á abrir en raí 
corazón, veinte y dos anos hace que sucedió aquel crimen, y 
con el transcurso de tantos dias creí que ya estaba completa- 



DE ESPAÑA. 181 

menta cicatrizada, pero tu has hecho brotar sangre de ella, 
otra vez; habla que quieres? para que me has dicho eso? 

— Rutben, y Jacob, están en vuestra casa. 

— Qué dices? Los hijos de.... imposible Sara, imposible 
contestó con exaltación el judío. 

— Tan cierto es como que Ester idólatra á Jacob, y yo he 
perdido mi alma porque Rutben no me amaba como yo le 
adoro. 

— Dios de Isrrael, que te hecho yo, para que asi me casti- 
gues? gritó delirando Isaac, alzando entrambos brazos al cielo. 
Julia, también alzó sus negros ojos llenos de lágrimas. 
Era espléndidamente hermosa. 

El tipo judaico en toda su pureza de líneas y contornos, es-r 
taba personificada en ella. 

Durante algunos momentos no se oyeron mas que los sollo- 
zos de la joven, y las palabras que arrancaban la desesperación 
al anciano. 

Por fin este se pudo dominar mas pronto y reparando en el 
estado de su sobrina, se olvidó de su pena para consolar la 
de ella. 

— Qué has dicho hija mia? no te he comprendido bien, las 
palabras anteriores me hablan privado por entero, cuéntame 
lus penas ¿qué tienes; no le aman?... habla. 

— Oh! dejad á mi pobre corazón que se desahogue, hacía 
tanto tiempo que no lloraba! 

Y la desgraciada Julia dejaba correr por sus megillas tor- 
rentes de lágrimas. 

— Llora, Sara, el llanto mitiga los dolores; felices á los que 
aun les quedan lágrimas. 

Y una espresion de sombría tristeza se retrató en el rostro 
del judío al decir estas palabras. 

— Os he dicho que Rutben y Jacob, están en vuestra casa y 
es la verdad. 

— Y yo sin haberlos conocido, yo que les he abierto las puer- 
tas de mi casa ... 



182 EL HONOR a 

— Y los (ios amados por vuestras sobrinas, gritó dolorosa- 
iDonle Julia. i 

— Pero (|iic horrible maldición pesa sobre nosotros? por don- 
de quiera (jue vamos esa raza maídila no-s hado pórsei^uir? .. 
y dime Sara, prosiguió Isaac i-eparando en el dolor de la joven, 
tú sníVeSi no es verdad, hija mia? i íü o- .,; . 

—Oh!... no lo sabéis bien, mi padecimiento es horrrble, amo 
y no soy amada.... ; 

• ~No ser ainada tú?... despreciarla esos hijos de... 
— No pronunciéis ese nombre, padre mió, dijo Julia ponien-^ 
do su mano en la boca del anciano. 

— Tienes razón , muchos años hace que hice juramento de 
no^volver á pronunciarlo; varaos, y dime, ¿cómo es que no le 
ama?... 

''*^Yo me tengo la culpa, y eso es lo que mas dolores rae 
causa. 

— ¡Tú!... no te comprendo, esplicate, Sara; sácame tam- 
bién déla angustia que me causan tus palabras. 
—Yo le conocí en iMadrid, mejor dicho, yo lo he seguido 
constantemente desde que perdieron á su padre aquella nocho 
terrible, niñaeíitonces, le amé, mas larde, en Madrid, conse- 
gui ser amada ; y aun tengo el gusto de recordar que sus pri-r 
meros triunfos me ios debió á mí; yo Fe inspiraba, y el público 
aplaudia frenético aquellas inspiraciones. | Oh! cuan dichosa que 
era en aquella época !... 

— ¿Y amándole entonces, como pudo olvidarte después? la 
preguntó el anciano, viendo que se habia quedado algunos mor 
mentos suspensa. 

— ¿Quién es capaz de detener el pensamiento que se aparta 
de nosotros? qué cadenas hay que sujeten un corazón ? Tai vez 
me contestéis que el talento; puede que añadáis que yo lo te- 
nia, pero en aquella ocasión lo habia perdido completamente^ 
— ¡Pobre Sara! cuánto habrás padecido, y sola sin que una 
mano amiga enjugase tu lian! o. ' 

• — Sola, tenéis razón, mientras Alberto me cimó, yo me con- 
tenté con vivir h\jos del mundo, lejos de las diversiones, para 



Dfi ESPAÑA, 183 

mi todo !o era él , y nada echaba de oíanos estando á su lado; 
pero empezó á enliviarse su amor, yo sufría , le reprochaba , su 
carácter altivo también se resenlia , y poco á poco su amor se 
estinguió como se eslingue el último rayo de sol en la caída de 
la larde. Entonces mi persecución pai'a con él se hizo mas fuer^ 
te, cuanto el menos me amaba, yo le adoraba mas, y dondb 
quiera que iba, allí me encontraba para oír de mis labios un 
reproche; pero para ver en mis ojos la elücuente súplica que le 
líacia mi amor. 

— ¿Y él no admiiaba ese cariño, no te lo agradecía? ¿no 
volvia á tí como la obeja descarriada? 

— Al contrario, se alejaba cada vez mas.; para él , merced á 
su talento, se le abrieron los salones de la alta sociedad ma- 
drileña, y yo, merced á mis riquezas, también penetre en ellos 
bajo el titulo de baronesa de Karlsley. El no me descubrió nun- 
ca, jamás reveló á nadie que aquel título era postizo, que bajo, 
él se ocultaba la hija de una raza proscripta, solo que cada vez 
me aborrecía mas. í í: .■ >; í":; 

Yo ciega entonces, en vez de imitar lo generoso de su con- 
ducta, le amenacé con descubrir el secreto de síi nacimiento, 
en el momento en que viera que se diiijia á otra mujer, y su 
\ida y la mía han sido un prolongado martirio. . .: i. 

En medio de sus triunfos, yo me aparecía; iSl por casuali- 
dad en medio de un salón recibia las felicitaciones de todo él 
mundo, mi acento sarcástíco le lanzaba un epigrama que le ha- 
cia palidecer, y él re retiraba á su casa sombrío y triste , y yo 
me marchaba á la mia loca, desesperada. 

— Y de ese modo lo irritarías mas contra tí ; j cómo se cono- 
ce que tu misma pasión te cegaba ! 

— Eso mismo me decía yo sollozando en el fondo de mi ga- 
binete, pero al otro día al encontrarlo en cualquier parte se ro- 
pelia la misma escena. 

Y así se pasaron muchos meses; mil mujeres estaban an* 
siando que él las digera una palabra de cariño; peio cuando él 
iba á pronunciarla, mi acento duro é imperioso la detenia ert 
sus l¡U)ios. 



184 KL IIONOK 

Por fin cslii lucha no podia prolongarse mucho tiempo; se 
aprovechó de venir á la guerra un amigo suyo para ausontirse 
de la corlo, y al dia sigiiienle salia yo también tras de él. , 
Fué á Tánger, y á Tánger le seguí yo; Zaida se enamoró 
de él i)0rque iba siempre á cobrar sus letras en casa de Abdelr. 
Abas y... ,j 

— ¿Zaida también?.... ; Dios de Abraliam !.... gritó con un 
acento estrano Isaac. 

— Si, Zaida también, y si Ester no estuviera enamorada do 
su hermano, indudablemente le adoraria, porque es imposible 
verle sin amarle. Zaida lo llamó, le dijo la pasión que por él 
habia^senlido, y cuando Alberto empezaba á vacilar, me pre- 
senté yo, ahogando en su garganta las palabras que iba á pro- 
nunciar. ;, 
-1) Desesperado entonces, se volvió á Ceuta, yo le he seguido 

paso á paso, y he acochado la ocasión de que se diera una ba- 
talla para tenerlo en mi poder. Aquí tenéis la historia de esos 
amores que para raí no han tenido mas vida que la de las rosas 
deJericó, una mañana tan solo. 

Inclinó Julia al decir estas palabras la cabeza, y sus lágri- 
mas trasparentes y puras siguieron resbalándose por sus me- 
jillas. 

Largo tiempo estuvo contemplando con dolorosa tristeza el 
buen hebreo. 1^ 

Comprendía que aquella situación la habia empeorado Julia 
misma, de un modo muy poco fácil de arreglar. 

Para manejar el corazón del hombre á quien se adora, y 
retenerlo siempre , se necesita tanto amor como talento. 

Pero en Julia superó el primero al segundo, y la consecuen- 
cia fué perder por completo el cariño del poeta. 

Sus consuelos no podían ser por lo. tanto muy eílcaces. 

Nada podia prometerla, porque nada confiaba en poder 



conseguir. 



Sin embargo, como la pobre Julia necesilaba que la dige- 
sen algo , el buen anciano trató de mitigar sus penas del me- 
jor modo que pudo. 



DE espaNa. 185 



IV 



Han pasado tres dias de los sucesos anteriores. 

Garlos , en virtud de la orden de Isaac , ha abandonado ya 
su lecho. 

Ester cada dia está mas triste, mas apenada. 

La vuelta a la vida del oficial, ha arrebatado las rosas le 
sus megillas. • 

La pobre judia presiente la ausencia de su amado capitán. 

Son las once de la mañana. 

Por las encantadoras calles del jardín , se están paseando 
ambos amantes. 

— Carlos, aun debilitado por su herida, anda muy despacio, 
y necesita de vez en cuando descansar algunos momentos para 
proseguir su paseo. 

El dolor que se retrata en el semblante de Ester, no ha 
podido menos de sorprenderle. 

Sin poder adivinar la causa de él , en vano torturaba su 
mente. 

— Dime, Ester, la dijo por fin, ¿quieres esplicarme un es- 
írailo misterio que en vano trato de descifrar? 
— i Un misterio, Carlos I ¿Cuál es? 

—¿De qué naco esa profunda tristeza que veo impresa en 
lu rostro hace pocos dias? 

—¿Y tú me lo preguntas? jOh! sí rae amaras como yo te 
amo, no necesitarias preguntármelo, tú mismo padecerías co- 
mo yo. 

—¿Que yo no te amo, I^stor, que yo no te amo? Qué haría 
yo para demostrarle la inmensidad de mí pasión? 
— Estarte siempre á mi lado. 
—Qué dices?.. Ali! ahora comprendo la causa de lu pena, 



180 El. noNOM ' 

sufres porque le imaginas (|ue lejos de lu lado le olvidaré. No 
len^^is miedo por eso; ¿acaso el ciego podni olvidar la luz del 
sol? Si lu amor me ha dado la íelicidad, cómo es posible que 
pudiera olvidarlo? al conlrario, lejos de lí, mi cariño se au- 
inenlará doblemente, cada hora que pase sin verle acrecerá 
mi deseo, irrilará mas mi pasión, y el que nos volvamos á ver 
se desbordará por entero mi alma al confundirse con la luya. 

— Ohl si eso fuera cierto?... contestó la judia dulcemente 
conmovida por aquel lenguage tierno y apasionado. 

— Y lo dudas lu Ester? si asi fuera me ofenderías mucho. 

— Ofenderte yo?... Dios de Isrrael! ofenderte yo cuando pa- 
ra mi no hay nada mas que tú en el mundo; lo único que no 
quisiera, es que le ausentases, pero conozco demasiado los de- 
beres que tienes que cumplir, deberes que por otra parte po- 
dias romper perfectamente. En Ceuta ya le creerán muerto, 
¿qué necesidad tienes entonces de marcharte? 

— Y el honor de mi patria?... y mi honor mismo, Ester?... 
mis hermanos están luchando, muchos caen víctimas de su va~ 
lor y patriotismo, y yo español como ellos, como ellos solda- 
do, había de estar contemplando impasible su cruento sacrificio? 
No, Ester, tú cuya nobleza de pensamientos tantas veces he 
admirado, tu, cuyos generosos instintos rae han hecho idola- 
trarte mas, no creo que seas la que le opongas á mí resolución, 
en la que entra por mucho el deber. 

— Pero y si tu vas, ¿qué va áser de mí pobre corazón? gritó 
con voz que ahogaban los sollozos, la pobre niña. 

— Tu corazón me lo llevo yo en cambio del mío que se que- 
da junto á tí. 

— Y no le he de ver lodos los días, como ahora, recorreré 
lodos los sitios, embellecidos un tiempo con tu presencia y que 
luego estarán desiertos, preguntaré d las flores del jardín , á 
los muebles de tu estancia, y lodos me dirán «aquí estuvo» pe- 
ro ninguno podrá decirme cuándo volverás. 

Y Ester, en medio do su dolor, estaba sublimemente her- 
mosa. 

Era !a imagen del sufrimiento divinizada. 



Carlos la contemplaba y comprendía cuánta resolución era 
menester que tuviese para separarse déla encantadora vir- 
gen de judea. 

—Cálmate, Bster mia, no parece sino que mi ausencia ha 
de ser eterna; ¿es que tienes tan poca fé en mi cariño que 
crees voy á olvidarte en cuanto de ti me aleje? Vamos, tanto 
lo primero como lo segundo, no pasaría de ser una locura 
muy indisculpable. Si temes á los azares déla guerra, Dios 
que hasta ahora nos ha protegido , seguirá haciendo lo mismo 
después , ya sabes que yo le amo , le lo he dicho muchas ve- 
ces, y no quisiera que dudases tanto. 

— Pero si yo no dudo ; no hago mas que quejarme porque te 
alejas de mi lado. 

— Ya ves si tengo necesidad de ello ; de otro modo , ¿ le 
crees tú que yo lo haría? 

— Pues vé ahí porqué sufro mas , porque comprende que no 
hay mas remedio, 

— Al contrario debía ser, pues cuando una cosa es irreme- 
diable no hay mas que conformarse. 

— ¿Y quién tiene esa conformidad cuando idolatra? 

— ¡Oh! Ester mia, la dijo Carlos arrastrado por aquella pa- 
sión que respiraba las palabras de la hebrea, no me hables de 
ese modo, porque siento vacilar mi corazón, y el deber me 
aconseja que lo desoiga. 

— Tienes razón, Carlos, contestó Ester haciendo un esfuerzo 
suprenat); he sido una niña; comprendo demasiado lo que de- 
bes hacer , y no seré yo la que te aparte de ese camino ; lu 
único que te pido es que no me olvides, que me ames siempre 
como te ama tu pobre Ester. 

— ¿Y quién sería capaz de olvidarte? gracias, ángel m¡o. 
tú misma me das valor , y Dios premia siempre las buenas ac- 
ciones; tú has cumplido tu misión curando las heridas de mi 
alma, yo cumpliré la mia combatiendo por mi patria, y des- 
pués la felicidad será para nosotros , grande , inrmita y éter- 
m. Ten ánimo, mi Ester, que mientras tu Carlos viva, su 
pensamiento y su existencia te pertenecerán siempre. 



i 88 EL HONOR 

Y tras estas palabras , siguieron otras'muchas, de que ha- 
cemos gracia á nuestros lectores, pues el lenguagc de los ena- 
morados , se reduce siempre al consabido ute amo» dicho bajo 
rail formas y de mil modos diferentes, pero que siempre equi- 
vale á tomismo. 

Como que estamos tan cerca del campamento , justo será 
que echemos una escursion á él , para ver á otros antiguos 
amigos nuestros , y qué novedades se preparan contra la gen- 
te africana. 



ÜE ESPAÑA. 



189 



CAPITULO XVII 



En el campamento. —La herida de Miguel se mejora. — Kscarmienl 
nuevo que reciben los moros el dia Í5 de Diciembre. 



I. 




AS victorias que el ejército español habia 
/^conseguido, y las que aun esperaba con- 
seguir, acrecían cada vez mas su valor. 
Es verdad que habia penalidades. 
Sufrimientos mas grandes que los de 
4uchar con los moros. 
Las calenturas y el cólera eran los peores enemigos. 
Y los que eran atacados por estas dos enfermedades lo sen- 
tían mas que si hubieran sido heridos por las balas africanas. 
Casi continuas las lluvias, siempre reinando los vientoS; 
el campo parecía una laguna, y esta causa promovía las en- 
fermedades. 

Pero el animo no decaía por esto. 



190 KL HUNOIt 

Al contrario, cadadia crecía el deseo de pelear contra los 
infieles, y de dirijirse hacia Tetuan, donde tras de la victoria 
se encontrarían alojamientos mas cómodos, y mas gloría sobre 
la ya adquirida. 

El digno general en gefe aumentaba su entusiasmo con su 
egemplo. 

Si había combate, en el sitio mas amenazado, donde habia 
mas peligro, allí estaba O'Donnell, oyendo impasible silvar 
las balas en derredor de su cabeza, y dictando sus disposicio- 
nes con esa serenidad admirable que le caracteriza. 

Y si sus mismos oficíales, conociendo el riesgo en que es- 
taba, y lo necesaria que era su existencia, se lo hacían pre- 
sente y le instaban para que se retírase, solia contestarles pa- 
labras tan sublimes como estas, que nosotros tuvimos el placer 
de escuchar. 

— Degenme Vds. señores, no pasen cuidado pormi\ mi vida 
está en manos de la Providencia y yo confio en que velará 
por mi. 

Con tales palabras, y con semejantes obras, ¿cómo no ha 
de estar entusiasmado el soldado que pelea bajo las órdenes 
de tan ilustre gefe? 

Multiplicándose en todas partes, en los combates y los mo- 
mentos de descanso, siempre se le ve infatigable y activo. 

Si las lluvias estropean las tiendas, él, el primero se sale 
de la suya, para recibir el agua como el último soldado. 

Por manera, que no hay voces con que elogiar su conduc- 
ta, y el ejército entero está doblemente orgulloso con estar 
mandado por un general como el conde de Lucena. 

Muchos trabajos, muchas penalidades se pasan en el cam- 
pamento, que son las consecuencias precisas de toda campa- 
ña, pero también atendido el entusiasmo del soldado, y la in- 
teligencia del gefe , muchos días de gloria podemos asegurar 
que le están reservadas á nuestra patria. 



OE ESPAÑA. 191 



II 



Miguel seguía mejorándose aunque lentamente. Su ansie- 
dad por ponerse en disposición de volver á tomar las armas, 
era comparable tan soloá la de todos los heridos en general. 

Andrés estaba ásu lado siempre que se lo permitían las 
circunstancias, y sus consuelos y su asistencia consiguieron 
lanto como las medicinas. 

Evitaba con un cuidado especial hablarle ni una palabra de 
María , porque sabia demasiado que la herida de su alma era 
peor que la del cuerpo, y por lo tanto no convenia enconar- 
la mas. 

Y tenia razón ; el pobre Miguel sufría horriblemente. 

En el campo de batalla, en medio de aquella animación, 
de aquella espectati va continua de combatir con los moros, el 
pensamiento separa de los demás objetos para fijarse en el 
que mas presente tiene y en el que con mas insistencia le preo- 
cupa. 

Pero allí en el hospital, solo completamente, oyendo que^ 
jarse á sus compañeros de infortunio, su pesar se redoblaba 
mas vivamente. 

Veía á María , á María á quien tanto amaba , y la encon- 
traba revestida todavia con su túnica de pureza. 

Después llegaba al fatal momento en que la revelación de 
la joven destrozó su alma , y todavía escuchaba las palabras 
que le dijo. 

Y como las afecciones morales ejercen tanta influencia so- 
bre los padecimientos físicos, de ahí que su curación no ade- 
lantaba lo que debiera. 

Pero entonces entraba Andrés, le contaba todas las peri- 
pecias del combate del día anterior, los hechos brillantes de 
sus compañeros , y lo distraía de sus tristes pensamientos. 

Le hablaba de la conducta bizarra del general , le describía 



^92 K). HONOR 

con esa olocuencia sublime del pueblo, que se reduce á muy 
pocas frases, todo lo acaecido en la batalla y la parte que él 
liabia tomado en ella, y despertaba en el corazón de Miguel 
el entusiasmo y el deseo de volver á participar de aquella 
gloria. 

Y de este modo sufriendo y deseando , su herida iba po- 
co á poco caminando hacia su cicatrización. 

Andrés, por su valiente proceder en algunas de las accio- 
nes pasadas, habia merecido que el general en jefe le conce- 
diese la cruz de María Isabel Luisa , y estaba sumamente or- 
gulloso con semejante premio. 

Miguel también habia merecido una de San Fernando pen- 
sionada , y cuando se escitaba su deseo por los relatos de su 
primo , ansiaba ponerse bueno por ver si podia conquistar los 
üfalones de sargento. 



^UIUIJ^C. V4U OUIJ5 



III 



Los moros se llevaron otro intervalo de muy pocos dias sin 
presentarse en acción. 

Únicamente escondidos entre sus breñales, solían disparar 
sus espingardas, sin resultado ninguno. 

Esta inacción no agradaba mucho á nuestros valientes. 

Entretanto las obras para el camino de Tetuan , adelanta- 
ban todo lo posible. 

La división Prim, era la encargada de sostener y apoyar 
aquellos trabajos en los cuales nuestros brillantes batallones 
de ingenieros y los confinados, ponian todo su afán y se es- 
forzaban en concluirlos cuanto antes. 

Pero habia necesidad de concluir próximamente unas tres 

leguas de camino, y por muy deprisa que se hiciese, por mu- 
cha actividad que se desplegase, tenia que tardar algún 
tiempo. 

Y actividad no faltaba, al contrario, pocos ejércitos, con- 



ÜE BSPAÑA. 195 

la iAj O con los elementos del nuestro, hubieran hecho loque 
los españoles, en el poco tiempo qne llevaban de permanen- 
cia en África. 

Nuestra line^. fortificada era poco menos que inaccesible. 

Y todos estos trabajos se habian hecho bajo los fuegos casi 
constantes del enemigo. 

De este modo y con estas continuas alarmas llegó el dia 15- 

El general en jefe habia dispuesto que en las alturas del 
Serrallo se celebiase una misa de difuntos por los valientes que 
habian sucumbido en las acciones anteriores. 

Todas las tropas asistían á ella. 

Cuando de pronto en medio de la celebración del santo sa- 
crificio , los tiros que empezaron á oirse anunciaron la acome- 
tida de los moros. 

Todas las divisiones fueron inmediatamente á ocupar sus 
puestos. 

Los moros se presentaron en número de 15 o 16,000. 

Su idea era la de atacar toda nuestra linea de fortificacio- 
nes, y tomar el Seirallo y demás posiciones nuestras, para lo 
cual se habian juramentado antes de entrar en acción. 

Una parte de los soldados (jue mandaba el príncipe Muley- 
el-Abbas, se unieron á las kabilas que habian atacado los dias 
anteriores, y aun el mismo príncipe se conocía que dirijia la 
acción. 

. Su primer ataque fue hacia el reducto que protege las ol)ras 
del camino de Tetuan, cuyo punto está defendido por la divi- 
sión del general Ros de Glano. 

Aquello no fué, sin duda, mas que un medio para llamar 
la atención de nuestras tropas, y cargar con todas sus fuer- 
zas hacia otra parte. 

Los reductos de Isabel 11 y todos los que se estienden des- 
de el Serrallo á la casa del Renegado, fueron atacados con un 
Ímpetu cual nunca lo habian hecho. 

Nuestros soldados los rechazaron con ese valor que noso- 
tros no sab'üüos describir. 



zo 



194 tL HO^ÜK 

Ks necesario verlos, para coinpreiuler lo que con un ejóicilo 
semejante se puede hacer. 

iMilran en luego (iel mismo modo que si estuvieran en una 
fiesta. .:.;> 

Kl primer cuerpo del ejército y dos batallones del tercero, 
tuvieron la gloria de resistir á los enemigos. 

El general Uos de Ulano, (jue dirijió la batalla, no desme- 
reció nada en su buen nombre y reputación militar. 

Los moros venian acompañados de dos cuerpos de caballo- 
ría, cuyo número no bajarla de mil quinientos . (jue atacaron 
con valentía, pero (pie fueron deshechos en seguida. 

La regularidad que se observaba en el irage de los infio- 
les, los tres estandartes que se veiah sobresalir de entre sus 
apiñados pelotones, y sobre todo, que uno de lo.Sj^tres tenia el 
color que solo usa la familia del Xeriíe marroquí, demostraba 
bien claro (jue eran tropas regulares las que sé batían, y el 
hermano del emperadoi* quien las diríjia. 

La artillería desempeñó un gran papel en esta jornada, v 
á sus acertados disparos se debió en gran parte el brillante 
éxito de ella. -l'Jnv.^it, 

Multitud de granadas fueron arrojadas al enemigo , con. 
tanta suerte algunas de ellas, que cayendo en el centro de su 
caballería, la dispersaron en todas direcciones, viniendo mul- 
titud de caballos sin ginetes hasta nuestro campamento. 

Ocho horas duró el fuego nutridísimo por ambas parles, y 
durante ellas se vieron rasgosde valor de uno y otro bando. 

Negarles á los marrmjuíes que se balen como fieras, seria 
una tontería grandísima , y que á la vez honraría muy poco á 
nuestros soldados. 

Los enemigos á quienes combatimos, no llenen mas des- 
ventaja que lo mal dirijidos que están, y los ningunos conoci- 
uiientos militares que püy^een. 

En nuestro próximo capítulo, daremos algunos curiosos 
detalles sobre la organización de su ejército, (pie hemos sacan- 
do de unos apuntes sobre el mismo astmto. 

El general en jefe estuvo presenciando lodo el combate , ba¿- 



lando las acortadas m^Iklas del general Ros , para conseguir 
un salisfaclorio resultado. 

Nuestras pérdidijs fueron muy escasas, atendido el número 
de musulmanes que atacaron, !o estenso de la línea que hubo 
que defender y las tropas nuestras que entraron en acción, 
pues solo ascendió á unos ciento cuarenta, entre muertos y he* 
ridos. 

Los moros, según lo acertado de nuestros disparos, las 
cargas á la bayoneta y el destrozo que nuestras granadas de- 
bieron hacer, no bajarían de mil quinientos á dos mil, los que 
quedaron fuera de combate. 

Hasta ahora , podemos decir que desde que estamos en 
África, las victorias se pueden enumerar por las acciones da- 
das ; quiera el Dios de las batallas que nuestra m.archa por el 
interior sea también otra serie no interrumpida de triunfos. 



lílf) 



Kh HO^OR 



CAPITULO XVIIZ 



Jornada del dia i 7. — Conducta de algunas naciones con r^^pccto á la 
guerra de España. — Or^'anizacion del ejército marroquí. 




THA nueva victoria vino á añadir un lau- 
rel masa los.ya ganados por nuestro 
valiente gefe. 

Como todas las acciones que hasta 
ahora se han dado, no han salido de un 
mismo terreno, casi como en todas ellas, nuestros soldados 
han hecho los mismos prodigios de valor, descrita una, es 
describir todas las demás. 

La del dia 17, no es mas que una página mas, añadida 
al libro de oro de nuestra guerra de África. 
El empuje indomable de los moros. 
La bizarría con que nuestras tropas rechazan sus ataques. 



DE ESI'Ai^A. ^ 107 

La inteligencia y serenidad con que los jefes diríjen las 
acciones. 

Y el escarmiento que siempre reciíjen los moros, es el cua- 
dro que nos presenta la batalla del diez y siete; cuadro muy 
parecido al de todas las anteriores. 

Sin entrometernos en detalles que tal vez cansarán á nues- 
tros lectores, diiemos que estando la división del general Trini 
protegiendo los trabajos del camino del Tetuan , fué atacada 
por un número considerable de moros , que á pesar de su ar- 
rogancia y valentía, hubieron de retroceder ante la firmeza de 
los soldados que tan dignamente manda el conde de Reus. 

Algunos batallones del cuerpo que manda el general Ros 
de Olano, fueron á proteger los movimientos de la división 
que estaba en fuego. 

Las goletas cañoneras Buenaventura y Ceres, colocadas 
frente los Castillejos, dirijieron sus fuegos hacia unas casillas 
en que se hablan parapetado los moros protegidos por su ca- 
ballería. 

Combinados los disparos de los buques, con los ataques y 
cargas de la división Prim, dieron por resultado la completa 
dispersión de los infieles, quedando, especialmente su caballe- 
ría, muy mal [)arada. 

iinHabiendo sido el número de los marroquíes inferior que el 
de otras veces , y no habiendo estendido su línea de ataques 
hacia otro punto, la acción fué de menos duración y de mucha 
menos pérdida que en otras. 



XI. 

Desde hace muchísimo tiempo la mayor parle de las nacio- 
nes venían estrañándose de que la España, que era la que con 
mas medios podia contar y con mas facilidad para hacer la 
guerra á los africanos , estuviera sufriendo las piraterías de 
estos en sus costas y los insultos de que eran objeto algunas 
de nuestras plazas fronterizas. 



108 K\. HONOR 

Nuestros gobiernos, ó apáticos ó preocupados con al^íunos 
otros negocios ^ no daban á esto grande importancia, sin hacer 
caso (le bi prensa de lo(b)s partidos que sobre este asunto |)ro- 
curaba llamarla atención. 

Sin embargo, Ivspaña despertó de su sueño, y al gabinete 
del conde de Lucena, le debe la gloria de haberlo hecho. 

Nuestras armas pasaron al territorio africano, v casi todas 
las naciones aplaudieron semejante paso; y especialmente la 
Francia, que con sus respectivas conquistas y sus adelantos en 
el interior del imperio nos estaba dando contínuanriute el ejem- 
plo de lo que debíamos hacer. 

liemos dicho casi todas las naciones y vol vemos á repetirlo, 
í> escepcion de una sola , todas las demás han demostrado sus 
simpatías por nuestra causa. 

La única que tendiéndonos una mano amiga, nos vende 
con la otra, es la Inglaterra. 

Desde el momento en que se trató de castigar los insultos 
inferidos á nuestro pabellón, y que para ello se empezaron á 
hacer los aprestos necesarios, recelosa y suspizaz , siempre 
pensó en Gibraltar, y nuestra actitud enérgica y decidida, la 
inspiró graves temores. i 

interrogó á nuestro gobierno , y no satisfaciéndole la res- 
puesta de este, exijió compromisos que nuestro gabinete, con 
toda la delicadeza y el decoro posible , lo concedió. 

Cualquier otra nación en vista de nuestra conducta, franca 
y leal , hubiera sido una aliada üel ó hubiera permanecido en 

una neutralidad completa. 

Pero la orgullosa Albion no teme rebajarse á cometer cier- 
ta clase de acciones bajas y mezquinas, que si bien ostensi- 
blemente no las hace, las consiente su gobierno, y tanto peca 
el ejecutor, como el que, sabiéndolo, no le pone un remedio. 

Los periódicos de la vecina plaza de Gibraltar , son órganos 
délos marroquíes, y ásu placer, inleipretan, comentan y des- 
figuran los hechos quehan motivado la guerra y los que después 
llevan á efecto nuestras tropas en el territorio marroquí. 

La táctica observada en los moros en sus últimas acciones, 



la íorliíicacíon de Tánger, que desde la salida do nuestro cón- 
sul hasta ahora, ha variado completanaente y se ha artillado 
de un modo que jamás hubiera podido con los solos medios 
con que cuenta el imperio, son hechos que hablan mas alto 
que todo cuanto pudiéramos decir y que demuestran hasta qué 
punto es amiga nuestra la Gran Bretaña. 

Y como si no fuera sníicienle esto, la reclamación hecha á 
nuestro gobierno en las circunstancias actuales de los cuarenta 
y tantos millones á que ascendió el importe de los socorros 
que nos prestó durante la guerra civil, ha venido á poner el col- 
mo al catálogo de sus buenos olicios con nuestra nación y de 
todas las atenciones de que la somos deudores. 

Todas las potencias han visto con disgusto semejante con- 
ducta y todas la han censurado. 

Tal ha sido el proceder de la Inglaterra en la cuestión que 
nos ocu|)a. proceder que no pudimos dejar pasar desapercibi- 
do en nuestra obra, aunijue esta tenga las condiciones de una 
novela. 



Como ofrecimos en nuestro capítulo anterior, vamos á dar 
á nuestros lectores algunas noticias sobre la organización del 
ejército marroquí que hemos hallado en unos apuntes curiosos 
sobre el mismo asunto. 

«Dividiremos al ejército marroquí en dos clases: una de rey 
quii asiofi W'iXmcm abna (jasen, y nosotros debemos considerar 
como tropa veterana ó ejercito permanente. La segunda en 
tropa de los gobernadores ó bajaea, que la conceptuamos co- 
mo milicias pi-ovinciales. — Los soldados de rey reciben su plus, 
haber ó estipendio, directamente del euiperador, y las milicias 
de las respectivas ciudades, en especie ó en peiiazos de tierra 
(jue trabajan ellos mismos y que conservan ^n usufructo. VA 
ejército de rey ó permanente, se eleva desde 10,000 á 24,000 



2ryo Ki. HüxoK 

hombres, la mayor parto de ellos son negros. La mayor fuer- 
za (|iie se ha conocido de esla claso regularizada en la forma 
(jiie sus preocupaciones y atrasos permiten, fué en el reinado 
de Sidi-Mahomad, por los años de 1789, distrihuidos en esta 
forma: soldados negros divididos en ocho calif.is ó regimientos 
2-:! ,000 — Ludages ó árabes del gran desierio 4,ü00 — Moros 
a caballo de varias provincias 5,600 — Total 52,100. — Estas 
fuerzas pueden aumentarlas en tiempo de guerra á el número 
que tienen por conveniente con relación á su población de ocho 
millones de habitantes, haciendo el llamamiento de las mili- 
cias del pais y á la caballería de los áiabes y beduinos. En 
casos de alarma, arrebato ó guerra suele tomar parte también 
la gente útil de las ciudades, por que todos están armados des- 
de que tienen fuerza para manejar la espingarda, y suelen al- 
ternar con perfecta igualdad en el servicio con los soldados de 
rey y milicias, pero sin qne se les obligue á salir del disliito: 
estos se mantienen por su cuenta y se proveen ellos mismos 
de municiones, denomintándose y reuniéndose en kabüas. — Los 
de rey forman la guardia del emperador, reciben cada ailo 
sus prendas de vestuario, que consisten en dos camisas y dos 
pares de zarvvií, un eaflan de paño encarnado y un siUion 
turquesa, teniendo de haber diario desde un m'jzuma hasta 
diez, que equivale desde diez á cuarenta cuartos de nuestra 
moneda; ademas se le dá el fusil, que lo tienen la mayor par- 
te, y bolsas para las municiones. -Tienen algunas nulidades por- 
que acompañan ¿ los cónsules y escoltan á los viageros que lo 
piden. El emperador suele hacerles algunos regalos particular- 
mente á sus mujeres ó cuando circuncidan á sus hijos. Guan- 
do se emprende alguna campaña se reúnen todo el número de 
sobrante de las guarniciones de esta clase de tropas, y se les 
dá á cada uno desde diez á veinte duros y unos cuatro ó seis 
á sus mujeres, por premio de haber ó paga por todo el tiem- 
po que dure la guerra. Se previenen á los bajaes que saquen 
el número que prescriben de milicias, quienes á su vezprevie^ 
nena cada xe/jue de aduar, que llamen uno porcada diez /ai- 
mas, ó tiendas cuando el conligente de la |)rovincia es de mil 



DE ESPAÑA. 20 í 

hombres, y de cinco por cada diezf si el pedido es de cinco 
mil, girándose en esta proporcioa el número del alistamiento, 
hasta disponer de lodos los hombres útiles para pelear. Si fal- 
tan hombres del contigente pedido á una provincia, lo suplen 
las demás; por que hay que cubrir la fuerza pedida colectiva- 
mente; pero en cambio abona la provincia á quienes faílaa 
hombres, veinte pesetas por cada uno. Algunas veces suele el 
sultán suplir esta cantidad, pagándola de su tesoro en el acto 
de recibir las armas. — Cuando los pedidos de hombres no es 
general, las provincias que resultan esceptuadas, ya por la 
distancia de los acontecimientos ú otras causas, pagan veinte 
pesetas por cada individuo que deberían haber alistado, ge- 
neralizando el alistamiento,, cuya suma suele ampliarla si du- 
ra la guerra. Tienen la obligación los pueblos de surtir á ios 
alistados ó provinciales, de armas, pólvora, caballos y otros 
menesteres, con la obligación de cultivar las tierras y guar- 
dar los ganados de los soldados ausentes. 

Al formarse .grandes ejércitos» el bajá ó gobernador manda 
las fuerzas de cada provincia, quedando á su caigo el proveer- 
las de municiones y víveres. — Los soldados, del emperador, ó 
de rey, viven siempre sobre el pais ó provincia donde van ha 
hacer la guerra. — Los mocademes que viene á ser como nues- 
tros coroneles, siguen en el mando ó gerarquia á los bajaes 
después de estos los alcaides,, ó especie de comandantes que 
mandan desde 25 ó 500 hombres.— El que manda 2,500 sol- 
dados se llama caid-el-jamsi, que viene á ser gefe de brigada 
con cinco batallones de á 500 individuos. — El generalismo del 
ejército es el sultán, y por ausencia, uno de sus hijos ó algún 
príncipe de la familia. — El soldado marroquí, es general- 
mente bien tratado por su gefe. Es sumiso y obediente, re- 
suelto, con mucha voluntad y ardimiento, que le imprime el 
fanatismo religioso. Es diestro y generalmente buen tirador á 
pie y á caballo, porque tienen una afición decidida á las ar- 
mas, que usan con toda libertad desde pequeños. — La j-aza do 
los Xilóes son escelenles soldados de criballoria. Esta es la que 
generalmente forma el nervio desús fuerzas. Cuando se dá una 

26 



202 RL HONOU 

batalla, la caballeria se divide eu dos parles iguales, con el 
objeto de formar las dos alas del ejército, se desplegan en for- 
ma de media luna, para que la infantería si es que asiste^ 
ocupe el centro. Al dar la señal de acometida, se recita con 
la mayor devoción alguna leyenda del Alcorán, se grita furio- 
samente, el la ilah ela ünh, que van repitiendo con los mayo- 
ros ahullidos y se embiste furiosamente al enemigo. Si no hay 
serenidad para resistir el primer Ímpetu de estas turbas mal 
ordenadas, y se les trastorna con evoluciones rápidas, y con 
nuestros cañones se desordenan, vuelven las espaldas y una 
vez en dispersión no son fáciles de reunirse. — Carecen de ar-* 
lilleria diestra ó instruida, y no conocen la láctica del movi- 
miento regularizado de las masas. Como se vé su modo de 
pelear es todo de impela, de valor material, sin arte y mo- 
mentáneo. Son muy diestros para la sorpresa, y muy suspica- 
ces para conpeer y rehuir las emboscadas y lances en que se 
se les quiera comprometer. Cuando al principio alcanzan una 
superioridad, son lemibles; pero desmayan muy pronto cuando 
son recibidos con serenidad y rechazados, como hombres que 
no tienen mas que el valor; y en sus derrotas ven el fallo de 
la fatalidad. Se conforman muy pronto, por que son tan resig- 
nados como lo determina su código civil y religioso.» 

Tal es el ejército marroquí, y tales las condiciones con que 
está formado, cuando le veamos en una batalla en campo ra- 
so, donde no estén protegidos por sus montañas, podremos 
juzgarlo de otro modo, y con mas acierto. 



DE ESPAÑA. 



203 



CAPITULO XIX 



Volvemos á penetrar en Mequinez.— El palacio de ^cí/-¿«í-7ne//.—Barrios 
de los judios.— Sus trages.— Diversiones de los moros. 




^ RKEMOs que nuestros lectores verán con 
gusto todas las noticias y descripciones 
del interior de Man'uecos , y por, !o tan- 
to, penetraremos segunda vez en Me- 
quinez, á recorrer diversos sitios que se 
escaparon á nuestra observación la primera vez que estuvimos. 
Situado Mequinez en una espaciosa y florida campiña, ge- 
neralmente el Xerife marroquí prefiere esta residencia á la de 
Fez y Marruecos. 

Fortificado en tiempo del Sultán Muley-ísmael , las mura- 
llas, de muy poca resistencia, solo son á propósito para ser 
defendidas por infantería. 



!204 UL HÜNOU 

El Al-Kassar, nombre que se dá eft palacio iinpcnal, es 
di'guo (le admirarse , y trataremos de describirlo mas minucio- 
samente y con todos ios detalles (Jue sobre él hemos podido 
adquirir. 

Su circuito serí\ de casi una leí^na, y sus mechuares y cob- 
bas son infinitos. 

Las calles que formaa las diversas habitaciones, que ais- 
ladas unas de otras forman una pequeña ciudad en el interior, 
son perfectamente regulares y casi tiradas á cordel. 

Las dos fachadas que forman los departamentos de las mu- 
jeres del sultán, se ven adornados con multitud de airosas co- 
lumnas de mayor y menor tiimaño , combinadas artística- 
mente. 

Fuentes de mármol, caprichosamente trabajadas, derraman 
sus aguas sobre las purpúreas tazas. 

k\ lado de cada una de estas fuentes, hay una habitación 
de baños , donde las encantadoras odaliscas del Serrallo van 
casi constantemente. 

El Xerife tiene cuatro mujeres legítimas, y cada una de 
ellas habita una estancia particular, si bien las cuatro son igua- 
les en su arquitectura y adorno. 

Estos aposentos no tienen generalmente mas que dos salas 
de las cuales la una contiene el lecho imperial y la otra está 
destinada albaüo, para cuyo efecto hay en medio de ella.np 
hornillo encendido siempre, á fia de mantener el a2:ua á una 
misma temperatura. /^ 

Los "eunucos , cuyo número es considerable , son los que 
solamente tienen entrada en eslas habitaciones. 

Atravesemos los pintorescos jardines del alcázar, en los que 
veremos enlazarse la madreselva con el ciprés, los jazmineros 
con las acacias, donde las rosas de Alejandría, el thym de 
África y olra infinidad de llores, embalsaman el ambiente con 
sus aromas, y multitud de arroyos, cslendiendo sl^s plateadas 
hebras por en medio dw, aquel encantado edem, bes^i susur- 
rantes los delicados tallos de las flores. 



I)B ESPAÑA. 205 

Fuentes, cascadas y estatuas de una belleza inconcebible, 
se destacan de aquel mar de esmeraldas. 



En el centro de los jardines , se eleva el palacio de Beit- 
al-mell (casa de las riquezas). 

Tres líneas de murallas lo defienden , y en la del centro se 
eleva un edificio de piedra sillería, que recibe la luz solo por 
la parte superior. Se entra en él por tres puertas de hierro, 
inmediatas unas á otras. El pavimento de este edificio es de 
mármol negro; en uno desús eslremos, hay una vasta abertu- 
ra por la cual se echan, con grandes palas de cobre, las piezas 
de oro y de plata", los lingotes y las materias preciosas que 
deben formar parte del lesoro. Estos objetos caen en una gran 
ciieva, en donde son colocados en partimientos de mármol de 
igual dimensión unos que otros, con vuelo ó una parte saliente 
sobre el fondo de la cueva. Cada uno de estos compartimientos 
puede contener un millón de piastras. Una guardia de tres- 
cientos negros es la especialmente encargada de la seguridad 
de la vigilancia y del arreglo del tesoro. Desde que son desig- 
nados estos hombres para hacer aquel servicio, habitan ya 
para siempre en el sitio donde está colocado el tesoro. Los que 
tienen á su cargo el cuidado de recibir el dinero y de colocarlo 
en las cuevas, nunca sí^n de aquellos subterráneos. Tienen 
babitaciones hechas á pr^ósito y allí viven y allí mueren. El 
objeto de todas estas precauciones es evitar los robos desco- 
nocidos hasta hoy. Cuatro veces al año se echa en el tesoro 
imperial el producto liquido de los impuestos de todas clases. 
Cuando el emperador está en Mequinez , asiste él mismo á pre- 
senciar esta operación; pero cuando está ausente, nombra para 
suplirle á tres grandes oficiales de su casa, estando bien per- 
suadido de que no podrán ponerse de acuerdo para cometer 
un robo, y de que si llegase á suceder esto, se denunciarían 



206 El, HONOR 

unos á olr/)s, ó serian denunciados por los neí^ros guardianes 
do estas rií|uezas. En los primeros tiempos de la institución del 
tesoro imperial , se depositaba el dinero en grandes vasos de 
tierra; pero un dia fueron robadas las sumas que contenían 
diez de estos vasos,- los que llenaron de tierra los ladrones; cu- 
briéndola con una capa de monedas de oro. El Sucesor de. Mu- 
ley «Ismail varió las disposiciones adoptadas por su predecesor, 
abandonó el sistema de vasijas de tierra, é hizo construir las 
cuevas que aun existen hoy. El emperador Muley-Soieiman, 
conocido por su crueldad, tenia la costumbre cuantas veces se 
echaba dinero en el tesoro imperial , de quitar la vida á los ne- 
gros encargados de aquel trabajo. Abder-Bahman , su sucesor, 
mucho mas humano , abolió esta odiosa y cruel costumbre ; pe- 
ro en cambio, determinó que los negros encargados del arre- 
glo de las cuevas del tesoro, permaneciesen siempre encerra- 
dos en estos sitios. Para ellos el robo es infructuoso; porque 
están separados del resto del mundo , y no podrían hacer uso 
alguno ni ocultar el dinero que robasen. El tesoro de Mequinez 
encierra una suma que se cree ascenderá próximamente á qui- 
nientos millones de francos. La ciudad de Mequinez es la prefe- 
rida por el soberano de Marruecos para su estancia : su pose- 
sión decide la suerte del imperio. Si fuese tomada, bien por 
los rebeldes ó por una potencia de Europa , este descalabro se- 
ría un golpe mortal para el gobierno del emperador. 



XII, 



Nada mas triste que el estado de los judios en el imperio de 
Marruecos. 

Obligados á vivir en barrios separados, á dejar la dere- 
cha á los musulmanes, la brutalidad de estos llega átal grado, 
que en cualquier cuestión que un judío tenga con un moro, 
aunque la razón esté de parte de aquel , siempre se la han de 
dar á este. 



DE ESPAÑA. 207 

En Mequinez tienen los judíos su barrio separado , como 
en todas las poblaciones del Mogreb, y tienen su jefe especial, 
á quien llaman el Cheg , cuya autoridad está bajo las órdenes 
y supeditado á los musulmanes. 

Las judias en general son hermosísimas, contribuyendo 
mucho á realzar sus gracias, el pintoresco trage que visten. 

No dudamos que nuestras lectoras verán con gusto la des- 
cripción de los tocados hebraicos, de cuya verdad les respon- 
demos, pues hemos tenido ocasión de ver sus trages espe- 
ciales muy de cerca. Lo primero que llevan, es una camisa 
como las españolas , sin otra diferencia que las mangas ; son 
de mas de una vara de largo , igualmente de anchas, de la fi- 
gura de un embudo, concluyéndose lo estrecho cerca del hom- 
bro, para evitar de este modo que se vea mas del brazo que 
es torneado y hermoso ; después se ponen un jubón de color 
carmesí con manga corta y estrecha, todo muy bien guarne- 
cido de oro, piedras y brillantes; un refajo de paño verde, 
también guarnecido de oro y terciopelo carmesí , que después 
de liárselo al cuerpo , queda como si fuera un veetido á la es- 
pañola. En la cintura sujetan el refajo y el jubón con una faja 
de oro y seda encarnada, quedando el talle y pecho como si 
llevaran un buen corsé; las mangas déla camisa interior, co- 
mo son tan largas y anchas, se las remangan, de moda que 
atando las puntas de ambas á la espalda, forman un hermoso 
pabellón de colores ; el cuello y pecho queda descubierto y los 
adornan con buenos collares do coral , perlas y piedras precio- 
sas 5 los brazos , como quedan descubiertos , los adornan con 
unas pulseras ó brazaletes de plata maziza y muy bien traba- 
jada; llevan en las orejas, con unos fiadores, pendientes muy 
gruesos y grandes , de tal forma, que con todos los adornos 
que cuelgan , vienen á descansar y juguetear sobre los hom- 
bres ó el cuello; en la frente llevan una rica y hermosa diade- 
ma, guarnecida de piedras y perlas preciosas dejándose el ca- 
bello dividido en dos trenzas sueltas que caen colgando por 
la espalda, y en la punta, ponen dos borlas y cordones dd 
oro. Como no usan medias, adornan sus piernas con grille! os 



208 EL HONOR 

ú(i piala maciza y labrada, y chinólas muy bien bordadas de 
oi"o y ])iedras preciosas. Son genoralmenle en eslremo hermo- 
sas, muy sensibles y amables. Las casadas van vestidas del 
mismo modo, con la diferencia que no se las puedo ver el pe- 
lo y lo llevan tapado con una loca oncarnada como si fuese 
una faja, que viene á prenderse por la espalda á la otra faja 
de la cintura formando un gran lazo, y asi se distinguen de 
las solteras por su precepto hebreo. No pueden vivir mas que 
en las grandes poblaciones, y aun en estas tienen que habitar 
en barrios separados de los moros. Estos las tienen tan oprimi- 
das, que las obligan á quitarse las chinelas (que no pueden ser 
mas que color negro para distinguirlas de las moras, que las 
llevan amarillas ó encarnadas) siempre que pasan por delante 
de la casa del bajá, alcaide, cadi-santo, iglesia, ermita, últi- 
mamente , hasta para pasar por delante del campo santo de los 
moros, y aun en muchos pueblos no les permiten usarlas y van 
descalzas por todas partes. Lo mismo sucede con los judíos; n¡ 
les permiten usar mas trage que el que visten todos los hebreos, 
y ha' de ser c^n condición de que el bonete ó gorro sea negro 
y que no puedan cubrirse la cabeza con la capucha, para que 
siempre sean conocidos de los moros. 

Llega á tal estremo la desgraciada Qondicion de los he- 
breos, que las autoridades musulmanas, en los dias de recreo 
ó diversión de los moros, les prohiben que salgan á la cülle á 
fin de que no se espongan á los insultos y malos tratamientos 
de estos. 



IV 



Una de las principales diversiones de los moros, consiste 
en correr la pólvora, de la que mas adelantft hablaremos, y la 
otra es la que celebra la hermandad de los tsafjücs, que tienen 
\)0Y pdiironh Sidi-ben-eisa , que dicen ser primo de Mahoma. 

Estos, mas que oira cosa, son unos charlatanes por el es- 



I 



DE ESPAÍÍA. 209 

tilo de los muchos que conocemos e^n Europa, y como estos 
tienen también la pretensión de ser incombustibles , no que- 
mándose aunque se metan en medio de las llamas. 

Engañando al pueblo con toda clase de embustes, y espe- 
cialmente con el encanto que dicen egercer sobre las culebras, 
los seducen completamente, y con sus tonterías, obtienen so- 
bre ellos una gran influencia. 

Tienen una fiesta cada año, que se juntan todos ó la mayor 
parle del gran número que hay en la ciudad y corte de Me- 
quinez , que es donde está la ermita del Santo , inmediata á la 
ciudad, ahí celebran sus fiestas por tres dias, en los cuales 
dicen los despreocupados que toman un poco de solimán con 
leche para engañar á las gentes. Se ponen furiosos y se em- 
briagan de un modo raro y estraño, pues ademas de ponerse 
encarnados hasta los ojos que se desencajan con unas miradas 
atroces , bailan , cantan , ahullan, braman y chillan todos á un 
tiempo, y entonces es cuando aseguran que están en toda la 
gracia del Santo. Forman en los tres dias un corro ó rueda y 
los bisagües ó hermanos mayores están con unos grandes palos 
con mucha circunspección y respeto fuera de la rueda ó círculo, 
para el que se separe ó «alga de él , ó se desmande en su locu- 
ra ó embriaguez, castigarle en el mismo acto y declararle fue- 
ra de la gracia del Santo. 

Pueblo que semejantes cosas se cree, fácilmente se com- 
prenderá hasta qué punto rayará su ignorancia. 

Y por todas partes, en casi todas las poblaciones, se en- 
cuentran estos saltisbanquis presentando á la asombrada mul- 
titud las culebras dóciles á su voz y fanatizándola completa- 
mente con sus contorsiones y sus visages. 

La diversión á que con mas ardor se entregan los moros, 
es la que hemos denominado mas arriba , con el título de la 
pólvora, ó como en casi todo el imperio se dice, correr la 
pólvora. 

Generalmente con esta función obsequian siempre á los 
compañeros (jue se casan, ójcl nacimiento de alguno de sus 
hijos. 



210 tL nuNor. 

A cüülinuaciüu insertamos una dascripcion que de semejan- 
te íicsla hemos cncoulrado en un periódico francés, la cual fi- 
gura estar hecha por un cabo de tino de los regimientos que 
están en la Argelia. 



V. 



Oigamos como se esplica el soldado: 



«Llegó por fin el gran día: desde por la mañana reinaba en 
el pueblo un movimiento estraordinario , y los franceses no bu- 
llían menos que los moros. En la misa anunció el sefior cura 
que las vísperas serian al mediodía. Ya se vé, es una fiesta de 
que no se quiere privar á nadie. A las dos de la tarde echamos 
á andar hacía el campo , donde había de ser la corrida. Una 
tribu de las inmediaciones, hacia la fiesta. Cuando nosotros lle- 
gamos, estaban repartiendo los cartuchos, y con tanto furor 
se tiraban á cogerlos, que aquello era una purísima confusión. 

El repartidor de ellos, ó como si digéramos el furrier de 
aquel indisciplinado batallón, agarró una tranca y empezó á re- 
partir á diestro y siniestro, sin que ninguno de aquellos cerní- 
calos se atreviera á decir «esta boca es mia.» 

íQué remedio tenían! era su jefe, y aunque no les hiciera 
gracia sus bromas, no tenían mas remedio que aguantarse: 
nosotros los soldados entendemos esto bastante bien. 

En esto la música anunció que se iba S. empezar la fiesta; 
pero como ustedes no sabrán lo que es una música de moros, 
yo se lo esplicaré. 

Cójase un bombo y otros cuatro instrumentos cualesquiera, 
sean gaitas ó trompetas. Al primero se le dice, loca tú las «ha- 
bas verdes» al segundo, tú vas á tocar la «jota» al tercero, tú 
componte con la «muñeira» y al cuarto, á ver si te acuerda* 
del «señor don Simón». En seguida se le dice al del bombo, tú 



DE KSPAiXA. 211 

iío hagas caso de tus cuatro compañeros : arréale al parche de 
firme, de prisa y lo mas regularnrjGnte que puedas.' Gracias al 
« lamberán ») que lleva el compás como Dios le dá á entender, 
y que á fuerza de puño amalgama aquel conjunto de discordan- 
eias, concluye la oreja por acostumbrarse á este guirigay. 
. Los moros se dividen en dos bandos y se vá cada cual aun 
«stremo del campo esperando allí la seña!. Hecho esto, se lan- 
zan á la carrera como furias echando fuego por los ojos , dando 
alaridos salvages y con los albornoces agitados por el viento, 
enarbolando sus espingardas, volteándolas, tirándolas al alto 
y volviéndolas á coger con la destreza que un tambor mayor 
pudiera hacerlo con su bastón. Ya que están cerca unos de 
otros, se echan las espingardas á la cara y se disparan con 
pólvora sola. Vuelven grupas en seguida , cargan con presteza 
Á á la carrera, y vuelta á disparar y á cargar. Después se mez- 
clan unos con otros, se cruzan, corren en todas direcciones y 
se vuelven locos. 

¿Vé usted esos dos que vienen al frente mirando por los la- 
dos -y sin verse el uno al otro? Lo? caballos se encuentran y se 
estrellan. |Cataplum¡ Los dos ginetes y los dos caballos van 
rodando por el suelo. El un moro se levanta como Dios le dá á 
entender; el otro queda tendido como una rana y su caballo 
echa sangre por boca y narices: levantan al morito que no dá 
señales de vida, y al caballo le hacen una sangría suelta j)a- 
ra que concluya de morirse. Los moros no se asustan de la 
muerte: cuando un hombre se ha muerto, os porque Dios 
quiere, el muerto se resigna y los vivos lo mismo y nadie tie- 
ne que chistar. Así es que allí nadie se apura por tan poca -co- 
sa, y mas cuando se trata de divertirse. Con todo, nuestro ge- 
nera! no quiso que siguiera la zumba , y mandó (pie se at^abaia 
la función. Flanco derecho, marchen á Blidah. 

Al dejar el campo donde habían sido las corridas , re- 
paré en un caballo todo ensangrentado, tambaleándose, zis, 
zas, levantando y cayendo. Detrás de él un morito, que 
iba remedando los mismos pasos que el caballo y tan mal para- 
do como él. Eran los que habían hycho la cabriola (|ue les saliu 



2i5 EL HOMOH 

tan ma! yá los cuales habían dejado por muerlog. Al dia si- 
i^uiente ya-no se veía por allí alma viviente. ¡Pues qué se le 
üguraDa á ustedes! un morito no se muore tan á dos lirones.» 



IV 



Gomodico muy bien el cabo francés, esta diversron es una 
de las que mas gustan á los moros. 

Hay ostrañas anomalías en los gustos y en la naturaleza de 
e«tas gentes. 

Sensuales hasta lo sumo, los baños, las mujeres y el café, 
forman casi el conjunto de la vida Sivaritica que llevan en las 
ciudades. 

Y sin embargo, estos hombres á quienes se pudiera juzgar 
afeminados y débiles por esa continua voluptuosidad que los 
rodea, son los mismos guerreros indómitos y valientes que 
arrostran la mmerte en medio de los combates con una sangre 
íria estraordinaria. 

Y no se nos puede decir que exista una gran diferencia de 
costumbres entre los moros de las poblaciones y las tribus nó- 
madas y errantes de las montañas. 

Podrá decírsenos que estas son mas sufridas, mas sobrias, 
con menos necesidades si se quiere por la carencia de recursos; 
pero que tienen los mismos gérmenes de disolución y voluptuo- 
sidad. 

Los placeres sensuales enervan y debilitan generalmente las 
naturalezas, y tanto unos como otros se entregan con delicia á 
ellos sin que semejante abuso les prive de ser esforzados y ro- 
bustos para resistir las fatigas de los combates. 

En otros capítulos seguiremos describiendo al par que con 
jotras poblaciones del imperio, los trages y otras costumbres 
de los habitantes del Mogreb. 



DF<: p:smíña. 



215 



CAPITULO XVII. 



Acción del 20 do diciembre. — Primer prisionero moro. — Zeliía. — Encuen- 
tro de tres hermanos. 



«g^ 




ARA nuestros bravos soldados, el día 20 
de diciembre fué otro día mas de gloria, 
El segundo y el tercer cuerpo del ejér- 
cito fueron los que tomaron parte en la 
acción , dirijidos con la inteligencia y 
acierto que al conde de Lucena caracterizan. 

Tan luego como se le avisó la aproximación de los infieles^ 
se pei'sonó en el reducto de Isabel lí y dio sus disposiciones con 
su energía y precisión acostumbrada. 

Los moros no se presentaron al pronto, se ocultaron entre 
'as piedras y los Ijosípies (pie se cslienden al fronte y costados 



2<4 KL HOiNUK 

(if nuestros alrinchoramientos, esperando á (iiie nuestros sol- 
dados fueran á acometerlos. 

Pero les salió fallida su esperanza, y no porque los españo- 
les uo quisieran salir, sino que el general en jefe quiso ahorrnr 
sangre inútil, y esperó cjn mucho fundamento (|ue al ver ellos 
(|ue no seles atacaba, concluirían por tomar la iniciativa. 

Así sucedió en efecto. 

Simultáneamente atacaron los dos estreraos de nuestra 
linea. 

El de la derecha estaba defendido por el segundo cuerpo del 
ejército, y el de la izquierda por el tercero. 

Diez rail infantes próximamente y unos mil caballos pre- 
sentaron los moros en combate. 

iNuestra artillería empezó la función, y las continuas des- 
cargas de la infantería, anadian un ruido mas al infernal que 
resonaba en todo el campo de batalla. 

Los jefes dieron las voces de ataque. 

Las cornetas las corrieron por todo el campo, en sus agu- 
dos sones. 

Y aquellas masas de infantería , calando sus bayonetas , se 
arrojaron sóbrela morisma que no pudo resistir el choque. 

üna.vez mas retrocedieron ante nuestros soldados. 

Una vez mas, mostraron los batallones españoles que son 
dignos herederos de los brillantes tercios castellanos. 

Barridos por decirlo así, por la metralla, el hierro conclu- 
yó la obra (jue el fuego, había empezado. 

Cortados algunos pelotones de moros, hubiéramos podido 
coger multitud de prisioneros, pero los musulmanes prefieren 
morir á rendirse, y en un caso estremo pelean á la desespe- 
rada, hasta que reciben la muerte. 

Ocho horas de una lucha encarnizada, tuvieron por resul- 
tado la completa dispersión de los enemigos. 

Largo trecho los persiguieron nuestras tropas , hasta (juc 
se recibió la orden de regresar á sus puestos, y suspender la 
persecución. 



DE KSPAÍÍA. 216 

Entonces se hizo el primer prisionero que se ha cogido en 
toda la campaña. 

Cegado casi por la sangre que le brotaba una herida que 
tenia en la cabeza un moro, sin poder defenderse, no tuvo mas 
remedio que caer en manos de los soldados. 

Conducido al hospital, fué objeto de las mayores atencio- 
nes y cuidados, y no podía menos el fanático sectario de Ma- 
homa de admirarse del trato de que era objeto por parte de los 
cristianos. 

Interrogado por algunos acerca de las crueldades de que 
eran objeto los cristianos por parte de los moros, les contestó. 
— Allá los moros nos dicen ^ que vosotros sacar tripas de to- 
dos moros que coger vivos^ pero que cuando ellos saber es vivo 
el que agarráis, vivos no matarán mas. 

Los médicos digeron que ninguna de las tres heridas que 
tenia eran de gravedad y que muy pronto estarla ya en dispo- 
sición de volver á soportar toda clase de fatigas. 

El general en gefe le habló con afcibilidad y mandó qiie se 
le asistiere con un esmero particular, gratificando generosa- 
mente al soldado que lo hizo prisionero. 

Por el herido se supo que los moros estaban algo desalen- 
tados, cosa que ya se notó en la acción que acababa de tener 
lugar, pues no se advirtió aquel vigor, ni aquella pujanza que 
en los combates anteriores tanto habia llamado la atención. 



II. 



Luis, nuestro antiguo conocido, y el amigo íntimo de Alber- 
to, curado ya de su herida, formó también con su batallón que 
no hizo mas que movimientos preparatorios, sin entrar en fue- 
go, lo mismo que todos los demás de la primera división. 

El conde no podía disimular la pena que le causaba el no 
saber el paradero del poeta, y aquella nube de tristeza (pie 



21 B i:l honor 

se veía esparcida por su rostro, pudiera decirse que era la pri- 
nierajiue en él se habia visto en todos los aílos que contaba 
de existencia. 

Efectivamente, que cuando se concentraban todas las afec- 
ciones de la vida en una sola persona, si por casualidad se 
pierde á esta queda un vacio, un desconsuelo inesplicable en 
el corazón. 

Luis sin amores de esos que llenan por completo el alma, 
no habia tenido mas que pasiones pasageras, que hablan ocu- 
pado en su pecho un lugar muy secundario, y la amistad del 
poeta habia sido siempre la reina de su corazón. 

Habia preguntado á todos los soldados que combatieron con 
él, si lo habían visto, y todos le contestaron que persiguiendo 
á unos moros lo habían perdido de vista. 

Entonces no dudó acerca de la triste suerte que habia ca- 
bido á su amigo. 

Sabia por desgracia el trato que los moros daban á los cris- 
tianos, y conociendo el valor indomable del poeta, no pudo 
menos de estremecerse al pensar en los tormentos que le ha- 
brían hecho sufrir. 

Entonces juró con toda la fé de su alma, vengar la muerte 
de su amigo, y ansiaba siempre un combate para con la san- 
gre de los infieles lavar la de Alberto. 
Pero ay! esto no daba la vida al poeta. 
Los dias se pasaban, y en cada uno de ellos, le echaba mas 
de menos. 

Miguel también seguía mucho mejor de las heridas, y aun- 
que todavía no le habian dado de alta, no se haría esta espe- 
rar mucho tiempo colmando los deseos que tenia el joven de 
incorporarse otra vez á su regimiento. 



DE ESPAÑA. 217 



£1.S> 



En medio de lo mas reñido de la batalla del di^ en que 
vamos hablando, un moro de gallarda apostura, cuya frente 
se veia un tanto surcada de arrugas, signo que cuando no la 
edad demuestra mucho dolor, se acercó al gefe que mandaba 
las fuerzas marroquíes, y ie dijo: 

— Ha llegado el momento de cumplir lo prometido. 

— Que Allah, guie tu mano, si tal hazaña hicieras yo le ase- 
guro que serias el mas grande del imperio, después de ser el 
mas querido del profeta. 

— Mira Ibraim, le contestó el moro que habia hablado pri- 
mero, si acaso no saliera bien con mi empresa, si cogido por 
los cristianos, ó muerto por una bala mas certera que la mia, 
no pudiera volver á Mequinez, tu irás, y aunque esté Zaard, 
en el Serrallo, trata de verla, busca mi cadáver, por aquella 
espesura de la derecha que es donde voy á ocultarme, y eu 
el encontrarás un amuleto que empapado en mi sangre qui- 
siera que la entregaras, diciéndola que mi último pensamiento 
ha sido para ella, y su nombre el postrero que mis labios han 
pronunciado. 

— Por el santo profeta, que no parece Zelim el que está di- 
ciendo tales palabras, al que vá á cumplir con tales deberes, 
el Dios altísimo y único protege siempre. 

— No te canses ibraim, tal vez no muera, pero yo no rae 
hago ilusiones, y no tengo mas probabilidades de morir que de 
salvarme, en aquel caso, es en el que quiero que me jures por 
Allah, cumplir lo que te he pedido. 

— Bien, como tu quieras, puesto que tanto persistes en esta 
idea, te lo prometo, aunque estaré rogando al profeta por el 
buen resultado de tu empresa. 
— Gracias ibraim, gracias. 
Y tras estas palabras se dieron un apretón de manos los 

28 



218 i£L UONOR 

musuliiiunes, y Zelini pueslo que ya sabemos que es el, se lie- 
cbü ia espingarua al boiubro, y con animo resuello empezó á 
inleniaise pur la espesura del bosque en que se eslieuüe á 
uno de los coslados del reduelo de Isabel 11. 

¿i luibieía sido inipusible leer en el inlciior del moro se hu- 
biese Nislo cuan rcpii^^iiaiile le eia la acción (¡ue iba á comeler. 

Ouli^ada ja por su imjjiudenle juramenlo, no podia relro- 
ccder. 

Ll amor de Zaard lo era lodo para él, y para conseguir la 
posesión del ob¿;elo amado, hubiera en un momenlo de exas- 
peración, comelido los madores crímenes. 

Pero á sangre IVia ya, diiranle lodo el camino desde Me- 
quinez á siiMia Bullones, habia pensado mucho, y se horrori- 
zaba al pensar lo que iba á hacer. 

De iVenle Zclim, no hubiera temido a nadie, y se baliria 
como un héroe. 

A su traición, arrastrándose como las culebras para sor- 
prender á su descuidada presa, sentía en su corazón una cosa 
eslrana, y temblaba su mano, y temía que su ojo uo hiciera 
bien la puntería. 

Zelim ya hemos dicho que era crislíano, y por lo tanto pro- 
fesaba una proluada simp:itia á los españoles. 

Y asesinar al gele de ellos, á ese mismo geí'e de quien tan 
grandes cosas se conlauaa en el campo marroquí, era un re- 
mordimienlo, un dolor profundo para el noble musulmán. 

Después pensaba también si su Zaard le rechazaría al pre- 
sentarse á ella manchado con la sangre de un asesinato. 

V esto acrecía Cálraordinariamente su incerlidumbre. 

Mas después se decía, (|ue cuanto mayor inora el sacrifi- 
cio, mas debía agradecerlo su amad.i, y por lo tanto, con mas 
entusiasmo y con mas cariño lo habia de pagar. 

Con eslas vacilaciones llegó Zelim al bosipie, y gateando 
y ocultándose como |)udo, dirigió sus miradas hacia el re- 
duelo donde el conde de Lucena dictaba sus disposiciones coa 
ia sangre fría que le es caraclerislica. 



DE KSPAÑA» ?1^ 

Gradiirt qm aquel f?ilío era á propósito para conseguir m 
obgelo, y apoyando «^u espinj^aríla entre dos piedras, em- 
pezó á hacer la puntería. 

La posición ora magnífica, y Zelim era demasiado buen 
tirador para que la vida del general en gefe no corriese grave 
peliírro. 

Toilavía vacilaba ol moro. 

— ;,n!s posible, se deoin. que mi suerte me conduzca h matar 
k un hombre cristiano como yo, on primor liiirar, v do>puos, 
hñeia ol que siento una simpatía inmensü? ;.Ks posible que yo 
que hasta ahora no he poU'a<lo mas que fríMile á fronlo con 
mis enemigos, vaya á convertirme en un mispral)le asesno? 
No, nunca; antes sufriré toílas las desgrncias del mundo, que 
rebajarme á ser e' instriimenlo de un déspota cobarde. 

Y la espingarda del musidman, camloiaba de dirección. 

Pero al cabo de un momento, la voz de su pasión domi- 
naba h la del honor, v decia: 

—Mas ese déspota, tiene en su poder á mi Záard, va á ha- 
cerla su concubina; voy á perderla para siempre sino mato 
4 ese hombre, pues bien, antes que renunciar á. mi amada, 
prefiero sufrir los remordimientos, la muerte, si es necesario; 
que muera el general de los cristianos, pero que yo no pierda 
á mi Ztáard. 

Entonces con ojo sereno volvió á hacer la puntería, y ya 
su dedo iba á disparar, cunndo nna mano se lanzó al canon de] 
arma, y variando su dirección, hizo qne tabula fuera á cla- 
varse en el tronco de un Árbol inmediato. 

Al mism.o tiempo, unos bríizos de hierro lo sujetaron por 
la espalda, y una voz fuerte y vibrante gritó: 
— Mise rabie I 



m\ 



Et HONOK 



IV 



Atónito, Zelim, por esto íjue pasó en raenos tiempo M 
que nosotros hemos tardado en esüri4)iplo, permaneció algunos 
instantas aturdido, hasta que por fin volvió la cabeza y vio dos 
moros que le amenazaban con sus aceradas gumias. 

Por medio de un esfuerzo poderoso, se desasió de aquellos 
brazos que le oprimían, y echando mano á su corvo yatagán, 
les dijo: 

— Y sois vosotros, fieles musulmanes, los que venis á im- 
pedirme que mate al gefe de los españoles? 

— Nosotros no somos musulmanes, dijo el que habia habla- 
do primero, somos españoles. 
— Españoles vosotros!.... y os habéis interpuesto para.... 
— Para que no cometas un crimen, dijo con un acento seve- 
ro el que hasta entonces habia permanecido silencioso. 

—Pues nada conseguiréis, que juro á Allah, que después 
de mataros me sobrará esfuerzo para proseguir mi obra. 

Y furioso, embrazando la espingarda por el cañón, se lanzó 
sobre los dos enemigos. 

El mas silencioso de ellos esperó tranquilo la acometida del 
amante de Záardr 

Esquivó el golpe, y antes de que pudiera secundarle, le 
agarró el brazo con una fuerza tal, que el arma se escapó de 
sus manos. 

Entonces empezó una lucha á brazo partido. 

Los dos eran ágiles y robustos, aun(|ue en el moro que ha- 
bia impedido la acción de Zelim, se advertia cierta palidez ori- 
ginada sin duda ó por profundos dolores, ó por recientes he- 
ridas. 

En cuanto al otro, era mero espectador del combate. 

Largo rato lucharon, sin que la ventaja se decidiera por 
ninguno de los dos. 



DE ESPAÑA. 2S1 

Por fin, Zelim, menos fatigado que su contrario, lo derribo 
al suelo. 

La afilada gumia brillo en su mano. 

El vencido no hizo la mas mínima demostración de sentir 
la muerte que le esperaba. 

—Allá voy, hermano gritó entonces el otro que habia es- 
tado presenciando la lucha. 

Y empuñando un corvo yatagán que llevaba pendiente de 
su cintura, se dirijió hacia el grupo. 

— No te muevas, Carlos, dijo el caido; me ha vencido en 
buena ley, y no es justo que nos aprovechemos de nuestra su- 
perioridad. 

Zelim detuvo su gumia que iba buscando el corazón de su 
contendiente. 

Por entre las descompuestas vestiduras de este, asomaba 
un medallón. ^ 

Aquello fué lo que detuvo el brazo de Zelim. 

— Dime, moro, le dijo; por Allah, que necesito me espli- 
(|ues que significa ese amuleto que llevas al cuello. 

— ¿Quieres robármelo acaso? le preguntó con irónico acento 
el vencido. 

— Calla, no provoques mi cólera, necesito saber qué signi- 
fica ese medallón, que tan parecido es al que yo también llevo. 

— Tú?... tú llevas un medallón como este?... gritó el adver- 
sario de Zelim, alzándose del suelo precipitadamente. 

— Si, míralo. 

Y á los asombrados ojos de aquel, mostró el amante de 
Záard el relicario que deben recordar nuestros lectores. 

Entonces una cosa eslraña se vio en aquellos dos hombres 
<|ue hablan detenido á Zelim en el momento de cometer un 
crimen. 

Miráronse con una alegría estraordinaria, y al par se arro- 
jaron en los brazos del moro, esclamando: 
—Hermano mio!..^ 

Por algunos instantes permanecieron confundidos por de- 
cirlo asi, en aquel estrechísimo abrazo. 



Í22 EL HCNOR 

Pasada aquella primera esploxion se sucoílieron una muUI- 
lud de preguntas. 

— Y nuestro padre? dijo anhelante Zelim. 

— Nuestro padre hace tiempo que murió, le contestó gra- 
vemente Alberto, en nuestra familia hay misterios demasiado 
horribles, que mas tarde le esplicaremos. 

•—Oh! y porqué no ahora? 

— Porque ni el sitio, ni las circunstancias son apropósito pa- 
ra ello, le dijo Carlos. 

— Y tu por cuyas venas corre sangre noble y jicnerosa, le 
pregunió el poeta cómo ibas á acometer somojanle crimen? 

— Ay! hermano, no profundicéis mas esa herida que hav en 
mi alma, contestó Zelim C(m dolorido acento. 

— Habla, si tienes dolores, para eso has encontrado tus her- 
manos que tralaran de amenguarlos, todos sufrimos, porque 
todos descendemos de una raza, condenada hace mucho tiempo 
al padecimiento; habla, que tienes? 

— Amo á una mujer. 

— Como nosotros, contestó Carlos. 
— Y soy amado de ella con delirio. 
—Lo mismo nos sucede. 

— Pero mi Zxard, es muy hermosa, y está destinada para 
satisfacer los deseos del Xeriff. 

— ¿Y acaso el te ha exigido que mataras á nuestro general 
para cederte á tu amada? preguntó Alfredo. 

— De otro modo, crees tu hermano que yo hubiera pensado 
en cometer semejante acción? 

— Lo creo; nuestra sangre lal vez digan que está envilecida 
porque la sociedad nos ha analemalizado con un signo de re- 
probación, pero capaz de cometer una infamia ninguno de los 
hijos del joyero Abraham, lo seria. No pierdas la esperanza. 
Zelim, yo, tu hermano mayor, te doy mi palabra que la mu- 
jer á quien amas podrá algún dia ser tu esposa. 

— Oh! si fuera cierto!... 

— Te lo prometo, prosiguió Alberto acreciendo lo solemne 



de su acento; Záard no perleDeceni al emperador de Mar- 
ruecos. 

— Y de qué medios le has de valer para ello? él me ha 
puesto como precio la cabeza del caudillo cristiano, si esto uo 
se ereclúa, ¿cómo lo vas á conseguir? 

Los medios no puedes saberlos ahora, el resultado lo sa- 
brás nms larde. 

— A Iberio, dijo en eslo Carlos, mira, los moros se replie- 
gan hkia esla parle, nuestros soldados los vienen persiguien- 
do y.... 

— Tienes razón, dijo el poela después de haberse cerciorado 
de la verdad de lo que su hermano le decía; aquí no podemos 
permanecer, venle con nosotros, Zelim. 

—Pero á dónde vamos? pregunló el moro al ver que sus 
hermanos se dirigían hacia la sierra. 

— A un si lío donde combinaremos el plan para presenlaruos 
en el campamento. 

— En el campamento?.... 

— Pues qué, ¿acaso querrías volverle con los inüeies.^ le 
pregunló Alberto con un acento un lanío severo. 

— ÍSo; pero... 

—Te he dicho que le respondo de Záard, y no he tallado 
nunca á mí palabra. 

—Pues bien, vamos donde queráis, dijo Zelim. 
Los tres lomaron el camino de las montañas, y tras sus 
intrincadas sendas, y entre sus espesos bosques, desaparecie- 
ron algunos momentos después. 



Los moros empezaban á senlír ese desalíenlo, hijo de que 
en las muchas horas que llevaban de combale, no habían te- 
nido mas que bujas; sin haber adelantado nada. 

Rechazados de los dos punios que habían atacado, sus per- 



294 

"* KL HONOR 



dxlas coman parejas con lardólas acciones anteriores v su 
(lesanunacion se iba aumentando considerablemente. ' 

hl general Zabala y Ros de Olano, mandando sus respec- 
tivos cuerpos, al observar su retirada, empezaron á acosarlos 
Y como d,jo muy bien Carlos, su retirada la efectuaban hacia 
la parle donde ellos se enconhaban 

Su caballería puesta en dispersión por la metralla de nues- 
tros cañones, aumentaba la confusión de nuestros ginetes 

Kevueltos todos en el mayor desorden, iban á buscar en 
sus montanas el refugio contra su derrota 

O'Donnell con su serenidad acostumbrada, sin perder de 
V sta os mov,m.entos de los musulmanes, y aprovechándose 
de todo, dispuso algunas cargas á la bayoneta, recurso deci- 
sivo en todas las luchas que se hablan sostenido 

A la carrera cayeron sobre los moros, que aterrorizados 
convu-tieron su retirada en fuga. 

Algunos pelotones de ellos quisieron resistir, pero inútil- 
mente los cristianos no cedían ante semejantes obstáculos v 
rodeados por todas partes, preferían los sectarios de Mahoma 
dejarse matar, a ser hechos prisioneros. Muchos se podían ha- 
ber hecho, pues repetimos que muchos grnpos se vieron cor- 
tados completamente, pero de todos únicamente no pudo co- 
gerse, y ese tal vez por la debilidad ocasionada por una herida 
que tema en la cabeza, y por el velo de sangre que cubría 

sus OJOS. DI 

Nuestros valientes, siempre magnánimos y compasivos con 
el vencido, lo llevaron al campamento y lo presentaron al ge- 
neral en gefe. 

Al principio pedia á los soldados que lo matasen, pues en- 
tre ellos corre por muy cierto que los españoles hacen las mis- 
mas crueldades con los prisioneros musulmanes, que estos 
hacen con aquellos. 

Pero bien pronto se desengañó. 

Itecomendado eficazmente por el conde de Luceoa en el 
hospital, se le trató con un cuidado especial, v en su asom- 
brado semblante, se advertía el efecto que aquella le causaba 



DE ESPAÑA, 225 

Su herida no era de gravedad , y los médicos digeron que 
dentro de muy pocos días estaría completamente bien. 

En cuanto á O'Donnell, gratificó á los que le habian cogido 
y los premió, tanto por la buena presa que habían hecho, 
cuanto por haberles enseñado á los moros la diferencia que 
había de ellos, que feroces y salvages, degollaban sin compa- 
sión á los prisioneros indefensos, á nosotros que aun ;ue ene- 
migos, los cuidavamos como hermanos 

Retirados ya los musulmanes á sus guaridas , se dio la orden 
de cesar en su persecución. 

Las tropas que tomaron parle en esta jornada , volvieron á 
sus sitios después de ocho horas de combate. 

Bizarros como siempre, y como siempre sufridos, resistie- 
ron casi todo el dia sin tomar alimento alguno. 

Los batallones, cuya emulación crecía de día en dia, todos 
se p(»rtaron á cual mejor, y todos recibieron sus merecidas re- 
compensas. 

A unos sesenta hombres fuera de combate ascendieron 
nuestras pérdidas, que aunque poco numerosas, siempre son 
tristes. 

En resumen, los moros contaban con un escarmiento mas, 
nuestros soldados con una nueva victoria. 



29 



226 



EL IlONOn 



CAPITULO XXI 



La noche de Navidad en el campamento.— Ar.eion del día 2.">.— La mayor 
parle do las familias abandonan á Teluan. — Alberto y Julia. — Sacrificio 
por amor.— Bombardeo del castillo de la embocadura del rio Marlil. — 
Acción del dia 30. 



I. 




NA desmoralización completa reinaba en- 
tre los moros. 

Ellos hablan sido los que hablan pro- 
vocado á los españoles, y no hablan 
^^^^^ sabido sostener su ])rovocacion. 
Todas las acciones que hablan empeñado , hablan tenido 
resultados harto funestos para ellos. 

Mal asistidos , sin conocimientos para curar sus heridos , y 
apoca limpieza que tenían, era un germen continuo para las 
enfermedades que los diezmaban. 
Los víveres escaseaban en su cnmpo. 



DE ESPAÍVA. 227 

Los castigos que imponía Miiley-el-Abbas a los moros des- 
pués que volvían de una acción que habían perdido , los acaba- 
ban de exacerbar. 

Pero su fanatismo era mucho mayor que todo eso, y ni las 
privaciones, ni la peste, ni los castigos, eran capaces de que 
hicieran la menor demostración ostensible de su disgusto. 

Muy desesperada era su situación. 

Las kabillas estaban diezmadas por los combates anterio- 
res, y los soldados de rey, eran gente mas baldía y menos 
valiente que los de las montañas. 

A pesar de lo que sus santones les decían, no estaban ellos 
muy conformes con que el profeta consintiera en que murieran 
tantos , sin haber conseguido que los españoles levantaran su 
campo. 

Estos, al contrario, cada día estaban mas animosos. 

Aun no habían perdido una acción, y las enfermedades que 
reinaban en el campamento, decrecían cada dia que pasaba. 

Mandados por generales y jefes que compartían con ellos 
sus fatigas, y que no los abrumaban con castigos inmerecidos, 
los españoles estaban contentos y satisfechos en aquel suelo á 
que habían llevado la misión mas noble y mas civilizadora del 
mundo. 

Abundando los víveres, la escasez no era manantial de dis- 
gustos y'penalidades para ellos. 

CiOn una cosa no transigían , y era con permanecer tanto 
tiempo á la defensiva. 

Deseaban tomar la ofensiva para perseguir con mas ardor 
á los infieles, y añadir nuevos timbres k sus glorias. 

El buen estado en que marchaba el camino de Tetuan, ha- 
cia presagiar que no tardarían en empezar las operaciones so- 
bre este mismo punió. i 



228 EL HONOB 



II 



Los Ires hermanos babian vuelto á penetraren RaasUcl- 
Seric. 

* La casa del judio había vuelto á ser su refugio, y la bella 
Ester habia contemplado con una alegria infinita el agraciado 
y espresivo semblante de Carlos. 

Zelim , presentado por Alberto al hebreo, como el tercer 
hermano, causó una sorpresa inesplicablc á este. 

Creo que recordarán nuestros lectores que al nombrar Ju- 
lia á los dos hermanos, en una conversación que tuvo con su 
lio, se pudo traslucir que entre este y la familia de Alberto ha- 
bia pasado algo de terrible. 

Sin duda uno de esos dramas que en las sociedades de lo- 
dos los tiempos y de todos los paises se representan , habia 
sido ejecutado por la familia del joyero Abraham. 

Pero Isaac dominó su impresión y trató á Zelim con el mis- 
mo cariño con que habia tratado á Alberto y á Carlos. . . 

Alberto y Julia paseaban por el jardín. 
En el rostro de ella se notaba una especie de alegria es- 
traña , inmensa. 

En el de él, un observador egercitado habría comprendido 
el sufrimiento y el sacrificio. 

— ¿Y aun me preguntas de qué nace esla persecución que le 
hago? decía Julia. 

—Sí , no comprendo un cariño que pueda dar disgustos á la 
persona por quien se siente. 

— Disgustos!... y crees tú que mi ánimo es darte disgustos? 
cuan poco se conoce que has comprendido mi amor. 
— Mira, Julia, hace muchos años que yo te amaba, te ama- 



DE ESPAÑA. 220:. 

ba con una pasión que jamás creí que pudiera estinguirse. Tú 
tuviste la culpa, empezaste con celos, celos que me eran alta- 
mente ofensivos, te di esplicaclones y no las creíste, me celas-; 
te de un modo harto imprudente, y en vez de aproximarme mas 
á tí por medios dulces y tiernos, me alejaste con tus injustas 
sospechas y con tus necias amenazas. 

— Pero para qué recordar aquellos tiempos? interrumpió 
Julia. 

— Para demostrarte que no fui yo el culpable, como antes: 
has dicho, para demostrarte que era imposible que yo pudie- 
ra amar á la mujer que me seguía á todas partes, que en me- 
dio de una reunión, en un paseo, en el teatro, siempre la oia 
amenazarme, y siempre su implacable mirada me perseguía; 
y proseguía Alberto con un acento en que se revelaba un do- 
lor profundo, y sin embargo, nunca como entonces necesitaba 
yo lina mujer que me amara como tú al principio, por coinci- 
dencias estrañas, supe algunos misterios de mi nacimiento, de 
mis hermanos á ninguno conocía, y buscando consuelo á aque- 
llos dolores de familia, solo me encontraba con tu pupila ame- 
nazadora V brillante. 

— Y yo le amaba, Alberto, gritó la Judia con un acento (|ue 
respiraba una pasión infinita. 

— Estraño amor! murmuró el poeta. 

—Sí,» muy eslraño; porque aunque yo comprendía que el 
sistema que había emprendido no era á propósito para volverle 
á mí lado, seguía con él y sufría doblemente que tú. Cuánto he 
sufrido, Alberto miol... cuánlas noches en las profundas sole- 
dades de mis habitaciones, han corrido por mis megillas lágri- 
mas muy amargas! Cuántas veces al decir mis labios una 
palabra de amenaza, querían ahogarla torrentes de cariño; 
pero ay! tú no me amabas, y la pobre Julia no tenía mas re- 
medio que sufrir las consecuencias de su ligereza en haberle 
entregado su amor. ^ 

— No lo creas, Julia; como tú has dicho muy bien, equívo- 
casleseí medio de atraerme hacía tí; pero dejarte yo^iÍQ, íuuar, 
nunca. . , !) oñii£?rb 



230' EL HONOR 

I -A-Lo dices (Je veras? prcgiinló anbelanle Julia. 

— Sí, conlesló Alberto haciendo un esfuerzo, le he amado y 
le amo. 

^ 'Fué tal la cspresion de alegría iníinila que se reflejó en el 
rostro de la dama, que el poeta no pudo menos de decirla: 

— Con que tanto me amas? 
' **~Y me lo preguntas tú?... tú que debieras haberlo com- 
prendido hace tanto tiempo? habla, Alberlo mío, habla, píde- 
me cuanto quieras, el sacrificio mayor del mundo haría yo para 
que creyeras en la inmensidad de mí amor. 

-Alberto no se atrevía aun a decidirse. 
' Había querido á Julia con delirio; pero aquellos tiempos ha- 
bían pasado, y ella misma había tenido la culpa del desvio del 
|)oela. 

*d Carácter exigente y arrebatado, celosa hasta el eslremo, 
había irritado á su amante y le había hecho pensar en otras 
mujeres, en las que nunca tal vez hubiera pensado. 

Y sin embargo, el nunca había dejado de amarla. 

En el fondo de su corazón, conservaba una chispa, por de- 
cirlo así, de aquel amor de otros tiempos. 

! i Altivo por naturaleza, no se dejaba dominar de nadie, y 
Julia quería egercer sobre él una dominación absoluta. 

De esto nació su rompimiento. 

Entonces amenazó la dama á su amante, y estas a«nenazas 
no produgeron mas cariño, si cierto miedo, pues lo que ella po- 
día decir, comprometería el nombre de Alberlo. 

En este estado se paso mucho tiempo. 
Pero por fin, x\lberlo había encontrado á su tercer hermano» 
y se había comprometido á calmar su angustia. 

Para esto necesitaba utilizar á Julia. 

/,-., En los días que esta había estado con el poeta en casa de 
Isaac, su carácter había cambiado completamente. 

No era la altiva señora que imponía miedo á su amante. 

- ; Era la mujer tierna y enamorada que á fuerza de sumisión 
de cariño quiere recuperar el corazón que habia perdido. 



DE espaNa. 251 

En semejante disposición fácil era que el poeta consiguiera 
lo que deseaba. 

El cambio de Julia le liabia sorprendido, y podemos decir 
que agradablemente. Como poela, tenia un corazón impresio- 
nable, y por lo tanto, una casi necesidad absoluta de amar. 

Julia, ya hemos dicho que era hermosa. 

De pasiones esceslvamente ardientes, amaba con la misma 
fuerza que aborrecía. 

Era un tipo digno de un poeta. 

Y Alberto tal vez llegara un dia en que pudiera amarla con 
la misma impetuosidad que en sus primeros años. , . . 

— Oh! decía Julia envolviéndole, por decirlo asi, con su mi- 
rada, repíteme que rae amas, no sabes cuan sedienta estaba 
mi alma de oírte semejantes palabras. 

— Pues bien, Julia ten el convencimiento de que te amo; 
pero\oyá exigirte un servicio que jamás lo hubiera hecho 
por mí; pero se trilla de mi hermano. 

—De Carlos?... habla. 

— No, de Zelíra. 

— Y qué es? pídeme lo que quieras, y yo no tendré mas pla- 
cer que complacerte. 

— Tu que por lo que he observado tienes mucha influencia 
y muchos conocimientos entre los marroquíes, solamente pue- 
des salvarle de un dolor inmenso. 

—Qué es necesario hacer? 

— Ama á una mujer con delirio; como se ama en nuestra 
raza, ella es musulmana y su hermosura ha escítado los de- 
seos del Xeriffe, y su amada está en el harem. 

— Y qué quieres? que salga de allí? 

—Sí, pero hay mas todavía, el emperador comprendiendo 
el inmenso cariño que Zelim profesaba á Zaard, le dijo que no 
abusaría del poder que tenia sobre ella, siempre que él se 
comprometiera á malar al general O'donnell. 

—Y qué ha sucedido? preguntó anhelante Julia. 



252 EL HONOR 

— Gracias que llegamos á tiempo para impedir que dispa- 
rara. 

— Luego si él no ha cumplido su palabra no conseguirá res- 
colar á su amada. 

— Juslamente, eso es lo que deseo de li; lú, no sé porque 
misterios estrailos, egerces una influencia particular sobre es- 
tas gentes, y tú únicamente puedes salvarle de ese dolor que 
amenaza. 

— Algún dia conocerás esos misterios de que me hablas, y 
quiera el cielo que entonces no me aborrezcas. 

Y la voz de Julia tenia un timbre eslraordinariamenle tris- 
te al pronunciar estas úllimas palabras. 

Alberto sintió también una opresión estraña en su pecho, 
pero se repuso en seguida, y la dijo: 

— Aborrecerte!... nunca, Julia. 
'(¡íM— Ohl si eso llegara á suceder, no sé lo que seria de mi, 
pero en lin, hoy me dices que me amas, y te creo, porque ne- 
cesito creerte; yo te demostraré también si mi cariño es cierto, 
yo salvaré á la amada de tu hermano, y Dios y tu amor creo 
que me protegerán en mi empresa. 

— Pero hay peligro en ella preguntó el poeta. 

— No lo sé; cuando esté en Fez ó en Mequinez, podré con- 
testarte. • 

— Y yo volaré en tu ayuda, si quieres que lo haga dimelo 
ahora, y no te dejaré marchar sin que al menos vaya yo con- 
tigo. 

— Nada adelantaríamos entonces; déjame á mi sola, y le 
respondo del éxito. 

Y la conversación siguió girando sobre este terreno, duran- 
te algunos momentos. 

Mil protestas de amor se cruzaron entre los dos amantes. 
Alberto se había vuelto á ligar con aquella mujer, y quien 
.sabe lo que de ello resultarla. 



DE ESPAÑA 255 



Volvemos á penelrar en el campamento. 

El camino hasla los Castillejos estaba próximo á concluirse. 

Las tropas lo anhelaban estraordinariamente porque llega- 
se el momento de poder tomar la ofensiva. 

Era imposible haber hecho mas en tan poco tiempo. 

Un camino sólido y lo suficientemente capaz para permi- 
tir el paso de la artillería y demás material de guerra, era lo 
que se habia hecho, y esto sosteniendo casi una lucha diaria. 

Los ingenieros poderosamente secundados por los presida- 
rios, manejando lo mismo el pico y la azada que el fusil, ha- 
blan hecho una obra que llenaba completamente los deseos 
del general en ^de. 

Amaneció el dia 22 de Diciembre. 

La división del general Prim, protegía como de costumbre 
los trabajos del camino. 

Los moros siguiendo su costumbre se presentaron á hos- 
tilizar á nuestros valientes. 

Toda ó la mayor parte de su fuerza consistió en este dia 
en su caballería. 

Los infantes eran pocos; pero tan bravos como lodos los 
que se hablan presentado en los combales anteriores. 

Mandada su caballería por cuatro alcaides que dejaban flo- 
tar al viento cuatro banderas rojas, azules, amarillas y encar- 
nadas, se lanzaron con ímpelu sobre nuestros soldados. 

El regimiento de lanceros fué el destinado h contenerlos. 

Pero al ver los marroquíes las lanzas tendidas y la actitud 
serena y esforzada de los ginetes, se detuvieron, sin calcular 
que la goleta Ceres que estaba muy cercana á la costa, los ha- 
bia de abrasar necesariamente con sus disparos. 

La infantería se reniego sobre unos cantos que habia á la 

30 



254 EL HONOR 

dereclia, mientras que la caballcria hacia todo lo posible por 
protegerlos en la playa. 

Pero vanos esfuerzos. 

Algunas balas diriji las con sumoacicrlo, redugeron las ca- 
sas á escombros y caballos y ginetes volaron hechos pedazos. 

Viendo enlonces lo peligroso de ki vecindad de la goleta, se 
replegaron hacia la derecha, cayendo sobre la división Quesa- 
da, que formado el cuadro, los recibió con las bayonetas, por 
en medio de las cuales salia un fuego terrible que diezmaba sus 
fdas. 
. Loa' cuatro jefes marroquíes quedaron en el campo. 

Llevados de su ciego arrojo, eran los primeros en atacar, 
^ por lo tanto, fueron también de los primeros en caer. 

Rechazados los infieles de todas partes, deshechos por las 
granadas y las balas tanto de la goleta como de nuestros sol- 
dados, no tardaron en declararse en completa fuga. 

Perseguidos durante algunos momentos, indudablemente ha- 
brían escapado muy pocos, h no ser por la facilidad con que 
sus caballos trepan por aquellas montañas que parecen inacce- 
sibles. 

Pero á pesar de todo, sus pérdidas fueron, considerables, y 
las nuestras muy escasas, comparadas con las suyas. 

Los soldados se portaron como siempre. 

Con ese valor indomable que tantos elogios ha merecido de 
los oficiales estrangeros que estín desde nuestro campo obser- 
vando las operaciones del ejército y los buenos jefes, no duda- 
mos ni un momento del buen resultado de semejante campana. 



Ul 



El día 24 de diciembre, presentaba ercampamenlo el es- 
pectáculo mas animado que puede darse. 

La noche estaba mas despejada que las anteriores, y el día 
se habia pasado sin llover. 



DE ESPAÑA. 235 

El general en jefe aumentó la ración do los soldados con 
carnes en conserva, vino y dos reales por plaza; por manera 
que en todas las tiendas no se oían mas que carcajadas y can- 
lares. 

Noche de recuerdos para cada uno de los que estaban allí» 
lodos procuraban ahogarlos en medio de risas, chistes y al- 
gazara . 

Las músicas también unieron sus armonías, á las Iníinilas 
que cruzaban el campo, y entre brindis y canciones, se pasa- 
ron las primeras horas. 

Mas tarde, el sueño invadió á nuestros valientes, y su des- 
pertar habia de ser con los fuegos del enemigo. 

En su candida ignorancia, creyeron los islamitas que lo 
soldados se habrian embriagado, y por lo tanto, creyeron que 
seria sumamente fácil vencerlos. ,0 . . 

Pobres entes! que aun no hablan comprendido que al sol- 
dado español, rara vez so le coge desprevenido. 

El lercer cuerpo del ejército tuvo la gloria de vencer á los 
marroquíes, y añadir un nuevo laurel á los ya adquiridos. 

Apenas salidas del campo las tropas que iban á efectuar la 
descubierta diaria, los moros, emboscados durante la noche 
en las espesas cañadas que besan sus montañas, atacaron el 
ílanco atrincherado de la parle del Este. 

Una de las divisiones del cuerpo que manda el general Ros 
de Olano, acudió inmediatamente á contenerlos. 

El brigadier Cervino con su brigada, cargó también por la 
izquierda del enemigo, mientras que la división del general 
Quesada se dirijió hacia el camino de Tetuan. 

Una multitud de moros quisieron impedir este último movi- 
miento. 

Entonces los cazadores de Barcelona y algunas compañías 

del regimiento de África, inclinando sus fusiles, se lanzaron á 
la carrera sobre ellos para darles una de esas magníficas car- 
gas ala bayoneta, que tanto terror infunden á la morisma y 
que tan perfectamente ejecutan nuestros soldados. 

Arrollados los infieles, no tuvieron mas remedio que retro- 



256 EL HONOR 

ceder, dejando el campo sembrado de cadáveres, entre los que 
se veian algunos de nuestros valientes (i quienes sorprendió la 
muerte en medio de sus gloriosas hazañas. 

Aunque el enemigo trató de llamar la atención hacia la de- 
recha de nuestra línea, y los reductos que defendía el primer 
cuerpo, nada pudo adelantar, pues rechazado por nuestra arti- 
llería y el valor de nuestros soldados, fué á concenlrar todas 
sus fuerzas en la parte izquierda de nuestra linea, en la (jue, 
como ya hemos dicho, estaba on fuego el tercer cuerpo del 
ejército. 

El general en jefe, activo como siempre y atento á los pun- 
tos donde habia mayor peligro, se trasladó al mismo punto con 
una batería de montaña, para reforzar á la división del gene- 
ral l\os. 

El enemigo cayó con ímpetu sobre el reducto Francisco de 
Asís-, pero recibido por el fuego de las piezas que lo defen- 
dían, se revolvió como una serpiente sobre sus múltiples ani- 
llos, cayendo otra vez sobre nuestra estrema izquierda haciendo 
el último esfuerzo por conseguir la victoria. 

Pero todo en vano; una vez mas los sectarios del Islam 
fueron vencidos, y otra vez mas nuestros valientes ciñeron el 
laurel de la victoria. 

El nutrido fuego de la infantería; las granadas que arroja- 
ban sobre. ellos la artillería de á caballo, y las bayonetas de 
nuestros cazadores no tardaron en declararse en completa dis- 
persión. 

Cortados dos ó tres veces algunos pelotoneá sin querer vanj[ 
dirse, apesar de las ofertas que se les hacían, sembraron el 
suelo con sus cadáveres. 

Nuestras pérdidas ascenderían á unos 70 ú 80 hombres en- 
tre los que habia diez y siete ó 18 gefes fuera de combate; 
pues es menester ver á la brillante oficialidad de nuestros cuer-| 
pos en una acción para comprender la desproporción que se 
nota en sus baj is respecto á las de las tropas. 

Siempre á la cabeza de sus soldados, con su indomable 



DE ESPAÑA. 257 

arrojo y su audacia, son los oficiales por decirlo asi, el primer 
blanco que se presenta á los moros. 

Los mulsumanes tuvieron en este combate multitud de ba- 
jas; pues sin orden ni concierto para atacar ni para veVificar sus 
retiradas, en estas especialmente es donde sufren mayores pér- 
didas. 

En resumen, la acción del dia 25 fué otro hecho de ar- 
mas, añadido á la brillante serie de los que ya cuenta nuestro 
egército, y unamagnilica página mas en la historia del cuerpo* 
que tan dignamente manda el General Ros de Olano. 



IV. 



Podia decirse que hasta ahora linicamctíte á nuestro egér- 
cito de tierra habia cabido la gloria de todas las acciones que 
se habían dado; pues si bien algunos buques de poco calado 
protegían siempre nuestros trabajos en el camino de Tetuan y 
favorecían nuestros movimientos en algunas ocasiones con sus 
acertados disparos no había tenido ocasión nuestra escuadra 
de desplegar por completo sus fuerzas y tomar también su 
parte en esa magnífica epopeya, llamada Guerra de África. 

Con ansia indecible esperaban nuestros marinos la orden 
para atacar á los infieles, y con un entusiasmo que rayaba en 
delirio la recibieron para demoler los fuertes que dominaban 
la embocadura del rio Martil. 

El 28 de Diciembre levó anclas de Algeciras la escuadra 
de operaciones al mando del General 1). Segundo Diaz de Her- 
rera. 

VA vapor Vasco Nuñez de Balboa k la cabeza de la división, 
dejaba flotar al viento la insignia delGefe; el navio Is'ihel re- 
molcado por el vapor del mismo nombre y la corbeta Villa de 
Bilbao por el Santa Isabel, le seguían á alguna distancia. 

Detrás seguían el vapor Colon y las fragatas de Hélice, 



238 EL HONOR 

Princesa de Asturias y Blanca^ cerrando la linea los vapores 
Vulcano y León . 

Al doblar el Cabo Negro el vapor Vasco lYuñez de Balboa y 
puso con las banderas telegríáficas un «Viva la Reina» que fué 
repelido por lodos los buques del mismo modo. 

En el momento que los moros-vieron desde la atalaya de 
Cabo Negro navegar nuestros buijues en sus aguas llotó al 
vienfo en las almenas del castillo de la Ria de Tcluan el pa- 
bellón rojo con la media luna blanca de los marroquíes. 

Antes de izar al tope el vapor Nuñez de Balboa la señal 
de romper el fuego, puestos los artilleros al lado de las pie- 
zas y hecho el zafarrancho de combate, el gefe de la escuadra 
desde la popa del buque dirijió á la tripulación estas enér- 
gicas palabras: 

— «El egército está derramando noblemente su sangre, va- 
mos nosotros á derramar la nuestra: Soldados y marineros, 
«Vívala Reinal» Y como complemento de esta palabra, un 
cañonazo fué la primera señal de romper el fuego contra las 
posiciones marroquíes. 

Una batería rasante en cuya construcción se conoce que 
no eran los moros solos los ([ue habían tenido parte, contestó 
á nuestros buques y todos los disparos de ellos se dirijieron 
hacia este punto. 

El vapor y navio IsabeltJ' y las fragatas Princesa y Blanca, 
dispararon sus piezas de estribor, siguiendo su camino para dar 
lugar a que los demás buques hicieran lo mismo. 

A la media hora todos los buques de la escuadra estaban 
en fuego. 

Una granada disparada con sumo acierto por uno de los 
buques, incendió las balerías (lue acabaron de destruir el Sania 
Isabel y el Vulcano y la Villa de Bilbao, 

El navio y vapor Isabel 2.'' dírijian sus fuegos hacía la 
torre de la ría, cuyas murallas se veían caer en pedazos. 

Únicamente la Princesa de Asturias recibió un balazo 
(jue afortunadamente no causó ninguna desgracia, pues como 
las baterías marroquíes estaban artilladas con piezas de grueso 



DE espaNa. 259 

calibre, y coa poco acierto sus artilleros, las balas pasaban y 
repasaban por entre las jarcias, sin ocasionar graves perdidas. 

Apenas apagados los fuegos del castillo y ya casi destruido, 
al ver que aun tremolaba entre los escombros la enseña mu- 
sulmana y que en la nave Capitana se izaba la señal áe i^alto 
el fuego )) hubo algunos oficiales que desearon concluir de aba- 
tir aquel pabellón. 

Entonces el General contesto. 

— «Yo no ofendo á un enemigo que no contesta al fuego de 
mis cañones )> 

Palabras que revelan el valor, la nobleza y esa hidalguía 
proverbial en los hijos áa la Patria de los Cides y de los Gon- 
znlos. 

Los héroes de Lepanlo desde su lecho de algas y de con- 
chas no pudieron menos de enorgullecerse al verqu^. sus des- 
cendientes abatían aquella misma media luna, que ellos habían 
hundido en otros tiempos. 

Finalmente; si nuestros soldados se portaban con gloria en 
las tierras africanas, nuestra armada, en su combale del dia 
19, llevó también su óbolo á la gran pirámide de las acciones 
brillantes de la guerra africana. 



V. 



Casi al mismo tiempo que se verificaba lo que hemos nar- 
rado anteriormente, el batallón de cazadores de Vergara, que 
protegía los trabajos de la compaúia de ingenieros, ocupada en 
el camino de Tetuan, se vio atacado por una fuerza considera- 
ble de marroquíes. 

El general Ros de Olano, á la primeras noticias que tuvo de 
esto, puso sobre las armas el cuerpo de su mando, disponien- 
do que los batallones de la Albuera, Zamora y cazadores de 
Baza, avanzaran por la derecha mientras que la división de 



240 BL HONOR 

general Qiiesada sosluviera á Vengara por el flanco izquierdo. 

Los cazadores de Llerena fueron los primeros que reforza- 
ron al cilado batallón y no pudieron llegar ea mejor momento. 

Arrojíidose los moros del centro del bosque donde habían 
estado ocultos, durante algún tiempo, cayeron con ímpetu so- 
bre el batallón de la Albuera, y tanto este como el de Zamora 
los rechazaron victoriosamente á la bayoneta. 

Al mismo tiempo, el brigadier Cervino, ii la cabeza del 
batallón do Baza, dio una de esas admirables cargas que sor- 
prenden tanto á los moros por su velocidad y arrojó, y que ar- 
rollándolos por todas parles les hacen huir despavoridos sin 
darles tiempo para que puedan rehacerse. 

Tres veces repitió este mismo batallón sus cargas, pasando 
en algunas de ellas los límites que so le hablan marcado, se- 
cundado siempre por los batallones de la Albuera , Zamora, 
Llerena y Barcelona. 

Tanto era el entusiasmo de nuestros soldados, que multitud 
de veces tuvieron las cornetas que locar retirada, pues la no- 
che se iba acercando á pasos agigantados, y no era convenien- 
te comprometer la segundad y la vida de aquellos valientes. 

El regimiento de la Reina, África y cazadores de Ciudad- 
Rodrigo, se adelantaron para proteger la retirada de los demás 
batallones, y combatieron también con ese valor y esa firmeza 
característicos de los españoles. 

Un número considerable de moros, formando tres líneas su- 
mamente estensas, empezó á efectuar su retirada hacia la par- 
le de Tetuan, perseguido sin cesar por nuestras tropas, y al 
cerrar la noche, habían desaparecido todos. 

Una particularidad se observó en la acción de osle día, y 
es que la mayor parle de los proyectiles que usaron los moros, 
eran huecos lo que prueba que su armamento era europeo, fa- 
cilitado sin duda por esos buenos amigos, á quienes tantas aten- 
ciones debemos y especialmente en las presentes circunstancias. 

El general Uos con sus acertadas disposiciones, durante el 
combale, se hizo acrehedor, á los elogios dd general. ' 

Las tropas, con ese espíritu entusiasta, decidido y animoso 



DE ESPAfÍA. 241 

como siempre, hicieron retroceder á la morisma y los soldados 
que caían heridos, ya que no podían volver al combate anima- 
ban á sus compañeros con sus voces y sus vivas á la Reina y 
á la patria. 



Tantas pérdidas sucesivas tenían completamente desalen- 
tados á los moros. 

Reunido el ejército de Muley-el-Abbas, si bien algunos 
cuerpos de él habían tomado parte en las luchas anteriores el 
grueso de él no se había atrevido á hacerlo y permanecía 
acampado en las llanuras de Tetuan. 

En vano la reputación de los santones trataba de escitar 
el fanatismo de los musulmanes. 

En vano los alcaides y demás jefes procuraban inspirarles 
entusiasmo y ardor. 

Habían sufrido continuas derrotas; habían visto sucumbir 
iníinítos de sus compañeros y á mas de esto, se encontraban 
faltos de víveres, tratados brutalmente por sus mismos gefes, 
y todas estas razones contribuían poderosamente para su com- 
pleta desmoralización. 

Tropas tomadas asueldo, acostumbradas si se quiere á una 
vida de molicie y abandono. Tenían mas necesidades, mas exi- 
gencias que los guerreros de las kabilas y en lo general no te- 
nían el indomable valor y la pujante audacia de estos. 

Sin embargo, puestos ya en lucha y comprendiendo que los 
movimientos de los cristianos indudablemente iban á efectuar- 
se sobre Tetuan, se decidieron á una resistencia terrible. 

Hicieron evacuar la población, á las mujeres, los niños y 
los ancianos, no quedando en ella mas que los hombres aptos 
para defenderse hasta el último trance. 

Ellos contaban con las condiciones de su población cuyas 
calles estrechas v tortuosas y cuvas «asas sin ventanas mas 

31 



242 EL iiONon 

que unas pequeñas abeiluras que parecen aspilleras les tlahan 
una ventaja inmensa sol)re nuestros soldados que necesaria- 
mente habían de pelear á i)echo descubierto, 

Ademas Muley-el-Abbas, habia pensado no enlabiar lucha 
alguna formal con los crislianos y á la aproximación de estos 
refugiarse dentro de la plaza y disputar palmo á palmo el ter- 
reno haciendo de cada casa una fortaleza. 

Pero sin duda el hermano del Xeriff marroquí no habia con- 
tado con los proyectiles de destrucción con que cuenta nues- 
tro egército, proyectiles que sin una grande esposicion de nues- 
tras tropas, pueden reducir á escombros la ciudad , obligán- 
doles mal de su grado á abandonarla y á ser derrotados otra 
vez en medio de las llanuras. 

Cuando este caso llegue, veremos la conducta que obser- 
van los musulmanes, y desde luego podemos asegurar que otra 
nueva victoria ceñirá las frentes de nuestros bravos. 




Excmo. Sr. D. Juan Prim, Conclo de Reus. 



DE ESPAÑA 



245 



CAPITULO XXII 



Acción del dia 30. - Batalla del dia í.° de Enero de 1860— Episociios 
de esta — Tctuan y Tánger— Furiosos temporales que afligieron á nuestros 
soldades —Pasó del monte Nogron— Pequeñas escaramuzas del dia 7 y 10. 




EMos dicho ya y volvemos á repetido, 
que en la guerra de África, casi no se 
ha pasado un dia sin que nuestras ar- 
mas se hayan medido con las musul- 
manas. 

Tras de la acción del dia 29, la del 30 fué una nueva vic- 
toria conseguida por el tercer cuerpo del egército al mando del 
General Ros de Olano. 

De poca duración, también fué poca nuestra pérdida. 
Se observaba que los moros no peleaban ya con tanto em- 
peño, con una audacia tan infinita como al principio, 



244 EL HONOR 

Y nada mas natural: 

Inlerio laskabüasse habían batido, lo habían hecho á la 
desesperada, teniendo en su abono sus breñas, sus hábitos 
montaraces, y su misma ignorancia. 

Pero las tropas regulares, un tanto mas civilizadas, con 
otras costumbres, y sin mas medios para contrarrestar nues- 
tro poder que en superioridad numérica, no era posible /¡Ui 
se presentaran con un valor tan ciego como el de los de las 
tribus vecinas. 

Y no se crea por esto que nosotros queremos decir (jue eran 
cobardes. 

Volvemos á repetir lo mismo que dejamos es[)uesto en nues- 
tros capítulos anteriores, si los moros hubieran contado con 
los medios de defensa que la civilización ha dado á la rao» 
derna Europa, hubiera sido muy difícil, por no decir impo- 
sible, el haber penetrado en su territorio. 

Si á su valor personal hubieran unido otro valor pura- 
mente material, nacido de la posesión de otros medios de ataque 
y defensa, nuestros pasos por el suelo marroquí, hubieran sido 
harto costosos, y ningún resultado habríamos conseguido. 

Demos gracias á Dios, lo mismo que pueden darlas los lian- 
ceses, de que la ignorancia j el fanatismo de los islamitas, no 
haya dejado entrar en su imperio los adelantos del siglo, pues 
esto á ellos les facilitó sus conquistas, y á nosotros nuestra 
marcha triunfal basta ahora por su territorio. 

Los deseos de los soldados españoles iban muy pronto á 
quedar satisfechos. 

Aíjuella ofeisiva tan anhelada, aquel levantar el cam|)a- 
niento esperado con tanto afán, ya estaba resuelto. 

Concluido el camino, la artillería y material de guerra po- 
dían seguir la marcha del egércílo, y nada había que se opu- 
siera por lo tanto, á avanzar contra los marroquíes. 

El 2."* y el 4.'' cuerpo del egércílo racionados por seis días, 
demostraban bien claro que ellos eran los destinados á efec- 
tuar el primer movimiento. 



DE ESPAÍÍA. . 245 

Solo se esperaba que el tiempo mejorase, y verificado esto, 
el dia de Año Nuevo, queriendo solemnizar cumplidamente la 
entrada del año 00, dispuso el general en gefe que el cuerpo 
de reserva y el que manda tan dignamente el general Zabala, 
dirigiesen su marcha sobre los Castillejos. 

Al conde de Reus con su división y dos escuadrones de 
Húsares y dos baterías, se le dio el encargo de lomar posicio- 
nes y facilitar el paso de la artillería rodada, echar un puente 
sobre la embocadura del mar, siguiéndole el cuartel general, 
cerrando la marcha el 2.'' cuerpo del egército. 

Casi al mismo tiempo que estas divisiones se ponían en 
marcha, los moros amagaron un ataque hacia nuestras posi- 
ciones del Serrallo en las que quedaban las divisiones de los 
generales Echagüe y Ros de Olano; mas como estos bastaban 
para defender aquellas, el conde de Lucena, coníiando en el 
esfuerzo y bravura de los soldados encargados para defen- 
derla, y en la pericia y acierto de los Generales que los man- 
daban, no hizo alto en ello y prosiguió su marcha hacia el 
punto que dejamos indicado. 

Por lo demás, la idea de los moros fué sin duda la de lla- 
mar la atención por aquel punto, corriéndose después para car- 
gar á las grandes avanzadas del general Prim. 

Este se dirigió y se po'sesionó de los cerros que por la 
parte de la costa dominan á los Castillejos sin obtener mas 
resistencia que los disparos que desde un cerro inmediato les 
hacían algunos moros, sostenido por grupos mas considera- 
bles, que se apoyaban en la casa del Marabut. 

Entonces algunos batallones del 2. o cuerpo, á las órdenes 
del brigadier Serrano, |ipoyados por una batería de montaña, 
se dirigieron á una posición que ilanqueaba el bosque, en el 
cual se apoyaban los enemigos, mieulras que el conde de Reus, 
recibía la orden de tomar á vi\a fuerza la citada casa del Ma- 
rabut. 

-Verificados eslos dos movimientos con el resultado mas sa- 
tisfactorio, nuestras guerrillas, favorecidas por las tripulacio- 
nes de los buques, ffue á las órdenes del capitán de Fragata 



246 EL HONOR 

(Ion Miguel Lobo , sallando á tierra, se unieron á ellas los gri- 
tos de «Viva la Reina)) «Viva la marina)) y «Viva el egér- 
cilo)) Concluyeron de limpiar el valle de sectarios del Islam. 

Todo se creia ya terminado y el general Prim descansaba, 
si descauso puede llamarse á estar algunos momentos sin com- 
balir, cuando replegándose los moros á unas alturas distantes 
menos de un tiro de fusil de nuestras tropas fueron aumen- 
tándose considerablemente, con refuerzos- que les llegaban por 
la parle de Angheia, obligando á nuestras tropas á tomar una 
aptitud enérgica, haciéndoles que abandonaran aquel sitio desdo 
el cual las estaban hostilizando. 

Tal debió comprenderlo también el General en gefe, cuando 
dispuso que dos batallones del regimiento de Córdoba á las ór- 
denes del brigadier Ángulo, fuesen á proteger los movimien- 
tos y las disposiciones que diera (jl general Prim. 

Los batallones de Vergara, Príncipe, Luchana, Cuenca, y 
los ingenieros y la artillería, ayudada por aquellos dos, car- 
gan. lo con una impetuosidad superior á cuanto se pueda decir, 
los desalojaron de aquellas posiciones. 

Entre tanto, en la parte del valle, los bravos escuadro- 
nes de Húsares se cubrían de una gloria inmarcesible, cuyo 
florón mas brillante fué la presa que el cabo Pedro Mur hizo 
de un estandarte de las tropas marroquíes. 

Lanzándose con impetuosidad sobre las apiñadas filas de 
los infieles, atropellando cuanto á su paso se oponía, salva- 
ron la baila que aquellos les presentaban y penetraron en su 
campamento. 

Muchos valientes, en este glorioso hecho de armas se en- 
contraron con la muer le; pero ¿qué les^importaba á ellos, si 
dejaban bien puesto el honor de su patria? 

Repuestos los moros de la sorpresa que les causó la auda- 
cia de nuestros gineles, empezaron á rehacerse, y tuvieron que 
retirarse después de haberles dado las cargas mas brillanles, 
que se pueden dar, trayéndose como trofeo la enseña musul- 
mana. 

Entretanto las posiciones ganadas por los soldados al man- 



DE espaNa. 247 

do del conde de Reiis permanecían en nuestro poder habiendo 
este dado la orden á los soldados del regimiento de Córdoba 
que dejaran las mochilas para estar mas desahogados. 

Debemos de notar aquí el gran golpe de vista característico 
al conde de Lucena, que habiendo sido advertido por el gene- 
ral Prim de que era fácil apoderarse de todo el campo enemi- 
go, se trasladó inmediatamente al sitio donde estaba el conde 
de Reus y abarcando de una ojeada toda la situación com- 
prendió que era imposible; pues establecido el campamento en 
el fondo de un valle, desde los cerros inmediatos, hablan de 
ser diezmados los que quisieran apoderarse de él. 

Esa sagacidod; ese buen golpe de vista repetimos; esa sere- 
nidad en los combates y esa dirección son dotes que no cesa - 
remos de alabar en el conde de Lucena. 



II 



Rehechos los moros y considerablemente reforzados, dando 
alaridos de una espresion estraña, y agitando furiosamente sus 
armas se lanzaron con impetuosidad sobre los soldados que 
custodiaban las posiciones regadas con su sangre y que sor- 
prendidos por aquel empuje irresistible retrocedieron en com- 
pleto desorden. 

¡Terrible fué aquel momento! 

Por la primera vez, los soldados españoles, no retroce- 
dían, porque estos jamás vuelven la espalda al enemigo, pero 
si perdían el terreno que con tantos afanes habían ganado. 

En su confuso desorden, llegaron hasta donde eslaban las 
mochilas que habian dejado momentos antes y perdiendo el 
terreno palmo á palmo, era lo mas probable por no decir lo 
mas cierto, que cayeran aquellas en poder del enemigo, pues 
era imposible que pudieran detenerse á recogerlas. 

Todo esto fué tan rápido que el general Prim no pudo evi- 
tarlo y en aquel instante supremo al comprender las fatales 



248 EL HONOR 

consecuencias que podría tener el dejar á los enemigos dueños 
de aquellas posiciones y al mismo tiempo lo desiio^iroso que íx 
él le seria tenerlas que abandonar, agarrando la bandera del 
regimiento de Córdoba se dirigió á sus soldados y con esa elo- 
cuencia arrebatadora y sencilla al par, que comprende el sol- 
dado porfcclamcnle íes dijo? 

— Soldados: vuestra honra está en vuestras mochilas, si las 
dejais en poder del enemigo ¿cómo os presentareis á vuestros 
compañeros; adelante, hijos mios; salvad vuestras mochilas y 
¡Viva la Reina. 

Y contestado aquel viva con un entusiasmo indecible los 
soldados del Príncipe, de Vergara y de Córdoba se confunden 
con la morisma sin que en el estado en que se encontraban pu • 
dieran hacer uso de las armas de fuego. 

Bayonetas y espingardas, sables y yataganes, yacían con- 
fundidos en aquel inmenso mar de blancura esmaltado á tre- 
chos por algunas manchas parduscas formadas por los ponchos 
de nuestros soldados. 

J)e vez en cuando se exalaba del medio de aqu'illa algara- 
bía de imprecaciones juramentos y gemidos un sonoro aviva la 
Reina)) que era ahogado inmediatamente por aquellas mil vo- 
ces que en todos los tonos posibles y en todas las formas ima- 
ginables gritaban «Allah» Allah)) «Allah» y que para desaho- 
gar su rabia, llamaban perros á los cristianos. 

Esos combates parciales; esas luchas cuerpo á cuerpo, en 
quo el arma incapaz de espresar ó de desahogar la rabia de 
arabos combatientes, es arrojada al suelo mientras que aque- 
llos entre lanzándose quieren tragarse cada uno el aliento 
del contrario, y cuando rendidos, jadeantes, medio sofocados 
casi caen al suelo, tienden la trémula mano para recoger 
aquella misma arma que tiraron antes y darse reciprocamente 
el último golpe de gracia. 

Tal era el cuadro general que presentaba en aquellos ins- 
tantes el campo de batalla: brazos nervudo^ y musculosos 
que oprimían cinturas no menos fuertes; ojos que espresaban 
un odio iaderinible; labios que se contraían de cólera y de furor 






V.M 






t 




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DE ESPAÑA. 249 

narices que aspiraban con un ansia infinita el olor de la pólvora 
y de la sangre. 

Y en medio de aquel cuadro de tan horrorosa carnicería se 
destacaba una de las figuras mas colosales déla guerra de Áfri- 
ca; el conde deReus que tremolando la regia insignia de San Fer- 
nando, atravesado su uniforme de balazos, adelantando terreno 
siempre y animando á sus tropas, luchando contra cien contra- 
rios, tenia algo de fantástico, y mucho de los héroes de la edad 
media, cuyas hazañas hemos creido hasta cierto punto fabulosas. 

Por fin, una parte de la división del general Zabala que lle- 
gó muy oportunamente á ausiliar á Prim, decidieron la reti- 
rada de los moros á la que también contribuyó el general en 
gefe, que viendo el compromiso en que aquel se hallaba, se puso 
á la cabeza de los cazadores de la Princesa, y seguido del ge- 
neral D. Enrique O' Donell con los de iNavarra y Cbiclana, car- 
garon también sobre el enemigo que huyó á refugiarse entre los 
bosques y breñales, y que guarecidos en ellos, no cesaron de mo- 
lestar á nuestros bravos, hasta que al cerrar la noche, siguiendo 
su costumbre, suspendieron sus hostilidades. 

La bandera del regimiento de Córdoba volvió á ondear en 
aquellas posiciones tres veces tomadas, y el laurel de la victo- 
ria ornó una vez mas las sienes de los españoles. 

La batalla del dia primero auguraba una serie de triunfos 
mas grandes, mas inmarcesibles, mas imperecederos que los 
conseguidos en el año anterior. 

Luchando contra fuerzas superiores; de tanta duración el 
combate, y en un terreno completamente desconocido, ni -el ar- 
dor ni la audacia, ni la valentía de nuestros soldados decayó en 
lo mas mínimo en tan gloriosa jornada. 

La primera batalla formal que se habia dado en el suelo 
marroquí, fué coronada con el éxito mas lisongero. 

Las tres armas lucharon reunidas y las buenas combina- 
ciones que sus gefesles dieron,contribuyeron £^) buen resultado. 
En 700 bajas se graduáronlas que el egército tuvo y aquellos 
valientes hallarían en premio de sus proezas, esa gloria que Dios 

32 



(250 '^ HONOH'I 

¿^urda paia t\ bravo soldado (¡uc miuíre defendiendo su rcli|o*i 
y su patria. 

Of El número de inlieleb que quedo en ol campo y el rtucbo , 
mayor que retiraron, demostraron bien claro que conforme ca<Va 
español liabia tenido un número triplicado con quien pelear, -^i 
e^a misma proporción les habían causado las bajas, *-^ 

-Xi . Itebos de prisa, y corriendo, por los ingenieros al^iv^s 
[atrincheramientos, la división del conde de Reus pasó la nodk^. 
al abrigo de ellos en aquel sitio que habían disputado palmo ú 
palmo. 

El segundo cuerpo del egército se volvió á su campó y al 
amanecer del inmediato día, los musulmanes habían levantado 
el .suyo. =00 la ^? 

La acción del valle de los Castillejos, bajo cualquier pmdo 
de vista que se la mirase, era altamente beneficiosa para 
nosotros. 09 i*^ ' ^^^V ^^^ 

Gomo muestra de poder y de valor, grande y muy grande 
la habían recibido los infieles. 

Como ventajas sanitarias para nuestro egército las tenia in- 
mensas; pues la variación de sitios había de inílipir benigna- 
mente en la salud de nuestras tropas. -.- o 1 ^ . -: • 
Y atendiendo al sistema de pelear üe ios moros, percUáH 
muchísimas de sus ventajas; pues saliendo de las asperezas v 
quebraduras en ([ue hasta entonces se había combatido, se te 
quitaba muchas de las ventajas que anleriormenle habían fa- 
vorecido sus ataques. 

'En íesúmcn; la acción del día 1.° habí^ de tener consecii^'U - 
cías de raücliá trascendencia para nuestros futuros adelantos cu 
él suelo marroquí. . ..j 

Mandadas las tropas marroquíes por el hernoano del Enip',^- 
rador Mulev-él-Abbaí?' demostró bien claró que iiíTsuS conocí- 
míentos militares, ni sus sistemas de batapa, erara capaces (fe 
contrarestar el esfuerzo de nuestros soUMos y i'a 'jjerRIa de 
nuestros generales, ' 



^n^/ 



I)Éí#aIía¿^ IBi 



III. 



-•^íuesto eii marcha nuestro campo en la mañana dddia 6 con- ' 
tra lo que se podia esperar, se atravesaron las faldas del monte 
Negron. 

Mlndudablemenle el paso mas difícil de toda la campana ha 
sido este; pues las asperezas del terreno, asperezas que con 
gran ventaja podían proteger los fuegos del enemigo, é impedir 
elpá^ode nuestras tropas, habían preocupado á nuestros va-»-^ 
lientes y todos esperaban haber encontrado mas resistencia. ' 

) Pero por fortuna no se realizaron las fundadas esperanzas de' 
una acción en tan difícil y peligroso paso, y el campamento fué 
á situarse á las márgenes del rio Zamir seguido del campamento 
africano que fué á establecerse á nuestra derecha á una legua y ^ 
media de distancia. ,..4,,^-:^ 

.• • El Dios de los mares que hasta entonces habla permitido que 
nuestra escuadra favoreciese nuestros movimientos y condujesen 
las provisiones para el egércilo, tuvo por conveniente negarnos 
su^ apoyo, y en la mañana del dia 7 un Levante furioso hizo 
ak3jarse los buques de aquellas costas y acreciendo su furia la 
tempestad, se embravecieron las cías, y la situación de nues- 
tras tropas se hizo bastante crítica. 

Sin poder abandonar las posiciones que ocupaban; cortadas 
lag comunicaciones por mar; faltos de víveres; en un país ene- 
migo y castigados completamente por la inclemencia del liempo, 
hubieran desmayado nuestros bravos si el sentimiento patrio que 
los dominaba, no los hubiera hecho sobreponerse á loda^ aquer- 
lias penalidades. • ,.^, ... _ 

:.' Continuando el temporal y sin esperanza alguna úo socorro 
lüor J^ parle del mar, el general en gefe no quigo prolongar por 
mas tiempo la situación angustiosa dosur^ tropas; dispuso que el 



262 Ri^HorcaR 

día lOel general Priru con algunos batallones se dirigiese á Ceuta 
por tierra con el obgoto de traerse un fuerte convoy de víveres. 

Pero felizmente al mediar aquel dia, empezó á menguar su 
furia el mar, permitiendo la siltía de Ceuta á algunos buques 
que condugcron provisiones al campamento y que hicieron ya 
innecesaria la marcha del conde de Reug á Ceuta. 

Ya empezaban nuestros soldados á saborear los frescos co- 
mestibles cuando á los moros se les ocurrió presentarse en ac- 
ción. 

Tanto á esta como á la del dia 6 les hemos dado el nom- 
bre de escaramuzas, porque después de la acción del dia 1.® 
esto nos ha parecido insignificante. 

Desde las dos de la tarde hasta el anochecer duró el com- 
bate, y aunque no del todo mal dirigidos los moros, y apísar 
de sus estensas y bien combinadas líneas de ataque, los certeros 
disparos de nuestra artillería, unidos á las brillantes cargas da- 
das por la segunda división del segundo cuerpo que fué el que 
únicamente entró en fuego, hicieron volver las espaldas á los mo- 
ros y abandonarnos uiía vez mas, el terreno que nos queriaa 
disputar. ^ 

No podemos menos de elogiar en esta acción el brillante 
comportamiento de una compañía del regimiento de Saboya, que 
con su capitán al frente á los vivas entusiastas de su reina y de 
su patria, se lanzó á la bayoneta sobi-e fuerzas considerables, 
arrastrando ante si en su furioso empuje, á los sectarios del Is- 
lam que se habian quedado asombrados de tanta audacia. 

Nada podemos añadir á lo que llevamos dicho respecto á 
nuestros soldados. ..'■?:'-' 

Si egército sufrido, valiente y resignado hay en el mundo, 
es indudablemente el egército español. 

Es menester verlo luchando contra los hombres y contra la 

naturaleza, y sin embargo sin decaer un momento su ánimo y 

sin que flaquee un instante su valor. 

af (Nada podemos tampoco decir del conde de Lucena; cuantas 

cualidades constiluvea uü buen miUlí^rj las reúno el generai 



DE E8PAÍÍÁ. > 28á 

MultMicándose en toáas partes;^ siempre en los sitios de mas 
peligro, chiparte las fatigas con él' soldado y reasume en silos 
cuidados, las atenciones y la grave responsabilidad del general 
en gefe. 



Fijos los ojos de toda la nación sobre Tetuan, llave ó cen- 
tro por decirlo asídenuestrasoperacíones en África noquerernüs 
privar á nuestros lectores de la descripción tanto de este puntó^^" 
como de Tánger, según los datos qué 'al efecto hemos recogido,"^' 
datos confirmados por peí^o'nas que han residido en estas pobla-'^' 
cioneí^ y que creemos'serán leidos con giísto en las actuales 
circunstancias. 

A mas de ocho leguas de Ceuta en la pendíentede dos colínas 
y separando la costa del Riff del pais de Harb se encuentra Te- 
tuan ó r<?^¿?t'e/í cómo la llaman los naturales, ó Tefeguin como 
la denominan los amazirgas. 

Sobre una de las colínas doniinando la ciudad y como pro- 
tegiéndola se alza uno de esos castillos de construcción arábiga 
antigua de robustas torres cuadradas y de altas almenas. 

Esta es la residencia del bajá ó gobernador. 

Medianamente artillado es el único sitio que puede ofrecer 
alguna resistencia. ^-^^1 ^s-xr.ín'!^-) ^'mk.^^K^^ 

La ciudad está encerrada en un circulo de murallas que 
si bien de alguna altura son de poco espesor y de trecho en 
trecho las defienden algunas torres artilladas. 

Besando los pies de Teíuan se estiende una vega deliciosa'^ 
esmaltada de trecho en trecho por lindas casas' de campo que 
se destacan del verde del valle ¿orno las blancas gabiotas del 
verde oscuro del mar. 

ios naranjos, los limoneros, losjazmines, las rosas, las ma- 
dreselvas y el thym de Egipto llevan sus perfumados olores al 
interior de la poblacioa donde !^s hermosas Tetuanesas, rowelle* 



"^ ti HOKOK 

mente reclinadas sobre Ioí coglnes de damasco, aspiran Tolnp- 
tuosamento estos aromas eu las caladas babitaciones del harem 
entre el susurro de los saltadores de agua v al arrullo de los 
ruiseñores encerrados en las jaulas de oro.' 

Desagradable, como lo son en general todas las ciudades 
del ^logreb, su interior con sus calles estrechas y sucias, sus 
casas mal construidas, con los arcos que corren de una acera á 
otra, ofrece un aspecto triste y basta repugnante. 

Su población se hace subir ¡x 60,000 almas entre moros iu- 
uios y negros. . 

Rica por el gran comercio que de pieles, cueros, cera, ce- 
bada y lanas, sostiene con la mayor parte de las potencias del, 
Wedjo-dia hay grandes capitales encerrados en lo mas profundo 
de las arcas de algunos judios y de muchos moros. 

El Milah ó barrio de los judios está como en casi lodo el im- 
perio separado de la población y rodeado de una alta cerca, llene 
sus puertas que cierran de noche para evilar todo trato con los 
muéulmanes. ' 

* ■ ■ 

El rio ^Jartil que desemboca en el mar es por donde hacen 
su comercio; en la embocadura de él tienen algunos estableci- 
mientos comerciales y este mismo puerto eslá defendido por el 
castillo y baterías que los fuegos de nuestra escuadra destruye- 
ron el 29 de Diciembre. 

A tres millas de es?^ punto se alza la población la que se 
encuentra dominada por algunos cerros que ofrecen muv buenas 
condiciones estratéjicas para cuando nuestras tropas líe/?uen a 
este sitio. 

Muchas de las calles se encuentran del todo cubiertas como 
sucede en Tánger y en otras ciudades marroquíes siendo tan 
escasa la luz que penetra en estas galerías, que á veces no se 
perciben los objetos que hay en las tiendecillas de que á manera 
de nicho^,,se^encuentran esmaltados los costados de la calle. 



ÍSED10Í0 V... - 



I 



IJE ESPAÍVÁ. 255 



^ 



Con corta diferencia Tánger se parece muchisimo á Tetuan; 
del mismo modo que generalmente se parecen entre si todas las 
poblaciones del imperio. 

Rodeada de robustas y bien artilladas murallas, es induda- 
blemente el puerto mejor defendido de los marroquies, defensa 
que se ha aumentado considerablemente después de la salida de 
dicho punto del Sr. Blanco del Valle. 

Dos estensas baterías denominadas Tojana y la Marina la 
defienden por la parte del mar, y piezas de grueso calibré es- 
maltan á trechos toda su estensa línea de íortiíicacion. 

Altos minaretes en los que rara vez se vé ya el buen gusto 
de la arquitectura árabe, denotan las mezquitas, cuya entrada, 
vedaba á los cristianos, solo está permitida á los musulma- 
nes cuando el 3Iolak colocándose en una de las venlanas de 
la torre, llama á los buenos creyentes á la oración. 

En la playa se alza un miserable edificio al que pomposa- 
mente denominan con el nombre de arsenal y una especie de 
aduana y capitanía del puerto, edificios los tres que mas bien 
parecen miserables casucas de cualquiera de nuestras aldeas, ' 
que edificios públicos del gobierno de S. M. Xeriíiana. 

Los siguientes detalles sobre el interior de Tánger, darán á 
iiuesti^üs lectores uaa idea de esta población, donde se han reu^ . 
nidq lodos ios cónsules de las potencias europeas, y que por 
esia misma razón dcbia ser el emporio, por decirlo abí, de la 
.cultura y civilización marroquí. 

((La alcatccrut, calle en que se halla la casa del cónsul q^- 
paíiol, es la mejor y puede decirse la única, porque las demás 
son callejones suni<iimente estrechos, tortuosos y desaseados. 
En dicha calle se halUm las tiendas, que mas bien pueden lia- 



256 EL HONOR 

marse alacenas, á una vara del piso y en que difícilmente pue- 
den trabajar dos hombres: allí aparecen los mercaderes como 
embutidos en sus mercancías, que consisten en los efectos del 
pais, y en algunos géneros de algodón y pailos ingleses. En 
iguales tiendas trabajan los artesanos de babuchas, talabarte- 
ros, herreros, etc. 

«Se sale después por otras puertas no menos mezquinas al 
Sa:o 6 mercado, que propiamente hablando no es mas que una 
«ra, sin arreglo alguno, junto á las viejas murallas ruinosas 
ya en muchas partes.)) 

_,;■ «No hay en las casas balcones ni ventanas y si solo estre- 
chas aspilleras, que apenas permiten ver desde dentro, sin ser 
vistos desde fuera, de modo que parece comunicarse siempre 
por entre altas cercas ó tapias de -conventos de monjas.» 

«La Alcazaba, castillo á donde se sube desde el pueblo, á 
pesar de su altura no proporcionada, descubre á la simple vista 
una gran estensioa de terreno. Dicho castillo se compone de 
aquellos salones angostos y prolongados, de aquel laberinto 
de piezas poco ventiladas, de aquellos zaquizamis, torreones, y 
domas que notamos en los castillos, que nos dejaron los moros, y 
que muchos pueblos de España conservan aun en mejor estado 
quizás, que. el en que se halla la Alcazaba de Tánger. 

«A corto trecho de esta divísase un pequeño edificio circu- 
lar cubierto con una cúpula y unido á otro cuadrado. Todo 
muy blanco, viéndose allí flamear constantemente una bandera 
también blanca: otros edificios aunque mas mezquinos, y á ve- 
ces simples paredones, teniendo por hastil una caña y por ban- 
dera un trapo, se descubren diseminados sin orden hacia todas 
direcciones en la campaña. Todos estos edificios son sepulcros 
de Santones, que son para los moros objeto de grande venera- 
ción y respeto.» 

«Mas cerca del pueblo se halla un edificio que sirvo de al- 
macén de pólvora, con la cual parece que tienen muy pocas pre- 
cauciones, pues un moro viejo constituye toda su guardia.» 

«La casa del cónsul español pertenece al patrimonio real 
de España, y se cree ser la única do los consulares que no per- 



DÉ KSPAÑxV. 25 7 

tenece al gobierno marroquí. Al lado está una pequeña casa 
hospicio, que era de religiosos franciscanos, en cuya capillita, 
bastante aseada, tienen tribuna España y Portugal.» 

((El aspecto interior de tristeza que presenta Tánger, y el 
profundo silencio que reina en sus calles y plazas, afectan vi~ 
vísimamente al viajero acostumbrado á otra sociedad y á otras 
ciudades.» 

Concluiremos la descripción de Tánger copiando algunas da 
las palabras que respecto á esta población dice el señor Ro- 
tondo en la historia de África, y con cuya ultima idea estamos 
muy conformes en un todo. 

«Colocada Tánger en el punto mas angosto del Estrecho, 
llegó á ser el albergue mas temido de corsarios marroquíes, que 
desde allí apresaban cuantos buques pequeños atravesaban am- 
bos mares. Pero desde 1817 Tánger es un puerto de poca im- 
portancia: los escombros del muelle y parapetos que los ingleses 
hicieron volar antes de abandonarla en 1764, han abarran- 
cado su rada de tal suerte, que los navios de gran porte no pue- 
den anclar sino hacia la punta del Este.» La importancia de 
Tánger consiste en su porvenir y acaso la presente cuestión 
entre España y Marruecos la imprima un nuevo giro y toda 
la valia de que disfrutó en tiempos antiguos, porque su posi- 
ción la convida á gozar de igual prepotencia que Ceuta, 



33 



258 



EL IlONOn 



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-Oji 'lOíít) 






Nuevos pcríonaíJjes. — Rocordamos al lector í.lguiios Je sus niiliguos rotio- 

pjdos. — ^0 empieza el camino para Tíín^'ex. — Prisiqíieros moros. — Ac- 

"'CÍones del I2.y i4.^ — Se toman los fuertes de la ria de Teluan. — El ejer- 

■•flito se establece y se i'ortiüf.a fronte á la píaza. — Kl Astado. sanitítflo» 

.mejora considorablcmciite.— Combate del dia 23.. .' V:-;-t': ;v* 



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•igIov .d 

Anri n? óbfjo 

í; íwI) 



oNGLUiDo el paso cIl4 MoiUe Negroii, sin 
las diílcuUades que por parte de los mo- 
ros se esperaban, el campamento se es- 
tableció en las riberas del rio Zam-mir, 
'tanto para reponerse de las fatigas pasa- 
das, cuanto para racionarse y municionarse para seguir adelante. 

Antonio era un joven casi un niño que con infinitos trabajos 
habia sido educado por su pobre madre, viuda de un anciano y 
honrado militar de la guerra de la independencia, y que eos- 



D15 ESPAÑA. 259^ 

íeada SU mansión en el colegio militar de Toledo por S. M. h 
Reina, habia pasado de subteniente al regimiento de Gordo v a:' ^'*^ 

Era la iinica esperanza, el solo sosten de su madre y dé sü^ 
hermana, que atenidas á la corta viudedad de la primera, no 
tenián casi para cubrir sus primeras necesidades. 

Digno hijo de lín padre pundonoroso y valiente, habia re-" 
cibido la orden de niarciiar á África, con esa alegría de lodo 
buen español que va á pelear por su patria y por su religión, ' 
y con la esperanza secreta de ascender, para socorrer ^doble- 
mente á su familia. 

Educado en la desgracia, aquella alma ardiente, se habla 
obligado á plegarse en sí misma por el rudo combate de los do- 
lores, y de su precaria situación. '^*^^l 
'^'Apenas tuvo la facultad de pensar, tuvo también la necest^^ 
dad seritii*i '-^ ''' ^''''* ^n'ioújíqMin;) ¿iif; ^«b 'jííi íH jfí 'nqüi^i-' 

Niño aun, el pesar le hizo hombre, y sin olvidar jamás su 
situación, trabajó ardientemente por adelantar en su carrera y 
ofrecer á su pobre madre un pasar mas sosegado y mas ti'aiHil 
quilo en sus últimos días. 

En el cuarto principal vivia un opulento banquero duoñojn 
de toda la casa así como de otras muchas. 
^ B. Pedro de Céspedes, tenia una hija única. 
' ' El banquero era la personificación exacta de la materia ape-" 
g¿ida á los intereses, y despreciadora implacable de los goces 
purísimos del alma. 

Angela, que así se llamaba su hija, era un ángel. 
Aborrecía los intereses porque no siempre veia en éllokik'^ 
íelicidad. -'n^::^ ^--: í-o ^ ^ 

Para el padre era un crimen el ser pobre; no comprendía 
como en el mamdo hubiera personas tan estúpidas, que carecie- * 
ran de riquezas. aoink vi) iman'^d i.. 

'Para la hija el ser pobre con honra, era una doble virtud". '^ 
El banquero cerraba siempre sus puertas al pobre queá ellas ' 

se 'acercaba. > 

Angela en cambio siempre tendía su mano bienhechora á la 

miseria y á la desgracia. 



p 



260 EL HONOR 

La familia de Antonio hacia muchos anos que vivía en la 
casa, y al par que esta habia crecido, la hija del banquero ha- 
bía seguido todos los pasos de la infancia y de la adolescencia. 

La hermana del subteniente tenia dos afios mas que este, y 
como el único patrimonio do los pobres está en su trabajo, Luisa,, 
desde muy niña, se habia dedicado con afán á aprender una 
infinidad de labores propias de su sexo, y mas larde con su ha- 
bilidad aumentaba los recursos, con que contaban para su sub- 
sistencia. 

Muchas veces se habían encontrado en la escalera los niños; 
Angela que venia del parterre en una carretela herméticamente 
cerrada y cubierta de pieles, y Antonio con el rostro amoratado 
por el frío y mal envuelto con una chaquetilla, hija de una an- 
tigua levita de su padre que tornaba de la escuela pía, donde 
siempre al frente de sus compañeros era el mas adelantado en 
todas las clases. 

Antonio contemplaba con tristeza pero sin envidia el sun- 
tuoso tren de la niña del cuarto principal. 

Con tristeza decimos porque entonces comparaba con aque- 
lla su situación precaria, y sufría por su madre y por su her- 
mana. 

Angela miraba con interés á Antonio y se compadecía de 

aquellas manecítas agrietadas por el frío y de aquel rostro en el 
que se veían apesar de la niñez, estampadas las huellas del dolor. 

Antonio la saludaba con respeto pero sin encogimiento. 

Angela pagaba aquel saludo con una sonrisa dulce y con 
palabras mas dulces todavía. 

Y asi pasaron los años. 

Y aquella simpatía, d acida en el corazón de los niños, creció 
con la edad. 

La hermana de Antonio era modista; es decir, la modista 
que vestía á todas las elegantes de la alta sociedad madrileña, 
daba generalmente los trages á Luisa para que los cosiera. 

Angela, «i de niña era preciosa, al desarrollarse su natura- 
lc2ía, al atravesar d pórtico de la juventud, se habia hecho su- 
blimemente cutantudora. 



Dft ESPAÑA. 261 

Antonio habiqi ingresado en el colegio de cadetes; pero aquel 
recuerdo del niño, aquella simpatía nacida en los primeros años, 
como antes hemos dicho no se había borrado de su corazón y su 
pensamiento recordaba mas de una vez al futuro militar. 

Una doncella de Angela le habló de la habilidad de Luisa y 
la hija aprovechó aquella ocasión para entrar en relaciones con 
aquella familia, que aunque jamas la habia tratado, la habla 
apreciado siempre. 

Luisa y Angela se vieron: 

Luisa era la personificación exacta del dolor triste y resig- 
nado. 

Angela era la copia det Ángel enviado por Dios á i a 
tierra para derramar siempre una palabra de consuelo en el 
oido de los que sufren que cual gota de un bálsamo suave por 
conductos misteriosos, va á refrescar los labios ardientes de las 
heridas del alma. 

Después de esto creemos escusado decir que aquellas dos 
almas se comprendieron; que la simpatía hacia el hermano, se 
convirtió en cariño por la hermana, y que mas que modista y 
señora, fueron dos amigas. 

Todos los momentos que la hija de Céspedes podia robar á 
los teatros, á las soirées y á las diversiones á que la posición 
de su padre la obligaba á asistir, los consagraba á la familia 
del sotabanco. 

x\ll[ tuvo ocasión de tratar mas de cerca á Antonio cuando 
las vacaciones le permitían venir á pasar algunos dias con su 
madre. 

Ya hemos dicho que el hijo de la viuda habia sido hombre 
antes de tiempo y hombre educado en la desgracia; es decir do- 
tado de ese tacto esquisilo de esa segunda vista si se nos per- 
mite esplicarnos así, para comprender todo lo de noble y bueno 
que se agita en medio de esa sociedad en que el cieno está em- 
pañando constantemente la pureza del armiño. 

Alma entusiasta, circunscrita á un círculo demasiado mez- 
quino, amargada siempre por losdólofcs, necesitaba alguna es- 



262 EL HONOR 

pansion, liabia un v;ioio en olla (jikí nu llenaba las afeccion^'s de 
la familia. 

Al principio veia á Angela (juc le liablaba sin encogimienlo, 
y no se sentía corlado al lado de ella. 

Después se turbaba si la veia, se sonrojaba al dlri^^irla la pa- 
labra, y su labio no acertaba á pronunciar las mismas frases 
(pie pronunciaba en otros tiempos. 

Quería liuir de ella, y una fuerza misteriosa no le dejaba 
hacerlo. 

Por ññ. al cabo de muchas luchas después de interrogar re- 
petidas veces á su corazón, comprendió que estaba enamorado. 

¡Enamorado él! Y nada menos que de la hija de uno de 
los mas opulentos capitalistas de la corte; es decir, enamorado 
de un sucilo que nunca se hal)ía de realizar. 

Y entre tanto Angela, que privada también de su madre, no 
había podido esplayar su alma en el seno cariñoso de la qtio 
le había dado el ser; 

Angela que casi olvidada por su padre á quien los cuidados 
de sus especulaciones preocupaban, mas que su hija so veia en- 
tregada a manos mercenarias en las que casi nunca encontraba 
cariño, había pasado por lodos esos trámites que empiezan por 
la simpatía y concluyen por el amor, y amaba con (oda la ve- 
hemencia de su corazón al pobre y oscuro habitante del so- 
tabanco. 

Dos elementos de una misma fuerza puestos casi siemjjic en 
contacto, tienen necesariamenle que chocar. 

Angela y Antonio tuvieron una ocasión sin (pie ellos la bus- 
caran, y sin provocar una esplícacion, aquellas almas incapaces 
de contener mas tiempo el amor que sentían, lo hicieron subir 
hasta los labios, y nuestros jóvenes cambiaron sus primeras 
j)roteslas de amor. 



DE ESPAISA. 



26: 



A ac^uella mullía rovolacion se siguiovon muchos días de 
placer. 

Pero como el cielo de la íolicidad permanece muy poco tiempo 
sereno, el padre de Angela se llegó á enterar de aquellos amore^, 
y después de hacérselo comprender á su hija demasiado brus- 
camente, despidió de la casa á los modestos inquilinos, no de- 
jando muy bien parado al pobre Antonio con espresiones que 
este no le hubiera consentido á no haber sido el padre de la 
muger que amaba. 

Desde aquí ya empezaron los disgustos para nuestros pobres 
amantes. 

,;.J)eplarada ya la guerra entre los moros, el regimiento de 
Antonio recibió la orden de marchar al suelo marroquí. 

Muchas lágrimas; muchas palabras de amor y muchas pro- 
testas de cariño se trocaron entre los jóvenes, que apesar de la 
vigilancia qiie sobre su hija egercia el banquero, pudieron verso 
momentos antes de partir aquel. 

Antonio marchó con su regimiento, y en los primeros com- 
batea, como justo premio de su heroico proceder, le dieron el 
grado inmediato. 

... Pero debiendo pagar un tributo á a({aella patria por quien 
luchaba, regó con su sangre el suelo africano y estaba herido en 
Ceuta. 

,, , Su herida no era de cuidado pero ¿quien detiene á una ma- 
dre al saber que su hijo está herido? 

Inmediatamente que lo supo la madre y la hija, se pusie- 
ron en camino y llegaron á Ceuta donde tenían algunos parlen- 



264 EL HONOR 

les, en casa de uno de los cuales estaba el teniente herido. 

Puestos á la cabecera de su lecho los solícitos cuidados de 
las dos, consiguieron adelantar su curación. 

La primera palabra de Antonio fué pre¿,^untar por Angela, 
pero ¡ay ! que desde que el padre descubriera aquellos amores, 
habia prohibido a la pobre niña que lucra en casa de su mo- 
dista y nada babia sabido en mucho tiempo. 

Para esta herida del alma mas difícil de curar que la del 
cuerpo, no tenían las mugeres mas que palabras, que por muy 
cariñosas, muy dulces, por muy consoladoras que sean, no son 
mas que palabras que no bastan á llenar el vacio que hay en el 
corazón. 



IIX 



Justo es que hablemos algo también de nuestros antiguos 
amigos Miguel y Andrés. 

Con la marcha de las tres divisiones del egército sobre Te- 
tuan, el cuerpo que mandaba el general Echagüe, ya completa- 
mente restablecido, quedó guarneciendo nuestras posiciones del 
Serrallo. 

Miguel ya mejorado del todo, pasó á incorporarse á su ba- 
tallón, y á desempeñar las funciones, que como cabo, le esta- 
ban conferidas. 

Andrés casi siempre á su lado, trataba en lo que era posible 
de disipar la amarga melancolía de su primo, cuya causa no le 
era desconocida, pero que sobreponiéndose á los celos que seme- 
jante amor pudieran causarle, no procuraba mas que distraerle 
y hacerle olvidar si era posible la causa que motivaba su tris- 
teza. 

Miguel hacia iodos los esfuerzos imaginables, para olvidar 
aquel amor de que se reprochaba como de un crimen. 

Pero todo era en vano: 

Afanábase todo lo posible por llenar cumplidamente sus do^- 



DE KSPArÑA. 265 

heres, y hnsla hacia mas do, lo ([ue era su cometido, con ob- 
jeto de ver si en medio de aquellas faenas podia olvidará María. 
Mas cuando se ama con la fuerza, con el cariño tan inmenso 
con que él amaba, es muy difícil olvidar al objeto querido, y 
cuanto mas por no recordarla hacia, mas presente la tenia. 

Y de aquí, íiquella eterna melancolía, acjuella tristeza pro- 
funda que estrañaba á sus compañeros^ y que llegó á llamar la 
alencion de sus gefes. 

Y de este modo apenados y doloridos, pasaba sus dias sin 
que en la vida de movimiento y a^'itacion que llevaba, encon- 
trase placer alguno, y anhelando siempre entrar en lucha con los 
infieles, por si en ella podia perder una vida que le era tan in- 
soportable. 

Andrés sufría viéndole así, y uno por otro ambos primos no 
disfrutaban, puede decirse, momento alguno de felicidad. 

También en el mismo campamento otro de nuestros amigos, 
pasaba dias no muy agradables. 

Luis, el amigo de Alberto, disgustado con la muerte de est(», 
pues él así lo creía, no dejaba asomar la sonrisa á sus labios, y 
contra la costumbre general se habia vuelto silencioso y re- 
servado. 

También el po])re Juan, aquel asistente que también recor- 
darán nuestros lectores, padecía. 

El mal humor de su amo recaía especialmente sobre él. 

De modo que la mayor parte de nuestros personages, es- 
taban violentos por decirlo así, y formaban ese cuadro que el 
mundo ofrece en general, cuadro, en *el que mas abundan los 
tristes que los alegres. 



Algunas ligeras escaramuzas no habían producido mas re- 
sultado que muy escasos heridos de nuestras avanzadas que eran 
las que únicamente cruzaban sus fuegos con Ioü del enemigo. 

34 



206 Fl. HONOR 

Siiv onil)ar£»:o el tlia 12 ya Ioiikí un carador mas íbnnal, y 
sobre el mismo terreno en ((uo se combaliíiel (lia 10, se presen- 
laron, no en gran mimero, pero si con ademan baslanle hóslil. 

Inmedialamente mandó el conde do Reus, coniandanle en 
ijele á la sazón del 2." cuei'po del egércilo, (jue dos batallones 
(le cazadores ocuparan algunos cerros próximos á las trinchó- 
las, y que el reslo de la división estuviera dispuesio para re- 
sistir al enemigo. 

Apenas luvo noticia el general en jefe de osle movlmienlo 
se traslade) al punto amenazado y mandando establecer una ba- 
lería cuyos acertados disparos hiciei'on caer á inünilos de los 
sectarios deMahoma. 

Entrelanto estos habian aumentado considerablemenU' sus 
fuerzas y con un vigor y audacia iníinita estendiendo su linea 
do ataque eslraordinariamente se lanzaron sobre nuestro campo 
abrazándolo de un estremo á otro. 

Knlonccs los cazadores de Llorona cargaron por la Í7i|uierda 
al enemigo mientras que la división del general ODonell don 
Enriípie, con un vaíor superior á lodo elogio arrollaba al ene- 
migo por el centro ante ia invencible pujanza *de sus bayonetas. 

Envuelto por su derecha y rechazado, cambió enlonces de 
táctica lanzándose con ímpetu salvaje sobro el centro denuesiras 
íuerzas, cabiéndole la gloi'ia do hacerlos huir despavoridos, al 
general Prim, que al frente de. su Estado mayor les dio una de 
osas brillantes cargas, que él solo sabe dar. 

No pudiendo los musulmanes conseguir la mas mínima ven- 
laja sobre nuestros valientes se reconcentraron sobre su izquier- 
da donde se defendían con estraordinario arrojo. 

]*ero ya lo hemos dicho oirá voz: 

Si valientes son los moros, doble \alor hay en nuestros sol- 
dados y valor con dobles moüvos para oscilar la admiración 
general. 

l^i moro d(\sdo que nace se acosUmibra á esa vida semi sal- 
vaje en que las faligas los peligros y las privaciones llegan á 
connaturalizarse con él, si así podemos esprosarnos, y balién- 
doííe <;ol)re su terreno, dolado de ose valor indomable adquirido 



ÜE ESPAi-VA. 267 

en su vida errante y en sus continuas ludias intestinas ó con 
las íieras que se ocultan en sus espesos bosques y escabrosos 
breñales, nada tiene de particular que peleen con esa audacia 
infinita, que á pesar de ser enemigos nuestros no podemos menos 
de reconocer. 

Pero nuestí'os soldados, quintos en su mayor parte, acostum- 
brados á esa vida, hasta cierto punto reposada, de los cuarteles, 
sin haber entrado en luego y sin estái* hechos á la vida activa y 
llena de sobresaltos de los campamentos, es doblemente meri- 
torio, mas recomendable y mas digna de elogio su conduela, y 
no puede menos de escitar los aplausos de toda la Europa, el 
valor que desplegan en todos los combates en que han tomado 
parte. 

Después de esta ligera digresión, que no dudamos nos dispen- 
sarán nuestros lectores, seguiremos detallando en lo que es po- 
sible la acción del dia 12. 

Recibida la orden por los batallones de cazadores de Arapiles 
y Figueras, para caigar á la bayoneta sobre los moros, al grito 
mágico de «Isabel II,» los fanáticos secuaces del Islam demos- 
traron otra vez que eran incapaces de resistir á los valerosos hi- 
jos de la España. 

Revueltos en confuso desorden, sin tener tiempo casi para 
recoger sus muertos, huyendo en todas direcciones, eran [)erse- 
guidos por nuestros soldados, (]ue llegaron tan cerca del campa- 
mento muslime, qucá iiaber sido mas de dia indudablemente ha- 
bría sido presa de las tropas. 

Habiendo desaparecido el enemigo, necesariamente la acción 
habia de concluir. 

Aun permanecieron nuestras tropas algunos juomentos en los 
puntos ([ue ocupaban, hasta (pie conociendo el general en gefe 
que tanto por io avanzado de la hora y la marcha seguida por 
los moros hasta el dia de no pelear de noche, no habia que temtír 
otro nuevo ataque de su parte, dio la orden de retirarse á sus 
atrincheramientos los cuerpos que habían entrado en acción, y 
poco después, \ iva(pieaban tranquilamente; contándose al rede- 



268 LL IIO.NOH 

(loi (le las liofíUtMcis los IkícIios parciales y las hazaiias (jue cada 
uno había llevado acabo duranle a(|iiella jornada. 

.Nuestras pérdidas, con un número sunianienle peijueno de 
nuKMlos, ascenderían en total entre heridos y contusos, á unos 
ciento y tantos hombres; pérdida corla para las Iropas (jue ha- 
bían entrado en fuego y (pie revelaba la buena dirección (pie el 
conde de Lucena dá á los combates, y que cada di;i van apren- 
diendo mejor los cristianos á coudjalír en acpiel terreno y contra 
acpiella genle, sacando partido de nna piedra, de cuahpiier des- 
igualdad del terreno, para hoslilizar sin ^n-ave riesgo á su con- 
trario. 



V 



lEntre tanto, el primer cuerpo del ejército continuaba en sus 
posiciones del Serrallo, sin ser hostilizado por los moros. 

Alguna que otra vez se veian a|)arecer en lo alto de las sier- 
ras grupos de inlieles, que se contentaban con observarnos, sin 
atreverse á acercarse demasiado por temor á las balas de nues- 
tros valientes. 

Todas las fuerzas que habían combatido en aquellos sitios, 
se habían reconcentrado hacia Tetuan que era por donde mas 
e nian que temer entonces la acometida de los españoles. 

Y razón tenían en temerla. 

Los soldados cristianos en dos meses de fatigas y campaña, 
se habían hecho unas tropas completamente agueiridas, y los 
triunfos que siempre habían conseguido acrecieron mucho mas 
su valor. 

Egemplos repetidos de valor, abnegación y entusiasmo, se 
estaban viendo siempre entre nuestros valientes, y mas acostum- 
brados ya ala táctica del enemigo, se api-ovecliaban del terie- 
no, y de este modo al par qiKí amínorai'on nuestras pérdidas, 
pudimos cogerles algunos piisioneros, entre los cuales hallarán 
nuestros eclores alguno de sus antiguos conocidos. 



Olí ESPAííA. 269 

Por eslos áe supo el eslatlo del ejércllu üianoquí. 

Consecuencia de sus derrotas, era su apatía, si así puede 
llaiuarse al enfriamiento que sentían por la guerra. 

Su estado sanitario no era el mas satisfactoria, y de víveres 
tampoco estaban muy sobrados. 

Únicamente armas y municiones era lo que tenían en abun- 
dancia; pero esto no todas las veces servia para reanimar su 
ardor. 

En Tetuan se habían decidido á hacer una resistencia deses- 
perada, para cuyo efecto las torres cuadradas que á trechos de- 
íendian sus murallas, el castillo y algunos otros fuertes avanza- 
dos, habían sido artillados con profusión y hasta con inteligen- 
cia, si se quiere, y estaban decididos á dellMiderlos hasta el últi- 
mo estremo. 

Nuestras tropas, cuyo buen espíritu era cada día mejor, 
efecto de que habiendo variado de sitios, las enfermedades ha- 
bían disminuido también, y que tras los días de temporal, en 
que habían escaseado los víveres, la abundancia había vuelto á 
reinar en el campo, estaban también muy decididos á lomar á 
Tetuan á pesar de el egército de Muley-el-Abbas, y de todos los 
marroquíes del imperio. 

Pero si el soldado era valiente, su general ora demasiado 
previsor. 

Aun no se habían tomado las posiciones de Cabo -Negro, 
y para entrar en »el valle de Tetuan era necesario [)asar por 
uípiel punto. 

Algunos fuertes perfectamente situados, eran caj)aces de 
detener la marcha de cualquier ejército. 

Pero nuestros valientes no conocen el miedo, y alentados 
por sus gefes, en la mañana del día 14» la segunda división 
avanzó con inaudita airogancia y valentía hacia las posiciones 
de Cabo -Negro. 

Kn vano fué la resistencia de los marroquíes. 
Los cristianos tuvieron una victoria mas, al par que los 
niarroípiies una ilusión de menos. 

AlNcrla audacia de aquellas tropas (pie desprecian.do >u 



270 KL HONOR 

fuego, adelantaban impasibles hacia los fuciles, los musulma- 
nes se asombraban, y cuando mas lards, los |ve¡an denlio de 
sus reducios ó alrincheraraienlos, ni sabian (|ue hacer, ni como 
defenderse, y solo á la huida encomendaban su salvación. 

Abandonaron sus cañones, y municiones, y auncjue quisie- 
ron llevarse alp:unas piezas, en un sitio se hallaron estas des- 
montadas y enterradas en el suelo, y mas allá las cureñas. 

Entonces su famosa caballería negra inlenló enriará nues- 
tros soldados; pero jay! era en vavio que el misarablo jaguar 
tratara de hacer frente al invencible León; tres escuadrones de 
nucslio ejército dieron muy presto buena cuenta de los nef,Mos 
del Sudan, y las chichias, los llolantes alquiceles, losalfaní>es y 
los chuzos ó lanzas corlas que usaban 'al^junos de sus gineles, 
esmaltaron el terreno del combate. 

Los fuertes de Cabo Negro, quedaron en poder da los sol- 
dados de la cruz, y por lo lanío, el paso hacia Teluan estaba 
completamente facilitado. 

Rasgos de valor, de esos qu3 caracterizan completamente 
un pueblo, se vieron en aquel dia. 

En medio del combate, cercado do enemigos, un olicial, 
descuidando su vida, se ocupaba solo de salvar la de un com- 
pañero herido. 

Mas allá, un sargento, lauzándose en medio de un grupo 
de moros, salvaba á un soldado á quien se llevaban prisionero. 

Y en olro lado Prim, peleando como soldado y dirigién- 
dose como general, se llevaba la admiración de sus tropas, y 
iodos desde el primer gefe hasta el último corneta, se hacian 
dignos del elogio de toda la Europa, y del agradecimiento de 
la nación que á ellos había conliado su honra y su decoro. 

Las luchas parciales, esos combates donde mas se pru ba 
el esfuerzo del corazón y los nobles sentimientos del alma, se 
unian i)or todas partes, y los marroquíes, sin poder resistir 
aquella fuerza fírmidable, sino por su número al menos, por su 
centuplicado valor, abandoninon el campo, dejando infinílos ca- 
dáveres, y algunos prisioneros en [)oder de los leones cas- 
tellanos. 



nr. F.spAísA 271 

En uno de los fuertes so encoiiliaron los soldados uiui mu- 
ger, joven aun y hermosa con esa pureza de facciones, hija de 
la raza árabe, á quien sin duda los níuslinies iiaíjian herido. 
para que no cayera viva en nuestro poder, y (jue sobrevivió 
muy poco á la barbarie de sus iiernianos. 

El tercer cuerpo, se situó de modo que pudiera proteger en 
caso necesario al segundo si hacia falto, y amagando al mismo 
tiempo al enemigo. 

La marina lambi*Mi tuvo su parle en esta ¡ornada, favoie- 
ciendo el paso de nuestras tropas [)or el rio Zam-mir, hechando 
im puente de botes y tablones, (jue con ios construidos por los 
ingenieros, facililaran el paso del mayor número al lado opuesto. 

Todos en esta jornada, cinnpiiei'an con su deber, auuíjue 
no debemos de decir en esta tan solo, porque lo mismo habia 
sucedido en todas cuantas hasta entonces se habían encontrado. 

Cyn pocas pérdidas por n ¡eslra parle el resultado, no pudo 
ser mas satisfactorio. 

. ,^^ Después de este hecho de armas, ya solo podia esperarse 
la toma de Tetuan, para cuyo efecto, se establecerían fuertes 
reductos ligados entre si por espesas lineas de atrinchera- 
mientos al abrigo de los cuales se eslableceria nuesti'o camj)a- 
mentó, y entre el bloíjueo y el fuego de las baterías, se conse- 
guiría el resullado apetecido. 



VI. 



I-n tanto .se trataba de empezar ía ronstruccíon de un ca- 
mino que partiendo desde el boquete de .Aunghera, fuera á 
parar á Tánger. 

Y \a que hemos vuelto otia vez al campamento d(d Ser- 
rallo, atravesando la corta distancia que s<»para ;'i cabo iNegro 
de este punto, no creemos que nuestros lectores vean con dis- 
gusto algunos detalles sobre la Mezquita y el Serrallo, sitios en 
íjue hoy vivaíjuean nuestros soldados, y que si algo de nolable 



2/2 FI. HONOR 

rnciorran, os únicamonlc ol silio en f|iio so onciienlraii, y osa 
ospecic de aureola de (|ue los han revestido los cómbales de 
(jue han sido lealro. 

La llamada uMo/iinila» es un grosero edificio, con una cú- 
pula baja, blanqueada por fuera y por dentro, donde se en- 
cierra el sepulcro de un Santón, toscamente labrada en ma- 
dera en Corma de doble jaula. Kl Santón descansa en el suelo, 
y hay una abertura en la misma tierra ó argamasa (pie le cu- 
bre, |K)r donde cumpliendo con sus votos, los fieles hiimede- 
í^ian con agua lodos los viernes los ya tal vez disueltos y coi\- 
sumjdos restos. 

De los palos de la ¡aula-sepulcro pende una innumerable 
multitud de hilitos, que como ofrenda, colgaban arrancándolos 
de sus turbantes ó jaiques, los moros devotos y contritos. Hay 
fuera y dentro de la uMezquila» donde j)uede estudiarse la de- 
cadencia de la arquitectura árabe, que tantas maravillas hizo en 
J:!spaña, varias inscripciones trazadas con lápices ó carbón, de 
valor escaso, y entre las cuales sola es digna de mención, por 
la forma verdaderamerñe bíblica con que está presentada. Dice 
así: (dün los peligros de la guerra, mi Dios es mi espada. )> 

aEl Serrallo», que es un arruinado edificio algo mas dis- 
tante, no es mas que un montón de escoml)ros. Todavía se con- 
s(Mva en píe un hermoso patio cuadrilátero con una cisterna en 
medio, y una torre sobre la cual fióla en estos momentos la 
bandera española, y adonde solo puede subirse á gatas por una 
estrecha emj)inada, desquiciada y oscura escalera La torre 
está aspillerada con sacos de tierra. 

Siguiendo nuestras descripciones, nos ocuparemos también 
de algunas cartas encontradas á varios muertos de los marro- 
quíes, en las que está retratado el carácter y la índole fanática 
de los musulmanes. 

Con estas cartas, especie de oraciones y de profecías, se 
creen tan in\ulnciables como el mismo Aquiles; pero osla in- 
vulnerabilidad, de nada les ha servido, j)ues las balas de nues- 
tros soldados, no iian respetado semejanles amuletos, y los 



Í)E ESPAÑA. "" 273 

sectarios de! Islam, Iiai] calilo* moribundos ant-e los defensores 
de la. Cruz. vi ; ! : ' - • ' W: -^ 

Hé aquí dos de las cartas á que nos refegmos. 

«Olí Ali mió, pelea con los bárbaros por Ja gloria de Dios 
ü/$.u pi'ofeta, y cuando hayan muerto ó estén al otro lado del 
mary.v.u^lTeique el amor de Fatima te espera. No hay mas que 
un Dios para los fiícles ni: mas que Aií para Fatima. 

;,EN,iNOMBRE^*iípo(o 
No hay poder ^ ^-' 

ni fiicrza sino ? 



o 
.o 



'r ■ en Dios V Móham' s- 

•¿ med el confiadol"'*, '• ' ' '"V 

: Esta otra es mas bien una especie de ' oración que otra 
eosá;ídiceasí: ;¡0Síí'10'3 !:■ 

((Dios Clemente y poderoso proteje estos hijos de Mahomed.^ 

Confiemos todos en el Dios piadoso ^en su profeta. El es 
quien nos ama y nos escucha en nuestras aflicciones. El nos 
hará/vencer á esas legiones de infieles que han pasado el 
mar. El hará que cumpliéndose las profecías torne el creyente 
á purificar las santas mezquitas de Córdoba y Granada; délas 
profanaciones del implo.» 

También hablaremos de los chíveles, Alcazabas, y aduares 
ó Kavilas, cosas todas que en las presentes circunstancias, en 
que todo el mundo espera con ansia el resultado de la partida 
empellada al otro lado del estrecho, y que se desea vivamente 
conocer algo de ese pueblo cón.qüien se está luchando, cree- 
mos que nuestros lectores no ríos tratarán :de difusos si nos de- 
tenemos alguna cosa en estas descripciones?. 

Las alcazabes son una especie de fortalezas conslrnidasge 
ncralmente sobre una eminencia cou sus lienzos de miira'.las 
as[)illeradas y sus cuadrados torreones* j.oí,;< 1. 1 v»;^. .líp ;>. ;' 
(leneralmenle al pie de las alcazabas, se eslienderi tina in- 



."f 



274 I3t HONOR 

íinldatl (le chozas ó casas do U(»iTa y paja, donde viven las 
pobres geiiles que dependen del alcaide ó gobernador de la 
fortaleza. 

Este cgerce una auloridad inmensa sobre aquellos infelices 
á quienes veja y saquea á su placer, estando él á. su vez supe- 
ditado á el i?r7yá, que como todos los magnates del imperio, 
se aprovecha de todas las ocasiones que se le presentan para 
despojar á sus inferiores. 

Todo el espacio que ocupan las casas y el fuerte, está cir- 
cunvalado de una muralla de una altura regular aunque poco 
gruesa como todas las del imperio; esta muralla tiene también 
sus aspilleras y sus puertas correspondientes. 

Los chiveleSy son muy parecidos á nuestras pobres aldeas 
de la Mancha y Estremadura. 

Un numeroso escaso de ma}as chozas, cuyos techos son de 
anea ó paja, y unos habitantes haraposos y hambrientos, ha- 
bilan estas miserables viviendas, que oprimen dolorosamente 
el corazón del viagero, al considerar que en medio de un ter- 
reno tan feraz, haya tanta miseria, que no es mas que la con- 
secuencia de la falta ¿q civilización. 

: Los Aduares ó Kavilas no son otra cosa que muchas fa- 
milias reunidas bajo la dirección de un Kabo, (ó gefe)', y que 
siempre andan ambulantes; pero sujetos al Bajá del término 
donde se. detienen á sembrar, y al que dan cuenta para su in- 
teligencia y gobierno: llevan unas grandes tiendas de cam- 
paña^ y se sitúan donde mejor les parece, celebrando mercado 
en medio del campo, en sitios que de tiempo inmemorial tienen 
seHalados, siembran y recogen sus cosechas, y se mudan cuan- 
do quieren, pues la mayor parte del terreno es libre, y solo 
ilene derecho el Sultán á exigir las Contribuciones de aquellos 
que lo cultivan; en' fin, son pueblos ambulantes que dejan es- 
condidas y enterradas las mazmorras ú hoyos que preparan 
muy bien con maderas y paja, para evitar la humedad: allí 
encierran do oculto lo mejor que poseen, quitando después la 
tierra que se ha sacado y tapándolo muy bien, lo labran y 
se marchan á. otra parle. 



DE BSPAÑA. 



^75 






íjji"; 



í;X 



CAPITULO XXV 

:rrrrh oí / 



ú<)iÁm 



Tres hermanos y tres liernnanas.— Desde Jlaast-el-Sexic,- á. Meqajnez. — 
Yuolven los tres herrtiaiiós al crimpameiíto. — Linca "do rorliGcaciónes es- 
tablecida frente áTetuan.—JuIiá^ el emperador de Maitiíscds.^Ab- 
,;CÍo.i del (lia ,23. — Nuevo trofeo arrebatado al encmif^o.— Se jCm^íieza la 
construcción do un ferro-cárr il. ' '" ' ■ 



I. 



íg'ia?:» 




&üJíiO^ 



70 Jai 



bí)íiq 



A saben i^iiesl,ro$ Itíclores que JiuUa.SjB 
había compro me I ¡do á salvar á la ama- 
da de Zeliiií,^,al mismo tiempo que Alp 
berto, por este mismo agradeclmieuto, 
ó si se quiere porque aun quedaban en 
^u corazón restos de aquel ¡antiguQ amor que había sentido, en 
otros tiempos hacía la judia,, f ; 

Pasados algunos días en Rpasl-el-Seric, en 1^ cas,» del 
judio donde Zelím aprendió ciertas costumbres de los cristia- 
nos, para poder presentarse entre ellos sin (|ue pudiera notarse 
que era musulmán, se decidió que partieran los tres iuicia.pl 
campamento. , , i 

Durante aquel tiempo, las buenas relaciones entre Julia y 



^7í) EL HOWOR 

Alberto so habían cimentado niievamonte, y en la mejor armo- 
nía, paseando por las calles del jardín de la casa del judío, sus 
almas habían tenido momentos deliciosos de espansion. 

Julia, duramente aleccionada, ofreció á su amante una fé 
ciega y un carino sin limites, y le dio su palabra de salvar á 
Záard á costa de cualquier sacrificio. 

La víspera de la partida dé nuestros amíí;os, Julia entró en 
la habitación de su tío y le dijo: 

— iVecesito (jue me deis grandes recomendaciones para el 
Cheg de Mequinez. 

— Para mí hermano Jacob?... pues que, ¿vas á ir á Ja corle 
del sultán? preguntó el judio snmamenle sorprendido. 

— Si; tengo necesidad de hablar con el Xeriffe y nadie mas 
que el CJieg puede proporcionarme los medios. 
-. — Pero tu has considerado los peligros á que te espones, 
sola en un terreno enemigo nuestro, y cuyos habitantes apro- 
vechan hoy el pretesto de la guerra, para cometer los mayores 
escesos con nuestra raza desgraciada. 

—A todo estoy dispuesta; contestó con resolución Sara ó 
Ji'lia. 

— Y no pnedo yo saber la causa que te impulsa para seme- 
jante determinación? preguntó anhelante Ysaac. 

— Sí señor; y no dudo (jue al saberlo, aprobareis lo que tengo 
resuelto. Zelím, es el tercer hermano de Alberto. 
■íiíü-^Dios de Jacob f..-..'e'S" decir qne los tres vastagos de esa 
raza maldecida, están en mí casa, bajo el techo de su.... 

— Ya sabéis respetado lio, sí tenemos obligación de sacri- 
íicarnos por ellos. 

11. .u-Pero tu pobre muger ! qué ciilpa tienes de lo que sucedió? 
yo, yo mismo iré si es necesario donde tú vayas, y yo que hice 
'éí d^fio, yo me sacrificare poi' remediarlo, si es posible, gritó 
el pobre anciano, retorciéndose las manos con desesperación. 
''■¡■^IVo' podéis hacerlo vos; Zelim ama á una muger con la 
'miisma vehemencia con que yo amo á Alberto; esta uuiger 
está en el harem del emperador, y es necesario (jue yo lasaquó 



Dlt ESPAÑA. 277 

—Tu !.... tu penetrar en el harem y sacar á viva fuerza una 
niuger del Sullan?... pero desgraciada, sabes á lo que le es- 
pones? • ■-i-j;:^ ■■'.!■! •! i . :: ' ■::.■ ' : ^:; ".- '' 

''>»+-^Si señor; y si el Dios de. nuestros padres me ayuda, os 
prometo que conseguiré mi obgeto. 

— Y si al contrario de ib que te propones, se descubriera lu 
intento y fueses cogida por los satélites del tirano? 

— Entonces ¿no eréis que soy suficientemente hermosa para 
escilar los deseos del monarca? 

— Oué quieres decir? dijo Ysaac, que tembloroso y asom- 
brado, no se atrevia á creer lo que su sobrina le indicaba. 

— Oue el Xeriffe no baria masque cambiar de concubina, 
y me creo ser mas hermosa que Zaard. 

— Y tú una hija de Sion> serias capaz de cometer semejante 
infamia?bi;;'í!;;'M'í!;í:; ív)vM \') nji-:: /.Hir ^">n:r 

— No nos ocupemos ahora de eso tio, si ese caso llega sobro 
lo que debo hacer y obraré en su consecuenwa; po^r ahora 
dadme esas cartas y confiad en mi^ 
'ií Julia |)oseia un encanto especial que subyugaba, que fas- 
cinaba por decii'lo así, á cuantos la conocían. 
"'AuEl' fluido que despedían sus negros ojos, era irresistible, 
y sn acanto armonioso y suave maguetizaba con la misma fuerza 
que su mirada. 

'• Con un des'pcjo y un tálenlo superior á sus años, había 
'cíbrííii^ado á su lio desde muy niña, y su fuerza do Tolunlad, 
su carácter enérgico y hasta cierto punto audaz, egercia una 

influencia j)oderosa sobre el anciano que la qucria con el in- 
menso cariño de un padre. 

Sin palabras para combatir su resolución, tendió el hebreo 
la mano^ trazó sobre los papeles algunos caracteres, y despucb 
se los entregó á su sobrina diciéndola: 

— Toma, hija mia; pues que tu lo quieres, sabes que hace 
mucho tiempo no tongo mas voluntad que la luya; confio en 
lu tálenlo, y en el Dios de Abraham que protege siempre á 
los íjue van á acometer sanias empresas, [)ero si acaso le cer- 



278 Kl. HONOR 

casen algunos peligros, avísame en seguida, qu(i anciano y 
íicliacoso, volaré inniedialánienle á tu tlefensa. 

, — Descuidad padre mió, lengo mucha fé en el plan que be 
concebido, y no dudo que muy pronto os volvere á estrecbar 
entre mis brazos. iunn' '.'up o^ 

En aquel momento la puerta de la estancia se abrió, y la 
linda cabeza de Jíster apareció en ella. ;;; 

T—Padre mío, Abdei-Abbas y Zaida acaban *de llegar en 
este momento, y esperan con ansia el momento en que les 
deis vuestro abrazo de bienvenida. 

— Mi hijo I... esclamó el anciano con una voz en que se ad- 
vertía la profunda alegría que esperimenlaba. 

—Mi hermana 1... murmuró Sara con un acento en que se 
laslucia algo de celoso, y contrariado. 

— Varaos, vamos allá, gritó el buen judío saliendo preci- 
pitadamemte de la habitación. 

— iMira, Sara, dijo Ester á Julia, Zaida conocía sin duda á 
Alberto, porque inmediatamente que lo ha visto no ha podido 
menos de esclamar — «Válgame Alláhl el cristiano de Tán- 
ger !....)> 

— ^Qué dices Ester?.. . Oh!... Vamos, vamos también nos- 
otras á ver á uu^.stros parientes. , 

Y pálida como la cera Juba, y sorprendida Ester, siguieron 
los pasos de su tio que ya estaba abrazando con efusión á su 
hijo, y eslampando sus venerables labios sobre la tersa y pura 
frente de Zaida. 



II. 



El comerciante de Tánger , á quien ya conocian nuestros 
lectores desde los primeros capítulos de nuestra obra, por ser 
él en cuva casa cobraba Alberto las letras que le remitían de 



DE ESPAi'ÍA. 279 

Europa, era, como mas arriba hemos dicho , hijo del judio 
Isaac. 

Nó dejará de causar alguna estrañeza el que siendo hijo de 
un judio, Abdel, llevase un nombre moro; pero la razón de es- 
tose esplica fácilmente conociendo el estado de los judies en 
el imperio, estado triste y miserable, por el cual algunos se 
ven obligados á observar las costumbres y ios usos de los mu- 
sulmanes y á llevar nombres supuestos, para disfrutar de las 
franquicias y derechos que aquellos poseen. 

Abdel-Abbas, cuyas riquezas eran de alguna considera- 
ción, arregló sus negocios todo lo mejor posible, y habiendo 
llegado á su noticia que los cristianos después de tomado 
Tetuan, llevarían sus armas victoriosas sobre Tánger, acom- 
pañado de su hija y de algunos criados, se vino á refugiar en 
la aldea donde habitaba su padre, cuyos habitantes, escar- 
mentados ya por los españoles, no se atrevían á salir de sus 
casas para provocar nuevamente su cólera. 

Como había dicho muy bien Ester, Zaida, al reconocer al 
poeta, no había podido ahogar un movimiento de alegría, ni 
sus labios habían podido ahogar aquellas palabras que reve- 
laban bien claro que no había cesado de amarle desde el pri- 
mer día que le conoció. 

Sara no pudo abrazar á la joven sin sentir hacía ella una 
repulsión hija de los celos, que á su vez eran consecuencia del 
cariño ilimitado que profesaba a! poeta. 

Alberto, por su parte, no había amado a Zaida mas que por 
un momeplo, con un amor de capricho, hijo tal vez délas 
circunstancias especiales en que se encontró en aquellos días. 
'Zaida, al contrario, pobre corazón sediento de amar, ai 
Ver al poeta había comprendido que él y solo él podía realizar 
todos sus gratos y dulcísimos ensueños de amores. 

Dadas algunas esplicacíones por parte de unos y otros, Sa- 
ra, Isaac y Abdel se quedaron solos algunos momentos. 

Isaac fué el primero en romper el silencio diciendo; 
— Abd^l, hijo mió, ha llegado el momento en que podamos 



280 EL HONOR 

en parle borrar el (lafio fjue ala familia úd joyero de Mocjui- 
nez causamos. 

'. JJiia nube sombría se esparció sobre el scmblanle de 
Abdel. 

Sin embargo, se repuso en seguida, y con acento períecla- 
menle sei'eno, dijo á su padre: 

— Hablad, padre mió, ¿qué hay (¡ue hacer? m:: .;•,.;>' i.- ' 
, — Esos Ires jóvenes que has vislo, soi?, los hijos dei antjiatio 
Jacob . ' ' 

_¿-r-Oué eslais dioietv^lo? 

,/-yr,ünp de ellos es amado por lu prima Sara, el otro por Es- 
t<e^, ,.y el tercero tiene ¡á su amada en las iiabitaciones del Sul- 
t.afl, Sara se lia comprometido á salvarla, y yo deseo que tú la 
acompañes. >bíiíir,q 

— Cuando queráis, padre, estoy siempre obediente á vues- 
tros preceptos. 

— Pero si no hay necesidad, ¿para qué queréis molestar á 
Abdel? dijo Sara. yuííi i.'ií.í,1i j . 

— Mi hijo no se molesta en cumplir' coil sus deberes. 

— Como gUSteiSíj .:ííÍ¡mi;í.í, í... ;í.ir;¡; iri. 

— Mira, Abdel, yo la 'he Hado carta parantiestros hermano? 
de Meipiinez, á fin de que os faciliten cuanto necesitéis,' y ya 
(jue ha dado la casualidad de haber venido tú, me alegro, por- 
que con eso tal vez os sea nia3.,fáciJ,,Qori^eguir vuestro ob- 
jeto. ;.'.•>. ;Vr.M . .: 

Y tras estas palabras siguieron durante largo tiempo com- 
binando los medios para mejor conseguir el objeto. . . . 



Alberto estaba en uno de esos momentos ..en que preocupa- 
da la mente por multitud de ¡deas, no piensa en nada, y, ^e 
entrega á uno de esos misteriosos ensueños sin nombre, que 
alhagan y disgustan á la par, ó mejor dicho, en un estado que 
participando de ambas sensaciones, no se comprende si se go- 
za ó si se sufre. 

Los dos hermanos dormían tranquilamenti?, mientras que 
él, medió recostado en el muelle diván de la estancia, miraba 



de'^espaNa 281 

resbalar tranquilamente las horas, sin apercibirse de la marcha 

del tiempo. 

La puerta de la habitación giró sobre sus goznes, y dos 

mujeres ó mas bien dicho, dos fantásticas silfidés, se deslizaran 

sobre la tupida alfombra persa que cubria el pavimento. 

Ambas mujeres, ó ambas sombras, se acercarosi al poeta» 
y una de ellas, poniendo su mano sobre el hombro de Alberto, 
le dijo con una voz suave y contenida: 
* — Hermano, ¿estáis decididos á marchar mañana? 
— Sí, Ester, contestó aquel despertando de su estrafio so- 
nambulismo. 

Entonces reparó en la que acompañaba á la h'ermana de 
Sara, y sin poder contener un ligero movimiento de sorpresa, 
esclamó: 

— Zaida!... 

— Sí cristiano, contestó esta, la pobr3 Zaida, que ha vertido 
mas lágrimas por tu ausencia que flores crecen en los jardines 
de Tánger, la pobre Zaida que nunca podrá olvidarte, y que te 
ama como el profeta á sus elegidos. 

— Y tú también le amas, ¿no es verdad hermano? pre- 
guntó Ester. 

— Quién pnede variar el curso del mar? dijo el poeta con 
acento tranquilo y reposado, nadie hay que pueda conseguirlo, 
así como tampoco nadie puede mandar á el corazón. 

— Lo oyes Ester?... lo oyes?... gritó con esplosioa la mora, 
yo que tanto le amaba, mejor dichoque le adoro con toda 
mi alma. 

Y la desgraciada criatura dejó rebosar las lágrimas de su 
alma, y raudales de ellas brotaron (ie sus ojos. 

— Nunca hubiera creído ^ue fueses tan crud, dijo Ester á 
Alberto scmi resentida por las palabi-as de aquel. 

— Dime hermana, si otro hombre que no fuera Carlos te 
pidiera tu amor, ¿qué le dirías? 

Ester bajó la cabeza ligeramente rubori zada. 
Comprendió entonces el porq^uc Alber'lo no correspondía 
á clamor de Zaida y sintió cu.anlohabia dicho. 

36 



282 i:lhün(íu 

Entonces y solo entonces recordó muchas cosas en que no 
liabia reparado y comprendió que el poeta amaba á su her- 
mana. '^ "^' ' 

El poela estaba en una situación, que como nuestros lec- 
tores comprenderán muy fácilmente, no tenia nada de agra- 
dable. 

.; Tener que decir que nó á una muger, y máxime cuando es 
lan Hnda como Zaida lo era, es sien)()re muy violento. 

Pero el poeta, no queria, no debia engañarla, y compren- 
diendo adem;^^^? el carácter de Sara, no ^quería tampoco dis- 
gustarla, y mucho menos en aquellas' circunstancias en qu^'la'n 
inmenso sacrificio iba á efectuar por él. - -^i-- - ' 

Zaida no podía comprender nada de aque1}¿. 
Nada sabia mas sino que el hombre á quien amabayucle 
correspondia. . » -.x - 

y la pobre niña exalaba su pena por medio de su llanto. 
Alberto miraba correr aquellas lágrimas cou un dolor in- 
íinilo. 

Pero ¿qué podia hacer por mitigarlas? 
Para que fuera mas critica su situación, en aquel' instatite 
cipaieció en la puerta de la estancia la amada def poela- '^ 
Detúvose un momento sorprendida, y abarcando d^/" una 
ojeada el cuadro que se presentaba á su vista, comprendió in- 
mediatamente la situación de nuestros personagés. ' "': ■ ' -' 
Alberlo permaneció tan sereno siempre, aunque éM^AíT'es- 
pf^iandp la esplosion de ja cólera 4e su amada. ' "' ' 

Zaida ílorando ni aun se habia a{?ercibido de la lleg'axl^ 
de Julia. 

Ester confusa y sin saber que decir, :permaneció con los 
ojos bajos sin atreverse á lijarlos .en su hejmana. 

Los oíros dos hermanos doimian tranquilamente sin SOS'^ 
sospechar la escena que. tenia lujará su ladD.i.< 
—Sara fué laque rompió el silencio. ;^jj.-.- 

—Ester dijo á su hermana, ¿para qví'liaá Uaido aquí á 
es? niña? 

Ester nada cenlci^ló. 



Zaida alzo SU cabeza encantaüara al sonido de aquella voz 
y arrojándose á los brazos de Sara, la dijo: 

, — Lo ves, Saruyemal, razón tenias en decirme que, no me 
amaba! 

— Varaos niña, serénate; Ester acompaña á tu sobrina, vos 
Alberto venid conmigo, tengo que hablaros, dijo Julia con 
aquella entonación amable, si se quiere; pero bibraote y so- 
nora y hasta cierto punto imperiosa. 

Ester acompañó silenciosamente á Zaida hasta la puerta 
deja estancia, y momentos después Alberto y vSara penetraban 
en la habitación de esta. 

Como no es nuestro ánimo cansar al lector con escenas de 
reproches y juramentos de amor, les diremos que tras algunas 
recriminaciones, nuestros dos amantes se separaron después 
de haberse hecho multitud de promesas de eterna íidelidad. 



La división del general RioSj desembarcando en la ría de 
Tetuan, se apoderó, de ja Aduana /y algunos olroH ediíicios 
qiíe habia por allí, y situándose á vanguardia del egércilo, es- 
tableció sus tiendas, y haciendo lo mismo las domas divisiones, 

■■■.■■'■ ■ ,• ? f 

quedó. el campamento estal)lecido frente casi ^ Tetuan. 

Los prisioneros berilios, cogidos en las acciones anteriores, 
unos permanecían en Cenia y otros hablan pasado á continuar 
9U curación á Málaga, sorprendidos todos del ivsmerado trato y 
b.uepa asiatencia que rec.ibian de los cristianos: 

iNuestra escuadra seguia prestando servicios de suma im- 
portancia, abasteciendo de víveres y municiones al egércilo, eu 
términos que con los acopios hechos en el campamento, habia 
para que en muchos días no le fallase» nada á la tropa. 

, Ademas se habia recibido grandes remesas de calzado, y 
con otras prendas de vestuario que se estaban esperando, el 
¿oldado quedaría perfectamente equipado. 



284 EL HONOR 

No fallaba ya «ñas t\mi (les(Mnl)arcar la arlÜlería de sitio, 
operación tlilícil, piios admitiendo el rio embarcaciones de poco 
calado, no era pos¡f)le f|n(í ío« biiífuet; de ü:rueso porte que la 
condncian subieran por él, v r)udíerananrox¡marse á suí5 riberas. 

Para este efecto se habían ya pedido vapores de pequeñas 
dimensiones para que facilitaran esta operación 

La línea de Irs nuevos fuertes que se pensaban establecer, 
no podia ser mejor. 

Corriendo desde los cerros que dominan el valle de Tetuan, 
se ihnn k apovar en la aduana, en la que estaba construyendo 
un fuerte reducto, y de esta partía otra linea nueva que coh- 
tinuaba hasta la costa. 

ResíTuardado tras estas posiciones nuestro egército, podia 
esperar la rendición de Tetuan, pues por asalto seria aventu- 
rado' tomarlo, no por temor q'ie nuestros soldados tuviesen a 
la muí^r'o, sino porque contando con otros elementos para re- 
ducir á los moros á que se rindieran, no habia necesidad de 
esponer á !i tropa á una muerte probable. 

No había mas inconveniente que el detener al enemigo en 
nuestra izquierda, sin saber ni cual era su idea, ni ser hosti- 
lizados en gran manera por él. 

Por dos ó tres veces nuestras bizarras tropas casi los des- 
aliaron, pero no tuvieron por conveniente aceptar el reto, y 
aunque se los vio otras veces hacer algunos movimientos, al 
disponerse los españoles para rechazarlos, retrocediau inme- 
diatamente hacia su campo. 

La alegría habia vuelto oira vez á reinar entre los valientes 

que peleaban en África por nuestro decoro nacional. 

Y eso que el terreno no era tampoco muy ^ propósito, y el 
liempo no (j-ieria mostrarse favorable á nuestra causa. 

Los moros, con objeto de impedir la marcha del ejército, 
habían abierto una porción de conductos al rio, á fin de (|ue el 
agua, al esparcirse por el llano, lo convirtiese en charcas ce- 
nagosas, en las (jue los pies de nuestros soldados se hundiesen, 
oostándoles trabajos ínlinitos el adelantar un paso. 

Pero á pesar de esto» e) estado sanitario habia. mejorado 



DE ESPAifA. 285 

considerablemente, y de todos aquellos males, sacaban los es- 
pañoles argumentos para sus chistes y ocurrencias. 

Hasta la misma frente del general en jefe se había despe- 
jado algún tanto, y todos, oficiaíes y soldados estaban suma- 
mente contentos» anhelando el instante en que poder penetrar 
en la ciudad, cuyas blancas casas y altos minaretes de las mez- 
quitas se divisaban desde el campo. 

Tras algunas ligeras escaramuzas en las que casi todo fué 
cuestión de pólvora, no se empeñó ataque alguno formal hasta 
el dia 25, en que la acción fué mas importante, solemnizando 
de un modo digno los dias del actual heredero de la corona de 
España. 

En la mañana de este día, salieron algunas fuerzas á pro- 
teger los trabajos de fortificación que se estaban haciendo mas 
próximos á la plaza. 

Los moros, que sin cesar estaban observando los movimien- 
tos del ejército, creyeron sin duda (jue nuestros valientes po- 
üian ser fácilmente cortados, pues lo pantanoso del terreno y la 
distancia á que se hallaban de nuestro campo, no daría lugar 
á que fuesen socorridos á tiempo. 

Visto por nuestro general en jefe el ataque de los marro- 
quíes, dio la orden para que todo el ejército se pusiera sobre 
las armas y avanzase hacia el punto donde se había empeñado 

la acción. 

Hundiéndose en el fango hasta las rodillas, caballos y peo- 
nes emprendieron la marcha con ese entusiasmo que no ha ce- 
jado ni un momento en los héroes que pelean en el suelo afri- 
cano. 

Pero los soldados (pie habían entrado ya en acción, eran 

españoles también y no hubieran retrocedido, y resistiendo im- 
pávidos la acometida de los infieles, dieron lugar á que se les 
reunieran sus compañeros, pudiendo de ese modo conseguir 
otra nueva victoria. 

Gruesos pelotones de caballería mora se lanzaron sobre los 
españoles, que con una precisión v maestría admirables, for- 
»?)aror> suh cuadro.^ correspondienlí'.i5j i^chay.ando ufui y otra 



586 RL HONoa 

vez las furiosas acomclidas de los encmip;os. 

A posar do los inconvcnienles (jiie ol terreno ofrecía, nues- 
Ira cabaileria también, tomando su parle en el combate, aña- 
dió un nuevo triunfo á los que llevaba recogidos. 

Una parte de la división Rios, recien licitada al campa- 
mento, entró en acción, y uno de sus batallones fué el que 
formo el cuadro, mostrándose digno de los soblados de las de- 
más divisiones ^ 

En una de esas brillantes cargas dadas con es9 ímpetu y 

ese arrojo al cual no saben oponer resistencia los muslimes, se 
recogió otro nuevo trofeo, una bandera muy semejante á la 
arpebatada por el cabo Mur en la acción del día 1.°, y que 
mas tarde, á nombre del ejército de África, se ofreció al prin- 
pipe de Asturias. 

Corla fué la fuerza que entró este dia en fuego, y por lo 
tanto, escasas fueron también las pérdidas. 

Las tres armas lidiaron unidas, y protegidas las unas por 
las oiréis, consiguieron nuevos laureles con que ornar la histo- 
ria de la guerra de África. 

Rechazados como siempre los infieles, empezaron á buscar 
su salvación en la fuga, retirándose mas tarde á sus tiendas, 
^establecidas, como hemos dicho, á la derecha de Tetuao, las 
que tenían defendidas con unos regulares atrincheramientos. 

Este nuevo hecho de armas acreció el buen ánimo y el va- 
lor de nuestros soldados, que hasta ahora habían visto que por 
donde quiera que iban llevaban la victoria consigo. 

Nuevamente escarmentados también los moros, no tolvie- 
ron en algunos días á hacer demostración alguna que fuera 
hostil á nuestro ejército. 



IV 



'Con objeto de facilitar el general en jefe las comunicacio- 
nes entre el campamento y la costa, pensó en la conslruccion 



DE ESPA5ÍA. 287 

de un ferro-carril, que partiendo desde la playa, y recorriendo 
una estension de nueve kilómetros próximamente, fuese á pa- 
rar á nuestras posiciones. 

Apenas este proyecto llegó á noticia de algunas empresas 
de ferro-carriles de Andalucía, se apresuraron á ofrecer al 
conde de Lucena cuanto para ello hiciera falta, dándose prin- 
cipio inmediatamente á la construcción de este. 

El edificio de la Aduana, centro, por decirlo así, de nuestra 
linea de fortificaciones se habia destinado para almacén de ví- 
veres, y con los repetidos desembarcos de estos, que continua- 
ment© se estaban haciendo, gracias á las órdenes y á la pre- 
caución del general en jefe podían confiar los soldados en que 
aunque hubiese temporales, tenían asegurada la subsistencia* 

Todas estas causas unidas á los grandes elogios que los ofi- 
ciales cstrangeros unidos al cuartel general hacían de nuestras 
tropas, estimulaban al valor de estas, y tanto los jefes como 
los soldados, no deseaban mas que se presentaran ocasiones en 
que aquellos se hicieran dignos de mandar á estos, y estos de 

ser mandados por aquellos. 

Nosotros no podemos tributar elogios á cualquiera de los 

cuerpos que peleaban en particular, todos, tanto la infantería 
como la artillería, y los ingenieros como la caballería, mariner 
ros y tropa de los buques de guerra y confinados que acompa- 
ñaban al ejército, todos eran acreedores al agradecimiento de 
la nación que á ellos confiara su honor, y á los elogios y gra- 
cias que sus jefes les tributaban. 



V. 



Alberto y sus hermanos se presentaron nuevamente en 
campamento. 

Zelim fué presentado al general en jefe como uno de tantos 
curiosos que iban á visitar nuestro campamento, y nadie pudo 
sospechar el misterio que en aquello se encerraba. 



^88 FL HONOR 

i. .'La fileí2:na de Luis fué inmensa, jii asi puRde fh^cirseé 
[Ver (Ip pronlo iirrojarsp on sus brazos A tn]uo\ i\ quien' ha^ 
bía llorado pnr miiiMlo, á a(|iiol ami^^o que roiisimiia, por de- 
cirlo HH, todas sus afecciones, lodos sus ^i^oces. 

El conde habia conocido al poela, y acostumbrado sionoprG 
á que le alabas'^n sus <Iefeclos, él y solo él se atrevió á repren- 
dérselos. 

De ahí nació una especie de aversioTí que mas larde se con- 

, virtió en una simpatía profunda é indeslruclible. 

El asistente del capitán también lomó una parte muy ac- 
tiva en la alegría de su amo. 

A Alberto era imposible tratarlo sin quererlo, y señores 
criados todos le respetaban y le amaban. 

En cuanto á la llegada de Carlos, ya era muy difícil espli- 
car su desaparición, sin embargo mediaron unos y otros, y en- 
tre todos se pudo conseguir que pasase al batallón de cazadores 
de Simancas, pues tan luego como Alberto díó un abrazo á su 
amigo, marctiaron los tres hermanos á incorporarse con el 
cuartel general establecido á la sazón en la ribera del rio 

Zam-mir. 

Dejemos á estos personajes por ahora para ocuparnos de 

Julia que á el dia siguiente de aquel en que el poeta recibió en 

su habitación la visita de Zaida, marchó acompañada de su 

primo Abddl, hacia Mequinez. 

Ya hemos visto que Sara sabia llevar perfectamente el 

trage de hombre, y de este usó en su viage. 

Atravesando montanas, cruzando vastos y abrasados are- 
nales, y en otros puntos fértiles llanuras; encontrándose algunas 
tropas, unas regulares y otras contingentes, que las kabilas 
ofrecían para la gu,erra santa, llegaron á la residencia del po- 
deroso Xerife marroquí. 



DE ÉSPAÍÍA. 2S9' 



Vá 



Sidi-Mohamed se había hecho durante mucho tiempo la 
ilusión de que las tropas españolas no avanzaban, porque tanto 
las kabilas como el cuerpo que mandaba su hermano Mu ley- 
Abbas, las tenian siempre en jaque, y no se atrevían á mo- 
verse por temor de una derrota mas considerable. 

Pero el movimiento del día l.^y las victorias sucesivas 
conseguidas por nuestros valientes, fueran á demostrar á S. M. 
Xerifíiana cual era la verdadera situación de su egército. 

Sin embargo él no se apenaba por eso y entregado á los 

placeres del serrallo, no se acordaba de la guerra, y mas de 
una vez pensaba con cierta delicia que muy pronto puesto 
que Zelim no habia cumplido su palabra podría hacer suya í\ 
la encantadora Zaard. 

Y entre tanto ¿qué era de la pobre amada de Zelím? 
Hermosa como siempre, desde que habia entrado en las 

encantadas habitaciones del harem, su belleza habia tomado 
un tinte melancólico, que ora un encanto mas añadido á los 
muchos que poseía. 

No comprendía el motivo de la estraña clemencia del Sul- 
tán, que no había abusado del poder omnímodo que sobre ella 
egercía. 

Pero sea cual íuere la causa, la pobre niña se alegraba 
iníinito de que esto no hubiese sucedido. 

Y los dias se pasaban y no tenía notíc'ia alguna cíe su 
amado, ni el Xerílte se dejaba ver en sus habitaciones. 

Siempre triste y pí^nsatíva no díslVutaba jamás do las di- 
versiones de las (lemas mugeres de su señor, y desde su cobba 
al baño, y desde este á su cobba eran los únicos paseos, es- 
ceptuando alguna vez (jue solia pasear por los jardines, ó re- 
cordar á su amante cantando en su guzla algún romance mo- 

37 



ÍQÚ ' ti HONOR 

WfiCo, ciiy¿iá noliiá y üuy.i lelra enc<MTai)a una poesía infinita. 

Julia llcgf^por fin ;i Meqnincz. 

Se había relanlado algunos días mas, ponjue dando un pe- 
queño rodeo fué á parar á la kabila de los Med-Azuz, con cu- 
y^gefe tuvo una larga eonfcrcncia, cuyo resultado fué que al 
día siguiente cien gineles flor y nata de la tribu, con la espin- 
garda colgada del arzondo la silla de sus caballos, él yatagán 
pendiente del costado, y la gumía en el cinto, dejando flotar al' 
aire sus cenicientos haiks salieron de la aldea, siguiendo á la 
yegua que c^n notable maestría manejaba la joven. 

Los cien guerreros acamparon á una legua de Mequínez. 
Julia y Abdel entraron en la capital y se dirigieron á el 
Millah ó barrio de los judíos por cuyo cherj preguntaron. 

Apenas Julia le víó y se dieron á conocer, el gefo de los 
hebreos la preguntó. ^ ' 

— y que necesita la sobrina de mi hermano Isaac? 

— ün trajjB de moro de una riqueza deslumbradora para mí 
y cien bolsas llenas de Vkias, 

— ¡Poderoso Dios de ísrraell... gritó el hebreo asustado por 
la magnitud del pedido; ¿tú sabes lo que pides? 

— No pido mas que lo que nece^o contestó con sequedad 
la judia. 

— ¿Y para cuando quieres todo eso? dijo el Cheg supeditado 
apfesar suyo por la mirada y el acento de Sara. 

— Para esta misma noche. 

— Es imposible. 

—-Pues es necesario, aquí está mi primo Abdel que os fir- 
mará todos los papeles que queráis. 

--Pero... 

-^Lo dicho, esta noche necesito el traje y las cien bolsas 

•Y sin aOadir una palabra mas, se salló de la estancia de- 
jando estupefacto al buen hebreo qua después de haber per- 
manecido en sil'Micio algunos momentos esclamó: 

—Dios do Jacob!... ¿do dónde ha salido esta muger? 

— Del cíelo, contestó una voz (i sus espaldas. 



DE ESPAÍÍA. 291 

Volvióse vivaoaeale el ancititio, y reparé en uü joven cuya 
figura deforme yrepugnanle formaba un contra sle esiraño, 
con la riqueza del traje judio que ostentaba. 

— Estabas ahi, Benjamín? prepuntó el Cheg al jorobado, 
con visibles muestras de enfado. 

— Si, padre, la he visto, y que hermosa es! 
Miróle con estrañeza el viejo,- y al advertir el fuego que des- 
pedían sus ojos, y la agitación que se notaba en todo su sem- 
blante, retratándose en su fisonomía una espresion estra^íla, 
salió de la estancia murmurando, aunque no tan bajo qne no 
dejase de oirlosu hijo. 

— ¿Si se habrá enamorado de ella? 
El jorobado se quedó en la habitación algunos momentos, 
y preocupado sin duda con lo que su padre habia dicho, s,e le 
oyó esclamar después. 

— No se si estaré enamorado/ pero es necesario que la mu- 
ger de los ojos negros sea mia, y lo será. 



292 



EL HONOR 



CAPITULO XKVl 



Marruecos. — Descripción interior de la Capital.— El gran desierto. —Los 
Oasis. — Nuevos personajes on Tetiian. — Estnmo encuentro en Ceuta. — 
Descripción de la Aduana. 




A ciudad de Marrakseh ó Marruecos, 
fué una de las poblaciones que en el 
mundo conocido gozaron de mayor es- 
plendor y magniüceucia, pues ya se 
sabe que los hijos de Mahoma lian sido 

siempre dolados de r¡«|uezas y placeres que nativos en su ar- 
' dienlc suelo, han dado margen a esos Canláslicos cuentos que 
lanío alhagan nuestra mente, y cuyos episodios tendrán algo 
de realidad, pero en el inundo todo perece hasta la gloria y 
preponderancia de las naciones, por infieles é indescriptibles 
designios de la Providencia, y de ahi resulta que merced á 
ese despótico yugo de cuantos sultanes han regido tan deli- 
cioso imperio, hombres todos avarientos, y que oprimidos por 
el peso do unas creencias fanáticas que cierran las puertas de 



I)K ESPAÍÍA. 295 

la ciencia al espíritu hamano, rara vez han pensado mrm que 
en encerrar en sus arcas sin olro designio mas que el de dleso- 
rar, el produelo del sudor de sus vasallos; merced á las conti- 
nuadas y desastrosas guerras intestinas que en su seno se han 
alimentado hijas de los infinitos ambiciosos que siempre se han 
creido con derechos á las delicias del Harem, el imperio de 
Marruecos ha tenido que sufrir la suerte de la decadencia, y la 
capital que su nombre lleva y que tratamos de describir á 
nuestros lectores, no es hoy ni la sombra de lo que fué en 
tiempos mas felices. 

Hállase situada al K. S. E. á unas veinte horas del f)uerlü 
de Saffi en una llanura circunvalada al K.ste por el m ate Atlas, 
ese inmenso gigante interpuesto entre el litoral del imperio 
marroquí y el medio dia y occidente ó sean las provincias del 
Sus, Tarodan y Sugulmezah en una conliiiuada serie de mon- 
tañas paralelas que nacen en el Riff en direcciou de S. O. y 
que pierden su progresión entre el rio Djaha y el cabo Ger, y 
en el desierto de Sahara. 

Al pie de los nevados picos del Atlas, cuya elevación no 
baja de 10,800 pies sobre el nivel del mar, al [we decimos de 
ese monstruo ó fenómeno de la naturaleza, que parece por su 
enormidad querer ponerse en contacto con los mundos desco- 
líocidos que vagan sobre nuestras regiones, se estiende un in- 
menso valle adornado de cuantas delicias y aromas pueden em- 
l)alsamar el espíritu del viagero. 

La plantación en él es tan diveisa como abundante; (lores 
de todos matizes y esencias, y frutas estjuisdas se cultivan en 
deliciosos vergeles rodeados de dilatadas palmeras. 

Marruecos se halla circunvalado por Ires espesas murallas 
construidas de mortero y defendidas por enormes lorrres que 
en 1792 tuvo que restaurar Muley-yezid. 

La espaciosa y fértil llanura que á estra muros circum- 
bala la población, se veia antiguamente fertilizada por mas de 
cinco mil corrientes de agua que despeñándose del inmenso 



294 EL HONOR 

Atlas venían (i refrescar un suelo ardieiUe y á hacer brolar la 
íerliridad (jue existe en sus entrañas. 

Pero las guerras intestinas, esos azotes de la humanidad, 
que destruyen la vida moral y material de los pueblos, desha- 
ciendo la obra de Dios, destruyó al mismo tiempo ese germen 
(Je riqueza y hermosura y que se derramaba en aquel poético 
terreno. Las disensiones nacionales que precedieron al reinado 
de Muley-lsmael destruyeron casi totalmente este iamenso 
bien de que gozaba la población. 

Marruecos fué cercada por Abu-Tascheíin en el aíio de 
1052; el primer Xerife de la dinastía de los Aimchadies se 
lomó el trabajo de asaltarla y arrasarla en H45, y reedifi- 
carla nuevamente; en 1047 fué sitiada y tomada por los ha- 
bitantes del Atlas y gobernada hasta el año de 1607 por un 
hebreo favorito de laKabila Krom el HadjL 
'•Reconquistada por Muley-Archid se entregó en 1672 al 
yugo de Muley-Achmet pariente y rival de Muley-lsmael 
Unida al aíio siguiente al resto de imperio, un siglo después 
el Xerife Sidi-Mohamed dio mayores proporciones á su terre- 
no, hermoseando sus afueras con un suntuoso palacio para 
cuya «legante construcción mandó llamar afamados arquitec- 
tos europeos. 

Este magnifico alcázar se halla colocado en medio de di- 
latados jardines sembrados de bonitos kioscos y tiene 1571 
pies de largo por 548 de ancho: esta edificado de granito con 
ornamentos de mármol y cubierto de tejas en forma chinesca. 

Esa tribu errante, maldita por el Señor, cuya desgra- 
ciada suerte es un complemento mas de la veracidad de nues- 
tra Santa y Verdadera Religgion pues que nadie mas que el 
Hijo de Dios podía lanzarles aquella tremenda sentencia» an- 
daréis errantes, humillados y vejados por todo el nuindo, se- 
leis despreciados de todos y • ímás formareis un pueblo,» los 
judíos, decimos, son los habitantes de un barrio amurallada, 
existente entre la población y el palacio, y al cual ios moros 
le denominan lil Millah Allí viven esos seres sin nombre, su- 
friendo toda clase de bajezas, con menos derecho sobre el 



§uelo que pisan, que ios perros en nuestras calles. ¡Es menes- 
ter toda la convicción de si» imperecedera desgracia, para su- 
frir los vejámenes y menosprecios que abaten á los judios^ 
éntrelos raorosl ¡Pobres hijos del antiguo testamento! Sin 
creencias consoladoras y exentos de figurar en el mundo, 
¿qué hacéis pues ea la tierra? Pero solvamos á Marruecos. 

A pesar de los muchos elementos que dejamos enunciados, 
para hacer de Marruecos una de las poblaciones mas ricas y 
pintorescas, sin embargo, Marruecos no es hoy en dia lo que 
fué ni lo que pudiera ser. Casi despoblado, edificios bajos mal 
construidos, húmedos y sucios, ya quisieran la mayor parte 
de los marroquíes gozar de las condiciones higiénicas que la 
mayor parte de nuestros caballos. 

Estas circunstancias hacen que las enfermedades endémi- 
cas y epidémicas hagan continuamente en ellos mayores estra- 
gos que en los puntos de Europa. 

Las pestes de 1678 y 1752 se cebaron tan cruentamente en 
la ciudad de Marruecos que hoy esta población no cuenta 
50,000 almas. A este ha venido a reducirse el millón de ha- 
bitantes que los Nonistas árabes hacen existir en la población 
á mediados del siglo XII. Gomo queda dicho las enfermedades 
han disminuido fabulosamente esta población y sus guerras in- 
teriores asi como la indolencia los habitantes, ó por mejor di- 

cir, de todos los marroquies han hecho hasta desaparecer los 
monumentos de su antigua gloria y esplendor. 

Y efectivamente no podia menos de suceder así. Si alguna 
religión existe en el mundo que tienda á la perversión y embru- 
tecimiento del género humano, ninguna podríamos designar 
con mas fundamento que la religión mahometana. 

«No hay mas Dios que Dios y Mahoma es su profeta.» «Es- 
taba escrito.» Estas son las palabras que encontraremos siem- 
pre en boca de los árabes, en ellas parece circunscribrirse todo 

el fondo de su religión. 

«Estaba escrilo» ¿Si tal existiera de que nos «ervirian esas 

magnificas palabras que Dios ha escritoen el corazón del mundo 

cristiano» ayúdale y te ayudaré.?» Si porque «estaba escrito» 



20(Í kl HONOR 

no hemos de tener derecho á resistir á repeler lo que atormenta 
nuestro espíritu y nuestro cuerpo, inútil seria alhagar nuestra 
im<nf¡;¡nacion buscando esperanzas para destruir nuestras des- 
agracias, para desterrar nuestras enfermedades. Podríamos de- 
cir «Dios que no las dá; Dios que nos las (juile,» y sumidos en 
la indolencia que tan funestas palabras engendran en el corazón 
de la humanidad, nos destruirán la miseria y la esclavitud. 

Estas justamente han sido las consecuencias que para su 
pueblo ha traído la religión mahometana. 

Bajo la terrible impresión de el ((e^^taba escrito» ha perdido 
todas sus antiguas glorias, toda su civilización y toda su cien- 
cia, y no parece sino que la religión mahometana ha arrastrado 
k sus secuaces hacia el Polo de la degradación y de la barba - 
rie, con la misma vehemencia que las demás han conducido 
sus prosélitos al Polo de la ilustración, al límite imfmeslo poi 
la Divinidad. 

Siete siglos duró la dominación árabe en España, y en lodc» 
ese tiempo no se amortiguaron ni un solo dia las esperanzas de 
los cristianos. Si sobre la terrible y funesta batalla de Guada- 
lele hubieran escrito nuestros abuelos esa funesta sentencia 
«estaba escrito» nuestras iglesias serian hoy, mezquitas y la 
religión de Jesucristo quizas existiera ya en nuestros romances 
como una cosa irrisoria ó fabulosa, y viceversa, hoy que esta- 
mos empeñados en una guerra con África; hoy que tratamo^ 
de dominar á los que nos dominaron, estamos seguros que si 
nuestra dominación pudiera ser completa sobre aquel vasto pais^ 
antes de un siglo la religión de Mahoma no contaría un solo 
secuaz, no porque les impusiéramos sangrientas condiciones^ 
sino porque ellos desde el momento que pronunciaran el «esta- 
ba escrito» de nuestra vícloria, concluirían en ellos los instintos 
de reacción. 

Volvamos nuevamente al asunto de este jiárrafo. 

Las plazas ó mercados y calles de Marruecos no están em- 
padradas ni arenadas, de suerte que en tiempo de lluvias es 
sumamente fastidiosa el recorrerlas, asi como incómodo en 



DE ESPAÍlA. 297 

tiempo seco por el polvo que del pavimento se levanta á mo- 
lestar á los transeúntes. 

Las Mezquitas de E!-Moazuin, de Beniíis y El Kutubia nos 
recuerdan las antiguas glorias de Granada. 

La Mezquita de Benius (Sidi-Bel-Abbees) es una especie 
de casa hospitalaria para ancianos pobres y enfermos los que 
dependen de las almas caritativas y ¡piadosas que velan por su 
desgracia. Es también una especie de lugar sagrado para cri 
mínales y desterrados, y su primitiva construcción data de unos 
setecientos años, sin embargo de que habiendo sido renovada 
en su mayor parte ofrece un aspecto estraño su ^mezclada ar- 
quitectura, antigua y moderna. 

El Kutubia cuyo minarete es de una altura colosal pues se 
eleva á unas 236 varas sobre el suelo y desde el cua} 
se tiende la vista á dilatadas regiones, viéndose perfectamente 
el cabo Cantin á una distancia de 20 leguas, se encuentra solo 
y en medio de una grande esplanada. Una délas torres de esta 
mezquita concluye con 3 bolas de oro del grandor correspon- 
diente á la elevación en que se hallan colocadas, y el fanatismo 
de los marroquíes les hace creer que la suerte del imperio pen- 
de únicamente de la conservación eterna de estas bolas en su 
respectivo lugar. 

Es menester hallarse poseído de un fanatismo sin limites, 
para creer absurdos de tan inmensurable condición, si bien 
.que por otra parte debemos conocer, que si el imperio de Mar- 
ruecos fia su poderlo y conservación en las auríferas bolas, 
bien puede prepararse á defender la referida torre porque en 
ias presentes circunstancias corren un peligro inmenso, y hay 
grandes probabilidades de que las tres bolitas vayan á ocupar 
tres mochilas de nuestros soldados, y eso en el caso de no caber 
en una sola, y esta sola coincidencia daria al traste con el po- 
derlo del imperio. 

Magnífica es en verdad la mezquita El Mozaiun: construido 
hará unos trescientos años; pero en contraste con ia opulencia 
que representa, se halla el sueldo de los diez ministros que 
para su culto tiene señalados; pues es tan mezquino que los 



298 ' i:l honor 

iiiísoros jornalíM'os ó acreditados chalanes, lieiien aquellos qu^ 
buscarse lo suücienle á su suhsisloncia p:)r mcíJio del lial)ajo 
ó de ongafios, vendiendo presuntos talismanes paia heridas, 
venenos y ení'ernuMlades, brujerías ú otras lai'ezas hijas de su 
fanática imaginación. 

Despeñándose del Atlas, á una legua próxima de Marrue- 
cos, hacia el Norte, baja á perderse en el Atlantier, no lejos 
(le Saffi, el rio Tensif, pasando por un puente que hay en el 
camino real, y que fué construido con ladrillo á íines del si- 
glo XVI por los infelices prisioneros hechos v.n la batalla de 
Alcazarquivir y en la cual murió el malogrado 1). Sebastian 
Uey de Portugal. 

La antigua Sultana de los raarroquies, la ciudad <leAchmet 
se encuentra al Sur de Marruecos en Jas faldas occidentales 
del Atlas, asiento de los déspotas marroquíes. Próxima á ella 
se hallan infinidad de villorrios á los cuales van á refugiarse 
los hebreos cuando los duros tratamientos de los moros se les 
hacen insufribles. 

Todas las inmediaciones de Aclimet son fértilísimas, pero 
continuamente devastadas por las bárbaras incursiones de lo« 
salvages habitantes del Atlas. 

Para comprender hasta que grado el embrutecimiento do- 
mina ií las kavilas del Atlas, bastará decir que viven á su libre 
alvedrio sin hacer caso ni obedecer las órdenes del Sultán, y 
es menester tener entendido que en Marruecos son tan déspo- 
tas las órdenes superiores, que los v¿isallos se hallan alli mas 
espuestos k que les corlen la cabeza, que nosotros á que nues- 
tra guardia civil nos pida la cédula de vecindad en nuestros 
cauíinos reales. Pero las Kavilas de las cordilleras del Atlas no 
pertenecen á la raza humana; ellos no tienen instinto de ca- 
ridad ni de conservación, señoras de aquellas escabrosas mon- 
tañas, cuanto desde ellas su vista abarca, Ie3. parece suyo y 
bajan á los llanos cual el águila desde las nubes, con la llrme 
intención de hacer una presa. Esta gente es indomable y sus 
instintos han puesto mas de una vez en precaria situación el 
poder de los Xerifes; no así las ciudades i)róximas ó situadas 



DR KSPAÑA. 299 

al Norte y Sur, piios que sieiulo variada la residencia de los 
Xerifes, que de Fez se trasladan á su capricho á Marruecos, 

estas circunstancias hacen valer su autoridad en los respectivos 

departamentos. 

Los campesinos del Sur de Marruecos se llaman Schelluchs. 

Su vida viene á ser igual á la de los Kavilas, sin enfbargo 
de que gozan mas comodidades: tienen mas sólidas habitacio- 
nes y circundadas de bosquecillos. Gente robusta, su pasión 
favorita es la caza; son famosos tiradores, y semejantes á los 
trogloditas del Mar- Rojo, viven sobre las mas encumbradas 
rocas del ^Mlas. Son demasiado frugales para la comida, que 
viene á reducirse á miel y cebada, condimentadas de diversas 
maneras, y muy rara vez prueban la carne. Su lenguaje es dis- 
tinto también del do los kabilas. 

En cuanto i\ la orgn'íizacion militar de Marruecos no po- 

drjamos hablar en el sentido técnico de esta palabra porque 
en aquel país, no hay ninguna. 

Sin embargo allí no hay que hacer jamas sorteos pues que 
en caso de guerra todos son considerados como soldados y 
se preparan á marchar á la campaña, á pie ó á caballo según 
las circunstancias de cada uno, y como el arma favorita de 
marroquí es la espingarda: todos se encuentran armados, razón 
por lo que el Sultán no tiene que cuidar do este objeto. 

Lo único que suele hacerse es, cuando al Sultán le parece 
oportuno, manda sacar una leva de la cual se encargan los go- 
bernadores de provincia, de donde salen unos 12 mil hombres 
entre peones y ginetes y á estos se les llama moros de rey, y 
este cuerpo suele ser heredilario de padres á hijos. 

Ademas del cupo íijo que de ellos corresponde á cada pro- 
vincia ó bajalato, hay varias compañías llamadas de mucha- - 
chos, jóvenes alumnos que se dedican á esta carrera para ha- 
cer la guardia del Emperador, compuesta de G á 8000 hom- 
bres de á pie y á caballo, á los que se les dá el nombre de 
bokaris. 



500 EL HONOR 



II 



La naturaleza es tan infinitamente grande y superior á ios 
conocimientos del hombre, que indudablemente por muchos 
que sean los adelantos de la humanidad siempre descendere- 
mos al sepulcro sin haber comprendido el misterio que encier- 
ran esos inmensos abortos de la creación, cuya magnitud es 
tan superior á nuestro pobre y martirizado espíritu. 

No basta que el hombre quiera Querer; es voder, son fra- 
ses pronunciadas sin duda por algunos seres dichosos á quienes 
la casualidad ha coronado con el laurel de la victoria en las 
empresas que han acometido y que por la casualidad han rea- 
lizado. Para nosotros es muy pequeño el hombre que sienta ' 
un proverbio después de una victoria. 

Es indudable que el conocimiento del hombre progresa, 
que en el dia estamos viendo prodigios de ciencia que en los 
tiempos pasados se hubieran creido al querer plantearlos, co- 
mo insomnios ó delirios de una cabeza enferma, cual nos lo 
demuestra la historia en el inmortal Cristóbal Colon; mas eso 
progreso del género humano está prescripto en sus límites, pe- 
ro de estos jamás podrá rebasar. 

Cristóbal Colon, descubrió un nuevo mundo; gloria fué que 
á él le cupo, pero el nuevo mundo exislia: llarbo probó la cir- 
culación (le la sangre: esta fué una observación mas hecha en 
la naturaleza del hombre; y aun hay otros descubrimientos 
que tal vez será mucho decir en nosotros, poro que para nos- 
otros solo están á medio nacer, y que su cternal misterio no 
podrá vencerlo jamás la mejor inteligencia humana. 

Franklin inventó el para-rayos: la reunión de varios meta- 
les atrae la exhalación á un [)unto determinado; esta" es una 
observación que se ha hecho sobre la naturaleza; j)ero podrá 
decírsenos el porque esto sucede? Y aun cuando á ello se nos 



DE ESPAÑA. 301 

contestará de una manera cualquic ra, ésta seria positiva? 

Nosotros sabemos yá que el ¡man está siempre mirando al 
Norte, magnífica observación que particularmente para la na- 
vegación de los mares nos ha sido sumamente provechosa; po- 
ro sabemos acaso en que se funda este recóndito misterio de la 

naturaleza? 

Y por este orden hay muchos, muchísimos descubrimientos 

á medias^ porque vemos los efectos sin poder comprender la 
causa, y siendo así que no puede haber efecto sin causa, ten- 
dremos que convenir en que la una corresponde á Dios, y el 
otro le han encontrado los hombres. 

No hay que dudarlo: la historia del hombre es un caos im- 
perecedero de dudas en todo cuanto concierne á la naturaleza, 
sinónimo de la divinidad, y esta ha creado fenómenos dis- 
tantes de nuestra comprensión, que cuanto mas preocupan 
la mente mas la sumergen en la oscuridad de la ignorancia, y 
ante ellos solo nos es dable formar cálculos imaginarios, y ad- 
mirar el inconmensurable poder de la Creación. 

Bien quisiéramos ser mas estensos en esta materia, pero el 

asunto de nuestra historia no nos lo permite, ni quizas tampo- 
co la paciencia de nuestros lectores á quienes r )gamos nos per- 
mitan las anteriores digresiones, motivadas por la impresión 
que nos ba cansado el fenómeno que vamos á describirles; de 
cuya veracidad no les rtíspondemos, porque hay ciertas co- 
sas en el mundo cuya verdad la sabe Dios, no el hombre por 
ser impotente para examinarlas en toda su ostensión. 

El desierto de Shara coníina con el Occéano atlántico: toda 
su ribera que toma principio en Mogador, viene á tener unaes- 
lension de 150 millas geográficas y toda ella es un terreno in- 
culto, cubierto de menuda arena, que levantada de cuando por 

vientos impetuosos, cubre unas veces el Occéano, y otras el 
espacio etéreo, de un torbellino inmenso de disminuía arena. 

lüstos continuados montes de arena que vienen á posarse 
sobre las aguas del mar, han formado un banco, de unas dos y 
media leguas internado en el mar, con tan poca profundidad 
(jue los moros se meten á pie en el agua sin que osla les pase 



502 EL IICNOR 

(le las rodillas, y van así muchas veces en busca de barcos 
naufragados, (|ue ¡(iipclidos por las furiosas y circulares cor- 
ri(Mites del Allanlico van á encallar en acuellas áridas é inhos- 
pitalarias playas. 

La eslension del desierto do Sahara se halla calculada, á 

mas de la mitad de Europa. 

Bajo esto punto de vista podrá calcularse lo horroroso y des- 
consolador que será este panteón de seres vivientes allá en sus 
calcinadas sinuosidades donde ni la frescura del viento, ni el 
fruto de la palmera, pueden reanimar el abatido espíritu del 
infortunado mortal que lo huelle con sus plantas. 

El cabo blanco es una eminencia plana que se adelanta ha- 
cia el mar, es una inmensa mole de arenas, y con esto dire- 
mos lo bastante para comprenderla exenta de dones para la 
creación. A primera vista es difícil de distinguirse, y todo él 
se halla cercado de bancos de arena hacinados por el desierto. 

Uno de estos bancos llega casi formando un círculo hasta 
el cabo Mirik, sin abrir mas que dos pequeñas sendas para in- 
ternarse en el golfo de Arghin lleno también de bancos y pro- 
montorios de arena. 

La costa se estiende en toda su estension desde la emboca- 
dura del Senegal y del terreno que la rodea hasta llegar á 
cabo Yerde. 

El aspecto de estos desiertos es un estrenn monótono pues 
la vista no abarca en ellos mas que terraplenes horizontales 
de arena unos mas altos otros mas bajos, y como hemos ya di- 
cho, sin vejetacion alguna. 

Rocas uniformes ó capas de sal con la sustancia de este 
terreno y en donde estas faltan no hay humus ni terreno que- 
brado sino rocas calcáreas enteramente peladas y con bastante 
semejanza á las de los montes Juras, y todas ellas están cu- 
biertas de guijarros ó átomos de arena impelidos por los fu- 
riosos vendábales. 

Por esta causa la superíicie no guarda ar monia alguna, y 
en ella no se advierte agregación de ninguna especie, esencial 
requisito para la vida orgánica de los cuerpos. 



DÉ ESPAÑA. 303 

Las arenas del desierto líbico se hallan compuestas de un 
cuarzo esclarecido de la tercera parte de una línea y sin ali- 
gación de otra sustancia, y cuando se halla mezclada, la ali- 
gación resalta sobre su base á semejanza de una capa de 
nieve. 

Cualquiera cuerpo estraüo que se pose sobre las arenas, una 
zarza, la osamenta de un camello, es lo suíicienle para que el 

viento arremoline sobre él nuevas pirámides de arena que no 

parece sino que se hallan deseosas de sepultar en su seno todo 

lo que á ellas no corresponde. 

Los vientos dominantes en el desierto líbico son el Norte y 
Nordoeste, los cuales cuando imperan nueve meses consecuti- 
vos, hacen adelantar unos doce pies todos los promontorios de 
arena de donde resulta que el verdadero suelo productor de es- 
ta cálida sustancia se vé muchas veces cubierto de pedruscos 
guijarros y piedrezuelas. 

La arena es un desierto errante, cubriendo á cada momento 
los lugare»s que conquista y esta es la razón porque el agua es 
difícil encontrarse y aun mas el conservarse en aquellos terre- 
nos, pues espuesto continuamente á nuevas metamorfosis los 
manantiales, los oasis y palmeras que del centro de aquel 
caos podrían indudablemente prevalecer, y aun prí^valecen, 
decaparen instantáneamente bajo inmensos terraplenes de are- 
na, que no solo las cubren sino que ni aun siquiera dejan una 
dea de donde existieran. Tales son las variaciones de aquel 
terreno ambulante casi sin cesar por los hemisferios. 

Todas las espantosas peripecias de una borrasca en el mar 
son incomparables con los tormentos que de si dá el desierto 
á las infelices caravanas obligadas á cruzarlo por alguno de 
sus lados. 

Una borrasca en el mar se halla contrariada por las buenas 
cualidades de una embarcación,* por la dirección de un buen 
piloto, y aun cuando estas, no sean suficientes siempre le 
queda al pobre naufrago el consuelo de combatir las olas sobre 
una tabla en esperanza de una nueva embarcación que |)ueda 
darle ausilio. 



304 EL noNon 

Pero querer contrareslar los fenómenos del desierto es en- 
teramente ¡núlÜ y no hay otro recurso qiiesucnml)¡r ásns pér- 
fidas conseíMiencias, y traidoras metamorfosis. 

Los montes de arena arrastrados por el furioso Eolo se- 
pultan imponsadamonte millares de almas, y otras veces cuan- 
do las caravanas llevaban puesta su salvación en los manan- 
tiales (á Oasis que de ciertas á ciertas jornadas estaban seguros 
de encontrar, habían ya desaparecido bajo inmensas montañas 
da arena que cubriéndoles al mismo tiempo las sendas de su 
peregrinación, no tenian mas recursos que morir con ese des- 
consuelo y desesperación que infunden en nuestro espíritu los 
los sofocantes rayos de un sol abrasador. 

]\]illares de caravanas yacen sepultadas y calcinadas bajo 
estas ardientes arenas, y si á nuestros lectores fuéramos á 
detallarlas en toda su ostensión no conseguiríamos mas que 
martirizar su espíritu con escenas espantosas y solo propias 
de ese símil de los antros del averno llamado Desierto de 

Sahara. 

En 1805 pereció toda una caravana compuesta de dos mil 

personas y ciento ochenta camellos, y la inmensidad de osa- 
menta que continuamente blanquea sobre aquellas regiones de 
arena dá una completa idea aunque bien horrorosa de las no 
interrumpidas catástrofes que en ellas se suceden sin respetar 
seres ni condiciones, pues tan pronto se vé el esqueleto calci- 
nado de un cuadrúpedo como el de un volátil. 

Es tan sofocante la atmósfera del desierto que no es posi- 
ble llevar líquido alguno en e) viaje de las caravanas, pues 
por dobles que sean las vasijas, el calor todo lo absorve, y 
esta es la causa porque en estos sitios no hay mas recurso que 
los escasos manantiales de los Oasis, ó perecer cuando estos 
por la continuada variación del terreno, han desaparecido. 

Hasta el camello, ese aninial tan feo como noble, pero ti- 
po de fortaleza y de sufrimiento cae exhanime de sed y de 
cansancio. 

El reducido límite de aquel panteón de vivientes que goza 
de la fiescura de las aguas sirve de guarida á los elefantes y 



DE ESPAÑA* 305 

javalies y hacia los lados estremos, suelen también verse algu- 
nos leones y panteras. 

Los avestruces y antílopes son los únicos seres que visitan 
las interioridades de aquel averno, sin mas rumor que el sil- 
vido de los vientos y el monótono caminar de una caravana. 

En hs sinuosidades del desierto se ve á grandes trechos 
alguna que otra planta puesta al parecer por la Providencia 
en apoyo del infeliz pasagero que arrebatado por el viento 
puede, asido á ella, evitar el ser arrastrado como si fuera 
también uno de los millares de atoraos de arena que sobre su 
aterrada materia van cruzando. 

Los vegetales que alli suelen germinar son los cardos cu- 
yas hojas guardan únicamente en sus estremidades la corta 
humedad que les diera vida: La zarza conocida bajo el nom- 
bre El Gul; una clase de Thymian odorífero, el she y varias 
mimosas qommiferas, las cuales suelen servir de alimento á 

los camellos. 

En los infinitos sitios en que absolutamente falta el agua 

suelen criarse varios zarzales achaparrados que sirven de nor- 
te á las caravanas, pero encierran tan poco jugo estas plantas 
que sus agostadas hojas apenas pueden refrescar las resecadas 
fauces de las acémilas. 

En algunos que otros parajes se observa una especie de 
acacia espinosa que esprime goma; mas fuera de estos casi es- 
tériles recursos que la naturaleza ofrece en aquellos inmensu- 
rables desiertos, arena y cielo es lo único que se presenta ante 
la abatida imaginación del viajero. 

Los sitios donde existe alguna vejetacion y principalmente 
donde hay palmeras son denominados por los árabes bajo el 
nombre de Djezair ó Djezira. 

Es indudable que el desierto africano seria tan fácil de 
vejetacion como los demás puntos de la tierra, pero la esteri- 
lidad no es producida alli, cual se comprende por causas inte- 
riores, sino por los repetidos vendábales que arrastrando mi- 
llares de arenas hacen insuficientes, ó al menos destruyen los 
buenos efectos que la madre naturaleza pudiera engendrar en 



,^0b El HONOÜ 

stís entrafias, pue^ ya hemos dicho quft alli loílo 1^ /cabré ta 
arena, y que cualquiera cosa, aun lo mas iiisigniíicttnte que 
sobre ella se pose, sirve ai monienlo de b;ise h nn nuevo pro- 
moütorio arenisco. 

' Sin embargo bien por espíritu de egoísmo ó bien por iás^ 
linio de conservación el hombre sabe sacar partido do lodo, \ 
hasta de aquellas arenas que tantas catástrofes encierran hü 
sabido calcular algún provecho. 

Cuando los vientos de aquel desierto son demasiados fres- 
cos ¡Cosa estraña! los árabes se tienden sobre la arena calcio 
nada por los rayos del ardiente Febo y en ella encuentran un 
consolador abrigo. 

Allí se entretienen en allanar los basamentos de arena que 
los separan á unos de otros y entonces entablan una especie 
de mímica, que ellos comprenden fácilmente, y si el asunto 
de ella se concreta á algún contrato, sobre la misma arena re- 
suelven sus cálculos, y abarcan las ventajas qu3 el negocio 
les puede producir, y los musulmanes de estos países dan á 
la arena la misma virtud que el islamismo al agua, pues ha- 
cen completo uso de ella para sus abluciones. 

Sin embargo hay un animal, que el árabe ha aclimatado, 
si es posible decirlo, á sus costumbres, y sin el cual le seria 
imposible atravesar aquellas inmensas regiones. El camello es 
el navio del desierto, su pezuña, su estómago y su dentadura 
son, tan á propósito para internarse en aquellos dilatados pá- 
ramos, que sin el auxilio de este doméstico animal el hombre 
se veria imposibilitado de acometer semejante empresa'. 
* Los guías de aquel terreno, llamados sabios (Kobyr) y su 
deber con respecto á los viajeros, se concreta á comprender las 
épocas del año mejores para viajar lc»s puertos, y la dirección 
de todas las vías. 

Falto aquel terreno de todas esas hermosas variaciones de 
la naturaleza, sin rios, sin selvas, sin montañas, kin caminos; 
y no habiendo allí, como hemos dicho, mas que eslensas pirá- 
mides de arena, cuyas formas varían constantemente, los Kehyrs 
tienen que guiarse en sus investigaciones por el vUelo dtí ''las 



aflífl^ett tísp^cíal, de ios cuervos y buitres; ó bien por las seM,o 
ñas horrorosas de los cadáveres, semejantes á un piloto, por 

la dirección de los vientos. 

También suelen guiarse en estos casos por la posición de las 

estrellas y otras constelaciones, sin que por esto digamos que 
sus conocimientos sean profundos en astronomía, pues estos no 
pasan de saber cual es la estrella polar, y la práctica única- 
mente de caminar casi siempre de noche, les ha hecho sugerir 
estas observaciones; así es que los árabes ó guias del desierto: 
directores de las caravanas de Timbektu y de f>arfur, y que son 
los llamados hybt'rs vienen á tener las mismas nociones astro- 
nómicasque los pastores de nuestras montañas. 

Como las sendas allí son tan uniformes y parecidas es muy 
difícil el comprenderlas, y los guias acostumbran á ir dejando 
continuados indicios de su ruta, cual sucede en los gran les 
ventisqueros del norte paranosepultarse.en los profundos bar- 
rancos y despefladerós cubiertos* por la nieve. 

A pesar de las previsoras medidas hay casos en que hasta 
los mismos guias suelsn verse perdidos y confundidos en aque- 
llos horribles laberintos, y tienen que buscar nuevos guias ó 
(Vsploradores que vengan en su auxilio, para ponerlos en una 

vía segura. 

Cuando despue^í de tan inmensos y espantosos peligros el 
viagero ha podido por fin cruzar aquellas horrorosas tumbas 
de la creación, aquel indescriptible páramo, llamado desierto 
de Sahara, que incapaz para la germinación se halla siempre 
dispuesto {\ sepultar en sus calciuados elementos á cuantos 
seres se ven obligados á hallarlo con sus plantas entonces el 
viagero se encuentra á la estremidad meridional de Beled-el 
Nun, regiones cultivadas v cuyos habitantes comercian con go- 
ma y cera por lelas de Europa. 

Eslos moradores ew relaciones comerciales con las casas 
francesas del*'Senegal sirven ó intervienen en los tratos con 
los rHarroquies para la cornpra de moros 

Estas son los d'^lalles que dól desierto de Sahara hemos 
sacado de acrediladoa y cientíñcos autores , y termiiiaremos 



508 BL HOI^OR 

este párrafo bajo la misma impresión que nos preocupaba al 
principio (le él; es decir que Dios es el solo Omnipotente, que 
la naturaleza contiene fenómenos cuya estension no puede abar- 
car el cerebro humano, y que el desierto de Sahara es uuo de 
aquellos, que la planta del hombre podrá hollar, pero que él 
jamás podrá dominarlo ni destruir los elementos que á re- 
giones tan dilatadas, las hacen incultas, inhabiülables y mor- 
tíferas. 



III 



Estamos en Tetuan. 

Penetremos ^n una casa de una de las mas principales 
calles. 

En un aposento de paredes caladas con delicadeza, y ro- 
deado de muelles almohadones de damasco, una joven osten- 
tando con gallardía el traje délas don' ellas musulmanas, vier- 
te un llanto copioso, y solo se turba el silencio que reina en el 
aposento con los sollozos que se exalap de su seno. 

¿Porque llorará aquella niña tan divinamente encantadora? 

jTanjoveny ya el dolor lleva lágrimasá sus ojos... 

Pobre Zaral... 

Vosotros lectores mios, no la conocéis, y estoy seguro que 
cuando os la presente, no podréis menos de simpatizar con ella. 

Vosotros no comprendéis que haya en el mundo almas pre- 
destinadas para sufrir?... no es cierto? 

Pues sin embargo, no hay nada mas seguro. 

Nosotros no comprendemos el porqué, pero es lo cierto que 
hemos conocido algunas personas que han merecido tan triste 
privilegio. 

¡Pobres flores que en toda su corta vida no han podido go- 
zar mas que de algún tibio rayo del sol, que ha sido muy pron- 
to sofocado por los violentos hábitos de la tempestad. 

Zara era huérfana. 



DE ESPAÍ5A. 309 

Al ver ella la primera luz, perdió á su madre. 

Su pobre padre sin la dulce compañera de su vida, no podía 
permanecer en el mundo, y subió al cielo á acompañarla. 

Zara quedó sola en la tierra con oíro hermano que solo te- 
nia dos años mas. 

Su padre había sido rico, y aun lo era á su muerte. 

Nombró tutor de sus hijos á iucet-Sbu- \kbas y este es- 
plotó perfectamente aquella tutoría 



-«"»•:»« ^' 



Los dos niños crecieron, y á falta de otras personas á quien 
amar, se amaron con delirio. 

: Sin mas personas que los prodigase tiernas palabras, ca- 
riñosos consuelos, ó dulces reprensiones, concentraron en si 
mismos todos sus afectos, lodos sus pensamientos, todas sus 
aspiraciones. 

Cuanto se querían los dos hermanos! 

Crecieron ambos, y si Zara era hermosa como un sueño de 
ángel, Akmet, era gallardo y fuerte, como un guerrero de los 
antiguos abencerrages. 

Pasaron días; y el cristiauo penetrando en las tierras afri- 
canas, hizo reunirse á todos los guerreros del Jiiogreb para in- 
tentar aunque en vano detener su victoriosa carrera. 

Akmet abandonó á Tetuan. 

Zara cuyas penas no habian tenido mas que una tiegua 
harto corla, volvió á sentir los dolores que siempre que pensa- 
ba en sus padres habian lacerado su corazón. 

Y sin embargo en medio de aquel dolor se soba deslizar 
una cosa asi como un ensueño tímido, puro y delicioso de amor. 
Sara había lijado através de sus celosías, sus miradas eu 
un apuesto musulmán que á todas horas paseaba su calle. 

Curiosa primero, gozosa mas tarde, y enamorada después, 
amaba á Ali que era el moro mas gallardo de la ciudad. 

Hijo de una de las familias mas distinguidas de Tetuan, era 
un partido que aihagaba la vanidad de Jucef. 

Un temor solo asaltaba á este y era el de que el amante re- 
parase con demasiada escrupolosidad las cuantas que pondría 



8lO EL HO.>IOR 

á 8u pupila, y que exigiese como era justo (a .lote que la cor- 
responrün 

Pero esta nube se desvaneció. 

Mediaron esplicaciones, y el joven dijo que solo adoraba á 
Z^ira. por lo que era, no por lo que metMicamente valia. 

Fnlietanto la desgraciada niila, era presa de un dolor 
terrible. 

Akmet aquel hermano á quien tanto amaba, habia de^^- 
apareeido en la acción del dia 14, v nadie sabia su paradero. 

En vano ella, con un valor superior á su edad y á sus cos- 
tumbres babia recorrido el campo del combate buscando á su 
Akmet, nada habia visto que le revelase si estaba muerto ó 
herido. 

Los moros que hablan luchado con el decían haberlo visto 
entrar en medio de los cristianos, y después nada mas hablan 
sabido. 

Por eso lloraba Zara. 

ÍJnicamento tenia un consuelo, y era su amante. 

Pero también hacia dos dias que no le habia visto, y esto 
acreeia su pena. •....*. 

Mucho tiempo llevaba la desgraciada mora de llorar. 
De pronto la puerta de la estancia se abrió con estrépito. 
Dos personas aparecieron en ella. 

Zara alzó la cabeza y exhaló un grito en que en medio de 
un dolor infinito, se traslucía una alegría intensa. 
Una de las personas era su tutor. 
La otra era sn amante Ali. 
Ni una palabra se cruzó entre ninguno de los tres per- 

sonaf>es'. 

río pronto la frente de Zara se oscureció. 

Ali llevaba sus preciosas pistolas con engastes de nácar en 

la ancha faja (jue rodeaba su talle. 

Su corÍK) yatagán pendía de su costado. 

Su blanco hmh fiofaba nogliiíenlemenle sobre su espalda. 
"Y el thaia cubila su cabeza. 



ilí iba vestido de guerra. 

LJaa OjOresioii dolorosi embargó el seno de Zara. 
Jucef fué el priiooro que rona|)ió el silencio. 

— Zara, le dijo, bien sabe Allah, que lu dicha es solo mi 
ambición, y por ella sacrificaría todo en el mundo. Ali-Kal- 
doiu me ha pedido tu mano, y por mas que tal alianza m.* 
enorgullece, y me llene de satisfacción, tu voluniad solo sepa 
la mia; le amas tú? 

Zara tardó algunos momentos en responder. 
Por íin con voz trémula contestó. 

— Señor, la pobre hermana (pie llora su hermano perdido 
no puede ostentar hoy sobre su frente el blanco velo de las 
desposadas, si, le amo, pero aun no debo ser su esposa. 

— Os comprendo Zara, dijo á su vez Ali y acercándose mas, 
se arrodilló ante la joven, y tendiendo su brazo hacia el orieüle 
prosiguió. Os juro no volver i presentarme ante vos, ya que 
no con vuestro hermano, al menos sin haberlo vengado,; hoy 
parto á reunirme á las huestes de Muley-el-Abbas, y no tar- 
dará en presentarse la ocasión de lavar con sangre cristiana, 
esa tan querida que ha hecho asomar las légiiinas á nuestii^s 
ojos. 

— Y yo á mi vez os prometo guardaros mi amoi . 

— Y si muero? Zara?... 

— Si moris, dijo la mora haciendo un esfuerzo, si mori^si o ; 
seguiré al cielo donde Dios nos unirá ya que en la lien a no lo 
hayamos podido hacer. 

El musulmán besó una míino que se estremeció al conlactr 
de aquellos labios ardientes, y tras muchas protestas, Iras 
torrentes de amor que de aquellos pechos enamorados se ex;í - 
lara abandonó la estancia donde se quedaba una pobre iniijcr 
sola con sus lágrimas y recuerdos. 



312 



EL HONOR 



IV 



Hoy que nuestro ejército ha lleí^ado de triunfo en triunfo, 
hasta las puertas de Tetuan; hoy que nuevamente resaltan en 
nuestra imaginación los dias gloriosos que hace cuatro siglos 
alumbraron á la morisca Granada; hoy que refiriéndonos á la 
aterrada Tetuan, podemos dedicar al actual Emperador de Mar- 
ruecos, aquellos magníficos versos con que Zorrilla nos canta 
la toma de la hermosa Granada, en su poema titulado aMaria» 
nos parece oportuno dar á nuestros lectores una reseña de la 
Aduana de Tetuan, en nuestro campamento deGuad-el-Jelú, y 
que ha caldo en poder de nuestros soldados ante cuya bra- 
vura huyen despavoridos por do quier los sectarios del Koran. 
La Aduana de Tetuan no ofrece verdaderamente mérito al- 
guno arquitectónico y digno de mención porque cuanto hoy 
pende del genio marroquí todo infunde un sentimiento lasti- 
moso, de la barbarie é ignorancia en que se halla ese pueblo 
que en otros tiempos ha resaltado en artes ciencias é industria. 
Hoy, para nosotros, concebimos bajo una idea de profunda 
convicción, que sea quien quiera, ya una ya otra potencia, el 
imperio marroquí, si sus habitantes han de ser dignos de per- 
tenecer á la raza humana, necesita un conquistador, porque 
ellos han retrocedido á la crasa ignorancia é incivilizacion de 
los tiempos primitivos, todo en ellos ha decaído, y a^i se re- 
velen sus costumbres, en sus instintos y^e» la incuria de ^tí.s 
poblacioHes y edificios. 

Uno de los primeros deberes y cuidados de un. gobierno es 
procurar, (jue los ediíicios ocupados en negocios de la nación, 
y mas particularmente aquellos que por sus esenciales circuns- 
tancias tienen que ser indudablemente pisados y examinados 
por los diversos habitantes del globo, den siquiera una idea 
cuando nó de opulencia, al menos de magnitud y capacidad 
para el objeto destinado. 



DE ÉSPA?ÍA. MS' 

-í¡ 'T¿do el'tnuhdo sabe lo que es una Adnana, y desde I; egol 
se (Concibe que un edificio de esla naturaleza debe tener uiv 
buque suficiente para dar cubierta á ia inmensidad de negO'-^' 
dos que el incansable genio mercanlilpueílie aglonierarí eii un 
dia dado. ■ .^ -,,•'-: vd^MfjL:'.: ' ;j '".ú "'fj. 

Pues bien la Aduana de Tetuau eí^ unaí'aTaia y mezquiDá. 
casa uniendo á estos tristes recjuisitos nn foco de hediondez Iv; 
suciedad, que solo tiene comparación, reparando en la blan- 
cura de sus paredes esteriores, únicaseñal en él alhiagüeña, .sái 
esos sepulcros blmu/Mea dos por fuera de que habla el EAfan- 
gelio: ui yxjíi 

íii'iLa enciclopedia arquitectónica que^ eur ébse observa ááá 
entender qui ni aun recuerdos existe yí! en esa raza do;aqu«¡- 
Has eleganl(^ y suntuosas obras que derálós copiaron las de¡t; 
mas sectas, y que hoy soiv la admiración de Nfiajeros ilustres 
que han tenido el honor de ínácribín suB nomi>res m ias/ pa- 
red-es de la poética Mhamhra granadina. .;'•;•'/; 

No parece sino que este edificio nacional marroquí se-hja 
encontrado siempre con derechos á destruirse á su capricho, o 
sus recomposiciones al cuido de los mozos ó porteros que pro- 
curarían dormir tranquilamente al ^o.ojnpaia<tó:.gí)lpe (k^ila» 
picota del albañil. ívntn/rj^s on íío'i 

-(hAUí está representado con toda la ma^ horrible grosería y 
dd'ormidad, el gusto de todas las naciones. Allí está la cousr 
truccion arábiga y la europea en confusa mezcolanza; junto á: 
una habitación embaldosada de pequeños azulejos en orden mo- 
saico, se observa la prosaica cocina catalanav-y al frente de 
ella una ventana con persianas á la ingl!Eisí^>t)a(;ii 

A primera vista la aduana de Teluan se confunde con una 
casnca de nuestros pueblos de Andalucía, por lo que induda- 
blemente el genio de la arquitectura quedo suspenso; en §}\oñ 
desde el ano de 1492. : i ,r ,, ;>! 

i Oh ! es en verdad espantoso considerar ^incuria, el aban- 
dono y la miseria en que yacen postrados los desgraciados 
marroquíes, siendo todavía mas lastimoso. '«I contemplar ios 
miles de elementos que aquel suelo ieráz podría suminislfarjfs 



314 EL HONOR 

para sobrepujar á los Europeos; pero ya hemos bosquejado va- 
rias veces la dolorosa situación de eslos liabilanles, y conti- 
nuaremos con el objeto que nos hemos propuesto. 

Desde el patio de la aduana se llega á unas habitaciones 
que hay en el segundo y último piso; pero no se crea que á 
ellas se llega con lo misma facilidad que nosotros lo hacemos 
á las nuestras porque antes hay que encaramarse por una an- 
gosta y pes ilente escalera, é ir conquistando peldaños alar- 
gas zancadas y asegurándose perfectamente en las paredes. 

Hecha ya esta conquista; es decir en lo alto de la escalera, 
hay una especie de antesala adornada también con azulejos 
pequeñitos y bien combinados, y en la cual hay otra escalera 
que remata en una ventana sin banderas ni cristales qne da 
paso al terrado del edificio, cuyo piso, cual las paredes es- 
teriores, es de cal blanca y luciente. 

A la izquierda de la antesala se vé otra cocina con fogón 
á la Europea, y al lado un cuartito, almacén ó' despensa del 
encargado, según los vestigios que en él se observan. 

Varios soldados de marina vieron en el hogar de esta co- 
cna alguna lumbre encendida, y al lado un puchero en cuyo 
centro se cocía una magnífica gallina. 

Los moros no serán valientes, pero al menos podremos ha- 
cerles justicia, atribuyéndoles siniestras intenciones. Ya po- 
drán nuestros lectores calcular el esquísito condimento que 
tendría la gallina, habiéndose encontrado en el edificio tres 
barriles de sulfato de cobre. 

Pobres marroquíes; ellos son tan ignorantes como mal- 
vados. ¿Por dónde podrían figurarse que esta mezquina es- 
trategia podría causarnos alguna catástrofe? 

Pues qué, ¿tan estúpidos iban á ser nuestros soldados, y 
tanta el hambre que les acosara que fueran impremeditada- 
mente á devorar unas viandas dejadas por un pérfido enmigo? 
i Estrategia propia del fanático marroquí! 

A la derecha de la antesala hay una habitación sin adorno 
alguno, con ventanas al campo, aunque medio cubiertas por 
podridas y malparadas persianas, y en la misma pieza y en 



DB ESPAf<ÍA. 51^ 

un tablado indigno de un harapiento español habia unos toscos 
jergones embutidos de yerbas aromáticas ya secas, pero largos 
yestrechos, como los callejones de sus ciudades. 

En varias alhacenas que habia, en la cocina y en la ante- 
sala se encontraron infinidad de botellas todas llenas. ..de aire. 

El Koran prohibe á sus hijos el uso de la bebida, pero la 
aparición de tanta botella desangrada, demuestra que este 
capítulo del Koran es una mera redundancia de religión, y 
ante el cual su mahomética majestad tendrá que hacer la vista 
gorda sino quiere verse ella sola en el paraíso. 

En las habitaciones bajas del edificio se encontraron como 
hemos dicho, tres barriles de sulfato de cobre, una infinidad 
de esteras viejas, sacos de azulejos, timones, lanchas y ca- 
jones de loza inglesa. 

Hemos hecho una descripción de la Aduana de Tetuan, 
según la hemos visto acabada de tomar por nuestro valiente 
ejército. 

Hoy si nuestros lectores pasaran á verla, probablemente 
observarían en ella las metamorfosis propias y corres en- 
dientes á un ejército, puesto que según tenemos entendido, 
este edificio será completamente amoldado á las circunstan- 
cias de un vasto depósito de víveres y municiones de guerra 
que para las necesidades de nuestra gloriosa campaña de 
África, trasportará diariamente nuestra brillante escuadra. 

Nuestras guerrillas de vanguardia avanzan mucho mas de 
la Aduana distante una media legua de Teluan, y si el es- 
tandarte de San Fernando no tremola ya victorioso sobre las 
almenas de la ciudad, es porque nuestro digno general en 
jefe se ha propuesto que la toma de la población sea todo lo 
equitativo posible, en sangre de nuestro heroico ejército. 




EL HONOR 



-•♦Ins f;t 

CAPITULO XXVII 

Ojeada retrospeclivát.—CohVérsacioií de Muley-Admet. v d emperador en 

Mequinez. — Accioa del dia 31 de £nero<>^Prépar(itiv0i9''para (ai^ddi 

día 4 de Febrero. |i'\- - i^ ,a, : •iS ;!> •': 

,nr,üJf)l 'i 'I) ffoioqii . odaod ííoíiimH 

Dlüsilfi/ 'VfiRM- iijfflo] f»íJbbí>d6í)i] olaiv eofnfjii r>1 ni : 

^>iíí9fíl9lííi>do•Iq ,£'• «ifl ifc VHil 

, u^s que lectones nos dispensarán que pe/- 
. trpp^danios algunos dias; peí o Iojí re- 
pelií)o^itvi;i|ip,fQs de r)uestra?5 armas gu 
ei suelo atVicajio nos obligan tí ,^lo. 
-j^.,, ,,.. Crear un egércilo por decirlo asi, d^ 
la nada, .li'asUdario á un terreno desconocido cooipletameule 
y conseguiv |a,urelp$ spl;)re ,lauiicles, es. upa cosa que entusias- 
ma y "que enorgullece á lodos los buenos españoles. 

Largos dias llevaba España de quietud y de reposo, reposo 
y quietud que menoscababan nuestro orgullo nacional y (jue 
hasta cierto punto nos hacia el blanco de la mofa y el escar- 
nio de las demás potencias? 

A cuatro pasos de nosotros, unas ordas indisciplinadas y 




OBJESPAÑA. 317 

salvajes cometían esoesos que casi siempre, quedaban impunes. 

A cuatro pasos también <ie nosotros la.; Francia, esa nación 
que no tenia que vengar tantos ultrajes C)aio la España, en- 
grandecía los límites de sus pesesiones africanas,,-* ^«'ivictoria 
sobre victoria se iba acercando :,Siasta Tlemecen ocupando los 
estensos territorios de la Argelia. ík^ííIovj u^.uí ul;;;; ,in; • ^ 
,.:) España entera se avergonzaba 'de qiíe á las puertas de su 
casa, por decirlo así, las ordas Rifíeñas hollando todos JosUar 
tados, insultasen constantemente al pabellón Español. 'm ' 
.. Sin embargo loda^ las cosas tienen su término en este 
Inundo, y del ocaso de las naciones suele nacer una aurora, 
que purificando todas las nubes del . pasa<lo, lo revindique 
pqr medio del porvenir. 

Ei dia 15 de Setiembre ocupará indudablemente una de 
las mas brillantes páginas de nuestra historia. 
01 Los soldados españoles, midiendo sus armas con las kaviUíí 
del Rif, les demostraron que es harto terrible el despertar ^1 
León de España. ..!,...,;í ^.b^«l;í t^l^\> nuw-joiíh o»:.>'> =;> a.l 

El ejército de observaQíon establecido' mi; el campo de S«íu 
Roque, llamóla atencj<)p ¿f^,esp.^9'j|p( sosp^ciías^ del gabinete 

de S. James. . . = .•..r,;; --.'■; .>'.^..:-:-. .m-^ ■'■''■■ -' 

Estupefactos por el alarde de fuerza de la nación, en cuyo 
misTíio territorio poseían esa peña que ellos habían convertido 
en un centro de riqueza y> comercio, y cuyo arle la liabia liei 
cho tan invulnerable como Aquiles, temieron por ella y pi-r 
dieron seguridades. m\ KfiBqrk' 

>r,j,Y esto lo hicieron, porque,; compi-endierou; que su gigante, 
de hierro y piedra tenia como el héron tioyano su taloa V;ul-;^ 
uerable. 
.¡.;,;(íste era Tánger y Tetuan. , ^,ííih' -q m\ 

listas dos poblaciones la dabun su riqueza, erau ci alma 
de su comercio,, y el atraso en que se encontraban por la falta 
d^ icivüiiíacion de sus gobiernos, la daban la supremacía en 
el Estrecho. ■ • i 

Por esta lazou se pidieron esplicacíones á nuestro gabinete 
y este lassalíslizo de un modo <i|ue no dejaba descontentos ix 



348 Él HONOR 

los hijos de U orgullosa Alvion, y nos dejaba á nosotros el de- 
recho de obrar según las circunslancias lo exigieran. 

Hubo en aquella época algunos espíritus recelosos que vie- 
ron en estos una debilidad por parle de nuestros gobernantes, 
pero el conde de Lucena presidente de Ministros, á la sazón era 
y es demasiado buen político para saber lo que debía hacer. 

La nación entera ha visto el resultado Jque han dado .us 
disposiciones, y la nación entera se felicita por haber deposi- 
tado en él su confianza. 

El día 19 de iNoviembre, el general Echagüe estableció 'sus 
posiciones en el Serrallo, y durante 8 días con un puñado de 
hombres comparados con el escesivo número de los infieles, 
sostuvo tres combates, luchó con todas las adversidades del 
tiempo y construyó esos reductos, cuya posición estratégica y 
perfectamente combinada, ha causado la admiración de cuan- 
tos las han visto. Diez y ocho combales han dado por resultado 
diez y ocho victorias. 

En el corto intervalo que media desde el dia 19 de No- 
viembre de 1859 hasta el 4 de Febrero de 1860, la España, 
cual furioso gigante adormecido por un nacórlico funesto, se 
ha despertado demostrando á las naciones su inimitable é in- 
vencible pujanza. 

La España de los Felipes 5." y 4."; la España de los Car- 
los 2.° y 4.0 volvió á ser la nación de Isabel la Católica y 
Carlos 5> 

El León de España ha despertado, y aunque noble y ge- 
neroso sabe probar que puede aun sujetar al mundo entre sus 
garras. 

I Oh! Hermosa y manágnima nación nuestra! El corazón 
nos palpita de alegría, de entusiasmo y de orgullo al consi- 
derarnos hijos tuyos ! 

I Bendita sea la hora en que la Providencia nos concedió 
la gloría, de aspirar al primer aliento de vida en tu hermoso 
y heroico suelo ! 

Tu no puedes, noble España, tener hijos desgraciados. 

¿Qué mayor ventura que poder decir «somos Españoles?» 



DE ESPAÑA. 319 

En el solo renombre de a Español», se hallan espresas mi- 
les palabras lisonjeras. «Español)) es el sinónimo de lodo lo 
grande, de todo lo generoso, de todo lo invencible. 

Nosotros no tenemos ejército, nosotros lo que tenemos es 
un conjunto de patricios romanos. Nuestro ejército no tiene ni 
Generales ni soldados. En él no hay mas que serai- dioses en 
el dia de la batalla. 



II. 



Estamos en Mequinez. 

Julia se habia comprometido á salvar á Zaard , y era ne- 
cesario que lo consiguiera. 

Para mujeres de su temple, el dar una palabra, llevaba 
consigo el cumplimiento de ella. 

y la empresa no dejaba de tener sus dificultades. 

Sidy-Mohamed cada dia estaba mas prendado de su linda 
concubina. 

Y los asuntos de la guerra, no dejaban de preocuparle 
por eso. 

Habia visto que los españoles eran mas terribles de lo que 
al principio le hablan parecido. 

Largas horas horas se habia pasado encerrado en su cobba 
con su favorito Sidi-Mahomed el Ketib. 

En su conferencia habia tratado de lo mas conveniente para 
contrarrestar el poder cada dia mas temible de los cristianos. 

Estos habían pasado el Cabo Negro, y lenian sus Realea 
establecidos al frente de Tetuan. 

Es decir á dos pasos del egército de los musulmanes. 

Y sin embargo estos no osaban empeñar combate ninguno 
con sus enemigos. 

En tal estado, no teniendo confianza el Xeriffe en su her- 
mano Muley-Abbas, decidió que con nnevos refuerzos par- 
tiera hacia Tetuan su otro hermano Mulev-Admet. 



52G( i . a? «l honor 

-ifiNo estaba este en muy buenas refaciónos con el eníipera- 
(lor, por cuyo, molivo comisionó á>tíl'Kelih para que fuera á 
participarle lu honrosa misión (jue el soi)erano 1»í habla coq- 
leritlo. 

i'i Muies-Adniet lioniino la repugnanoia que tenia en servir á 
9U hermano, y partió inmedialainenle Ai Kasmr. 

Un oficial (fe los inlinitos que pululaban por las antecá- 
maras, después de haberle hecho una zalá con lodo el eli- 
quelero rigor musulmán, se dirigió al cobba, y alzando el tu- 
pido tapiz que ocultaba la pueM, anunció: 

— El alto y poderoso Muley-Admet, desea gozar la incom- 
parable dicha de ver al omnipotente padre dtí los buenos cre- 
yentes. \^\m\M 

""''ünú" inclinación de cabeia' del' emperador fué la séflíif' do 
que podia pasar su hermano. 

■^'•^Reelinado más bien qué sentado én '^o^^ muIHdos almoha- 
dones que circundaban la estahciaj aspiraba «on delicia a\ 
voluptuoso aí'oma que exalában los perfumero!^ de 'Oro que sos- 
tenían las estatuas de mármol negro que habiá en los cuatro 
ángulos. •• (iH'íj»» 

Dos esclavas négráá de 'Abisihiá';'ile formas tan lustrosa^s, y 
morvidas como una estatuí de lidias, arrodilladas á los pie«; 
de'siu señor, arrancaban de sus guzks de oro'fléviles sonidos 
que aumentaban el encanto de áqliet cuadro, 
^^ Otras dos con sendóycibaiiicos de plumas deaveslrtiz tem- 
plaban la ardiente atmósf(>ra que reinaba en él aposento. 
*' '^'Mienti'as que ünáhijade Georgia, de ojos tan azules como 
eí^íeló (le su patria, llenaba sin cesar la enorme pipa é5U*fa 
embocadura de ámbar leiiia el Xeriffe entre sus labios. 
Todo era allí quietud y reposó. ^ '''■ j^i^-'^^í i^^ - 
Esa molicie, ése 'abandono dé i^'VM'hiíttéillMna; estaba 
aiíf períectamentecáfácVérizadb!'' ' * 

Era un detalle magnifico arrancado del KoraVí. > 

" ^ '* í^ Ui í ey - Ad m e t í í pa reci ó ert 1 a pn er t a d e I cobba . 
~'*^ÍSidi-Mahomed hizo un ademan, y las cinco odaliscas se 
deslizaron bajó los arcos y desaparecieron como un enstt8fto 



DE espaNa. ,321 

de ángeles poruña délas primorosas arqueadas püerlas que 
habia en los estreñios de la habitación. 

Los dos hermanos quedaron solos. 

— ¿Qué tienes que mandar á tu hermanQ, poderoso señor 
délos creyentes? preguntó Admet ** • 

— Siéntate y escuchíi. 
Obedeció aquel y el emperador prosiguió. 

— Tú sabes perfectamente el profundo djehad (odio) que siem- 
pre ha reinado entre los cristianos y los buenos hijos del Is- 
lam. Tu has visto la audacia de aquellos que no contentos con 
lo que poseían, se han internado en nuestros dominios, y 
apesar de los continuáis ataques que nuestros invencibles mu- 
sulmanes les han dado, no han detenido su marcha, y sal- 
vando las encrppadas sierras y los desfiladeros del Cabo negro, 
amenazan á nuestra encantadora íetaven la joya mas ricíi 
de la provincia de Hasbat. Yo confiaba en que nuestro her- 
mano Muley-Abbas detuviera la marcha de esos perros des- 
creídos, pero no lo ha hecho asi, tal vez porque no contara 
con tropas suficientes, y ahora quiero que seas tú el que al 
par que lleves esos refuerzos, ciílas el laurel de la victori,a 
derrotando á los cristianos y trayéndome prisioneros atados á 
las colas de vuestros corceles esos generales de cuyo talento 
tanto blasonan. 

— Talento que yo les reconozco también, contestó Muley 
Admet. 

— Di mas bien que la nulidad de mi hermano ha dado mar- 
gen á que se crea en ese talento; ¿qué victorias ha ganado 
Muley Abbas contando con mas elementos que los cristianos? 

— No hagas á los hombres responbles de las desgracias que 
nos suceden; di mas bien que la fatalidad parece que se ha 
empeñado en cebarse en nosotros, y no otra cosa. 

Sin duda el profeta con su dedo de hierro ha escrito sobre 
las rocas de nuestras sierras, que en cuantas luchas entremos 
eco los cristianos, seamos vencidos. Recuerda la batalla de 
Ysly en cuyo éxito tanto confiabas, y en la que tú mismo fuiste 
derrotado por los franceses; acuérdate de la confianza que te- 

4i 



322 El. HCNOft 

nías Gil lus Kabtias y sin embargo, estas han liuido anlc el 
ompuje de los nazarenos; creías que esos aliados qne tpñto 
le ofrecían, pondrían obstáculos á la marcha de los españoles, 
y ha sucedido al contrarío; tuviste una fé ciega en (jiie Mu- 
iey-Abbas derrotaría á nuestros enemigos, y ha sido veiKíido. 
ahora crees que con mi ayuda nuestras armas venccn'rn, y si 
al contrario sucede, lo mismo que has culpack) á las Rabilas, 
lo mismo que has desconfiado de mi hermano, desconfiaras de 
mí, y nadie ha tenido la culpa de esto mas que tu mismo. ' 
— ¿Qué estás diciendo? Insolente!.... gritó ciego de cólera 

el Xeriffe. 

— Sí, tu raisnro, contestó sin alterarse el hermano del em- 
perador, cuando los de la tribu de \ugghera insullaron á los 
espaíioles, debiste de darles las satisfacciones que te exigían 
con harta justicia. '^"'-^ -' v-^'s-n^í^^: 

—Y por qué? acaso no hay en mi imperio cien moros para 
cada español? '^ 

Es cíe: lo, pero qué instrucción, qué táctica y qué máqui- 
nas de guerra tienen tus soldados? En tu afán, lo mismo que 
nuestros padres de desdeñar lodos los adelantos de las demás 
naciones devEuropa, nos encontramos hoy que no iservimos 
mas que pava las gazzias que hacemos en las tribus rebeldes 
de nueslro mismo imperio, por esa razón los franceses nos han 
vencido, y los españoles acabarán la obra que aquellos han 
empezado, n Nueslro golpe de muerte ha de venir de Espaua,)) 
esla máxima sabes qu^ hace años te la dije lo mismo que á el 
querido señor Muley Abderrhamaín, nut^slro padre, eslomecaíi- 
só muhoH disgusloá, y hé aquí que hoy empieza por desj;racia á 
realizarse, ..:^^^^•■í -.;; g^J ^ r^:n,, .'/!— 

—Y qué hacemos entonces? prcgunlá'Sidy-Mahora'ed, que 
no podía menos dft comprender la verdad que había en loque 
su hermano estaba diciendo 

-^Luchar, ya no tenemos otro remedio, los «spañoles son 
lan ambiciosos como lodos los vencedores, si' hov^ les ofi^ce- 
mos, nos exigirán doble, y ya (\\\<^. m len.ííam'o.s'ñías-feinedío 
que darles mucho, al menos defcüdámoslo hasia'qúopDdaníiOs. 



DE £6PA^4; 32S 

—Luego tu opinas qne seremos vencidos? con que una na- 
ción que 'cuenta tantos soldados como arenas en sus desiertos 
ban de caer ignominiosamente bajo el yugo de un invasor? 

— Las arenas del desierto tf.n numerosas como son, sirven 
de juguete al Simoun y por qué? porque esas arenas esparra- 
madas en una eslension inmensa, no ban comprendido que para 
resistir al ímpetu del viento, era necesario que so hubiesen 
reunido y formado montañas sólidas, eso es lo mismo que 
le ha pasado á lu pueblo; los españoles son el Simoun, y 
ay! de nosotros, sí acreciendo su furor, llega un dia en que 
quieran hacernos su juguete. 

—Y lu no tienes confianza en vencerlos ? 

— Ningui;!^. 

-j-r-Eotonces ajustemos las paces con ellos, 
. r.-r--TampQCo eso es conveniente, - ,. . . 

— Pues qué vamos á hacer? 

— Lo que antes he dicho, morir como valientes al pie de los 
hogares, que no podemos defender. 

-^Bion hermano mió; tal vez el Dios altísimo y único se 
qansará de prodigar desgracias á su pueblo, y nos conceda la 
victoria. 

— No será por falta de poner los medios; pero si así no su- 
cedo, no nos eches la culpa á nosotros sino á nuestros ante- 
cesores, y á ti mismo que pudieudo remediar el mal á tiempo, 
no lo hieiste. ;j._> ^[j. 

— Y cuándo piensas marchar? 
, .¡n-Cuando me des tus órdenes. 

—Pues inmediatamente; contigo irán seis mil hombres con 
un número respetable de mis ginetes negros; ademas El-Katib 
irá también contigo por si encontráis probabilidades de hacer 
al^un tratado ventajoso. 
, ' in-Gomo quieras, aunque preveo que será inútil su viage. 

— Obra tu. allí como mejor te pare/xa mientras que yo haré 
aquí que todos los dias nuestros marabatos dirijan al Todo 
poderoso sus plegarias por el feliz éxito de nuestras armas. 
Siguieron hablando algún rato los dos hermanos, y al dia 



5áí -A^^''^ IroNOR 

siÍ5iiicnté salieron (íe Mequinezcon dirección h Tetuan los re- 
fuerzos que copilaneaba Muley-Admet. 



m 



■y VíiíÜ&y'hacer una descripción sumamente pálida de la glo- 
riosa acción del 31 de enero de 18G0. 

Y decimos sumamente pálida porque hay cosas que jamás 
nuestra imaginación puede estamparlas «n el papel, bajo lú 
misma impresión que las recibe. ' '^ '''' ■ '' ' ' " 



Nuestra mente al querer lanzar ciertas ideas que la exal- 
tan, que la arrebatan, ó que la abaten no encuentra en el ór- 
i^ano oral potencia suíiciente para' dar h aquellas su exacto co« 
forido. ' • ií^Mri— 

ISüestrá'lengüíí Ó nüés'ti^a pluma es para ciertos pensamien- 
tos, un simple daguerreolipov ' 
'^'' *En él queda impresa la sombra de un muerto introducida 
fior k íriiérposicioñ de tina forma viviente. La forma puede 
imitarla el hombre: la vida solo puede darla Dios. 
^" Éti ñ^rihay tanta diferencia de ciertas ideas encerradas en 
ra'imagín'ácion del hombre; á la definición que de ellas intenta 
hácéV el misnio, que solo pueden compararse á los ardientes 
rayos del sol con los pálidos reflejos que de ellos la luna nos 
trasmite. ..lím/i.- :<\ ohuiiUD 

Por eso decimos que vamos á hacer una pálida descripción 
átí'ntíeStríá gíorfosa acción del 31 de enero contra los. bárbaros 
i^y¿táí'ios del Koraiíi'Nv'íi «^-^i-'í- 

''• -Indudablemente que la ignorancia es muy atrevida; como 
ignorantes los mores son atrevidos y por lo tanto y cual de 
costumbre tienen en sus campanas, de ellos partió también la 
ítircfalivá en estedia. i • .■ \. ■ ^^'V' ' ' • ' 

'"' Las continuadas derrotas Tjiiéjjrinci piando en el Serrallo 
habían ido destrozando las hordas musulmanas hasta el valle 
^^ Tetuan ocupado y?^ por nuestros dignos soldíidos, Jiabiaií 



DÉ ESPAÑA. 525 

abatido tdnto el ánimo de los marroquíes, que de tigres san- 
grientos se liabian convertido en un conjunto de lobos aco- 
bardados al pié de Sierra-Bermeja en las inmediaciones de 
Tetuan. 

El ánimo de ellos huoiera sido sin duda presenciar impa- 
sible y vergonzosamente, según manifestó uno de sus caudillos 
hecho prisionero posteriormente, la entrada de nuestro ejér- 
cito en Tetuan, para cuya operación estaba preparando el 
campamento nuestro inimitable General en Gefe Don Leopolck) 
O'DonelL 

Pero llegadas coino era de es{)erar al interior de Marrue- 
cos, es decir á la corte dcíl Emperador, las continuadas ó in- 
faustas nuevas, délos repetidos descalabros sufridos por su 
hermano Muleyel-Abbas en las huestas qne comandara, ha- 
ciendo un nuevo esfuerzo el sangriento caimnn, paru resistir 
las tremendas embestidas del León de España, determinó el 
descendiente del Profeta, reforzar las huestes del impotente 
Muley-el-Abbas con otras numerosísimas al mundo de su se- 
gundo hermano Muley Achmet. 

Efectivamente el dia 29 de enero, Tetuan recibió en su 
seno á millares de sectarios. 

La alegría de esta desgraciada población, si bien venturosa 
por corresponder hoy ya á la Corona de Kspaña, podrá com- 
prenderse al considerarla falta de recursos para conlrarestar 
á un enemigo poderoso llamando á las puerlas de sus mura- 
llas, y enemigo en quien, juzgándolo en el mismo estado de 
incivüizacion y barbarie, que las hordas de salvajes que lodos 
los habitantes do [su imperio," no creia poder coníia^r. en su in- 
nata generosidad v conmiseración. ' .. . 

Mucho sentiríamos, que, ciertos eslrangeros particular- 
mente, diesen una mala interpretación al pensamiento que 
acabamos de consignar deduciendo de él para nosotros deni- 
grantes consecuencias, y asi ya que como escritores imparcia- 
ciales nos es preciso circunscribirnos á los hechos, como espa- 
ñoles amantes de nuestras glorias y sobre lodo de nuestra pa- 
tria y defensores de nuestros verdaderos y nobles instintos psi- 



526 EL HONOR 

lamos en el caso de evitar toda la mala interprotacion que la 
envidia y el ogoisuio do ciertos islvnoíi piidiciaii dar á puoslras 
palabras. 

Hemos dicho que los habitantes»^ de Tetiian se hallaban 
aterrados ante un ejército de españoles en cuya conmiseración 
y nobleza no confiaran. 

Eslo pudiera servir para que algunos dedujeran qué los 
espafloles no son ni nobles ni misericordiosos, y para ahorrar- 
Itís semejantes ilusiones debemos aclarar la cuestión. 

Hay un refrán castellano que dice: 

«Piensa el ladrón qu? lodos son de su condición» y asi 
pues debemos considerar. 

Que Tetuan era una plaza de moros. 

Que los moros son inhospitalarios y sangrientos. 

Que los moros no viven mas que del robo y del pillaje. 

Asi pues, los habitantes de Tetuan, á quienes sin embargo 
no les haremos la mengua de compararlos con los caribes del 
Riff y otras muchas regiones del dilatado imperio de Marrue- 
cos, se hacian las tristes reflexiones de que los españoles, ve- 
nidos esclusivamenle á su territorio para vengar los pillajes y 
crueldades que sus conciudadanos habían sin interrupción ege- 
cutado desde largos años, tratarían de obr/ir de la misma 
manera. 

Pero esto no podia ser mas que un modo de raciocinar de 
la morisma, fundado esclusivamenle en la barbarie é incivi- 
lizacion que tanto la harta de ser racional. 

Por lo demás la entrada posteriormente de nuestro valiente 
cuanto virtuoso ejército de Tetuan, nos ahorra de tener nos- 
otros que decir á las naciones que se crean mas civilizadas del 
mundo que somos hermanos de Jesucristo. 

Hechas estas reflexiones, debemos continuar. 

Asi pues Tetuan quehabia visto huir por todas parles des- 
parcidas las |)r¡meras ordas de la morisma que quisieran opo- 
nerse á la impetuosa y triunfante marcha de nuestro invasor 
ejército, al acamparse este á sus inmediaciones, creyó ver la 
cólera de Dios cerniéndose sobre su cénit, y al de impro- 



DE ESPAÑA. 327 

viso encontrarse ausiliada con las numerosas tropas de Mu- 

* 

ley-Admet, su centro manifestó su recóndita alegría con mul- 
titud de salvas de cañón, y en su espíritu se obró la raisiDa 
metafórmosis, que en el de un infeliz cazador asaltado impen^ 
siidamente por un tigre, vó caer á este exánime atravesado 
por el puñal de un valiente compañero que ha acudido ve- 
lozmente en su socorro. 

Pero i hay 1 que Muley-Admet no llevaba sobre Teluan mas 

que muy pasageras ilusiones! 

Las prescripciones que el emperador de Marruecos habia 

dado á Muley-Amet consistian en que la pintoresca, la poética 

ciudad de Tetuan, uno de los mas espléndidos florones de su 

corona, se sostuviera y defendiese á todo trance. 

La ciudad, efectivamente, se coaligó en masa á semejan- 
tes condiciones, pero la ciudad creyó hallarse defendida y, cus- 
todiada por un ejército digno do sus deseos. 

No obstante los hermanos del emperador, para darla una 
prueba de la seguridad y confianza que sus habitantes debian 
tener en las infinitas huestes de que eran capitanes, conci- 
bieron la gigantesca idea de querer encerrar á nuestro ejer- 
cito dentro de las murallas de Ceuta haciéndole ir descen- 
diendo vergonzosamente los altísimos escalones de gloria ó á 
donde hasta entonces se habia remontado. 

Ellos no podían nunca comprender que el ejército español 
no puede descender; no podían concebir que el genio español 
no se humilla jamás y que si no le es dable conseguir la victo- 
ria prefiere una muerte honrosa, á la afrenta de cejar, un 

palmo del terreno que ha conquistado. 

Así pues el dia 51 principiaron á descender en numerosos 

grupos desde las faldas de Sierra Bermeja, y á las diez y me- 
dia de la mañana la acción se habia hecho eslensiva por todas 
nuestras líneas. 

í.a división del general Ríos fué la primera que entró '!n 
fuego, y tanto esta como las tropas al mando del bizarro cau- 
dillo general Conde de Rous, fueron las que sostuvieron con- 

tiniindamonlc lo(!o el rigor del combate, que duró hasta la 
oración. 



328 EL HONOR 

Testigos presenciales en esla acción no podemos menos de 
repetir a nuestros lectores, lo que miles de veces hemos ya 
repetido, (|ue nuestro ejército, sin hacer alarde de amor pro- 
pio, y sin lanzar españoladas como dicen los portugueses, es el 
primer ejército del mundo. 

Ni un momento siquiera en medio de las embestidas tan 
rudas y despiadadas de los marroquíes, cejó el valor de 
nuestros soldados, ni la victoria estubo indecisa de nuestra 
parte. 

Kl General en Jefe, como siempre estubo acertadísimo en 
todas las disposiciones que ordenara y si hemos de creer que 
la infalibilidad existe en lo humano, el General O'Donnell es 
infalible en las batallas. 

Es indudable que el Conde de Lucena hoy ya también Du- 
que de Teluan está dotado por la Providencia por cuantos do- 
nes puede conc'íder á un insigne Caudillo. Todas sus disposi- 
ciones parece que se hallan prematuramente concebidas con 
el sello de la consumación. 

Cuanto mas peligrosa y difícil parezca la realización de 
cuahjuiera orden suya sobre el campo de batalla, hasta que él 

la haya prescrito, para que con una sorprendente naturalidad 

los efectos vengan á realizar victoriosamente sus planes. 

Pero una de las cosas que mas verdaderamente chocan á 
iodos los que en el campamento observan esle gran genio de 
iKíeslra guerra de África, os la imperturbabilidad que debe 
existir en el corazón de esc hombre y que refleja de una ma- 
nera indescriptible en su semblante. 

Para él no hay obstáculos; para él no hay peligros: 

En uno de los momentos mas encarnizados de la gloriosa 
acción de este dia, se hallaba el conde de Lucena observando 
las espantosas peripecias del combate en una posición de mu- 
cho muchísimo peligro. 

No era posible que á él se le pasara por alto la mala posi- 
ción que ocupaba puesto que tanto le concernía. Sin embargo, 
observada por varias personas á él próximas hubieron de ad- 
vertir lo mal (jolocado que so hallaba en rieso^o de su vida, 



DE ESPAÑA. 32^ 

Duesto que el silvido de las balas parecía querer derribar has- 
ta el caballo sobre que montaba. A lo cual cont^.stó con esa 
sangre fria esclusivamente suyas «No las oigo» 

En cuanto al espíritu de los soldados en este dia, fué 
como siempre causa de admiración para sus gefes y oficiales. 

Cuanto mayor eran los obstáculos que vencer mayor su 
animosidad y arrojo. 

Los moros que siempre se hallaban acechando con ese es- 
píritu ratero y traidor que tanto les domina, el menor descuido 
de nuestras tropas, si descuido puede haber en los bravos y 
entendidos generales que las capitanean, se aprovecharon del 
aislamiento en que al parecer se hallaba por causa de su de- 
masiado avance, uno de los batallones de cazadores al mando 
del general Rios. 

Como lobos tras de rezagado cordero se echaron encima 
millares de marroquíes de á pie y de á caballo, y en momento 
tan crítico aquellos valientes se vieron obligados á hacer esa 
terrible peripecia de los lances estrcmos que en el arte de la 
guerra se llama formar el cuadro. 

Pero aquello no fué formar el cuadro sino construir un vol- 
can de nutrido fuego defendido por las inaccesibles puntas de 
las bavonetas. 

Mas fácil hubiera sido penetrar en los antros de la muerte 
que romper aquel baluarte destructor defendido por soldados 
invencibles. 

Advertido el General en Jefe de la situación de aquellos va- 
lientes partió cual una exhalación en su socorro. 

Pero cuando llegó ya era tarde. 

Es decir cuando llegó sus refuerzos eran ya inútiles. 
La morisma rechazada, destrozada y vergonzosamente huia 
despavorida de aquel cuadro de Marte, y de cuyos lados no 

salía mas que la desolación y la muerte de los agarenos. 

Este episodio tan glorioso del 51 de enero nos hace compren- 
der que el genio español no degenera ni un solo momento de 
la bravura (jue le es peculiar en los combates, y de seguro que 
el general Rios pudiera en aquellos instantes haber confiado en 

42 



550 EL HONOR 

SUS soldados, como el heroico Guzman el Bueno encerrado en 
las murallas de Tarifa confiaba en el valor de los suyos al diri- 
girles lan guerreras esprosiones. 

«No os asusten los fieros escuadrones 
«Que en lomo al muro su furor oslenlan, 
«Que al número no alienden los leones 
«Cuando en débil rebaño se ensangrientan. 
«Siempre los esforzados corazones 
«Sus contrarios combalen, no los cuentan: 
«iSeguidmel Y descargando golpes ciertos 
«Los contareis después de muertos. 
En suma: el raes de enero concluyó en aquel dia para el 
ejército español con glorias duplicadas. El se inició cubrién- 
dolo de gloria en los Castillejos y terminó con repetidas victo- 
rias en Guad-el Jdú. 

Los estrangeros siguen acompañando el cuartel general, 
siendo testigo de lo que somos los españoles, y en particular 
los franceses que después de la batalla de Solferino se han 

creído los únicos hijos de Marte, han llegado á convencerse de 
que nuestro ejército no tiene comparación mas que con los me- 
jores soldados de Europa. 

Los Zijavos franceses son reputados como los mas intrépi- 
dos á la bayoneta; pero todos los franceses no son z\iavos^ 

Nuestros soldados son todos españoles y el hateine (1) que 
ellos han demostrado para la bayoneta, solo se ha conocido 
hasta ahora en los zuavos franceses. 

(í) Aliento. 



OE ESPANa. 



331 



C&PITULO XXVUI 



Gran victoria del día 4 de Febrero. — Julia y el emperador de Marruecos. 
-Mogador y Rabal:— Un recuerdo á nuestros antiguos amigos. 



.¿AárS-í 




A hemos manifestado, que indudable* 

menle la acomelida tan terrible como 

funesta que los moros dieron á nuestro 

campamento de Guad-el- Jelú, tendría 

^^F^ g iBP' — ' por objeto encerrarnos vergonzosamente 

en el recinto de Ceuta. 

Efectivamente; Muley Achmel segundo hermano del Em- 
perador, con numerosas huestes de refresco; poseído de ese va- 
lor brutal tan peculiar á los agarenos se creyó que seria tan fá- 
cil derrotarnos, y arrojarnos á nuestras playas, como malar 
indefensa y traídoramente desde el campo á los desgraciados 
centinelas de las murallas de Melilla, que no tomaban las pre- 



332 EL HONOR 

cauciones que tan repelidos casos habían hecho necesario im;r- 
ginar y que nuestros gobiernos habian sufrido conlinuamenle 
en mengua de la nación, y en descrédito del valor y del cora- 
zón español. 

Para que una nación tenga un íntimo convencimiento de 
las debilidades ó eroismo de otra, es menester que pueda apo- 
yarse en hechos verdaderos. 

Nosotros que sabemos leer, que tenemos continuamente á 
la vista la historia del mundo,, sabremos juzgar y deíinir por 
las acciones el carácter de cada nación, sus proezas, y sus 
elementos. 

Pero los marroquíes no se encuentran en este caso. 

Para nosotros los hechos de hace cien siglos son tan palpa- 
bles como los de hoy. 

Para los muslimes un acontecimiento que sobre sí lleve el 
peso de un siglo está sumergido en la oscuridad de los tiempos. 

Ellos carecen de historia. 

Y la historia es la vida de las naciones. 

Sin la historia escrita no tienen mas que las tradiciones de 
familia á familia. 

Y estas tradiciones no las han tenido muy presentes, cuando 
han olvidado que en las Navas, en Glavijo en Granada, en Tú- 
nez en Oran y en Lepanto, las huestes musulmanas, han huido 

.ante los aguerridos tercios castellanos. 

Indudablemente sus tradiciones se han perdido, cuando se 
imaginaron que el valor español cedería ante la pujanza mar- 
roquí. 

Pero ay! que el desengaño recibido en 18 combates, no se 
les olvidará tan pronto. 

Sin otros tiempos efectos de los atrasos de la época, las 
victorias que sobre ellos obteníamos, tardaban mas, y hasta 
si se quiere la hacían menos. 

Pero hoy, hoy que en tres meses de campaña, se han ga- 
nado cuantos combates se han empeñado, que hemos conse- 
guido ponernos á la altura militar de cualquiera de las prime- 
ras naciones de Europa, que hemos tomado una plaza de alta 



DE ESPA?fA. 355 

importancia raercanlil, y que nos hallamos como en otro tiem- 
po en el caso de imponer leyes, hoy repetimos los hijos del 
Islam, recordaran aquellos antiguos consejos, que sus madres 
cuando niños les contestaran, y recordaran la huida de Grana- 
da de Boabdii, el zofjoibi, la guerra de los moriscos, y la 
muerte de Barbaroja. 

Como había dicho muy bien Muley-Admet, el golpe de 
gracia para Marruecos, solo de España podia venirles. 

El éxito de la jornada del día 31, corroboró lo que había 
dicho á su hermano. 

La nueva derrota del 4 de Febrero, seguia correspondiendo 
á lo que se esperaba. 

Y la toma de Tetuan el dia 6, era el complemento de las 
desgracias que él presentía para su pueblo 

Nuestro ejército tenia la misión en África de vengar á nues- 
tra patria de bárbaros insultos, de defender sus posiciones, y 
de avanzar conquistando. 

¡Y que magnifica y gloriosamente ha llenado la misión que 
su patria le encomendara! 

Los moros después de la acción del dia 31 se retiraron á 
sus campamentos de la torre de El halili y allí continuaban 
aterrados haciendo alarde de una fuerza que no tenían, pues 
estaban desmoralizados completamente, tratando de dilatar la 
entrega de la ciudad de Tetuan, cuyas esperanzas de resisten- 
cia murieron con la acción del 31 de enero. 

Pero el conde de Lucena que no parece sino que en el arte 
de la guerra juega como vulgarmente se dice á cartas vistas, 
y que para no aminorar el brillo de sus glorias, no quiere an- 
ticipar nada, sino marchar con lodo el rigor de la ciencia, así 
que terminó las disposiciones y preparativos para rendir por 
lodos medios la plaza de Tetuan, se preparó á la ofensiva. 

Famoso jugador de ajedrez era preciso dar un terrible ja- 
quemate. 

Era necesario ganar el juego destrozando antes todas las piezas 
no dejando al rey mas queja casilla en que había desuciimbir. 



554 EL HONOR 

Antes de describir pálidauíenle como no podemos menos 
de hacrlo el gran día en i|ue las bantleras de su inedia luna hu- 
yeran despavoridas anle el león de iispafta, dedicaremos al- 
gunas palabras á los voluntarios catalanes que á las veinte y 
cuatro horas de su desembarque, recibieron el glorioso aunque 
triste bautismo de sangre, salpicándose con la de su valieute 
gefe, que halló en el combate la muerte de los héroes 

Cuatrocientos leones desembarcaron el día o en las playas 
de la ria de Tetuan, y el general Prin, digno hermano de aque- 
llos que iban á combatir por la honra patria, los esperaba en el 
desembarcadero. 

Apenas salló en tierra el conde de Reus en su mismo dia- 
lecto, les arengó de ese modo enérgico y sencillo que el hom- 
bre mas rudo comprende, porque se va derecho al corazón, y 
aunqoe quisiéramos transcribir todas sus palabras, nos seria 
imposible porque ese lenguaje no se imita, no se copia, es me- 
nester sentirlo, y admirarlo cuando no se puede pronunciar. 

«Venis á un egércilo de héroes, les dijo, y es preciso que 
os mostréis dignos de vuestros camaradas, y que recordéis que 
vuestros antepasados pasaron las termopilas, no basta que lu- 
chéis, hay que ir derechos á los cañones y cogerlos para pre- 
sentárselos á nuestro general. » 

Los voluntarios le prometieron hacerlo así, y al día si- 
guiente supieron cumplir su promesa. 

Aquella noche fueron tratados á cuerpo de rey, como dijo 
el mismo Prim, pero al iomediato dia, se mostraron los dignos 
representantes de los bravos catalanes. 



II 



Amaneció por fin el dia 4 

Durante las primeras horas del crepúsculo, la menuda llu- 
via que caia, molestaba algo á nuestros l)ra\os. 

Sin embargo, la diana resonó por el espacio, se lomó el 

café, se levantaron las tiendas, y momentos después, batallón 



^ DE ESPAÑA. 355 

tras batallón formados en masa, tomaron la dirección del campo 



enemigo. 



La artillería avanzaba en el centro, cubiertos sus dos cos- 
tados por las divisiones de ios generales Prim y Ros de Glano. 

Sobre el cenagoso terreno por el que adelantaban nuestras 
tropas, no se oia mas ruido que el de las pisadas de los caba- 
llos V de los infantes. 

Ni una voz, ni una palabra revelaba la marcha de aquellos 
millares de hombres. 

Toda la vida se había concentrado, por decirlo asi, en el 
movimiento. 

En momentos tan supremos, el labio ahoga todas las es- 
presiones, Y el corazón solo en su agitación inquieta, espresa 
un mundo de sensaciones. 

Cada uno de aquellos hombres tenia una familia, que anhe- 
lante, seguía sus pasos por el suelo africano, y cada hombre al 
ir á jugar ese tremendo albur con la vida, no podía menos de 
recordarla. 

Y cuando esa voz misteriosa de la naturaleza representada 
por una madre, por una esposa ó por un hijo, grita en el 
fondo de nuestra alma, todas las palabras son frias, todos los 
sonidos son impotentes, y solo el corazón puede responder á la 
voz del alma. 

Por eso el cuadro que ofrecía la marcha del egército eca 
tan solemne, tan atenador, tan sublimemente magnifico. 

Admirablemente dispuestos todos los elementos de aquella 
gran máquina, solo esperaban una voz, una señal del inteli- 
gente director, cuya vista dominando todo el espacio, iba á 
fijarse brillante y escrutadora en las líneas enemigas. 

Y el silencio continuaba con mas persistencia. 

Y la causa ora que el peligro se acercaba mucho mas. 
De pronto se vieron a lo lejos algunas nubes blanquecinas 

seguidas de una detonación que retumbó entre las montañas, 
y algunas balas penetraron en nuestras filas. 

Volvieron estas á cerrarse, y el egército continuó su pausa- 
da marcha. 



556 EL HONOH 

A su voz nuestra artillería por medio de sus gargantas de 
bronce, lanzó sus roncos sonidos, envueltos entre sus palabras 
de liierro. 

Todos los ojos se fijaron en el campo marroquí. 

Se empezaba á aspirar el olor de la pólvora, y los pensa- 
mientos de familias, patria y amigos, se iban olvidando. 

El peligro empezaba á manifestar su estriña atracción. 

Y á los disparos de nuestros cañones, contestaban los mar- 
roquíes con otros no menos nutridos. 

Nuestra artillería hábilmente dispuesta los envolvía por de- 
cirlo así en un círculo de fuego. 

De pronto una detonación tremenda retumbó por todo el 
espacio. 

Nubes de humo se esparcieron cubriendo el campamento 
marroquí con sus cenicientos encages. 

Aquellas nubes impelidas por el viento vinieron hasta don- 
de estaban nuestros artilleros, y cerniéndose sobre sus cabe- 
zas, permanecieron algunos instantes en calma. 

Era la aureola que Belona les concedía por lo certero de 
sus disparos. 

Un alarido salvage, inmenso, aterrador se había seguido á 
aquella detonación. 

Y envueltos entre los torbellinos de humo, miembros pal- 
pilantes, alíiuiceles, medio quemados, y trozos de madera, vo- 
laron por el aire. 

Nuestros proyectiles habían incendiado sus depósitos de 
municiones, y las nubes de humo que vagaban sobre las ca- 
bezas de nuestros soldados, eran la corona concedida por la 
diosa de la guerra. 

Y sin embargo los moros resistían á aquel enemigo que se 
acercaba silencioso, pero mas temible en medio de su sombrío 
silencio. 

El canon suspendió sus funciones. 

Hubo otro momento de (¡uietud; momento solemne en el 
cual se comprendía cuanto iba á suceder y que dejaba pensar 
á nuestros valientes en todo lo mas querido de sus corazones, 



. OE ESPAfÍA. 3Sí- 

y en el que levantaron sus ojos á Dios para enviar por su Di- 
vina mediación sus tal vez ¡ayl últimos recuerdos de amor á 
cuanto se hablan dejado en la madre patria. 

Las cornetas ordenan el paso de ataque y los batallones al 
mágico grito de «Yiva la Patria» y «Viva la Reina» calan ba-*; 
yonetas y cual impetuoso y destructor torrente se lanzan sobre 
el campamento enemigo, escalan sus trincheras', y se disemi- 
man por él ardientes de gloria y de venganza sembrando 1^, 
muerte la desolación y el espanto entre los hijos del Profeta. 

El bravo entre los bravos, el héroe catalán, el nunca bien 
ensalzado valiente Conde de Reus, olvidando sus títulos, sus 
grados, sus condecoraciones y mas que todo la conser- 
vación de su interesante existencia, es el primero que cual? 
simple soldado se lanza espada en mano por una de las tro- 
neras, penetra en el campo marroquí, atraviesa de una esLo*^ 
cada á un artillero dispuesto á dar fuego á una pieza de ar-n 
tilleria y continua su frenética carrera, haciendo huir á los hi- 
jos de Agar, mas despavoridos á la vista de semejante men- 
sagero de la muerte, que ante las iras del Profeta. 

Los voluntarios catalanes le seguían y todos héroes, seguían 
el egemplo que su caudillo les daba. 

Alli peleando uno, contra diez vieron caer á su comandante 
y disminuir sus fuerzas casi una tercera parte. 

Pero esto no los aterraba. 

En una vasta estension de terreno, se veían aparecer, en 
medio ^e los blancos alquiceles, y de las chichias musulmanas, 
los gorros encarnados de los hijos de Cataluña, » - - ii - 

Se asemejaban á un campo de azucenas, esmaltadíy á #eí^' 
chos perlas rojas amapolas. v, , "j 

Mientras por la derecha el cuerpo del general Prim áe' cu- 
bria de gloria, por la izquierda el de Ros do Olano no la ad- 
quiría menor. ^' ' '^ '-"'' ^^^-^ 
. Incapaz de contenerse el general en ge fe, en medio del en- 
tusiasmo infinito que reinaba en todos los corazones, seguido 
de su cuartel general, se lanzó sobre las trincheras enemigas, 
y la lucha se generalizó completamente. 

43 



538 EL HONOR 

Horrible era el cuadro que presentaba el campo de batalla. 

Las voces de los generales se dejaban oir en medio de las 
repelidas detonaciones de- las armas de fuego. 

Los moros so defendían con un valor superior á todo cuan- 
to podamos decir. 

Las cornetas tocaban furiosamente sus aires de ataque. 

El olor de la pólvora se aspiraba con cierta especie de em- 
briaguez. 

Por aqui so veia un montón de cadáver e 

Mas allá dos soldados sostenían á un oficial que habla caí- 
do herido al frente de su compañía. -,^ . 

Y ios relinchos de los caballos, los estrepitosos toques de 
las músicas, los atronadores disparos de los cañones, los ge- 
midos de los moribundos las voces de los vivos, y los ayes de 
los heridos, formaban el mas discordante y aterrador con- 
cierto que se puede imaginar la fantasía. 

La matanza era horrorosa. 

No podemos elogiar á ningún batallón en particular. 

Todos eran héroes, y se portaron como tales. .a i. i^.^,;.r. 

Campamento tras campamento todos fueron cayendo en 
nuestro poder, apesar de estar defendidos con un valor que 
honraba al de nuestros soldados. 

Aquella embriaguez causada por la pólvora, por las mú- 
sicas y por los gritos, i aquella especie de vértigo que sentían 
los españoles, era imposible que nadie hubiera resistido. 

En esos momentos en que el hombre se olvida de todo, 
hasta de la muerte misma, el valor se centuplica, y es cuando 
se llevan á cabo esas grandes hazañas, que la historia escribe 
en sus páginas con letras de oro. 

La victoria tardó muy poco en conseguirse, sin haber es- 
tado indecisa un momento. 

Y como ya hemos dicho antes no fué por que los marroquíes 
no se defendieran. 

Pero fué tan brusca, tan instantánea, tan atrevida y tan 
pujante la embestida de nuestro egército sobre el campo ene- 
migo, que en menos de tres cuartos de hora sufrieron los mo- 



frÉ ESPAÑA. 339 

^os la derrota mas completa que puede leerse en ' los anales 
de las guerras, y después de dejar el suelo cubierto de cadá- 
veres, el resto de un egército de 35,000 hombres tuvo que 
huir vergonzosamente abandonando á nuestras armas, sus ca- 
dáveres, sus heridos, sus tiendas de campaña é infmidad de 
barriles de pólvora, sus cañones, sus banderas y hasta el 
equipo de sus gefes y soldados. 

Pero ah! estaba escrito que, en cuantas acciones se empe- 
ñasen con los españoles, en otras tantas habían de ser ven- 
cidos los sectarios del Yslam. 

En cuanto á las ventajas que para nosotros debía reportar 
esta imperecedera victoria son incalculables. 

Ella debia de abatir completamente la audacia fanática del 
egército marroquí destrozado y diseminado por toda la co- 
marca, r >:v.„, 

Tenia que abrirnos y nos abrió á los dos días las puertas 
de Tetuan, cuya desgraciada población sufrió un repugnante 
saqueo por la misma tropa que la había de defender horas an- 
tes de entrar en ella el egército español, cuya posesión tuvo 
que acelerar para imponer en ^lla la moralidad y el orden. 

i Que ejemplo de tanta trascendencia moral para el espí- 
ritu de afjuel país! | Los enemigos asegurando ¡as vidas, las 
haciendas, el reposo y la tranquilidad á los avasallados ha- 
bitantes de Tetuan! 

Y por fin esta victoria levantaba á un grado inmenso de 
honra y consideración al egército español que en un número 
casi medio, destrozó haciendo huir aterrado á un egército in- 
finitamente mayor en el espacio de cuarenta y cinco minutos, 
siendo tan grande el entusiasmo que el valor de nuestros sol- 
dados causara en los ánimos, que un corresponsal francés tes- 
tigo también de tanta bravura, no pudomenos de esclamar 
arrebatado de admiración. \La Francia y la España juntas^ 
pueden eonquistar el mundo entero ! 

Aquella misma noche nuestro egército acampó en el mismo 
sitio donde horas antes habían estado los musulmanes, y ebrios 



540 EL HONOR 

(le gozo los oficiales y soldados, solemnizaron la gran viclorítl 
que habían conseguido. 

La división del general Rios, no pudo disfrutar de la glo- 
ria de sus compañeros. 

►. : Pero que la importaba j en los dias 23 y 31 habia tejido lp3 
laureles que la hablan de inmortalizar. : 

Guardando las posiciones de la ribera do Guad-el-Jelu, y 
el formidable reduelo de la Estrella, aunque de lejos, saboreó 
como debiael triunfo de sus camaradas. 



III 



Ya es tiempo de que digamos á nuestros lectores algo de 
lo que hizo Julia para salvar á Zaard. 

Como van tan intimamente ligados los acontecimientos de 
nuestra novela, con los hechos heroicos, nuestros lectores nos 
dispensarán si retardamos algún tanto el describirles la toma 
de Tetnan, retardo que procuraremos compensar, dando los 
detalles y descripciones de tan memorable acción. 
, i El muetzin acaba de agitar la bandera blanca en la torre 
déla gran mezquita de Mequinez, llamando á los buenos cre- 
yentes á la oración, cuando por una de las estrechas bocas-ca- 
lles aue desembocaban en la plaza donde se alzaba la resi- 
dencia del Xeriffe, apareció un lucido escuadrón compuesto de 
cien gineles, cuyo aire marcial llamaba estraordinariamente la 
atención. 

A la cabeza de ellos, nn joven de belleza estraordinaria 
marchaba con gentil desembarazo, dejando flotar al viento su 
airososo alquicel. 

Una multitud inmensa seguía á la brillante cabalgata vic- 
toreando al gefe de ella. 

y tenia razón para ello. 
'¿oir^^ vez en cuando cada uno de aquellos ginetes arrojaba 



m EéPAílA. 34 i 

al pueblo un puñado de monedas que este se apresuraba á 
recoger. 

Así llegó la comitiva á las mismas puertas del palacio. 
Allí formaron en masa, y el que hacia cabeza de aquella 
gente, descalbalgó de su corcel, y penetrando en el regio 
edificio, atravesó palios y habitaciones, hasta que llegó á 
una especie de antecámara donde estaban reunidos todos los 
oficiales del emperador. 

Apenas vieron la riqueza del trage del recien llegado, co- 
mo el servilismo y la bajeza son las cualidades que ma« dis- 
tinguen á los musulmanes, se dirigieron á él preguntándole. 

— Allah te guarde, ¿qué deseas? 

— Ver á el padre de los buenos creyentes, contestó con al- 
tivez el joven. 

— Quién eres? 

—Soy Ybrahim-H * as- al-Kaik, hijo de Sidy Jerdah-H ^ as-al 
Kaik, príncipe de los Huled-Ben-Jassi, que habitan á el otro 
lado del gran desierto. 

— Y para que deseas ver al grande entre los grandes, al 
poderoso é infalible Sidy Mahomed, preguntó el Alcaid ó go- 
bernador del palacio que á la sazón habia entrado en la es- 
tancia, escuchando las últimas palabras del joven. 

— Para hacerles presentes mis respetos, y pedirle su venia 
antes de partir á la guerra santa. 

— Tú vas á la guerra contra los bárbaros cristianos? 

—Si. y mi padre el querido dei señor, Sidy-Jerdha-Hás-a 
Kaik, me ha encargado que presente al Xerife como débi 
muestra de su aprecio todo lo que llevan tres camellos que 
guardan mis esclavos alas puertas del AZ-Aa^ar, asi como 
también que reparta entre los oficiales de palacio arenas de 
oro del Uel-Djured, tarros de agua de los sagrados manantia- 
les de Zem-Zem, y pieles y plumas y tegidos como no se 
fabrican ningunos en el imperio. 

A semejantes palabras, todos los musulmanes alli presen- 
tes, se hicieron un arco, tan profundas fueron las zalas que 
hicieron al opulento príncipe. 



542 EL HONOR 

El gefe del palacio encubriendo el gozo que sentía con una 
afectada gravedad le dijo. 

:=i=Allah, le conceda sus beneficios en la misma proporción 
con que repartes lus dones, voy inmediatamente á participar á 
nuestro señor tu llegada. ' ' 

Y tras estas palabras desapareció por una de las puertas 
de la estancia. 

Momentos después alzando un tapiz volvió á aparecer di- 
ciendo. 

— El poderoso apoyo del Islam, el magnifico y sublime em- 
perador Sidy-Mohamed, te concede la honra de que le veas; 
puedes pasar, príncipe de los Huled-ben-Jassí 

— Decid á mis esclavos que suban los regalos, dijo el prín- 
eipe dirigiéndose á los oficiales. 

Estos no se hicieron repetir aquella orden, y momentos 
después una multitud de negros, precedidos de su joven amo, 
penetraban en la estancia del emperador, casi abrumados por 
el peso de los enormes fardos que llevaban. 

Armas europeas de un trabajo esquisito, mosaicos de una 
delicadeza estraordinaria, rosarios bendecidos en la ¥eca, plu- 
mas de avestruz, alquiceles de un lino tan fino y suave como 
la seda, perfumes, pieles, babuchas, collares, y brazaletes 
para las mujeres del emperador, objetos casi desconocidos en 
la capital del imperio, tales eran los regalos que el joven prin- 
cipe desplegaba ante los asombrados ojos de S. M. Xeriffiana. 
— Mi padre, estará muy satisfecho, con que sus ofrendas 
sean de tu agrado, dijo el príncipe después de haber desliado 
todas aquellas maravillas. 

— Muy descontentadizo habia de ser, sino me agradasen trs 
regalos, házselo asi presente á tu padre cuando puedas verlo, 
y dile que siempre tendri en mi un amigo. 

— Allah colme de bendiciones los dias de tu imperio sobre 
la tierra, y te guarde un lugar en su paraíso, ahora ya no me 
resta mas que partir si tu me das tu permiso. »feei 

—Antes de que te vayas á esponer á los azares de una güér- 



DE ESPAÑA. 545 

ra, desearía ofrecerte algo que al par que te agradase, te de 
mostrase mi agradecimiento. 

— Si de recompensa hablas poderoso señor, ya lo estoy su- 
ficientemente con que hayas aceptado ios regalos de mi padre? 
contestó con escesiva modestia el principe. 

— Ya que de ese modo no lo admites, al menos dime lo que 
deseas como recuerdo mió. 

— Pero... 

— Busca entre mis caballos, elige entre mis armas, la que 
mejor te parezca, y por costosa por estraña que sea, por gusto 
que yo tenga en poseerla, mayor lo tendré en que esté en tu 
poder. 

— Piesto que tanto me obligas, no tus armas, no tus caba- 
llos, es lo que deseo; tiene fama tu harem de encerrar las mu- 
geres mas hermosas del mundo, yo como buen creyente adoro 
á- esas ohuries que el profeta ha enviado á la tierra para endul- 
zar algunos momentos de la vida del hombre, déjame que elija 
dos entre todas ellas. 

— Concedido, y no dos, sino cuantas desees, verás mugeres 
de todos los paises^ y de todas las razas, todas tan hermosas 
como los mas deliciosos ensueños del opio ven conmigo, y tu- 
yas serán todas las que quieras. 

Alzóse el emperador de sus mullidos almohadones y segui- 
do del principe atravesaron el ¡ardin y penetraron en el harem. 



IV 



Dos eunucos guardaban la entrada de aquel santuario del 
placer. 

Por una delicada puerta cubierta de primorosos calados, 
se entraba á una espaciosa sala de pavimentos de jaspe en cu- 
yo centro se veian dos tazas de mármol con puros y cristalinos 
surtidores de agua. 



344 EL HONOR 

Ventanas de forma de herradura, cubiertas de espesas ce- 
losías daban á el jardín desde el (jue subían á enredarse en 
ellas, los jazmineros, y las madre selvas. 

En los lienzos de las paredes, se veían pintados el paraíso, 
tal cual Mahoma se lo promete á sus elegidos, y mugeres de 
una billeza sublime, derramaban sobre los dichosos musulma- 
nes la encantada copa de los placeres. 

Perfumeros invisibles embalsamaban la estancia. 

Pájaros encerrados en jaulas de palo de rosa, lanzaban ai 
espacio sus armoniosos cantares. 

Estensos y mullidos divanes de raso y terciopelo, circulan 
el aposento, y sobre ellos, en las mas voluptuosas posturas, 
mugeres como había dicho muy bien el Xeriffe, de lo mas 
hermoso que en el mundo había, desplegaban á la vista dei 
príncipe los inmensos tesoros de sus gracias. 

La negra de la Abisinia mal encubierta con un velo de en- 
caje blanco, lucia sus arrogantes formas contemplándose ante 
un espejo que se veía en uno de los estremos del salón. 

La griega tan severa en sus acciones como las estatuas de 
su pais. desdenando aquellos adelantos de la industria, veía re- 
tratarse su belleza sobre los transparentes cristales de la fuente. 

Mientras que la georgiana tan voluptuosa como la atmós- 
fera de su tierra, rodeada de perfumes, envuelta enlre gasas 
velados sus ojos por las negras pestañas, arrancaba melodías 
estrañas y suaves de su guzla de marfil. 

Allí las argelinas, las encantadoras mujeres de Tunéz, las 
bellas hijas del Asia, todas lucían sus formas admirables, y to- 
das hablaban poderosamente á los sentidos. 

A la entrada de su señor, no hicieron movimiento alguno, 

pero al ver al príncipe todos aquellos ojos femeniles, lanzaron 
A través de sus velos de pestañas una mirada larga, ardiente 
y abrasadora, que fué á estrellarse ante la fria espresion del 
rostro de aquel. 

Ei emperador \\o pudo menos de reparar en aquella indife- 

rancla. 
—Qué, acaso no te agradan estas mujeres? le dijo. 



ÜE ESPAÑA. 545 

—No, porque en ellas no encuentro nada de nuevo. 
Pasaron á otra estancia. 

Pero en ella encontraron las mismas mujeres, las mismas 
formas y las mismas bellezas. 

Ninguna de ellas consiguió llamar mas la atención del jo- 
ven príncipe. 

^\ Al final de la tercera sala, habia una puerta que llamaba 
la atención por lo primoioso de sus calados. 

Aquella puerta iban á pasarla de largo, cuando el principo 
llamando al emperador, le dijo: 

— Señor, estamos en el Serrallo, y me has ofrecido en- 
señarme todas las bellezas que este contenga ¿por qué no pe- 
netramos en esa estancia ? 

— Esa la reservaba para la última, contestó visiblemente 
contrariado Sidy-Mohamed, pero si quieres pasaremos ahora, 
aunque de antemano te aseguro que no le ha de gustar la mu- 
jer que ahí se encierra. 
— Y por qué? 

—Porque es una de esas bellezas vulgares, que nada dicen 
á los sentidos, y tu que has desdeñado a tantas hermosas 
no creo que tuvieras el capricho de desear lo peor. 

— Tu mismo sabes qne los príncipes tenemos á veces capri- 
chos muy estraños, y en fuerza de tener siempre al alcance 
de nuestra mano lo mejor, deseamos lo peor, y en prueba de 
ello, mira, prosiguió el joven señalando á las odaliscas que es- 
maltaban el salón; todas esas mujares son hermosas todas, son 
mas bellas que esa pobre judía que yace sola en ese almohadón, 
á donde tal vez nunca se hayan fijadoílus miradas, pues bien? 
esas mujeres nada rae han interesado, y esta ha llamado mj 
atención ¿ me la concedes? 

— Sí. tuya es; contestó alegremente Sidy-Moharaed que s® 
creía que aquel incidente haria olvidar al principe la puerta 
misteriosa. 

, Pero no sucedió asi. 5.,,^, , , ^ ,, 

—Ahora prosiguió, entremos site place, te digo, en esta es- 

44 



346 El HONOR 

lancia, porque preveo que esa otra belleza lan vulgar como tu 
dices, me ha de gustar también. 

< — Veo príncipe que tienes muchos caprichos muy raros, dijo 
el emi)erador lanzando una mirada de una cspresion particu- 
lar al joven, que no hubiera podido menos de estremecerse si 
la hubiese visto. 

Tocó el emperador un resorte que habia en la pared, y la 
puerta giró sobre sus goznes, i 

Nada mas encantador que aquella estancia. 

Doce columnas de jaspe sostenían una airosa cúpula pin- 
tada de azul con estrellas de oro. 

En el espacio que habia entre las seis columnas del fondo, 
unos jarrones de mármol guardaban las raices de unos jazmi- 
neros, que se enredaban entre ¡as columnas, y cerraban aquel 
templete que respiraba voluptuosidad y amor. 

Del centro de la cúpula pendia una jaula de alambre de 
oro, donde un ruiseñor, lanzaba las mas estrañas, las mas duN 
ees, las mas suaves armonías. 

En el centro de aquel templo, un diván de damasco ne- 
^ro, hacia resaltar doblemente la belleza de la mujer que so- 
bre él se asentaba. 

En los ángulos de la estancia dos hadas de pórfido, soste- 
nían unos braserillos de oro, de los que brotaban nubes de 
humo, impregnadas de la mas esquisita fragancia. 

Cubierta de gasas, la mujer que estaba reclinada sobre e\ 

diván, y rodeada de los blanquecinos vapores del incienso, 
lenia im no se que de fantástico, que subyugaba por decirlo 
así, la imaginación. • - j»' a 

El príncipe no hizo la menor muestra de asombro al pe- 
netrar en la estancia. 

La dama, se alzó el velo que cubría su semblante, y fijo 
su inquieta mirada en los recien llegados. 

Todo su rostro espresaba una sorpresa mezclada con una 
especie de inquietud. 

Y apesar de eso era una mujer estraordinariamente bella. 

Zaord, pues era ella la dama de la habitación reservada, 



OE ESPA5ÍA. ^W¡ 

al cambiar de aposento, con el dolor que sentía habia cambia- 
do de carácter su hermosura. 

La melancolía al esparcirse por su rostro habia añadido un 
encanto mas á los que poseia. 

— Siempre lo mismo, habia dicho el principe al entrar, siem- 
pre las mismas flores, los mismos perfumes, la misma her- 
mosura. -^ i ^ ' 

— Ves como te habia dicho' niiíy bien que no te gustaría? le 
dijo el emperador. 

— Me la habías pintado como una estrañeza, y no lo es, 
dime, prosiguió el joven dirigiéndose á la dama, ¿cómo te lla- 
mas porque presumo que tu nombre ha de guardar cierta ana- 
logia con tu belleza. - 

Ya iba la dama á contestarle, cuando una seña que el em- 
perador la hizo, aprovechándose de que el principe no podía 
verle, ahogó la voz en su garganta. 

— Que ¿no me contestas? ¿Acaso no comprendes el idioma 
en que te hablo? 

— No le contesta porque es muda, le dijo el Xeriffe. 

— Muda!... pues he ahí precisamente la muger que yo ne- 
cesitaba, tu me has dado una palabra, cúmplemela, dame á 
esa muger. 

Si el joven hubiera podido leer lo que pasó en aquel mo- 
mento en el corazón del emperador, de seguro que hubiera te- 
mido por su vida. ' ' 
Este llevó la mano á la empuñadura de su corvo yatagán, 
peio se contuvo, y como si hubiera encontrado una idea que 
satisfaciera eumplidame^íte su deseo, sonrriyendose con afabi- 
lidad contestó al príncipe. 

— Puesto que tanto deseabas encontrar una muger como es- 
ta, yo te la cedo con mucho placer, y quedo muy satisfecho 
con que en mi palacio hayas encontrado lo que tanto ansiabas. 

'^--Gracias sublime y generoso señor, nunca podré olvidar 
tus mercedes. 

— Y cuando quieres llevarte á tus dos mugeres? preguntó 
Sidy-Mohamed. 



548 EL HONOR 

^i;r~Cuan(io tu rae las entregues. 

— Inmedialamenle voy a dar las disposiciones necesarias pa- 
ra que te sigan á donde quiera que vayas. 

Abandonaron la estancia, y al cabo de algunas horas sa- 
lían por una de las puertas de Mequinez, cien ginetes llevando 
en su centro dos especie de literas y al lado de una de ellas, 
iba cabalgando airosamente el joven príncipe que hemos visto 
hablar con el emperador de Marruecos. 

Casi al mismo tiempo por otra puerta sallan una multitud 
de soldados de la caballería negra de S. ,JJ. marroquí, y vol- 
viéndose el gefe á los ginetes les dijo. n' '< 
.-- — Animo, soltad las bridas y á galope; hemo de caer so- 
bre los soldados del príncipe antes de que puedan clavar sus 
tiendas. 

Y cumpliendo los soldados la orden de su alcaid, dejaron á 
sus corceles que galopasen , por la llanura en persecución del 
j(Wen principe de los Huled-ben-jassi. 



V 



Antes de pasar adelante haremos una ligera reseña histó- 
rico geográfico política de las ciudades de Rabatt y Mogador; 
reseña que consideramos indispensable para la perfecta inteli- 
gencia de nuestra narración. 

La primera de dichas ciudades llamada en árabe Er~Rebatt 
y Rebatt-ul-fatahh es por su situación hidrográfica la mas im- 
portante de cuantas comprende el imperio de Marruecos por 
mas que en el día haya decaído del esplendor que en otro tiem- 
po tubiera. 

Situada en la parte Septentrional de la provincia de Tre- 
mecena sobre el rio Buregreb y bañada por las aguas del 
Occeano, es Rabatt la población del imperio (juc condiciones fli^ 
vientajosas para el comercio reúne. 

Por eso desde el siglo XU hasta el XVíIf la vemos hacer 



DE ESPAÑA. 349 

en grande escala el comercio con todas las naciones europeas, 
principalmente con las Occidentales; todas ellas tenían allí su^ 
Consulados y muchos establecimientos mercantiles de grande 
importancia: pero envuelta á principios del último siglo fu 
una sangrienta guerra civil producida por los Xerifes Muley 
Mustadi y Muley Abdallah, que se disputaban entre sí el manr 
do de la Provincia hubo de sufrir un sitio de catorce meses 
con todos los horrores consiguientes. . :, ; 

Poco después envidioso Sidí -Mohammet de la prosperidad 
de Rabatt, que ya repuesta, principiaba á adquirir, la volvió á 
sitiar en 1755 y aunque, después de defenderse heroicamente 
se rindió por capitulación, fue tratada por el vencedor con la 
mas refinada crueldad, propia de un despota, faltando á los 
solemnes compromisos á que en el acto de la entrega se 
obligara. ;^.,irí. 

Abrumada desde esta época por las injustas y caprichosas 
exacciones de sus emperadores, que han visto en ella un cebo 
para su codicia, Uabatt ha decaído estraordinariamente como 
dijimos al principio de su antiguo esplendor. , noiooivnoo 

Apesar de todo cuenta en el día con 27, ó 28C00 habitan- 
tes entre los cuales unos 6000 son hebreos que hacen su jCO- 
mercio, no solo con la capital y con el interior del país, sino 
también con Europa. . 

La ciudad está atravesada de uno a otro eslremo por cua- 
tro anchas y espaciosas calles adornadas de frondosísimos áji'r 
boles frutales y de algunos edificios muy notables construido?; 
con las piedras de una rica cantera que cerca de allí se en- 
cuentra y bajo la dirección según se cree de arquitectos es- 
pañoles. 

Todas las demás, son angostas callejuelas que á algunijs de 
las cuatro calles antes citadas conducen. 

En el centro de la población y en la parle meridional de 
un estenso cuadrilátero (pie forma una gran [)liiza digna de 
nuestras capitales de Europa, se eleva una mezíjuila magnifica 
mandada construir en el siglo Xll por el célebre Ajmanzor. 

Todo en ella es grande y sublime. ^^ ^i 



^t HONOH 

Su magnífica portada daba una idea de la suntuosidad y 
belleza que interiormente debian reinar. 

Efectivamente, después de atravesar el veslíbulo que la 
circuye, el espíritu se conmueve profundamente al contemplar 
una inmensa nave sostenida por colosales columnas de mármol: 
que parece imposible que su egecucion sea obra del hombre. 
^" Nosotros que durante la gloriosa lucha que España sos- 
tiene con el africano imperio, hemos visitado los sitios porqué 
' su victorioso egércitó ha atravesado y visitado la ciudad de 
Tetuan recientemente conquistada, habíamos creído que en 
los árabes que un tiempo nos dominaron, había mujrto aquel 
genio de (pie en nuestro país dejaron tan indelebles recuerdos, 
en su Alhambra, en su Generalife, en su Mezquita de Górdova 
y en tantos y tantos monumentos que son aun en el día la ad- 
miración de naturales y estrangeros. 

Pero nos habíamos equivocado, la mezquita de lia ciudad 
'tjüé venimos describiendo, -es una prueba de ello. 
^"^•■'Y' ciertamente quenos alegramos mucho, pues era tal la 
convicción que teníamos, que habría sido muy probable que ar- 
rastrados por ella, hubiésemos imbuido á nuestros lectores en 
un error de que no nos hubiéramos penJonado jamás. 

Al frente de la puerta de la entibada y al fin de la nave 
que las anteriores reflexiones nos ha sugerido, se veía pen- 
diente de una caprichosa varita formada de circuios de metal 
dorados, una jaula de la que colgaban infinidad de hilitos de 
diferentes clases y aun colores, cada iino de los cuales repre- 
senta un especial favor otorgado milagrosamente por el Pro- 
feta á las personas de quienes procediau. 

El pavimento está formado de piedras marmóreas bastante 
bien pulimentadas. 

En la ciudad apenas hay casa que carezca de un jardín: 
algunos de ellos, especialmente los que pertenecen á las fami- 
lias acomodadas, son deliciosísimos. 

' Esta es la razón porque en algunas estaciones del año se 
respira dentro de ella una atmósfera perfumada que convida á 
la voluptuosidad. 



DE ESPAPÍA. 35 r 

En la embocadura del rio Buregreb sobre el que como yá^= 
sabemos, se halla la ciudad, se construyó por el mismo Alí-' 
manzor un fuerte castiHo con sus almacenes y casamatas, de 
cuya fortaleza destruida por Sidi-Mohamet, hoy apenas que- 
dan las señales. 

Este mismo príncipe, cuyas conquistas abrazaron una parte 
de España, conociendo que colocada Rabalt en el centro del 
litoral atlántico, podria llegar á ser el punto mas interesante 
para el desarrollo mercantil y prosperidad de sus estados, trató 
de hacerla capital de su imperio. > t"^ 

Al efecto la circundó con fuertes murallas y la guarneció^ 
con torres cuadradas en forma escalonada en un espacio de 
dos millas de diámetro. 

Proyectó también y aun puso en egecucion la limpia y ar- 
reglo de la desembocadura del Buregreb con el objeto de que 
por él pudieran atravesar las embarcaciones. 

Y ciertamente que de haber conseguido Almanzor ver rea- 
lizado su pensamiento, Rabatt hubiera sido la primera pobla- 
ción africana. 

Pero distraído con otras mas graves ocupaciones; no logró 
conseguirlo, i Pluguiera al cielo que nosotros, que en mucha 
parte contribuimos a la ¡rrealizacion de sus proyectos, fuése- 
mos los continuadores de él, y los que le pusiéramos en planta 
para bien de nuestra patria ! 

Advertiremos antes de concluir esta descripción, que al 
oriente de Rabatt hay un sitio llamado Schella, el cual es con- 
siderado por los musulmanes como un lugar sagrado, á causa 
de los muchos sepulcros que contiene, y que son visitados 
desde lejanas tierras. 



La ciudad de Mogador, fundada por Sidi-Mohanmet des- 
pués de la conquista de Rabatt, con el objeto de quitar á esta 



352 EL HONOR 

liUima la importancia comercial, es el penúltimo puerto de 
Marruecos. 

Recibe también el nombre de Subeirak auníjue mas co- 
munmente se la llama Mo^^odur; nombre de un santón que en 
la población se venera. 

Tiene unos 12, á 14,000 habitantes entre moros y judíos 
que todos ellos se dedican al comercio. 
^.j: Apesar de que el terreno es en gran parte pedregoso, han 
sacado los naturales por su industria gran partido de él, mer- 
ced al decidido empeño mostrado por los emperadores para 
embellecerla. 

Abunda por dicha razón en árboles frutales de todas clases, 
está rodeada de hermosas huertas, y su comercio consiste 
principalmente en gomas, lanas, cera y pieles. 

Se divide en dos partes: en la una llamada Cindadela re- 
siden el Bajá y agentes consulares de las naciones Europeas, y 
en la otra jos hebreos. 

Ambas están rodeadas de murallas. 

El puerto al Mediodía de la ciudad, es de escasa impor- 
tancia desde que la escuadra francesa lo bombardea. 

Del puerto se va á la ciudad en boles ó canoas.*. 



W>Ji, 



•h 



-fe 



DB ESPAfli. 



353 



CAPITULO XXVII 



Efecto que causó en los moros la derrota del dia 4. — Se prei'entan co 
misionados de Tetuan al General en Jefe, para tratar de la entrega de la 
plaza. — Recuerdos de la acción del dia 4. — En Tetuan. 




OMPLETAMENTE batJdo el egércüo raarro- 
qui, no obstante las escelentes posi- 
ciones que ocupara por nuestro inven- 
cible egército, en la gloriosa jornada del 
'dia 4 de Febrero, introdujóse en él el 
mayor desorden y confusión. 

Los mismos gefes superiores dieron á sus subordinados el 
vergonzoso egemplo de ponerse en precipitada fuga. 

Cada cual anheloso de salvar su vida corría desaforada- 
mente por los sitios que por mas seguros tenia. 

45 



554 . ÉL HONOR 

Los habilanles de la ciudad i i/. pacientes y con la mayor 
ansiedad esperaban el resultado del sangriento drama, que 
cerca de alli se estaba representando. 

Aun conservaban á pesar de los continuados triunfos, que 
hasta entonces nuestras huestes habían conseguido de las hor- 
das africanas, que esta vez la suerte nos fuera adversa. 

y hasta cierto punto no sin fundamento abrigaban esta 
esperanza. 

El número de el egército africano . uadruplicaba el de el 
nuestro. • 

Notable es á este propósito la contestación dada por el va- 
liente caudillo que há conducido las tropas españolas á la vic- 
toria, á la persona que le manifestó que tenian siete moros pa- 
ra cada cristiano» aPues bien yo tengo siete granadas para 
cada moro, dijo.» 

No podemos nosotros describir la sorpresa con que los 
habitantes de la ciudad, vieron llegar á los suyos. 

Pensaban, como parecía natural, que reunidas ias fuerzas 
dispersas seria hasta el último estreaio defendida por los her- 
manos del Emperador, según este lo tenia anteriormente or- 
denado. 

Pero segunda vez su esperanza quedó burlada. 

Breves momentos bastaron á sacarles de sa error. 

La voz de Muley-Hamet que trató de concentrar en aquel 
punto las fugitivas kabilas fué desoída. 
Sus órdenes completamente desobedecidas. 

Y no bastó que les dijera que la guerra que sostenían era 
santa porque se dirigía contra los cristianos. 

Y que para mas bonancibles tiempos, su hermano el em- 
perador, les recompensaría de los servicios que ahora les 
prestasen. ^ . , 

Y que á Wó'mliré d'eí profeta, por quien peleaban les ofre- 
ciese un imperecedero mundo lleno de delicias y voluptuo- 
sidades. 

Porque habían cobrado miedo al egército cristiano y el 
solo nombre español, les hacia temblar. 



DE espaNa. 355 

No quedan volverles á ver la cara, y mucho menos ponerse 
al alcance de sus tiros, ni por su religión, ni por su felicidad 
temporal ni eterna. 

Desesperado el gefe superior de las hordas raarroquies por 
el inesperado resultado de su peroración, no tuvo mas remedio 
que dejar la ciudad abandonada en poder de aquellos subleva- 
dos salvages, que hubieran sido capaces de acabar también 
con él. 

Y de seguro que lo habrían llevado á cabo si el corrido 
caudillo no hubiese empezado á correr, dejando contra su vo- 
luntad, muchas de las cosas que le pertenecían en poder de 

sus soldados. iui :::h 

El paradero del otro gefe superior Muley-Abbas, se igno - 
raba; solo se sabia que abandonado también por sus kabilas, 
había pasado fugitivo por medio de la población, sin detenerse 
un punto en ella. 

Las escenas de muerte, pillage, estrago y desolación de 
que la ciudad fué teatro, y sus hobitantes victimris- por los 
mismos que estaban encargados de su defensa, son incon- 
cebibles.- '♦^^'■" .''h'mí\h\h\í. o!x 

Para dar de ello una idea á nuestros lectores vamos á con- 
ducirles á la escondida habitación de una casa, perteneciente 
á uno de los moi'os mas ricos y respetados en la ciudad, donde 
á la sazón se estaban ocupando de estos acontecimientos. 



. La casa en donde nos vamos á permitir acompañarles, 
situada al Mediodía de la población y en una de sus mas apar- 
tadas calles, nada de notable ofrecía en su aspecto esterior. 
;.,.., Al contrario la puerta de entradaj baja y estrecha, las pe- 
, quenas, altas y desordenadas ventanas que se distinguían, y la 
* desigualdad del piso que la circuía, hacían Ibrmar una idea 



356 EL HONOR 

bien poco propicia del buen gusto arquitectónico de sus mo- 
radores. 

Si á esto se añade el profundo silencio en que estaba su- 
mida, la soledad que dentro, fuera y en sus alrededores reina- 
ba, no interrumpido el primero sino por el li^^ero crugir de la 
puerta que de cuando en cuando se abria para dar paso á al- 
guna persona que recatada y ligeramente se aproximaba, acer- 
cando sus labios á la cerradura para pronunciar sin duda algunas 
misteriosas palabras que hacian que la puerta se abriese y que 
interrumpia la segunda, hubierase dicho que nadie ba(jo aquel 
edificio moraba. 

Aunque ignorantes nosotros de las mágicas palabras que 
producían el efecto deque la puerta girase sobre sus goznes, 
pasaremos no obstante sus umbrales á fuer de novelistas para 
acompañar á nuestros lectores según se lo tenemos prometido, 
al salón donde las conferencias se verificaban. 

Una oscuridad completa reinaba en la estrecha y desigual 
escalera. 

Un pequeño vestíbulo se veia al final de aquella. 

Exminándolo atentamente, observaremos que á su ílnal 
hay otra segunda puerta entreabierta por la que penetraba la 
poquísima luz que alumbraba la estancia. 

Dejemos á nuestra derecha una pendiente y estrecha esca- 
lera que sin duda conduce á las habitaciones'superiores, y 
continuemos por un ancho pasillo que se estiende á nuestra 
vista. 

Según vamos adelantando, va progresivamente aumentán- 
dose la claridnd, hasta llegar á un patio bastante estenso, 
en que se veian muchas plantas de diversas clases. 

Atraveámosle por una de las calles que le formaban y pe- 
netremos en una habitación destituida enteramente de mue- 
blaje. 

Después de esto pasamos otras dos tan desalojadas como 
la primera, y al llegar á la cuarta detengámonos ante una 
puerta que se encuentra al final de ella. 

Alzamos el pestillo y penetremos en la nueva estancia. 



DE ESPAÑA. 357 

Era esta una sala mas estensa que las demás, y en la que 
pudiera decirse que se habla replegado todo el lujo que faltaba 
en las anteriores. 

Una lámpara de una forma estraña pendía del techo. 

Su escasa claridad apenas bastaba para iluminar los sem- 
blantes de ocho ó diez ancianos que se hallaban reunidos en 
el fondo del salón . 

En sus trages se notaba cierta diversidad. 

Los moros estaban mezclados con] los judíos. 

Parecía que el peligro común había hecho olvidar la diss 
tancia que entre aquellas dos razas reinaba en circunstancia 
normales. 

Todos hablaban á la vez aunque lo hacían en voz baja por 
temor de que los oyeran. 

Aquella conferencia no tenia mas que un objeto. 

El de salvar la ciudad de la anarquía que en ella reinaba. 

El rico comercio de Tetuan estaba representado por aque- 
llos diez ó doce personajes, que como eran los que mas tenían 
que perder, necesariamente eran los primeros en desear que 
aquello tuviera su término. 

Muley-Abbas había dispuesto el saqueo de la población, 
y cuando él no había esceptuado de esta orden el palacio de 
su hermano, mucho menos escepluaria los establecimientos de 
los citados comerciantes. 

El resultado de esta conferencia se vio al siguiente dia. 

Cuatro de ellos á cuyo frente marchaba Jamet-el-Abehír, 
llevando una bandera blanca, se presentaron en el campa- 
mento español. 

El general en gefe no estaba á la sazón en su tienda y tu- 
vieron que esperarle. 

Apenas llegó clavaron los parlamentarios la bandera en 
la puerta de la tienda y penetraron en ella con el conde de 
Lucena. 

Allí le espusieron los males (jue aíligian á la desgraciada 
ciudad, el trato tan brutal de que eran victimas sus habitantes 
por parte de los soldados de Muley-Abbas, y finalmente con 



358 .AV./.'lcEL HONOR 

(|ue condicioues qiieria que se rindiera Tetuan. 
; .. La contestación del general O'Donnol fué di^na de sus he- 
chos y de la nación que representaba. 

— Puesto que tan mal os tratan vuestros soldados, les dijo, 
los mios os pondrán á cubií^rto de sus insultos, rendios á dis- 
creción, el ejército esj)añol valiente en el combate, sabrá tam- 
bién ser benigno y generoso cou los habitantes de una pobla- 
ción que depositan en él su confianza. 

Los parlamentarios volvieron á la ciudad prometiendo con- 
testar antes de las veinte y cuatro horas, término que les puso 
el general en gefe amenazándoles, con que de no hacerlo así, 
no respondia de lo que pudiera suceder. 

Tales noticias esparcidas por el campamento llenaron de 
alegríaa nuestros soldados, que veian próximos á ser corona- 
dos sus afanes con la posesión de una de las mejores poblacio- 
nes del imperio Marroquí. 



!¡I 



No queremos prescindir de poner en conocin)ienlo de nues- 
tros lectores, siquiera sea mas propio de una, historia que de 
una novela, algunos de los acontecimientos mas notables de es- 
ta gloriosa y memorable victoria. 

Apuntaremos en primer término el que mas ha llamado 
nuestra atención. ^5j,j i>- -í 

Al atacar las lineas enemigas en tan gloriosa jornada, el 
intrépido general conde de Reus habia arengado á sus tropas 
diciéndoles que era preciso, indespensable que supiesen com^ 
eran los cañones marroquíes y que envidiarla la gloria del sol- 
dado que dijese ,este cañón es mió. 

Dispuestos los nuestros de esta manera avanzan decidida- 
mente hacia las líneas enemigas. 

l<]stas, los dejan acercarse hasta tenerlos á medio tiro, y en 
esta disposición los envuelven en una nube de fuego, capo/, de 



EL HONOR 359 

contener á los mas temerarios. 

Nada arredra á nuestros guerreros impávidos avanzan en- 
tre aquella granizada de balas, y si alguno, por desgracia era 
mortalmente herido, no pedia á sus caniaradas socorro, no ex- 
halaba el menor quejido, por temor de contenerlos, sino que 
esforzándose cuanto sumamente le era permitido, gritaban con 
su general; aadelante, y viva la Reina. 

Avanl, avant, decian los arrojados catalanes que el dia an- 
terior hablan llegado voluntariamente a! campamento. 

Y efectivamente adelantaban, ninguno retrocedía. 

Llegados al campamento mismo de los marroquíes, cargan 

furiosamente sobre ellos á la bayoneta y siembran por do quiera 

el espanto y el terror. 

Tan valeroso empuge no pudieron resistir ios acometidos, 

y por eso se pusieron en precipitada fuga, dejando en nuestro 

poder la tienda misma de Muley-Abbas, dos banderas, muchos 

cañones, camellos, armas y municiones de todas clases. 

No describimos á nuestros lectores la tienda ni las banderas 
cogidas; porque suponemos, que la gran mayoría de ellos, los 
habrán examinado, cuando llegaron á la corte y durante su 
traslación del Ministerio de la Guerra al Palacio de nuestros 
augustos Reyes, á quienes el egército de África los ha ofrecido. 

También, en el mismo acto, examinarían algunos de lo^ 
cañones cogidos, de los cuales algunos, han sido arreglados 
por el Señor don Garlos IV al emperador reinante entonces 
en el imperio de Marruecos. 



IV 



Ali habia partido para la guerra. ^^^'^ 

Como prometió á la desconsolada Zara iba decidido á ven- 
gar á su hermano. 

Pero ay! difícil era que pudiera hacerlo. 

El hermano de la encantadora letuanesa habia caido en po- 
der de los españoles. 



360 EL HONOR 

Y no fué porque no se defendiera bizarramente. 
-• Dos soldados quedaron en tierra de los furiosos tajos de' 
valiente moro. 

Pero su resisl^^íncia fué inútil. 

Aumenló el número de sus contrarios, y cubierto de heri- 
das, no tubo mas remedio que sucumbir. 

En cuanto los cristianos lo tuvieron en su poder, lo llevaron 
al hospital. 

Las heridas eran muy graves pero no peligrosas. 
Zara nada de esto sabia creia que su hermano habia muerto; 
y solo deseaba vengarlo. 

Su amante la habia prometido hacerlo y confiaba en que 
asi sucedería. 

Efectivamente, Allí entró en acción en la memorable del 
dia 4. 

Muley-Admet con la brillante hueste que habia traído de 
Mequinez reanimó algún tanto los abatidos espíritus de los 
habitantes de Tetuan, y todos confiaban en que los españoles 
serian derrotados. 

Pero sucedió al contrario de lo que se esperaban. 

Atacados con el ímpetu y valor que tanto distingue á nues- 
tros soldados, los sectarios del Islam no tuvieron mas remedio 
que retroceder. 

Sin embargo un pelotón de caballería se defendió con una 
valentía superior á todo elogio. 

Aquel era mandado por Alí. 

Durante la acción se le habia visto en los sitios de mayor 
peligro, y siempre su corbo yatagán hacia morder el suelo á 
algunos de nuestros bravos. 

Su caballo, cayó muerto, y saltando sobre otro, siguió su 
obra de eslerminio y de matanza. 

Pero también le llegó su turno. 

El habia prometido á Zara vengar á su hermano. 

Antonio habia ofrecido también que ganaría sus charrete- 
ras de capitán, y necesitaba cumplirlo. 

Mas larde diremos como estaba otra vez Antonio en el 



DE ESPAÑA. 361 

campamento, y á quien había hecho tan estrafio ofrecimiento 

Desde el momento en que las tropas se habian puesto en 
movimiento, Antonio deseó con impaciencia que se diera la or- 
den de cargar á los infieles. 

Esta llegó hasta su compañía, y con ciego arrojo puesto 
al frente de su mitad, se lanzó sobre los musulmanes. 

Alí en uno de los movimientos que verificó se encontró de 
frente con los soldados de Antonio. 

Largo rato se defendió de ellos y tal vez hubiera conseguido 
escapar si el joven teniente no hubiese llegado tan á tiempo. 

Apartó á sus soldados y avanzó resueltamente hacia el 

moro. 

Alí lo miró con cierto asombro, y alzando su corbo al- 

fange, se dispuso á hendir de un tajo la cabeza del valiente 

joven. 

— Ríndete, moro, le dijo Antonio. 

— Antes he de arrancarte la vida perro, le dijo el musulmán. 

Y furioso se lanzó sobre el joven. 
Este no rehuyó la acometida. 

Los soldados querían acudir á socorrer á su gefe. 

Pero este los contuvo con un ademan y prosiguió peleando 
con el moro. 

El combate era muy desigual. 

El amante de la bella musulmana, estaba á caballo, mien- 
tras que el hermano de Luisa, se encontraba á pie, y cansado 
de la fatiga de casi lodo el dia. 

Pero apesar de eso, su valor no se amenguaba. 

Era necesario que venciera al moro, ó que perdiera la vida 
bajo el peso de sus golpes. 

Y en cuanto á esto, quería conservar su existencia para 
adorar á su Angela, y tal vez alcanzar una posición brillante 
que poderla ofrecer. 

Así era que los golpes menudeaban, y apesar de la des- 
ventaja que tenia el teniente de Córdova, aun no había podido 
ser herido por el infiel. 

Este si, á una ó dos heridas leves que había re- 

4 ti 



j62 hL IIÜNOK 

cibido, unió otra que la punta del sable del jÓTen, le hizo en un 

costado. 

El revolvers que el oficial llevaba, después de haber dispa^ 

rado el úllirao tiro, sin haber conseguido clavar una bala en el 

seno del marroquí, fué arrojado al suelo como un obgelo inútil. 

La lucha se prolongaba demasiado. 

Antonio conocia-que las fuerzas le faltaban, y no queriaser 
vencido delante de sus soldados. 
. En tal situación se decidió á dar el último golpe. 

Dio algunos pasos hacia la espalda, y esperó á pie firme la 
acometida del moro. 

Este resolvió con furia su corcel, queriendo también concluir 
h lucha. 

Se arrojó sobre el joven que inclinándose á un coslado,- 
hundió hasta el pomo su sable en el pecho del caballo. 

Un ancho raudal de sangre brotó por la herida, y el noble 
bruto, dando algunos pasos vacilantes, cayó arrastrando á sn 
ginete. 

El joven teniente tuvo la generosidad de no atravesarle con 
su espada. 

Esperó á que se levantara, y entonces volvieron á cruzarse 
las dos armas. 

Ya el combate fué de corta duración. i : 

Cansado el moro y debilitado por sus heridas, quiso' lan- 
zarse sobre Antonio, que aprovechándola oportunidad de ha- 
berse descubierto demasiado su contrario, le hundid el sai)lé 

en su pecho. • - '^'): i - ^ •- o^* ^ñ'-: - f? < ;';tí'"'! 

En aquel instante un pelotón de moros llegaron al sitio de 
la lucha, y esta se generalizó sin que nuestros soldados pó- 
diesen llevarse al musulmán herido por su ge fe. 

Antonio siguió haciendo proezas, y como se habia propuesto 
muy bien, el general en gefc sobre el mismo campo de ba- 
talla, lo hizo capitán. 

En cuanto á Alí fué llevado á Tetuan por sus mismos sol- 
dados. 

Su lillíma herida por desgracia era mortal. 



EL HONOU 365 

Zara recibió esta noticia, y su dolor no tuvo límite. 

Ya lo hemos dicho antes, hay almas predestinadas para 
sufrir, y la de la pobre niña era una de estas. 

vSin saber nada de su hermano, llorándolo por muerto, te- 
nia que voker á derramar nuevas lágrimas por su amante. 

El mismo dia en que salió de Tetuán la comisión á implo- 
rar la piedad del vencedor, y á suplicarle que entrase en la 
plaza para impedir los desmanes de las tropas de Muley-Abbas, 
aquel mismo dia espiró el infortunado amante de Zara 

Hay dias sin sol para ciertas vidas, que languidecen como 
algunas pobres flores que tampoco gozan de los benignos rayo^ 
de aquel. 

La vida de Zara era una de estas. 

¡Pobre criatura! su existencia había sido siempre un dolor 
continuado, qué conforme iban pasando los dias, mas aumen- 
taba su intensidad. 



564 



la HO^OK 



CAPITULO XXIX. 



Breves consideraciones sobre la guerra de África.— ultima decisión de los 
habitantes de Tetuan. — Se decide el conde de Lacena por la ocupación 
de la plaza. — Entrada de la división del general Rios en ella. — Emula- 
ción dq nuestros soldados para- tomar la alcazaba. — Los marroquíes 
quieran recuperarla y son rechazados con sus mismos cañones. 




A guerra de África, no puede formar una 
página aislada en la historia de nuestra 
nación. 

Ella sola ha de formar un libro apar- 
te, libro de oro, en el que cada hoja se- 
rá un brillante que pasará de genera- 
ción en generación enseñando á nuestros descendientes la glo- 
riosa senda que deben seguir. 

Nosotros no somos partidarios de las guerras. 
Hemos creído siempre que esas luchas que una nación ci- 
vilizada sostiene con oíra, no son mas (jue medios para privar 



DK ESPAÑA. 565 

á la potencia de unos cuantos miles de tiombres sacrificados á 
el orgullo ó á la ambición de los respeolivos soberanos. 

Reyes que solo dominan con el hierro, el mismo hierro 
causa su ruina. 

Reyes que dan á su nación la fuerza moral suficiente para 
ser respetada, ven deslizarse tranquilamente sus dias sin que 
las ambiciones y las intrigas vengan á socabar sus tronos. 

Carlos 5.0 después de haber dominado medio mundo, tuvo 
que sucumbir tanto por el enorme peso de sus laureles, cuanto 
por la ambición de su hijo. 

Napoleón 1*° desde el sitio de Tolón subió hasta el solio 
imperial. 

Reunió cien pueblos bajo su cetro de hierro ¿y qué sucedió 
después? 

Que aquel coloso para quien el mundo entero era insufi- 
ciente para reinar, tuvo que contentarse con el solitario y som- 
brío islote de Santa Elena, para morir. 

En todos los tiempos, en todos los siglos, en todas las eda- 
des, han tenido casi la misma suerte todos los conquistadores. 

El capricho, la ambición ó el orgullo de un soberano, bor- 
ra de los libros civiles de la nación ios nombres de millares de 
hombres, y los terrenos ó los beneficios que aquella guerra re- 
porte compensan los sacrificios, y la vida de aquellos .hombres¿ 

Ya lo hemos dicho y volvemos á repetirlo, estamos muy 
conformes, en que cuando á una nación la insulte otra, trate 
de lavar su insulto, en lo que están interesados todos los indi- 
viduos de ella. 

Pero que sin mas que la ambición ó el capricho arroje un 
monarca, una multitud de hombres, á un azar en el que es 
mas fácil perder la vida que salvarla, eso, no merecerá jamás 
nuestra aprobación. 

Todo lo contrario ha sucedido en la de que nos estamos 
ocupando. 

Guerra iniciada hace muchos siglos, era hasta una falla in- 
disculpable el que España no la continuase. 

Desde lelayo hasta Isabel la Calolica, lodos los monarcas 



366 El, B( NOK 

bcíbián pognado fíor arrojarlos del suelo á que la traicioD xlei 
conde don Julián los había traído. 

S» domin-acíón empezada en las orillas del Guada lele habla 
de concluir denlro de los muros de Granada. r.rw ■. 

' ' ''Dés-dc TíUHo, liasla fioabdil el zogoibi, iodos los monarcas, 
cálifit^;' y geineralefs' mahometanos hablan sufrido una guerra 
sin tregiia por parle de los valientes hijos de la Hesperia. 
''' Arrojados- ya de Granada, no estaba aun concluida nues- 
tra obra;; i éíiíi • 

Los moros nos habían dejado, necesario es decirlo lodo lo 
tmlétio'que ellos lenian^' - • - • ' 

Monumentos notables de arquitectura como lo son la Alham- 
tA^, los baños de Alhama, la mezquita de Córdova y oíros. 

Sus fabricas de armas de Toledo eran tan buenas como las 
d¿''BáímascO:''ii''^ oí^^üíií» l-^ r_.. ,-[ c;,''í;,: i-,: 

"'■ Y én"ágricnltnra, las huertas de Valencia, Murcia, y Gra- 
nada pueden hablar en su favor. 

'^'**E1 transeuilso de "los siglos, cambia los usos y las costum- 
bres de los pueblos. 

'■ Nuestros hábitos de hoy, son los que hace cinco siglos tenían 
los moros. 

' Y los que estos poseen en el dia son los que nosotros tenia- 
tn'ófe en aquella época. 

El español entonces no tenia necesidades si se nos permite 
decirlo asi. 

Una cayerna abierta en el seno de las peñas, una flecha 
para cazar un venado, ó para matar á un moro, y un arroyo 
para templar su sed eran todo lo que le hacia falta. 

En cambio los sectarios del Islam, necesitaban flores para 
que esparciesen aromas en sus habitaciones, huertas para que 
les diesen ricas hortalizas, pastos para sus ganados, y sembra- 
do^ que les diesen los mejores cereales del mundo. 

Necesitaban cómodas viviendas, y la seda, el brocado y el 
6/-0, Resallaban en aquellas cámaras, donde la mujer era el 
mayor encanto de los muchos que encerraban. 
* Hoy ha sucedido al contrario. 



DE ESPAÑA. 567 

El moro de las montañas; ea tan frugal como fel castellano 
de la edad media 

Y los que hoy vivimos, necesitamos esos prados, esas huer-' 
tas, esas semillas, y esas habitaciones que los musulmanes m^ 
enseñaron á gustar y saborear. 

Pero en cambio de todos esos bienes que ños legaron, 
nosotros debíamos darles otro mas grande, mas imperecederos 
- 'La luz del evangelio. 

'•ÍDespues de haberlos arrojado de nuestro suelo, teníamos 
ún deber de religión para penetrar en su territorio;^' "'i' 

La toma de Oran por el cardenal Cis ñeros, fué el^'^tíH'tíi'éir 
paso de esta obra altamente religiosa.'^' '' ' ' ' ' ''"' 

Pero siguió alguno mas á este? 

Las espediciones de Carlos S."* contra Tu'n'ezy Ar^íel,' lié • 
vando en sí el carácter de hierro que el soldado rey, imponía 
á todas sus empresas, no dio resultado alguno. 

Los piratas berberiscos infestaron nuestras costas, y nues- 
tro comercio era victima casi siempre de sus latrocinios. 

Las galeras del Estado no eran suficientes para castigar 
tanta osadía, y cada vez fué esta creciendo masv'"'^'^- 

El combate de Lepanto, tampoco fué la continiiácíon de'íá 
obra empezada por Isabel primera. íhídí- ^ -n: 

Ni el de Mazarquivir donde el rey de Portugal D'.'S'éfias- 
tian perdió la corona con la vida, fué \o que con mejores dfá^'^ 
posiciones pudiera haber sidoi''**'''" *''''• ''^- ''''' '■^'" ■•'''I ->>'* 

Y así pasaron los años. ''^-'P^* '' í''» í^í> 

Y con ellos la civilización iba invadiendo todas Itis nació - 
né's de F.urona.'''^^^'''^"'^ ^^^ oJ'widfi ud «oíi oup fibjüjaiinoo unol 

Francia, lleró'Fa civilizadora cruz por lá parte deía A:r- 
geüa, y lo que al principio no fué mas que una colonia, pf^htó* 
sé convirtió en una vasta provincia. 

En cambio nosotros que poseíamos varios'püertós en las* 
costas africanas, sufríamos con paciencia los cilqfiep^sqiielÓs^ 
piratas musulmanes eg.ercian en los desgrnciailos náufragos 
que la mar arrojaba á sus playas, y nos hallábamos j-educidos 
á el terreno que ocupaban nuestros presidios. ' ■ ' ' ' ' 



3CS EL HONOR 

Y síu embargo, como ia esperiencia lo ha demostrado bien 
palpable, no se necesitaba en nuestra nación mas que un hom- 
bre que digera como el antiguo almogávar «hierro despiér- 
tate» y la España entera se apresurarla á contribuir á la ege- 
cucion de tamaña empresa. 

Pero fallaba un hombre, y la nación continuaba en ese co- 
por que tanto se asemejaba á la abyección y á la ignominia. 

Sin embargo, siempre cuando las naciones llegan á un es- 
tremo bien sea en ascensión, ó en descensión, sale un hombre 
que las coloca con su poderoso aliento en el lugar que las cor- 
responde. 

Para evitar la caidade la nuestra, necesitábamos un hombre. 

El conde de Lucena fué este rehabilitador de la honra na- 
cional, por decirlo asi. 



II 



La guerra de África volvemos á repetirlo, es el gran cua- 
dro, en medio del que se destaca la figura colosal del Duque 
de Tetuan. 

Nosotros, lo mismo que la mayoría de los españoles le re- 
conocíamos grandes cualidades como político, pero en la cues- 
tión presente nos han demostrado que sus dotes militares de- 
án muy airas á aquellas. 

Tres meses de campaña han dado por resultado una vic- 
toria continuada que nos ha abierto las puertas de una ciudad 
cuya gran importancia no tardarán en advertir nuestro co- 
mercio. 
. Ya que de consideración en consideración hemos llegado 

á este punto, cumpliendo lo que á nuestros lectores ofreci- 
mos, vamos á tratar de describirles como mejor podamos, la 
ocupación de Tetuan por nuestras tropas. 

Después de la acción del dia 4 cundió rápidamente entre el 
«gército marroquí la mas completa desmoralización. 



DE ESPAÑA. 369 

Parte de las tropas liuyeron por una parte, algunas Ra- 
bilas se volvieron á sus aduares^ y el pánico mas terrible rei- 
naba entre los musulmanes.} 9í» 'í;\ 

^Muley-Amet, tan desgraciado en sus combates como ha- 
bla presentido al salir de Mequinez, tomó con los restos de su 
destrozada hueste, el camino de la capital para contar á su 
hermano el éxito que habia tenido su unión al egército. 
_< <En cuanto á Muley-Abbas, ya pensó de otro modo. 

Dijo, siguiendo el refrán castellano de «á rio revuelto, ga- 
nancia de pescadores, » «ya que esto está perdido, salvemos lo 
que podamos. » 

Y sin perdonar el palacio de su mismo hermano el Xeriffe, 
aquellas hordas indisciplinadas recibieron la orden de saquear 

la población. 

Las casas de los mas ricos judíos, y de los mismos comer- 
ciantes musulmanes fueron atropellados por los moros de rey, 
que nada respetaban, y que degollaban sin piedad al desgra- 
ciado que trataba de defender su hacienda. 

En tal situación no habia mas remedio que apelará los ene- 
migos, cuando tan mal tratados eran por los mismos amigos. 

El general en gefe habia dado á la comisión que fue ei dia 
anterior al campamento, veinte y cuatro horas para determi- 
nar, y el plazo estaba próximo á cumplirse. 

Peor de lo que estaban no podian pasarlo, por lo que se 
decidieron á que fuera un nuevo comisionado á invitar al conde 
de Lucena á que penetrase en la plaza con su egército. 

Asi sucedió, y tal noticia que circuló inmediatamente en-1 
tre los soldados los llenó de entusiasmo y satisfacción. 

Durante la noche anterior, se hablan estado poniendo ya 
en batería algunos morteros que podian al dia siguiente ha- 
ber empezado h disparar sus mortíferos proyectiles sobre la 
ciudad. i'' .'V . ' 'i 

Inmediatamente que se recibió la comilblciaCíión en que se 
pedia que el egército español, fuese á restablecer el orden 
y á garantir la seguridad de sus mismos enemigos, se dio la 
orden de que el egército se pusiera sobre las armas. ^* ''^ 

47 



570 EL HONOR 

Ya eslaba conseguido el objeto casi. 

La rica joya de 'Guad-el-Jelú, nos habría sus brazos. 

Aquella blanca ciudad que se destacaba sobre la verde al- 
fombra de su fértil vega, iba por fin á pertenecer al egér- 
cito español, que á su vez la ofrecerla á su madre patria- ';i ' 

La división del general Rios fué la destinada á entrar en 
)a plaza. * 

Una comisión de artillería, ingenieros y estado mayor ha- 
bla de acompañarla 

El conde de Reus, al mismo tiempo recibía la orden para 
tomarla Alcazaba, protegido por ladivision del general O* Do- 
nell (D. Enrique.) 

El cuerpo que mandaba el general Ros de Olano, habia 
de seguir al cuartel general en su entrada en Tetuan. 

Dadas estas disposiciones tras un entusiasta «viva» dado á 
la Reina, las tropas se pusieron en movimiento. 

Hasta la misma naturaleza parecía que se alegraba con 
aquel triunfo de nuestras armas. 

Rrillaba el sol en el ancho azul del firmamento. 

Las datileras, las higueras chumbas, los naranjos y los 
limoneros, ofrecían con sus ricos frutos, sus deliciosos aromas 
á los soldados de la cruz. 

Y aquella estensa vega ofrecía á los templados rayos del 
sol, el aspecto mas delicioso que la mente se puede imaginar. 

Los alados habitantes de los árboles, tomando también su 
parte en la alegría común, lanzaban al espacio sus cantares. 

Y á su concierto se unian los marciales sonidos de las mú- 
sicas militares. 

Y flores, frutos, pájaros, aromas y músicas, formaban el 
concierto mas puro y mas hermoso. 

A los reflejos del sol, brillaban las bayonetas y los sables 
de nuestros valientes. . 

Y sobre la verde estension de la llanura, siguiendo las tor- 
cidas sendas, se veian deslizarse paso Iras paso las brillantes 
huestes españolas. 

.i- 




Entrada de la división del General ílios en Teluan. 



DE ESPAÑA. 371 

Por las alturas se veía también bajar la división del ge- 
neral Prim. 

Y en todos los semblantes se retrataba de un modo enér- 
gico, la alegría de que todos los corazones se hallaban po- 
seídos 

Todo era contento y placer en el campo. 

Todo era silencio y tristeza en el interior de la ciudad. 

Cerradas las puertas de ella, ennegrecidas las murallas por 
el tiempo, tenia un aire lúgubre en demasía, y que contrastaba 
con la felicidad que fuera reinaba. 

Se asemejaba Tetuan, á una viuda que habiendo perdido 
un esposo no muy bueno, al ir á contraer un nuevo enlace, 
se hallaba preocupada por la vida que con el nuevo cónyuge 
la esperaba. 

Y entretanto las tropas se acercaban á la población. 

La puerta ya hemos dicho que estaba cerrada, y por una 
de las troneras que había encima de ella, asomaban algunos 
moros que en sus ademanes, se notaban que nos decían. 

— «Venir pronto.» 
;., Conforme se aproximaban los soldados á la población se 
oian mas distintamente algunos disparos, seguidos de una gran 
vocería. 

Franqueada la puerta los soldados penetraron en aquel la- 
berinto de calles y callejuelas estrechas y tortuosas, y aun alr 
gunas de ellas completamente oscuras por estar cubiertas. 

Por donde quieran que iban, advertían las señales de la 
inicua conducta de los soldados de Muley-Abbas. 

Cadáveres tendidos por medio de las calles, muebles, co- 
mestibles, dinero y otros efectos, denotaban el saqueo y el 
degüello que había reinado hasta momentos antes de su ocu- 
pación por nuestros valientes. 

Teluan vista desde fuera se asemejaba á una blanca ga- 
viota desplegando sus alas, sobre la verdosa superficie del mar. 

Tetuan vista por dentro, y especialmente en los momentos 
en que vamos hablando, se asemejaba á un fétido cementerio 
que causaba asco y repugnancia. :*;;>. j ü.cí) íiu ::..■::':' 



57^ EL HOKOR 

Y para completar aquel cuadro allanicnle desolador, un 
pueblo de judios |)ál¡dos, demacrados y hambrientos, abraza- 
ban á nuestros soldados, victoreaban á nuestra Reina, y ten- 
dían SU.4 manos temblorosas y desfallecidas hacia las galletas 
y panes que aquellos le daban, y que devoraban con un ansia 
infinila. .(^^i .»; .• ■. ( ; '..<.- 

Pocos. egemplos verá la historia cómo esté. 

Un egército enemigo tener que entrar en una población pa- 
ra moralizarla, para asegurar la vida de sus contrarios, ame- 
nazada por sus mismos compañeros. 
'La música del regimiento de Iberia, marchaba loccindo el 
himno de 0'Donell.^^íl"^-¿ '" 1^ rOr i'i 

La asombrada Tetuan, iba repitiendo de calle en calle los 
ecos de aquella música que por primera vez, escuchaba en su 
recinto. 

Atravesando multitud de estrechas y torcidas calles llega- 
ron nuestras tropas á la plaza. --" 

Allí hicieran alto, para esperar la llegada del general én 
gefe, é ir ocupando los puntos mas importantes de la Ciudad. 
• Ya en el interior de ella, y seguros por decirlo asi, el 
pensamiento que naturalmente acometía á todos los que veían, 
la construcción especial de aquellas casas, y las continuas re- 
vueltas de sus calles, era, cuanto no se hubieran podido de- 
fender aquellas gentes desde una población que aparte de esto 
contaba con muchos medios de defensa como lo eran sus mu- 
rallas, su castillo, y lo bien artillados que estos puntos se 
encontraban, si no se hubieran acobardado tanto con el resul- 
tado de la acción del día 4. 

íí« ' OííUpl. 

r I - «^ « ' > 

o' Ai mismo tiempo que esto sucedía la división del Conde de 

Reus, se dirigió hacia la alcazaba. ';:! '!; ?; -r :••' iiip tvj 

También en este punto reinaba un silencio aterradori:í> í^up 



DE ESPAÑA. 375 

Cerrada la puerta, y aislado por decirlo asi el edificio, no 
habia mas medio de penetrar en ella, que escalándola. 

Asi lo hicieron los españoles. 

Por tres ó cuatro puntos treparon á el terrado ó plataforma 
de ella, y dos insignias españolas, se vieron agitarse á un mis- 
mo tiempo en el mismo edificio. 

Un oficial de artillería dejaba flotar la una, gritando con 
férvida alegría. 
— uEsta es gloria del cuerpo^) 

Y en el otro estremo, dos voluntarios catalanes, agitando 
su banderín, echando un tremendo voto, victoreaban á su 
Reina y á su caudillo. 

La alcazaba se habia tomado. 

La enseña de Castilla, siempre victoriosa ondeaba con ma- 
gostad, sobre la fortaleza marroquí. 

Los atronadores vivas de las tropas, las descargas de fu- 
silería, y los alegres sonidos de las músicas, la saludaron coa^ 
un entusiasmo indecible. 

Gloria á ti bandera de mí patria!... 

Gloría á tí, que tras largos días de abandono, te miraba 
tremolar orgulíosa, demostrando á las naciones, que la ven- 
cedora de Pavía y de las Navas, de Lepanto, y de Bailen, ana- 
dia un nuevo timbre á sus laureles, al despertar de su letár- 
gico sueño. 

Sí mi bandera, desde hoy, el mundo entero ai preguntarse 
que nueva enseña es aquella que ondea sobre los muros de la 
perla del Guad-(il-Jelú, dirán, es la enseña de un pueblo, gran- 
de porque ha llevado á efecto en tres meses, lo que cualquiera 
otra nación hubiera hecho en un año. 

Humano y noble, porque no se ha cebado en sus enemigos 
indefensos, antes al contrario, ha ido á protejerlos contra los 
latrocinios y el pillage de sus mismos compañeros. 

Y valeroso, porque en diez y ocho combates, ha lidiado 
siempre contra fuerzas muy superiores, y siempre ha salido 

^^"^^^^^rf^dOí)ohíndííf(»n ?oííi Íí;v ííUi]'iib'UiJ(!l 

,,j.^ y como si esto no fuera bastante, ha luchado contra un 



374 EL HO^OR 

clima rebelde, contra las epidemias, contra la misma natura- 
leza, y riyóndose de las penalidades, sufriendo lodos los tra- 
bajos, ha conseguido poner su bandera victoriosa sobre una de 
las mejores ciudades del imperio. 



IV. '^' 



La división Prim, como hemos dicho, ocupiba la fortaleza que 
podia haber protegido á la ciudad, en caso de haber habido re- 
sistencia. '^ 

Nuestro pabellón ondeaba triunfante en todos los punlól 
principales de Tetuan. 

Nada habia sido capaz de contener el esforzado valor y 
la indomable audacia de nuestras tropas. '^ 

Los marroquíes siguieron á sus generales en su vergon- 
zosa huida, y no se encontraban seguros en parte alguna. '' 

Sin embargo, á alguna distancia de aquella población que 
tan baja y cobardemente habia abandonado, hubo algún gefe 
que avergozado del pánico de los infieles, trató de infundirles 
valor, reanimar su abatido espíritu, y ver si por aquel medio 
podia conseguir alguna cosa. ' 

Así sucedió. 

Volvieron pasos atrás con ánimo resuelto de reconquistaT 
la alcazaba, ó perecer en la demanda. 

Pero todos sus propósitos se desvanecieron al aproximarse 
á nuestros soldados. 

En el momento en que estos vieron que los musulmanes áe 
acercaban, volvieron hacia ellos los mismos cañones que tenían 
en la fortaleza, y esto bastó para que los sectarios del islam 
prefiriesen la huida á la muerte. '¡ 

Nada pues se oponía á la ocupación y estancia de nuestras 
tropas, en la ciudad qué se eleva en las floridas márgenes del 
Guad-cl-Jeiú. ''^ 

Inmediatamente el general Ríos, nombrado Gobernador rai- 
'liiar de la plaza, procedió á darla una forma si se quiere eu- 



DE ESPAÑA. 375 

ropea, creando un ayuntamiento, compuesto de los dos ele- 
mentos mas opuestos que hay en el Mogreb. 

La mitad de los que lo habian de componer, se eligió de 
entre los moros mas ricos que no habian abandonado la ciu- 
dad, y la otra de los judíos. 

Formado ya este cuerpo, se le dio á cada uno de sus miem- 
bros, un cargo especial para mejorar el estado de la po- 
blación. 

Rotular las calles, limpiarlas, recoger y enterrar los cadá- 
veres, y en fin todas cuantas medidas fueran á propósito para 
purificar aquella atmósfera insalubre, todas se dictaron al mo- 
mento, y á la mayor brevedad se egecutaron. 

La división del general Rios fué la única que penetró en la 
plaza, quedando todas las demás acampadas en los mismos si- 
tios que ocupaban antes. 

También se procedió á otra multitud de mejoras de las 
cuales ya nos ocuparemos mas adelante, y especialmente de 
la primera misa que se celebró, donde nuestros lectores vol- 
verán á encontrarse con algunos de sus antiguos amigos. 

Entretanto el soldado reposaba un poco de sus fatigas, y 
se volvia á preparar para los nuevos triunfos á que induda- 
blemente los habria de conducir, el tino y la inteligencia de 
su esforzado caudillo. 



576 



EL HONOR 



T! 



>Kín > 



CAPITULO XXX 



<0\ OlJflS 

id 



Ligeros detalles sobre la religión de los musulmanes. — Salida que hizo el 
día 3 de Febrero la división del general Echagüe hacia el valle de 
Angghera. — Descripción de este sitio. 



I 



U 




ON las religiones generalmente el ca- 
rácter distintivo de los pueblos. 

Es la legislación, por decirlo así, del 
corazón humano, código especial ó me- 
jor dicho valla, que el hombre en- 
cuentra allá en lo mas íntimo de la conciencia. 

El mahometismo da á conocer perfectamente la índole de 
pueblo, que adora en él. 

Siguiendo nuestra marcha de dar á conocer á nuestros lec- 
tores los usos, las costumbres y las ciudades de esa nación, 
con la cual hoy estamos á punto de entrar en estensas reía- 



Dfc ESPAÑA. 377 

ciones, creemos que verán con guslo estos ligeros apuntes 
sobre la religión de Mahoma y algunos detalles de la bio- 
grafía de este gran hombre. 

Imaginaciones puramente fantásticas las de los árabes, ne- 
cesitaban una religión tan fantástica como ellas. 

Sin religión los pueblos no podrían subsistir, y de aquí el 
que Confucio, Buda y otros dotados de talentos superiores á 
la generalidad, formasen todas esas sectas qu / la India, la 
China y el África han seguido y siguen con estraordinaria fé 
y fanatismo. 

Las bebidas espirituosas son generalmente muy aprecia- 
das por casi todos los que viven en paises meridionales. 

El abuso de estas bebidas trae consigo el embrutecimiento 
y la destrucción del individuo. 

Mahoma con estraordinaria sabiduría prohibe el uso de es- 
tas en uno de los capítulos de su Coran. 

La voluptuosidad también es hija de los diraas y los mo- 
ros son tan voluptuosos como la misma atmósfera que res- 
piran. 

Esto no podía impedirlo Mahoma porque estaba en la mis- 
ma naturaleza. 

Pero sacó de ello un gran partido. 

Esas delicias infinitas que promete á los buenos creyentes 
en el paraíso es una prueba de ello. 

Nada mas fantástico, ninguna fábula, se ha visto reves- 
tida con colores tan magníficos, ni con galas tan alhagadoras, 
como el Koran. 

Para herir la imaginación de los árabes necesitaba crearse 
un origen sobrenatural, y hé aquí como lo hizo. 

Del casamiento de Abrahan con Sara nació Isaac. 

Abrahan conoció á Agar su esclava y nació Ismael. 

Ismael tuvo por descendiente á Zeder. 

Ismael fué el origen de un pueblo numerosísimo. 

La Arabia se pobló con la descendencia de Ismael. 

«Y de nuevo multiplicando, multiplicaré su posteridad y 
no se podrá contar por la muchedumbre.» (Génesis. 9.) 

48 



578 EL HONOR 

Con el transcurso dolos si^^los Abdallah, conocido con el 
nombre de hermoso entre los hermosos, descendiente de Is- 
mael, se casó con Amina, ilustre doncella de la familia de los 
Za rilas. 

Los árabes cuentan (jue en la noche de las bodas murie- 
ron de envidia y celos doscientas doncellas. 

Pocos años después Amina parió un robusto y ticrnísímo 
niño, que la superstición árabe tuvo por un varón estraor- 
diñarlo. 

Diéronle el nombre de Mahoma, es decir, elegido, ensal- 
zado y glorificado 

Nada notable cuentan de él las historias hasta la edad 
de doce años. 

A esta edad, noticioso de las versiones que en su naci- 
miento habían corrido, ambicionó el dictado de profeta. 

Tenia imagina ion» viva y penetrante. 

Comprendió desde luego que podría sacar gran partido de 
la superstición de sus conciudadanos. 

Formó sus proyectos religiosos. 

Pero conocía que necesitaba adquirir algunos bienes para 
mejor y mas presto poder realizar sus designios. 

Casóse con la viuda Kadigia, mujer estraordinariamente 
rica, que era lo que á él le importaba. 

Kadigia le amaba. 

Por eso á Kadigia fue la primera á quien él declaró que es- 
taba enviado por Dios para dar una nueva ley al mundo. 

Kadigia de ánimo candoroso creyólo fácilmente todo. 

Estando un día en el banquete con varios amigos, se le- 
vantó, y con tono profético y fingida inspiración dijo: «Soy 
profeta de Dios.» 

Todos los asistentes se indignaron y profirieron terribles 
anatemas contra su innovación. 

Mahoma sin alterarse, y con voz de trueno, díjó: ¿quién 
quiere ser mi visir? 

Un joven de doce años se levantó y dijo: 
—Yo. 



DE ESPAÑA. 379 

;,o.^Eslá bien, tu serás- al propio tiempo mi califa. 

Indignáronse mas y mas ios concurrentes y quisieron ma- 
tar al blasfemo. 

Este tuvo necesidad de huir, seguido de Aly-Abou-Yer. 

Para evitar la persecución, metiéronse en una cueva. 

Una araña tejió su tela delante de ella. 

Cuando pasáronlos perseguidores no quisieron registrarla. 

Mahoma y sus secuaces se habían salvado. 

La nueva religión triunfó. 

Desde la cueva pasó ei nuevo apóstol á la ciudad de Ye- 
treb que le recibió con el mayor entusiasmo. 

En testimonio de gratitud puso á Yetreb el nombre de Me- 
dinat-Al-Navver, estoes, patria del profeta. 

Mahoma no tuvo hijos de Kadigia y solo de Ayesca, tuvo 
una hija legítima llamada Fatima. 

A los veinte y cinco años, empezó á escribir el Koran que 
cuidadosamente guardaba, manifestando á sus sectarios que 
el mismo Dios se lo enviaba por conducto del Ángel S. Gabriel, 
.g Después de su muerte ocurrida á los sesenta y cuatro años 
y poco antes de la cual pronunció aquellas notables palabras 
«afirman que siempre lo nuevo agrada; nueva es para mi la 
muerte y sin embargo nada en eila encuentra de agradable» 
su suegro Abou publicó el Koran. 

Según él existen siete cielos y un infierno. 

Los cielos del paraíso son: de hierro, de plata, de pie* 
dras preciosas, de esmeraldas, de oro y de luz. 

En el último hay dos mares uno de tinieblas y otro de luz. 

Para pasar al de luz hay un estrecho puente llamado Sirac, 
como el filo de una cortante espada, pero de estraordinaria lon- 
gitud. 

Los elegidos pasarán por él; los que hayan muerto en la 
inobservancia de los mandamientos del profeta, caerán al fondo 
donde les espera el mar de tinieblas, del cual nunca saldrán. 

Los justos que consigan llegar al paraíso, encontrarán en 
él un gran árbol cargado de apiñadas granadas, y en cada pe- 
pino una huri. 



580 EL HONOR 

Esta es la recompensa que Mahoraa tiene reservada á los 
buenos creyentes. 

En el Koran se encuentran preceptos que se refieren al in- 
dividuo, á la familia, á la sociedad y á la milicia. 

Respecto de la última dice, que el alfange es la llave del 
paraíso, y que los pecados del que muere en la lid, reciben el 
perdón de Dios y sus heridas despiden un olor de ámbar y de 
admiele. 

Juzguen nuestros lectores, la clase de enemigos con quienes 
nuestros soldados tienen que luchar. 



II. 



Ya es tiempo también de que echemos una ojeada hacia el 
campamento del Serrallo. 

La multitud de acontecimientos, y los muchísimos perso- 
najes, que llevamos en juego, nos han impedido hablar antes 
de las operaciones practicadas por aquellos bravos soldados, 
que de una manera tan brillante, inauguraron la campaña de 
África. 

Nuestros lectores creemos que nos dispensarán esta pequeña 
falta, hija no de nuestro descuido, sino de las causas que de- 
jamos espuestas mas arriba. 

Ya hemos dicho anteriormente, que se habia empezado, un 
camino, que con mayores comodidades, condujera á nuestro 
egército ante los muros de Tánger. 

Este camino seguia adelantando de dia en dia. 

En lo alto de aquellas sierras se veían aparecer de cuando 
en cuando, algunos moros, so mbríos y silenciosos como la 
estatua de la íatalidad, que dirigían sus miradas á nuestro 
campo, después á Tetuam, luego á Tánger, y íiualmenle hacia 
Oriente, como pidiendo á Dios que impidiera á los cristianos 
que siguiendo su marcha triunfadora, se apoderasen de la ciMfr 



DE ESPAÑA 581 

dad sania de aquella Meca, donde estaba elalnaade su religión 
por decirlo asi. 

Tras aquellas miradas se envolvían en los ílotantesípliegues 
de sus blancos alquiceles, y desaparecían entre los tenues 
vapores de la tarde, ó entre las brumas de la mañana. 

Nuestros soldados los miraban y nada les decían, 

Respetaban aquella desgracia, sin atreverse jamás á in- 
sultar á aquellos enemigos, que podrían ser vencidos, pero 
nunca humillados. 

Tres largos días de inacción, los soldados se consumian 
en el ocio, y ansiaban también, añadir otro nuevo triunfo á los 
que ya habían adquirido. 

En tal estado el general Echagüe dispuso un reconocimiento 
que al par que asustase á los enemigos, hiciese adelantar algo 
}ás esploraciones sobre aquel terreno desconocido. 

Efectivamente el día 3 de Febrero, víspera de la gran vic- 
toria obtenida por las demás divisiones en la vega de Tetuan, 
salieron algunos batallones con dirección á Augghera y Benzus. 

El resultado de esta salida, correspondió á lo que se había 
prometido. 

Los moros huyeron en todas direcciones al aproximarse los 
enemigos, y estos hallaron casi desiertas algunas aldeas que 
encontraron en su camino. 

Infinitas chozas de aquellos desgraciados fueron victimas de 
las llamas, y ellos desde muy lejos, veían la destrucción de 
sus casas, sin atreverse á presentarse ante nuestros soldados. 

Y sin embargo no debieron de haber abrigado temor de 
ninguna especie. 

Alguno que se pudo coger, fué tratado con la benevolen- 
cia de que tan repelidas muestras se han dado, y ni nadie le 
hizo daño alguno, ni pensó en ofenderle. 

En aquel reconocimiento, se vieron otros horiz(»nles si asi 
podemos esplícarnos. 

Atravesado el célebre boquete, se estiende un valle pin- 
toresco, que forma una provincia, á la que casi sirven de lí- 
mites las montañas y el mar. 



382 EL HONOR 

Como no hubo resislencia, no tuvimos pérdida ninguna que 
lamentar, y los soldados que verificaron aquella espedicion, 
contaron aquella noche á sus compañeros las nuevas cosas que 
habían visto, y los nuevos deseos que les habían escilado. 

A continuación damos á nuestros lectores una ligera des- 
cripción de ese valle tan pintoresco, que ha sido teatro casi 
de nuestras primeras victorias. 



III 



El valle de Anghera situado en la provincia del mismo nom- 
bre, está formado por el lado del Norte por una gran cordi- 
llera de rocas volcánicas, que en su descenso tocan y penetran 
en el mar: el camino por esta parte es impracticable, está sem- 
brado de precipicios y barrancos de increíble profundidad. 

A la derecha de esta cordillera v en dirección hacia el me- 
(liodia se encuentran las radas de Alcassar Srer y Galagranda 
y cabo de Malamat. Las radas que hemos citado están com- 
pletamente escarpadas, y su ascensión para llegar al monte 
que las rodea, es en estremo difícil. "> 

El valle de que nos ocupamos, formado en el centro de un 
conjunto de montes que forman un cuadrilátero, cuyos estre- 
nuos" son Ceuta, Tetuan y Ain-Ghedida, es un sitio sembrado 
por infinidad de arroyos que salen de los vecinos montes y 
que en su curso forman mil caprichosas figuras. 

Durante el invierno cúbrese completamente de agua por 
la abundancia de lluvias y es imposible habitar en él. 

En las otras tres estaciones es un sitio sumamente agra- 
dable, y seria hasta encantador si ciertos sitios pantanosos por 
la humedad no hubiese. 

Alli nacen y se crian espontáneamente multitud de flores á 
cual mas raras y caprichosas, cuyo olor embalsama la atmós- 
fera que se respira y que pudiera confundirse con la que eo 



DE ESPAÍÍA. 585 

SUS habitaciones derraman artificialmente las sultanas del 
Oriente. 

El terreno es feracísimo, y aunque poco cultivado por la 
indolencia de sus pobladores, produce en abundancia naranjas, 
limas y aun semillas que siembran á la entrada de la pri- 
mavera. 

Terrenos hemos allí visto, que según nos han informado, 
han producido dos ó tres cosechas. 

Con que se abriese paso á las aguas que allí en la esta- 
ción de las lluvias se estancan, y con muy poco cultivo de la 
tierra, pudiera hacerse del valle de Angghera una estensísima 
y hermosa huerta. 

Allí, en las montañas que lo forman se encuentra el monte 
Abylas, llamado por otro nombre montaña de los monos por 
la abundancia de los animales que de esta clase se crian 

La vegetación de toda la provincia tanto en la llanura co- 
mo en la montaña es feraz: bien dirigidos los arbustos que 
en los últimos se crian, podría sacarse de ellos al cabo de 
un corto número de años, escelente madera de construcción. 

Los habitantes tienen completamente abandonada la agri- 
cultura, y se dedican solo á la caza, pesca y al pillage. 

Las Kabilas de esta provincia han sido las que mas han 
molestado nuestras posesiones de África, y las que mas es- 
cesos han cometido con sus piraterías prevalidos de que ellos 
solos pueden subir por la parte montañosa que con el mar linda 
y que nadie puede seguirles hasta sus guaridas. 

Una población del mismo nombre se levanta al estremo del 
valle hacia la parte del Serrallo, que no es mas que un gru- 
po de casucas pésimamente construidas y habitadas por 800 
á 1000 moros. 



384 



EL HONOJt 



!»ÍII 



CAPITULO XXXI 



CosAimbres de los judíos. — Casamientos. — Entierros. — Sinagogas. — Uso 
de los moros. — Mezquitas. — Matrimonios. 



I. 



^=^^=^ 



ARA completar la tarea que nos hemos 
impuesto, cumple ahora á nuestro pro- 
pósito manifestar la manera como los 
judíos llevan á cabo sus enterramientos, 
sus matrimonios, y por último termina- 
remos dando algunas noticias acerca de su religión. 

En todos los pueblos y paises ha habido siempre la cos- 
tumbre de poner debajo de tierra los cadáveres de los indi- 
viduos que de ellos formaron parte. 

Esta costumbre general tenia diversos fundamentos, que 
puede reducirse á uno solo : evitar que los restos de personas 




DE ESPAÑA. 385 

que habían formado parle de la comunión política fuesen parte 
de las fieras y aves de rapiña. 

■ Los romanos tuvieron un tiempo la costumbre de quemar' 
los cadáveres y depositar sus cenizas en urnas mas ó menos 
elegantes según la posición y estado de fortuna del difunto 
, 'Posteriormente abandonaron esta costumbre y siguieron la 
(íé los enterramientos. 

Hacían estos, no dentro de los muros de la ciudad por la, 
especie de ofensa que querían inferir á sus Dioses domésiicos, 
sino cerca de los caminos y sitios frecuentados, á la idea de 
que los que por allí pasaran, orasen por ellos y se acordaran 
de que ellos mismos eran mortales. ,; 

Llegada la época del cristianismo, la Iglesia aceptó tam- 
bién esta costumbre llevada mas que de las razones dichas de 
la conformidad que guardaba con una resurrección general. 

Los sitios en que estos enterramientos se verifican, han 
sido considerados siempre como lugares sagrados. 

Los judíos no podrían desconocer esta costumbre: también 
la tienen de enterrar sus cadáveres. 

Y lo hasen de la manera siguiente. 

Luego que el triste suceso ha tenido lugar, reúnen en la 
casa del finado todos sus amigos y parientes á invitación he- 
cha por los individuos de la familia, con el objeto de acompa- 
Oar al difunto á su última morada. 

Antes de que esto tenga lugar, una de las personas mas au- 
torizadas de la familia ó en su defecto el amigo en quienes 
los asistentes reconocen superioridad, hacen la biografía de! 
muerto. 

Inútil es decir que en ella sucede lo que en nuestras pre- 
sentaciones modernas, que el encargado de hacerla, elogia 
desmedida é inmerecidamente al presentado: es verdad que 
entre nosotros ofrece mas inconvenientes este método, pues 
que al formar una idea del nuevo conocido por los antece- 
dentes que nos han dado, suponemos en él equivocadamente 
circunstancias de que carece y que pueden conducimos á la- 

49 



55* .Ai^/ !>,» ad 

, 386 EL HONOR 

'»' .'<: ' r \ ^v]"'d > "r, 

mentables errores; inconveniente que no présenla el meloub dé 
los judíos. 

Pero sea de esto lo que quiera, lo cierto es que colocado el 
cadáver en una especie de camilla de madera, después de 
amortajado en un largo lienzo blanco sujeto al cuerpo y con 
un capuchón blanco ó negro, según su estado, es conducido al 
cementerio, seguido de la comitiva con que cada uno cuente 
y que durante el camino van clamando, que les pesa la muerte, 
que lo sienten mucho, etc, , bien así como á los funerahis de 
los romanos, asistían gentes pagadas para que en presencia 
del público no cesaran de llorar al difunto. 

Llegados al cementerio, y depositado el cuerpo del di- 
funto a la fosa, que aquí como en todas partes es mas ó menos 
ostentosa con arreglo á la fortuna de cada uno y que están 
dispuestos en el mayor desorden, el acompañamiento regresó 
al punto de partida, donde regularmente les espera una es- 
pléndida comida. 

La religión no la hacen intervenir para nada. 



II 



El matrimonio, base de la familia y de la sociedad, egerce 
gran infl-uencia en los Estados. 

Por eso, aun los pueblos mas rudos han tenido con res- 
pecto á él sus leyes, encaminadas, la perpetuidad de la unión, 
la felicidad y el bienestar de los cónyuges, mientras esta dure 
y en todos la procreación, alimento y educación de los hijos. 
' Casi todas las religiones sanliíican con su intervención los 
matrimonios. 

Los judíos tienen en qAo como en todo lo demás que á su 
vida se refiere, sus ideas propias muy distintas de las miestras. 
' Entre ellos el matrimonio no es mas que un contrato que 
se contrae por el consentimiento y que por el consentimiento se 
disuelve. 



OE ESPAÑA. 3(^ 

Antes de otorgar la escritura formal de compromiso en lo 
que interviene al Rabí, el novio pide á la novia, quien me- 
diando el consentimiento paterno, acuden al sabio para poner 
en su conocimiento el deseo que los anima de casarse, este les 
dá seis meses de término para que se conozcan. 

Puede decirse que equivale la presentación de los preten- 
dientes al sabio para empeñarse ante él mutuamente su pala- 
bra á nuestros esponsales. • - -♦"'^''^^^^ 

Conviénense durante este tiempo en lodo lo relativo á las 
arras, cuya institución también conocen sin la limitación que 
nuestro derecho civil impone al maiido en su ofrecimiento 
arreglan todos los demás asuntos para la nueva vida que van 
á emprender, y transcurrido el plazo prefijado, se presentan 
al Rabí, y este, otorgada la escritura de compromiso, les ma- 
ijiíiesta sus nuevas obligaciones. 

Esta escritura se mantiene en toda su fuerza y vigor hasta 
que la muerte ó el repudio voluntario que admiten, disuelve 
el contrato. 

En el caso de disolución por consentimiento de los contra- 
yentes, quedan estos en libertad de celebrar un segundo con- 
trato con quien y como lo tengan por conveniente, pero el ma- 
rido conserva siempre la obligación de cuidar y educar á la 

prole. 
'^' Esta obligación que sigue el marido en el caso de repudio, 

hace que estos sean poco frecuentes, principalmente entre las 

familias pobres y regularmente acomodadas, por la dificultad de 

sostener los hijos y por los inconvenientes que ofrece. 

Aun entre las personas ricas son también los repudios muy 

raros, y á no dudarlo es porque la unión de un solo hombre con 

una sola mujer es la mas conforme á la naturaleza, aun cuando 

la religión de ({ue formen parte, les permite la poligamia ó la 

poliviria. 



588 EL HONÜH 



III 



No se concibe, hemos dicho en olra parle, la oxislencia de 
un pueblo ateo. 

La idea de la divinidad es innata en el coiazon humano.^ 

De aquí que lodos los pueblos aun los mas ignorantes y 
salvajes tengan sus creencias religiosas; creencias lanío mas 
exactas cuanto mas civilizados se encuentren. 

La luz del cristianismo no ha brillado todavía en el pueblo 
judio. 

Los libros del antiguo testamento, cuyos preceptos en lo 
que se refieren á la venida del Mesías, no son ya obligatorios, 
constituyen su creencia religiosa. 

Con arreglo á ellos tienen sus sacerdotes y su gerarquía 
religiosa. . , , 

Constituyen esta el gran sabio, los sabios mayores y los 
menores. El número d". los primeros es limitado, el de los se- 
gundos ilimitado. 

E\ gran sabio ocupa el primer lugar en la gerarquía sa- 
cerdotal. Gomo tal es juez supremo de apelación, y tiene el 
derecho de castigar á los sabios mayores y menores, y de 
nombrar tanto á unos como á otros. 

A la categoría de sabios mayores se asciende por riguroso 
escalafón entre los menores, mediante un despacho ó título 
que el gran Uabino les espide y lo hace cuando después de 
haber observado una conducta irreprensible se hallan bien 
enterados de la doctrina (jue el antiguo testamento contiene. 

Para que en los ascensos no pueda haber injusticias, se di- 
viden los sabios menores en varias clases según sus mereci- 
mientos y virtud. 

Con el gran sabio comunican solo los sabios mayores que 
están encargados de transmitir sus órdenes á los menores, asi 



DÉ ESPAÑA. 389 

como también las reclamaciones, solicitudes, gracias y con- 
sultas que los últimos dirijan al priúiero. 

Para que sean perfectamente entendidos, diremos que el 
gran sabio es á los sabios mayores, lo que el metropolitano ó 
Primado es á los Obispos, y los menores son á los mayores lo 
que ios presbíteros á los Obispos, con la diferencia de que aun 
cuando es determinado el número de los fieles en quienes cada 
sabio egerce su jurisdicción, no lo es el número de sabios me- 
nores que depende de uno mayor. 

Los sacerdotes ó sabios menores administran justicia en los 
negocios de corto interés, sin atenerse para pronunciar sus sen- 
tencias, mas que á su prudente arbitrio. 

Los de grande importancia son fallados por los sacerdotes 
mayores, y tanto las sentencias délos unos como las de los otros 
son apelables para ante el gran Rabino, cuyo fallo es definitivo. 

Los sabios mayores se distinguen de los menores por su 
traje. 

Los primeros cubren su cabeza con un velo á manera de 
capucha, una clámide negra con capuchón caido a sus espal- 
das, especie de sotana les cubre su vestido interior, que con- 
siste en un jaique blanco corto y ceñido con un cinturon, 
calzoncillos blancos, medias del mismo color y babuchas. Los 
sabios menores llevan la cabeza descubierta. 

El resto de los judíos viste el mismo traje interior; el es- 
terior consiste en un saco sin capncha, blanco ó rayado, me- 
dias y zapatos ó babuchas. 

Casi todos llevan pendientes zarcillos de sus orejas y la 

barba crecida. 

Las mujeres llevan enaguas á la europea con dos volan- 
tes; las solteras y casadas dos bucles de seda torzal, luego 
una cinta negra que partiendo de la parle superior de la frente 
termina en el cuello con un lazo. Kncima un caj)uchon encar- 
nado que cae sobre los hombros. Después un jubón á manera 
de chaleco con muchos bolones por adorno, y por último cho- 
clos ó bien bolitas de raso ó charol, 
h 



390 EL HONOH 



h 9U¡) r IV. 

O OU/JÜloíjc 

En la mayor parle tic las religiones, se conoce ademas del 
cullo privado, el cuito público con que sus sectarios se dirigen 
á la Divinidad, ya implorando su asistencia en algún apurado 
trance, ya dándole las gracias por los beneficios recibidos, ó 
ya por último y esto es lo mas frecuente para dirig'rle sus 
oraciones, sin otra intención que el cumplimiento de un pre- 
cepto religioso. 

Casi todas las religiones tienen sus lugares destinados á 
este obgeto, y álos cuales es permitido asistir á todos los fieles. 

Asi como el cristianismo tiene sus iglesias, asi lambien el 
mahometismo tiene sus mezquitas y el judaismo sus sinagogas. 

Délas segundas nos vamos actualmente á ocupar, y dees- 
tas de las situadas en la ciudad sagrada de los árabes, es de- 
cir de Tetuan. 

Y no por las particularidades ([ue ofrezcan vamos á pre- 
sentarlas á nuestros lectores, pues son tan oscuras como su re- 
ligión, sino porque creemos de nuestro deber hacerlo así, para 
que conozcan la ciudad que ya está en poder de las tropas es- 
pañolas. 

Las mezquitas de Tetuan son como acabamos de indicar, 
sumamente oscuras y lóbregas, tanto que es preciso dejar pa- 
sar un buen espacio de tiempo, cuando desde fuera se entra 
para empezar á percibir los obgetos interiores. 

Hubiéramos mejor dicho la estancia, pues los obgetos de 
que se hallan adornadas, á mas de ser mezquinos y pobres 
(hablamos por las que nosotros hemos visitado) son ademas es- 
casísimos. 

El pavimento no pudimos saber de que estaba formado, pues 
se hallaba cubierto con una estera, y en todo el rededor de el 
templo habia colocado en unos bancos de madera y otros asien- 
tos de mampostería como los que suele haber en las mas de 



DE ESPAÑA. 591 

nuestras posadas; estos últimos se hallaban cubiertos por una 
cinta de estera de la misma clase que la que el pavimento 
cubria. 

En el centro contando desde la mitad del salón se eleva un 
pequeño altar, sobre el que hay colocada una urna vacía y 
cerca de ella y á la derecha un í"acistol con libros escritos con 
caracteres hebreos. 

Estos libros son para ellos lo que para nosotros los evan- 
gelios. 

Algunas lámparas pendientes de negruzcas cadenillas, es- 
parcen su dorada claridad por el recinto del templo. 

Algunos huevos de avestruz suspendidos en las paredes, 
y que figuran otros tantos milagros, completan el adorno de 
las mezquitas Tetuan. 

No sabemos por que los árabes de aquella misma [ciudad, 
que en el interior de sus casas desplegan en sus habitaciones 
interiores el lujo mas refinado y los mas suntuosos adornos, 
tienen tan pobremente puestos sus templos: la razón que en 

nuestro juicio les asiste, no nos parece satisfactoria. 

Entre los sectarios de iMahoma existen como entre nos- 
otros sus claustros, adonde se retiran los que desean entre- 
garse á la contemplación y práctica de egercicios espirituales 
frecuentes. 

Habríamos deseado indagar los institutos del estableci- 
miento y egercicios que sus frailes, pues con este nombre tam- 
bién se les conoce, practican, mas nos fué imposible; por lo 
mismo nos contentaremos con describirles lo material de la lo- 
calidad. 

.j Existe uno de estos monasterios en la parle meridional de 
la ciudad y casi fuera de sus muros. 

El edificio es muy basto, pero de pobre apariencia. 

Y el que crea que dentro encontrará el lujo y suntuosidad 
que en el interior de las casas árabes tanto, resalta con el este- 
rior, se equivocaría. 

Muchas y grandes galerías tan oscuras como sus templos, 
en alguna de las cuales se percibe un olor fétido y que por lo 



59^ EL HONOR 

general aíluyen ;i un patio en cuyo centro se levante el templo 
(lo aquellos inün¿5es, es lo (|ue el obsQn,a(lor conleuiple en el 
momento de su entrada. 

Sí atentamente mira después las particularidades intej-io- 
res, verá infinidad de pequeñas habitaciones casi desnudas de 
mueblaje separadas unas de otras por endebles tabiques, y en' 
cada una de ellas un fraile, que en el momento que de la lle- 
gada de un personage estrañj á la comunidad se aperciba; 
saldrále al encuentro con su luenga barba, raido jaique, y des- 
nudo de pie y pierna le suplicarcá con magostad y gravedad có- 
micas, que no atrepelle su santuario. 

Y entonces el lector no podrá menos de hacer lo que nos- 
otros hicimos; pedir á aquel ciego fanático dispense su indis- 
creción y retirarse. 



Casamientos 



Hemos manifestado en otro lugar de nuestra obra, el modo 
como los judíos contraen sus casamientos con los principales 
efectos que producen entre ellos, y justo es que hagamos lo 
mismo respecto de los árabes. 

E\ casamiento de los árabes no tiene tantas solemnidades 
como el de los judíos, aunque tienen bastante de común. 
. ¡Ofrecen la singularidad de que casi siempre el novio no 
conoce á la novia, por la costumbre existente entre ellos de 
que las mujeres salen muy'poco á la calle, y cuando lo hacen 
van con la cara tapatada con un tupido velo, que la oculta á 
las miradas de todos. 

En algunas partes el novio antes de casarse compra á la 
novia bien con dinero ó con especies. Las mujeres árabes ájuz- 
gar por elprecip porque se venden, valen muy poco. Su valor 



DE ESPAÑA. 393 

por término medio puede calcularse en unos dos mil reales de 
nuestra moneda. 

Entregado el precio á los padres de la novia, si es que ha 
intervenido ajuste, se señala por el interesado el dia en que ha 
de verificarse la ceremonia, la entrega de la mujer al marido. 

Llegado el dia, los padres de la desposada la conducen la- 
pada y acompañada de todos los parientes y convidados al 
domicilio del marido, el cuál espera á la comitiva con los suyos. 

Al entregar al marido la nueva desposada, sus padres re- 
ciben estos de aquel un documento firmado por él y por los 
testigos en que consta su voluntad de llevar á cabo el enlace 
y á su vez recibe otro adornado de iguales requisitos, con lo 
que ya la novia queda en su poder. 

Acta seguido se entregan todos juntos á las demostraciones 
de la mas loca alegría, que por lo común demuestran con sal- 
vas, gritos, algazara y comida compuesta de un manjar muy 
apreciado por ellos á que llaman alcuzcuz compuesto de carne 
cocida, huevos duros y gallinas, cuya superficie, siembran con 
pequeños pedazos de masa cocida compuesta de harina y agua. 

Después de la comida sigúese la algazara y la broma que no 
se interrumpe sino por la llegada de la noche: entonces pasan 
á recogerse. 

No es permitido á los espososos consumar el matrimonio la 
primera noche de sus bodas; por eso la pasan en habitaciones 
separadas. 

El dia siguiente se repi e lo mismo que el anterior, y por 
la noche ya es permitido á los héroes de la fiesta pasarla 
juntos. ^'*"'"^^' 

Los parientes de la novia esperan con impaciencia con la 
venida del dia, el anuncio de la consumación del matrimonio, 
que al mismo tiempo es prueba de la castidad y pureza de la 
desposada. '*' '''''^' 

Hecha la señal por el marido, se entregan á demostracio- 
nes mil de regocijo, durante todb el dia, y por la noche se re- 
tiran todos. '■'""'■ :■'"' ' ' ■ ' ' ' ' ' 

El marido que p'iMé teíiíV Ha^tá'trfes^'ksposas, es obligado 

50 



394 «L HONOR 

á vivir semanal ó diari.imenle con cada una de ellas, que al 
mismo tiempo es la encargada del cuidado y arreglo interior 
de la casa. 

Las demás permanecen en sus aposentos hasta que les lle- 
gue el turno. 

La unión se disuelve de el mismo que se contrajo. Guando 
el marido se cansa de su mujer la lleva á sus padres, y estos, 
al recibirla, entregan á aquel el documento que les dio para 
su salvaguardia. 

uno y otro quedan en completa libertad de volverse á unir 
con quien quieran, pero el marido conserva la obligación de 
mantener y educar á los hijos que hubiese tenido de su mujer 
repudiada. üip 



Entierros. 



Siguiendo el mismo orden que al hablar de los judíos, rés- 
tanos que decir alguna cosa de los enterramientos de los árabes. 

Gomo aquellos y como nosotros tienen la costumbre de po- 
ner sus cadáveres debajo de tierra. 

Primeramente los lavan bien y después los envuelven en 
un gran lienzo blanco. 

Es de advertir que los que han muerto peleando contra in- 
fieles, es decir contra nosotros los cristianos, los dejan con 
sus manchas y sus vestidos, y aun llevan á la sepultura la tierra 
que han bañado con su sangre. 

Abrigan la creencia y por eso juzgan dichosos á los que de 
tal modo mueren, de que van derechos al cielo por haber muerto 
en la tierra en defensa de Mahoma. 

Para trasladar el cadáver desde la casa mortuoria al ce- 
menterio, lo colocan atravesado en una muía boca abajo, y 
sujeto al cuerpo de la muía con una cuerda. 



DE ESPAPÍA. 395 

Acompañándoles los mas lejanos parientes y los mas ínti- 
mos amigos y deudos 

Una vez en el cementerio le colocan en el fondo del hoyo 
abierto al efecto, de costado y mirando al Oriente. 

La comitiva enfilada y descalza va paseando por la sepul- 
tura, se arrodilla, besa el suelo mirando también al Oriente y 
reza las oraciones. 

Concluida esta ceremonia, vuelve á la casa del difunto la 
comitiva, repitiendo sus oraciones, adonde son esperados por 
las viudas y parientes mas próximos que los reciben con gran- 
des gritos de dolor, acompañados de fuertes mordiscos y ara- 
ñazos. 

Después penetran todos en la casa, y olvidando comple- 
tamente su aflicción, pénense á comer del alcuzcuz que en casi 
todas partes se les tiene preparado. 



396 



EL HONOR 



=ri=: 



i-"f>,.? I ■ ' — 



CAPITULO xxs:i 



Convenios ajustados entre España y Marruecos. — Consideraciones que sobre 

esto se nos ocurren. 




L tratado es la garantía que recíproca- 
mente se dan dos naciones de la buena 
amistad que debe unirlas, y que efec- 
tivamente las une. 

Cuando cualquiera de ellas falta al 
cumplimiento de aquellos, la otra tiene derecho para exigirla el 
cumplimiento, y apelar á la fuerza para conseguirlo. 

Esto es lo que con Marruecos ha pasado en la cuestión pre- 
sente. 

España celebró un conve^iio en 1780, convenio que se am- 
plió en i 799, y que se ratificó nuevamente en 1814. 

Estos convenios no han tenido por parte de los marroquíes 
cumplimiento mas que los seis primeros meses, si así podemos 
decir. 



DE ESPAÑA. 397 

Como consecuencia legítima de este uUrage hecho á una 
nación que los honraba con sus relaciones, nuestras armas 
han sabido vengarlos. 

Deseosos nosotros siempre de dar á conocer á nuestros lec- 
tores cuantos do jumentos curiosos y cuantas noticias respecto 
al asunto que nos ocupa, podemos adquirir, insertamos á con- 
tinuación los tratados de que hemos hecho mención, tratados 
que hasta ahora creemos que hayan sido completamente des- 
conocidos del público. 

-■Ou' 

II. 

Convenio 



formado entre el Excmo. Sr. D. José Monino, conde de Flo- 
ridablanca, caballero pensionado de la Real Orden de Car- 
los Uí, Consejero de Estado de S. M., primer secretario de 
Estado y del Despacho y Superintendente general de Correos 
terrestres y marítimos de las Postas y lientas de estafetas en 
España y las Indias y de los caminos del Reino; y el Excmo. 
Sr. Mohamet Ben-Otoman, embajador y ministro plenipoten- 
ciario del Rey de Marruecos, en virtud de las órdenes de sus 
respectivos soberanos. 

Habiendo pasado á Madrid el Excmo- Sr. Mohamet Ben-Oto- 
man con el carácter de embajador y ministro plenipotenciario 
del Rey de Marrueco cerca de S. M. , presentó una instruc- 
ciou lirmada de su soberano que contenia los puntos que debia 
tratar con este ministerio. En su consecuencia mandó el Rey 
al conde de Floridablanca contestase en su Real nombre. á las 
proposiciones del embajador, y que acordados con él todos 
los puntos, eslendiese una respuesta, la cual con la instrucción 
de este formaría un convenio entre las cortes de Madrid y 
Marruecos, que estrechase mayormente y aíianzase la amistad 
de los. monarcas, con benelicio reciproco desús vasallos y ven- 
tajas de su comercio. Ha llegado el caso de estenderse dicha 



í-f 



398 EL HONOH 

respuesta, la (jue, ademas de satisfacer á los puntos de la ins- 
trucción, incluye otros, á al^^uuos de los cuales se han hecho 
varias adiciones; y habiéndose conformado en un todo el refe4 
rido embajador, se ha efectuado el convenio entre las dos Cor- 
tes; y es como sigue. 

En nombre de Dios (Todopoderoso). -Firmada de S. M. el 
Rey de Marruecos. — Instrucción para su embajador. 

1.0 Que cuando los ingleses supieron que V. M. les decía- 
raba la guerra, enviaron á decirnos que querían enviar seis ú 
ocho navios para navegar con nuestra bandera y llevar pro- 
visiones de nuestros puertos á la plaza de Gibraltaj; y cono- 
ciendo su mala intención y engaño, y qu-e con esto querían que 
sitiada dicha plaza pudiesen entrar los citados navios en el 
puerto de Gibraltar, sin que Y. M. les hiciese obstáculos por 
nuestro respeto con las provisiones que necesitan; les hemos 
respondido que no necesitamos de sus navios, ni consentimos en 
lo que piden. Al presente deseamos que V. M. nos envié Ires 
ó cuatro navios bien fuertes que carguen mil y quinientos quin- 
tales y que estos pasen á nuestros dominios para cargar trigos 
y otros efectos de provisiones y que ios conduzcan de los puer- 
tos donde los hay en abundancia á donde no los hay, y que 
dichos navios tengan su capitán, su segundo, su piloto y con- 
tramaestre; y nosotros pondremos ios marineros y les pagare- 
mos su flete secretamente para que se conozca el favor que nos 
hace S. M. sin interés alguno y solo por la recíproca amistad 
que nos profesamos. 

1.0 ((Que S. i\J. enviará al rey de Marruecos los navios que 
pide; pero los marineros serán españoles, para que no haya 
•discordia entre ellos.» 

2.'' Que los comerciantes de Tetuan nuestros vasallos que 
antes acostumbraban comerciar en la plaza de Gibraltar con 
pieles y otros efectos, observaron que las embarcaciones in- 
glesas llevaban de Gibraltar estas pieles y efectos á Barce- 
lona y con ellos hacían muchas ganancias; y como aho; a ha 
cesado dicho comercio de Gibraltar, nos pidieron de comerciar 
en Barcelona, y buscar compañeros con los cuales hagan com- 



paüía en dicho comercio para tener una misma corresponden^ 
cia en estas mercaderías: y los mismos navios arriba dichos, 
en descargando en Tetuan las provisiones, los cargarán los 
mercaderes de efectos del pais, y los remitirán á Barcelona, de 
donde cargarán seda y otros efectos. Estos negociantes vasallos 
de V. M. podrán estar seguros en sus intereses bajo nuestra 
real palabra. 

2.0 «Que los citados navios puedan pasar á Barcelona para 
el comercio con toda libertad; pagando allí los derechos que 
se habrán fijado y establecido»» 

5 o Que los comerciantes de Fez que por lo regular comer- 
cian en Oriente, llevan consigo moneda de plata para consu- 
mo, cambiándola por oro, porque en aquellas partes pierden 
con la plata; con este motivo nos han suplicado les permita- 
mos, que envíen dos comerciantes al año á Cádiz para cam- 
biar la plata por oro y que puedan comprar la grana cochi- 
nilla según el precio corriente; porque este género se desea y 
tiene en Fez mucha salida, de suerte que el que vende dicha 
grana, si quiere recibir por ella la moneda de España, se le 
dará, y si quisiese en cambio pieles ó cera, también se le 
dará. 

3.0 ((Que puedan comerciantes venir á Cádiz para com- 
prar la grana y demás géneros españoles al precio corriente: 
y en cuanto al cambio de la plata pororó siempre que abunde 
este metal, porque ahora es muy escaso, se permitirá pagando 
por su estraccion y por la de los demás géneros los derechos 
que pague en España la nación mas favorecido; y se admiti- 
rán la moneda española y efectos que trajesen.» 

4.0 Hemos recibido la carta de V. M. y enterado de su 
contenido con grande complacencia: y viendo la traducción; 
elegante de su intérprete, hemos quedado en duda si este es 
mahometano ó cristiano. Si es mahometano debia empezar la 
carta de este modo: Alabanza á Dios solo, y á nuestro Señor 
Mahomet Apóstol de Dios, último Profeta: y si es cristiano, 
debia haber empezado así: Alabanza á Dios y la paz á nues- 
tro Señor Jesucristo, hijo de María, Apóstol y palabra de 



400 EL HONOn 

Dios. Y no habiéndolo hecho dicho iniérprele, hemos dudado. 
de su religión. 

4/> (iK\ traductor es cristiano y se arregló al estilo que aqui 
se observa, dando á Dios la alabanza en nuestras oraciones^," 
con que nos preparamos para todas las obras que empren- 
damos.» 

Otros puntos que comprende la respuesta de S. M. 

1.0 Que los mercaderes eSpañoles que llegaren á los puer- 
tos del rey de Marruecos, como Tetuan, Tánger, Larache, 
Sal i, Mogador y otros sean bien tratados y recibidos y estén 
seguros de sus vidas y bienes. 

2.0 Que los comerciantes españoles, de lo que traigan de 
los dominios del rey de Marruecos, deben pagar los derechos' 
correspondientes según las órdenes d-i aquel Soberano, y que^ 
estos mismos españoles se deban distinguir de las demás na- 
ciones. -'{ 'í^n. .Y.OT 



Adición. 



Lo mismo y no mas hará el rey de España con los comer- 
ciantes marroquíes. 

3.0 Qua los vasallos del rey de Marruecos podrán venir á 
comerciar á los puertos de Alicante, Málaga, Barcelona y Cá- 
diz; y así en ellos como en los demás de estos reinos serán bieo 
tratados y bien recibidos y se les Tranquera lo que necesiten- 
dér víveres y para reparar sus navios, pagando los gastos que 
hicieren y efectos que compraren. 

4.0 Que los navios de S. M. y los del rey de Marruecos ten- 
gan alguna señal entre sí para que se conozcan, no se equivo- 
quen con los argelinos ú otra potencia enemiga. 

5.0 One en caso que Gibraltar pertenezca en algún tiempo 
áS. M. ; el rey de Marruecos tratará esta plaza como los de- 
rilas dominios de España, llevándose á ella de los de S. M. mar- 



DE ESPAÑA. 40 i 

roquí todo lo que se necesitare, del mismo modo que el Rey 
hará con Tánger y otros puertos del mismo Soberano, prote- 
giéndola y ayudándola en sus urgencias en caso de algún in- 
sulto ó guerra con los enemigos. 



Adición. 



Lo mismo hará recíprocamente el rey de España con el de 
Marruecos; y asi debe estenderse este articulo 5. o 

6.0 Que si S. M. destinare algunas personas que tomen en 
arrendamiento los derechos de estraccion de comestibles por 
los puertos de Larache, Tetuan y Tánger, se les concederán 
por los precios justos que hubiera de pagar cualquier otro ar- 
rendador. 

7.0 Que no se pueda obligar á los subditos de S. M. que 
residan en los dominios de Marruecos á que hospeden ni man- 
tengan á nadie en sus casas. 

8.0 Que cuando los subditos de S. M. residentes en los 
dominios de Marruecos alquilasen casas por precio y tiempo 
determinado, no se les pueda aumentar el alquiler ni desalo- 
jarlos hasta cumplido el término con tal que paguen el alquiler 
convenido. 

9.0 Que si alguno délos Cónsules, Yice-Cónsules, ó comer- 
ciantes españoles quisiesen fabricar por sí alguna casa en los 
dominios del rey de Marruecos, puedan hacerlo; y en caso de 
querer venderla ó alquilarla, no se les ponga embarazo alguno. 

10* Que si el rey de las Dos Sicilias quisiese participar de 
las ventajas de este convenio, se prometen S. M, y el rey de 
Marruecos, se tendrá á aquel Soberano y sus vasallos por com- 
prendidos en todo lo que mira á la libertad y seguridad del trato 
y comercio de ambas naciones, que aquí se estipulan entre 
España y Marruecos: y desde luego se suspenderá entre na- 
politanos y marroquíes toda hostilidad. 

SI 



402 KL HONOH 

Aranjuez á 50 de Mayo de 1780. — El conde de Floridablan- 
ca. — Es copia. 

Por lo anterior liabián visto nueslros lectores el respeto con 
que hace ochenta años nos trataban los marroquíes, y lo poco 
que de las mismas palabras y firmas de sus emperadores po- 
demos prometernos. 

El tratado (jue á continuación insertamos, es mas estenso, 
y con mayores seguridades, si caben todavía, pero ni uno ni 
otro han sido suflcientes para que los salvages subditos de S. M. 
Xeriffiana, dejasen de insultar y maltratar á los valientes y 
leales hijos de la España. 



Kn el nombre de Dios Todo Poderoso, 

Trátalo de paz, amistad, navegación, comercio y pesca es- 
tablecido entre los muy altos y poderosos principes D. Car- 
los IV, rey de España y de las Indias, etc. etc. , y Muley So- 
liman, rey de Marruecos, Fez Mequinez Sus, etc. etc. ; siendo 
la parte contratante por S. M. católica su Plenipotenciario el 
Intendente de los reales egércitos D. Juan Manuel González Sal- 
món, que por su orden y al mismo efecto pasó á la corle de 
Mequinez de los Olivares; y por la de S. M. xMarroquí el Exce- 
lentísimo Sr. Sidy Mahomet Ben-Otoman, su primer ministro, 
quienes después de haber dado sus plenos y respectivos pode- 
res, han estipulado, conforme á las instrucciones que cada uno 
tenia los artículos siguientes: 

Articulo I."" Se renuevan y confirman el tratado del año 
de 1766, el convenio de 1780, y el arreglo de 1785 en todo 
lo que no sea contrario al presente tratado. 

Art: 2.° Ninguna de las dos Altas partes contratantes faci- 
litará bajo pretesto alguno víveres, escepto los que exige la 
humanidad, pertrechos, municiones de boca ó guerra, ni ar- 
mas de ninguna clase á los enemigos que son y fueren de 



DE ESPAÑA. 403 

cualesquiera de las dos polencias; como tampoco dará paso á 
sus tropas por los territorios de ella, ni franqueará su pabellón 
6 pasaportes ni permitirán se armen en corso en sus puertos. 

Art. 3,° A fin de que subsista con la mayor armonía la 
paz y buena amistad que de nuevo se consolida por este tra- 
tado, ni se introduzcan en ambos dominios sugetos, que por sus 
acciones, conductas ú opiniones puedan perturbarla, no se per- 
mitirá á ningún español pasar á ios de Marruecos, ni estable- 
cerse en ellos, si no lleva licencia ó pasaporte del comandante 
ó gobernador del puerto de donde S3 embarcase, que esplique 
el objeto ú objetos á que vá; cuyos documentos se han de 
examinar á su arribo por el Cónsul general de España, sus 
vice-cónsules ó comisionados. Lo mismo se practicará en Es> 
paña con los marroquíes; los que deberán ir provistos de pa- 
saportes del referido Cónsul general, vice-cónsules ó comisio- 
nados. Los que no presentaren dichos documentos no serán 
admitidos por protesto alguno; pero si fueren con ellos en re- 
gla, se les acordará toda protección y seguridad, y de consi- 
guiente el gobierno vigilará para que no esperimenten mal 
trato, ni ninguna otra vejación, castigando con todo rigor al 
que los incomodare; y al efecto se espedirán por S. M. cató- 
lica las órdenes mas estrechas á los gobernadores de sus puer- 
tos. Lo propio se practicará por parte del gobierno marroquí, 
con espresion de que caerá en su indignación cualquier gefe 
que no preste buena acogida á todo vasallo de S. M. católica 
que transite ó resida en sus dominios. 

Art. 4.'' El Cónsul general de España, sus vice-cónsules ó 
comisionados dirigirán con absoluta jurisdicción los negocios 
de los españoles en los dominios marroquíes, franqueándoles 
el gobierno los ausilios de tropas, lanchas, armadas, ü otros 
que pidan para arrestar y asegurar los malhechores, con cuyo 
medio se conservará el buen régimen y quietud pública. 

Art. 5.° En toda demanda sobre pago de deudas, cumpli- 
miento de contratos ó diferencias de cualquiera calidad que 
tengan los marroquíes contra los españoles, las harán presen- 
tes al Cónsul general de España, vice-cónsules ó comisionados 



404 EL HONOR 

en sus respectivos distritos, para que llamándolos ante si, ira- 
ten de concluir y ajustar sus dííercncias, compeliéndolos en ca- 
sos necesarios á (jue cumplan sus respectivas obligaciones. Y 
si sucediese por el contrario, los referidos empleados pasarán 
oficios al gobierno marroquí para que sus subditos paguen á los 
españoles lo que les deban, procurando que lo egeculen sin dar 
lugar á dilaciones, pues lia de ser reciproca y de buena fé la 
administración de justicia, como sólido fundamento de la amis- 
tad y buena armonía entre las dos naciones, no menos que de 
la existencia y felicidad de todas. 

Art. O/' Cualquier español que cometa en los dominios 
marroquíes algún escándalo, insulto, ó crimen que merezcan 
corrección ó castigo, se entregará á su Cónsul general ó vice- 
cónsules, para que con arreglo á las leyes de España se le im- 
ponga, ó remita á su país con la seguridad correspondiente, 
siempre que el caso lo requiera. Igual reciprocidad se obser- 
vará con los delincuentes marroquíes en España, enviándolos 
al primer puerto de la dominación do S. M. marroquí, sin que 
preceda diligencia judicial, ni otra formalidad mas que la de 
un oficio que el comandante, gobernador ó justicia del terri- 
torio donde cometan el delito, dirigirá al Cónsul general de Es- 
paña, relacionándole su crimen ó falta para que su gobierno les 
imponga la pena según sus leyes é institutos. 

Art. 7 ^ Dichos Cónsul general, vice-cónsules ó comisio- 
nados continuaran gozando de la exección de todo derecho en 
la provisión de frutos y -efectos que necesiten y hagan venir de 
España ú otras naciones para su respectivo consumo. El refe- 
rido Cónsul general tendrá facultad no solo para enarbolar en 
la casa de su morada en Tánger el pabellón real español, sino 
que podrá también sin obstáculo alguno pasar á bordo de los 
buques de su nación, cuando lo juzgue preciso, con bandera 
larga en la popa del bote ó lancha que le conduzca, y la casa 
consular disfrutará de inmunidad y de las prerogativas y con- 
sideraciones que ha gozado hasta aquí, y la concedió el gran 
rey difunto Sid Mohamet Ben-Abdala. 

Art. 8.^ Cuando fallezca algún español ó criado suyo en 



DE SEPAiVA. 405 

Marruecos, con tal de que este sea individuo de cualquiera na- 
ción cristiana, dispondrán el Cónsul general, vice-cónsules ó 
comisionados dé sus entierros en la forma que estimen mascón- 
veniente haciéndose cargo de todos sus bienes para entregarlos 
ásus herederos. Si muriese algún marroquí en España, el co- 
mandante, gobernador ó justicia del lerritorio en que se veri- 
fique, pondrá en custodia lo que haya dejado, y avisará ales- 
presado Cónsul general, enviándole nota de lo que sea, para 
que él lo haga saber á sus herederos, y proporcione su recau- 
dación sin eslravío. 

Art. 9.° Cuando los españoles compren legítimamente al- 
gún terreno en Marruecos con permiso del gobierno, podrán 
fabricar en él casas para su habitación, almacenes, etc., ar- 
rendarlos y venderlos según les acomode. Y siempre que al- 
quilen casas y almacenes por tiempo y precio determinado, no 
se les subirán los arrendamientos durante aquel, ni desalojará 
de ellos, con tal que paguen lo estipulado, suponiéndose que 
ios traten como es debido. Lo mismo se observará en España 
con respecto á los marroquíes. 

Art. 10. Los españoles podrán ausentarse de Marruecos 
con toda libertad y cuando bien les parezca, sin necesidad del 
permiso del gobierno; pero si, necesitarán del consentimiento 
del Cónsul general, vice-cónsules ó comisionados; para que 
estos sepan si se hallan libres de deudas ó cualesquiera otra 
clase de obligaciones que deberán dejar solventes antes de su 
salida; lo que ademas de ser justo conservará la buena y de- 
bida reputación del nombre español; y de ningún modo serán 
responsables el Cónsul general ni sus vice-cónsules ó comisio- 
nados al pago de las deudas que contraigan dichos españoles 
en Marruecos, si espresamente no se hubiesen obligado bajo 
sus firmas á satisfacerlas: y lo propio se observará en España 
respecto al gobierno marroquí. 

Art. 11. No se podrá obligará los subditos de S. M. Cató- 
lica que residan en los dominios de marruecos, ni á los de 
S. M. Marroquí en los de España, á que no hospeden ni man- 
tengan íi nadie en sus casas. 



406 EL HONÜU 

Art. 42. So pormilirá libremente el uso de la religión ca- 
tólica á lodos los subditos del rey de Kspafia en los dominios 
de S i^I. Marroquí, y se podrán celebrar los oficios propios de 
ella en las casas-oficios de los padres misioneros establecidos 
en diclio reino y protegidos de mucho tiempo á esta parte por 
los monarcas de Marruecos. Estos uiisioneros disfrutarán en 
sus respectivos hospicios de la seguridad, distinciones y pri- 
vilegios concedidos por los anteriores soberanos de Marruecos 
y por el actual reinante. Y en atención á que su ministerio y 
operaciones, lejos de causar disgusto á los marroquíes, les han 
sido siempre agradables y beneficiosas por sus conocimientos 
prácticos de la medicina, y por la humanidad con que han con- 
tribuido á sus alivios, ofrece S. M. marroquí permitirles que 
permanezcan en sus dominios sus establecimientos, aun cuando 
se interrumpa la buena armonía entre ambas naciones (lo que 
no es de esperar) á la manera que subsistían en los reinados 
anteriores, no obstante de hallarse en guerra las dos monar- 
quías. Asimismo podrán los marroquíes existentes en España, 
ejercer privadamente como lo han practicado hasta aquí los 
actos propios de su religión. 

Art. 15. Como se ha de procurar precaver en cuanto sea 
posible la desgracia de los acontecimientos humanos, sise ve- 
rificase un nuevo rompimiento entre ambos soberanos, estipu- 
lan conceder recíprocamente el tiempo de seis meses ó lo mas 
desde el dia de publicación en sus estados, para que los res- 
pectivos vasallos puedan retirarse libremente á ellos con lodos 
sus bienes y efectos. 

Deseando' ademas S. M. marroquí que se borre de la me- 
moria de los hombres el odioso nombre de la esclavitud, ofrece 
que en el caso inesperado de un rompimiento, reputará á los 
oficiales, soldados y marineros españoles cogidos durante la 
guerra como prisioneros de ella, cangeándolos sin distinción 
de personas, clases ni graduaciones lo mas pronto que sea posi- 
ble, sin pasar por ningún caso el liempo de un año en el que 
fueren capturados, recogiendo un recibo de estos al tiempo de 
su entrega para el arreglo del cange sucesÍNo; no conside- 



ÜE ESPAÑA. 407 

rando como tales prisioneros de guerra á los jóvenes que no 
tengan doce años cumplidos, las mujeres de cualquiera edad 
que fueren, ni los ancianos de sesenta años arriba, respecto á 
que no pudiéndose esperar ofensa alguna de estas tres clases 
de personas, no deben sufrir el menor quebranto ni vejación, y 
asi desde luego que sean apresados, se pondrán en libertad, y 
por medio de embarcaciones parlamentarias ó neutrales, se 
trasportarán á su pais, siendo los gastos de estas conducciones 
de cuenta de la nación á quien correspondan dichos prisione- 
ros; lo que ofrece asi mismo observar S. M. católica, empe- 
ñando mutuamente las dos Altas partes el sagrado de su Real 
palabra para el cumplimiento exacto (le lo contenido en este 
articulo. Y caso de que fenecida la guerra haya algún esceso 
de prisioneros, se dará por concluido este asunto, sin que se 
entable solicitud alguna á este respecto, devolviendo los reci- 
bos la parte que los tuviere. 

Art. 14. Los vasallos de S. M. católica que deserten de 
los presidios de Centa, Melilla, Peñón y Alhucemas, serán 
conducidos desde luego que lleguen á territorio de Marruecos, 
á la presencia del Cónsul general, quedando á disposición de 
este para hacer de ellos lo que le ordene el gobierno español, 
y pagará los gastos de su conducción y manutención. Pero si 
puestos ante dicho Cónsul dijesen é insistiesen en abrazar el 
mahometismo, entonces los recogerá el gobierno marroquí. 
Mas si por accidente se presentase alguno al soberano, ante 
quien libremente dijese que quiere hacerse moro, no se de- 
berá en este caso conducir á presencia del espresado Cónsul 
general. 

>' Art. 15. Los límites del campo de Ceuta y estension de' 
terreno para el pasto del ganado de aquella plaza, quedarán 
en los mismos términos que se demarcaron y fijaron en el año 
de 1782. 

Al paso que ha habido la mejor armonía entre dicha plaza 
y los moros fronterizos, es bien notorio cuan inquietos y mo- 
lestos son los de Melilla, Alhucemas y el Peñón, que apesar 
de las reiteradas órdenes de S. M. marroquí para que con- 



408 KL HONOK 

serven la misma buena correspündencia con las espresadas 
plazas, no han dejado de incomodarles coiUinnamente, y 
esto parece una contravención á la Paz general coulralada 
por mar y tierra, no deberá entenderse asi, por cuanto es con- 
trario á las buenas y amistosas intenciones de las dos Altas 
partes contratantes, y sí efecto de la mala índole de aque- 
llos naturales: por tanto ofrece S. M. marroquí valerse de 
cuantos medios le dicte su prudencia y autoridad para obligar 
á dichos fronterizos á que guarden la mejor correspondencia 
y se eviten las desgracias que acaecen, tanto en las guarni- 
ciones de dichas plazas, como en los campos moros por los es- 
cesos de estos. Pero si los continuasen sin embargo lo que no 
es de esperar, como ademas de ser injusto, ofenderían el de- 
coro de S. M católica, que no debe disimular ni tolerar tales 
insultos, cuando sus mismas plazas pueden por sí contenerlos, 
queda acordada por este nuevo 'tratado que las fortalezas es- 
pañolas usen del cañón y mortero en los casos en que se vean 
ofendidas, pues la esperiencia ha demostrado que no basta el 
fuego de fusil para escarmentar dicha clase de gentes. 



VI 



Art. i 6. — Navegación. Las embarcaciones mercantes de 
ambas naciones, podrán arribar á los puertos de cualesquiera 
de ellas, viniendo habilitadas de papeles por las oficinas que 
corresponde. Los pasaportes que lleven en su navegación se 
dispondrán de modo que para su inteligencia no se necesite 
saber leer. A los que no los lleven se conducirán por el buque 
que los encuentre al puerto mas inmediato de su nación, sin 
molestarlos y con la obligación de presentarlos intactos al go- 
bernador de aquel. Los pequeños barcos pescadores de una y 
otra potencia no estarán obligados á la presentación de pasa- 
portes. Estos podrán variarse en su forma, teniéndose cuidado 
mutuamente de avisar cualquiera innovación que se egecute 
para noticia de sus individuos. 



DE ESPAÑA. 409 

Art. 17. Los buques de guerra de ambas potencias no oblí« 
garán á los mercantes de ellas que encontrasen en alta mar 
y quisiese n reconocer sus pasaportes, á que echen sus botes ó 
lanchas al agua, pues lo deberán hacer los de guerra; los que 
BO destinarán mas que una persona de toda su confianza que 
suba abordo para dicho reconocimiento y esta por ningún pre- 
testo podrá hondearlos ni registrarlos, ciñéndose únicamente 
á inspeccionar los pasaportes que lleven, los marroquíes del 
Cónsul general de España, bajo el método mas sencillo, y los 
españoles los acostumbrados en su gobierno; en la inteligen- 
cia de que si unos y oíros causasen voluntariamente daño ó in- 
comodidad á cualquiera buque ó tripulación, el agresor será 
castigado á proporción de sus escesos, y responsable á la re- 
paración de ios perjuicios que hubiese causado. 

Art. 18. Las embarcaciones de ambas naciones que se eu- 
contrasen en alta mar y necesitasen de víveres, aguada ú otra 
cosa esencial para continuar la navegación, se suministrarán 

mutuamente cuanto tengan en la parte posible, abonándose el 
valor de lo que dieren al precio corriente. 

Art. 19. En prueba de la armonía que ha de reinar entre 
las dos naciones, siempre qne los corsarios marroquíes apre- 
sasen alguna embarcación enemiga, y hubiese en ella mari- 
ueros ó pasageros, mercancías y cualquiera otra propiedad 
que pueda corresponderá vasallos de S. M. católica, los entre- 
garán libremente á su Cónsul general, con todos sus bienes y 
efectos, en el caso deque regresen á los puertos de S. M. mar- 
roquí; pero si antes tocan en alguno de ios de España, los pre- 
sentarán en iguales términos á su comandante ó gobernador; 
y de no poder verificarlo de una ó de otja manera, lo dejarán 
con toda seguridad en el primer puerto amigo donde arriben. 
Lo mismo practicarán los buques españoles con los vasallos ó 
haberes de S. M. marroquí que encuentren en los buques ene- 
migos apresados; estendiéndose esta buena armonía y el res- 
peto que se^Jeben tener por la bandera de ambos soberanos, á 
conceder la libertad de personas y bienes de vasallos de po- 
tencias enemigas de una y otra nación que naveguen en em-^ 

52 



410 ELHONOK 

barcaciones españolas ó marroquíes con pasaportes legítimos 
en que se espresen los equipajes y efectos que les pertenecen; 
con tal que estos no sean de los que prohibe el derecho de la 
fierra. 

^'^Ari. 20. Si los buques de cualquiera potencia berberisca 
que se hallare en guerra con la España apresasen alguna em-* 
barcacion perteneciente á esta ó sus subditos y la llevasen á 
los puertos de Marruecos, no se les permitirá en ellos vender 
ningún individuo de los apresados, ni el todo ó parte de sus 
géneros, lo mismo se observará respectivamente en España si 
fuese conducido á ella algún buque marroquí apresado por otro 
de potencia enemiga de Marruecos. 

Art. 21. Las embarcaciones de ambas naciones, asi de 
guerra como mercantes, que por otras de cualquiera potencia 
que estuviesen en guerra con una de ellas fuesen atacadas en 
puertos, ó adonde hubiere fortalezas, serán defendidas por los 
fuegos de estas ó de aquellos, deteniendo á los buques ene- 
migos sin permitirles que cometan hostilidad ninguna ni que 
salgan de los puertos hasta veinte y cuatro horas después de 
haberse hecho á la vela las embarcaciones amigas. Las dos 
altas partes contratantes se obligan también á reclamar recí- 
procamente de la potencia enemiga de cualquiera de ellas la 
restitución de las presas que se hagan á la distancia de dos mi- 
llas de sus costas, ó á su vista si por no serle posible, apro- 
ximarse á la tierra se hallase anclado el buque espresado. Fi- 
nalmente prohibirán que se vendan en sus puertos los buques 
de guerra ó mercantes que fueren apresados en alta mar por 
xjualquiera otra potencia enemiga de España y de Marruecos; y 
'caso que entren en ellos con alguna presa de las dos naciones, 
tomada á la mediación de sus costas en la forma que arriba 
queda esplicado, obligando al captor á que la abandone, con 
cuanto la hubiese tomado de efectos de tripulación y (lemas, etc. 

Art. 22. Si algún buque español naufragase en el rio Nunx 
y su costa donde no egerce dominio S. M. marroquí, ofrece sin 
embargo en prueba de cuanto aprecia la amistad de S. M. ca- 
tólica, valerse délos medios mas oportunos y eficaces para sa- 



DK ESPAÑA. 414 

ear y libertar las tripulaciones y demás individuos que tengan 
la desgracia de caer en manos de aquellos naturales. 
. Ai't. 23. En todos los puertos habilitados de España se 
admitirán los buques marroquíes precediendo las precauciones 
y formalidades establecidas por la sanidad, para la seguridad 
de la salud pública. En caso de naufragio ó de arribada for- 
zosa á cualquiera rada, en hora buena no esté generalmente 
habilitada, se les asistirá haciendo lo posible para libertar 
personas, buques y efectos; cuyo trabajo se satisfará á los pre- 
cios corrientes, asi como el valor de las provisiones que com- 
pren, sin exigir derecho de ninguna clase, ni tampoco de las 
mercaderías que se salven y se quieran conducir á otra parte; 
pues solo cuando se hubiesen de vender en el pais, se cobra- 
rán los establecidos. La misma reciprocidad se observará sin la 
menor diferencia en las costas, radas y puertos de S. M. mar-* 
roqui con los buques españoles. 

Art. 24. Las embarcaciones de guerra de ambas naciones 
no pagarán ningunos de sus puertos mutuamente derecho de 
ancoraje, ni de otra clase por los víveres, aguada, leña, car-;^ 
bon y refrescos que necesiten pai*a su consumo, 

Art. 25. No se reclamarán por S. M. marroquí los escla- 
vos cristianos de cualquiera potencia europea, que se refugien 
á Ceuta, Melilla, Peñón y Alhucemas, ü á bordo de los navios 
de guerra españoles; asi como en la propia- forma no exigirá 
S. M. católica la restitución de los mahometanos de cualquiera 

i 

pais que en los puertos de España se introduzcan en bageleig| 
de guerra marroquíes ^ 'V)Í 



Vil 






Art. 26. — Comercio. Los marroquíes pagarán en España 
los mismos derechos de introducción y estraccion sobre los gé- 
neros de su propiedad, cuya salida y entrada esté permitida, 
que han satisfecho hasta el presente, uu j; í;„.'..íí.j: > 'j^íídih^U 



412 EL HONOi^ 

Arl. 27. Siempre que los españoles introduzcan efectos 
mercantiles en los puertos marroquíes, no satisfarán mas de- 
rechos que el establecido de un diez por ciento en dinero ú es- 
pecie, conforme se practique en sus respectivas aduanas, sin 
alteración alguna. 

Art. 28. No se exigirá á los españoles desde el puerto de 
Mogador hasta el de Tetuan inclusive por los- géneros, ga- 
nado y frutos aquí mencionados, sino los siguientes derechosí 

Pfs. Onzas, 

Por cada fanega colmada de toda especie de 

legumbres • . . O 4 

Por cada cabeza de ganado vacuno. ... 3 O 
Por id. id. lanar. ... O 5 
Por id. id. mular ... 8 
Por cada docena de gallinas y toda otra espe- 
cie de aves 3 

Por cada miliar de huevos O 5 

Por quintal de dátiles O 5 

Por arroba de cera, según pagan los propios 

subditos de S. M. marroquí 1 

Por cada millar de naranjas y limones. . . 1 

Por la docena de tafiletes . < 

Por quintal de lana 2 

Por id. de almendras i 

Por cada diez tablones de madera. . . . . 12 

Por cada quintal de arroz • ^ 

Por cada id. de cueros vacunos ó cabríos 

al pelo ó curtidos 2 

Por el quintal de aceite • 2 

Por el quintal de marfil 7 

Por id. de cobre \ Según se exige 

Por id. de goma < el puerto de Mo- 

Por cada libra de plumas blancas y ne- / g^^dor. 
gras de avestruz V 

NOTA. Las onzas se regulan á 10 por peso fuerte, de cohh: 
siguiente equivalen aun real de plata efectivo. \]\> 



DE ESPAÑA. 413 

Art. 29. Hallándose cerrado en el dia el puerto de Santa 
Cruz de Berbería, no puede tener efecto la oferta que Su Ma- 
gestad marroquí tiene hecha anteriormente á la España, de 
que sus vasallos disfruten una baja de un 30 por 100 sobre 
los derechos que satisfacen las demás naciones; pero si tendrá 
lugar esta gracia, siempre que dicho puerto se llegue á abrir. 

Art. 30. La compañía de los cinco gremios mayores de 
Madrid disfrutarán como hasta aquí del privilegio esclusivo de 
estraer granos por el puerto de Darbeyda, pagando 16 rs. vn. 
por cada fanega de trigo y 8 por la de cebada; quedando igual- 
mente en su fuerza y valor los convenios que relativamente al 
propio fin se han celebrado de antemano con S. M. marroquí. 
Pero S. M. católica podrá estender á beneficio de algunos ó to- 
dos de sus vasallos dicho privilegio cuando lo juzgue conve- 
niente; pues declara S. M. marroquí que concede aquel puerto 
esclusivo, no por respeto á la citada compañía, y si en obse- 
quio del rey de España. 

Por la misma regla y circunstancia se conducirá el privi- 
legio que la casa de D. Benito Patrón del comercio de Cádiz, 
tiene en el puerto de Mazagan, sin que se exijan mas derechos 
que los 16 rs. por fanega de trigo y 8 por la de cebada. 

Art. 31. Aunque á S. M. marroquí ocurra un justo motivo 
para prohibir la estraccion de granos de sus dominios, ó cua- 
lesquiera otros géneros ó efectos comerciales, no impidirá el 
que los españoles embarquen los que tuvieren ya en almace- 
nes, ó comprados y pagados antes de la prohibición (enhora- 
buena estén en poder de los subditos de S. M. marroquí) lo 
mismo que lo egecutarian sino se hubiese promulgado la pro- 
hibición, sin ocasionarles el menor vejamen ni perjuicio en sus 
intereses Igualmente se practicará esto en el propio caso en 
España con los moros marroquíes. 

Art. 32. La exacción en los puertos de Marruecos del de- 
recho de ancorage para las embarcaciones mercantes será desde 
veinte á ochenta reales vellón cada una, según su clase, to- 
neladas, etc. , esceptuando las que vengan de arribada, como 
las pescadoras que serán enteramente libres. 



414 EL HONOR 

Art. 55. Se renueva la eslraccion de cáñamo y madera 
para los reales arsenales de S. M. católica, pagando por el 
quintal de la primera especie, quince onzas del pais ó sean 50 
reales vellón de derecho, y por cada 100 tablones de la se- 
gunda 240 rs. ; bien entendido que de dicho privilegio, ningún 
español en particular podrá usar sin que obtenga una especial 
licencia de S. M. católica. 

Art. 54. Habiendo acreditado la esperiencia cuan conti- 
nuos son los fraudes que hacen los barcos españoles, especial- 
mente en la eslraccion de moneda, desde los puertos de Su 
Magestad católica á los de Marruecos, el Cónsul general, sus 
vice-cónsules ó comisionados no solo tendrán facultad de ins- 
peccionar y vigilar sobre esto, sino que el gobierno marroquí 
dará todos los ausilios que le pidan, en caso de necesitarlo, 
para que aquellos puedan arrestar ó enviar á España á los ca- 
pitanes ó patrones de embarcaciones donde se encuentre el 
fraude y á cualquiera otro individuo vasallo de S. M. católica 
que incurra en esta clase de delito; cuidando asimismo el go- 
bierno marroquí de indagar si aun en los buques de cual- 
quiera otra nación procedentes de los dominios de España, 
vienen efectos embarcados clandestinamente por españoles; en 
cuyo caso dará parte el Cónsul general ó vice-cónsules, á fin 
de que usando estos de sus derechos, lo puedan comunicar á 
su gobierno. Cualquiera marroquí que fuese aprehendido con 
género de contrabando en el acto de estracciou ó introduciendo 
en los puertos de España, se enviará preso con sus efectos al 
gobierno de Marruecos, dando parte de lo ocurrido al Cónsul 
general para que á proporción de su culpa se le castigue. Pero 
si el género perteneciese á cristianos, se reservará y decomi- 
sará este en España, remitiendo tan solo al defraudador; cuando 
algún subdito marroquí arribase á dichos puertos con géneros 
de la clase referida, ó de esprofeso entrase con los mismos, ig- 
norando que eran prohibidos, deberá desde luego manifestar- 
los, de lo contrario se comprenderá la pena que arriba se es- 
presa, n 



DE ESPAfÍA. 4i5 



VIII 



Art. 35.— Pesc\. A los habitantes de las islas Canarias y 
á toda clase de españoles concede S. M. marroquí el derecho 
de la pesca desde el puerto de Santa Cruz de Berbería al 
Norte. 

Art. 56. Los españoles presentarán la licencia con que de- 
ben salir habilitados de los puertos de España á Canarias al 
alcaide ó gobernador moro mas inmediato al sitio en que in- 
tenten hacer la pesca, y este les asignará sin retardo ni difi- 
cultad los límites en que hayan de egecutarla. 

Art. 37. Cualquiera embarcación española que se apre- 
henda por los marroquíes en su costa sin licencia para pescar 
ó se haya acercado á ella por necesidad, ignorancia ó malicia, 
será entregada desde luego al cónsnl ó comisionado de España 
mas inmediato, á fin <le que examinando su causa, sea ab- 
suelto ó castigado el capitán ó patrón por sus respectivos su- 
periores, según las leyes y ordenanzas que rigen en España. 

Art. 38. Asi los españoles como los moros que hagan el 
comercio de Marruecos á España, deberán hacer constar en 
las aduanas deS. M. católica, por medio de un certificado del 
Cónsul general, vice-cónsules ó comisionados existentes en los 
puertos de Marruecos, los géneros y efectos que sacan de estos 
para aquellos donde precisamente los han de introducir, sin 
cuya circunstancia no les comprende la rebaja de derechas que 
espresa el artículo 28, y pagarán á correspondencia de las de- 
mas naciones que gozan de privilegio. 

Se ractificará el presente tratado en la brevedad posible: 
se firmarán y sellarán tres originales de él en los idiomas es- 
pañol y árabe, uno para S. M. Católica, otra para S. M. Mar- 
roquí; y otro que ha de quedar en poder del Cónsul general de 
España en Marruecos; cuidando cada una de las dos Altas par- 
tes se observe con la mayor puntualidad cuanto contienen los 



416 EL HONOR 

artículos que se compone osle tratado de paz, amistad, nave- 
gación, comercio y pesca. En fé de lo cual. Nosotros los íq- 
frascrilos plenipotenciarios, por parte de S. M. Católica dea 
Juan Manuel González Salmón, y por la de S. M. Marroquí 
Sidi-Maliomet-Ben-Otoman, los hemos autorizado con nuestros 
sellos, y firmado de nuestras manos en Mequinez de los Oliva- 
res á primero de marzo de mil setecientos noventa y nueve, 
que corresponde á veinte y dos de la luna de Kausadan de 
mil doscientos trece de la Egira — L. S. — iuan Manuel Gonzá- 
lez Salmón.— L S. — Mahomet-Ben-Otoman. 



IX 



Ratificación del Rey Nuestro Señor. 

D, Cirios por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, 
de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalen» de Navarra, de 
Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de 
Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba; de Córcega, de Murcia, de 
Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas 
Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tier- 
ra firme del Mar Occéano; archiduque de Austria; Duque de 
Borgoña, de Brabante y de Milán: conde Abspurg de Flandes, 
del Ferrol y de Barcelona; Señor de Vizcaya y de Molina etc. 
Por cuantO' entre Nos y el príncipe Muley Solimán, rey de Mar- 
ruecos Fez, Mequinez, Sus etc. Se concluyó y firmó á primero 
de marzo de mil setecientos noventa y nueve por medio de ple- 
nipotenciarios, que autorizamos suficientemente por ambas par- 
tes el presente tratado de paz, amistad, navegación, comercio 
y pesca que comprende los treinta y ocho artículos que van 
esprcsadoís/ Por tanto habiendo visto y examinado los referi- 
dos treinta y ocho artículos he venido en aprobar y ratificar 
cuanto contienen, como en virtud de la presente lo apruebo, y 
ratificar todo en lo mejor y en la mas amplia forma prometien- 
do en fé y palabra de rey cumplirlo y observarlo, y hacer que 



DE ESPAÑA. 417 

se cumpla y observe como si Yo mismo -los hubiere firmado. 
En fé de lo cual mandé despachar la presente firmada dé'toíj^ 
mano, sellada con mi sello, y'Vefrendada por el infrascrito mi 
consejero honorario de Estado, embajadoi' estraordinario, y' 
plenipolenciario nombrado cerca de la república Batava, y ()n- 
mer secretario interino del despacho universal del Estado. Da^ 
da en Aranjuez á 3 de abril de 1799. — L. S.— Yo el rey. — 
Mariano Luis Urquijo. 



Traducion del Árabe. 

; Gracias á Dios solo Habiendo sido presentadas á S. M. la 
reyna de España y á S. M. el sultán de Marruecos las con tes- .^ 
laciones dadas en 25 de Agosto de 1844 (9 de Schaban 1260) 
portel gobernador de esta provincia el Taleb-Biisilha:u-Ben-AI¡ 
como su plenipotenciario, al mediador eí agente y cónsul ge- , 
neral de la gran Bretaña el caballero Eduardo Guillermo Aurios 
Drummon Hay, respecto á los artículos espresados en el ulti- 
matun dirijido al gobierno marroquí, y habiéndose juzgado la 
misma admisibles por convenir asi á los recíprocos iutereses y 
derechos de ambos gobiernos, como también por que por, tal , 
medio quedaban restablecidas las relaciones de amistad y bue- 
na armonía entré los mismos, para poder dar el mas puntual 
cumplimiento, S. M. la reyna de España ha nombrado su pl^- \ 
nipolenciario á su Cónsul general y encai^gado de negocios "el !^ 
caballero D. Antonio Beramendi y Freiré, quien después de 
haber manifestado poderes, ha convenido y arreglado los arti- 
cules siguientes: 

1.^ Las fronteras de Ceuta serán restituidas al estado en 
que se hallaban antiguamente y conforme al artículo 15 del 
tratado de paz vigente. Esto ha sido egeculado y cumplido en 
todas sus partes él 7 de Octubreúltimo (23 de Ramadan 1260> 
como se halla mencionado en el espresado tratado (jue ecsísle 
entre S. M. la reina de España y el Sultán marroquí. 

53 



418 EL HONOn 

2''' El Sultán de Marruecos dará sus órdenes y prevendrá 
eficazmente á los moros fronterizos de Mejilla, Alucemas y Pe- 
ñón de la Gomera, á conducirse en lo sucesivo como corres- 
ponde con los habitantes de dichas plazas y con los buques quo 
se aprocsimen á sus costas. 

S.*' Quede convenido que se cumplirá en lo sucesivo el te- 
nor del articulo 32, respecto á los anclages, como igualmente 
el 28 que trata de los derechos de esportacion, que serán se- 
gún las antiguas estipulaciones acordadas por los soberanos 
marroquíes. 

4.'' En vista de las consideraciones espuestas por el go- 
bierno marroquí sobre la muerte del agente consular de España 
en Mazagan, queda arreglada la satisfacción de este artículo 
con la reprensión dada al gobernador de dicho punto, y por ei 
saludo al pabellón español verificado en Tánger el dia 13 de 
Septiembre último, ofreciendo S. M. marroquí que en adelante 
no se repetirán por parte de sus empleados semejantes sucesos. 
Se ratificará este presente convenio por SS. MM. la reina 
de España y el Sultán de Marruecos, y se permutarán recipro- 
camente después de ratificados en el término de 30 dias. 

En fé de lo cual los infrascritos plenipotenciarios y el actual 
mediador el caballero Juan Hay Drumond Hay, autorizado á 
tal efecto por su gobierno, lo hemos firmado por duplicado en 
Larache á 6 de Mayo, año del nacimiento del Mesías el 1845, 
que corresponde á 28 de llabeath Etsain, año 1261 de la Egira 
mahometan?s— Antonio de Beramendi y Freiré.— En el sello 
del bajá uEl servidor deJ trono elevado por Dios, Busilham 
Yen-Ali, Dios lo asista»— J, H. Drumomd Hay. 



XI. 



Doña Isabel segunda por la Gracia de Dios y la Constitución 
de la monarquía española, reina de las Españas etc. Por cuanto 
entre Nos y el Sultán de Marruecos se ha concluido y firmado 



DE ESPAÑA. 419 

en 6 del presente mes de Mayo, por medio de plenipotenciarios 
autorizados por ambas partes, el precedente convenio que com- 
prende los cuatro artículos espresados. Por tanto, habiendo 
visto y ecsaminado los referidos cuatro artículos. He venido en 
aprrobar y ratificar cuanto contienen, como en virtud de la 
presente lo apruebo y ratifico todo en la mejor y mas amplia 
forma, prometiendo en fé y palabra de reina cumplirlo y ob- 
servarlo y hacer que se cumpla y observe, como si yo misma 
los hubiere firmado. En fé de lo cual mando espedir la pre- 
sente, firmada de mi mano, sellada con mi sello secreto y re- 
frendada por mi primer secretario del despacho de estado. 
Dado en el palacio de Madrid á 12 de mayo de 1845.— S. L. 
— Yo la Reina. — Francisco Martínez de la Rosa. 



CAPITULO XII 

TRADUCCIÓN DEL ÁRABE 



Alabanzas á Dios. — Habiendo llegado la orden imperial 
que se debe obedecer, ele^^ada y glorificada por Dios, al em- 
pleado actual en el puerto de Tánger (defendido por Dios) para 
devolver los límites de Ceuta como estaban reconocidos en eí 
tiempo de los antecesores de nuestro amo, que Dios le ayude, 
á la reina de España mandó el citado empleado en virlud de 
la orden imperial, devolver los límites á su primitivo estado, 
con arreglo al artículo 1.^ y su contestación del convenio 
de 9 de Shaaban del año de la fecha (25 de Agosto de 1844) 
como estaban en el tiempo de nuestro amo el protegido por 
Dios, y en el de nuestros antecesores los generosos y purifi- 
cados, y que construyan pilares y demarcaciones, á fin de que 
no quede duda ni motivo de disputa en presencia del mediador." 
de ambos gobiernos el agente y Cónsul general de la reina' 
de la gran Bretaña Drummon Hay, del Cónsul general plenipo- 



,4t20 / írEL HONOH 

Itíuciario de los asuntos de EspaOa por parte de su reina, D. An- 
louio de Beramendi, del general gobernador de Ceuta D. An- 
tonio Oidoñez, del empleado de la Kabila de /Vnggera el Cheg 
Mohammed Ben-Tayeb Gancháa, y Caid de la guardia de Ceu- 
ta que está actualmente resid^ínteen ella Cid Ajamed El-Assary. 
Se presentaron lodos sin número y sin oposición, como igualmen- 
te estableció y colocó el dicho mediador en el terreno llano en- 
tre los dichos dos barrancos un pilar de piedra, y este es con ob- 
jeto de marcar mejor los mencionados limites como estaban 
antiguamente, y una fuente que esta en el fondo de la barranca 
de Larais el espresado, dentro de la parte de Ceuta, aprove- 
charán su agua ambas partas, y cada una de ellas puede po- 
ner en sus límites las guardias que quiera. Se hizo una copia 
de este documento y se anotó el 23 Ramadan el Muadem 1260, 
correspondiente á 7 de Octubre del año del Mesías 1844. — 
E. VV. A. Drummond Hay. — Antonio de Beramendi.— -En else- 
llo. «El servidor de la corte elevada por Dios, Busilham Ben 
Alí á quien Dios en su generosidad le perdonen para averiguar 
los límites, y encontrar visibles los restos de los antiguos. 

El primero de los límites es desde el mar de la Barranca 
«Hosats Accadar» en la parte del «Tinidac» hasta el mar de 
«Jaudac Bab-al aráis» (Barranca de la puerta de las Novias) , 
que es la corrieate de las aguas en el tiempo de las lluvias, 
y el primero en los del lado del derecho pasandoá la Barranca 
de Larais está dentro de los. límites de Ceuta» y al lado iz*.> 
quierdo pertenece á los moros; y el agente mediador establer 
ció las señalas mencionadas en dichos límites para que fabri-í< 
casen los pilares de material ú otra cosa, sin número y sin 
oposición; comí^) igualmente colocó y eslabieció el dicho me^) 
diador en el terreno llano entre las dichas dos barrancas un 
pilar de piedra y este es con iobjeto de marcar mejor los men- 
cionados límites como estaban antiguamente, y una fuente 
que está en el fondo de la Barranca de Larais el espresado 
dentro de la parte de Ceuta, aprovecharán sus aguas ambas 
pables, y cada una de eli^ puede poner en sus limites la^, 



.1. aia^ü-ii- 



'MMvknA. 421 

Se hizo una copia de este documento y se anotó el 23 Ra- 
madan el Muadem 1260 correspondiente á 7 de Octubre del 
Mesías 1844.~-E. VV. A. Drummond Hay.— Antonio de Be- 
ramendi. — En el sello «El servidor de la corte elevada por 
Dios, Busilham Ben-Alí, á quien Dios en su generosidad le 
perdone.» 



42Í 



EL HOKOR 



■O 



CAPITULO XXXII 



Ideas emitidas por la prensa francesa acerca de la guerra con los marro- 
quies. — Nuestras ideas acerca de esto. 



s nuestra obra mas que una novela y 
una historia circunstanciada en la que 
narramos hechos revestidos bajo la for- 
ma novelesca. 

En lo que llevamos escrito, hemos 
tratado sin entrometernos en minucio- 
sos detalles, de que nuestros lectores sepan cuanto al otro lado 
del Estrecho ha sucedido. 

Hemos buscabo la causa de esta guerra, y como ya he- 
mos indicado, no ha sido de ayer. 

Iniciada hacia muchos sidos, continuada en diversas oca- 




DE ESPAÑA. 423 

siones, la espedicion de hoy era una consecuencia de la es-* 
pulsión de ayer. 

Para dar á conocer la mala fé de loe marroquíes, hemos 
copiado fielmente los tratados celebrados con España en di- 
versas épocas, y para que se vea hasta donde llega la influen- 
cia del gabinete de San James con los musulmanes, transcri- 
biremos después el tratado celebrado, entre este y aquellos. 

Nada diremos sobre esto, se agolpan tantas ideas á nues- 
tra imaginación al considerar estos trabajos, que nuestra plu- 
ma no sabe, no se atreve á estamparlas. 

Nuestros suscritores compararán estos documentos, y ellos 
los juzgarán. 

Por nuestra parte creemos haber hecho lo suficiente con 
mostrárselos y hacérselos conocer. 

También en muchas ocasiones nos hemos ocupado de las 
simpatías que hemos merecido de algunas naciones, y espe- 
cialmente de la Francia en la cuestión que venimos tratando. 

Casi toda la prensa, que es el eco de un pueblo, ha elo- 
giado nuestro proceder, ha admirado nuestros esfuerzos, y 
ha hecho la justicia que debia al valor de nuestros^ soldados. 

El articulo que á continuación verán nuestros lectores, no 
e» de este género, sin embargo algunas de las ideas vertidas 
en él, nos han parecido sumamente conformes con las nuestras, 
y aunque la esplicacion de ellas, las hace el articulista francés 
para su patria, nosotros por nuestra parte, no vacilaríamos en 
desear que se realizasen para la nuestra. 

Se ven en el citado articulo tan perfectamente descritas las 
aspiraciones de la gran Bretaña, que esta ha sido una razón 
mas que nos ha impulsado á copiarlo. 

En la época en que aquel se escribió, no hablamos hecho 
aun nosotros ese esfuerzo gigantesco, que tanto ha admirado 
á la Europa entera, y por lo tanto nada de particular tiene que 
el clérigo francés, diga hablando de los medios con que la Fran- 
cia cuenta para emprender una guerra con los marroquíes que 
la España tampoco se encuentra en situación de adelantárseles: 

Después que nuestros lectores hayan leido las líneas que 



i24 EL HONOR 

siguen, verán algunas consijeraciontís que sobre el artículo en 
cuestión se nos ocurren. 
Dice así: 






<|,)f) 



lid 



Si nos viéramos impelidos á llevar la guerra al imperio, ii 
de Marruecos, la haríamos, ya sea por una simple cuestión de; ii 
honor para castigar una ofensa, volver mal por mal y quitar 
al agresor las ganas de repetirla, ya para arrancar por la fuerza 
al emperador, amenazando y lastimando sus intereses, con- 
cesiones ó medidas que de otro mp(|Q rechazaría, ya en flo^íui 
con el objeto de conquistar su reino entero ó el antiguo de 
Fez solamente. Vamos hacer algunas indicaciones sobre cada ; 
una de estas tres hipótesis^i^jj;,, j,., ., '•,».: r 

Trataríase en la primera de un simple bombardeo que de- 
bería verificarse sobre los puntos mas sensibles de la costa, 
por razón de su riqueza ó de su importancia moral. Tánger, 
Larache, Salé, Dar Bcida y Mogador reclamarían naturalmente 
nuestra escuadra. Tetuan exigiría un desembarque, lo cual es 
mas difícil, y podría arrastrarnos demasiado lejos en caso de 
un revés que, aunque improbable,, no merecía menos ser 
previsto. El príncipe Adal verlo de Babiera, gran almirante de 
la flota prusiana, pu lo muy bien recibir de los riffeños en el :; 
mes de Agosto de 1856 un descalabro, de que quizá no fuese 
dado á la Prusia tomar venganza. Estoes escusable tal vez 
en una potencia marítima de segundo ó tercer orden: pero en 
igual caso necesita la Francia una satisfacción completa. Hoy 
serbia muy fácil el bombardeo de la plaza que he nombrado, 
gracias á los progresos de la marina de vapor, á nuestras ba- 
terit^s y á las lanchas cañoneras. 

Si se quisiera infl^ír, en la voluntad del emperador |)or me- 
dio de una ocupación momentánea de algunos puntos de su i;| 
terrí.toriQ, y alarmar, su avarwía ¿^men^izaiído á s^i bolsa álá 



DE ESPAÑA. 425 

vez su cabeza y su corazón, centro hacia el cual convergeu 
todos sus nervios. Si se quisiere en fin, amenazar su soberanía, 
convendría instalarse en Mogador, Salé y Tánger, Mogador 
es el puerto que mas le produce. En 1853 las importancias as- 
cendieron á la suma de 4.984,000 francos y las esportaciones 
á la de 5.608,000. Inglaterra figuraba en la importancia por. 
la cantidad de 3.988,000 francos, y Francia por la de 869,000. 
en la esportacion contaba Inglaterra 4.595,000 francos, y Fran- 
cia 900,000. Mogador, pues, un punto muy sensible, aunque 
independientemente de su proximidad a Marruecos. Por otra 
parte, la ocupación de la isla ofrece una ventaja que no pro- 
porciona el establecimiento en el Continente, pues bastarla 
allí una guarnición de quinientos ó seiscientos hombres. Hase 
notado en 1844 que uno de los lados del triángulo formado 
por la ciudad un poco ai norte del islote, puede batir el fon- 
deadero de tal manera, que los buques se verian precisados á 
evacuarlo y á situarse en el mar p«r fuera del canal. Pera 
nuestra artillería y las lanchas cañoneras no permitirían á los 
marroquíes prolongar la lucha. La preponderancia de los bu- 
ques de vapor en el actual sistema de nuestra marina asegu- 
rarla por otra parte el ausilio contra el mal tiempo que de 
Octubre a Abril hace á la costa del Occéano peligrosa para 
los buques de gran porte. Una porción, pues, de obstáculos en 
otro tiempo de importancia, desaparecen ó disminuyen en 
presencia de los progresos que felizmente trasforman la flota 
francesa. 

Salé, accesible á los buques de poco calado vería entrar 
en el Bon Regreb un cuerpo de desembarque. Fez y Mequinez 
por la ocupación de Salé, se encontrarían aisladas del mar y 
amenazadas por el enemigo. El efecto moral sería inmenso. 

Tánger, parécenos ser el tercer punto mas adecuado para 
completar estas operaciones por mar. Es la estación interme- 
dia con referencia á la provincia de Oran, que los vapores 
pondrían en comunicación' con los puntos ocupados en el Oc- 
céano. Un cuerpo de observación situado en esta provincia de 
Ouchda vigilaría por este lado á la armada marroquí y cora- 

54 



426 EL HOMOR 

binaria segiin conviniese sus movimientos con las operaciones 
raarilimas. 

Tomar á Tangor seria, á la verdad moleslar á los cónsu- 
les europeos y turbar el mercado de Gibraltar; pero este golpe 
retumbaria mas en el inlerior del imperio: por otra parle 
¿no conviene que Marruecos sepa nuevamente á que atenerse 
respecto á las seguridades que recibe de Inglaterra y en cam- 
bio de las cuales los Sherifes le conceden la preponderancia? 
Los marroquíes están generalmente persuadidos que para obrar 
contra ellos necesita Francia el permiso de Inglaterra. No 
aguardó el príncipe de Joinville en 1844 la señal de M. Drum- 
mond-Hay para romper el fuego sobre Tánger, sino que le dio 
tan soló el tiempo necesario para ponerse á salvo. Se ha di- 
cho que el príncipe estaba satisfecho por el bombardeo de Bey- 
routh cuya memoria no había borrado el trascurso de cuatro 
años: lo estaríamos de Perim, y lo estamos también, en otro 
sentido, de la guerra de Oriente. Esperamos que no se nos 
acostumbrará ya á no resolver jamas sin plantear previamente 
la cuestión: ¿qué diría Inglaterra? 



III 



¿ • • • • . 

¿Es de desear la conquista de Marruecos? Considerándola 
en sí misma y haciendo abstracción de la oportunidad, es la 
conquista de Marruecos por la Francia provechosa al interés de 
ambos países y al de la humanidad en general. Bueno seria 
que la Francia tuviera una acción directa en el Estrecho como 
la España por Cádiz y C euta y la Inglaterra por medio de Gi- 
braltar. ¿Qué hace allí la Inglaterra? No es por cierto aquel su 
sitio natural. Habiendo e ntrado en Gibraltar en 1704, sor- 
prendiendo una guarnición de cien hombres, se la adjudicó 
en 1713 en el tratado de Utrech, donde abusó de su papel de 
arbitra de la Europa. Allí permanece como un cáncer vene- 



DE ESPAÑA. 427 

noso en el costado de España amenazando nuestras posesiones 
de África. Bien convendria fortificarnos en frente de ella. 

Marruecos ganaría con pasar bajo el cetro de la Francia, 
pues vale mas la civilización que la barbarie, el Evangelio que 
el Alcorán y la libertad que el despotismo. Esta parte del 
globo podria en fin gozar de los límites que el cielo le ha pro- 
digado Y distribuir entre los pueblos los tesoros que permane- 
cen sepultados en su seno. 

En fin, abririase á la Europa y al cristianismo uno de los 
mejores caminos del África central. 

Es menester ser francos; si la Francia no quiere desdender 
del rango de potencia de primer orden, debe procurar en- 
grandecerse poco mas ó menos fuera del círculo del equilibrio 
europeo. ¿No veis á las naciones rivales colocar en regiones 
lejanas, linderos de su influencia presente y de su futura do- 
minación? La Rusia, ese monstruo pólipo, alarga continua- 
mente sus terribles palpos y relumbran en veinte mares, en la 
embocadura de los grandes ríos del mar Rojo al Bosforo, del 
Adour hasta el Danubio y el mar Negro. La pérfida Albion no 
aparta un instante su vista del mapamundi; conoce mejor que 
nosotros su geografía, y lo mismo aprecia un continente en 
la Occeania que una roca en el canal de Otranto, en el estre- 
chó de Gadeo ó de Bab-el-Mandel, hermano Jonatan, digno 
hijo de tal madre no se cansa de adquirir; así fija ávida- 
mente su mirada en la rica Habana, y sienta en principio que 
los españoles son intrusas en la América. Si el Asia es príncpal- 
mente codiciada por los esclavos, la Occeania y la América por 
la raza anglo-sajona ¿no habrá de ser el África por la Francia? 

jJiá 

VI. 



Los ingleses no conocen á los v eréVéWíi íií á'itik árabéfs', '^ 



428 . ^ ^L HONOK 

aunque tengan toda la facilidad apetecible para un desembar- 
que, por mucho tiempo no podrán poner en pié un ejército su- 
ficiente para la conquista y ocupación de Marruecos. Con difi- 
cultad se acostumbrarían sus soldados al género de fatigas y 

privaciones inseparables de las campañas de África. Final- 
mente, Inglaterra necesita el sentimiento de España, durante 
las hostilidades; de otro modo, Gibraltar á pesar de sus 50000 
habitantes se vería reducido á no alimentarse mas que de sa- 
lazones. Se proveen en Marruecos, San Roque, y Aigcciras de 
carne fresca, legumbres y frutos. Adiós el «Comfort» Tenemos, 
pues, sobre Inglaterra inmensas ventajas y antes que ella es- 
taremos prontos para una empresa cuya hora sonará tarde ó 
temprano. •^-"' 

España misma no se encuentra en disposición de adelan- 
társenos. La obligación en que está de abastecer completamente 
á Gibraltar de víveres frescos bajo pena de irritar á John Bult, 
cuyo estómago es vasto y el apetito imperioso: la dificultad de 
encontrar dinero los medios de trasporte y refrescos necesarios 
la creerían de grande utilidad, y no es el Riff el punto por el 
cual es vulnerable el imperio de Marruecos. Pero es menester 
reconocer que con todo el soldado español seria á propósito p^- 
ra la guerra de África; está acostumbrado á un clima cálido, 
es sobrio, resiste á las fatigas de las guerrillas y se contenta 
con poco. En Argelia se sabe cuanto se asemeja el español, 
hombre del pueblo, al árabe, bajo estos diferentes conceptos. 

, , En suma muchas consideraciones deben por el presente 
apkrtar toda idea del engrandecimiento de la Argelia á espen- 

sas de Marruecos, no obstante si las circunstaneias ó las vici- 
situdes políticas nos arrastraran á ello; si tuviésemos ^ue te- 
mer que se nos ganara la delantera, solo conque los ingleses 
volviesen á concebir el proyecto madurado hace algunos años 
de establecerse en frente de Gibraltar entre Tetuan y Ceuta. 

Si el sucesor de Abder-Khaman perseverara en la senda que 
sigue este último y á su ejemplo se hiciera en contra nuestra 
el feudatario de Inglaterra, entonces seria menester pensar y 



DE espaNa. 429 

obrar según el sentimiento nacional, que no retrocederia ante 
ningún sacrificio. ^ i'v^*'?. jron'r'lr! «^fií^'^nio soruf^n ^^n^ :■. f^r^Un..\ 

'^^''Empezariase de nuevo la campaña de 1844; hariase lager- 
ra por distintos puntos, de modo queelScherif no sabría á cual 
acudir para la defensa y nos apresuraríamos á suscitarle, para 
completar la obra, algún pretendiente á la soberanía. El trono 
de Marruecos y de Tafilete recompensaría los buenos oficios de 
esto rival á menos que el Scherif reinante se contentase con re- 
tenerlos para si como condición de paz. Política y topográfica- 
mente se concibe la separación del reino de Fez: politicamente, 
puesto que esta separación se reproduce en la historia y topo- 
gráficamente porque el Bon-Regreg y la gran muralla del Atlas, 
que se prolonga sobre su ribera izquierda desde su origen hasta 
la embocadura, forman una barrera natural entre el Norte y 
el Sur del Imperio, ó entre los reinos de Marruecos y de Fez. 
De modo que cuando el Scherif vá de una á otra de estas cas 
pítales, dá un rodeo á esa barrera pasando por Salé. 

Siguiendo pues la suposición de la conquista, aparte del 
reino de Fez se podría conquistar á Mogador hasta la conclu- 
sión de la guerra y avanzar por diferentos puntos á la vez por 
campañas sucesivas sobre Fez y Mequinez, 

Salé es siempre el punto mas importante, abre una puerta 
para penetrar en el corazón del Reino por una hondonada de 
la costa que á la vez nos aproxima á Mequinez y á la gran cor- 
dillera que acabamos de señalar como un límite y una defensa 
contra los pueblos meridionales. 

Desde Tánger se avanzaría hacia Alcasar con dirección á 
Fez. El camino no es difícil y por él se han conducido 
en 1852 piezas de sitio sobre cureñas. Tetuan que ocupa 
la linea de los presidios españoles, y elevándose en el fondo de 
una bahía dá paso para el corazón del mismo territorio seria 
últimamente ocupado desde el principio. De este modo, se sus- 
pendería una fábrica de armas muy activa. Si no me engaño la 
comunicación entre Tetuan y Tánger, estaría asegurada por un 
destacamento situado á mitad del camino, cerca de Aím Dje- 
dida, donde se encuentra sobre la montaña un parador. En 



^W) EL HONOR 

fin iría por Ouchda y Teza, otra columna que indudablemente 
tendría á sus flancos railes de riffeños; seria fuerte de 15 á 20 
mil hombres divididos en cuerpos independientes pero aproxi- 
mados unos á otros. Ocuparia el territorio á proporción que 
fuese conquistando, de tal modo que se mantuviese en comu- 
nicacion con la provincia de Oran. Este es el medio de asegu- 
rar sus espaldas y de proveer á su mantenimiento. 

En la Argelia estaban columnas de cinco á seis mil hombres- 
En Marruecos seria necesario doblar este número para no 
arriesgarse imprudentemente, y que por otra parte los aprovi- 
sionamientos por Ai'gelia ó por mar, juntamente con los que 
proporcionarla elpais conquistado garantizarían al ejército con- 
tra la escasez de víveres y municiones, 

Tal vez algunas plazas exigirían un sitio: créese sin em- 
bargo que solo Mequinez ofrecería graves dificultades. Fez 

no ha opuesto nunca una sería resistencia. 

La división del país á la manera de un tablero de damas, 

según el modelo de la Argelia actual, pondría el sello á la con- 
quista. Cada ángulo de los cuadrados se encuentra guardado 
por un destacamento bastante aproximado para recibir auxilio 
de sus vecinos ó darles el suyo y el territorio entero ve pesar 
continuamente sobre él al menor movimiento, la mano de hier- 
ro de los vencedores. Estos destacamentos, por otra parte, 
crean otros tantos centros donde el interés mercantil disminuye 
á cada mercado, el odio contra elestranjero.^ 



En cuanto á la resistencia que puede esperarse de los pue- 
blos debemos atenernos solamente á conjeturas. Al comenzar ía 
guerra es probable que el invasor tenga contra sí al imperio to- 
do: árabes y vereveres, negros y moros, Kouan de todas las 
cofradías, harán por algún tiempo causa común en nombre de 
la religión. ¿Qué musulmán no se alegra dp ir un poco al Dpba 
y arrojar un poco de polvo á los ojos dé los infieles? Pero este 



DE ESPAÑA 431 

fuego fatuo se calmará bajo la influencia de los reveses y dé 
las divisiones intestinas que no tardaran en debilitar la turba 
de defensores del islamismo. Se procurará hacerles entender 
que no se va con el objeto de destruir las mezquitas ni los san- 
tuarios, á estinguir la libertad de la religión, ni á perjudicar 
las fortunas de los particulares , antes por el contrario se vá á 
aligerar el yugo bajo que gimen, á aumentar el número de sus 
duros, y á garantizar á los pueblos la paz y la justicia mejor 
que han sabido hacerlo los Sherifs. 

Alli esta la Argelia como prueba en apoyo de lo que deci- 
mos; pero al mismo tiempo como ejemplo de la inutilidad de la 
resistencia, aunque se lleve hasta un grado estremo. 

Se puede calcular que la lucha duraría menos en Marruecos 
que en Argelia. ((Mek-toub!» estaba escrito. Ha costado pro- 
nunciarlo una vez; pero será mas fácil que se repita puesto que 

los vecinos lo han dicho ya. 

Los desastres causados por la guerra con los franceses encer- 
raran una elocuencia que despertará las inteligencias mas obtu- 
sas, y les harán comprender que no se trata; como entre mar- 
roquíes de quemar pólvora un día entero para no matar á na- 
die y retirarse cada uno luego á su casa. 

La conquista del Riff presentará dificultades especiales. El 
país está erizado de montañas escarpadas cubiertas de bos- 
ques; no tiene caminos ni recursos para la conservación de un 
ejér ;ito, no stí presta al auxilio por mar; los hombres están to- 
dos provistos de armas, son valientes, buenos tiradores, según 
se dice, acostumbrados á la vida de guerrilleros, ejercitados 
ya en los combates contra los españoles; pero se sabrá comba- 
tirlos y tratar al Riff como á la gran Kabila. Nada impide que 
se le aisle y se lome posesión cuando se juzgue el momento 
oportuno. Durante la primavera el litoral seria minuciosamente 
reconocido por buques de vapor de poco calado que destruirían 
los cárabos y todos aceites, frutas secas, miel y manteca y 
que esportan hierro, azufre, y una pequeña cantidad de lienzos 
y drogas coloniales. El mercado de JVemours se cerraría á los 
montañeses vecinos. Este conjunto de medidas, este prolongado 



432 EL HONOB 

bloqueo después de la ocupación de Teluan, Ouclida y Teza 
apuraría mucho á los riffeilos y los aniilanaria; en seguida res- 
tana probarles que los Zuavos hacen mejor que ellos la guerra 
de montaña y que nuestras piezas ¡de campaña aventajan 
al cañón cuya pérdida en Melilla deploran. Estos argu- 
mentos no dejarian nada que desear y darian al traste con el 
valor de los riffeños. Por otra parle este yalor seria problemá- 
tico si tuviese que apreciarse la conducta de quince ó veinte 
mil arkars que miraron desde lejos la batalla de Isli y huyeron 
á toda prisa sin tomar parte en la lucha. 

Una razón puede sacarse de la historia de la ocupación 
portuguesa y de la influencia que ejerció en las comarcas ve- 
cinas, á sus establecimientos, la cual hace esperar que los 
pueblos del litoral Occéano no se mostrarían intratables por lar- 
go tiempo. Las relaciones de interés se trabaron sin grande di- 
ficultad; los portugueses administraban las tribus por la me- 
diación de jefes indígenas, como lo hacemos nosotros en Arge- 
lia:, y su paso, bastante rápido ha dejado no obstante vestigios, 
que se encuentran todavía en la lengua del pais. Las hostilida- 
des que les fatigaron no fueron en manera alguna suscitadas 
por las tribus, sino por los Sherifs ó el poder central que nos- 
otros abatiríamos. Y es mas; si los portugueses perdieron sus 
establecimientos, fué generalmente por uüa evacuación volun- 
taria, que motivó su preferencia al comercio de las Indias. 

Al terminar estas consideraciones en su mayor parte estra- 
tégicas, ruego al lector que no se escandalice. Gomo eclesiás- 
ticos, no son de nuestra directa competencia, pero bien po- 
demos dedicar nuestras reflexiones á todo lo que atañe á los; 
intereses de la patria. No puedo emitir mas que simples opi- 
niones; y estas las he formado prestando oidos á las discusio- 
siodes de hombres de cuya competencia son. Por otra parte 
giran sobre cuestiones generales que pueden tratarse sin haber 
aprendido la carga en doce tiempos. Hé aquí porque no he 
tenido ningún inconveniente en publicarlas.» 



íff 



TE ESPAÑA. 433 



VI 



Aunqne con algo de parcialidad él articulista francés, ha 
opinado respecto á Marruecos del mismo modo que nosolros. 

Abrir un imperio desconocido, salvage casi á la civilización 
y á los adelantos, es la obligación hasta cierto punto en que se 
encuentran casi todas las naciones de Europa. 

Sin embargo, contra las ideas de la Francia, la España ha 
sabido, y ha hecho lo que debia hacer. 

Abatir el poder omnímodo de los Sheriffs, concediendo á 
sus casi esclavos la libertad individual, y la facultad del pen- 
samiento, es una idea muy en armonía con las nuestras. 

Sin principios libres, ningún pueblo puede adelantar un 
paso. 

El autor del antedicho articulo, no puede mirar sin envi- 
dia los puertos que nosotros poseemos frente á las costas afri- 
canas y que de tanto sirven para una espedicion á semejante 
punto. 

Sin embargo dice, que no contamos con recursos suficien- 
tes para emprender una guerra de esta especie, que tememos 
irritar á la Inglaterra, y que tampoco tendriamos los medios 
suficientes para transportar á nuestros soldados. 

A esto los hechos han contestado mejor que nosotros. 

Sin temor á la Inglaterra, niá ninguna otra nación, la Es* 
paña, contando solo con sus recursos propios, ha sostenido la 
guerra, para Ja cual ha sido necesario crearlo todo. 

El sacerdote francés nos concede la ventaja de que el sol- 
dado nuestro es el mas á propósito para soportar las fatigas y 
las inclemencias de aquel clima, y demasiado hemos visto que 
las acciones han corroborado la buena idea que tejiia formada 
de ellos. 

En cuanto á la marcha militar, y al sistema que un gene- 

.13 



'454 EL HONOR 

ral en gefe debía seguir para avanzar hacia el interior, nos pa- 
rece mny acertado el que propone el espresado autor. 

Comprende como nosotros la importancia de Tetuan, que 
en la costa casi, puede ser el centro de todas las operaciones. 

Y finalmente, el articulista francés ataca de un modo tan 
enérgico, ¿ los ingleses, demuestra de un modo tan claro la 
ambición y el deseo de la orgullosa Albion, que nosotros, co- 
mo todo buen español, que en las presentes circunstancias he- 
mos visto su conducta y la hemos censurado severamente, no 
hemos podido menos de alegrarnos al ver que los hombres in- 
teligentes de otras naciones, la juzgan casi lo mismo que nos- 
otros. 



UK ESPAffA. 



435 



-rr^. 



CAPITULO s:xxixi 



Los marroquíes se deciden por la paz.— Enviados de Muley-Abbas con 
este obgñto. — El general Ustariz pasa á Madrid. — Recuerdos á algunos 
de nuestros amigos. — Por que deseaba Antonio ser capitán. 




AS repetidas derrolas sufridas por el 
egército marroquí que habían coronado 
los esfuerzos del nuestro con la toma 
de la importante plaza de Tetuan, hícíe-^ 
ron que el emperador de Marruecos pen- 
^sase seriamente en este asunto. 
Por una parte conocía por esperiencía que no era un ene- 
migo cualquiera como había pensado con quien tenía que ha- 
bérselas, sino con un egército bien disciplinado é instruido 
compuesto en su totalidad de valientes, tanto mas temibles 
cuanto que ahora ya no son nuevos en la pelea, sino que ya 
están aleccionados en ella. 

Ademas sus tropas que abrigaban las mismas ideas res- 



436 DK E8I»ANA. 

pecio (le nosotros (jue el emperador, hablan visto en el campo 
(le batalla todo lo contrario. 

Si á lo dicho se agrega la indisciplina de todas ellas y la in- 
subordinación de la mayor parte, se vendrá á formar una 
idea exacta del estado del enemigo de nuestra patria. 

Aun pudiéramos añadir á las anteriores observaciones la 
división interior que alimentaba el imperio á consecuencia de 
haber competidores al trono de Sidy-Mohamet y las contien- 
das civiles que en su consecuencia fermentaban y agitaban el 
estado. 

Todo esto hizo como hemos indicado al principio, que el 
emperador africano pensase seriamente en la lucha que con 
nosos sostenía. 

Conocía que no podia llevarla á cabo con ventaja, pues 
multitud de obstáculos de gran consideración todos existentes 
en el interior de su imperio, se lo prohibían. 

Llevado de tan poderosas consideraciones y á la idea de 
ajustar la paz para ocuparse por completo de su desorganizado 
imperio, hizo llamar á algunos magnates de su corte, y les 
comisionó para que en clase de parlamentarios, se acercasen al 
campamento cristiano y preguntaran á su gefe, con que condi- 
ciones accederia á la paz. 

Los encargados de esta alta misión fueron el Caid de Tán- 
ger y los Bajaes del Riff y de Rabat, los que montados en 
tres magníficos caballos con paramentos de seda y plata, y 
acompañados de varios criados armados de todas armas, se 
pusieron en camino para cumplir su cometido. 

Los criados de que se sirvieron eran Riffeños, y se les co- 
nocía por el mechón de pelo trenzado, que como los chinos se 
dejan crecer. Uno de ellos llevaba la bandera blanca. 

Tal urgencia les habla mostrado el emperador para la 
egecucion de sus órdenes que no se detuvieron en el camino 
mas tiempo que el preciso para lomar algún alimento, durante 
el cual les renovaban las cabalgaduras. 

Les precedían dos moros naturales del pais para enseñarles 
el camino mas corto y mostrarles los peligros de él. 



DE ESPAÑA. 437 

Eq tal disposición llegaron á las avanzadas de nuestro cam- 
pamento. 

Estas, luego que vieron era gente de paz, los condujeron 
á la tienda de su gefe el conde de Reus. 
;ij'{ Este capitán tan bravo en el combate como lino y delicado 
en su trato particular, recibió á la comitiva con su acostum- 
brada nobleza y amabilidad. ^ cbiw 

Hablóles en un lenguage lleno de dulzura y que respiraba 
generosidad. Fué comedido en sus espresiones, y escogidas 
estas con tal habilidad y tacto, que no pudieron en lo mas 
mínimo resentir la susceptibilidad de los vencidos, los cuales 
con su fisonomía triste y severa, mostraban bien á las claras 
que aun cuando sojuzgaban asi, no estaban por eso humillados. 

Entre las cosas que les dijo son notables las siguientes pa- 
labras: «Dios es el qile da ó quita las victorias , los hombres 
y los egércitos mas valerosos nada son si su mano les aban- 
dona.» 

Entonces el moro mas anciano de los de la comisión que 
apenas contarla unos cincuenta años, le contestó con resig- 
nado acento, y levantando sus manos al cielo ¡ Dios lo ha 
querido I 

Pasados algunos momentos despidiéronse del conde de 
Reus, y acompañados de un coronel de Estado mayor, varios 
ayudantes y una escolta de carabineros, se pusieron nueva- 
mente en marcha hacia el cuartel general en donde ya el 
conde de Lucena, noticioso de su venida, les esperaba. 

Recibiólos como hubiera podido recibir al mismo empe- 
rador en persona á quien representaban, y como si este em- 
perador no fuera nuestro enemigo. 

Apesar de todo se conocía que los emisarios de Muley- 
Alj^ás no se tenían por muy ^seguros por las inquietas y re- 
celosas miradas que con frecuencia en torno de sí dirigían. 

Observado esto por el general en gefe, aumentó aun las 
muestras de consideración y agasajo, por si conseguía, como 
al parecer consiguió alejar de ellos toda especie de temor. 
Manifestáronle como venían comisionados por el empe- 



438 EL HONOR 

rador y en nombre de su hermano el general Muley-Abbás en 
soh'citud de la paz, y para saber con que condiciones se les 
otorgaría. 

Contestóles que estaba autorizado para hacer la guerra, 
pero no para estipular la paz, que pondría en conocimiento 
de S. M. la Reina lo que ocurría, y que á los cinco dias sa- 
bría si le otorgaba plenos poderes para entrar en negociacio- 
nes y arreglos. 

Los embajadores, con esta respuesta, se retiraron ofre- 
ciendo volver transcurrido que fuera el plazo qu^i se les habia 
señalado, complacidos de la acogida que habían tenido en 
el campo de los españoles. 

Recordando sin duda la que les habia hecho el conde de 
Reus, no quisieron continuar su camino ^in despedirse de él, 
por lo que aprovecharon la ocasión de p'asar por su tienda. 

Desmontáronse de sus cabalgaduras y penetraron en ella, 
donde en el breve tiempo que permanecieron, fueron obse- 
quiados por el general Prim, quien les acompañó hasta mas 
allá de los límites á su campamento señalados. 

No queremos pasar en silencio un episodio que esta última 
entrevista ofreció. 

Notando el general Prim que uno de los plenipotenciarios 
miraba con curiosidad su revolvers, sacóle de la funda, antes 
de separarse de la comitiva, y mostrándole al moro, le dijo: 
«Vais á ver los efectos de esta arma para vosotros descono- 
cida» y disparó todos sus tiros. 

Quedaron admirados los moros, y entonces el general alar- 
gándosela al que primero se había fijado en ella y manifes- 
taba deseos de poseerla. «Toma, añadió, si la paz se hace, 
consérvala como prenda de un cristiano; y si la guerra sigue, 
aprovéchate de ella en defensa de tu patria y de tu vida » 

El moro dio muestras de recibir el regalo con aprecio, y 
en prueba de su agradecimiento entregó al general una pis- 
tola de arzón con magníGcas y primorosas cinceladuras de 
plata. 
, Acto seguido se despidieron y se separaron viniendo el uno 



DE ESPAÑA. 439 

á su tienda d« campaña, y galopando lo? otros en busca de 
Muley-Abbas para manifestarle el resultado de la conferencia 
para que este lo trasmitiese k su hermano el emperador. 



II 



En el párrafo anterior hemos dejado á los emisarios de 
Muley-Abbas montados en sus briosos corceles, dirigiéndose 
hacia el campamento de su general para darle cuenta del re- 
sultado de su comisión. 

Pero midiendo el tiempo que el sol habia de tardar en des- 
aparecer para llevar su luz ;i otros horizontes y el trecho de 
camino que aun tenian que recorrer, consultaron entre si, el 
partido que deberían adoptar, resolviendo por unanimidad que- 
darse en Tetuan esperando la venida de el nuevo dia para con- 
tinuar su marcha. 

Este prudente acuerdo, estrañará á nuestros lectores, que 
acaso le juzgarán de el modo contrario, si tienen en cuenta 
sola la importancia y urgencia de el negocio que se les habia 
confiado. 

Para hacer desaparecer su estrafleza les manifestaremos, 
que era muy probable, si se arriesgaban á caminar de noche, 
que después de haber pasado de Tetuan y por la parte del. 
camino existente entre esta población y el Fondak en donde 
eran esperados por Muley-Abbas, encontraran algunos moros 
pertenecientes á fas kabilas dispersas é insubordinadas, que 
no reconociéndoles ó no respetándoles, les hicieran pagar caro 
su imprudente anhelo, por dar cima ásu comisión. 

Llegados á Tetuan fueron alojados en casa de un rico moro 
llamado Ersini el mayor, para diferenciarle de el menor otro 
moro rico también y dueño de la casa en que actualmente ha-^ 
bita el digno general l^ios. 

Natural es que el alcalde moro noticioso de la llegada de 
sus compatriotas saliese en su busca acompañado^de otros va- 



440 EL HONOR 

rios, algunos de los cuales eran individuos del Ayunlaraienlo 
que en su lugar oportuno, hemos dado á conocer á nuestros 
lectores. 

Luego que en la ciudad estuvieron, quiso el Alcalde presen- 
tarlos al general Rios, quien los recibió con el mayor agasajo y 
queriendo obsequiarles aprovechando los momentos (jue aun 
quedaban al dia, les acompañó para enseñarles las innovacio- 
nes introducidas por nosotros para mejorar la poblxion y que 
al mismo tiempo se convencieran de nuestros medios de de- 
fensa y ataque. 

Condujóles al efecto é la estación telegráfica que une la 
Aduana con el alojamiento del general. 

Tan portentoso aparato, maravilla de los adelantos de el 
siglo, no pareció ni aun llamarles la atención; no obstante ha- 
biéndoseles esplicado su mecanismo y la rapidez con que la* 
comunicaciones trasmitía. i ,,..., uíki.k 

Una sonrisa de incredulidad en cierto modo comprimida, 
asomó al semblante de uno de ellos, acaso el mas franco de 
t^dos. 

Su ignorancia se resistía á creer lo que estaba oyendo, 
es parecía de todo punto imposible. 

Invitados á que preguntasen para convencerse lo que tu- 
bieran por conveniente, desdeñaban y temian hacerlo, tan li- 
mitada con su inteligencia. 

Por último y merced á reiteradas iustancias por perle del 
señor Alcalde, hizo uno de ellos la siguiente pregunta sale al- 
(jun buque para Gibrnltarl se preguntará contestó el telégrafo 
y al poco tiempo su necesidad fué satisfecha. 
.„ o. Después de haber visto el telégrafo, el general Rios los con- 
dujo á los hornos de campaña. Mas impresión les produjo la 
vista de estos aparatos que el mecanismo del telégrafo. Com- 
prender mejor las cosas materiales que las abstraciones. Por 
lo que alli pasó nos hemos convencido de la necesidad de ha- 
blarles á los sentidos para que puedan comprender el significan 
do de nuestras palabras. 
./..íRs necesario herir su imaginación con cosas materiales. 



DE ESPAÑA. 441 

En el estado en que se encuentran no entenderán el len- 
guaje de un sabio. 

Examinaron con complacencia suma los aparatos que te- 
nían delante de su vista, observado lo cual por el general se 
los presentó en sus tres diferentes aspectos, frios, calientes y 
funcionando: asegurándoles que dentro de media hora tendrían 
pan de aquel para el viaje que á la mañana signiente habían 
de emprender. 

La llegada de la noche, hizo que no pudiesen continuar en 
su escursion con sentimiento de ambas partes; de los moros 
por que escitada ya por los hornos su curiosidad hubieran de- 
seado ver todo lo demás de que se prometerían sin duda 
sacar allá en sus ciudades gran partido, y nuestra, por que no 
pudo hacérseles ver según se había pensado los grandes medios 
de defensa y ataque con que contábamos. 

No quiso el general Rios separarse de ellos sin antes invi- 
tarles á que por la noche acudiesen á la especie de tertulia de 
que en su alojamiento se disfrutaba. 

Los parlamentarios, atentos y agradecidos á las señaladas 
muestras de atención recibidas, así lo prometieron, después 
que hubiesen rezado sus oraciones. 

Dirigiéronse al efecto á la Mezquita principal y allí hechas 
sus abluciones religiosas y demostraciones de culto, se diri- 
gieron á casa de su huésped, el moroErsini el mayor, quien des- 
pués de la comida, los acompañó á la reunión á que habían 
prometido asistir y á donde ol general Uios ya les esperaba, 
acompañado de varios gefes, oliciales y periodistas de los 
que acompañan al egércíto espedicionarío. 

Allí con la mayor franqueza y sin etiqueta de ninguna cla- 
se sentáronse los concurrentes unos en sillas y banquetas y 
otros en almohadones ó colchoncíllos, según la costumbre de 
los respectivos países, al rededor de un brasero de colosales 
dimensiones. 



56 



442 EL HONOH 



II 



Entonces se sirvió á los convidados café, bizcochos, dulces 
y ponche en abundancia, que lodos admitieron, si bien ios Ma- 
hometanos abandonaron el ponche que ya se preparaban á 
beber, luego que supieron por el general Rios que tenia ron. 

El general tuvo muy buen cuidado de adverlirselo pues 
como sabia que la religión de Mahoma prohibe á sus sectarios 
el uso de licores, no queria que por culpa suya fallasen ásus 
creencias, dando asi una prueba de la tolerancia y aun respeto 
de los vencedores, hacia la religión de los vencidos, según lo 
hablan ofrecido á los emisarios de la ciudad de Tetuan cuando 
se presentaron en el campamento de nuestro General en Jefe 
el conde de Lucena, en demanda de respeto hacia sus personas 
propiedad y religión y bajo cuyas condiciones entregaron la 
Ciudad. 

Hablóse de mil cosas si bien la mayor y aun mejor parte 
de la conversación la sostuvo el alcalde moro de Tetuan, con 
una gracia, talento y sagacidad, como hubiera podido hacerlo 
el mejor alcalde. 

— ((Mirad, lesdeciaensu lenguage medio árabe y medio cas- 
tellano, los españoles tan valientes en el combate son generosos 
después de la victoria, solo desean una paz duradera y sólida, 
como que son hermanos nuestros, de quienes solo estamos se- 
parados por un charco de agua, con que asi debéis ajustar 
la paz.» 

((Mirad quede lo contrario vais á pasarlo muy mal, porque 
ellos tienen muchas cosas muy malas para haceros la guerra, 
muchos cañones, muchas tropas, muchos caballos, y muy 
buenos generales y también muy amables, ya lo estáis viendo. 
Si la guerra continua, que Dios no quiera, vendrán los terce- 
ros vascongados que según he oido decir son unos hombres 
muy valientes como los catalanes. Hablad al emperador y de- 



DE ESPAÑA. 443 

cirle que haga la paz porque eso tener mucha cuenta á él,y> 

incrédulos se mostraron los parlamentarios al oir estas y 
otras muchas cosas, que relativas á nuestro egército y armada, 
el alcalde les manifestó y por eso el general Rios cuando se 
retiraron les entregó algunos periódicos de los mas apasiona- 
dos por la toma de Tetuan y se los entregó, nada mas que 
para que se convencieran de que el señor alcalde no les ha- 
bla engañado sino por el contrario les había pálidamente retra- 
tado el entusiasmo de todos los españoles y lo 'dispuestos que 
para lavar su honra mancillada, estaban á sacrificar sus vidas 
y haciendas > 

Al despedirse, cuando el general Rios les significó su de- 
seo de que se ajustase una paz honrosa, uno de los parla- 
meni arios, el lugar teniente de Muley-Abbás le contestó con 
apasionado acento \ Así sea ! pero asi como vosotros obede- 
céis á la Reina, nosotros obedecemos al Sultán ¡Dios ilumin 
á los que en sus uianos tienen la paz ó la guerra 1 

Al darles la mano nuestro general, les dijo: ¡(Juiera el 
cielo que nuestras manos se encuentren solo en la paz, y no 
se liñan con sangre en la guerra ! 

Todo el tiempo que duró el comité, una música estuvo to- 
cando escogidas piezas, y sus armoniosos ecos no cesaron 
hasta que los parlamentarios del emperador de Marruecos 
abandonaron la estancia del general español. 



444 

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EL HONOR 



CAPITULO XXXIV 



Los marroquíes no aceptan las proposiciones hechas por España. — Entre 
vista del general en gefe y Muley-Abbás.— Encuentro en Ceuta. 




L general en gefe luego de haberse 
separado de los parlamentarios en- 
viados para saber las condiciones con 
que aceptaría la paz á los que como sa- 
ben ya nuestros lectores contestó no 
eslar autorizado para celebrar la paz 
sino para hacer la guerra, puso en conocimiento del Gobierno 
de S. M. esta noticia por conducto de uno de sus generales, 
á quien para el electo comisionó cerca del trono de nuestra 
augusta soberana. 

Luego que S. M. y su gobierno dictaron las bases sobre las 
que podría entablarse entre ambas naciones una paz estable 
y duradera, fueron transmitidas al general en gefe de nuestro 



DE ESPAÑA. , 445 

egército, quien dentro del plazo designado, las hizo saber á 
los parlamentarios marroquíes. 

Estos contra lo que debia esperarse después de haber par- 
tido la iniciativa por su parte, se negaron á aceptarlas, fun- 
dándose en que las consideraban gravosas y perjudiciales para 
su señor. 

Ignoramos cuales serian las condiciones que el general 
O'donell puso á los comisionados del generalismo de las hues- 
tes africanas Muley-Abbás, y aun cuando nos constasen, la 
prudente reserva que el Gobierno de S. M. ha tenido á bien 
en su ilustración de guardar respecto de ellas, nos obligarla 
á pasarlas en silencio. 

Pero sean las que quieran, juzgamos que siempre serian 
dignas y que cumplirían perfectamente con los fines que en 
nuestro concepto debían cumplir, es á saber; reparación de 
ultrajes pasados, indemnización de los sacrificios presentes y el 
terreno, sin el cual quedarían ilusorios los dos anteriores, se- 
guridades para el porvenir. 

Por otra parte, fundándonos en el resultado que inmedia- 
tamente produjeron, pensamos que no serian para nuestros 
enemigos tan perjudiciales como algunos, poco conformes con 
los triunfos que nuestras armas han obtenido, y envidiosos por 
los que indudablemente han de continuar obteniendo, han 
querido hacer desaparecer. 

El inmediato resultado á que nos referimos, es el deseo 
manifestado por Muley-Abbás, hermano del emperador Sidí 
Mahomet, después que á su noticia llegaron las proposiciones 
de avistarse con el general en gefe conde de Lucena. 

iNo las vería este príncipe tan descabelladas, tan fuera de 
justicia ni tan gravosas para su reinante hermano como las 
personas á que antes nos hemos referido. 

Y cuenta con que según las noticias que de este perso- 
nage marroquí tenemos, son sumamente favorables para él. 

Se halla adornado de una disposición nada común, y es 
bastante instruido. 

No prueba por lo tanto ocultarse á su penetración, las 



446 EL HONOR 

ventajas, inconvenientes y tendencias de las proposiciones de 
nuestro gobierno. 

Y apesar de todo insistió en la paz y al objeto de con- 
ducirla, manifestó deseos de conferenciar, según ya liemos in- 
dicado con el conde de Lncena. 



II 



iMuley-Abbás, constante en su propósito de concluir la paz, 
sabidas ya las condiciones con que nuestro gobierno se con- 
venia en ajustaría, pidió por medio de algunos oílciales una 
entrevista al general en gefe de nuestro egércilo. 

El conde de Lucena no tuvo inconveniente en acceder á los 
deseos manifestados por Muley-Abbás, y asi lo hizo saber á 
sus emisarios. 

Convenidos en el sitio de ia entrevista el conde de Luce- 
na, llegado el momento, se dirigió a él acompañado de los ge- 
nerales Garcia, Prim, Bustillos, !3uesada y Ustariz, portador á 
Madrid de los pliegos del primero en que anunciaba la pre- 
tensión de los parlamentarios marroquíes. 

Nuestros generales iban convenientemente escoltados por 
fuerzas de caballería. 

Próximo ya el término de la espedicion encontraron una 
pequeña avanzada de moros de rey; los cuales se unieron á ia 
comitiva algunos y otros marcharon á vanguardia. 

Divisábase una hermosa tienda de campaña, de ricas te- 
las compuesta y colores perfectamente casados, al pie de una 
muy poco elevada pero deliciosa colina. 

La tienda estaba desocupada. 

Muley Abbas cerca de ella esperaba con una escolta tam- 
bién de caballería y algunos infantes. 

Adelantóse por nuestra parte el general Ustariz con el in- 
térprete para hacer saber á aquel la llegada del General en 
Jefe de nuestro egército'. 



DE ESPAÑA 447 

Salió á recibirle acompañado de Mohamet-el-Khetif mi- 
nistro de estado del Emperador de Marruecos. 

Los tres penetraron en la tienda de que hemos hablado, 
situada al pie de la colina y alli empezaron y concluyeron su 
conferencia. 



No produjo esta el efecto que Muley-Abbas se habia pro- 
metido, y si hemos de ser justos no por falla de buenos deseos 
por su parte, sino por las continuas interrupcciones y mues- 
tras de impaciencia de el ministro de estado que le acom- 
pañaba. 

Probablemente el ultimo obedecía al obrar de esta manera, 
estrañas influencias á quienes mas que al mismo emperador de 
íúarruecos importaba no aceptar las condiciones de paz que se 
le hablan impuesto. 

Sentimiento profundo debió causar en Muley-Abbas no ha- 
ber logrado ajustar la paz, pues al levantarse dos gruesas lágri 
mas se deslizaron de sus ojos y corrieron por sus raegillas sin 
que él parase en ello la atención. 

Porque lloraba este valiente? Lo ignoramos, seria porque 
presentía nuevas derrotas ó porque una nación estranjera fuese 
causa de la ruina de su patria. 

Todo puede ser. 

El general O'Donell le fué presentando después á los ge- 
nerales que le hablan acompañado, y él los acogió con la ma- 
yor benevolencia, tendiendo á todos la mano. 

España estaba dispuesta á hacer todo género de sacrifi- 
cios de sangre y de dinero. 

Que por lo mismo todos los españoles en caso necesario 
serian soldados, dispuestos á derramar su sangre para labar 
la mancha del pabellón nacional. 

Y que la paz que de cierto, hablan de volver cá pedir, des- 



448 EL HONOR 

ria con mucho, mas gravosa para el Sultán, puesto que había 
de guardar proporción con los sacrificios que nos habia de 
costar. 

El conde de Lucena, interpretando maravillosamente el es- 
píritu de que todos los españoles se hallan poseídos, les mani- 
festó que puesto que wd habia términos hábiles de ajustar la 
paz la guerra continuaría. 



IV. 



Ya es tiempo de que hablemos de Antonio y de que digamos 
á nuestros lectores de qué nacia el deseo que tenía por conse- 
guir la otra charretera de capitán. 

Antonio como ya dígimos á consecuencia de las heridas 
recibidas en una de las últimas acciones del mes de diciembre, 
se encontraba en Ceuta á donde fueron á reunirsele su madre 
y su hermana. 

Con los cuidados de estas, y con toda la fuerza ds su ju- 
ventud , consiguió mejorarse muy pronto. 

El banquero Céspedes, padre de Angeles, lamuger á quien 
tanto amaba Antonio, tenia un hermano comerciante también 
en Gibraltar. 

Viudo este, hacia muchos años, y sin herederos forzosos, 
el banquero madrileño presumía con bastante fundamento que 
él recogería la pingüe herencia de su hermano, cuando fa- 
lleciese. 

Esto no lardó mucho en suceder. 

En los primeros días del mes de diciembre recibió Céspe- 
des la noticia de la muerte de su hermano, díciéndole al mis- 
mo tiempo que pasase á Gibraltar á hacerse cargo de la he- 
rencia, y á arreglar los negocios que la defunción de su pa- 
riente habia impedido concluir. 

El banquero no podía dejar en el acto su casa. 

Arregló también algunos asuntos de gran interés, y después 



DE ESPAÑA. 449 

de dadas las instrucciones necesarias á su cajero y demás de- 
pendientes, se dispuso á marchar. 

Angeles, no queria dejar á su padre que marchase solo. 

Y el banquero por otra parte tampoco queria dejar a su 
hija en poder de los criados. 

Angeles, también tenia deseos de acercarse al teatro de la 
guerra para saber algo de su amado, y tanto suplicó á su pa- 
dre, que este no pudo menos de consentir en que le acom- 
pañase. 

El dia 5 de Enero salieron de Madrid en el ferro-carril, y 
el dia 6 se embarcaban en Alicante con dirección á Gibraltar. 

Uno de los vapores pertenecientes á su difunto pariente, era 
el que les habia de conducir. 

En la noche de aquel dia, el temporal que durante los an- 
teriores habia reinado sin inspirar graves temores, aumentó su 
furia, y el agua y el viento tuvieron en continua agitación á 
nuestros viageros. 

El banquero fué de opinión que arribaran á Málaga, y allí 
esperasen á que mejorara el tiempo. 

Pero el capitán del vapor se empeñó en que aquel temporal 
no era mas que un ;hubasco pasagero, y el buque continuó su 
rumbo hacia la plaza inglesa. 

Pero desgraciadamente el capitán se equivocaba en sus 
predicciones. 

A la mañana siguiente la mar estaba mas brava, mas im- 
ponente. 

Las olas se asemejaban á vastas montañas coronadas de 
nieve, y sucediéndose las unas á las otras, subian hasta los 
bordes de la embarcación, dejando toda la cubierta llena de 
espuma. 

Completamente cerrado el horizonte, el capitán compren- 
dió, aunque demasiado tarde, la imprudencia que habia co- 
metido. 

El banquero veia el peligro, y en aquel momento supre- 
mo, senlia la muerte porque le arrebataba los cuantiosos bie- 
nes con que iba á aumentar su fortuna. 

57 



450 EL HONOR 

Alma material, en el instante en que creía perder la vida, 
sus sentimientos eran j)uramente materiales. 

Angeles por el contrario, veia acercarse la muerte, y no 
la tenia miedo. 

Casi casi pudiéramos decir que la deseaba, porque de ese 
modo, en otro mundo donde no se conocen gerarquias, po- 
dían amar sin obstáculo á su querido Antonio. 

Y entre esta diversidad de pensamientos y de sensaciones, 
transcurrían las horas. 

Y los vientos se desencadenaban cada vez con mas furor. 
Virar y retroceder era imposible completamente. 

Y los furiosos embates del huracán hacían crugir los palos 
del buque. 

Y el recio empuge de las olas hacia rechinar sus costados. 
No se veia en la vasta estension del Mediterráneo mas que 

montañas de agua que se acercaban con un ruido aterrador, 
alguna que otra gaviota, pescados que huían de los furores 
del líquido elemento, y alguna que otra embarcación que pro- 
curaba sostenerse lo mejor posible en medio de aquel tempo- 
ral. Las aguas habían cambiado su color por su verde oscuro, 
y el aplomado color del cielo aumentaba lo sombrío de aquel 
cuadro. 

De cuando en cuando se veían aparecer impelidos por las 
ondas algunos tablones y cordeles, restos tal vez de alguna 
embarcación que no había podido resistir la furia de la tem- 
pestad. 

Y también impelido por el viento, llegaba á los oídos de 
nuestros viageros el lúgubre sonido de una campana, indicio 
seguro de algún buque que pedia ausilio algunas millas mas 
adelante. 

Y la inmensa mole del vapor en medio de aquella inmensi- 
dad de agua era el juguete de ella como una cascara de nuez 
arrojada en medio de un estanque. 

Pronto el buque empezó á hacer agua, y las bombas em- 
pezaron á maniobrar. 

El vapor se acercaba al estrecho de Gibraltar. 



DE efipaSa. 451 

Si peligro había habido antes, ahora se aumentaba doble- 
mente. 

Las olas de los dos mares se acercaban, rugían, se choca- 
ban, y en su diabólica alegría, se entrelazaban, y entre sus 
besos ardientes, frenéticos y terribles, arrojaban la blanca es- 
puma que brotaban sus verdinegros labios. 

Allá á lo lejos á entrambos costados se divisaban envuel- 
tos entre negros celages las dos costas de África y España. 

Y á los lúgubres acentos de la tempestad, se unían las 
imprecaciones de los marineros, las voces del capitán que 
mandaba las maniobras, el áspero chirrido de las bombas, las 
campanas de los buques que naufragaban en el estrecho, y 
algún cañonazo que otro que disparaba alguno de los de 
guerra que se veía también en peligro. 

Aquel era un momento de pruoba. 

Algunas millas faltaban para acercarse á Gibraltar, y sin 
embargo en ellas, habia una casi certeza de encontrar la 
muerte. 

j Perder la vida casi á la vista misma del puerto ! 

Próximo ya á recibir aquella herencia tanto tiempo espe- 
rada, tener que renunciar á ella. 

Este pensamiento hacía á Céspedes sufrir tormentos 
horribles. 

El capitán no le habia ocultado lo desesperado de la si- 
tuación en que se encontraban y el opulento banquero tem- 
blaba ante aquella muerte que con tan aterrador aspecto se le 
presentaba. 

Sin embargo, aun no estaban sus días cumplidos, y un 
rayo de salvación se les presentó. 

En el derrotero que traían les era mas fácil acogerse al 
abrigo de Ceuta que no penetrar en Gibraltar. 

Esto fue lo que el capitán bajó á comunicar á Céspedes, y 
este con una alegría sin limites asintió á semejante proposición. 

Inmediatamente se puso el rumbo hacia esta plaza, y tras 
infinitos afanes, tras un dia y una noche de agonía, pudieron 
echar las anclas en el puerto. 



452 EL HONOR 

Eran las últimas horas de la tarde. 

En el muelle de la ciudad había una multitud de curiosos 
que habia seguido todos los movimientos de la embarcación, 
y que hablan sufrido eslraordinariamente en los momentos de 
peligro que habían podido presenciar. 

Muchos oficiales de los que estaban ya convalecientes, ha- 
bia también, confundidos con la multitud. 

Entre ellos es' aba Antonio. 



Inmediatamente que el vapor lanzó sus anclas, se soltó de 
los pescantes una lancha, y con la tripulación suficiente, reci- 
bió en su seno al banquero y su hija que estaban ansiosos por 
se»tar su planta sobre la tierra firme. 

Angeles, si se quiere, daba gracias á Dios por aquel per- 
cance que la ponia en estado de adquirir mejores noticias sobre 
la suerte de su amante 

K\ paso desde el vapor al muelle también era muy arries- 
gado, y todo el mundo seguía con visible ansiedad los movi- 
mientos de la frágil embarcación. 

Esta, aunque con trabajo se iba acercando cada vez mas, 
y por fin se pudieron ver los personages que iban en ella. 

Antonio, como todos, íijó sus ojos en ellos, y cuando la 
distancia le permitió reconocer á su amada, no fué dueño de 
contener una esclamacion de alegría y de sorpresa al mismo 
tiempo. 

Uno de sus compañeros se volvió hacia el y le dijo: 
— Chico, qué tienes? te pones malo?.... 

— No; no es nada, un ligero dolor que ya ha pasado, le 
contestó, pero sí le parece nos acercaremos al desembarcadero 
á ver mas de cerca á los que de tan gran peligro se han 
escapado. 

— Vamos alia, le dijo ^su amigo. '^ 

Y ambos abriéndose paso por entre la multitud que quería 



DE ESPAÑA. 453 

contemplar también á los viageros, se acercaron á el desem- 
barcadero á tiempo que la lancha atracaba junto á las gradas 

del muelle. 

Los ojos del joven subteniente se fijaban con luia ansia in- 
decible y con unaespresion estraña sobre el rostro de Angeles. 

Atraídas las miradas de esta por las de su amante, se en- 
contraron las dos, y al reconocerlo aquella, se ruborizó de 
placer y ahogó un grito de felicidad próximo á escaparse de 
sus labios. 

El banquero y su hija guiados por un marinero, se diri- 
gieron á una fonda. 

Antonio se separó de su amigo, y tomó también la direc- 
ción que su amada llevaba. 

Penetró esta en la fonda, yantes de separarse Antonio de 
aquel sitio, pudo ver el rostro encantador de Angeles, que 
le miraba á través de los cristales de uno de los balcones. 

Inmediatamente formó su resolución. 

Sacó una hoja de su cartera, escribió sobre ella cuatro pa- 
labras, diciéndüla que aquella noche saliese á las once al bal- 
cón, y llamando á un camarero, le encargó, que con las pre- 
cauciones necesarias la entregase á la joven que habia llegado 
momentos antes. 

El criado desemjieñó su comisión á las rail maravillas, y 
los ojos de Angeles dijeron al feliz amante que no faltarla. 



A la hora convenida estaba Antonio bajo el balcón de 
la estancia donde habitaba su idolo, y momentos después un 
animado diálogo se habia empeñado entre ambos amantes. 

Pasaremos por alto toda su conversación, pues suponemos 
que nuestros lectores comprenderán todo cuanto pudieran de- 
cirse. 

Después de dadas por una y otra parle las respectivas 
esplicaciones, vinieron las protestas y los juramentos. 



454 EL HONOR 

Antonio sufrió al relatarle su amada sus sobresaltos y pe- 
nalidades durante la travesía, y la |)obre niña sintió su cora- 
zón dolorosamenle oprimido al contarla su amante sus |)eli- 
gros en las batallas, y las heridas que de estas habia tenido. 

También hablaron largamente sobre su porvenir. 

Antonio la dijo si le podria responder de su cariño. 

Si tendría la suficiente constancia para esperar el tiempo 
necesario para que el alcanzara una posición que poderla 
ofrecer. 

Si su fuerza de voluntad seria tal que se atreviera á con- 
trarestar la voluntad de su padre si este tratase de obligarla á 
contraer otro enlace. 

La encantadora hija del banquero, le dio todas las seguri- 
dades que podia apetecer. 

Ella le amaba con toda la fuerza de su corazón, y nada en 
el mundo podia contrarestar aquella pasión. 

No tenia orgullo, no tenia ambición, toda su felicidad es- 
taba cifrada en el amor de Antonio. 

Esto solo era lo que ambicionaba, y con esto solo estaba 
orgullosa. 

Estas fueron las palabras que el joven teniente escuchó de 
sus labios, y ellas le llenaron de una alegría inmensa. 

Y palabra tras palabra, transcurrieron las horas, y solo 
volvieron en si, de su delicioso ensueño de amor, cuando los 
déviles rayos de la aurora empezaron á fluminar la tierra. 

Entonces volvieron á renovarse los juramentos, y entonces 
Antonio hizo la solemne promesa, de ó dejarse matar en la 
primera acción en que se encontrase, ó conseguir la otra char- 
retera. 

Angeles, si bien estaba por lo segundo, no se conformaba 
con lo primero. 

Por fin tras muchas lágrimas y muchas promesas se sepa- 
raron los dos amantes. 

Antonio con nuevos bríos para entrar en campaña. 

Angeles, con nuevos recuerdos que poder evocar en sus 
horas de soledad y de dolor. 



DE espaSa. 455 

Aquel dia tampoco pudieron ponerse otra vez en marcha 
por el temporal hasta que al cabo de tres mas, se pudieron 
dirigir á Gibraltar. 

También á los pocos dias Antonio se incorporó á su regi- 
miento, y ya hemos visto su comportamiento, en la acción del 
dia 4 de Febrero. 



i56 



EL HOiNOR 



CAPITULO XXXV 



Nuestro egército permanece acampado en Tetuau. — Bombardeo de los 
puertos de Arcilla y Laraclie. — Descripción de estas dos poblaciones. 




OiMO nuestros lectores habrán visto ya an- 
teriormente desde la entrevista de iMu- 
ley-Abbás con el general en gefe, que- 
daron rotas las liostilidades por no ha- 
ber asentido aquel á las proposiciones 
'de este. 

Indudablemente desde aquel momento nuestro egército de- 
bía de haberse puesto en marcha sobre Tánger, punto indica- 
do para continuar las operaciones. 

Pero esta marcha requeria ya otras condiciones (pie era 
imposible (lue en tan corto espacio pudieran reunirse. 

El camino que de Teluan á Tánger conduce es sumamente 
quebrado ó mejor dicho la! camino no existe. 




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DE ESPAÑA 457 

El egército para continuar su marcha triunfante sobre este 
punto, tenia que llevar ya consigo provisiones y municiones 
para todo el tiempo que durase su marcha. 

Se iban á internar bastante y naturalmente la escuadra 
"ya no podia protegerles. 

Tanto para las conducciones de los obgetos que hemos in- 
dicado arriba, como para conducir á los heridos que pudie- 
ran ocurrir, si en el camino se empeñaba alguna acción, eran 
necesarias una multitud de acémilas. 

Entonces se pensó en los camellos que es el verdadero 
animal del África, y salieron comisionados para Oran para 
efectuar la compra de un número bastante crecido de estos. 

Entre tanto el egército soguia provisionándose, y el gene- 
ral O^Donnell, cuya previsión y acierto hemos admirado en 
toda la campaña, se ocupaba minuciosamente de todos los 
detalles y activaba en lo que era posible todos los preparati- 
vos para la marcha. 

Y apesar de todo no se habia perdido el tiempo. 

El general en gefe queria aumentar el terror de los moros 
tanto con los adelantos por tierra como con las operaciones 
por mar. 



II 



La escuadra recibió la orden de bombardear los puertos de 
Arcilla, Larache y demás de la costa del Occéano, y esta or- 
den produjo un entusiasmo indecible en nuestros marinos. 

Hasta entonces no hablan desempeñado en la espedicion 
una parte activa. 

Verdad que su estancia en el mar habia producido al egér- 
cito beneficios incalculables, ya manteniéndose á la especia- 
tiva para en un caso dado, proteger de hecho las operaciones, 
ya también conduciendo á aquel, las municiones de boca y 
guerra que necesitaban. 

58 



458 Fl. HONOR 

Los heridos eran también ausiliados por nuestra marina, que 
cuidándolos esmeradamente y transportándolos con el mayor 
cuidado a las costas de la península y puertos donde se ha- 
bían establecido los hospitales de sangre, manifestaba de este 
modo su patriotismo, sin dejar por eso de desear con impa- 
ciencia llegara el momento de tomar una parte activa en la 
cspedicion, para vengar los ultrajes hechos á la Madre Patria 
ó para derramar su sangre gloriosamente, en defensa de un ob- 
geto tan sagrado. 

La orden de ataque recibida, no pudo menos de producir 
en nuestros marinos, según el espíritu de que se encontraban 
poseídos, un entusiasmo indecible. 

Hábilmente mandados, harían como sus hermanos prodi- 
gios de valor y de heroísmo. 

El entendido general Bustillos, gefe de la escuadra, tan 
\ aliente militar como entendido marino, tan digno gefe de los 
soldados de mar, como el conde de Lucena, bajo cuyas órde- 
nes estaba, del egército de tierra, no podía menos de aprove- 
charse del buen espíritu que en las tropas de su mando reinaba, 
para conducirlos á la pelea. 

Los puertos de Arcilla y Larache fueron los primeros de- 
signados para ser atacados. 

La escuadra que desde el día veinte y tres se hallaba reu- 
nida en las aguas de Algeciras, recibió la orden de emprender 
la marcha en el veinte y cuatro. 

Habia sido dispuesta de modo que formase dos divisiones. 

Componíase la primera de las fragatas de Hélice «Prin- 
cesa de Asturias, » en la que iba el general Bustillos, y «Ulan- 
ca,)) el vapor ((Vulcano» y !a fragata cañonera uGeres.» 

Formaban la segunda el navio «Reina Isabel H» remol- 
cado por el vapor del mismo nombre, la fragata «Cortés» por 
el barco «Nuñez de Balboa, » la corbeta «VilLi de Bilbao» por 
el «Colon» y las goletas cañoneras «Edetana» y «Buena Ven- 
tura.» 

Sin precipitación pues, el estado del mar no lo permitía, 
tomaron el rumbo designado anteriormente, y á la mañana del 



DE ESPAÑA. 459 

veinte y cinco, se encontraba frente al puerto de Larache. 

Hállase defendido por tres baterías, dos bajas y una alta 
que encerraban unas cincuenta piezas de artillería de grueso 
ealibre al parecer en su mayor parte. 

Todas á la aproximación de nuestros buques se movieron, 
presentando sus bocas de bronce frente á ellos. 

La distancia que entre nuestros buques y el puerto me- 
diaba, era de bastante consideración: nuestra escuadra se ha- 
bía ap: oximado tanto cuanto le fué posible, y una gran barra 
que hay delante del puerto, se lo permitió. 

La distancia no era sin embargo tai que no pudiesen sal- 
varla nuestras granadas. 

Situada convenientemente la escuadra y á la cabeza la Prin- 
cesa de Asturias seguida de todas las demás embarcaciones 
de que hemos hecho mención, escepto del vapor Vulcano y 
las tres goletas cañoneras que se habían colocado á los dos 
flancos, rompióse el fuego por una y otra parle á las once 
de su mañana. 

No fué largo, k las dos de la tarde había ya concluido, sin 
embargo Larache conservará siempre memoria de este dia. 

Mas de dos mil proyeclileíí, con el mayor acierto lanza- 
dos sóbrela población produjeron en ella un efecto espantoso 

Los edificios muy poco salidos en su mayor parte fueron 
completamente destruidos y muchos de ellos incendiados á juz- 
gar por las grandes llamaradas de que los disparos de nues- 
tra artillería eran seguidos. 

Veíanse salir de las casas á las mujeres y niños, huyendo 
despavoridos á la parle opuesta del mar; los muy pocos que 
no siguieron este egemplo, quedarían completamente envueltos 
entre las ruinas de sus hogares. 

Nuestros bravos marinos en esla ocasión se mostraron dig- 
nos descendientes de los que en otro tiempo derramaron su 
sangre en San Vicente, Finisterre y Trafalgar, pues como los 
de este último combate tuvieron no solo (jue defenderse de 
las bala» enemigas sino también de los mismos elementos que 



460 EL HONOR 

en esla ocasión los corabalieron también, aunque no con lanía 
rudeza como en aijuel. 

Las pérdidas, no obílanle, sufridas en esle dia, fueron de 
bien poca consideración. 

Algunos heridos, muy pocos mas conlusos y descalabros 
insignificantes sufridos por el navio ulsabel segunda» y por 
las fragatas «Blanca» y «Princesa de Asturias» fueron el pre- 
cio de la jornada de este dia. 

Mas brillante aun les esperaba otra en el siguiente veinte 
y seis. 

Colocados en la misma disposición que frente á Larache, 
frente al puerto de Arcilla, población de casi igual impor- 
tancia, pero susceptible de mayor defensa, dióse la orden de 
romper el fuego á poco mas de medio dia. 

Corlo fué también el tiempo d su duración, pero los es- 
tragos causados de mas importancia, en razón á que el estado 
de bonanza del Occéano, permitía llevar á efecto las opera- 
ciones en el mayor orden. 

De dos á tres horas mediaron desde que se principió hasta 
que se concluyó el combate. 

Cuál seria la certeza de los disparos que por nuestra parle 
se dirigieron á la plaza, se comprenderá con decir que habia 
casi por completo desaparecido, apesar desús murallas de de- 
fensa. 

Un montón de escombros por entre los cuales se veían al- 
gunas sofocadas llamas, ocupaba el sitio que la ciudad habia 
ocupado breves momentos antes. 

Escenas de esta clase no pueden describirse, se sienten pero 
no se esplican. 

Nuestras pérdidas fueron también como en el dia anterior 
de escasa importancia, algunos contusos, y muy pocas averias 
en las embarcaciones. 

iNo podia suceder de otro modo, atendiendo á la serenidad, 
presteza y precisión de las maniobras y á las buenas dotes de 
mando, que como antes hemos dicho adornan al general Bus- 
tillos. 



DE ESPAÑA. 461 

Y ya que del bombardeo de los puntos de Arcilla y Larache 
hemos hablado, justo nos parece dar á nuestros lectores algu- 
nas noticias respecto de ellos y de algunos otros puertos de el 
Occéano. 



Ya hemos visto el comportamiento brillante aunque espe- 
rado de nuestro egército en el imperio de Sidi Mahomet, pero 
hasta ahora nada hemos dicho como no sea incidentalraenle de 
nuestra marina. 

Justo, justísimo nos parece poner también en conocimiento 
de nuestros lectores los hechos mas importantes de nuestra ar- 
mada en la cuestión de honra nacional que nos está ocupando 
y en cuyo desagravio loma una no menor parte que el egército 
de tierra. 

Y ya que hemos manifestado sus evoluciones y maniobras 
vamos á dar una idea de los puertos del litoral africano, que 
han sido bombardeados. 

Rabatt, capital de la provincia de Sumecena llamada por 
los árabes El-rebat y Rabal -ulfalabh se halla situada parte 
sobre el rio Buregreb y parte sobre el Occéano. 

Es el puerto céntrico que el imperio posee en el Atlántico. 

Por eso antiguamente era el mas concurrido de todos: pur 
él hacían su comercio las naciones europeas principalmente las 
meridionales, y de estas en mayor escala las repúblicas de Ge- 
nova y Venecia. 

Mas con motivo de desavenencias habidas entre los Kerl- 
fes de Rabat y Salé, el gobernador de la última ciudad puso 
sitio á la primera que se resistió tenazmente, hasta que cansa- 
dos los sitiadores se retiraron. 

Como el sitio fué bastante duradero, pues según algunos 
escritores se prolongó hasta quince meses, la ciudad se resintió 
profundamente y su comercio no menos que ella. 



462 EL HONOR 

Pasado algún tiempo y ya casi repuesta de los descalabros 
sufridos, su comercio volvió á florecer, hasta el punto de es- 
citar la envidia de los emperadores y su insaciable codicia. 

De ahi que ii mediados de el siglo último, el emperador por 
causas injustificables, la volvió á sitiar, y aun cuando después 
de siete meses se entregó, no fué sin haberse defendido heroica 
mente y mediante capitulación. 

Las condiciones no fueron atendidas como debieran por el 
vencedor, que olvidado de ellas cuando se vio dueño de la ciu- 
dad, la abrumó con enormes impuestos y exacciones á cual 
mas onerosas. 

Por uno de estos caprichos tan frecuentes alli donde go- 
biernan los déspotas, se empeñó en trasladar el centro del co- 
mercio Europeo primero á Santa Cruz y después á Mogador, 
á donde hizo trasladar los cónsules europeos, pero esto no im- 
porta pues por sus condiciones hidrográficas Rabatt es el puer- 
to mejor y de lodos los de el imperio como ya hemos dicho, 
aun cuando sea el mas desentendido y gravado por el Gobierno. 

Prueba de la verdad de nuestro dicho, que cuando en 
cierto modo Rabal era independiente de el imperio y se hallaba 
unida con Salé, otro puerto también importante que tiene cerca 
era el emporio de el comercio marroquí. 

Las producciones de su suelo encontraban fácil salida por él, 
y por él hasta el interior, podian ser conducidas las eslrangeras. 

La ciudad se halla bastante bien defendida con almenas y 
castillos que la rodean, algunos de ellos debidos al célebre Al- 
fiíanzor tan conocido en nuestra patria el cual trató de limpiar 
la desembocadura del rio y de ensancharla lo bastante, para 
que pudieran penetrar por él, navios de gran porte. 

Esta magnífica obra empezó á egecutarse y aunque no se 
llevó á cabo en su totalidad; sin embargo fué muy ventajosa. 

A unos 20,000 asciende el número de sus hauitantes, se- 
gún los datos mas importantes y fidedignos, de los que una ter- 
cera parte son hebreos; y los rcslanles árabes. 

Muchos de estos últimos naturales de España arrojados de 
ella por Felipe 3." 



DE ESPAfÍA. 465 

La ciudad es bastante buena, sus calles y edificios muy re- 
gulares, y tiene una mezquila magnífica. Es acaso la ciudad 

mejor de el imperio ó por lo menos la que mejores condiciones 
reúne para serlo su industria. 

Su campo es muy fértil: los moradores mas industriosos 
que lo son en general los árabes y se refleja en la ciudad y en 
su término; en el cual se recogen muchas y abundantes frutas 
y granos* 

Cerca de la población hacía su parte oriental se encuentra 
el castillo que encierra la tumba de la familia real de los Me- 
ni-Marines, y tanto él como el terreno que le rodea, es mirado 
por los musulmanes con el mayor respeto y como un santuario. 



IV 



La ciudad de Salé situada en la costa Occidental de África y 
dividida por el rio en dos partes, es también muy notable, por 
su historia. 

Ya hemos indicado en el párrafo anterior que formó con 
Rabat una especie de confederación cuyo objeto era fomentar 
los intereses de ambas poblaciones y que lo consigieron tam- 
bién hasta un grado digno de admiración, que nos demuestra 
cuanto puede la unidad de pensamientos y de fuerzas. 

Verdad que los medios porque sus habitantes se enrique- 
cieron, no son los mas honrosos, toda vez que la mayor parte, 
estaban dedicados á la piratería, cuyo continuado egercicio los 
habla hecho temibles no solo á los naturales, sino también a los 
estrangeros. 

Los sultanes habían varias veces intentado reducirla á su 
dominación y subyugarla, como tenían subyugado todo el ter- 
ritorio de su imperio, pero no habían podido conseguirlo, mer- 
ced á las murallas de que la ciudad se encuentra rodeada y á 
la indomable fiereza de sus moradores. 

Y de seguro que los emperadores no habrían conseguido su 



464 BL HONOR 

propósito á no haboise ¡nlroclucido la discordia entre sus mo- 
radores cuando sitiaron á su aliada y hermana la ciudad de 
P«abal y por los grandes gastos que con este motivo se vieron en 
la necesidad de hacer 

Separada ya de Rab:it y subyugada por los sultanes perdió 
como aquella su importancia y como aquella fué objeto de ad- 
vitrarias esacciones por parte de los gobernadores. 

Frondosos árboles la circundan y se halla envuelta por su 
parte meridional de elebadísimas montañas en las que sus mo- 
radores se entregan á la caza su egercicio habitual, con lo que 
satisfacen su diversión favorita y se robustecen para el egerci- 
cio de la piratería que todavía egercen si bien clandestinamente 
y en menor escala por consiguiente que cuando su indepen- 
dencia. 

Unas 8000 almas pueblan á Salé, casi todas pertenecien- 
tes á la religión mahometana. 

Sus edificios nada de notable ofrecen particularmente con- 
siderados, en conjunto, el aspecto de la pobl ciclón es bastante 
agradable. 

Su puerto está completamente inutilizado por los grandes 
bancos de arena que en él se encuentran, y que durante el re- 
flujo quedan en la superficie. 



Mas importante por la facilidad de habilitar su puerto, que 
el que acabamos de describir, y por su historia, es la pobla- 
ción de Arcilla llamada por los romanos Zilia j^rimiti va- 
mente, y después Julia Constancia Zilis, y que se halla si- 
tuada en la provincia de Hasbat. 

Los portugueses la han poseído por espacio de mucho tiempo, 
hasta que la abandonaron á consecuencia de no p(M*mil¡rles las 
circunstancias crílicas porque atravesaron durante el reinado 
de 1). Juan lll, emplear en ella los recursos que su posesión 
exigía. 



DE ESPAÑA. 465 

Es célebre lambien esta población por haber desembarca- 
do en su puerto y permanecido en ella, el rey de Portugal don 
Sebastian en su funesta espedicion. 

Agregado al imperio formó parte de él y en ella residen 
unos 600 habitantes holgazanes en estremo, y por lo mismo 
muy pobres. Se sostienen con el producto de la caza y pesca 
que venden en los pueblos vecinos y aun á los estrangeros, 
pues algunos, aunque bien pocos vecinos, poseen pequeños 
botes, con cuyo ausilio penetran en el mar, y esto les ayuda 
para la pesca. 

El puerto es muy pequeño, solo embarcaciones de pequeño 
porte pueden llegar hasta él, no obstante, el fondeadero es 
bastante bueno, pues se conserva todavía según lo arreglaron 
los portugueses cuando Arcilla les pertenecía. 

Los edificios son bastante pobres y muchos de ellos hasta 
míseros, efecto de la pobreza y miseria en que sus moradores 
se encuentran: de estos la mayor parte son árabes, y solo 
existen unas veinte familias judías. 



VI 



Larache es la capital de la provincia de Azgar, es llamada 
por los árabes Al-A-raisce-Beni-^V 'ros, por los viñedos de la 
grande y poderosa tribu de Beni-A ' ros. 

Unos 6000 habitantes la pueblan, dos mil de los cuales son 
hebreos. 

Las casas y calles son por lo regular de buen aspecto, si 
bien en las últimas suele haber grandes cuestas á consecuen- 
cia de estar la })oblacion situada en el declive de un cerro de 
grande estension que llega á penetrar en el mar. 

Algunos edificios son notables, entre ellos merece mencio- 
narse el habitado por el gobernador. 

La vegetación es vigorosa y sus campos muy fértiles á 



466 EL HONOR 

consecuencia (lo estar conliniiamenle rogados por miillilud de 

aiToyuelos (jiie dol ceno se desprenden. 

Abunda la campiña en frutas de todas clases. 

Está fortificado, siendo de notar (jue sus lortiíicaclones 
son del)¡das á los españoles que la poseyeron en otro tiempo, 
y que según el estado de la cuestión pendiente, serán también 
los encargados de destruirlas. ,íí, 

En el último tercio del siglo pasado fué bombardeada por 
los franceses, á consecuencia de lo cual, la ciudad sufrió bas- 
tante. 

Su puerto, como casi todos los del litoral, africano está cas*' 
inservible á causa de una gran barra que lo atraviesa y 
que impide la llegada hasta él de embarcaciones mayores. 

Ya conocen nuestros lectores por lo que hasta aquí lleva- 
mos dicho, al árabe que habita en la ciudad, pero no llenen 
noticias de la otra clase de árabes, habitantes del campo, y 
que constituyen la mayoría de los moros pobladores de la pro- 
vincia de Harbat, cuya capital es Tetuan. 

Para apreciar debidamente las cosas, no basta conocerlas 
en conjunto, es necesario que los detalles no nos sean comple- 
tamente desconocidos. 

Por eso y para llenar el vacio indicado, apuntaremos li- 
geramente algunas de las principales cosas que tienen relación 
con los habitantes del campo de la provincia de Harbat. 

Entre ellos y los de la ciudad hay la mismy diferencia que 
entre un cortesano y un campesino de una nación europea. • ' 

Sus ocupaciones, como las de todos los pueblos que están 
sumidos en la ignorancia, están reducidas al pastoreo y á 
la caza. ^• 

Son las dos clases que puede decirse existen en la socie- 
dad campesina árabe. 

A la primera se dedican todos, unos por oficio, otros por 
gusto; el continuo egercicio que tanto en uno como en otro 
caso hacen, contribuyen á darles una ferocidad eslraordinaria. 

Generalmente son ro!nistos y ágiles. 

Las personas algo acomodadas, y que entre ellos podría- 



dí; ESPAÑA. 467 

mos llamar la clase media, se dedican á guardar sus re- 
baños. 

Las acomodadas tienen criados que desempeñen este 



cargo. 



Su poder, mas que de su riqueza, está en razón de su fuerza 
y de su astucia. 

El mas fuerte es 1 mas respetado. 

Viven en cavernas situadas en lugares inaccesibles para 
todo el que como ellos, no esté acostumbrado desde su infancia 
á trepar por aquellos riscos. 

En sus moradas, no admiten nunca á los habitantes de la 
ciudad, apesar de la proverbial hospitalidad árabe, porque los 
consideran como degenerados. 

Visten muy toscamente, aun cuando por su posición pue- 
den llevar trages mas cómodos y costosos. 

En este punto lleva su preocupación hasta el estremo de 
apalear al que osa dar al vestido una nueva forma ó hacerlo 
de una materia mas delicada que la de ordinario. 

Carecen de leyes y no dependen del Sultán, á quien no re- 
conocen, y el cual apesar de sus esfuerzos, que para reducir- 
los á su dominación ha hecho, no ha conseguido subyugarlos. 

Las contiendas que entre ellos se originan, la deciden por 
la fuerza; algunas veces las someten á juicio de un anciano ó 
de otro mas fuerte que ellos: ceden por temor, no por con- 
vicción; nunca hacen justicia al débil. 

No tienen mas aspiración que el oro ni mas deseo que los 
placeres sensuales. 

¡Por adquirir el primero y satisfacer los segundos, cometen 
las mayores atrocidades. Empresa basta y difícil en estremo 
seria la de tratar de someter a gentes tan bravias y salvages, 
por otro medio que por la fuerza, que es la única ley que ellos 
respetan. 

Y sobre este punto llevamos ya adelantado bastante, pues 
sus continuas derrotas, les han demostrado bien claro que de 
nada sirve su poder al lado del de la nación que en mal hora 
pretendieron insultar. f 



468 



EL HONOR 



CAPITULO XXXVI 



Se vuelven á presentar algunos antiguos amibos de nuestros lectores. — 
Tratado entre Inglaterra y Marruecos.— Temporales que impidieron á 
nuestro egército ponorse en marcha tan pronto como deseaba. — Rabilas 
de las inmediaciones de Tetuan.—El general Echagñe recibe la orden 
de incorporarse con. parte de su división al grueso del egército. 



I. 







RANDES hablan sido las victorias con- 
seguidas por los españoles durante su 
permanencia en el Serrallo; y grande 
también la consternación que habían 
espercido en los aduares y pueblos de 

sus inmediaciones. 

Los habitantes de Raast-el-Seric, eran de los que mas 

temian. 

m gefe de la Rabila, padre de Zobeiba, había muerto en 
uno de los combates, y toda la tribu estaba desordenada por 
no decir casi destruida. 



DE ESPAÑA. 469 

Todos los vecinos emigraban abandonando sus miserables 
chozas, á otros puntos mas lejanos, y en los que se creian mas 
seguros de poder escapar á la furia de los cristianos. 

Isaac el judío, que también habia ocultado á Carlos, á 

Alberto y á Zeim, en vista del abandono en que quedaba el 
pueblo, determinó trasladarse á Tetuan. 

Efectivamente comunicó su proyecto á Ester y á Zaida, y 
ayudado por dos criados, ocultó cuidadosamente debajo de 
tierra los obgetos de mas valor, y cerrando su casa empren- 
dieron la marcha por senderos conocidos solamente de los 
naturales, el camino hacia la ciudad que se lleva al otro lado 
del Guad-el Gelú. 

Dias antes de que nuestro egército estableciese sus reales 
ante la plaza, llegaron á ella y fueron á habitar en el barrio 
señalado á los de su raza. 

El anciano Isaac tenia bastantes relaciones en la ciudad 
y resguardado por los muros de esta y entre sus amigos, ya se 
creia casi en seguridad. 

Pero estaba escrito que habia de sucederle todo al revés de 
lo que pensaba. 

Nuestro egército siguió venciendo á los marroquíes, y 
finalmente la acción del 4 de Febrero acabó de desmorali- 
zarlos completamente. 

Furiosas las tropas de Muley-Abbás por el descalabro 
sufrido, penetraron en la población y en ella se entregaron 
á los mayores escesos. 

El barrio de los judíos fué el que mas sufrió y en el que 
mas se representaron esas escenas de pillage y saqueo, y solo 
á costa de grandes esfuerzos y al ausilio de sus compañe- 
ros, pudo librarse Isaac de la muerte con que los amotina- 
dos qucrian hacerle pagar el haber intentado defender su ha- 
cienda. 

Así fué que á la entrada de nuestras tropas, él era uno 
de los que mas furiosamente aclamaban á los vencedores. 

Con la división del general Rios entraron en Tetuan los 
tres hermanos conocidos ya del buen hebreo. 



i70 EL HÜNOll 

Cabalgando airosamente entre el estado mayor del gene- 
ral, iban Alberto y ZelinconlMiiplando» especialmente el prlf. 
mero con los ojos del observador todas las casas y las calláis 
de la ciudad recien coníjuistada. ,j .j, ,^, ^.¿,,¿1 

De pronto ima esclamacion de sorpresa llegó á herir los^ 
oidos del potíta, (pie nlz(') la cabeza instantáneamente y repara 
en dos nuigeres, que desde una de las azoteas de las casas 
inmediatas, le contemplaban con ali^gría y le saludaban con 
efusión. '¡J^/;'» ny oJ>íi¿.-^ 

Eran Ester y Zaida. 
'.* Alberto las conoció en seguida, y saludándolas respetuo- 
samente, prosiguió su marcha. 

Del mismo modo fué reconocido Garlos, con la diferencia 
de (fue entonces salió Isaac á la calle, y como en otro tiempo, 
le ofreció su casa para él y para sus hermanos. 

Creemos inútil decir á nuestros lectores que estos acep- 
taron semejante oferta, y cuando ya todo quedó arreglado y 
las tropas fueron alojándose. 
•'- Garlos, Zelin y Alberto se dirigieron á la casa del judío. 

Fuera de Carlos, Zelim fué el que indudablemente mas se 
alegrx) con semejan le encuentro, pues para él representaba 
noticias de su adorada Zaard. .íi 

Pero por desgracia nada se sabia de ella, nada de Julia, 
ni nada de Abdel-sabás. hW Mi 

(ío Garlos y Ester volvieron á reanudar sns interrumpidos amo- 
res, y á tantas horas de angustia y de sufrimiento, sucedieron 
infinitas de placer y de felicidad. 

•y. Todos los (lias se veían y todos los dias encontraban algo 
de nuevo (¡ue decirse. 

Es verdad que como el amor es materia tan inagotable, 
nada de particular tiene (jue nuestros amantes se pasasen ho- 
ras hablando de su cariño. 

orT: Una de estas conversaciones tuvo lugar en uno de los pri- 
meros dias del mes de Marzo. 

Ya empezaba á correr la voz entre el egército de que iban 
á ponerse en marcha sobre Tánger, y la pobre niña andaba 



DE ESPAÑA. 471 

triste y apenada por la suerte que podría caber á su amado. 

— Con qué es cierto que os marcháis? decía Ester al capitán. 

— Eso se dice pero todavía no se sabe los cuerpos que mar- 
charán. 

— 1 Ojalá y no sea al que tu perleneces ! 

— Y por qué? la preguntó Carlos. 

— Como se conoce que tú no me amas cuando esa pregunta 
me haces, crees tú que yo he podido vivir en todo el tiempo 
que hace que nos hemos separado? Siempre en continua zozo- 
bra, siempre inquieta mi alma, no ha respirado mi corazón 
con tranquilidad hasta el momento mismo en que te ha visto; 
y puede que tú sabiendo todo esto desees aun marcharte. 

— No lo deseo por separarme de tí, pero los militares en la 
guerra hacemos nuestra carrera, y tanto por esto cuanto por 
que lucho por la honra de mí patria, no me disgustará seguir 
adelante. 

— ¡Hé aquí lo que sois¡ le dijo con acento de reproche la 
hebreja. Donde encontráis la paz, la dicha la tranquilidad, os 
cansáis y solo apetecéis los peligros, y los ohgetos que mas os 
cuesten. 

— No es eso Ester, pero comprende que el militar tiene de- 
beres que cumplir y derechos tan sagrados que ante ellos tie- 
nen que sacrificarse todas las cosas. 

— Y también mi amor lo sacrificas? 

— También. Y no es porque deje de amarte Ester, si su- 
piera que en el mundo había un hombre que amase mas que 
yó, creo que rae arrancaría el corazón por no haber sabido 
superar en cariño á los demás. 

— ¡Oh! bendita sea tu boca que tales palabras me ha dicho 
no sabes con cuanta delicia las saborea mi alma. 

— Bendita seas tú! la decia el capitán con un acento en (jue 
se traslucía una ternura infinita, bendita seas tú que tal pa- 
sión me has inspirado. 

En aíjuol momento lesonó í na carcajada histérica, pio- 
longada é infernal que llenó de tei'ror á nuestros dos aman- 



472 EL HONOR 

tes, haciéndoles volver la cabeza hacia el punto donde había 
sonado. 

Sobre el dintel de la puerta, se veia una muger (\üq fijaba 
una mirada en q,;e se leian cien afectos distintos sobre ellos. 

Al reconocerla, una esclamacion salió de los labios de 
Carlos. 
— i Zobeiba ! dijo: 
— La hija del Kabo de Raas-el- Serie! añadió Ester. 



II 



TRATA DO general entre la Gran Bretaña y Marruecos, cele- 
brado en el mes de Enero de \ 857. 

PREÁMBULO. 



S. M. la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña é Ir- 
landa y S. M. el Sultán de Marruecos y Fez, deseando mante- 
ner y fortalecer las relaciones de amistad, que por tanto 
tiempo han subsistido entre sus respectivos dominios y sub- 
ditos, han resuelto proceder á revisar y mejorar los tratados 
existentes entre sus respectivos paises, para cuyo obgelo han 
nombrado sus plenipotenciarios, es decir: 

S. M. la Reina del Ueino Unido de la Gran Rretaña é Ir- 
landa á 1). Juan Hay Drummond Hay, su encar¿,^ado de negó- 



DE RSPAfÍA. 473t 

cios y cónsul general en la Corte de S. M. el sultán de Mar- 
ruecos. ,ij 
Y S. M. el sultán de Marruecos á Sidi-Mohamet-Kelib su 
comisionado de negocios estrangeros. 

Los que después de haberse comunicado uno al otro sus 
respectivos plenos poderes, han convenido y concluido los ar- 
tículos siguientes: 

Articulo 1.0 Habrá perpetua paz y amistad entre S. M. la 
Reina de la Gran Bretaña, sus herederos y sucesores y Su 
Mageslad Jeriíiana el sultán de Marruecos y entre sus respec- 
tivos dominios y subditos. 

Art. 2.' S. M. la Reina de la Gran Bretaña podríi nom- 
brar uno ó mas cónsules en los dominios del sultán de Mar- 
ruecos y Fez y el tal cónsul ó cónsules estarán en libertad de 
residir en cualquier puerto de mar ó ciudad del sultán de Mar- 
ruecos que ellos ó el gobierno británico elijan y hallen mas 
conveniente para los asuntos y servicios de S. M. britnnica Á 
para la asistencia de los comerciantes británicos. 

Art. 3.^ El encargado de negocios británicos ú otro agente, 
político acreditado por la Reina de la Gran Bretaña cerca del 
sultán de Marruecos como asimismo los cónsules británicos 
que residan en los dominios del sultán de Marruecos, serán 
siempre respetados y se les tributará el honor compatible con 
su rango, y sus casas y familias estarán seguras y protegidas. 
Nadie podrá entremeterse con ellos, ni cometerán ningún acto 
de opresión ó desacato hacia ellos, bion sea de palabras ó. en 
obras, y si alguien lo hiciere, recibirá un severo castigo que 
le servirá de corrección y de freno para otros. 

El dicho encargado de Negocios podrá libremente esco- 
ger sus sirvientes ó intérpretes bien sean musulmanes ú otros, 
y á estos no se les obligará á que paguen el tributo de enca- 
bezamiento, contribución forzada ú otro igual ó correspon- 
pondiente gasto. Con respecto á los cónsules ó vice-cónsules 
que residan en los puertos bajo las. órdenes del dicho encar- 
gado de Negocios, podrán libremente elegir un intérprete, una 
guardia v dos sirvientes, bien sean musulmanes li otros, v ni 

60 



474 EL HONOR 

el inlérprele, n¡ la guardia ni sus criados seráu obligados á 
pagar el Iribulo de encabezamiento, conlribucion forzada ii 
otro igual ó correspondiente gasto. SI el dicho encargado de 
Negocios nombrase un subdito del sultán de Marruecos como 
vice-cónsul en un puerto marroquí, el dicho v ice-cónsul y los 
miembros de su familia que habiten dentro de su casa, serán 
respetados y estarán exentos de pagar el tributo de encabe- 
zamiento ú otro igual ó correspondiente gasto, pero el dicho 
vice-cónsul no tomará bajo su protección ningún subdito del 
sultán de Marruecos, escepto los miembros de su familia que 
habiten bajo su techo. 

Al dicho encargado de negocios y á los dichos cónsules, 
se les permitirá tener una casa de oración y enarbolar en to - 
dos tiempos en lo alto de las casas que ocupen la bandera na- 
cional, bien sea en la ciudad ó fuera de ella, é igualmente en 
los botes cuando salgan al mar. Ninguna prohibición ni dere- 
chos les serán impuestos en sus efectos, muebles de casa ú 
otros renglones que vengan para uso propio y para el de sus 
familias en los dominios del sultán de Marruecos; pero el di- 
cho encargado de negocios, cónsules ó vice-cónsules deberán 
entregar á los oficiales de las aduanas una nota especificando 
el número de renglones que deseen introducir. Este privilegio 
será concedido solamente á los oficiales consulares que no es- 
tén ocupados en negocios. Si para el servicio de su soberana 
fuese preciso que comparecieran en su pais ó sin disputa sea 
otra persona que actuase por ellos en su ausencia, no se les 
impedirá de manera alguna el hacerlo, y ningún impedimento 
se les pondrá á ellos, á sus criados ó á su hacienda, antes al 
contrario estarán en libertad de ir y venir siempre respetados 
y honrados; y ambos, ellos mismos y sus diputados ó vice 
cónsules en el mas amplio sentido, serán acreedores á todos 
los privilegios que al presente gocen, oque en adelante se con- 
cedan al cónsul de cualquiera otra nación, 

Art. 4.*' Con respecto á los privilegios personales (|ue de- 
berán gozar los subditos de S. M. británica en los dominios del 
sultán de Marruecos, S. M. Jerifiana promete que tendrán un 



DE ESPAÑA. 475 

libre é indisputable de viajar y residir en los territorios y do- 
minios del dicho sultán, sujetos á las mismas precauciones de 
policía que se practican con los subditos ó ciudadanos de las 
naciones mas favorecidas. 

Serán acreedores á poder alquilar por tiempo ó como sea, 
habitaciones ó almacenes; y si un subdito británico no pudiese 
encontrar una casa ó almacén adecuada para habitar ó alma- 
cenar, las autoridades moras, le ayudarán á encontrar un 
sitio dentro de las localidades generalmente señaladas para las 
habitaciones de los europeos; y si hubiese en la ciudad un ter- 
reno conveniente para fabricar casa ó almacenes, podrá en- 
trar en un arreglo por escrito con las autoridades del pueblo, 
relativo al número de años que el súddito británico retendrá 
la posesión del terreno y fábricas, á fin que asi pueda reem- 
bolsarse de los desembolsos en que haya incurrido; y nin- 
guna persona podrá obligar al subdito británico á que entregue 
las casas ó almacenes hasta que no haya espresado el tiempo 
mencionado en dicho documento. No se les obligará á que pa- 
guen ningún tributo ni contribución bajo pretesto alguno. Es- 
tarán exentos de todo servicio militar bien sea por tierra ó 
por mar de empréstitos forzosos y de toda contribución es- 
traordinaria. Sus casas, almacenes y todas las propiedades 
destinadas para residencia ó negocios, serán respetadas. 

Ninguna visita ó registro arbitrario se hará en las casas de 
los subditos británicos, y ninguno de sus libros, papeles ó 
cuentas serán examinados arbitrariamente ó inspeccionados; 
estas medidas podrán ser solamente egecutadas en conformi- 
dad con las órdenes y consentimiento del Cónsul general ó 
cónsul. Y generalmente S. M. el sultán promete que los sub- 
ditos de S. M. británica residentes en sus estados y dominios, 
gozarán de la misma seguridad personal y de propiedad tan 
plena y amplias com(» son acreedores á gozar los subditos del 
emperador de Marruecos en los territorios de S. M. británica. 

S. M. británica por su parte promete asegurar á los subdi- 
tos de S. M. el sultán residentes en los dominios británicos, 
el goce de la misma protección ó privilegios que gozan ó pue- 



476 EL HONOB 

dan í^ozar los subditos de las naciones mas favorecidas. 

Art. 5.'> Todos los subditos y comerciantes británicos que 
quieran residir en alguna parte de los dominios del sultán de 
Marruecos, tendrán una perfecta seguridad para sus propias 
personas y para sus haciendas: estarán en libertad de prac- 
ticar los ritos de su propia religión sin intervención ni impedi- 
mento alguno; podrán tener un cementerio para sus difuntos, 
les será permitido salir fuera á enterrarlos yendo y volviendo 
con toda «seguridad y protección. Podrán libremente nombrar 
á cualquiera que gusten de sus amigos ó sirvientes para la 
transacción de sus negocios, bien sea en tierra ó en el mar, 
sin prohibiciones ni interrupción alguna, y si un comerciante 
británico hubiese en un buque dentro ó fuera de uno de los 
puertos del sultán de Marruecos, le será permitido ir á su 
bordo solo ó con los amigos ó criados que quiera, sin que él, 
sus amigos ó criados estén sujetos á ninguna contribución 
forzosa por haberlo hecho. 

Art. 6." Cualquiera persona que sea subdito de la Gran 
BretaQa ó que esté bajo su protección, no será obligado á ven- 
der ó comprar cosa alguna sin su libre voluntad, ni podrá sub- 
dito alguno del sultán de ^Üarruecos tener derecho á reclama- 
ción sobre alguno de los efectos de algún comerciante británico 
á escepcion de lo que el tal comerciante le dé voluntariamente 
y nada se llevará de ningún comerciante británico, mas que 
lo que esté convenido entre las partes respectivas. 

Estas mismas reglas se observarán en los dominios de Su 
Magestad británica con respecto á los subditos marroquíes. 

Art. 7,0 Ningún subdito de S. M. británica ni persona al- 
guna que esté bajo su protección, podrá ser obligado en los 
dominios del sultán de Marruecos á pagar una deuda (jue 
deba otra persona de su nación, á menos que no se haya he- 
cho responsable ó fiador por el deudor por un documento 
firmado de su propio puño y de la misma manera los súditos 
del sultán de Marruecos, y no podrán ser obligados á pagar 
una deuda que deba otra persona de su nación, á menos que 



DE ESPAÑA. 477 

no se haya hecho responsable ó fiador por un documento fir- 
mado de su propio puño. 

Art. 8.f> En todos los casos criminales ó querellas y en to- 
das las diferencias civiles, disputas ó causas de litigio que pue- 
dan ocurrir entre los subditos británicos el único juez y arbitrio 
será el Cónsul general, el cónsul ó vice-cónsul ó agente con- 
sular británico. Ningún gobernador, cadí, ü otra autoridad 
mora podrá intervenir en ello, y los subditos de S. M. bri- 
tánica, en todos los asuntos civiles y criminales que existan ó 
resulten entre subditos británicos esclusivamente, estarán so- 
metidos solamente a! tribunal del Cónsul general, cónsul ü otra 
autoridad británica. 

Art. 9." Todos los criminales ó querellas y todas las dife- 
rencias civiles, disputas ó causas de litigio que resulten entre 
los subditos británicos y los subditos del gobierno marroquí, 
serán arreglados del modo siguiente: 

Si el demandante es subdito británico y el demandado sub- 
dito moro, el gobernador ó el cadí, según las respectivas cor- 
tes á que el caso pertenezca, será el solo juez de la causa, 
haciendo su aplicación el subdito británico al gobernador ó 
su diputado, quien tendrá derecho de estar presente en la corte 
durante se examine toda la causa. 

De la misma manera si el demandante es subdito moro y 
el demandado subdito británico, el caso se referirá al solo jui- 
cio y decisión del Cónsul general, cónsul, vice-cónsul ó agenle 
consular británico; el* demandante hará su aplicación por con- 
ducto de las autoridades moras y el gobernador moro, el cadi 
li otro oficial que sea nombrado por ellos, estará presente, si 
así lo desean durante se examine y se sentencie la cansa, en 
caso que el litigante moro ó británico no estuviese satisfecho 
con la decisión del Cónsul general, cónsul, gobernador ó cadí 
(según la respectiva cortea que pertenezca) tendrá el dere 
cho de apelar al encargado de negocios de S. M británica ó al 
comisionado moro de asuntos estrangeros, según sea el caso. 

Art. 10. Un subdito cristiano que cite en una corte mora ó 
un subdito del sultán de marruecos por una deuda contraída 



478 EL HONOR 

en los (lominins de la reina de la Gran Bretaña, será necesa- 
rio que presente un reconocimiento de la deuda escrito en ca- 
racteres europeos ó árabes y firmado por el deudor moro en 
presencia de ó testificada por el cónsul ó agente consular mo- 
ro, ó por un notario británico, si es un lugar donde no hay 
cónsul, vice-consul ó agente consular moro. Todo documento 
que esté atestiguado ó certificado por el cónsul ó aj^^ente con- 
sular moro ó por "un notario británico, tendrá toda fuerza y 
valor en un tribunal moro. Si en algún tiempo un deudor mo- 
ro se fugase á alguna ciudad ó lugar de Marruecos, donde la 
autoridad del sultán esté reconocida y donde no haya ningún 
cónsul ó agente consular británico, el gobernador raoro obli- 
gará al deudor moro á venir á Tánger ó á algún otro punto ó 
plaza de Marruecos, en donde el acreedor británico deseare 
para proseguir la reclamación ante el tribunal' moro. 

;V t. H. Si en algún tiempo el cónsul general británico ó 
alguno de los cónsules, vice-consules ó agentes consulares bri- 
tánicos tuviesen ocasión de solicitar del gobierno raoro la asis- 
tencia de soldados, guardias, botes armados ó otra ayuda con 
el objeto de arrestar ó transportar algun subdito británico, 
esta petición será inmediatamente conce:iida, pagando los es- 
tipendios mensuales que dan los subditos moros en tales oca- 
siones. 

Art. 12. Si algun subdito del sultán se encontrase ante el 
cadi, reo de producir evidencia falsa, causando daño ó perjui- 
cio á un subdito británico, será severamente castigado por el 
gobierno moro según la ley mahometana. Del mismo modo 
el cónsul general, el cónsul, el vice-consul ó agente consular 
británico, cuidará que todo subdito británico que fuese convicto 
de la misma ofensa contra un subdito moro, será severamente 
castigado según las leyes de la Gran Bretaña. 

Art. 13. Todos los subditos británicos bien sean mahome- 
tanos, judies ó cristianos, gozarán del mismo modo todos los 
derechos y privilegios concedidos por el presente tratado y por 
el convenio de comercio y navegación que también ha sido 



DE ESPAÑA. 479 

concluido hoy, ó los que en cualquier tiempo sean concedidos 
á la nación mas favorecida. 

Art. 14. En todos los casos criminales, diferencias, dis- 
putas, li otras causas de litigio entre subditos ó ciudadanos 
de otras naciones estrangeras, ningún gobernador, cadí ú otra 
autoridad mora tendrá derecho de intervenir ni entrometerse, 
á menos que algún subdito moro haya recibido algún daño á 
su persona ó hacienda, en cuyo caso la autoridod mora ó uno 
de s! s oficiales tendrá el derecho de estar presente en el tri- 
bunal del cónsul. 

Estos casos serán solamente decididos en el tribunal de 
los cónsules estrangeros, sin la intervención del gobierno mo- 
ro, según los usos establecidos que hasta la presente han ac- 
tuado ó que en adelante puedan convenir entre los tales cón- 
sules. 

Art. 15. Queda arreglado y convenido que, ninguna de las 
altas partes contratantes deberá á sabiendas recibir ó retener 
en su servicio naval ó militar desertores de aquella otra parle: 
pero que al contrario cada una de las partes contratantes, de 
berá respectivamente despedir de su servicio tales desertores, 
siendo solicitado que lo haga por la otra parte 

Ademas, queda convenido que si alguno de la tripulación 
de algún buque mercante de cualquiera de las partes contra- 
tantes (no siendo esclavos, ni subditos de la parte á quien se 
haga la demanda) desertase de tal buque en algún puerto en 
el territorio de la otra parte, las autoridades de tal puerto ó 
territorio, estarán obligadas cuando haya hecho la aplicación 
el cónsul general ó cónsul de la parte concerniente, á dar toda 
la asistencia que esté en sus facultades, para la aprehensión 
de tales desertores, y ninguna persona cualquiera que sea de- 
berá proteger ni albergar tales desertores. 

Art. i 6. Los subditos británicos que profesen la fé de Ma- 
homa ó que hayan profesado la religión mahometana, no se- 
rán considerados como haber perdido en manera alguna ó de 
ser por esta razón menos acreedores en ningún grado á los de- 
rechos y privilegios y á toda la protección que gozaren los 



480 KL HONOR 

subdilos bnlánicos que son crislianos: pues todos los subditos 
británicos de cualtjuier religión que fueren, gozarán todos los 
derechos y privilegios que les están asegurados por el pre- 
sente tratado á lodos los subdilos británicos sin distinción ni 
dií'erííncia alguna. 

Arl. 17. Todos los subdilos de la reina déla Gran Breta- 
ña que se hallen en los dominios del sullan de Marniecos, bien 
sea en tiempo de paz ó de guerra, gozarán de perfecta liber-^ 
tad para marcharse á su pais ó á otro cualquiera en sus pro- 
pios buques ó en los de otra nación cualquiera; igualmente 
estarán libres'de disponer como gusten, de todos sus bienes y 
propiedad de cualquier clase y de llevarse el importe de tales 
bienes y propiedad; como también de llevar consigo sus fami- 
lias y domésticos aun cuando hayan nacido y se hayan criado 
en África, ó en cualquiera otra parte fuera de los dominios 
británicos, sin que nadie pueda intervenir ni evitarlo bajo pre- 
teslo alguno. 

Todos estos mismos derechos serán igualmente conce- 
didos á los subditos del sultán de Marruecos que se hallen 
en los dominios de la Gran Bretaña. 

Art. 18. Si algún subdito de S. M. británica ó algún na- 
tivo de un estado ó lugar que esté bajo la protección bri- 
tánica, muriese en los dominios del sultán de Marruecos, nin- 
gún gobernador li oficial del sullan podrá bajo pretesto alguno 
disponer de los bienes pertenecientes al difunto y iodo lo que 
estuviese bajo sus manos y en su poder tomarán posesión de 
ello las personas elegidas por él para ese objeto, y nombra- 
das en su testamento como herederos, esto es, si estuviesen 
presentes; pero en caso que el lal heredero ó herederos se ha- 
llasen ausentes, entonces el Cónsul general» el cónsul ó su 
diputado, después de haber hecho una lista ó inventario de 
todo, especificando cada artículo correspondiente, tomará po- 
sesión de todos sus efectos y propiedades hasta que lo en- 
tregue al heredero del íinado. Pero si el finado hubiese falle- 
cido sin haber hecho testamento, el Cónsul general, el cónsul 
ü su diputado, tendrán derecho á tomar posesión de toda la 



DE ESPAÑA. 481 

hacienda que haya dejado y conservarla para las personas que 
por la ley sean acreedores á la propiedad del difunto; si el fi- 
nado dejase crédilos contraidos por algunos individuos, enton- 
ces el gobernador de la plaza, ó bien aquellos que tengan po- 
der para ello» obligarán á los deudores á que paguen sus 
deudores, al Cónsul general, el cónsul ó á su diputado para be- 
neficio del estado del difunto; como igualmente si el finado de- 
jase débitos contraidos por él con algún subdito del sultán de 
Marruecos, el Cónsul general, el cónsul ó su diputado ayudará 
al acreedor á cobrar su reclamación del estado del difunto. 

Art. 19. El presente tratado será generalmente aplicable 
á todos los dominios de S. M. Británica, á todos los subditos 
que estén bajo su protección y obediencia y á todos aquellos 
que habiten en alguna ciudad ó lugar, que se considere como 
parte de su reino, como también á todos sus subditos en Gi- 
braltar y sus habitantes, igualmente á los habitantes de los 
Estados-Unidos de las islas Jónicas que están bajo su protec- 
ción; y todos aquellos que son llamados ó representados co- 
mo ingleses, serán considerados como subditos británicos, sin 
hacer distinción alguna, entre los nacidos dentro ó los nacidos 
fuera de la Gran Bretaña; y si la reina de la Gran Bretaña, 
mas adelante poseyera un pais ó una ciudad, la que bien sea 
por conquista ó por tratado, entrase bajo su autoridad, toda 
su gente y habitantes, serán considerados como subditos bri- 
tánicos aunque sea por la primera vez que están sujetos á la 
Gran Bretaña. 

Art. 20. Los subditos de la reina de la Gran Bretaña y 
aquellos que estén bajo su gobierno y protección tendrán todo 
el pleno beneficio de los privilegios y de los favores particu- 
lares concedidos por este tratado y los que puedan conceder- 
se á los subditos de otras naciones que estén en guerra con 
la Gran Bretaña; y si después de esta fecha, algunos otros 
privilegios fuesen concedidos á alguna otra potencia, los mis- 
mos serán estendidos y aplicados en todos sentidos, en favor 
de los subditos británicos, como á los subditos de la tal otra 
potencia. 

61 



r4S2 . EL HONOR 

Arl. 21. Si un subdito del sultán de marruecos se em- 
barcara con sus bienes á bordo de un bu(|ue perteneciente á 
una nación (|ue estuviese en guerra con la reina de la Gran 
Bretaña y ese buque fuese apresado por un buque de guerra 
británico, el dicho subdito marroquí como también tjdos sus 
efectos (con tal que no sean de contrabando de guerra) no 
será molestado, ni encontrará oposición alguna, al contrario 
tanto él, cuanto sus bienes que tenga á bordo del buque apre- 
sado, estarán libres y él estará en libertad de ir donde guste. 
Del mismo modo si un subdito británico tomase pasage á 
borde de un buque perteneciente á una nación en guerra con 
el sultán de Marruecos, y ese buque fuese apresado por un 
corsario, el tal subdito británico no será molestado ni sus bie- 
nes que tenga á bordo (con tal que no sea contrabando de 
guerra) ni se le opondrá en nada y tendrá libertad para mar- 
char donde guste con sus bienes, sin impedimento ni demora. 

Art. 22. Si cualquier buque británico que- esté debida- 
mente comisionado apresase un barco y lo llevase á un puerto 
en los dominios del sultán de Marruecos; los apresadores po- 
drán vender la tal presa ó los frutos que tenga* á bordo, sin 
que nadie se lo impida, o bien estarán en libertad de marcharse 
con su presa y llevarla á cualquier otro lugar que gusten. 

Art. 25. Si á algún buque británico le diese caza algún 
enemigo estando á tiro de cañón de los puertos ó playas 
de los dominios del sultán de Marruecos, las autoridades lo- 
cales deberán respetarlo y defenderlo en todo lo que puedan, 
y del mismo modo los buques de Marruecos serán protegidos 
en todos los puertos ó costas de los dominios de la Reina de 
la Gran Bretaña. 

Art. 24. Si un corsario que no pertenezca á la Reina de la 
Gran Bretaña, ni al sultán de Marruecos, tuviese patente de 
corso, de una nación en guerra con la Gran Bretaña ó con Mar- 
ruecos, á su corsario no se le permitiráquedar en ningún puerto 
de mar de ninguna de las dos partes, ni vender sus presas en 
ellos, ni cambiar sus presas ó cargamentos por otras mercan- 
cías, y á ningún corsario de esa clase se le permitirá comprar 



DE ESPAÑA. 483 

provisiones, escepto las que sean absolutamente necesarias 
para un viage, al punto mas cercano de su país. 

Art. 25. Si un buque armado perteneciente á una nacioni 
que está en guerra con la Gran Bretaña, se encontrase en al- 
gún puerto del sultán de Marruecos, y al mismo tiempo su- 
cediese encontrarse también allí un buque británico, á ese tal 
buque enemigo de la Gran Bretaña, no se le permitirá que 
embargue el buque británico, ni que se le haga daño alguno; 
y tampoco se le permitirá al dicho enemigo, salir en perse- 
cución del buque británico, hasta que no hayan pasado veinte 
y ocho horas, después de la salida de dicho buque, esto es, 
si las autoridades del puerto tuviesen suficiente poder para 
detener el buque enemigo. 

La misma regla se observará con los buques del sultán de 
Marruecos ó sus subditos en todos los puertos de ¡a Reina de 
la Gran Bretaña. 

Art. 26. Si algún buque de guerra británico ó b; reos mer- 
cantes entrasen en uno de los puertos del sultán de Marruecos 
y estuviesen necesitados de provisiones ó refrescos, los tales 
buques estarán en libertad de comprar lo que necesiten ai pre- 
cio corriente del dia, libre de derecho, pero la cantidad no de 
berá esceder á lo que soa suficiente para el sustento del capi- 
tán y tripulación durante el viage al puerto donde estuviese 
el buque destinado, y asimismo las provisiones que se necesi- 
ten diariamente para la manutención de la tripulación durante 
eltiempoqueel buquepermanezca anclado en el puerto marroquí. 

Art. 27. Los buques ó botes fletados por orden del go- 
bierno británico para conducir las malas ó estén ocupados por 
el gobierno británico bajo contrata para el inismo servicio, se- 
rán respetados y tendrán los mismos privilegios como buques 
de guerra, sino traen ó llevan artículos de mercancía de 
uno á otro puerto del sultán de Marruecos, pero si llevan al- 
guna mercancía dé un puerto de estos dominios, pagar.m los 
mismos gastos que cualquier otro buque mercante. 
"Art 28. Si algún buque perlenecieíile á los subditos ó á 
los habitantes de los dominios de cualquiera de las partes con- 



484 EL HONOR 

tratantes, enlra.se en uno de los puertos del otro, y no desease 
ir al fondeadero, ni manifestar su cargo, ni venderlo en ese 
punto, no se le podrá obligar á que lo haga ni nadie podrá 
averiguar ni registrar de modo alguno para saber su conte- 
nido; pero los oficiales de la aduana podrán poner una guardia 
á bordo del buque por todo el tiempo que esté anclado para 
evitar todo tráfico ilícito. 

Art. 29. Si un buque británico con un cargamento, entrase 
en uno de los puertos del sultán ds Marruecos, y desease des- 
cargar la parte del cargo que estuviese destinada para ese 
punto, no se le podrá obligar á que pague los derechos, mas 
que á la parte del cargo desembarcado, y no se le exigirá 
ningún derecho sobre el resto del cargo que queda á bordo, 
y estará en libertad de marcharse con el restante de su 
cargamento al lugar que guste. Eli manifiesto del cargamento 
de todo buque, se entregará á su llegada á los administra- 
dores de las aduanas moras, á quienes se les permitirá re- 
gistrar el buque á su llegada ó salida, ó poner una guardia 
á bordo para evitar cualquier tráfico ilegal. 

La misma regla se observará en los puertos británicos 
respecto á los buques moros. 

El capitán del buque á la salida de un puerto moro, de- 
berá presentar un manifiesto del cargamento de los renglo- 
nes espertados, certificado por el cónsul ó vice-cónsul, y de- 
berá enseñar el manifiesto á los administradores cuando se 
exijan, para que puedan justificar que no se han embarcado 
artículos de contrabando. 

Art. 50. A ningún capitán de un buque británico, en un 
puerto de Marruecos, ni á ningún capitán de buque moro en 
un puerto británico, se le podrá obligar á llevar pasageros 
ni efectos de ninguna clase contra su propia voluntad, ni 
será forzado á salir á la vela para un punto adonde no quiera 
ir, su buque no será molestado ó injuriado en manera alguna. 

Art. 31. Si algún subdito del sultán de Marruecos fle- 
tase un buque británico para conducir mercancías ó pasage- 
ros de un punto á otro en los dominios de Marruecos y en el 



DE ESPAÑA. 485 

curso del viage, el tal buque fuese obligado por causa del 
mal tiempo ú otro accidente en los mismos dominios, no es- 
tará obligado el capitán á pagar anclaje ó algún otro derecho 
por motivo de haber entrado en tal puerto; pero si el tal bu- 
que descargase ó cargara en ese puerto alguna carga, el dicho 
buque será tratado como cualquier otro. 

Art. 32. Cualquier buque británico que sufra averia en el 
mar y entre en uno de ios puertos del Sultán de Marruecos 
para componerse será admitivo y asistido en todas sus nece- 
sidades mientras permanezca en el puerto y durante su com- 
postura ó á su salida para el punto de destino, y si los artícu- 
los que requiere para su reparación se encontrasen de venta 
en el tal puerto, se comprarán á los precios normales que otros 
paguen y no será de manera alguna molestado ó impedido de 
proseguir su viage. 

Art 33. Si un buque perteneciente á la Reina de la Gran 
Bretaña ó á algunos de sus subditos, fuese á tierra ó naufraga- 
se en alguna parte del Sultán de Marruecos, deberá ser respe- 
tado y asistido en todas sus necesidades, en conformidad con 
las reglas de amistad, y el tal buque y todo su contenido, car- 
gamento ó los efectos que puedan salvarse al tiempo ó después 
del naufragio, serán conservados y entregados á sus dueños ó 
al Cónsul general Británico, al cónsul ó á su diputado, sin pér- 
dida ni encubrimiento de cosa alguna. Si el buque naufragado 
tubiese á bordo algunos efectos que los propietarios deseasen 
vender en los dominios de Marruecos, los dueños deberán pa- 
gar en esos efectos los derechos requeridos; pero si los efectos 
que están á bordo del buque, han sido embarcados en algún 
puertos de los dominios, no se les exigirán otros derechos en 
adición á los que ya han pagado, bien sea por importación ó 
esportacion, y los dueños tendrán el derecho de vender esos 
efectos en Marruecos, ó bien embarcarlos, según gusten. 

El Capitán y la tripulación estarán en libertad de proceder 
al punto que gusten y cuando quieran, sin ningún impedi- 
mento, del mismo modo serán tratados los buques del Sultán 
de Marruecos ó de sus subditos en los dominios de la Reina do 



486 KL HO.NOK 

la ÍTi-an Bretaña; siendo entendido que lo^, tales buques eslá'^'^ 
rán sometidos á los mismos derechos legales de salvamento á 
que están sugelos los buques británicos. Si un buque británico 
naufragase en Vagum ó en alguna parte de su costa, el Sultán 
de Marruecos pondrá en fuerza todo su poder para salvar y 
proteger al capitán y tripulación hasta que vuelvan á su pais; 
y el cónsul general británico, ó el cónsul ó su diputado, serán 
permitidos informarse y averiguar, todo cuanto puedan, sobre 
el capitán y tripulación (leí buque, á fin de que pueda encon- 
trarlos y librarlos de aquella parte del pais; y los gobernado- 
res de esos puntos, nombrados por el Sultán de Marruecos, de- 
berán igualmente ayudar al cónsul ó á su diputado, en sus ave- 
riguaciones en conformidad á las leyes de amistad. 

Art. 34. S. M. la Reina de la Gran Bretaña y S. M. el 
Sultán de Marruecos se comprometen á hacer lodo lo que esté 
en su poder para la estincion de la piratería, y especialmente 
el Sultán se comprom^íle hacer sus mayores esfuerzos para 
descubrir y castigar todas las personas de sus costas ó en sus 
dominios, que sean reos de tal cpímen y que ayudará á S. M. 
Británica al mismo efecto. 

Art. 55. Si algún subdito ó uque de cualquiera de las dos 
parles hiciese alguna cosa contraria á alguna de las condiciones 
de este tratado, bien sea con intención ó sin ella, no por eso, se 
perturbará la paz y amistad que está estipulada, pero si queda- 
rá conservada, fija y siempre durable, sobre las bases de since- 
ridad, hasta que se le mande una comunicación al soberano del 
agpesor, quien en el entretanto no será molestado y si algún sub- 
dito de cualquiera de las dos partes, desease ó intentase violar 
estelralado, ó alguna de suscondiciones, su soberanocstará obli- 
gado á corregirlo, y castigarlo con severidad por su conducU'i- 

Art. 56. Si este tratado de paz y amistad entre las áoA 
partes contratantes fuese infringido que Dios no permita, y é\ 
en consocnencia de tal infringimienlo se «leclarase la guerra, 
lodos los subditos de la Reina de la Gran Bretaña y lodos los 
que están bajo su protección de cualquier grado ó clase que 
ácan, que se encontrasen en los dominios del Sultán de Marrue- 



DE ESPAÑA. 487 

eos, se les permitirá marchar á cualquier parte del mundo que 
gusten y podrán llevarse sus bienes, propiedades y estableci- 
mientos, sus familias y criados, sean o no británicos de naci- 
miento y se les permitirá embarcarse á bordo de cualquier bu- 
que que ellos elijan de otra nación. Ademas, si ellos lo pidie- 
sen se les concederá un periodo de seis meses para arreglar 
sus asuntos, para vender sus efectos, ó para hacer lo que gus- 
ten con su propiedad, durante tal periodo de seis meses, ten- 
drán plena libertad y perfecta seguridad para sus personas y 
hacienda, sin intervención daño ó impedimento alguno por cau- 
sa de tal guerra y los gobernadores ó autoridades los asistirán 
y ayudarán en el arreglo de sus asuntos y en el cobro de las 
sumas que les deban sin tardanza, disputa ó delación alguna. 
Todo esto será del mismo modo concedido á los subditos del 
Sultán de Marruecos en todos los dominios de la Reina de la 
Gran Bretaña. 
Art. 37. Este tratado será anunciado y publicado á los súb- 
. ditos de ambas partes, para que ninguno de ellos quede igno- 
rante, de sus condiciones, y se prepararán y mandarán copias 
á los gobernadores y personas de autoridad á quienes está 
confiada la renta y gastos y también á todos los puertos de 
mar, y á los capitanes de los corsarios pertenecientes al sultán 
de Marruecos. 

Art. 58. El presente tratado será ratificado por S. M. la 
Reina de la Gran Bretaña y por S. M. el sultán de Marruecos 
y las ratificaciones serán cangeadas en Tánger lo mas pronto 
posible dentro de cuatro meses, á contar desde esta fecha. 

Guando las ratificaciones del presente tratado y del con- 
venio de comercio y navegación, que también ha sido concluido 
hoy entre las dos altas partes contratantes, hayan sido can- 
geadas, las estipulaciones de dicho tratc.do y convenio estarán 
inmediataiDcnle en operación y serán sustituidas por las esti- 
pulaciones de todos los anteriores tratados entre la Gran Bre- 
taña y Marruecos. 
En testimonio de lo cual los respectivos plenipotenciarios han 
níirmado el presente tratado y fijado á el sus- respectivos sellos. 



488 EL HO>ÜK 

Hecho en Tánger el noveno dia de diciembre en el año de 
mil ochocientos cincuenla y seis, correspondiendo á la fecha 
mora del décimo dia del mes de liabbea 2do en el año 1275 — 
Firmado (L S) Mohanmel k'halib. — Firmado (L S) J. H. Dru- 
ramon Ilav. 



IXl 



CONVENIO de comercio y navegación entre la Gran Bre- 
taña y Marruecos. 
Eneko.— 1857. 



PREÁMBULO. 



S, M. la Reina del Keino Unido de ia Gran Bretiña ó Ir- 
landa y S. M. el sultán de Marruecos y Fez, deseando eslen- 
der y aumentar las relaciones de comercio y navegación que 
existen entre los respectivos dominios y subditos, han resuelto 
concluir un convenio español para ese obgelo y han nombrado 
como sus plenipotenciarios es á decir: 

S. M. la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña é Ir- 
landa á D. Juan Hay Drummond Hay, su encargado de nego- 
cios y cónsul general en la corte de S. M. el sultán de 
Marruecos. 

Y S. x\I. el sultán de Marruecos á Sidi-Mohamet-Ketib su 
comisionado de negocios estrangeros, los que después de ha- 
berse comunicado uno al otro sus respectivos plenos poderes, 
han convenido y concluido los artículos siguientes: 

Art. 1.° Habrá una recíproca libertad de comercio entre 
los dominios británicos y los dominios del sultán de Marrue- 
cos. Los subditos de S. M. británica pueden residir y negó- 



DE ESPAÑA 489 

ciar en cualquier puerto de los territorios del sultán de Mar- 
ruecos, en donde cualesquiera otros forasteros están ó sean 
admitidos. . 

Le será permitido alquilar casas y fabricar casas y alma- 
cenes según está esli[)ulado en el art. 4.'' del tratado general 
de esta fecha. 

Gozarán plena protección para sus personas y haciendas 
según está esplicado en el art. 4.^ del tratado general. Les 
será permitido comprar ó vender de quien ó á quienes ellos 
gusten, todos los efectos que no estén prohibidos en el ar- 
tícuJo segundo de este convenio, bien sea por mayor ó menor 
y en todos los puntos de los dominios marroquis, sin ser res- 
tringido ó perjudicado por ningún monopolio contrata ó pri- 
vilegio esclusivo de comprar ó vender cualquier cosa, escepto 
los efectos de esportacion é importación enumerados en el ar- 
tículo segundo, y aun mas deberán gozar todos los derechos 
y privilegios que mas adelante puedan concederse á otros es- 
trangeros subditos ó ciudadanos de la nación mas favoiecida. 
En retorno, ios subditos del sultán de Marruecos deberán 
gozar en los dominios de S. M. británica la protección y pri- 
vilegios que gocen ó puedan gnzar los subditos ciudadanos de 
la nación mas favorecida. 

Art. 2-" El snltan de Marruecos se compromete á abolir 
todos los monopolios ó prohibiciones en los efectos de impor- 
tación esceptuando tabacos, toda clase de pipas para fumar, 
opio, azufre, pólvora, salitre, plomo, armas de todas clases y 
municiones de guerra, y ademas de abolir todos los monopolios 
de productos agrícolas ó de otro renglón cualqniera que sea 
en los dominios del sultán, escepto sanguijuelas, curtido, ta- 
baco y otras yerbas que se usan para fumar en pipas. 

Art. 3." Ningún tributo, portazgo, derecho ú otro cualquier 
gasto, ademas del derecho de esportacion mas adelante men- 
cionado, será bajo pretesto ni cuenta alguna impuesto por nin- 
guna persona en ninguna parte de los dominios del emperador 
de Marruecos sobre ó respecto los efectos ó productos ({ue 
hayan sido comprados por un subdito británico para esporta- 

62 



490 EL HONOR 

cion ó por cuenta suya, pero estos dichos efectos y producios 
cuando estén comprados, podrán conducirse de cuahiuier punto 
y eníibarcarse en cuahiuier puerto de Marruecos, absolutamente 
libres y exentos de todos los tributos, portazgos, derechos ó 
gastos cuahí niara que sean. 

Ningún perinico, documento ó símil será necesario para 
poder ser embarcados ó conducidos y ningún empleado ó sub- 
dito del sultán pondrá restricción ó impedimento alguno en la 
conducción ó embarque de tales efectos (escepto ios efectos ó 
producios que el sultán de Marruecos prohiba esporlar como 
está convenido en el art. 5.°) ni bajo prelesto alguno pedirá ó 
recibirá dinero alguno por cuenta ó respecto á tales efectos, y 
si algún oficial ó subdito obrase en contrario á esta condición,-' 
el sultán inmedialamenle castigará con severidad al goberna- 
dor, oficial ü otro subdito que hayan sido reos de esta mala 
conduela y haré plena justicia á los subditos británicos por 
todos los daños ó pérdidas que hayan sufrido siendo debida- 
mente piobados. 

■ Art. 4.'' Los subditos de S. M. británica, en los dominios 
de S. M. el sultán, podrán libremente manejar sus propios ne- 
gocios por sí mismos, ó confiarlos al manejo de las personas 
que nombren como corredor, factor ó agente, á estos tales sub- 
ditos británicos, no se les podrá poner;restriccion en ^I nom- 
bramiento de las personas para que a(íluen en esa capacidad- 
ni se les exigirá salario ó remuneración alguna para una per- 
sona que no quieran emplear; pero estas personas que estén 
así empleadas y que son subditos del sultán de Marruecos, se- 
rán tratados y considerados como los otros subditos de los do- 
minios marroquíes. 

Una absoluta libertad se le concederá en todos casos al 
comprador y al vendedor, para tratar y ajuslar entre ellos; y 
ninguna intervención por parte de los oficiales del sultán será 
permitida. Si algún gobernador ú otro oficial interviniese en los 
ajustes enlre los subditos británicos y subditos moros, ó pusie- 
sen algún impedimento en la venta ó compra lícita y legal de 
efectos ó mercancías importados, ó para ser esportados de los 



I 



DE ESPAÑA. 491 

doQilnios del sullan, S. M. Jerefiana, severamente castigará al 
dicho oficial por su mal comportamiento. 

Art. 5/ Si en algún tiempo el sullan de Marruecos creyese 
propio prohibir la esportacion de sus dominios de alguna clase 
de grano ú otro renglón de comercio á los subditos británicos, 
de ningún modo se les evitará embarcar todos losgranos ú otros 
efectos que tengan en sus almacenes, ó que hayan sido com- 
prados antes de la tal prohibición; pero si se les permitirá con- 
tinuar esportando todo lo que tengan en su poder, durante 
el término de seis meses, desde que públicamente se sepa la 
tal prohibición, y en el dia que la orden del sultán de Mar- 
ruecos, locante á la prohibición, llegara y fuese publicada 
á los comerciantes los subditos británicos, en el término de 
dos dias, deberán manifestar y dar pruebas de las cantidades 
de productos que tengan en los almacenes, sobre los cuales se 
les impone la prohibición y también presentarán certificados 
legales, respecto á la cantidad de dicho producto que hayaa 
comprado en el interior, ó en otra cualquiera parte, antes de 
haber sido promulgada la orden para la prohibición; y nin- 
guna prohibición bien sea de importación ó esportacion de cual- 
quier renglón, será aplicable á los subditos británicos, á menos 
que la misma sea también aplicable á los subditos de todas 
las otras naciones. 

Árt. 6. Después de la fecha de este convenio, con escep- 
clon de los renglones enumerados en el artículo segundo, to- 
das las HKircancías, ó efectos importados por subditos en cual- 
quier pais, no serán prohibidos en los dominios del Sultán de 
Marruecos ni sujetos á mayores derechos que los impuestos en 
la misma clase de mercancías ó efectos importados por subdi- 
tos de otra potencia estrangera ó por subditos nativos, con es- 
cepcion de los efectos enumerados en el artículo segundo, to- 
dos los (jue sean productos de Marruecos podrán ser esporta- 
dos de alli por los subditos británicos en cualquier buque, ea 
los mismos términos favorables, como los subditos de otro pais 
estrangero ó como subditos nativos. 

Art. 7.° En consideración de los términos favorables coa 



492 EL HONOK 

que se admiten los producios de Marruecos en los dominios de 
S. M. británica y con la mira de eslender el {^^ro mercantil en- 
tre la Gran Bretaña y Marruecos para su muluo beneficio 
S. M. el sultán de Marruecos por la presente conviene; en que 
los derechos que se deberán exigir en los dominios de Marrue- 
cos en lodos los efectos importados por subditos británicos no 
esc-iderán de diez por ciento sobre el valor pagadero en metá- 
lico, en el puerto donde desembarquen y (jue los derechos que 
se exigirán en todos los efectos esportados de los dominios del 
Sultán por subditos británicos no escederá en cantidad á los 
derechos señalados en la tarifa siguiente. 



IV 



TARIFA DE ESPORTACiON. 



Renglones. 

Trigo por fanega rasada 

Maiz y Zahina (alora) por fanega colmada. . 

Cebada, . ¡d rasada 

Todo otro grano. . . id colmado. . . . 

Harina Cantar. . . . 

Alpiste 

Dátiles . . . . 

Almendras 

JNaranjas, limones y limas. . . . 1000. 

Orégano. • . .' Canlar. 

€omino 

Aceite. (( 

Gomas. . • « 

Alheña . « 

Cera. a 

Arroz a 

Lana lavada « 

Id. sucia. . . . • « 

Cueros, pieles de cabra y carnero. , . « 
Cueros, curtidos llamados Felaly, Zanany Co- 



Duros. Onzas:. 

"~1 ' ""' 

ll2 i 

1|2 1 
1|2 

! 12 

i 40 

! 55 

. 12 

\ 20 

• 50 
I 20 

15 

, 120 

16 

80 

• 35 
36 



DE ESPAÑA. 

chinea « 

Astas 1000. 

Sebo • Cantar. 

Mulos. , ... uno 

Asnos « 

Carneros. « 

Cabras. . , « 

Gallinas docena 

Huevos 1000. 

Babuchas 100. 

Púas de puerco espin 1000. 

Alganil Cantar. 

Plumas de avestruz libra 

Espuertas 100. 

Alcaravea . Cantar. 

Peines de madera 100. 

Pelo Cantar. 

Pasas « 

Fajas de lana karazy 100. 

Facaot (un tinte Cantar, 

Vellones « 

Cáñamo y lino. « 



25 
5 
1 



493 

I 100 
! 20 
50 



15 
22 
51 
70 

5 
lo 
36 
30 
20 

5 
30 
20 
100 
20 
36 
40 



El Sultán de Marruecos tiene el derecho de prohibir cual- 
quier renglón de esportacion; pero cuando se imponga la pro- 
hibición en alguna será en conformidad con lo arreglado 
en el artículo 5.^ y cuando se quite la prohibición para la 
esportacion de esos efectos, los derechos anotados en la ta- 
rifa, serán los que únicamente se pigarán. Con respecto al tri- 
go y cebada, si el sultán creyere propio prohibir la esporta- 
cion de estos renglones y desease vender á los comerciantes el 
grano que pertenece al gobierno lo hará al precio que el sul- 
tán crea propio imponer. Si el sultán aumentase ó bajase el 
precio del grano, se le concederá al comprador, para espor- 
lar el que haya comprado, el periodo marcado en el arl. 3. o 
pero si el grano estuviese libre para esportarse, los derechos 
impuestos en él serán en conformidad con lo marcado en la 
tarifa. 

Si el sultán de Marruecos creyese propio reducir los dere- 



494 EL HONOR 

chos en los renglones de esportiicioii, S, M. tendrá el derecho 
de hacerlo, bajo la condición (jue los subditos británicos paga- 
rán el mas bajo derecho que sea pagado por otros subditos, 
bien eslrangeros ó nativos. 

Art. 8." Si un subdito británico ó su agente, desease con-' 
ducir por mar, de un punto á otro en los dominios del sul-» 
tan de Marruecos, efectos en los cuales, el derecho de diez por 
ciento, haya sido pagado, estos efectos no estarán sujetos á otro 
derecho en su embarque, con tal que vayan acompañados 
de un certiíicado del administrador de aduanas marroquí. 

Art. 9> Si algún renglón de producción ó manufactura 
mora (escepto de los efectos enumerados en el art. 2. o) son 
comprados para esportacion, estos serán conducidos por el co- 
merciante británico al sitio de embarque, libre de todo gasto 
ó derecho cualquiera; subsiguientemente cuando lo esporte, 
pagará solamente el derecho de esportacion según la tarifa en 
el art. 7."^ 



Art. 10. Ningún derecho deanclage, tonelage, importación 
ú otro gasto cualquiera, será exigido en los dominios del sultán 
de Marruecos á los buques británicos, que esceda á los que 
son ó puedan ser exigidos á los buques nacionales, ó á la mis- 
ma clase de efectos importados 6 esportados en buques nacio- 
nales; y ademas na deberán esceder en importe lo tasado á 
continuación, á saber: 

Seis muzunas ó blanquillos por tonelada será impuesto en 
lodo buíjue británico (escepto vapores) que no esceda de dos- 
cientas toneladas de medida, sobre todo buque no siendo va- 
por, midiendo mas de doscientas toneladas, el siguiente pago 
se exigirá á saber: las doscientas toneladas á razón de seis mu- 
zunas, y las restantes á razón de dos muzunas cada una. Si el 
administrador de la aduana tuviese alguna duda respecto al 



DE ESPAÑA. 495 

número de loneladas manifestadas por el capitán de un buque 
británico, el cónsul ó vice-cónsul británico, si se lo piden, de- 
berá hacer que enseñe los papeles del buque en donde las to- 
neladas estén oficialraente representadas. Los mismos' gastos 
tendrán en todos los puertos de Marruecos, escepto en Rabat 
y Larache, en los cuales, cuatro muzunas por tonelada se pa- 
gará por pilolage del rio si el buque entra en él, y cuatro 
muzunas por la salida; tres muzunas por tonelada pagará tam- 
bién por anclage todo buque que entre en el rio, sin embargo 
si un buque no entrase en el rio, pagará los mismos derechos 
que se pagan en otros puertos. En Mogador pagarán los bu- 
ques británicos cuatro muzunas por tonelada de pilolage, sola- 
mente por la entrada en el puerto, y seis muzunas por to- 
nelada de anclage. 

Si el capitán de un buque británico en cualquiera otro 
puerto, necesitara un piloto, pagará por él á razón de dos 
muzunas por tonelada; pero este gasto no se le exigirá mas 
que cuando el capitán del buque necesite de piloto. 

La suma de diez y seis duros se le impondrá por anclage 
á un buque-vapor que entre en un puerto de los dominios mar- 
roquíes, con el obgeto de descargar algún cargamento. Si des- 
pués el dicho buqno prosiguiese de ese puerto á algún otro ú 
otros en los dominios de Marruecos, y á la llegada á estos, 
embarca ó desembarca algún cargamento, la mencionada su- 
ma de diez y seis duros le será otra vez impuesta; pero si el 
dichoi vapor en su viage de retorno entrase en un puerto moro, 
donde los derechos de puerto hayan sido ya pagados, ningún 
otro gasto de anclage se le impondrá á menos que el dicho va- 
por parta para un segundo viage á un puerto moro, ó que 
durante su viage de retorno haya tocado en algún puerto, que 
no sea uno en los dominios marroquíes, en cuyo caso el men- 
cionado derecho de diez y seis duro^» le será otra vez impuesto. 
El gasto de anclage de un vapor del porte de ciento y cin- 
cuenta toneladas ó menos, no será mas que lo que pague un 
buque de vela del mismo tamaño. 

Los capitanes de buques pagarán en adición á los dichos 



49(5 EL HONOR 

gastos las siguientes sumas, á los oficiales del puerto y nin::un 
otro pago le exigirá, á saber: 

Un buque (pie mida veinte y cinco ó menos toneladas, 
veinte onzas: uno que esceda de veinte y cinco y no pase de 
cincuenta toneladas, cuarenta onzas, uno (|ue no esceda de 
cincuenta y no pase de cien toneladas, sesenta onzas, uno 
que esceda de cien y no pase de doscientas, o:;lienla onzas; uno 
que esceda de doscientas toneladas, cien onzas. 

fin adición á estos gastos, el capitán de todo buque bri- 
tánico que visite el puerto de Tetuan, pagará diez onzas por 
el raensagero que conducirá los papeles del buque desde el 
puerto de Martin á Tetuan; cinco onzas al trompetero que 
anuncie la llegada del buque y tres onzas al pregonero pú- 
blico y ningún otro pago se exigirá en el puerto de Teluan. 
Ningún gasto de anclage se le impondrá á los buques britá- 
nicos que entren en los puertos de Marruecos, con el propó- 
sito de buscar abrigo del mal tiempo y que no embarquen ni 
descarguen cargamento alguno, ni tampoco se le exigirá de- 
recho de anclage á los barcos pescadores. 

Y de la misma manera ningún derecho de anclage, tone- 
lage, importación ú otros gastos ó derechos, les será impuesto 
en los dominios británicos á los buques moros, ó á los efec- 
tos importados ó esportados en buques moros, que esceda á 
lo que se impone ó pueda ser impuesto á buques nacionales, 
ó la misma clase de efectos importados ó esportados en buques 
nacionales. 

Art. 11. Si los subditos británicos tuviesen que cargar ó 
descargar los buques llegados á los puertos de Marruecos, 
emplearán para este obgeto los botes del gobierno moro; pero 
si en el término de dos dias después de la llegada del buque, 
los botes del gobierno moro no estén puestos á su disposición 
para dicho obgeto, los subditos británicos tendr.ln el derecho 
de emplear botes particulares, y en ese caso no pagarán á las 
autoridades del puerto mas que la mitad de lo que hubieran 
pagado si hubiesen empleado los botes del gobierno. Este re- 
glamento no será aplicable á los puertos de Tánger y Tetuan 



DK ESPAÑA.. 497 

por la razón que en estos puertos hay un suficiente número 
de barcazas del gobierno. Los gastos de barcaza que al pre- 
sente se pagan en los diferentes puertos de Marruecos, no se- 
rán aumentados, y e! administrador de aduanas de cada puer- 
de Mariuecos, entregará al vice-cónsul británico una tarifa 
de los precios que ahora exigen por las barcazas. 

Art. 12. Los artículos de este convenio serán api cables á 
todos los puertos del imperio de Marruecos y si S. M. el Sul- 
tán de Marruecos abriese los puertos de Mehedea, Agadiró Va- 
dura, ó algunos otros dentro de los limites de los dominios de 
S. M. ninguna diferencia se hará en el impuesto de derecho- 
ó anclage entre dichos puertos y los otros puertos de los dos 
minios del Sultán. 

Art. 13. Si un subdito británico fuese descubierto intro- 
duciendo en contrabando efectos de cualquier clase en los ter- 
ritorios marroquíes, estos efectos serán confiscados parael sul- 
tán,, y el tal subdito británico, siendo convicto ante ei cónsul 
general, cónsul, vice-cónsul ó agente consular británico, esta- 
rá sujeto á ser multado en una suma que no esceda del triple 
de los derechos impuestos en tales efectos, ó en caso que nó 
sean admitidos á importación, se multará en triple el valor de 
los renglones al precio corriente del dia y faltando al pago de 
estas multas, el dicho subdito británico, siendo convicto como 
va dicho, sin ser multado pued;3 ser encarcelado, pero en am- 
bos casos, el tiempo de prisión no pasará de un año, y el sitio 
será donde determine el cónsul general, cónsul, vice-cónsul, ó 
agente consular británico. 

Art. 14. Con el fin de que las dos altas parles contratantes 
pueden tener mas adelante la oportunidad de tratar y conve- 
nir algunos otros arreglos, que puedan conducir aun mas el 
aumento de su mutuo comercio, y al progreso de los intereses 
de sus respectivos subditos queda convenido que en cuahjuier 
tiempo, después de haberse cumplido cinco años de la fecha 
de haberse cangeado las ratificaciones de este presente conve- 
nio de comercio y navegación, cualquiera de las altas partes 
contratantes, tendrán el derecho de pedir á la otra, de entrar 

63 



498 EL HONOR 

en una revisión de la misma, pero hasta lanío que se haya 
efecUiado la lal revisión por conseulimienlo nuestro y un nuevo 
convenio haya sido concluido y ratificado, el presente convenio 
quedará en plena Tuerza y efecto. 

^■(Art. 15. El presente convenio será ratificado por S. M. la 
Reina de la Gran Bretaña y por S. M. el sultán de Marruecos, 
y las ratificaciones serán cangeadas en Tánger al mismo tiem- 
po que las ratificaciones del tratado general, firmado hoy en- 
tre las altas partes contratantes. 

Cuando las ratificaciones del presente convenio y del dicho 
tratado general hayan sido cangeadas las, estipulaciones del di- 
cho tratado y convenio, entrarán en operación dentro de tres 
meses, y serán sustituidas por las estipulaciones de todos los 
anteriores tratados entre la Gran Bretaña y Marruecos. 

En testimonio de lo cual, los respectivos plenipotenciarios 
han firmado el presente tratado y fijado á él sus respectivos 
sellos. 

Hecho en Tánger el noveno dia de diciembre de rail ocho- 
cientos cincuenta y seis, correspondiendo á la fecha mora del 
décimo dia del mes de Rabbea 2do en el año 1273. 



VI. 



El general en gefe visto el mal resultado que hablan tenido 
las negociaciones de la paz, se decidió por continuar hacia ade- 
lante su marcha triunfadora. 

Era menester herir á los marroquíes en los dos elementos 
mas poderosos de su imperio. 

Es decir, en los dos puntos que para ellos reasumían su 
poder comercial y militar. 

Estos dos puntos eran Tetuan y Tánger. 

El primero ya se habia conseguido, ya furmaba por decirlo 
así, uno de los mas preciados y ricos brillantes de la corona 
de España. 



DE ESPAÑA. 499 

El segundo era el que faltaba conseguir. 

Esto fué lo que se trató de hacer, y para esto se dieron las 
órdenes oportunas. 

El general O'Donell cuya previsión y tino especial hemos 
tenido ocasión de admirar mas de una vez, no la desmintió en 
este caso. 

Gomo que para efectuar este movimiento, necesariamente 
habían de separarse de la costa, la escuadra no podia prote- 
gerles como hasta entonces lo había hecho, llevando provisio- 
nes y conduciendo heridos. 

"' '' El egército debía llevar ya consigo todo lo necesario, y lo- 
do lo que era consiguiente para todos los percances ijiie pu- 
dieran ocurrir si en el camino se empeñaba alguna acción. 

Para este efecto habían salido comisionados para Oran co- 
mo dígimos anteriormente, con el objeto de comprar camellos. 

Al mismo tiempo se hacían grandes acopios de víveres y 
municiones en Tetuan, para abastecer al egército durante al- 
gunos días. 

Y al par, se comunicaba la orden al general Echagüe de 
que dejando solo en el Serrallo algunos batallones, viniera á 
incorporarse con el grueso de las fuerzas espedicíonarias. 

Con general entusiasmo, se recibió en el campamento del 
serrallo semejante noticia. ••* 

^''^- La división allí acampada llevaba ya largos días de inac- 
ción, y para aquellos valientes, la calma, no era lo mas ape- 
tecible. "^J 

Sin embargo, en medio de esta alegría, había un senti- 
miento. 
•'^ No podia marchar toda la división. i JibüJ 

Seis batallones tenían que quedarse para guardar los reduc- 
tos, y los que marchaban sentían separarse de sus compaíleros, 
asi como estos sentían no poder tener la suerte de los otros. 

El general Gaset, fué el destinado para permanecer al 
frente de aquellos seis batallones. ••' 

Nuestros amigos Andrés y Miguel, y el conde de Campo 
Florido, fueron de los que mas se alegraron. 



50t> EL no. ÑOR 

Luis pensaba reunirse con su am¡¿50 Alberto. 
Miguel preveía que quizá en cualquiera de las acciones que 
se diesen podía encontrar una bala que le llevase al otro mundo. 

Y Andrés, no pensaba mas, sino que se le presentaba una 
nueva ocasión en (|ue demostrar su valor, y castigar á los mar- 
roquíes. 

Y todos tres como el resto de la división se encontraban 
animados de los mejores deseos, y dispuestos ha hacer huir 
despavoridos á los fanáticos sectarios del Islam. 

El dia cuatro de iMarzo era el destinado para la partida. 

Toda la noche anterior se habían estado despidiendo los 
unos (le los otros. 

Despedidas tiernas y conmovedoras casi todas ellas, pues 
en el tiempo que habían llevado de campaña, se cimentaron 
amistades muy profundas, como son generalmente aquellas en 
las que entra por mucho la gratitud. 

Muchos de los que marchaban habían salvado la vida á sus 
compañeros en algunos combates, y vice-versa, algunos de los 
que se quedaban habían salvado á los que se iban. 

Pero todo aquello quedó sepultado en el silencio y la oscu- 
ridad de la noche, y cuindo las tropas formaban para po- 
nerse en marcha, ya no se adveitia en aquellos rostros mar- 
ciales el menor síntoma de debilidad. 

También el general Echagüe sintió el separarse de aquellos 
bravos que tantas veces había conducido á la victoria. La alo- 
cución que dirigió á estos al separarse para penetrar otra vez 
en su senda de gloria, es una prueba de ello. 

Nuestros lectores no creemos que verán con disgusto la ci- 
tada alocución, que á continuación insertamos, y que dice así: 

SOLDADOS: 

))Cumpliendo con las órdenes del Excmo. Sr. General en 
gefe de este egércilo, salgo mañana para Teluan con ocho ba- 
tallones, la caballería y la artillería de montaña del cuerpo 
de mi mando. 

)»Ai separarme de las tropas que lo componen, llevo coi- 



i E ESPAÑA. 501 

migo el sentimiento de que no me acompañen en las nuevas ope- 
raciones que van á emprenderse; pero abrigo la convicción de 
que en este punto donde quedan, sabrán mantenerse en la al- 
tura en que se encuentra el crédito y la reputación tan jus- 
tamente adquirida en doce gloriosos combates. 

))Voy en esta íntima convicción, tanto por el valor y dis- 
ciplina con que os habéis conducido, como por las seguridades 
de acierto é inteligencia en el mando que ofrece el digno ge- 
neral Gasset, que quedj mandando esta línea. 

«Continuad^ soldados, mostrándoos como hasta aquí dig- 
nos de defender los derechos y la honra de la nación espa- 
ñola, que os admira y os tiene por sus hijos mas predilectos, 
y dejareis así satisfechas sus esperanzas, las de S. M. la Reina 
y los deseos de vuestro general. — iichagüe.» 

Momentos después de formadas las tropas y dadas las ór- 
denes necesarias, se dio la orden de partida, y los ocho bata- 
llones con la artillería y la caballería, se pusieron en marcha 
hacia Tetuan. Algunos vivas hubo por unos y otros, y todos 
ahogando los sentimientos, hijos de sus afecciones particula- 
res, hicieron nuevos votos, los que marchaban por conseguir 
nuevos laureles, y los que se quedaron porque sus compañe- 
ros volvieran sanos y llenos de gloria. 



502 



EL HONOK 



" — TTÍl 



lili 



U 



CAPITULO XXXVII. 



En que procuramos sacar á nuestros lectores de una ansiedad. — Ataque 
de las tribus riffeñas á la plaza de Melilla. — Consideraciones sobra el 
estado actual de los marroquíes. — Acción del día i i de Marzo. — 
Vuelven á pedir nuevas treguas los enemigos. 



I. 




EsiiAUAN nuestros lectores saber induda- 
blemente el como Zobeita se había pre- 
sentado tan inopinadamente y el resul- 
tado de aquella entrevista tan brusca- 
mente interrumpida. 
Creemos que no se habrá olvidado 
que el padre de Zobeiba, Kabo de la tribu de Raahc-el-Seric, 
habla muerto en uno de los combates habidos con nuestras 
tropas. 

Toda la tribu so había desordenado y su hija participó tam- 
bién de la emigración general. 

El judio Isaac, como vecino y vecino rico del pueblo, co- 
nocía al kabo y á su familia. 



DE ESPAÑA. 505 

Zobeiba y Ester habían sido amigas en otro tiempo y con- 
tra el desprecio de que generalmente eran objeto los judios, 
Mahomet habia siempre buscado el trato y la amistad de Isaac. 

Y aun hubiérase dicho que á veces el anciano hebreo eger- 
cia un ascendiente especial sobre el iracundo kabo de la tribu 
de Raahc-el-Seric. 

Hay entre casi todos los personajes que juegan en nuestra 
novela un misterio tal, que nosotros no acertamos á compren- 
der y sobre el que únicamente podrán darnos alguna luz aque- 
llas memorias que Alberto dejó en poder de Clara la hija de 
los marqueses de Belmente. 

En el transcurso de nuestra obra á fuer de novelistas pro- 
curaremos descubrir el contenido de aquellas memorias para 
participárselo á nuestros lectores, hasta entonces, no podemos 
hacer mas que dejar s'iguir los acontecimientos, y quizá estos 
nos den alguna luz sobre los misterios que á cada paso S3 pre- 
sentan á nuestra vista. 

Zobeiba como hemos dicho ya conocía á Isaac y á Ester. 

Obligada á abandonar su pueblo marchó á Tetuan acompa- 
ñada de Jafar aquel antiguo esclavo confidente en otro tiempo 
de sus amores con Garlos. 

Y pasaron los días y Zobeiba siguiendo las costumbres de 
su pueblo salia muy raras veces de la casa de un pariente 
donde se habia refugiado. 

Sin embargo llegó el 6 de Febrero y las huestes españolas 
penetraron en la población. 

í"' Un vago presentimiento anunciaba á la hija de Mohamet 
que Carlos existia. 

Aquel presentimiento tomó tal fuerza en su imaginación 
que olvidando las preocupaciones de su raza, se lanzó á bus- 
carlo y durante muchos dias, disfrazada, recorrió casi todos 
los puestos militares de la población. 

Franqueó las puertas y reconoció los campamentos y no 
podía encontrar á Carlos. 

Y aquel pensamiento deque existia y de que existía aman- 
do á otra muger cada vez era mas grande mas violento. 



504 EL HONOR 

Y Iras un dia de desengaños volvía á emprender al siguiente 
con nueva fé sus pesquisas. 

Por fin una mañana se encontró á Isaac. 

Al verlo un rayo de luz iluminó su mente. 

Carlos habia sido herido por ella en otro tiempo á la puerta 
misma de la casa del hebreo. 

Este pues debia saber su paradero si existia. 

Dirigióse á él y se dio á conocer. 

Deseó volver ayer á Ester y el hebreo también fué com- 
placiente en este punto. 

Por otra parte él habia ignorado siempre que el vulto en- 
cubierto que hirió á Garlos en la puerta de su casa habia sido 
Zobeiba. 

Esta pues acompañada de Jafar y precedida de Isaac llegó 
á su morada. 

El judio la indicó la habitación de Ester y la joven se diri- 
gió hacia ella. 

Nuestros lectores saben ya en que situación abrió la puerta 
de la estancia. 

A las dos esclamaciones de sorpresa que exhalaron ambos 
amantes alreconocerla, la mora arrojó una carcajada insensata. 

La vista de Carlos, de aquel Carlos á quien ella habia 
creido muerto la hubiera colmado de una alegría infinita. 

Pero verlo vivo y haciendo protestas de amor á otra mujer, 
la habia trastornado completamente. 

Crispadas las manos, contraidos los labios y dilatados sus 
ojos estraordinariamente fijaba una mirada vidriosa, intensa y 
asombrada, sobre aquel grupo que habia turbado completa- 
mente su espíritu. 

A su carcajada primera se siguió otra y otra y otra y aque- 
lla risa convulsiva estridente aterradora tenia mudos y llenos 
de espanto á nuestros dos amantes. 

Y sobre la cabeza de Zobeiba se destacaba otra cabeza, 
informe, monstruosa que fijaba unos ojos do fuego sobre Gar- 
los y Ester. 



DK espaNa. 505 

Y las carcajadas de Zobeiba continuaban acompañadas de 
estremecimientos nerviosos. 

La huérfana de Mohamel se habia vuelto loca. 

Y poco á poco sus risas fueron disminuyendo su fuerza y 
su duración. 

Y aquella cabeza diforme que sobre la suya se alzaba son- 
reía también. 

Del fondo negro de su rostro se destacaban dos ojos brillan- 
tes y una boca cuyos blancos dientes se descubrían al entrea- 
brirse sus labios por medio de una sonrisa, sonrisa muda, pe- 
ro satánica, estremecedora. 

Por fin Zobeiba empezó á sucumbir, sus fuerzas se habían 
aniquilado y tras una carcajada que fué progresivamente dis- 
minuyendo su vibración inclinó la cabeza hacia atrás y hubiera 
caído al suelo, sí los robustos brazos del esclavo no la hubie- 
ran sostenido tan á tiempo. 

Jafar estaba á su espalda y de Jafar era aquella cabeza 
monstruosa cuya boca sonreía cruelmente y cuyos ojos lanza- 
ban miradas que espresaban una satisfacción mas cruel todavía. 

La cogió con sus nervudos brazos y antes de que nadie pu- 
diera oponerse, sin que ninguno de los dos sospechara lo que 
iba á ha;er, tras una carcajada de triunfo, desapareció por la 
escalera. 

Aun resonaban los gritos de triunfo por la brillante acción 
del día cuatro, cuyo resultado fué la ocupación de la plaza de 
Tetuan por nuestro egército, cuando una noticia triste, vino á 
empañar en cierto modo el brillo de aquella acción. 

La noticia á que nos referimos fué el ataque de las kabilas 
de Benicedel á la importante plaza de Melilla. 

Las tropas encargadas de la defensa de esta ciudad, esta- 
ban al mando del brigadier Buceta, gobernador de la plaza, y 
cuyo nombre á decir verdad inspiraba temor en todas las cer- 
canías raarroquís, por las duras lecciones que en épocas an- 
teriores había dado á los enemigos de las armas españolas. 

Sus disposiciones en esta ocasión ó no fueron tan acertadas 
ó no produjeron el resultado apetecido. 

64 



500 ÉL- Honor 

No seremos' nosotros tos que nos atrevámos'á 'calificar Li 
conducta de Buce la. 

Pendiente, si no estancos equivocados, se halla una suma- 
ria sobre este asunto, y cuando, los ilustrados jueces que de 
ella entienden pronuncien su fallo, entonces sabremos si hubo 
ó no culpabihdad en el Gobernador. 

ffasla tanto dejando á un lado esta cuestión seguiremos en 
nuestro propósito de referir á nuestros lectores brevemente el 
ataque á dicha plaza. 

El dia O de Febrero, el mismo día en que nuestras tropas 
entraban triunfantes en Tetuan tuvo noticia el brigadier Bu- 
ceta de que las kabilas de Benicedel que desde el dia anterior 
guardaban las posiciones enemigas, acababan de colocar un ca-' 
ñon en la tronera de la batería de la Horca. 

A tal noticia, y pensando si el enemigo se prepararla á hos- 
tilizarnos, reunió á todos los gefes y oficiales de la guarnición 
y convino una salida al campo enemigo. 

Esta salida tuvo lugar al dia siguiente. 

Una fuerza de unos 600 hombres se posesionó sin resisten- 
cia del fuerte conocido con el nombre de «Ataque seco» y de 
otros dos mas. 

Dejáronse en ellos algunos refuerzos y la columna siguió 
su desembarazada marcha hasta las alturas de la Horca, des- 
de cuyo punto, y ño juzgando conveniente, internarse mas den- 
tro, se retiraron sin que en toda la jornada hubiese esperimen- 
tado la menor pérdida. 

La posesión permanente por nuestra parle del fuerte Ata- 
que seco habia sido muy importante para la plaza. 

De ello persuadido su gobernador dispuso que en el siguien- 
te dia se fortificase, mejor para lo cual se procedió á la cons- 
trucción de nuevos parapetos. 

Precedióse á llevar á cabo esta orden, pero el enemigo no 
permaneció en la misma actitud tranquila que el dia anterior." 

Lejos de eso, su número habia aumentado considerable- 
mente, pues sus filas habían sido engrosadas con las fuerzas 
de los pueblos inmediatos. 



DE ESPAÑA. 507 

Componían ya un número respetable, y con el que se debía 
andar con algún cuidado. 

No obstante se contentaron con hostilizar de lejos á las 
tropas destinadas á proteger los trabajos de fortificación, los 
cuales continuaron los dias ocho y nueve, sin que produjeran 
en ellas grandes pérdidas. 

Pero ya bien entrada la noche del último dia que hemos 
citado y cuando nuestras tropas descansaban de sis tareas, 
cayeron en número muy considerable sobre ellas y se apode- 
raron de las posiciones y fortificaciones construidas. 
r: i Cuatro oficiales y cuarenta soldados muertos y unos ciento 
treinta de ambas clases heridos, atestiguan que las posiciones 
fueron heroicamente defendidas. 

Cuantos esfuerzos en la misma noche se hicieron para re- 
conquistar lo perdido, fueron completamente inútiles, las posi- 
ciones eran fuertes y el número de sol lados con que para con- 
seguir el objeto se contaba, escasísimo. 

Con todo, portáronse con bizarría y denuedo toda vez que 
■en tan corto número lograron impedir que los moros se apo- 
derasen de la ciudad, que estuvo á punto de caer en su poder. 
' • ' ¿Quién prestaría á los riffeños la audacia con que atacaron 
en esta ocasión tanto mas de notarse, cuanto que estaban co- 
mo en un capitulo anterior hemos indicado, vencidos moral- 
mente, ademas de haberlo sido veinte veces consecutivas en 
el campo de batalla? 

El buen orden con que se batieron, la prudencia que de- 
mostraron, y el sigilo en que se mantuvieron tan contrario á 
su arraígala costumbre de manifestar su contento con gritos 
y algarabía salvages, prueban en esta ocasión, ó algo eslra- 
ordínario les sucedía, ó que eran dirigidos y obedecían á una 
inteligencia superior á la mas prevílegiada de entre los suyos. 

En el discurso de nuestra narración procuraremos descu- 
brir á nuestros lectores este misterio, contentándonos ahora 
solo con apuntar los hechos sin comentarios. 



508 KL rtoiiOK 



II 



La campaña de África debía necesariamente entrar en e^ 
segnndo periodo, después de la negación de los moros á las 
condiciones de paz impueslas por la España. 

Hay razas, hay dinastías, hay hombres mejor dicho, que 
llevan sobre si un sello de fatalidad que imprimen á todas las 
acciones que empeñan en su vida. 

Sidi-Mohamet el sucesor de Muley-Adderraman era uno de 
estos hombres. 

Los reinos son como las flores, tienen sus dias de aseen- 
cension y sus dias de decadencia. 

Brillan las flores dos ó tres dias, reinan en la pradera cual 
señoras, y al cabo de ellos se marchitan apesar á't los impo- 
tentes esfuerzos que hacen para conservar su dominio y su 
señorío. 

Si repasárnosla historia de todas las naciones del mundo, 
encontraremos la verdad de esta comparación, 
-ii^.} Las naciones tienen su aurora, su cénit y su ocaso, y ge- 
iOeralmente el ocaso de estas suele ser terrible. 

El último y de una nación es generalmente triste y des- 
garrador. 

(]omo las rosas hacen impotentes esfuerzos para conservar 
---SU nacionalidad é independencia, su soberania y su poder. 

Pero jay! la vida de las flores tiene marcado su término 
i,por la naturaleza, y los destinos de las naciones lo tienen en 
la mente de Dios. 

Marruecos, el reino de aquellos califas opulentos, el país 
dominado por la raza de los Merinidas, aquella nació sub- 
yugada y engrandecida por los Muleys, debia caer caduca 
y envegecida bajo el dominio débil é indolente de Sidi-Moa 
hamet. 



I)fc ESPAfíA. 509 

Su advenimiento al trono fué el principio de la ruina ¿qI 
mp erio. im hh feí»! étíúoi f^u M^ tú v mihix 

Muley-Ysmail, Muza y otros habían elevado á Marruecos á 

una altura inmensa. 

Muley- Adderraman y su hijo habían de conducirlo hacia su 
ocaso. 

- Guando era simple principe y general de las tropas de su 
padre, perdió la batalla de Ysly y vio á las águilas francesas 
estampar por do quiera su potente garra, cerniéndose en el es- 
pacio, reinas de toda la Argelia. 

Emperador ya, las luchas civiles y las ambiciones han gas- 
tado sus tesoros y han desmembrado sus reinos, haciendo que 
muchas kabilas se declaren independientes. 

Mas tarde instigado por otra nación que ásu vez le ha en- 
gañado, se ha metido en una guerra en que ha perdido ter- 
renos, hombres, y en que ha visto el león de España, alzar 
como al águila francesa su cabeza erguida y coger entre sus 
garras uno de losfllorones mas preciados de su imperio, Tetuan. 

La perla de Guad-el-Jelú se ha desmembrado de sn impe- 
rio como Argel lo fué en años anteriores. ' 

Cuantos combates han presentado, otros tantos han perdido. 

Y en ese ocaso, en ese estertor agonizante por decirlo así, 
han hecho y hacen esfuerzos impotentes por recobrar esa ciu- 
dad que no han sabido y que no han podido defender. 

El ataque de Melilla es una prueba de esto. 
La acción del día once es la continua acción. 

Y la defensa del Fondahc para la cual se aprestan con 
tanto ardor, será el último suspiro de un pueblo que muere, 
al cual se seguirá inmediatamente el grito de alegría de un 
pueblo que nace. 

Dios pesa en la balanza de la justicia los deslinos de (as 
naciones. 

El fiel de esta balanza se ha inclinado por fin en nuestro 

favor ' ^^ fjn') n'i'íojl f;|f'>^-n ' o'm O^'í f!'H "' '■ ,' 

La España del siglo diez y nueve, no será la España de 
hierro del siglo quince, será la España civilizadora, que al im- 



510 EL HONOR 

poner sus loyes, impondrá sus adelantos, que son la prospe- 
ridad y la vida de todas las na iones. m 



JlJUS.tlÜ'J ^íIJ ÍILImJ íi 



III 



Un interregno de mas de un mes habia reinado entre el 
cuatro de febrero y el once de marzo. 

Y á consecuencia del primer dia, los moros hablan caído en 
UD desaliento profundo. 

La consecuencia de aquel fueron sus deseos hacia la paz. 

Pero á los buenos amigos de los marroquíes les parecieron 
demasiadas nuestras exigencias é incitaron á aquellos á que 
no nos concedieran lo que pedíamos. .,;.,.«, 

Las bravas kabilas del Riff quisieron trocar Tetuan por 
Melilla y sin entrometernos nosotros en detalles, sin analizar 
la conducta del brigadier Baceta, diremos que si bien estubie- 
ron á punto de conseguirlo, el resultado no correspondió á sus 
deseos, ni á las probabilidades que tuvieron. 

Sin embargo sns desinteresados protectores sus fieles ami- 
gos les aconsejaron que hicieran una tentativa sobre Tetuan y 
aquellas tribus indomables, aquellas kabilas feroces é insubor- 
dinadas se presentaron con suma arrogancia en la mañana del 
once de marzo. 

El cristianiimo, esa antorcha purísima de la civilización, 
estaba en aquel momento, celebrando uno de sus ritos, en la 
«Virgen de las victorias!)) en esa iglesia nacida por decirlo asi 
del Islamismo, en aquel templo consagrado á Dios y donde mo- 
mentos antes resonaban los ecos de los musulmanes recitando 
los rikates del Coran, se estaba diciendo Misa, era Domingo. 

Las tropas habían acudido y ofrecían aquel homenaje al 
Dios que las habia concedido la victoria en tantas batallas y 
por el que habían regado aquella tierra con su sangre. ) 

El General en Jefe, con su estado mayor oía también la 
Misa. í jil ¿la» ,íií>Diüjr ol^ít bb t' 




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DE ESPAl^A. 511 

De pronto como para hacer aquel hóiienage mas ferviente, 
vino á unirse á las plegarias que se exhalaban de todos aque- 
llos labios, el ruido sordo y prolongado del canon. 

El segundo acto del sangriento drama que habia empezado 
á representarse ante los muros de Ceuta, acababa de inaugu- 
rarse en la llanura del camino de Tánger. 

El cuerpo del general Echagüe fué el que empezó la cara- 
paña del Serrallo; al cuerpo del general Echagüe cabia la glo- 
ria de empezar la segunda parte. 

Un grupo considerable de ginetes, se habia presentado en 
e] camino que conduce á Tánger. 
""'"El cañou tronó y el grupo detuvo su marcha. 

El duque de Tetuan recibió la noticia y concluida la Misa 
se personó en el punto del ataque. 

. Su mirada de águila abarcó el espacio y con su perspica- 
cia, graduólas fuerzas del enemigo, comprendió los sitios por 
donde debia atacar, é inmediatamente formó su plan de de- 
fensa é inmediatamente el de ataque á su vez. 

Sin embargo dudando todavía de si las huestes musulma- 
nas se decidirían por empeñar un ataque formal, ó solamente 
por hacer un alarde de su fuerza, dispuso muy oportunamente 
reforzar los puestos avanzados v observar los movimientos del 
enemigo. 

Estos estaban aun á larga distancia de nuestras tropas. 

Seria cosa de la una cuando sus movimientos se hicieron 
mas perceptibles. 

Destacándose de la masa común que formaban, tres cuer- 
pos^ se dirigieron el uno hacia el frente de nuestro egército, 
hacia el Guad-el-Jelú el otro y el último á tomar las alturas 
que dominan el pueblo de Samsa. 

Visto este movimiento por el General en Jefe dispuso que 
eslubieran preparados para la defensiva los batallones restan- 
tes del primer cuerpo y que avanzase el segundo apoyado por 
la caballería y algunas baterías. 

Al mismo tiempo recibían la orden todo lo restante del 
egército de estar prevenido para lo que pudiera suceder. 



512 EL HONOR 

El (íiiemigo ontrelanlo abanzaba caiilelí)samenle„;j.„| ^q 
-'>, Muchas (Jo las Iropas (|U6,eo este (lia cnlraron en acción 
por parl(» do los inaiTO(|uíes perlonecian i las kabilas riífeña» 
que guarnecidas en sus rocas tienen por compañeros insepa- 
rables á los leones, á los Iílm-cs y á los chacales. 

De aipiellos lieaeiL^Jydói^ila arrogancia^ de eslí)s,^a as- 
tucia. ■ . • MI M ';(' ) '.1 I,!,') í . 'I 

Como consecuencia de esla se lanzaron protegidos por el 
terreno, atravesando el rio y cayendo coa fu rioso empuge so-* 
bre la izíjuierda de nuestro egércilo. 

Los vencedores de Anghera, aquellos mismos soldados que 
se hablan cubierto de gloria en ocasiones tan repelidas, fue- 
ron lambien los que en esta resistieron la pujanza marroquí. 

Los cazadores de Ahuera cargándoles denodadamente, los 
obligaron á repasar el rio. 

Es verdad que esta brillante carga cortó la pérvÜda del co^ 
mandante que des ipaieció. 

Pero ¡ay! la patria necesita para sus sacrificios espiatorios 
victimas, y estos mártires trazan la huella sangrienta porque 
deben de seguirles sus compañeros, incitándoles con su egem- 
pío y pidiendo junto al trono de Diosla victoria por la cual 
ellos se han sacrificado. 

Plasta esle momento la lucha empeñada entre vencedores y 
vencidos, entre los antiguos dueños ¡de Tetuan y los nuevos 
poseedores, habla sido parcial. 

Los soldados del frente y los que se hab.an colocado en 
las alturas del gamsa, no hablan hasta ahora tomado parte 
en el ataque. 

Hablan permanecido espectadores sileiiííipsos de la derrota 
que sus hermanos sufrían ásu izquierda. * ,* 

. Por ganar acaso el terreno perdido ó por dar nuevo aspecto 
á ja acción, se precipitaron los del centro con inusitado vigor 
sobre los nuestros. 

El general O' donnell, con esa previsión que en toda la 
campaña no la ha abandonado un momento, habia previsto el 
golpe y habia dado las órdenes mas oportunas para rechazarlo. 



oE espaNa. 5i5 

Dos baterías de artillería rompieron el fuego luego que es- 
tubieron á tiro. 

Nuestros artilleros con esa certeza y seguridad que los co- 
locan entre los primeros artilleros del mundo, hicieron bien 
pronto que el movimiento de avance de ios marroquíes, se con- 
virtiese en el mas espantoso desorden y precipitada fuga. 

Ya no faltaba para que nuestra victoria fuese cempleta, mas 
que desalojar de las alturas del Samsa a los que la ocupaban. 

Este era indudablemente el paso mas arriesgado y penoso 
que faltaba á nuestro egercito para completar la victoria. 

La subida á las cimas de Sibel-el-Dersa era en estremo 
difícil. 

A ellas se fueron agrupando y en ellas fueron tomando po- 
siciones las fuerzas marroquíes que tan mal habían defendido 
el centro y la izquierda que. ocupaban. 

Al general Prim, conde de Reus, cupo la honra de ser en- 
cargado por el general nn gefe, de desalojar al enemigo de 
aquella parte. 

La egecucion correspondió con los deseos del general. 

El conde de Reus, con aquella intrepidez que le caracteriza 
y aquel arrojo que tantas veces ha demostrado, tomó las po- 
siciones que se le habían indicado, arrojando de ellas la nu- 
merosa fuerza enemiga que los sostenía. 

En tan atrevida empresa fué ayudado por una batería de 
artillería que puso en completa dispersión á la caballería mora. 

El general Ríos por otra parte trepó con cuatro batallo- 
nes de su mando, y limpió el terreno de enemigos. 

Perdidas por este todas las posiciones que ocupara, se re- 
tiró á los altos montes de Gualdrás. 

No fueron hasta ellos seguidos por que la noche se había 
echado encima y su oscuridad impedía á los nuestros seguirles 
por tan inaccesibles alturas. 

Inaugurada tan felizmente la segunda época de la gloriosa 
campaña de \frica, de esperar es que como la primera sea co- 
ronada con la toma de la plaza de Tánger, sobre la cual nues- 
tro egercito se prepara á marchar. 



514 K\. HONOR 

Por poco pensadores que supongamos á los marroquíes, y 
por muy olvidadizos que sean, han debido de la derrota del 
dia once deducir dos importantes consecuencias. 

Primera. Que contando con los mismos elementos de de- 
fensa y ataque que en el primer periodo, el resultado del se- 
gundo, lia de serles tan funesto como les fué el del anterior. 

Segunda. Que por lo mismo, las condiciones de la nueva 
paz que necesariamente hablan de volver á solicitar, tendrían 
que serles mas gravosas, puesto que habrian de guardar re- 
lación con los mayores sacrificios hechos por parte de España. 

Estas consideraciones que á la vista saltan, debieron ocur- 
rirse también á Muley-Abbás en el momento mismo en que 
vio la derrota de las famosas kabilas en quienes tenia toda su 
confianza. 

y efectivamente Muley-Abbás pensó como dejamos dicho. 

Verdad es que tenia como la primera vez que luchar con 
las contrarias ideas de que abundaban algunos de sus princi- 
pales gefes instigados y dirigidos por influencias estrailas. 

No obstante, firme en su propósito porque para él era in- 
dudable el éxito de los futuros combates, escribió al conde de 
Lucena una carta, que le remitió con'su segundo y con el ge- 
neral de la caballería. 

Ignoramos el contenido de este documento que fué entre- 
gado al conde de Luceua por los emisarios del príncipe. 

Aquellos, que ya en esa ocasión se presentaron en nuestro 
campamento por las condiciones de la paz, vinieron ahora sú- 
bitamente, sin que de su comisión se trasluciese mas que lo que 
llevamos indicado. 

Cumplida ya, visitaron al general Prim, quien los recibió 
con las mismas consideraciones y deferencias que en la pri- 
mera vez, quedando admirados de su valor y caballerosidad. 

También manifestaron deseos de conocer al general Echa- 
güe, á quien no conocían por hallarse ausente, cuando dias 
antes se presentaron en nuestro campamento, y fueron con* 
ducidos á su tienda en la que permanecieron breves momeólos. 

Inútil es manifestar que fueron dignamente recibidos. 



m ESPAÑA. 515 

Tanto nuestros generales como los soldados que mandan, 
son modelos de aquella antigua hidalguía castellana que les 
hace ser valientes y esforzados en el combate, y corteses y ge- 
nerosos con el enemigo vencido. 



516 



CL HONOR 



— i TS j — ff.i>nfc 



■'rt — - , TJl 



G/kPITÜLO XXXVIII 



Zobeiba trata de vengarse.— El Riff. —Costumbres de los riffcños.— Reu- 
uion al aire libre. — Estraña aparición y sus resultados. 




AGE veinte y cuatro horas que Zobeiba 
ha visto á Carlos al laclo de Ester. 

Jafar arrebató entre sus robustos bra- 
zos á la hija del difunto Kabo de Raass 
el- Serie, v ambos desaparecieron. 
El negro cabalgó en un corcel, hijo 
del desierto, y momentos después, el ligero bruto salvaba los 
estribos de sierra Bermeja, y se perdió entre las escabrosida- 
des de la montaña. 

Negro como la noche el caballo, y negro el ginete, solo se 
destacaba de aquella masa oscura, el blanquecino bornuz de 
Zobeiba. 

Tenia aquel grupo algo de fantástico. 
La joven arrojaba de tiempo en tiempo una carcajada his- 
térica, estridente y aterradora. 



DK ESPAÑA. 517 

Y los ecos se repetían de montaña en montaña, de ca- 
verna en caverna, y á este rumor se iinia el galopar soste- 
nido del caballo que conducía tan estraña pareja. 

La noche había cerrado completamente. * 

Los apiñados nubarrones anunciaban que pronto, muy 
pronto, arrojarían de su seno torrentes de agua. 

Y el caballo siguió corriendo. 

Jafar, inclinaba de vez en cuando su boca hasta la oreja 
de su cabalgadura, y pronunciaba algunas palabras en un 
idioma desconocido, á cuvo eco redoblaba el corcel su deses' 
perada carrera. 

Y loma, tras loma, y bosque tras bosque, y tras este lla- 
nuras, atravesaban con la rapidez del torbellino. 

Y Zobeíba, desprendida la toca de su cabeza, dejaba flo- 
tar al viento las finas hebras de su negra cabellera. 

Sus ojos brillaban con un fuego sombrío. 

Vagaban sin obgeto sus miradas, y ora al cielo, ora á las 
montañas , ora al esclavo , contemplaban sus encendidas 
pupilas. 

Y no decia una palabra. 

Había concentrado por decirlo así, toda su voz, todas sus 
palabr.as en sus ojos. 

Jafar también la contemplaba de una manera particular. 

Tan ardientes sus pupilas como las de la mora, se fijaban 
en su rostro de una manera ávida e intensa. 

Y en aquella mirada se leían cien afectos diferentes. 
Había cariño, deseo, orgullo, cólera, celos y satisfacción. 
Pero era la satisfacción cruel de la venganza. 

Y cada vez corría mas el caballo. 

Y cada vez estrechaba con mas furia á la joven entre suá 
brazos. 

Y la agitación de la carrera, y el estado de escítacíon en 
que se encontraba, hacían palpitar con fuerza el corazón de 
Zobeiba. 

Aquellos latidos eran demasiado perceptibles, é iba dema- 
siado unida al negro, para que éste no los advirtiera. 



518 BL HONOH 

Y la agitación de él, solo era comparable á la de ella. 
Gruesas golas ó^. agua azotaban el rostro de los via^'eros. 
De pronto el paisage se hizo mas agreste, mas bravio. 
De un lado se luindia un precipicio horrible. 

üe otro se alzaban los elevados picos de altísimas mon- 
tañas. 

Al otro lado del precipicio se veian otras sierras. 

Y por el frente, rocas sobre rocas presentaban moles in- 
mensají de granito. 

Y entre las vertientes de los montes, besando sus faldas, 
bosques de encina y espesas cañadas. 

Una senda estrecha y tortuosa abierta entre los ásperos 
breñales, conduela tal vez á la cima de la montaña. 

Ginetes y caballos estaban fatigados estraordinariaraente. 

Y allí no podia Jafar, animar á su corcel, pues un paso mal 
(lado podia costarle la muerte. 

De pronto una carcajada de Zobeiba retumbó por el espacio. 

Una manga de aire agitó los bosques y los cañaverales, y 
aquel rumor sordo de las hojas, se unió á la bibracion de la 
carcajada de la joven. 

El caballo tropezó contra una peña, y durante un segundo, 
la vida de los cabalgadores estubo en un peligro inminente. 

[jñ juramento horrible se escapó de los labios del esclavo. 

Y como para servir de complemento á aquellos mil ruidos 
estraños, una cinta de fuego se estendió por encima de las ne- 
gras nubes, y un trueno prolongado y fuerte, retumbó por las 
sierras, y se repitió á lo lejos por las llanuras. 

Aquel panorama sombrío tenia mucho de raagnilico, y mu- 
cho de aterrador. 

Hablan penetrado en la parte montañosa del Riff. 

A la rápida claridad del relámpago, se habia podido dis- 
tinguir sobre la ci,ma de la sierra una casa. 

Zobeiba de nada de esto se habia apercibido. 

De pronto los cascos del corcel se asentaron sobre la me- 
seta del monte, y á los pocos pasos se veia la casa, que era 
sin duda una especie de posada donde hacían alto los viage- 



DE ESPAfÍA. 519 

ros, fatigados de la empinada cuesta, que hasta la cúspide de 
la sierra conducia. 

Eran las últimas horas de la noche. 

Por una especie de saetera que servia de ventana á la casa, 
se percibía alguna claridad. 

Bajo un cobertizo que al lado de la puerta se hallaba, ha- 
bía dos caballos ensillados. 

Jafar se dirigió á la puerta, y llamó. 

Una voz masculina contestó con un acento un tanto acre 
á aquel llamamiento. 

Entonces Jafar sacó de debajo de su alquicel un cuerno, lo 
llevó á sus labios, y un sonido débil y prolongado se exaló 
de él. 

Inmediatamente se notó un movimiento estraordinario en 
toda la casa. 

Se percibieron distintamente las pisadas de algunas perso- 
nas, y las luces que se divisaban por entre las rendijas de la 
puerta, demostraban que alguien se acercaba á ella. 

Efectivamente, aquella se abrió y tres hombres aparecie- 
ron bajo el arco que la formaba. 

Jafar habia bajado del caballo á Zobeiba y seguía soste- 
niéndola en sus brazos. 

Uno délos tres que habían aparecido en la puerta, llevaba 
una tea con la que alumbraba tanto á sus acompañantes como 
á los recien llegados. 

Al ver Jafar íi los otros dos personages, se daguerreolipó 
la sorpresa y el espanto en su rostro, y cogiendo otra vez á 
la mora, esclamó: 

— Ebu-Kaleb!.... 

Y dirigiéndose al cobertizo, cortó con su gumía, la cuerda 
que sujetaba uno de sus caballos, cabalgó sobre él sin soltar 
á Zobeiba, y espoleándole furiosamente, se dirigió en dirección 
opuesta á la que había traído. 

El personage que tan estraíla impresión había hecho en 
el negro, lo reconoció también, y al ver lo que hacia, se di- 
rigió á m compañero, y le dijo: 



520 RL HONOn 

— Pronlo, Mijab-Alí, que se nos escapa otra vez ese perro 
esclavo. 

Y sin cuidarse de si su compañero le seiíuia ó no, subió 
al olio caballo, y lomó la misma dirección que Jalar llevaba. 



II 



Estamos en el Riff en la parte que se esliende al frente de 
Melilla. 

Dos montañas dejan un claro suficiente para que á su pie 
corra un arroyo que en delerminadas estaciones al recibir las 
aguas de las sierras, se trasforraa en rio. 

Las dos márgenes que son las faldas de las dos Imontañas, 
dejan crecer espesos cañaverales que siguen á gran distancia 
el curso del arroyo. 

A la derecha de las montañas casi á la entrada de la lla- 
nura, hay un espeso bosque de encinas datileras y palmeras 
enanas en cuyo centro hay una especie de plazoleta circuida 
por asientos de madera toscamente trabajados. 

A lo lejos se ven llanos donde el maiz, el alcuzcuz y el 
trigo crecen en abundancia. 

Y cortando á trechos estos llanos, y cerrándolos finalmente, 
se ven altas moles de granito pico agudo de elevadas sierras, 
y sobre la cúspide de estas ó en la falda de aquellas aldeas cu- 
yos nombres se ignoran, aduares cuya denominación se desco- 
noce, y arroyos, y rios y campos y breñales cuya nomencla- 
tura nadie ha podido averiguar. 

En esas chozas, en esas casas, en esas tiendas elevadas 
en las riberas de los rios ó en los senos de los montes habita 
un pueblo feroz, como las lleras que abundan en su terreno sal- 
vage, como su naturaleza, é ignorante hasta el embrutecimiento . 

Son los Riffeños: 

Kabilas completamente independientes como ya hemos di- 



Í)K ESPAÑA. o2Í 

cho en otro lugar, no reconocen mas autoridad que la de sus 
Kabos, Y solo á ellos respetan. 

La autoridad del sultán es comjjletamente desconocida y 
rara vez los vokaris del emperador vienen á cobrar la garra- 
ma ó contribución, sin que tengan que andar á tiros con aque- 
llas ordas feroces é incivilizadas. 

Este es el pueblo en que vamos á penetrar. 

Antes de seguir adelante, varaos á dar á nuestros lecto- 
res algunas noticias respecto á la Rabilas del Riff, noticias que 
copiamos de las memorias del Sr. Alvarez, quien por desgracia 
tuvo ocasión de conocerlas muy de cerca. 



De las cinco Kabilas que forman el campo de Kalaya, que 
estiende sus confines hasta ¡os muros de Melilla, una de las 
mas fuertes por su estension y número de moradores, es la 
que lleva el nombre de Benisidel. Su ostensión vendrá á ser 
como de unas dos leguas cuadradas: está cruzada de Este á 
Oeste por un pequeño riachuelo, y casi toda ella cubierta de 
olivos, granados y algarrobos; siendo su cosecha principal de 
trigo y cebada. Las hortalizas y legumbres mas comunes son 
habas, nabos y zanahorias. También tienen sus naturales, aun- 
que no con abundancia, ganados lanares y vacunos. 

Su territorio es llano y dominado al Sur por una alta y 
áspera montaña, y al Este por otra llamada Gurugii, á cuya 
falda por la parte del Sur se ven las ruinas de una fortaleza. 

Un pequeño grupo de casitas forman el punto céntrico y rao- 
rada del Kabo ó Moscadem de la Kabila. Todo el resto del ter- 
ritorio se vé salpicado de estas casucas, en lo general aisladas 
unas de otras, y construidas todas de piedra, madera y ar- 
gítmasa; pero toscamente y sin idea alguna del arte. 

Se compondrá este territorio de unos 5,000 habitantes lis- 
ta kabila se divide en diez cuarteles á las órdenes de sus ka- 

66 



522 ti iioNOiH 

bos respectivos, y lodos tlependienlos del Moscadein principal, 
(juo es el que manda á los demás. 

rj carga de Moscadem principal be hace por elección de la 
kabila á perpetuidad, y muy raras veces por herencia. 

Cada uno de los diez cuarteles dá á la kabila cuatro solda- 
dos, que son los que tienen la obligación de dar la guardia al 
cuartel de Santiago. VoUíntariamenle, y sin compromiso de 
tiempo, se alistan los demás hasta de 1,000 á 3,000 que llene 
cada kabila. linos y otros usan las armas que puede cada uno 
adquirirse: espingarda, pistola, gumia, sable, trabuco, etc. 
En su trage no llevan ningún distintivo (jue les diferencie de 
los demás moros. Cada cuartel mantiene á sus soldados, d' n- 
dolps al recolectar las cosechas, trigo, cebada y habas. Todos 
los soldados que reúne la kabila dependen exclusivamente de 
un solo hombi*e, el Kabo ó Moscadem principal, careciendo de 
organización y disciplina y no pasando de ser una horda de fo* 
ragidos. 

La Instrucción pública en todas las kabilas del Riff está, 
como no puede menos de suceder, en el mayor atraso, aunque 
los kabos le miran con alguna predilección. Tienen diferentes 
escuelas en las que se enseña únicamente á leer y escribir, y 
solo los que aprenden, saben el árabe, pues las demás hablan 
su dialecto particular. 

Siguen la religión mahometana, y cada kabila tiene de 8 á 
12 iglesias para el culto: estas iglesias sirven al propio tiempo 
para escuela y para iLospedar á los pobres transeúntes: cada 
una tiene para su conservación y culto un sacerdote á quien 
llaman el fraile. Los moros son en estremo hospitalarios; en las 
. iglesias dan hospedaje á los pobres transeúntes, para quienes 
el Fraile, reconocida la necesidad de cada uno, sale á pedir los 
auxilios que necesita hasta la otra jornada. 

Cada kabila celebra feria un dia á la semana, siendo en ge- 
neral los artículos que en ella se venden, granos, ganados de 
todas especies, fruta, babuchas, jaiques y otras prendas de 
vestido. Estas ferias por lo general son teatro de los mayo- 
res crímenes, porque concurriendo á ellas gentes de disliulas 



DK ESPAÑA. 825 

kabilas se encuentran las que se conservan sus resentimientos 
particulares, y se envisten á pufíaladas y á tiros, Los mayores 
crímenes quedan allí impunes por parte de la sociedad; su 
venganza está encomendada al pariente ó al amigo de la vic- 
tima, que espera otro dia de feria para satisfacerla. 

Siicedeávecesqueporresentimiento deunaKabila con otra» 
el sitio de la feria se convierte en un campo de batalla, y ha- 
ciendo parapetos de los obgetos que llevan á vender, se baten 
detras de ellos dias enteros. 

En esías ferias, cuando son de paz, se reúnen los moros 
principales, y dan cuenta de lo que entre ellos puede llamarse 
política, délas noticias que adquieran del campo cristiano, etc. 
La mas importante se comunica al pueblo á la voz de pregón. 

Todas las diversiones de los moros se hacen á fuerza de pól- 
vora, haciendo salvas y descargas cerradas. Las mugeres lo- 
can panderetas, á cuyo son cantan y bailan. 

En la Rabila de Benisidel hay varios algibes de agua pota- 
ble que se cogen de la llovida; á falta de este se vende la de 
los rios: no tienen fuentes. 

Son supersticiosos hasta lo infinito. 

Si salen á caza no pueden comer la pieza si queda rema- 
tada de un tiro, y sí solo, cuando acaba de morir degollán- 
dola. No se miran al espejo porque creen que el que lo hace 
no tiene nunca hijos varones. 

Los Riffeílos no emplean á sus mugeres en faenas rudas del 
campo, apesar de que no las creen iguales á ellos, y casi 
privadas de entrar en el paraíso. 

El moro que lleva rosario, pone ante su nombre la palabra 
Escar, y si por egemplo se llama Maimón, no llevando rosa- 
rio, desde que lo lleva se nombra Escar -Naimon. 

Por la misma razón el que va á la Meca, antepone al nom- 
bre la palabra Herjach. 

En el Riff hay una plaga de perros, dando ocasión á mil 
reyertas y muertes entre sus amos por mordeduras y riñas. 



524 KL HONdR 



IV 



No conciben los liffeños que los cristianos se avengan á te- 
ner una sola muger, ignorando que hay muchos que aun con 
una sola les sobra. 

Su secta les permite tener tantas mugeres como puedan 
sostener. 

Las mugeres del Riff no ejercen ninguna influencia sobre 
los hombres, que no les guardan ningún género de considera- 
ción por su sexo. 

El trage de los moros del Riff se compone de un pedazo de 
tela blanca de lana, como de una vara de ancho y siete de lar- 
go, á que dan el nombre de jaique, y con el que se envuelven 
todo el cuerpo, y algunos hasta se tapan la cabeza. En algu- 
nas kabilas se usan los turbantes; en otras llevan la cabeza al 
aire, y unos y otros se la afeitan, usan toda la barba. Los 
mas acomodados gastan camisa ó túnica de lana, y babuchas. 
En lo general van descalzos y llevan el cuerpo al aire, cubier- 
to solo con las vueltas que le dan al jaique. En invierno llevan 
muchos una chilaba, de lana muy fuerte y tupida y con ca- 
puchas. 

Las mugeres gastan el mismo trage que los hombres, con 
alguna variación en el modo de taparse, dejándose siempre la 
cara descubierta: van descalzas hasta las mas acomodadas, y 
para diferenciarse de las pobres gastan algunas alhajas de 
plata, que llaman de fantasía. Consisten estas alhajas en unas 
argollas hasta del peso de libra y media, que suelen llevar en 
la pierna junto al tobillo, en pulseras del mismo metal, aun- 
que de menos fuerza, y en un collar de coral en que llevan en- 
gastadas pesetas españolas, generalnoente de las que tienen 
buen busto. Para sujetar el jaique tienen una especie de cla- 
vos romanos también de plata: en las orejas usan areles extre- 
madamente grandes, de diferentes metales, de los que cuelgan 



V í)R ksi'aNa. 525 

excesivo número de monedas españolas, piezas de coral y otros 
objetos, molestándoles tanto el peso en las orejas, que se ven 
obligadas á aliviarle con cintas que se enganchan en la cabeza. 

El pelo lo llevan generalmente largí» y hecho trenzas con 
añadidos de lana; las solteras caido sobre la espalda y las ca- 
sadas en dos trenzas por delante sobre los hombros. 

Muchas tienen en la cara y en los brazos alguna pintura in- 
deleble que figura una estrella ó una flor de lis. Esta bárbara 
costumbre desfigura á las mas hermosas, que son precisamente 
las que mas se señalan. 

Tanto los hombres como las mugeres se cortan ó afeitan el 
vello de todo el cuerpo, pasándose después una yerba que im- 
pide que vuelva á salir. 

El color con que se pintan las mugeres es siempre azul, y 
algunas se dan de negro alrededor do los párpados. 



Respecto al casamiento éntrelos Riffeuos lo consideran se- 
gún la descripción que del mismo Alvarez tomamos como una 
simple compra de un objeto, del cual siempre tiene el compra- 
dor derecho á deshacerse cuando quiera. 

Oigamos la citada descripción. 

«Probado que un riffeño puede mantener mas* mugeres de 
las que llene, se le autoriza para contraer nuevo enlace, com- 
prando á la novia á sus padres ó parientes, ó cambiándola por 
granos, ganados, etc. 

Por lo general una joven hermosa y donc-ílla vale de 80 á 
100 duros: las viudas, aunque sean jóvenes y hermosas, es 
género mas barato. 

Así el hombre como la muger contraen matrimonio al salir 
de la infancia, y algunos antes de cumplir diez años de edad. 

Los casamientos entre los riffeños se verifican sin que in- 
tervenga en ellos la religión, sin mas que una carta en que 



526 EL HONOR 

cada familia se obliga al contrato. Esta carta la firman los con- 
trayentes, los testigos y las familias, cambiándolas entre si. 

En un solo caso puede anularse el matrimonio, y es cuando 
á voluntad de los contrayentes se devuelven las cartas las fa- 
milias, en cuyo caso la muger queda libre para conlraer nuevo 
enlace. 

Los novios no pueden pasar juntos la noche de sus bodas, 
pero al rayar el alba entregan la novia á su marido. 

Cuando los demás moros comprenden que ya se ha consu- 
mado el matrimonio rodean la casa del novio y este presenta 
por una de las ventanas un lienzo en el' cual comprenden la 
castidad y pureza de la esposa y entonces se entregan á las 
mayores demostraciones de júbilo y alegría. 

La cama de los novios la cubren con jaiques ó pedazos de 
tela que cuelgan en sogas formando á manera de pabellón. A 
los siete dias se descubre delante de los testigos y convidados 
que asistieron á la boda, y delante de ella vuelven á bailar, á 
comer alcuzcuz y á entregarse á sus regocijos. 

Un marido de distintas mujeres tiene la obligación de 
dormir cada noche con una; y solo al contraer nuevo enlace, 
se le conceden siete noches, pasadas las cuales comienza el 
turno con las demás. Las provisiones de la casa las guarda el 
marido y las reparte raensualmente á cada mujer, que forma 
una familia á parte. El marido come al dia siguiente en el 
deparlamento de la mujer con quien ha dormido, la cual no 
se sienta á comer sino cuando aquel ha terminado, teniendo 
solo derecho á lo que sobre. 



VI 



Nuestros lectores recordarían lo que hemos manifestado al 

principiar la descripción de la parte del Riff próxima á Mejilla. 

El bosque de que entonces hablamos, era por decirlo asi, 



un terreno neutral para las cinco Kabilas que dominan en todo 
aquel terreno. 

A lo lejos en las estensas llanuras de que nos ocupamos, se 
hallaba la Kabila de Benisidel y al Este, desde la falda misma 
del Guruyú empezaban los límites de la de Benisicar. 

Las otras tres se hallaban entre las breñas, y aunque algu- 
nas tienen también llanos para sus cultivos, no son tan esten- 
sos como los de la de Benisidel. 

Eran las primeras horas de la mañana. 

Con la alborada hablan desaparecido las negras nubes, que 
durante la noche, habían arrojado de su seno torrentes de agua. 

Es menester haber presenciado algunas auroras en el suelo 
africano, en medio de esa rica vegetación, y bajo ese cielo 
que tanto se parece al de nuestras provincias meridionales para 
poderse formar una idea de lo que es una salida de sol en 
aquel país. 

En todas partes, la aurora presta un encanto especial á la 
naturaleza. 

Y en todas partes también la naturaleza, se regocija y os- 
tenta orgullosa esos dones que la alborada la concede. 

Pero en África tiene nuevos encantos, nuevas bellezas que 
la son esclusivas. 

Sobre un campo de una estension regular, se destacan cua- 
dros de un verdor especial y cuadros cuyos matices sin salir 
de su color, ora se oscurecen, ora se aclaran, y se desvane- 
cen hasta quedar casi blancos ó casi amarillos. 

Cruzad esa estension con anchas revueltas, y brillantes cin- 
tas de plata. 

Poned a lo lejos bosques impenetrables, y que se pierden 
en lontananza. 

Haced brotar del centro de aquellos lagos tie verdor, ca- 
sitas blancas como la nieve. 

Cerrad ese cuadro con elevadísimas montañas, caprichosas 
sierras, y picos inaccesibles, y tendréis una idea de aquella 
naturaleza. 



528 El. noNoii 

Kncanladora os parecerá siempre; sublime y superior á to- 
da descripción, os parecerá en la hora de los dos crepúsculos. 

Las sombras de la noche ocultan aquel cuadro. 

La tempestad lo hace mas sombrío. 

Pero de pronto se esclarece el firmamento. 

Dios desde su trono de nubes, dirige una sonrisa de bondad 
á los mismos enemigos de sus leyes, y de sus doctrinas, yda 
aurora aparece. 

Los ángeles sienten correr por sus megillas lágrimas de fe-, 
licidad al contemplar la faz del Creador, y aíjuellas lágrimas 
caen sobre las flores que ostentan orgullosas en sus petalos 
aquellas perlas desprendidas del cielo. 

Se entreabren las puertas del íirmamento para dar salida 
á el sol, y la esencia divina que de él se exala, atravesando la 
región del éter, baja hasta los cálices de las mismas flores, 
que doblemente orgullosas, ofrecen sus bellezas, y su fragan- 
cia á aquel mismo ser de quien la reciben. 

Cantan los querubines las glorias del Señor. 

Y aquellos acentos llevados en las alas de genios invisi- 
bles, vienen á mover las lenguas de los pajarillos ocultos en- 
tre el ramaje de los árboles. 

Los arcángeles arrojan nubes de blanco incienso de sus in- 
censarios indescriptibles, y aquellas nubes bajan á coronar la 
cima de las montañas. 

Y el sol se refleja en los cristales de los arroyos. 

Y las flores esparcen al viento sus tesoros. 
Los pájaros entonan sus melodiosos trinos. 

Y brumas," y cantares y perfumes, se confunden en una ar- 
monía sublime. 

El Creador y la creación se confunden en un beso sublime, 
intenso y prolongado. 

La brisa que vaga por los espacios, es la intermediaria 
entre Dios y su obra. 

La aurora ha aparecido, y la alegría renace sobre la tierra. 

En ninguna parle es mas maravilloso el efecto del {(fiatx 
lux^) que en los sitios puramente meridionales. 



DE ESPAÑA 529 

Y en ninguna parte el hombre adivina mas á ese ser in- 
visible é iníinito, que en medio de una naturaleza rica y lo- 
zana como la de que nos ocupamos. 



VII. 



Acababa de amanecer. 

Por una de las estrechas sendas que desde las montanas 
conducían al bosque, bajaban una porción de moros, cuyo nú- 
mero no escederia de cuarenta. 

A la cabeza de esta gente marchaba un joven de es- 
presivo semblante y que caracterizaba perfectamente á los 
naturales de aquella tierra. 

Habia un no se que de saívage y bravio en su rostro, que 
si bien no desagradaba, infundia cierto respeto, no muy exento 
de temor. 

Cabalgaba airosamente sobre un corcel de pura raza árabe, 
y dejaba flotar al viento su airoso alquicel de blanco lino. 

. Por entre la faja que rodeaba su cintura, asomaban dos pis- 
tolas con primorosas cinceladuras, á las que servia de compa- 
ñera una guraia cuya empuñadura de madera groseramente tra- 
bajada, en nada se diferenciaba de las que llevaban sus 
acompañantes. 

De su costado izquierdo pendia un corvo yatagán encer- 
rado en una vaina de acero con abrazad^^ras de meta!, v en 
la diestra llevaba una lanza corta. 

A alguna distancia caminaban otros dos ginetes y tras estos 
otro pelotón de infantes, cerrando la marcha ocho ádiez riffe- 
ños á caballo. 

Ni una palabra se cruzó entre el que parecía gefe de aque- 
lla gente, y los otros dos que iban á su espalda. 

En cambio Jos otros llevaban una algazara infernal. 

Todos hablaban á un tiempo, gesticulaban á la par, y for- 
maba la mas grande algarabía que puede imaginarse. 

67 



IÍ3U IL HONOR 

Atravesó la comí li va la sierra, penetró en el bosque, y fué 
á hacer alio en la plazoleta de que hemos hablado antes á 
nuestros lectores. 

Los moros (jiie iban á pie clavaron en el suelo ¿^rucsa^ esta- 
cas, (jue llevaban á prevención eslendieron sobre ellas una lini- 
siáiía estera y bajo aquella tienda improvisada se sentó el jefe 
sobie otra esterilla, y fumando tranquilamente en su pij)a pa- 
saron al¿5^unos momentos sin que |)ronunciára palabra alguna. 

En cuanto á los ginetes se apearon de sus cabalgaduras y 
las dejaron apacentar libremente por la llanura y colocados 
dos, uno en la parte de la sierra y otro en la parte del llano con 
la vista lija en ambos puntos, dejaron trascurrir algunos ins- 
tantes. 

Nada turbó el silencio que reinaba entre toda aquella gente. 

De pronto se turbó este. 

Dos gritos partieron simultáneamente de los dos centinelas. 

Aquellos dos gritos anunciaban que otras dos cabalgatas 
se acercaban. 

Compuestas casi de la misma gente que la anterior, aban- 
zaban la una por la sierra y la otra por la campiña. 

Ambas penetraron casi al mismo tiempo en el bosque, .y 
ambos gefes casi á la par hicieron las zalas ó reverencias al 
que primero habia llegado. 

Ambos se sentaron bajo aquella misma tienda y el silen- 
cio volvió reinar entre ellos. 

Todo lo contrario sucedía entre los deoias moros. 

Alejados á una respetuosa distancia de la plaza en que se 
alzaba la tienda, corrían y gritaban confundidos los unos con 
los otros, y ora en serias conversaciones, ora en animados diá- 
logos, dejaron trascurrir el tiempo. 

Haria próximamente media hora que estaban alli reunidos, 
cuando otro grito de la parte de la sierra, anunció la llegada 
de nuevos personages. 

Volvieron á repetirse las mismas ceremonia^ se sentó tam- 
bién el recien llegado y volvieron á confundirse los moros y 
á continuar sus empezadas conversaciouei. 



ÜK ESPAÍ^A. 531 

Sin embargo esta vez no fueron de mucha duración. 

La llegada de otro musulmán, seguido de mavor comitiva 
y mas anciano que los anteriores, vino a interrumpirles. 

A su llegada, los cuatro que estaban en la tienda, se le- 
vantaron, cruzaron las manos sobre el pecho, é hicieron tres 
reverencias con todo el rigorismo de la etiqueta mahometana. 
—Alá, sea contigo poderoso Moscamdem, le dijeron. 
— El sea con vosotros, hermanos mios. 

Dichas estas palabras, penetraron todos bajo la tienda, de- 
jando al recien llegado en medio, y formando los cuatro res- 
tantes á su lado una especie de semicírculo. 

Instantáneamente aparecieron en la tienda ocho ó diez riffe- 
ños, que por el mayor valor de sus trages, denotaban tener ma- 
yor categoría que la de los otros que habían acompañado á los 
cinco personages de que hemos hablado anteriormente. 

El anciano últimamente llegado, se dirigió á ellos y les dijo: 
—A vosotros os encargo la custodia del bosque que nadie 
penetre en él, pues asuntos de grande importancia tenemos que 
tratar, marcha y que nadie nos interrumpa. 

Tras estas palabras se siguieron algunas reverencias y mo- 
mentos después se hallaba rodeado el bosque de centinelas, que 
sentados tranquilamente en el suelo con la espingarda prepa- 
rada, trataban de impedir que ningún curioso se acercase al 
lugar de la conferencia. 



VIII 



Los cinco personajes que habia en la tienda, eran los kaboá 
de las cinco kabilas del kalaya; el que primero llegó era el gefe 
de la de Benisidel el último, el de la de Mazuza y los otros 
reslantes los de las de Benisicar, Benibuyfuror y Benibuyliafar. 

El Moscamdem de la kabila de Maziizn fué el que rompió 
el silencio. 
— Poderosos Moscandcmes: las noticias (|ue lengo (jue co- 



532 KL HONOll 

miinicaros son en estremo tristes. Alá es test¡g:o de la profunda 
pena que mi corazón á sentido a) conocerlas: los perros Ensa- 
ras, (cristianos) no contentos con lo que han hecho en Ceuta, 
han díriííido su marcha triunfadora sobre Tefmven. El infalible 
profeta ha querido ne^j^ar su auxilio á los buenos sedarlos del 
Islam y las posiciones de Cabo Negro no han sido suficientes 
para impedir que el gran cristiano abancc con su ejército á 
situarse en las riberas del Guad-el-Jelii. Muley-Hamet y Mu- 
ley-*Abl)as han visto huir sus destrozadas huestes anle el fuego 
y el acero de los enemigos, y la ciudad santa, ha caldo en po- 
der de los cristianos. 

Un murmullo de sorpresa se alzó de el seno de aquella es- 
trada reunión. 

E\ Kabo de Mazuza alzó sus ojos al cielo y con una unción 
religiosa extraordinaria dijo. 
— El señor lo ha querido, cúmplase su voluntad/ 

Alzóse entonces el Moscamdem de la tribu Benisidel, y ex- 
clamó con impetuosidad. 

— Lo habéis oido hermanos? habéis escuchado que Tetawen 
ha caldo en poder de esos infieles, y aun tenéis los alfanges 
encerrados en sus fundas de cuero?... ¿Y sois vosotros los Mos- 
camdems de esas Rabilas que mas de una vez han llenado 
de terror á esa gente cobarde y ruin que se oculta tras los mu- 
ros de Melilhi la melífera? mentira, la sangre africana se ha 
enfriado en vuestras venas; si asi no fuera, ya os hubierais 
levantado conmigo y reunierais vuestras gentes, para vengar 
las derrotas de nuestros hermanos. 

Y concluido de decir estas palabras, dio algunos pasos para 
salir de la tienda. 

Llevó á sus labios una especie de silvato hecho con bas- 
tante primor, y cuando ya iba á lanzar el sonido que habia de 
reunir á su escolta, levantándose con precipitación el anciano, 
le detuvo el brazo, diciéndole; 

— Detente! ¿Quieres que tus arrebatos nos hagan arrepen- 
timos de haberte convocado á esta reunión? ¿olvidas que lo que 
acabas de oir es aun un secreto para toda la gente de las 



DE ESPAfÍA. 535 

Kabilas, y secreto que no han de reconocer hasta que nos pa- 
rezca á nosotros? por el santo profeta, que nunca había creído 
que fueras tan impetuoso, y tan poco pensador ?qué¡bas á decir 
á tus gentes? ¿qué tratabas de hacer? ¿Acaso querías armar á 
tus soldados, y hacer una gazzia entre nuestros enemigos? 

— Tú lo has dicho, contestó el Kabo de Benisidel, oprove- 
chándorae de la oscuridad de la noche, yo hubiera caído co- 
mo el águila sobre su presa, sobre nuestros tiranos, y su san- 
gre hubiera espiado todos sus crímenes. 

— Insensato! antes de dos horas el Caíd de Melilla tendría 
noticias de todo eso, y cuando llegareis al campamento, ya 
os esperarían prevenidos. 

— Qué estás diciendo? 

— ¿No has comprendido que entre nuestros soldados los hay 
traidores? 

Un murmullo de indignación se exaló de ios labios de aque- 
llos cuatro hombres. 

Todas las manos se dirigieron á las empuñaduras de sus 
gumías. 

Todos los ojos se fijaron amenazantes en el severo rostro 
del Moscamdem de Mazuza. 

Y todos los labios preguntaron á la par. 
¿Quienes son los traidores? 

— ¿Creéis vosotros que si yo lo supiera existirían ya? dijo el 
anciano. 

— Entonces... 

— Cualquier paso que nosotros demos lo saben en la plaza, 
conocen todos nuestros medios de ataque, los cañones que te- 
nemos, las municiones, y cuantas salidas hacen esos perros ya 
son á cosa segura. Y estas noticias? quién se las comunica? los 
traidores que duermen en nuestros aduares, que fuman en 
nuestras tiendas y cuyo labio siempre abierto para la traición 
revela lo que escucha su oído en el seno de la amistad. 

— Oh! juro por Alá que si yo doy con alguno de esos perros 
musulmanes, mi gumía ha de ser la primera que se clave en 
su corazón, dijo con cólera el Kabo de Benisidel. 



534 Kl. HONOH 

— Por eso le dije antes, que cuanto pensemos hacer nadie 
mas que nosotros lo hemos de saber, y nuestros soldados en 
el momento de ejecutarlo. 

— El Señor ha iluminado tu espíritu, y cuanto tu ha^as da- 
remos yo y mis hermanos por bien hecho, contestó el Mos- 
camdem de Benisicar. 

— Habla pues, y tus palabras se í^rabarán en nuestra mente, 
sin que rebosen hasta nuestros labios mas que en el momento 
de la egecucion. 

— Escuchad, el plan que he concebido y el Dios altísimo y 
único nos conceda su auxilio. 

Acercáronse mucho mas los otros cuatro gefes al anciano. 
En este momento oyóse á lo lejos un grito de una espresion 
estraña. 

Volvióse á repetir mas cerca, y los cinco personajes vol- 
vieron la cabeza hacia el sitio donde habia sonado. 
Entonces se dejó oir el galopar furioso de un caballo. 
Tras él, una voz que en un lengaaje particular animaba al 
corcel. 

Y unido á esta voz. un acento casi salvage, pero de una 
dulzura infinita, que cantaba un aire guerrero peculiar de las 
kabilas del Riff. 

De tiempo en tiempo se interrumpía aquel canto, y una 
carcajada que nada tenia de humano retumbaba por el espacio. 

Y canto, y galopar del caballo, y voces que lo animaban, 
todo se hacia mas perceptible. 

Se conocía que se iban acercando cada vez mas á la tienda. 

Todos los que en ella se hallaban, fijaban sus inquietas 
miradas hacia la parte donde sonaba el ruido. 

El rumor de las ojas arrancadas, y del ramage que se apar- 
taba para dejar paso á alguien, se percibió mas claro. 

De pronto una exclamación de sorpresa se escapó de aque- 
llas cinco gargantas. 

Un caballo sobre el que se veian un negro y una mora se 
presentaron en el claro del bosque en que se alzaba la tienda- 

Parecia que el inteligente animal solo habia esperado el 



HK ESi'AÍÍA. 555 

momento de dejar á sus dueños entre otras gentes, para espirar. 
Le doblaron sus manos, su pupila se enturbió, y hubiera 
arrastrado en su caida á Jafar y á Zobeiba, si estos no se hu- 
bieran dado tanla prisa á arrojarse al suelo. 

Casi al mismo tiempo toda la plazoleta se vio rodeada de 
riffeños, que con las armas preparadas, solo esperaban la señal 
de sus gefes, para aniquilar á aquellos dos intrusos. 
Reinó un momento de* silencio solemne. 
Durante él Zobeiba paseó su mirada indolente sobre cuanto 
la rodeaba. 

Se detuvo un instante en el rostro del Kabo de Mazuza, y 
como si aquella fisonomía despertase un ella algún recuerdo, 
pasóse ambas manos por su frente, y con ía pupila brillante se 
dirigió á él diciéndole. 

— ¿Eres tú el poderoso Moscamdem de fa Kabila de Mazuza, 
y aun no has conocido á la hija de tu hermano?,.. 

— Zobeiba!... dijo entonces el Moscamdem, tú aquí? tú en 
este estado!... ¿Qué significa esto? 

— Esto significa gritó con acento sobrenatural la joven, que 
los cristianos nos han arrojado de nuestras aldeas, que han in- 
cendiado nuestras casas, que los que no han muerto de nuestros 
hermanos al plomo, ó al acero, han muerto abrasados, que mi 
padre ha dejado de existir defendiendo la tierra que le vio na- 
cer, que las mugeres de nuestras tribus han tenido que reti- 
rarse á lo mas fragoso de las sierras para librarse de la bruta- 
lidad de esos soldados á quien Alá confunda, que Tetawen, ha 
visto ondear sobre el miral de su Alcazaba la bandera de la 
cruz, que el rojo estandarte del profeta ha caido destrozado 
entre los pies de sus corceles, y que yo frenética desconsolada, 
sintiendo hervir en mi corazón una sed profunda de venganza, 
he atravesado montes y llanos, lagunas y bosques, como la ga^ 
cela perseguida, para gritaros jal arma, guerreros del Riff, hi- 
jos de las kabilas que plantan sus tiendas en las cimas del Gu- 
rugú, ó en las márgenes del Oro, empuñad vuestra gumía, aca- 
riciad vuestra espingarda, caed con la astucia del tigre, y la 
pujanza del León sobre Melilla la melifera, no (íejeis piedra so- 



53C EL HONOR 

bre piedra, haced que corran arroyos de sangre cristiana, y 
cuando vuestro brazo se canse de herir, y vuestros pies no pue- 
dan andar, sin tropezar con cadáveres infieles, salvad las sier- 
ras, ciuzad los llanos, y Tetawen la florida ciudad del Guad- 
el-Jelú, sea la segunda que caiga en vuestro poder! Si guerre- 
ros niios, vengad á vuestros hermanos, vengad á mi padre, 
y... vengad á mi corazón. 

— Si, si, venganza gritaron todas aquellas ordas semi sal- 
vages. 

Zobeiba no pudo decir mas. 

Al pronunciar sus últimas palabras se llevó ambas manos 
al corazón como si sintiera que se le desgarraba, y tras una 
carcajada histérica y vibrante, al par que se debilitaba esta, 
cerraba sus ojos, hasta caer inanimada en los brazos de Jafar. 

Por un momento. reinó en el bosque una confusión espan- 
tosa. 

Todos gritaban, lodos blandían sus armas, y ninguno se 
entendía. 

Un nuevo incidente vino á llamar la atención general. 

Un rumor semejante al vuelo de un pájaro, cruzó por el 
espacio, y una flacha disparada por una mano certera, fué á 
clavarse en el pecho de Jafar. 

Este arrojó un gritó y cayó al suelo arrastrando en su 
caida á Zobeiba. 

Apenas los que estaban cercanos á él, repararon en el asta 
de la flecha, se alejaron con un terror espantoso, y esclamaron: 
— El invisible!. .. 

Y aquella palabra, al circular de boca en boca, llenó de 
pavor á todos los presentes. 

Los mismos Kabos no fueron capaces de ocultar un movi- 
miento de asombro muy parecido al miedo. 

En esto se sintieron crugir las ramas de los árboles, y un 
ginele apareció en la entrada de la plazoleta. 

Su caballo era negro como la noche. 

El ginete era de una altura mas que regular, y una piel de 
tigre colgaba sobre sus hombros. 



Ütí ESPAÑA. 557 

Nada llevaba éñíá cabeza: su negra cabellera flotaba al 
viento. 

. Pendiente la silla de su corcel, llevaba una pesada maza 
de hierro, y en su mano izquierda so veía un arco, mientras 
que en la derecha llevaba una flecha con el hierro háclaarriba. 

Verlo los rifí'eños, y sin distinción de clases, echar á correr 
en ei mayor desorden, todo fué cos'a de un momento. 

La plazoleta quedó completamente sola. 

El terror que habia causado tanto á los gefes como á los wSiib- 
ditos, no les dejó tiempo para pensar en la suerte que les estaba 
reservada á Jafar y á Zobeiba. 

Asi que el desconocido se vio solo, se acercó á la joven, se 
bajó de su cabalgadura, y arrojándola una mirada de indeüni- 
ble espresion, la agarró en brazos, volvió á cabalgar, y des- 
apareció del bosque. 



6S 



538 



EL IIONOH 



CAPITULO KXXIX 



Coítiimbres de los Riffeños. — Sara y Sidy-Moliamet.— Benjamin. — Tres 
htirinanos y dos hermanas. — Abdel-Abbás vuelve de Mequinez. — [.os 



tercios vascongados. 



I. 




iGuiENuo nuestra marcha, de dar á co- 
nocer á nuestros lectores todos los de- 
talles, todos los datos y todos los cono- 
cimientos posibles del pueblo con que 
estamos luchando y de las diversas ra- 
zas que habitan en sus montañas y que 
plantan sus tiendas junto á los oasis.de los desiertos, seguire- 
mos tomando de las memorias del ayudante Alvarez algunas 
descripciones de las costumbres y de los usos de los riffeños. 

Hay pueblos asi como hay hombres que permanecen para 
la generalidad, mitad en luz y mitad en sombra. 

Aquellos por estar cerrados cumpletamente al trato de las 
demás naciones". 



DE ESPAÑA. 559 

Estos por haber vivido en épocas diferentes, por haber sido 
mal comprendidos entre sus contemporáneos, y mal juzgados por 
sus sucesores. 

ivnPe los primeros, Marruecos ha sido indudablemente el mas 
atrasado y el menos conocido. 

De los segundos, el Dante, Quevedo, D. Pedro el Cruel, 
D; Alvaro de Luna y otros no comprendidos en su época, tam- 
poco lo han sido en la nuestra. 

Todo cuanto de Marruecos se dice, todos cuantos viagos 
se han escrito, cuantas costumbres se han indicado y cuanto 
respecto á la situación topográfica se ha dicho, nos has pare- 
cido siempre demasiado aventurado, pues indudablemente es 
la nación que menos se ha prestado á las observaciones del 
viagero ni á las noticias del historiador. 

Únicamente del "Riff tenemos datos seguros. 

Estos los debemos á la desgracia del ayudante Alvarcz. 
<• fDe su autenticidad podemos responder á nuestros lectores, 
pues las continuas luchas que en esa parle han sostenido nues- 
tros soldados, y las mismas noticias suministradas por los con- 
fidentes que entre aquellas Kabilas teníamos, nos aseguran al 
par la veracidad de las referidas memorias. 
-noflé aquí lo que respecto á los casamientos entre los riífeñes 
nos dice el citado Sr. Alvarez, describiéndonos la boda del gefe 
de la Kabila de Benisidel 



I¡ 



«A eso de las diez de la mañana se hallaban reunidas unas 
60 personas de ambos sexos alrededor de la casa de Sidi-Mo- 
liamet, eran los convidados á la boda y se iba á comenzar la 
fiesta. 

Dio principio por un baile al son de varias panderetas, ha- 
ciendo nuidanzas al comenzar el canto, los que no bailaban re- 
corrían el campo con grandes alaridos y haciendo evoluciones 



$40 RL HONOR 

;'i manera de simulacro, disparando sus trabucos y espingardas 
al hacer ciertas vueltas y revueltas. i- ' ' ^ " 

De un olivo pendía um vaca desollada, de la cual cortaban 
í?randes trozos algunas mugieres, echándolos k cocer en una 
enorme' caldera. Sidi-Mohamet, el héroe de la fiesta, acudía k 
todas partes con solícito afán. Sus dos muíreres con risuefio 
semblante, por mas que les fuera desap:radable la venida de su 
rival, asistían á la función, bailaban y reian, al parecer con 
la mayor indiferencia. 

Al propio tiempo, en casa de la novia, á una media le^^ua 
de distancia, se repetían las mismas escenas. 

Sobre las cuatro de la tarde avanzó una comitiva, trayendo 
á la novia montada en un caballo, cuya brida llevaba una ne- 
gra, joven y no mal parecida. Avanzó por su parte la comitiva 
del novio, haciendo descargas cerradas unos y otros. Al encon- 
trarse en un repecho del camino hicieron alto, se saludaron y 
volvieron todos juntos en dirección de la casa de Sidi-Mohamet. 

Este llevando ásu derecha á AlvarezjBe adelantó á su ver. 
hasta encontrarse con su prometida que entró á caballo hasta 
dentro del zaguán. Sidi-Mohamet le cogió en brazos y la subió 
al torreoncillo donde la esperaban varias raugeres encargadas 
de obsequiarla; descendió en seguida y continuó entre los con- 
vidados. 

Una hora después se sirvió la comida de los moros, apar- 
tándoles una ración á Alvarez y los demás prisioneros. Un solo 
plato componía la comida, y este era el alcuzcuz tan famoso 
entre los moros. Consiste este en harina, á la que echándole 
cierta cantidad de agua hacen una especie de masa suelta á la 
manera de cañamones; colocan después esta masa en una olla 
cnyo fondo está lleno de agujeritos pequeños, y al vapor que 
dá otra olla llena de agua le van dando vueltas hasta que so 
tuesta: le hechan después en un barreño y sobre el colocan 
pedazos de carne cocida, huevos duros, gallinas cocidas y 
pellas suellns de manteca. 

"Colocaron después varios barreños en el suelo, y i su alre- 
dedor los moros sentados también sobre la verde alfombra, 



dieron principio á la comida, sacando con las mismas manos, 
ya un tasajo, ya un puñado de alcuzcuz. Cuando se les queda 
algo entre los dedos ó la barba lo sacuden dentro del barreño 
y siguen comiendo tan impávidos. Aquí y allá habia caldere- 
tas con agua de la que bebian de cuando en cuando. 

Sin mas postres ni adherentes á estose redujo la comida 
de boda del gefo principal de una de las mas famosas kabilas 
del Riff. 

Las mugeres en corros aparte con la novia, comieron á su 
^^ez de] alcuzcuz sin juntarse nunca con los hombres ni antes 
ni después de la comida. Ni pan hubo en ella, porque se sa- 
prime cuando, solo en las grandes festividades, comen alcuzcuz. 
' El pan de los riffeños puede presentarse á un minero como 
tfr? trozo de minera!, seguro de que hasta un severo análisis íe 
juzgará salida de las entrañas de la tierra, y aun después de 
analizado no creerá que es pan por mas que se lo digan. Si en 
una porción de tabaco rapé nfegro se echa un puñado de broza; 
tierra y pajillas imperceptibles, lo que resultarla de esta masa 
después de endurecida al fuego se confundirla con un trozo de 
pan de los riffeños. Consta este de malísima cebada guardada 
diez ó doce años en excavaciones que hacen en la tierra, de- 
jándoles una boca estrecha que tapan con una piedra y escon- 
den después echándole maleza encima y otros objetos. Esta ce- 
bada la muelen á mano entre dos piedras y sin sacarla el sal- 
vado y tal como sale, la amasan y cuecen. 

Las comidas ordinarias de los riffeños consisten en horta- 
lizas, unas veces crudas/ otras cocidas/ sin que para ella*» 
tengan jamás horas determinadas. 

Terminada la comida de los novios continuaron %s bailes 
y las descargas, hasta que venida la noche se retiraron los 
convidados á sus casas; la novia se encerró en la torre con al- 
gunas mugeres, y Sidi-Mohamet se echó sobre una estera en 
el cuarto de Alvarez, entre este y los demás prisioneros, y al- 
gunos moros que los guardaban.» 



542 



EL HONÜU 



III 



í^especto á los enlierros, funerales ó ceremonias que hacen 
¡os pifíenos vamos á dar á nuestros amables lectores la des- 
cripción que el señor Alvarez, hace de uno que presenció. 

((Estaba la mañana tranquila, la temperatura suavg, y el 
aire embalsamado por el tomillo y las flores silvestres que ere- 
cen por aquellos campos convidaron á tan agradable esparci- 
miento. Alvarez apoyado en el brazo de Olivares y sostenién- 
dose con trabajo dejó la casa de Sidi-Mohamet, y se dirigió por 
una cañada adelante. Hablan andado como unos cien pasos, 
cuando vio con sorpresa atravesar por su inmediación una muía 
con una eslraüa carga: miró atentamente sorprendido, y pu- 
do cerciorarse de que no le engañaban sus ojos. Era un hom- 
bre muerto atravesado sobre la muía, boca á bajo y sujeto por 
una cuerda desde los pies á la cabeza. 
•—{Que es estol preguntó á Olivares. 
— Es un muerto que llevan á enterrar. Esos hombres que 
caminan al lado del cadáver son sus parientes y amigos. Si- 
gamos y verá V. la ceremonia. 

Siguieron efectivamente tan lúgubre y estraña comitiva hasta 
un sitio que se veia salpicado aquí y allá de enormes piedras 
colocadas sobre montones de tierra. 
— Este es el cementerio, dijo Olivares. 

Dos de aquellos hombres se ocuparon en desatar y descar- 
gar el cadáver; algunos otros practicaron un hoyo como de 
una vara de profundidad, y los restantes contemplaban la ce- 
remonia derramando lágrimas. 

Traían el cadáver desnudo y envuelto en un lienzo blanco; 
colocándole en el fondo del hoyo de medio lado y mirando á 
Oriente, y lo cubrieron de tierra. 

Colocados .después en fila sobre la sepultura, se descalza- 
ron, y con el rostro hacia Oriente, levantaron dos ó tres veces 



DE ESPAÑA. 545 

las manos al cielo, se arrodillaron, besaron el suelo, volvieron 
á levantarse y á alzar las manos, diciendo por lo bajo sus ora- 
ciones; hecho lo cual, caminaron en silencio la vuelta del ca- 
mino que hablan tenido. 

— No es grande la diferencia, dijo Alvarez, entre este m^do 
de enterrar y el de nuestro pais. 

— No, ciertamente, pero todos los entierros no son iguales. 
k ios que mueren naturalmente, después de lavarles bien el 
cuerpo, se les entierra como V. ha visto; pero si mueren á ma- 
nus de los cristianos, se les coloca sin lavar y con la misma 
ropa que traen encima, llevando á la sepultura hasta la tierra 
bañada en sangre si la encuentran al lado del cadáver. De este 
modo creen que vá al cielo tal y como murió en la tierra en 
defensa de Mahoma. Si ahora quiere V. ver el duelo, sigamos 
los pasos de esos moros. 

Media hora después llegaron detras de la comitiva á la 
puerta de la casa del difunto. 

Al sentirles venir varias personas que se hallaban dentro, 
fneron saliendo á la puerta, y abrazando uno después de otro 
á los de la comitiva, dando grandes gritos y derramando abun- 
dantes lágrimas. Las mujeres, parientas del difunto, se araña- 
ban atrozmente ¡as caras hasta cubrírselas de sangre. Hicié- 
ronles entrar después, y colocando en el suelo un gran barreño 
de alcuzcuz para los hombres y otra parte para las mujeres, 
comieron unos y otras, olvidando su dolor por aquel rato. 
A esto se reducen los duelos y funerales de los riffeños.» 



IV. 



Lindando con las kabilas del Kalaya, se encuentra la gran 
kabila díí Benicinisera ([ue como también eslraña, como tam- 
bién bravia y como también independiente del sultán, croemos 
m disgustar á nuestros lectores con d.rsela á conocer. 

Al mismo tiempo, como prueba del salvage absolutismo que 



544 LLUONUB 

reina entré todos aíjuellos liLaniielos del suelo africano, Irans- 
ciibireuios lo que al Sr, Alvarcz contestó el gele de la kabila 
de Hcnisidel respecto al Moskamdeiu de la de Benicinisem. 

«Una esleiision de 20 le^^uas ocupa esta kabila. 
,. Su población y territorio equivalen á 45 de las demás ka" 
bilas ordinarias de Marruecos, lislá mandada en ¿^efí^ por Her- 
jaob-Maimon, y es independiente del emperador, si bien le 
pa¿a sus contribuciones con mas regularidad que las demás ka- 
bilas independientes. ilerjacli-Maimon, hombre valiente y de 
algún genio miiiLar, tiene en cierto modo organizada la gente 
de guerra, y reúne hasta 15,000 caballos siempre que las cir- 
cunstancias lo requieren. Esta fuerza, superior en número y 
organización á la que pueden presentar las demás kabilas 
iiiúependientes reunidas, dá á Herjach-iMaimon una supe- 
rioridad ostensible, y le hace arbitro y señor de todo aquel ler- 
ritoi'io. 

No se mezcla en ninguna de ias cuestiones de las cinco ka- 
biías de Kalaya^ pero cuando las vé destrozarse en guerras in- 
teslinas, ias hace saber su desagrado, dirime la contienda, y 
lermina en un punto las guerras mas encarnizadas. A este po- 
der debe las delicadas atenciones con que la trata el empe- 
lador, que no sou bastante, sin embargo, á inspirarle la con- 
íiúiiza de ir a su corte, temeroso de que echándole mano, le 
hiciera pagar con ia cabeza su amor á la independencia. 

En ios casos estreñios, cuando el emperador no puede salir 
con algún intento, recurre á Herjach-Maimon, á quien siempre 
encuentra propicio y dispuesto á dejarle airoso en la demanda. 
El modo singular con que pelea esta tribu, es digno de te- 
nerse en cuenta. Levanta en masa todo su pueblo, las fami- 
lias enteras con sus efectos y ganados de todas especies, y los 
traslada al cam,)ü de batalla, que procura sea siempre en 
territorio enemigo. Cada familia planta ailí la tienda que le 
servia de morada en su tierra; echan á pacer sus ganados, y 
unos y otros viven del merodeo y á costa del enemigo. Al 
propio tiempo Uivide-eii trozos su numerosa caballeria; coloca 
convenientemente la infanleria y ataca y destroza cuanto se 



DE ESPAfíA. 545 

pone por delante. En época no muy remóla venció á las tro- 
pas del emperador en el territorio de Benisidel. 

Apremiado el emperador por e! gobierno español, y desai- 
rado por las kabilas del Rifí, < envió segunda vez á sus sol- 
dados con un alcaide de su guardia negra, lioinbre duro de 
condición de mucho prestigio ea las kabilas. Desairado se- 
gunda vez, recurrió á Uerjach-Maimon, (jue envió un emisa- 
rio con unacarla de ocho líneas a las cinco kabilas para ([ue se 
presentasen sus gefes en su territorio con el íin de coníeroiiciar 
subre asuntos de suma importancia. La desconíianza preside 
en todas las deliberaciones de los moros, y como la {)rimcra 
demostración de un enemigo es cortar la cabeza a su contra- 
rio, temieron acudir al llamamiento, y respondieron con efu- 
gios y pietestos. Herjach-Maimon, entonces haciendo alarde 
de su superioridad, entró en el territorio de Mazuza acompa- 
ñado solo de 10 hombres: entregareis, les dijo, los cristianos 
al emperador antes de ocho dias, ó de lo conlrario, preparaos 
á la guerra. Ninguno de los gefes se atrevió á suplicar, y iier- 
jach-Maimon, picando los hijares de su caballo, desapareció 
entre una nube espesa de polvo. 

Para venir en conocimiento de ¡a brutal tiranía que ejerce 
el poderoso sobre el débil, vemos áSidi-Mohamet engalanar- 
86; coger sus mejores armas y el caballo, siempre que cual- 
quier negocio le llamaba á alguna kabiia, que creia inferior, ó 
por lo menos igual á la suya, y ahora al recibir el aviso üe líer- 
jach-Maimon, á quien deberla ver en el territorio de Mazuza, 
atribulado y confuso se pone su peor veslimenla, y con una 
espingarda vieja se dispone á marchar á pie. 

— ¡Como! Le dijo Alvarez admirado; ¿pues no vas á ver al 
poderoso Ílerjach-Maimon? 

— Si, respondió Sidi-Mohamel, avergonzado. 

—¿Pues cómo no te pones la mejor ropa y montas á caballo? 

—Porque si Herjach-iMaimon ver que yo tener mucho, cor- 
tar cabeza; y salía paso á paso á caminar dos leguas hasta el 
punto de la cita. 



69 



546 EL HONOR 



Nuestros lectores recordarán que al mismo tiempo que Sara 
salía tie Mequinez escoltando en una litera á la amante de Zelln 
por otra puerta de la misma ciudad salía un grupo de 200 gí- 
netes de la guardia negra. 

Sara con su comitiva corrió sin descanso durante todo el dia. 

Ni una sola vez dirigió la pilabra á la desventurada Zaard. 

Esta entre tanto sentía oprimírsele dolorosamenteel corazón. 

Había amado á Zelai en un cariño inmenso. 

Su desventura ó mejor dicho su belleza la había conducido 
al harem de xei-ife marroquí. 

Mii veces había maldecido aquella hermosura que la había 
hecho desgraciada. 

Al principio creyó que presto seria sacrificada al deseo de 
su Señor. 

Pero pasaron los dias y ni el Señor iba á ver á su esclava, 
ni el geie de los Eunucos entraba á avisarla que el Emperador 
deseaba verla. 

La poDre no sabía al precio que había comprado su amante 
la conducta que Sidi- Mohamed observaba con ella. 

Aquella generosidad ia había sorprendido y rogaba al Se- 
ftor porque continuase siempre. 

Por que Zaard amaba á Zelím con toda la fuerza de su alma. 

Y ya que su desdicha la habia conducido al serrallo no de- 
seaba mas si no (lue su sacrilicio se dilatase todo el mas tiempo 
posible. 

Y aunque sacrificara su cuerpo conservaría siempre para su 
amante la virginidad de su alma. 

Y pasaron los dias, y Zaard se acostumbró ya con la indi- 
ferencia de su dueño y había abrigado la esperanza de que 
este se había olvidado de su existencia. 



DE ESPAÍÍA. 847 

La visita de Sara vino á despertarle de aquel sueño de me- 
lancólica felicidad que disfrutaba. 

Y cuando después de su visita recibió la orden de prepa- 
rarse para marchar, comprendió su desgracia en todo lo hor- 
rible que era. 

Habia oído decir que el sultán acostumbraba á pagar todos 
los servicios de sus generales, dándoles por esposas algunas 
de las mujeres de su harem. 

En Sara vio uno de estos y su dolor no tuvo límites. 

Comprendió la suerte que le esperaba, y á través del velo 
que la cnbria, se podían ver las lágrimas que derramaba. 

Sara nada habia hecho para calmar aquella pena. 

Cabalgando airosamente en su corcel negro como el ébano; 
sus ojos, solo se fijaban anhelantes sobre el camino que se es- 
tendia ante su vista. 

También algunas veces las dirigía hacia la espalda con in- 
quietas y recelosas miradas. 

Sin embargo se pasó el dia sin ningún incidente notable. 

A la entrada de la noohe se hablan alejado de Mequinez 
lo suficiente para poder descansar sin graves recelos. 

A la entrada de un bosque hizo alto la carabana. 

El kelnr ó guia que llevaban, les indicó aquel sitio como el 
mas á propósito para pasar la noche. 

Una tienda que iba liada sobre unos camellos que condu- 
elan las provisiones, se alzó en un momento, y formando semi- 
círculo alrededor de esta, se pusieron todas las demás. 

En la primera penetró Zaard y la otra esclava que habia 
salido del harem del sultán marroquí. 

Allí permanecieron algún tiempo solas. 

Zaard llorando la suerte que la esperaba. 

La otra esclava acostumbrada ya y resignada con su suerte, 
esperaba tranquila el resultado de aquel cambio de señor. 

Entretanto Sara inspeccionaba cuidadosamente su pequeño 
campamento, vigilaba todo, y daba las disposiciones necesarias 
para pasar la noche con toda seguridad posible. 

Hecho esto, se dirigió á donde estaba la amada de Zelin, 



548 KL HÜNOK 

Comprendió cuanto habia sufrido y tenía necesidad de con- 
solarla. 

Alzó el lápiz (|ue cubría la puerta, y dirigiéndose á las dos 
mujeres, las dijo: 



VI 



— Ya es tiempo c'e que sepáis la suerte que os espera, y si 
durante el dia, no os lo he dicho, ha sido porque entonces no 
me convenia que lo supierais. Tú, prosiguió dirigiéndose á la 
esclava, has encontrado conmigo tu libertad. En cuanto llegue- 
mos á mi casa, serás mi hermana si quieres, ó te conducirán 
donde mejor te parezca. 

—¡Oh señor! contestó la esclava. Lo que tú quieras será m' 
voluntad. 

— Y en cuanto a ti; dijo Zelin á Zaard, no me es posible de- 
cirte lo mismo, hay una voluntad superior á la mia que. . . . 

— ¡Señor, ten piedad de mí! Se apresuró á interrumpirle la 
amada del hermano de Alberto, cayendo de rodillas ásus pies. 

— Alza del suelo y déjame concluir, la dijo la hebrea. Tú 
amas y eres amada de un hombre, á cuyo hermano amo yo con 
delirio. 

— ¡Tú! dijeron á la par las dos mujeres con un acento mar- 
cado de sorpresa. 

fíííi+H-Sí, aunque me veis vistiendo este traje, soy mujer y mu- 
jer que ama como no sabéis amar vosotras ¡hubieras tú hecho 
nunca por tu Zelin lo que yo he hecho por mi Alberto! Ah! vo- 
sotros no sabéis mas que consumirosencerradas entre las paredes 
de un harem, sin que jamás se os ocurra el medio de partir 
el corazón á viuístro tirano para huir en los brazos de vuestro 
amante. 

— Pero. . . 

— Escuchadme y me co-mprendereis mucho mejor. 

Mas ni Zaard ni la esclava pudieron escuchar lo que Sara 



DE ESPAÑA. 549 

iba á decirles, porque un incidente, que según el modo con que 
se anunciaba, había de ser bastante serio, vino á interrumpir 
su conversación. 

Algunos gritos seguidos de algunos tiros, y tras estos una 
algazara inferna!, se dejaron oir á muy corta distancia, ha- 
ciendo que Sara empuñase con la mano izquierda una pistola 
y con la derecha desnudase su corbo yatagán. 

Dirigióse hacia la puerta, poro retrocedió instantáneamente. 
En ella aparecieron diez ó doce vookans ó soldados de la 
guardia negra, y al frente de ellos el Caid que vimos salir de 
Mequinez. 
— Ríndete, principe, dijo este, dirigiéndose á Sara. 
— ¿Y quien eres tú, preguntó para imponerme condiciones? 
— Soy un enviado úA infalible, del poderoso sultán de Mar- 
ruecos y al que he jurado conducirte á su presencia en compa- 
ñía de esas dos mujeres. 

— ¿Y no sabes tú que yo soy el príncipe de los Huled-Ben- 
Jassí, y por lo tanto independiente de tu emperador? 

— Vamos, príncipe, menos palabras, y déjate conducir sin 
resistencia. 

La coníeslacion de Sara il:a á ser disparar su pistola sobre 
el Caid; pero éste que no perdía de vista ninguno de sus mo- 
vimientos, se lanzó sobre ella y le arrancó el arma antes de 
<|ue pudiera dispararla. 

La hebrea se resistió tenazmente hasta (¡ue abrumada por 
el número, no tuvo mas que resignarse á caer en poder de sus 
perseguidores. 

Presa Sara, la resistencia desús soldados se debilitó, y es- 
capando los que pudieron, acabó la refriega. 

A los pocos instantes Sara, Zaard y la esclava, eran con- 
ducidos hacia Mequinez, escoltadas por los 200 gineles de la 
guardia negra. 



550 



%l HONOR 



VIX 



Sabido es que niieslros presidios de África han sido los que 
mas han surtido de renegados al imperio marroquí. 

Soldados de Meh'lla y Ceuta, reos de fallas que merecian 
castigo» ó bien confinados en los presidios, trataban de buscar 
los unos la libertad y los oíros el evitar el castigo que les 
aguardaba pasándose al campo de los moros. 

Pobres insensatos! que creían hnllar tal vez la felicidad, en 
la tierra donde solo encontraban el desprecio, el aislamiento y 
á veces la muerte. 

Oigamos lo que sobre este particular dice un escritor con^- 
temporáneo, refiriéndose á una carta escrita por un viagero co- 
nocedor del pais. 

«Los renegados no gozan en Marruecos de bastante conside- 
ración, para poder, como suponen algunos, jugar el menor pa- 
pel ni tomar parte importante en la guerra que sostienen hoy 
los moros contra España. 

Apesar de su adjudicación, y por muchos qi e sean sus ta- 
lentos y su educación, no obtiene nunca ningún renegado el 
mas pequeño mando militar, tanto por el desprecio en que vi- 
ven, como por la desconfianza que inspiran en un pueblo su- 
mamente suspicaz, que adivina muy bien los motivos que han 
impulsado á estos malos cristianos á abrazar una nueva reli- 
gión que están dispuestos á observar tan mal como la primera. 

Los renegados forman una corporación en la cual todas 
las naciones se hallan representadas; pero .ín donde figuran 
principalmente los franceses y los españoles, desertores los unos 
de los cuerpos disciplinarios de la Argelia, y escapados los 
oíros de los presidios de Melilla y Ceuta. 

Pertenecen nominalment^ al cuerpo de Tobidji ó sean arti- 
lleros del sultán; pero en muy raras ocasiones se les confian 
cañones, ni aun fusiles, y mucho menos para enviarlos contra 



DE ESPAÑA. ' 551 

tropas europeas, por temor de que aprovechasen tan buena 
ocasión para comprar sii perdón y buscar en la deserción los 
medios de volver al mundo civilizado. 

Generalmente no se permite á los renegados el permanecer 
en las ciudades del liioral; suelen residir en Fez, en Mequinez 
y también en otros puntos del interior, en donde el emperador 
tiene guarnioiones destinadas á rechazar las continuas escur- 
siones de los bilves y de otras indómitas tribus del Atlante. 

El sueldo que reciben es tan exiguo, que se morirían de 
hambre, si esto fuera posible, en un suelo tan feraz como el de 
Marruecos; pero viven sumidos en ia mayor miseria y en un 
estado de cautiverio continuo, puesto que un castigo de cien 
palos á lo menos, espera á los que se encuentran fuera del punto 
designado para su residencia. 

De todo esto se deduce que si hay algunos renegados entre 
los moros que están al frente de nuestras tropas, serán en muy 
corto número y sometidos á una vigilancia, que desde luego 
tratarán de burlar en la primera ocasión para salir de ia mise- 
rable condición á la cual están sentenciados. 



VIII. 



Al hablar de los moros del lliíf, dijimos que cuando estos 
usan rosario, anteponen á su nombre la palabra Escar. 

Del mismo señor Hotondo tomamos también algunas noti- 
cias respecto á esto y á las oraciones que rezan en sus mez- 
quitas. 

«Hase dicho repelidas veces que nuestros soldados habian 
encontrado en el c impo de batalla varios rosarios: bueno será 
instruir á nuestros lectores sobre el particular. Los moros usan 
rosarios, cuyas cuentas en número de ciento son, según los 
recursos del dueño, de diferentes materias, pero mas comun- 
mente de raíz de boj ó de ébano, lül moro creyente apenas 



552 EL HONOR 

suella su rosario, y no deja en todo el dia de repelir entre dien- 
tes en voz monótona, y queda la fi'as;» que constituye su prin- 
cipal oración. 

Ademas de estos rezos, el moro tiene obligación de ir á la 
mezquita cinco veces al dia: la primera, á las dos de la madru- 
gada; la segunda, al amanecer; la tercera, al mediodía; la 
cuarta, á las cuatro déla tarde y la última á las siete; pero 
apesar del entusiasmo que profesan por su religión, y esto no 
debe admirarnos en atención á lo exigente del precejjtu, son 
pocos los que cumplen exactamente con estos deberes, y po'" 
eso no suelen estar muy concurridas las mezquitas. 

En estas no se encuentran imágenes ni adornos de nin- 
guna especie; pero hay gran número de lámjjaras, en medio 
de las cuales se coloca el santón para pronunciar en alta voz 
los versículos del Koran, que ios circunstantes repiten imi- 
tando la entonación y los gestos del que está olicianüo. Como 
no se conocen en Marruecos las campanas, hay mezquines ó 
sacerdotes encargados de señalar la hora de las oraciones, su- 
biendo á la torre de la mezquita y agitando un banderín co- 
locado en la punta de un palo. ííecha esta señal, se vuelve el 
mezzuin hacia el Sur, donde se halla la Meca, y poniéndose los 
dedos en los oídos, grita con toda la fuerza de sus pulmones: 
Dios es Dios y Mahoma es su profeta^ repitiendo después estas 
palabras en las demás direcciones. 

De esta manera sabe el público la división del tiempo, puesto 
que los pocos relojes que existen en el país , se hallan sola- 
mente en las principales mezquitas de las grandes poblaciones. 

Las mezquitas subalternas repiten la señal uada por la 
primera, y entonces acude cada cual a la que le merece la 
preferencia. Al entrar todos se descalzan, besan la tierra, y 
lavan la boca, la nariz, las orejas y la planta de los ¡)ies, con 
cuya operación creen puriíicarse y redimir sus pecados. 

Durante el tiempo que permanecen en sus templos, .senta- 
dos en unas esteras, no se atreven á toser ni á escupir, y no 
hablan con nadie, á no ser en un caso de estrema necesidad.)) 



DE ESPAÑA. 553 



IX 



¿Qué había produciílo la estrarla resolución de que ei em- 
perador de Marruecos quisiera tener en su poder no solamente 
á Zaard, sino también á Sara? 

Reservando para mas tarde dar á conocer á nuestros lec- 
tores la causa que habia producido aquella resolución, vamos 
á seguir á los prisioneros hasta el palacio de S. M. Xeriffiana. 
Conducidos por el gefe de la guardia negra, llegaron áMe- 
quinez. 

Sidi-Mohamet se paseaba apresuradamente por Su óohba. 
En su rostro, contra la costumbre general, se advertía una 
mezcla de cólera y deseo imposible de espresar. 

Por dos ó tres veces llamó á sus oficiales, y por dos ó tres 

veces volvió á despedirles sin haberles dicho para qué los queria. 

Por fin, no pudiendo dominar su impaciencia por mas 

tiempo, volvió á llamar, y un moro se presentó en la puerta de 

la estancia. 

— Qué desea el infalible y poderoso emperador de Mar- 
ruecos? 

— Que vayas inmediatamente al mírab de la Alcazaba, y tan 
luego como distingas los bokaris que salieron ayer tarde, ven- 
gas á avisarme. 
— ¿Y no mandas nada mas á tu siervo? 
— Si: trata de ver si vienen con ellos el principe de los 
Huled-Ben-Jassi y la litera donde iban las raujeres que le re- 
galé. Cuenta con no engañarme porque pudiera costarme la 
vida el no haber fijado bien tu vista. Vete. 

Tras esta brusca despedida, so alejó el musulmán de la es^ 
tancia, y ei sublime emperador volvió á su impaciencia y á 
sus paseos. 

Y transcurrieron algunas' hofras. r « 

Y algunos altos funcionarios del imperioí qíFe'ténláti'á íratar 

70 



554 EL HÜISOR 

con su Señor délos asuntos de la guerra, tuvieron que espe- 
rarse en las habitaciones esteriores, porcjue S. M. marroquí no 
se hallaba en estado de tener consulta alguna ni de tratar otros 
asuntos (pie no fuera el referente á su pasión ó mejor dicho 
á sus deseos. 

Solamente cuando sintió que Zaard se alejaba de su lado, 
fué cuando comprendió que sino amaba al monos entre sus go- 
ces, había un vacío que no llenaba mas que la posesión de 
aquella mujer. 

Añadido á esto otros incidentes que ocurrieron todos refe- 
rentes al mismo obgeto, aunque con el variante de haber otra 
mujer mezclada en la cuestión, hicieron que el sultán diese la 
orden que ya conocen nuestros lectores. 

Las horas que transcurrieron le parecian cada vez mas 
lentas. 

Hubiera deseado que la orden que dio para prenderlo, hu- 
biera podido efectuarse en el acto. 

Pero como el príncipe ó mejor dicho Sara y su comitiva 
llevaban buenos caballos, y les convenia cuanto antes alejarse, 
retardó mucho mas su captura. 

Por fin se presentó otra vez en el cobba el comisionado 
para avisar su llegada. 
— ¿Vienen ya? le dijo el emperador en el momento de verlo. 
— Ahora mismo acaban de entrar en la ciudad, Poderoso 
Señor. 

— Está bien. En cuanto lleguen, que entren. 
Salió el musulmán y no se hizo esperar uiucho la llegada de 
los que habla anunciado. 

Alzóse el tapiz que cubría la puerta de la estancia, y se pre- 
sentó encella el oficial de los bohans acompañado de Sara. 

Una esclaraacion de alegría se exáló de los labios de Sidi 
Mahomel. 

— Señor, aquí tienes al principe que me encargaste Iragera 
A tu presencia. Y en cuanto á las mujeres que le acompaña- 
ban, esperan tus órdenes en la puerta del Al-cassar. 
jíií-rHas cumplido íielmente con tu encargo, y estoy satisfecho 



I)B ESPAÑA 555 

de tu celo. Las mujeres manda que las lleven á mi harem, y lü 
vete á esperar mis órdenes. 

El oficial se contentó con hacer una profunia reverencia, y 
tras ella se marchó á cumplir la voluntad de su dueño. 



X 



Sara y Sidi-Mahomet quedaron solos en el cebba. 

Durante algunos momentos no se digeron ambos ni una pa- 
labra. 

El Xerife miraba con una figeza espantosa á la hebrea 

Esta en cambio fijaba su mirada de águila con una espre- 
sion tan intensa, que le hacia bajar los ojos. 

— Ya estás en mi poder, principe, le dijo Sidi-Mahomet con 
un acento de ironía punzante. 

— Y ya he tenido ocasión di conocer una de tus traiciones, 
sultán, le contestó Sara con infinito desden. 

— No sabia yo que las mujeres de tu raza supieran cam- 
biar tan perfectamente de sexo. 

—Ni yo que ios emperadores de la tuya fuesen tan perju- 
ros y tan miserables. 

— jPor Alá!... gritó exagerado el Xeriffe, llevando la mano 
á la empuñadura de su gumía. 

— Iliere, le dijo la hebrea, con un desprecio indescriptible, 
no seria el primero ni el último de tus crímenes. 

El sultán estaba petrificado. 

Aquel proceder, aquel modo de ser tratado, le asombraba 
y no podía darse cuenta de lo que sentía. 

Una mujer, el ser mas débil de todas las sociedades civi- 
lizadas y el mas despreciable entre los musulifianes, era el 
que tenia la audacia de despreciarle é insultarle en su propio 
palacio. 

Por dos veces quiso hablarla, quiso castigar su insolencia; 
pero sus miradas se encontraron con unas pupilas ardientes 



556 EL HONOR 

que irradiaban de una manera lal, que era imposible resistir 
el fulgor sombrío (jue despedían. 

Pasaron ali^unos momentos en silencio. 

Al cabo de ellos, con voz no muy segura, dijo el sultán: 
— Mira, mujer, has hecho conmigo lo que nadie hasla ahora 
se ha atrevido hacer, me has hablado con un lenguage que hu- 
biese costado la vida al mas alto de sus subditos, k tí te lo 
he tolerado porque hay en tí un no sé qué especial que me fas- 
cina, que me subyuga, y que ni aun me hace dueño de mi 
misma voluntad. Por esta razón es necesario que seamos 



amigos. 



— 1 Nunca 1 

— Por qué.^ 

— Porque no podemos serlo, por que de ti á mi hay una 
distancia inmensa. 

— Es que esa distancia puedo acortarla yo. 

— Para eso falta mi voluntad. 

— Pero yo te amo. 

— Y yo nunca podré amarte. 

— Es que yo tengo medios para hacerte que cedas. 

— Y yo la fuerza necesaria para arrancarme el corazón antes 
que llegue ese caso. 

— Es que yo en mis dominios soy el amo, soy el Señor ab- 
soluto, lo entiendes? 

— Y yo de mis amores soy la señora. 

^M-Yo te colmaré de riquezas, serás la reina de mi harem. 

— Y yo desprecio tu reino lo mismo que tus riquezas y lo 
misuio que tu corazón. 

—Mujer! dijo colérico Sidi-Mohamet. Piensa que estás ha- 
blando con el poderoso sultán de Marruecos, con el poderoso 
Xeriffe. ' ! i' '^' ■ ^.:h 

— Y tú no olvides' ■que' estás hablando con la hija del joyero 
de Mequinez. 

E! efecto de estas palabras fué maraviilloso. 
Una transformación estraña se operó en el semblante dej 
emperador. 



DE ESPAÑA. 557 

Su morena tez empalideció de un modo que causaba horror. 
Sus íabios se agitaban convulsivamente. 
Fijó sus asombrados ojos en la hebrea y murmuró algunas 
palabras ininteligibles. 

Entre tanto Sara dejaba caer sobre él aplomo su triunfa- 
dora pupila. 

Por entre sus labios vagaba una : onrisa de cruel satis- 
facción. 

Representaba la imagen fiel del ángel caido gozándose en 
los tormentos de la humanidad que sufre. 

— Te acuerdas de Rebeca acaso? Le preguntó acentuando 
fuertemente cada una de sus palabras. 

— Calla, no repilas ese nombre, dijo Sidi-Mahomet con una 
agitación estraordinaria. 

— ¿Tienes miedo, ó es que sientes en tu corazón el remordi- 
miento de tu proceder infame? <;¥ eres tú el emperador á quien 
llaman justo, ol hombre á quien adoran millones de subditos 
y estás temblando delante de una mujer? 

— Oh! la fatalidad se conjura contra mí, dijo con acento an« 
gustiado el sultán. 

— No es la fatalidad, son las acciones del pasado que vienen 
á; reprocharte tu presente; son los crímenes que llevan tras 
sí el castigo. ¿Te acuerdas de la batalla de Ysly? 

— Calla mujer: dijo el XeriíTe cubriéndose los ojos como si 
(juisiera no ver un fantasma sangriento. 

— Me has de escuchar, tengo necesidad de que oigas mis 
palabras y de que caigan en tu corazón como gotas de hir- 
viente plomo que te causen el remordimiento en tu presente y 
la amargura en tu porvenir. La víspera de atjuelia batalla tese 
presentó uua mujer á quien habías robado la honra, á quien 
tú habías hecho criminal y á cuyo esposo tú habías asesinado 
porque era un obstáculo para tus deseos. 

—En el nombre del santo Profeta te ruego que calles. No 
comprendes lo que estoy sufriendo? 

— Ya te he dicho que necesito (jue me escuolies y me has de 
escuchar. Tu sufrimiento de hoy no tiene comparación con el 



^^^ ei HONon 



quo tendrás mañana. Tu abusaste indignamenle de aquella 
mujer v la despreciaste después de haberla envilecido. Anueila 
mujer te amaba, te amaba con un cariño delirante, con un 
amor frenético, desesperado. Por donde quiera que tú fuiste, le ■ 
•siSu>o aquella mujer. La víspera de la batalla de l^slv cele- 
braste una reunión con todos los oliciales, en la cual tú les pre- 
sentaste todo el plan de la acción que hablas de dar el dia si- 
guiente. Ella lo escuchó todo, y cuando tú quedaste solo, 
penetró en tu tienda; como siempre te pidió tu amor v como 
siempre lo despreciaste, te suplicó de rodillas v en tu furor 
insensato la repeliste tan bruscamente que su cabeza chocó con- 
tra unos palos de la tienda, y la sangre corrió por su rostro 
tnlonces juró vengarse y se vengó. Burlando la vigilancia tle 
tus tropas, salió aquella noche de tu campo, se fué al de tus 
enemigos y al dia siguiente tuviste la derrota mas completa 
que cuentan los anales marroquíes. .,„ 

Mah¡met"^ '■«'="e'"<les aquel dia, dijo interrumpiéndola Sidi 

—A aquel dia se siguieron muchos, aquella mujer tan ar- 
diente para amar como para aborrecer, te fué preparando ene- 
migos para el dia en que subieras al trono. Ella no ha podido 
ver el resultado de su obra: murió, pero su venganza quedó 
en muy buenas manos, y los resultados son v prometen ser 
aun mucho mejores. 

—Calla, volvió á repetir el sultán con un acento en que se 
hallaban mezclados la cólera y el miedo. 

—Ni tu cólera me asusta, ni tu amor me enorgullece ni 
tus terrores conseguirán inspirarme compasión. Estas en una 
guerra con una nación que te ha demostrado lo que puede los 
franceses tratan de introducirse poco á poco en el corazón de 
tus reinos, la Inglaterra te tiende una mano de amigo y te 
.saquea con la otra de mercader; tus pueblos te temen%ero le 
detestan. 

—Silencio! repitió el Xeriffe acreciendo su furor. 
—Multitud de tribus te se están declarando independientes 
lu tesoro se vá quedando exauslo con los inmensos gastos queJ 



DE ESPAÑA. 559 

estás haciendo, y para completar este cuadro, para hacer mas 
horrible tu situación, tus hermanos te disputan el trono, tienes 
la guerra civil dentro de tus estados, y en la frontera de ellos 
una nación estraña ha castigado una y otra vez tu orgullo y tu 
necedad. 

,: — ¿Pero tú te has propuesto que yo te entregue á mis ver- 
dugos? 

— Aunque hicieras eso, la venganza de Rebeca se cumpliría 
y ayl de tí cuando llegue ese día que está muy cercano. 

— Pues bien, yo desafio esa venganza; que llegue ese día 
que me anuncias, y me encontrará sereno, yo venceré á to- 
dos mis enemigos, pero no sin que antes hayas sido tú mi con- 
cubina. 

— Jamás! gritó con arranque la hebrea. 

— En tu necio orgullo has ido á meterle en la boca del león. 

— Es que la serpiente es mas astuta que el, y saldrá vence- 
dora en la lucha. 

—Lo veremos, dijo el Sultán 
Tras estas palabras tocó un timbre que había en la estan- 
cia, y á su vibración se presentó en ella un musulmán que 
con respetuoso acento, preguntó: 

— Qué mandas señor? 

— Lleva esa mujer á mi harem y di al gefe de mis eunucos 
que la provean inmediatamente de las tropas que convienen- 

á su sexo. 

Y arrojando una mirada de triunfo sobre la judía, desapa- 
reció por una de las puertas del cobba. 

Sara, á su vez fijó sus ojos de una manera indefinible en el 
suUan, y daguerrotipando en sus labios una sonrisa de despre- 
cio, siguió al encargado de conducirla al harem. 



•8hS< 



Entre tanto era general la impaciencia entre el egérclto por 
iponlinuar hacia adelante. 



560 EL HONOU 

Y esta impaciencia se hacia eslensiva á toda la península. 
Es verdad que es imposible que haya hai)ido guerra alguna 

cuyos pasos se hayan seguido con mayor interés que la de que 
nos ocupamos. 

Todas las provincias, todos los pueblos, lodos los indivi- 
duos han formado por decirlo así, una masa común en la cual 
solo ha habido un pensamienlo; el engrandecimiento de la Es- 
paña, solo un dtseo; el de vencer en la jucha entablada, solo 
una idea; la de sacriíicarse, porque el resultado de esa lucha 
sea satisfactorio. 

Y esta impaciencia, este deseo, este pensamiento, y esta ¡dea, 
estaban perfectamente acordes con los de todo el egércilo. 

Vencedor en tantos combate , habla aspirado á la pose- 
sión de una ciudad musulmana. 

La fortuna les habia sonreído, y el Dios de las victorias 
había realizado sus deseos, concediéndoles á Tetuan. 

Aquella senda perpetuamente esmaltada de laureles, habia 
hecho agitarse nuevos deseos en su corazón, y brotar ideas 
nuevas en su mente. 

Tetuan era poco para su ambición. 

Habían conseguido á la perla del Guad-el-Jelú y no esta- 
ban contentos. 

Les habia parecido que Tetuan era una virgen pudorosa y 
tímida que no había tenido fuerzas para resistir el empuje in- 
domable de los invasores. 

Los soldados querían posesionarse de Tánger. 

Aquel guerrero cubierto de hierro, y arrojando por las bo- 
cas de sus cañones la muerte y la doslruccion, escitaba pode- 
rosamente sus deseos. 

Cuanta mas resistencia haya en un punto, mas gloria hay 
en tomarlo. 

Este pensamiento se había tan fuertemente arraigado en 
la imaginación de todo el egército, que se esperaba con una 
ansiedad indecible el momento en que se recibiera la orden 
de alzar las tiendas. 

Demasiado sabían que el camino que iban á atravesar era 



DE ESPAÑA 561 

en estrerao peligroso, pero peligroso también habia s¡d(» el paso 
del Cabo-Negro, y sin embargo se encontraban en Tetuan. 

Y sobre todo una victoria sin peligros, no es victoria, y el 
soldado español, no es de ios que quieren ceñir un laurel, sin 
haberlo antes regado con su sangre. 

Pero para una marcha así, como ya hemos indicado ante- 
riormente, era preciso tomar otras medidas, otras precaucio- 
nes, que antes no habían sido necesarias. 

Los camellos habían llegado ya al campamento, pero era 
necesario proveer de altólas á los destinados para la conduc- 
ción de heridos, y de sillas especiales á los que hubieran de 
conducir víveres, etc. 

Todo esto como es natural habia de llevarse tiempo, y 
tiempo que aumentaba la impaciencia general. 

Pero la responsabilidad sobre quitMi pesaba era sobre el 
General en Jefe, y este, lo comprendía demasiado bien para 
no dar un paso sin contar con los elementos necesarios para 
su mejor resultado. 

En cuantos movimientos había egecutado hasta entonces 
habia salido bien, y no era justo que por una ligereza incaiiíi- 
cable, fuera á arriesgar el fruto de lantos afanes. 

y no era él, quien menos deseos tenia de castigar de una 
vez á los marroquíes. 

Cada día, tenia que lamentar la pérdida de algún soldado 
á quien los moros que se acercaban por la noche al campa- 
mento, quitaban traidoramente la vida. 

Se traló de escarmentarlos, y para el eícclo, salieron al- 
gunas fuerzas, á las aldeas en que moraban aquellas hordas 
de rateros y asesinos. 

Pero se alejaron llenos de pavor, contemplaron desde lejos 
el incendio de sus chozas, y á la njche siguiente volvieron á 
sus robos y asesinatos. 

Asi es que unido al deseo de castigar todos estos latroci- 
nios, tenia también el Conde-Duque, el de satisfacer con la 
ansiedad pública la del mismo egercilo. 

Mas los elementos que tan contrarios nos han sido desde 

7! 



562 EL HONOR 

que se empezó la fíuerra, volvieron á desencadenarse, y los 
temporales volvieron á reinar en aquellas costas impidiendo el 
desembarco de los obgetos precisos para la marcha. 

Sin embargo la calma volvió á restablecerse, y los prepa- 
rativos siguieron activándose. 

La segunda parle de la campaña se habia inaugurado bri- 
llantemente con la acción del dia 11, y aquella habia sido el 
preludio de nuevas victorias. 

Los tercios vascongados, esa ofrenda hecha por las tres 

provincias hermanas á la guerra de África, hacia dos dias que 
estaban en Tetuan completando su instrucción, y ansiaban 
también medir sus armas con las de los marroquíes. 

Se habia hablado mucho de ellos, y querían dejar bien 
puesto el honor de las provincias que representaban. 

Hasta entonces ninguno de los batallones que hablan ido al 
otro lado del estrecho, habia sido indigno de los soldados que 
tan heroicamente inauguraron la campaña y los voluntarios 
catalanes, en su bautismo de fuego en la batalla del dia 4 de 
Febrero habían escitado la admiración de sus compañeros. 

Los tercios vascongados, pues, necesariamente tenían que 
ponerse á la altura de su fama, é igualar, ya que superar no, 
á los que habian regado con su sangre el suelo africano. 

El general Latorre, los había organizado, y él mismo los 
habia de conducir á la victoria. 

Por fin tras largos dias de espera, tras tantas horas de an- 
siedad infinita, se dio el dia 22 de marzo la orden de batir 
tiendas, y el egército ebrio de entusiasmo, y ansioso de gloria, 
se puso en naarcha con dirección á Tánger, 



XII 



Puestos ya en marcha nuestros soldados, nos parece muy 
oportuno dar algunos antecedentes sobre el camino que tenían 
que atravesar para llegar á Tánger, y los accidentes de aquel 
terreno en los cuales habian de encontrar cien peligros. 



DE ESPAÑA. 565 

Sin embargo nada arredraba á nuestros valientes, y eso 
que como nuestros lectores verán, habla en aquellas sendas 
abiertas entre las rocas, motivos para amenguar el valor de 
los mas esforzados. 

«En la estación buena, ó de primavera los viajeros recor- 
ren ordinariamente á caballo en diez ó doce horas el trayecto 
de Tánger á Tetuan. En la época del mal tiempo, se ven for- 
zados á detenerse en el Fondack, á 24 kilómetros de Tetuan 
próximamente, donde pasan la noche. 

Antes de llegar á este punto y á tres kilómetros saliendo 
de Tetuan, se encuentra el Djebel Ghuby, y como á la distan- 
cia de un tercio del puente de Bronfoth, un arroyo llamado 
Uned-Samsa. 

Dicho puente, distante unos diez kilómetros de Tetuan, es 
de piedra, casi nuevo, y se halla en buen estado. Se llega á él 
de Tetuan por un camino de una pendiente continuada y rápida. 

De Tetuan al Fondack se recorre un país muy accidentado, 
donde se encuentran pasos muy difíciles para los viajeros y 
casi impracticable para un ejército con su artillería y bagajes. 
Los obstáculos mas grandes están á la aproximación del 
Fondack. 

El Fondack es un arenal en medio del cual se encuentra un 
patio rodeado de arcos, bajo los cuales están situadas las ha- 
bitaciones de los viajeros. Este establecimiento pertenece al 
Emperador. 

Alli reside un guardián ó portero que percibe una ligera 
retribución de los viajeros, estos deben ir provistos de todo 
lo necesario para su cama, su subsistencia y la de sus caballos. 

De nada puede proveérseles en el acto mas que de agua es- 
celente. 

El Fondack está construido en el fondo de una garganta 
en medio de páramos desiertos y de montañas cubiertas de 
maleza. Viniendo de Tánger se descubre delante de sí el Fon- 
dack, auna distancia de mas de doce kildraetros. 

Al salir del Fondack, y pasada la garganta en que está situa- 
do, el camino que sigue hasta Tánger es casi siempre directo. 



3f54 %l HONOR 

A casi ¡í>nal distancia fiel Fondack y Tetuan, es decir á 24 
ó 50 kilómetros sobre el camino que conduce á Tánger, se en- 
cuentra on un sitio miiv pintoresco y cubierto de sombra, una 
bonila fuente nombrada Amodjoda, cuyos alrededores son en 
el invierno pantanosos. Cerca de ella están los restos de un 
campo atrincherado de los romanos. 

La rula ordinaria de Tetuan á Tánger pasa por el lado. 

Se llega de Tetuan á Tánger por la parte del mar ó de la 
aduana, después de haber franqueado un pequeño arrovo y 
atravesado un pantano cubierto casi siempre de agua en in- 
vierno. En la actualidad este pantano está seco.» 



xin 



Creemos que si nuestros lectores nos han seguido favore- 
ciendo hasta aliíunos de los capítulos anteriores, recordarán á 
Benjamín el hijo del cheg de los judíos de Mequinez, 

Todo era innoble en aquella figura. 

Su deformidad física causnba á primera vista compasión. 

Pero reparando en las líneas de aquel rostro, en aquellos 
ojos que arrojaban una mirada sesgada y recelosa, en aquella 
fi'cnle doprimííla, v en la sonrisa dura y cruel que casi siem- 
pre vagaba pf>r sus Inbios, no podía menos de sentirse un miedo 
instintivo y una repulsión invencible hacia él. 

Tal vez en la formación de aquel carácter, y en la maldad 
de sus ideas, había influido mucho la deformidad de sus es- 
paldas, y la mala conllguracion de sus piernas. 

Benjamín había nacido dotado de una inteligencia despe- 
jada y brillante. 

Cuando niño, mientras que todos sus hermanos eran acari- 
ciados por sus padres, y los amigos y parientes de estos, á él 
solo le concedían cuindo mas una mirada y una palabra de 
compasión. 

De esto nació la envidia en el fondo de su pecho. 



DE ESPAffA. 565 

En los juegos de sus compañeros, no podía alternar, porque 
las burlas mas picantes, los motes mas crueles llovían sobre él, 
y si se encolerizaba, nadie le daba la razón, y todos pegaban 
con el pobre jorobado. 

La consecuencia de esto fué el aborrecimiento á sus seme- 
jantes. 

Sin fuerzas físicas para luchar con ninguno, recurrió á la 
astucia, y esta le sirvió maravillosamente en todos los actos 
de su vida en que tuvo necesidad de hacer uso de ella. 

Conforme fué creciendo, su odio se fué desarrollando. 

Con ia edad sintió nuevas pasiones, y tuvo que renunciar 
á la satisfacción de todas ellas. 

No podía acercarse á una mujer, porque en seguida, si 
era demasiado prudente para echarle en cara su deformidad, 
se negaba á concederle su amor. 

Sus padres no se cuidaban de él, y todos los alagos, todos 
los placeres eran para sus hermanos. 

De ahí, fil que se reconcentrase en sí mismo, y un odio im- 
placable bacía toda la humanidad, fué lo único que sintió en 
su pecho. 

Sus labios solo se entreabrían para pronunciar una palabra 
amarga y punzante como la envidia, y el odio que le devoraba. 

Hacia cuanto daño podía, y la idea del bien fué desterrada 
de su imaginación. 

Al aprender á odiar, aprendió también á ser hipócrita, y 
todos sus crímenes los ocultaba bajo una capa impenetrable. 

Y asi pasaron muchos años. 

Parecía que todas las demás pasiones yacían adormecidas 
en el fondo de su alm.a. 

Y solo su aborrecimiento profundo é indestructible vivía 
perenne y amenazador siempre en su pecho. 

Por entonces, lleg(') Sara á la casa de su padre. 
Como siempre Benjamín escuchó la conversación que había 
mediado entre el che^j y la hebrea. 

Miró á Sara con avidez, y sintió palpitar una cosa en su seno. 
Se le encendieron las megíilas, un fuego abrasador devoraba 



566 EL HONOR 

SU pecho, y sus ojos le parecían insuficientes para contem- 
plarla. 

Aquello que él sintió en su seno, era la pasión que se habia 
despertado en un momento, y habia crecido de una manera in- 
mensa. 

Hervía la sangre en sus venas, y no podia darse él mismo 
cuenta de aquellas estranas sensaciones. 

Se habia separado ya la hebrea de su vista, y él la estaba 
mirando todavía. 

Tras las palabras que nuestros lectores recordarán, le dijo 
su padre, se retiró á su cuarto, y á solas consigo mismo se 
dedicó á estudiar su situación. 

Al comprender el estado de su alma, se estremeció. 

Comprendió que aquello era amor, y demasiado sabia que 
para él era un fruto vedado. 

Pensó que Sara podría amar á otro hombre, y unos celos hor- 
ribles, punzantes y amargos destrozaron las fibras de su alma. 

Quiso ahogar por el esfuerzo potente de su voluntad aquella 
pasión, y todo fué en vano. 

Lágrimas de una amargura infinita brotaron de sus ojos. 

Acusó á la naturaleza de aquella figura repulsiva que le 
habia dado, y ni su desesperación, ni sus llantos, pudieron ali- 
viar el fuego que le consumía. 

Muchas horas pasaron así. 

Al cabo de ellas, en su semblante se retrataba una alegría 
siniestra. 

Habia encontrado un medio para vencer. 

Se decidió por hablar aquella noche con la judía, y lo con- 
siguió. 

Estaba esta sola en su estancia. 

La presencia del jorobado, la sorprendió, y mucho mas su 
manera de espresarse. 

Benjamín la dijo que la amaba con una vehemencia es- 
traordinaria. 

Virgen de amores su corazón, arrojaba á torrentes hasta 
sus labios palabras de una elocuencia infinita. 



DÉ ESPAÑA. S67 

. Sara le escuchaba, y no comprendía que bajo aquella capa 
grosera y repugnante, se ocultara un alma que dictase seme- 
mejantes palabras. 

Sin embargo, ella amaba, y su amor era de aquellos que 
nada, ni nadie podían borrar. 

Con una franqueza encantadora, reveló al judío su pasión, 
y por causa de esta la negativa á la correspondencia de la suya. 

Benjamín la escuchó impasible. 

Ni un músculo de su fisonomía se alteró. 

Pero al levantarse la arrojó una mirada indefinible, y tam- 
baleándose como una persona embriagada salió de la estancia 
sin decirla una palabra. 

Sara no volvió á acordarse de aquel incidente. 

Mas al salir al día siguiente para ir al palacio del Empera- 
dor distinguió en el fondo del sombrío corredor de la casa del 
Cheg, dos ojos que al fijarse en ella despedían un fulgor que 
tenía algo de fatídico y terrible. 

Benjamín había encontrado el medio de vencer á aquella 
rauger, y enseguida iba á ponerlo por obra. 

Cuando Sara salía del palacio llevándose á Zaard, Benja- 
mín, estaba hablando con el Xeriffe marroquí. 

Allí le dijo quien era la hebrea, á lo que había venido, y 
la consecuencia de esto, ya la han visto nuestros lectores. 



568 



EL HONOR 



CAPITULO XXXX 



Alberto y Zelin se ponen en camino para Mequincz. — El invisible y Zo- 
beiba. — El desierto do Gart — Kabilas del Riif en el campamento de 

Muley-Abbas. 




spcraba impaciente Abdel-Abbas la no- 
ticia de que la marcha deZaard se liabia 
veriíicado con el éxito mas satisfactorio. 
Hdbia estado en las cercanías del al- 
cázar espiando los movimientos de los 
soldados que acompañaban á Sara, y cuando vio á ésta que sa- 
lía escoltando la litera donde iba la amada de Zelim sintió pal- 
pitar su corazón con una alegría inmensa. 

Entonces se retiró á su casa jjara esperar el mensaje que 
según Sara le habia dicho le enviaría diciendo en el lugar eu 
que le esperaba. 

Y en ese anhelar inquieto se pasaron muchas horas al cabo 
de las cuales se presentó en la casa del Cheg un moro que so- 
licitó hablar cou Abdel-A.bbas. 



DE ESPAÑA. 569 

— Qué traes, Daniel, ie dijo este en el momento en que la 
vio. ¿Dónde rae espera Sara? 

— Ah! Señor le contestó Daniel no podéis imaginaros lo que 
ha sucedido. 

— Que ha pasado, vamos espücate. 

— Que anoche fuimos sorprendidos por la guardia negra del 
Emperador y mi señora con ias otras dos mugeres ha sido con- 
ducida al palacio de Sidi-Mohamed. 

— ¿Qué eslás diciendo, Daniel? dijo A.bdel-Abbas con un 
acento que revelaba su profundo dolor. 

— La verdad, nosotros nos defendimos pero eran muy supe- 
riores en número nuestros enemigos y no tuvimos mas reme- 
dio que ceder. De ¡os moros los que no quedaron tendidos en 
el campo huyeron y solo yo he podido á través de mil peligros 
seguir a mi señora y separarme de ella cerca de la ciudad para 
venir á decirte lo que ha pasado. 

— ¡Dios de isrraell Exclamó el hijo de Isaac alzando en- 
trambos brazos al cielo. ¿Y qué vamos á hacer ahora? Mira 
Daniel, prosiguió dirigiéndose al joven, vele á preparar nues- 
tros caballos que vamos á partir en seguida. 

— Eslá bien, voy al momento. 

Salió Daniel de la estancia y Abdel-Abbas se dirigió á la 
del Cliey á quien contó todo lo que habia ocurrido. 

Este no sabia esplicarse la causa de aquella eslraña mnta- 
cion en el ánimo del Sultán, 

Es verdad que nada de particular tenia si se atiende á la 
índole peculiar de los déspotas musulmanes. 

Abdel Abbas encargó al Cheg^ que estuviese muy al cuidado 
de todo cuanto pudiese averiguar respecto á Sara y que no 
escasease medio alguno para facilitar su evasión si por casua- 
lidad permanecía en el palacio puesto que él se iba inmediata- 
mente á Tetuan á participar lo que habia pasado á sus pa- 
rientes. 

El Chcg prometió hacer cuanto estuviera de su parte y 
^(juella misma tarde salieron por la puerta de Raab-Ebeu-is- 
mail el hijo de Isaac seguido de Daniel y de otros dos esclavos. 

72 



570 EL HONOR 



II 



Sin detenerse apenas á lomar alíenlo atravesaron la dis- 
tancia que separa á la capital del imperio, de Totuan y llega- 
ron á esta ciudad á los dos ó tres dias de haberse empeñado 
la acción del dia once. 

Inmediatamente se dirigió Abdel á la casa de su padre don- 
de se encontró á Alberto. 

El poeta esperaba con impaciencia noticias de Sara. 

No pasaba dia en que no se acordase de ella, no precisa- 
mente por el cariño que él sentia si no por el que la hebrea 
abrigaba respecto á él. 

Alberto comprendió que jamás podria amar á Sara. 

Pero sin embargo conocía el cariño que ella le profesaba, 
había visto el sacriGcio tan inmenso que por él había hecho y 
su conciencia le decía que amase a aquella mujer aunque su 
corazón la rechazara. 

Asi fué, que al saber por boca de Abdel la prisión de la he- 
brea, sintió un dolor profundo en el fondo de su alma. 

Y tan luego como vio á su hermano, le dijo: 
— ¿Sabes lo que ha pasado, Zelim? 
— No, sí tú no te esplicas, le dijo este: 
— Pues bien, Sara había conseguido sacar de las garras del 
emperador á lu amada. . . , 

— Oh! bendito sea el señor, dijo Zelim con un acento en 
que se advirtió el goce que embargaba su pecho. 

— No te alegres todavía. 

—Pues que hay? habla. 

— Que Zaard y Sara han sido cogidas por el Xeriffe. 

— Ohl 

— Ya estaba en libertad, ya se hallaban bastante lejos de 
Mequinez cuando un tropel de ginetes de la guardia negra las 
ha sorprendido y llevado al palacio de Sidi-Mahomet. 



DE ESPAÑA. 571 

— Y qué vamos á hacer ahora? preguntó el amante de Zaard. 
— Tratar de salvarlas á toda costa, contestó Alberto. 
-—¿Y de qué modo? 
— Marchando á Mequinez. 
— Pero yo solo, será imposible. 
-*Yo iré contigo y ademas nos acompañará Abdel. 
— Gracias, hermano mió, cenlesló con efusión el amante de 
Zaard, estrechando la mano del poeta. 
— ¿Y cuándo partimos? 
— Mañana al romper el alba. 

Y tras estas palabras fueron los dos hermanos á comunicar 
su proyecto al anciano Isaac que se hallaba sumamente afli- 
gido con la noticia de la prisión de Sara. 

Desde allí se fué el poeta á despedir de Zaida y de Ester. 

En cuanto í\ esta última, fué su despedida mucho menos 
tierna y menos aflictiva que la de Zaida. 

Ester estaba demasiado preocupada con la marcha, que se- 
gún se decia, pronto emprenderla Carlos para que pudiese pen- 
sar en otra cosa. 

La pobre niña amaba á Alberto con su primera, con su mas 
santa, con su mas ferviente pasión, y aunque éste siempre la 
habia desengañado, ella no por eso dejaba de amarle. 

Así fué que en su despedida hubo lágrimas y protestas de 
amor, y las mismas palabras contenidas y severas del amante 
de Sara. 

Y no era porque Alberto dejara de amar á Zaida. 

Al contrario, habia una fuerza misteriosa en su corazón que 
le impelía hacia la pobre niña. 

Pero estaba de por medio su deber y á él y solo por él se 
sacrificaba. 

Por fin, tras las despedidas y trastos llantos, en la madru- 
gada del siguiente dia, el poeta, el amante de Zaard y Abde!- 
Abbás, emprendieron el camino para Mequinez. 

Y montes, y valles, y llanuras, y quebradas sierras atra- 
vesaron nuestros viageros. 



S72 BL HONOR 

Alberto y Zoliin habían vuelto á dejar sus trages castella- 
nos para vestir á la usanza mora. 

Y de este modo pudieron pasar por cerca del Fondack sin 
escilar las sospechas de los soldados de Muley-Abbás. 

De esta manera, corriendo siempre y descansando apenas, 
llegaron nuestros viajeros á la entrada del desierto de Ga-rt. 



ni 



Antes de seguir á Alberto y á Zelim en su escursion, y 
próximos á entrar ya en el pequeño desierto de Gart, nos pa- 
rece oportuno transcribir lo que sobre este punto hemos visto 
en. las memorias del señor Alvarez. 

«Un espectáculo tan nuevo como aterrador se iba á pre- 
sentar sin embargo á su vista. Insensiblemente fué, espirando 
la animación de los viageros. El silencio habia sustituido á las 
continuas preguntas y respuestas do unos y otros. Miró Alva- 
rez á su alrededor, y vio las fisonomías macilentas, los ojos 
cíe Sidi-Mahomet, animados y alegres siempre, estaban vela- 
dos por una espresion sombría; no habia necesidad de pregun- 
tar la cnusa de aquella trasformacion desagradable. Habían 
desaparecido las hermosas florpstas, las alegres y embalsama- 
das campiñas, las frondosas enramadas y las colinas pintadas 
de esmeralda. No serpenteaba á sus pies ningún arroyo cris- 
talino: no alegraba su oído el armonioso trino de las aves, ni 
el sordo y blando murmullo que el Euro arranca de los bosques, 
meciendo suavemente las copas de los árboles: no se veía aquel 
cielo azulado y trasparente, bordado de nubéculas de oro y 
púrpura. Todo lo que se presentaba á la vista era sombrío, 
melancólico y siniestro. 

Permaneció mudo por un rato bajo aquella impresión mis- 
teriosa é indefinible. Por último, haciendo un esfuerzo sobre 
si mismo, preguntó á Sidi-Mohamel. 
— i En donde estamos! 



DE ESPAÍÍA. 575 

— |En el desierto! murmuró el árabe, y ambos quedaron 
otra vez en silencio. 

— jEI desierto! horrorosa soledad , desnuda de vegetación 
y falta de agua; de donde huyen aterrados los hombres y 
los animales; donde los vientos abrasadores y violentos arras- 
tran en su impetuosidad montañas de arena que sepultan ca- 
rabanas enteras; donde la planta del viagero no encuentra mas 
que ásperos y tortuosos senderos, herizados de rocas calcá- 
reas, abiertas por la fuerza del sol y de los vendábales. 

Aquí y allá se veian montañas escarpadas de un color som- 
brío. No fijaban la vista los viajeros en ningún objeto que no 
trajese á su imaginación la idea de la muerte. El espíritu mas 
levantado se siente allí sobrecogido de un temor supersticioso 
que le embarga y le amilana á su albedrío, quitando á la sazón 
la predominación. El contorno estraño y caprichoso de aque- 
llas inmensas moles casi negras, se les figuraban fantasmas 
animados que avanzaban paulatinamente, hacían ellos: hasta 
el ruido de sus mismos pasos, les hacían volver la cabeza es- 
pantados. 

Nada tiene de estraño esos temores pueriles de niño, aun 
en los hombres de mas valor, porque este solo se tiene sobre 
los objetos y cosas que nos son fíimiliares ó están al alcance 
de la razón; pero el desierto con todos sus incidentes peculia- 
res, coloca al hombre en una situación escéntrica y sobre na- 
tural, fuera de ese mundo que vive como él, que le comunica 
todas sus emociones; la continuidad en el desierto bastarla por 
sí sola para estinguir lentamente su existencia. 

No es sin embargo el desierto de Garl, que atravesaban 
los viageros, el mas espantable do los que se encuentran en 
aquel pais clásico de los desiertos. Todo el día caminaron por 
él, y eso que no hicieron mas que cruzarle por uno de sus es- 
tremos. 

Hacían alto de trecho en trecho, porque la arena movediza 
sobre que pisaban rendía á los hombres y á las caballerías; 
pero la idea de que les sorprendiese la noche en tan horribles 
soledades, les daba fuerzas y alientos para salvar las ásperas 



574 EL HONOft 

y los profundos barrancos. Iba el sol terminando la carrera; 
se había presentado á la vista de los viajeros nn montecillo 
que era preciso salvar antes que la oscuridad de la noche les 
espusiese á caer en los derrumbaderos que ofrecía por ambos 
lados. Aguijonearon á las muías, treparon casi los hombres 
cuesta arriba, ven una media hora se hallaron sobre la cuesta 
del montecillo. 

iQué espectáculo se presentaba desde allí á la vista! 

¡El ocaso! ¡La puesta del sol en el desierto! 

Hé aquí nna fruición que no atreve á darse el mas teme- 
rario de los viageros. Hay quien escale las elevadas cimfis de 
.«an Bernardo, quien descienda impávido hasta una profundidad 
fabulosa por entre las grietas que se forman en el cráter de los 
volcanes; pero, quién aguarda en el desierto á que espiren 
los últimos fulgores del sol? ¿Quién espera las tinieblas de la 
noche, allí donde á la luz del dia se siente el alma mas fuerte 
sol)recogida y helada de espanto? 

Era tan sorprendente y estrafía aquella perspectiva, que 
Alvarez no pudo menos de pararse un momento á contemplar- 
la. Detuvo por el brazo á Sidi-Mohamed, y ambos quedaron 
absortos, la vista fija en el incidente. Presentaba al cielo un 
color amarillento y casi verdoso, sobre el que se destacaban 
con dureza en líneas paralelas y horizontales unas nubes ne- 
gruscas como de pizarra; por su parte inferior, y casi besando 
el]horizonte, enseñaba todo su disco el astro luminoso, pero 
sin ese foco de luz irresistible á la pupila. Semejaba mas bien 
la luna cuando aparece rojiza y como ensangrentada después 
de la tempestad. Sus débiles ravos proyectaban su amortigua- 
da luz sobre los objelos, dándoles un tono parecido al azufre. 
Los valles, los montes y los peñascales ofrecían un aspecto 
sombrío imposible de describir. Al hundirse completamente 
detras de la tierra, no dejó en pos de sí el crepúsculo sino 
una débilísima claridad que se estinguió en pocos minutos. Los 
dos espectadores caminaron silenciosos y con paso acelerado á 
unirse á sus compañeros de viaje. 



DE ESPAÑA. 575 



IV 



Dejemos por ahora á los dos amantes proseguir su marcha 
y vamos entre tanto á ver io que habiasido de Zobeiba cuando 
la arrebató el invisible del medio de ia reunión de ios gefes de 
las kabilas del Riff. 

Quien era aquel hombre que causaba un terror tan profundo 
á los bravios habitantes de aquellas montañas? 

Nadie lo sabia. 

Nadie supo jamás de donde habia venido ni cuando se iria. 

En lo mas inaccesible de las montañas sobre el pico mas 
elevado de ellas habia establecido su morada. 

£1 seno de una roca era su habitación. 

Nadie habia penetrado jamás en ella.' 

Un negro tan atlélico como su amo era el único compañero 
y la única persona que habitaba con él. 

Algunos Riffeños intrépidos y esforzados habían querido 
escalar aquella sierra á fin de conocer de cerca á aquel ser 
misterioso. 

Pero casi todos hablan pagado cara su temeridad. 

De la cúspide de aquellas breñas se hablan desprendido 
trozos de granito que habían arrastrado tras si a los ansiosos. 

Estaban dos kabilas en guerra, peleaba la una con razón 
mientras que la otra quería una injusticia. Llegaban á las ma- 
nos y del lado donde estaba la razón se presentaba el invisible 
cubierto el rostro con una toca blanca y blandiendo su pode- 
rosa maza de hierro sembraba la muerte y la destrucción en- 
tre el bando que quería la injusticia. 

Donde habia miserias allí estaba la mano del invisible para 
socorrerlas. 

Donde había crímenes que castigar allí estaba también el 
potente brazo del invisible para llevar á efecto la justicia* 

Era por decirlo así el Señor Omnipotente de las tribus del 
Kalaya, 



576 EL HO.NOH 

Y nadie pudo verle jamás el rostro. 

Se le disliiiguia siempre por su caballo negro como el éba- 
no, la piel de tigre que llevaba sobre sus hombros y la toca 
con que cubria su cabeza. 

Cuando alguna familia, cuando alguna persona le ofendía 
hablando mal de él ó tratando de prepararle alguna celada; 
cuando mas descuidados estaban, penetraba por una de las ven- 
tanas ó se clavaba en las paredes de la casa una flecha á la 
que iba atado un papeiilo en el que se leia con caracteres ro- 
jos la palabra ((invisible.)) 

Aquello era una especie de aviso para que se enmendasen. 

Pero si sucedía al contrario, si persistían en su idea apa- 
recía uno de los individuos tendidos en el campo con el cora- 
zón atravesado por una flecha exactamente igual á la que ha- 
bía entrado en la casa. 

Mil veces ocurrió que le esperasen ocultos tras de las peñas 
algunos moros con las espingardas preparadas, para quitarle 
la vida al salir de su caberna. 

Pero habían disparado sobre él y ¡cosa estraña! había se- 
guido su marcha tranquilo é indiferente como si las balas no 
le hubieran tocado. 

Entonces se retiraban mustios y cabizbajos los acechadores 
y á los pocos (lias no habla algunos de ellos que no tuviese 
alguna desgracia que lamentar: bien fuese en su persona, ó 
bien en sus intereses. 

Así es que con todas estas cosas el nombre solo del invisi- 
ble bastaba para causar un miedo estraordinario. 

Añádase á esto que según contaban los habitantes de las 
inmediaciones se oían en medio de la noche gritos de una ago- 
nía inmensa, ruido de armas que se chocaban, carcajadas y 
llantos é imprecaciones todo revuelto en una confusión es- 
pantosa 

Tal era el personaje que h?,bía atravesado á Zobeiba de- 
lante de él sobre el caballo y que había desaparecido del 
bosque. 



DE esPAÍíA. o77 

El invisible fijaba sus ojos en los que brillaban mi placer 
infinito sobre Zobeiba que aun permanecia desmayada. 

De cuando en cuando sus ; labios se enlreabrian y de su 
garganta se escapaban estas palabras pronunciadas con un 
cariño inmenso. 
— jQué hermosa es! 

Y volvia á su muda contemplación otra vez. 

Y de este modo atravesaron una gran distancia huyendo 
siempre de los sitios habitados. 

Por fin llegaron cá la falda de una sierra, cuya subida era 
áspera y dificilísima. 

Parecía imposible que nadie pudiera subir por ella. 

Pero el caballo asentó sus cascos sobre los primeros pe- 
druscos y empezó á subir hacia la cumbre. 

Casi á la mitad de la subida sacó el caballero un silbato 
de oro que pendía de su cuello y arrojó tres prolongados silbi- 
dos guardando siempre la misma distancia uno de otro. 

En aquel instante pareció que en el seno de la montaña se 
advertía un gran movimiento. 

De pronto se oyó sobre la cima un ruido como si se hubie- 
ran desplomado una multitud de peñas y después lodo quedó 
en silencio. 

El caballero parecía ageno á todo aquello. 

Fijo en la contemplación de Zobeiba había hecho una abs- 
tracción completa de cuanto le rodeaba. 

Sin embargo cuando llegaron á la meseta que formaba la 
sierra volvió en si de aquella especie de sueño que le per- 
turbaba. 

Aquella superficie podía tener unos cincuenta pies en cuadro. 

Casi en la mitad de ella se veía un promontorio de piedra 
(jue abriéndose en su centro permitía ver una bajada bastante 
suave y lo suficientemente alta para que pudiese penetrar por 
elia un caballo con su gínete. 

A la puerta de aquella estraña caverna había dos negros 
con las espingardas preparadas. 

íNI el recién llegado ni los negros se dijeron una palabra 

73 



578 F.L HONOH 

y el invisible empezó á bajar por la pendiente (jue se abría en 
el seno de las rocas. 



Zobeiba y el invisible penetraron en el subterráneo. 

Conforme iban bajando Ja pendiente se hacia mas suave. 

Por íin al cabo de dar una porción de vueltas se detuvo el 
caballo, á la entrada de una especie de pórtico hecho con ma- 
deras primoiosamenle trabajadas. 

Un tropel de negros se agrupó inmediatamente á la puerta. 

El caballero se apeó sin soltar á Zobeiba, y abandonando 
el caballo á sus criados atravesó el pórtico. 

Una estancia abovedada pero estensa se encontraba tras él. 

Lámparas pendientes del techo, iluminaban tanto aquella 
habitación como las demás porque iban pasando. 

Servidores invisibles también, alzaban ios tapices que cu- 
brían las puertas al acercarse el caballero. 

Conforme iban cruzando aposentos, iban cambiando estos 
de formas por decirlo asi. 

Paredes cubiertas, unas de esquisitos mosaicos, otras de 
lapices, y otras blancas y lucientes como si estuvieran charo- 
ladas; alfombras en los suelos, cuadros de esquisito mérito, 
muebles europeos y divanes, y esterillas y perfumes del gusto 
oriental, todo se encontraba en aquellos sitios. 

Parecia un palacio encantado de las a Mil y una noches.)) 

El invisible no se detuvo en ninguna de aquellas habitacio- 
nes, y solamente en una de ellas, en vez de dirigirse al fondo 
donde se abria una puerta, se dirigió á la izquierda. 

En este sitio habia un espejo colosal, verdadera maravilla 
de los adelantos de la moderna civilización. 

El marco tenia en los cuatro ángulos cuatro rosetones do- 
rados. 

El invisible apretó uno de estos, y la gigantesca luna giró 



DE RSPA5ÍA. 579 

siiv ruido dejando ver una especie de corredor, corto y oscuro. 

Al fondo de él habia una puerta. 

Buscó en la pared otro resorte, y la puerta les franqueó el 
paso. 

Nada mas fantástico, nada mas encantador que aquel lucido 
retrete, verdadero cielo del amor. 

Figuraos una estancia octogonal, en cada una de cuyas ocho 
caras, se veía una Venus, sonriendo de placer y de voluptuo- 
sidad. 

Festonad todas estas paredes con madreselvas y jazmines. 

Mirad á la bóveda de este aposento, y veréis una especie 
de enrejado de finísimo alambre, por donde penetra un sol li- 
bio, cuyo brillo amortiguan unas cortinas de seda celeste. 

En uno de los lienzos de las paredes, á entrambos lados de 
una de las Venus, se abren también otras dos ventanas cu- 
biertas asimismo de alambre, y atenuada la luz por otras cor- 
tinas de seda. 

Poned si)bre el pavimento una alfombra en cuyo tegido se 
hunden los pies. 

Fijad estatuas de mármol en todos los ángulos del aposento. 

Aspirad el aroma de aquellas flores. 

Escuchad los melodiosos cantares de los pintados pajarillos 
encerrados en jaulas de nácar y palo santo- 

Contemplad aquellos almohadones de raso celeste, que cir- 
cuyen la habitación, y tendréis una idea de lo que era aquel 
gabinete encantador construido en el seno de la montaña. 

El invisible depositó, su preciosa carga en uno de aquellos 
almohadones. 

Zobeiba no sabia donde, ni como se encontraba. 

El caballero de pie ante ella, la contemplaba inmóvil, con 
los brazos cruzados sobre el pecho. 

Nuestros lectores desearán indudablemente conocer mas de- 
talladamente al personage, que de tan estraño modo se ha pre- 
sentado, y que tan principal papel ha de jugar en nuestra obra. 

Aprovechándonos de su distracción, vamos á tratar de ha- 
cer su retrato físico. 



^80 EL HONOR 

Sobre un rostro de un raoreno-claro, se fijaban dos ojos 
neí^ros como la noche, y cuyas pupilas lanzaban unos destellos 
tan brillantes, que eran irresistibles si brillaban de amor, ater- 
radores si los encendía el fuego de la cólera, y altamente in- 
teresantes cuando el dolor amorlio^naba ali^o su brillantez. 

Cubrid estos ojos con larp^as v pobladas pestañas, y sobre 
estas fijad los arcos de unas espesas cejns. 

Separad eslas por la lineado una nariz puramente griega. 

Colocad bajo esta un espeso bigote, que á su vez sombrea 
una boca de proporciones regulares, y por entre cuyos sonro- 
sados labios se ven unos dientes pequeños iguales y blancos 
como la nieve con el esmalte del marfd. 

Rodead este rostro de una barba espesa y negra como el 
bigote, y sobre una frente ancha y despojada poned una cabe- 
llera cuyos rizos naturales embellecen mucho mas aquella fi- 
sonomía. 

Asentad esta cabeza sobre unos hombros admirablemente 
modelados, y conformad todas las demás formas á las ya in- 
dicadas, y tendréis una idea de la figura del invisible. 

Alto sin ser desproporcionado, todos sus miembros deno- 
taban la fuerza y el poder. 

Las líneas pronunciadas de su rostro marcaban claramente 
un orgullo indomable, una bondad y una grandeza de senti- 
mientos superiores á todo cuanto se pueda decir. 

Y finalmente había un no sé que de estraño, de sobrena- 
tural en aquella figura elegante y hermosa que subyugaba, 
que fascinaba por decirlo así. 

Respecto, á quien era, como había venido, y de donde, nos 
encontramos en la misma ignorancia que los Riffeños de las 
inmediaciones. 



Dfi bspaNa, S81 



VI. 



Mucho tiempo transcurrió sin que se hablara una palabra 
entre la hija del difunto Kabo de Raast-el-Seric y el habi- 
tante del palacio de la montaña. 

Al cabo de é! se pasó Zobeiba la mano por la frente como 
para evocar sus recuerdos, y dirigiéndose al invisible, le dijo: 

— En dónde estoy? 

— En tus dominios, señora raia, la contestó el invisible con 
un acento de ternura infinita. 

— |En mis dominios! esclamó con estrañeza la mora. 

— En los tuyos, porque hace mucho tiempo que eres la reina 
de mi alma; porque hace mucho tiempo que al darte el seño- 
río de mi corazón, te di el de todo cuanto yo poseia. 

— Y tú quién eres? preguntó Zobeiba sin comprender de todo 
cuanto le estaba pasando. 

— Si les preguntas á los habitantes de estas montaüas: unos 
te dirán que soy un ángel, y otros que soy un demonio; pero 
si me preguntas á mi te contestaré que soy un hombre que te 
adora, que hace mucho tiempo que ha estado espiando todas 
tus acciones, todos tus pensamientos, por decirlo asi, que te 
ha tenido muchas veces al alcance de su mano, y que otras 
tantas, te has escapado, no tií, sino el negro que se habia 
erigido en tu guardador hasta que ayer por fin pude estre- 
charte contra mi corazón. 

— ¿Qué estás diciendo? preguntó la mora con el acento del 
pudor ofendido. 

— No te asustes Sultana mia; te amo demasiado para no 
respetarte. 

— ¿Pero á tí quién te ha dado derecho para disponer de mi 
voluntad? 

— Mi amor. 

— Pero tu amor no escusa tu violencia. 



^82 EL HONOR 

— Perdóname, Sultana naia; pero si fuera posible que leyeras 
en el fondo de mi alma, disculparlas lo rpie he hecho contigo. 
Ademas ¿qué ibas tú á hacer sola en el mundo y sin la casa 
que te vio nacer? 

— Esas no eran cuentas luyas. 

— Tienes razón, pero si mi acción ha sido fea discúlpela al 
menos la intención con que la he hecho. ¿Me perdonas Zobeiba? 

—No, Ínterin no me lleves á la casa de mi lío el gefe de la 
Rabila de Mazuza. 

— Pídeme cuanto tu quieras pero no rae exijas nunca el que 
yo deje de verte. No sabes cuanto he sufrido cuando estabas 
lejos de mí. 

— Pues sino de esa manera nunca conseguirás mi perdón ni 
verás la sonrisa en mis labios porque no veré en ti al hombre 
que me ama sino al tirano que me oprime. 

— Mira, Zobeiba, yo le he amado con im amor como es im- 
posible que tu te imagines nunca. Hace tiempo ya que le cono- 
cía; yo desesperado he encontrado por tí únicamente apego á 
la vida. 

— Desesperado tú! ¿y porqué? 

-*-Tal vez mas tarde lo sepas. Por ahora bástale saber úni- 
camente que te adoro. 

— Y yo jamás podré amarte si de tal modo rae oprimes. 
Dame mi libertad y puede que algún dia te ame. 

—Imposible. Dejarte libre seria lo mismo que renunciar á 
tí, y eso jamás podré hacerlo. 

— Pero es que de este modo jamás conseguirás mi amor. 

— Tal vez el tiempo te haga ceder. 

— Nunca. Ademas amo á otro hombre, contestó Zobeiba co- 
mo si aquellas palabras abrasaran sus labios. 

— Ya lo sé que amas y mucho mas por la razón de que no 
eres amada. 

— Oh! exclamó la mora sintiendo renovarse todas sus heridas. 

— Cuando un corazón sufre necesita otro en quien desahogar 
su pena, si tú me amaras yo seria ese corazón que se asociaría 
de buen grado á tus dolores. 



i|5, .^ DE ESPAÑA. 585 

-.X'^Úi — No hablemos mas de eso. 

— Para mí será siempre lo único de que te podré hablar. 
— Ya que no me concedes la libertad al menos hazme el fa- 
í *^'^'vor que voy á pedirte. 
■ "' • :^ — Habla, qué deseas? 

— Hace tres dias que he sufrido mucho, que he tenido emo- 
ciones estraordinarias, 
— Demasiado losé. 

— Pues bien, puesto que has visto mis padecimientos com- 
prenderás que tengo necesidad de reposo. Tal v(3z mas tran- 
quila podré escuchar tus razones. 

— Tienes razón; perdóname, y no me supliques, mándame 
cuanto quieras, que mi deber es únicamente complacerle. 
— Toda vez que es asi déjame sola. 
— Como quieras, Sultana, que el cielo te guarde. 
Dio algunos pasos hacia la puerta el invisible y al llegar á 
la puerta se volvió hacia Zobeiba y haciéndola una profunda 
reverencia desapareció por el oscuro corredor. 



VII 



Como tras de la acción del dia once volvieron á estable- 
cerse nuíivamente las negociaciones de paz, táctica que pa- 
rece han observado siempre los marroquíes para reponerse de 
sus derrotas, volvieron á suspenderse las hostilidades. 

Fueron y vinieron emisarios y como siempre la paz no se 
ajustó. 

Hemos dicho que se suspendieron las hostilidades y hemos 
dicho mal. 

En vano los moros de rey pertenecientes á las tropas regu- 
lares de Muley-Abbas hacían todos los esfuerzos imaginables 
para contener á los marroquíes de las Rabilas que siempre 
estaban disparando sus espingardas sobre nuestros soldados. 

No pasaba un dia sin que tuviéramos que lamentar la pér- 
dida de alguno de estos. 



584 EL HONOK 

Favorecidüs por las paleras, ocullos eiilie las breñas, ú 
protegidos [)or las huertas, aprovechaban todas las ocasioneü 
para despachar un iníiel al otro mundo, como ellos llaman á 
nuestros valientes. 

Esta turba de feroces asesinos, pues no podemos calificar 
de otro modo á los que tales acciones ejecutan, pertenecían en 
su ma} or parte á las Rabilas del Riff. 

Aquellos bravios y salvajes montañeses que habían venido 
para batir completamente á los cristianos, y (jue en vez de 
esto habían sido destrozados, querían vengarse, no lealmente y 
luchando cara á cara, sino favorecidos por las sombras y ocul- 
los por los accidentes del terreno. 

Hubo días en que las Rabilas por sí y entre sí, se presen- 
taron á pelear haciéndose necesario que las tropas regulares 
salieran á contenerlos empeñándose entre ellos una semi ac- 
ción de la cnal resultaron como es consiguiente heridos y 
muertos de una y otra parte. 

Gomo esto se les negaba, como se les prohibía el que ata- 
casen á nuestro campo se aprovechaban de la noche para ha- 
cer sus fechorías. 

Pero pronto les había de llegar su castigo. 

El egército iba á marchar de un momento á otro y como 
en todas las acciones que hasta entonces había dado, no podía 
menos de conseguir la victoria. 



DE ESI'ANa. 



585 



CAPITULO XXXXI. 



Consideraciones histtócas sobre el Irnaerio de Marruecos. — En Mequl» 
iiez. — Temores del Emperador. — Benjamín y Sara. — Estrafia aparición. 

■ yt Ig 



I 




^^ KMOs dicho antes de ahora que las na- 
ciones tienen sus periodos de ascensión y 
sus periodos de decadencia. 

La civilización es una antorcha que 
ora derrama sus resplandores sobre un 
puenlo, ora los derrama sobre otro. 

Desde Oriente á Occidente ha ido corriendo durante mu- 
chos siglos deteniéndose un cierto número de años en un punto 
diferente. 

Marruecos fué en su tiempo una de las naciones mas civi- 
lizadas. 

Todas las naciones han tenido también su época de oro y 

74 



530 h:\. HONOK 

Almanzor eu el siglo Vil íué el que inauguro aquella época en 
el Mogreb. 

Es verdad también que nosotros hemos dicho siempre que 
una religión sea lo que sea al poner una valla al hombre en 
sus ideas y en sus deseos, le esclarece otros, y le excita otros 
nuevos. 

Antes de formar Mahoma con su nacimiento la base del 
Islamismo, los árabes adoraban al fuego. 

Embrutecidos por decirlo así en aquella religión en que 
se desconocía la ¡dea mus ptíqueila de la existencia de un 
Dios, aquellos ponsaiiiienlos no podían tener ensanche, aquellas 
imaginaciones giraban en un círculo demasiado mezquino y la 
barbarie y el atraso mas qomploto reinaban entre aquellas 
ordas feroces y salvajes. 

El Koran hizo dar al pueblo árabe un paso hacia la civi- 
lización. 

Sin embargo los califatos hicieron fructificar aquella planta 
religiosa, encarnada en la cabeza y en el corazón de todos los 
buenos creyentes. 

Almanzor, Haarum-eURaschid realizaron en sus épocas los 
adelantos mas grandes que hasta entonces se hicieron en §1 
saber humano. 

Las artes y las ciencias florecieron bajo estos reinados, y de- 
jaron inoculada su semilla en nuestro suelo durante los siete 
sjglos de su dominación. 

Esos grandes monumentos verdaderas maravillas del arte 
que ni aun el tiempo ha podido destruir, son el libro impe- 
recedero donde los áraj}es dejaron escrita la historia de su 
civilización. 

Oigamos al erudito Sr. Rotondo lo que sobre el mismo par- 
ticular dice en su. historia del imperio de Marruecos. 



aSiSPA^A, Sf?7 



II 



«Los frailes néslorianos egerciérón siempre grande influjo 
en los orígenes de la civilización árabe: asi los vemos desde 
loa primeros siglos de la era cristiana, no menos piadosos le- 
trados que pacíficos precursores de Mahoma, penetran en la 
Persia, en la India y hasta en el coi-azon de la China, propa- 
gando la fé á la vez que la ciencia, mientras qu3 en otro he- 
misferio el monge Nicolás traducia para los árabes andaluces 
la^ obras de Diocórides. Los judíos del Oriente, célebres á la 
sazón por su saber, pueden también reclamar para si el honor 
de haber iniciado á aquellos pueblos, aun antes qué lo hicieron 
los cristianos en el conocimiento de las ciencias de la antigüe- 
dad. Los hebreos sobre todo cultivaron la medicina, y ense- 
ñándola á los árabes, estos á su vez la perfeccionaron, mer- 
ced ala sagacidad penetrante, y tranquila observación que los 
caracterizaba. Pero al declinar la civilización musulmana, el 
estudio y la observación fueron reemplazados por las prácticas 
supersticiosas, y lo que hasta entonces había sido una ciencia, 
vino á convertirse desde afjuel momento en la más despre- 
ciable truhanería. 

Lejos de palidecer la brillantez del reinado de flarun-el 
Raschid, estendióse y fué aun mas refulgente en el de su hijo 
El-Mamun (811 á 853). Lo mismo eñ Bagdad, que después en 
Córdova los primeros cargos del Estado fueron desempeñados 
por los hombres mas ilustrados y científicos: familias enteras 
sin escluir las mujeres, se dedicaron á traducir obras eslran- 
geras, lo cual revela una educación nada vulgar, si bien por 
un eslraño capricho, después de terminada la versión, se que- 
daban los originales de órdén de líl-Mamun, que vencedor 
de los griegos, quería cobrarles la óontribucion en manuscri- 
tos. Pero al lado de estas escentricidades, et mismo califa 
edncafya á sus espensas seis mil alumnos solo en un colegio de 



S88 EL HONOR 

Bagdad, de modo que pasando los r^rahes sin transición nota- 
ble, de la barbarie y el embrutecimiento íi la mas refinada 
civilización, lo mismo v con ií?iial ardor se consagraron al es- 
tudio, que antes lo hablan hecho á las conquistas; tardíos en 
la oportimidad de crear, se apoderaron de las ciencias ya for- 
madas que vieron en los pueblos vencidos, y ya que no pudie- 
ron llamarse descubridores, fueron por lo menos grandes y 
fieles imitadores. De aqui el rápido crecimiento y la no menos 
veloz declinación de una civilización que mal madurada por falta 
del calor gradual y progresivo, carecía del cultivo bienhechor 
é indispensable, v brotó harto pronto para marchitarse. Todos 
sus conocimientos fueron copiados: la alquimia que cultivaron 
con tanta credulidad como entusiasmo, les vino de Egipto; la 
geometría y astronomía de los griegos, que fueron sus prime- 
ros maestros; la filosofía y la historia natural de Aristóteles, 
que reinó sobre ellos como sobre la edad media de Europa; la 
medicina de los hebreos, y el algebra de la .Tudéa; la brújula, 
aunque aun imperfecta, de los chinos, que la conocieron desde 
el primer siglo de la era cristiana; y por último, el papel del 
Asia, y la pólvora de los mongoles. Ganosos de conocimientos 
y á falta de inventiva, los árabes parecían dotados de la facul- 
tad de apropiarse los descubrimj'entos para perfeccionarlos, y 
propagándolos en su vasto imperio, constituirlos en un verda- 
dero patrimonio de la humanidad. Lo único que en medio de 
tanto plagio pueden disputarnos como suyo es su literatura: 
producto indígeno de su suelo y de su genio, v que les perte- 
nece de derecho por sus buenas cualidades y sobre todo por 
sus defectos. Y sin embargo debemos estarles muy agradecidos, 
no por haber creado las ciencias, sino por no haber dejado que 
perezcan. 

Sus principales historiadores son: 1.® Teman-bem-Amrí, 
que murió en S96 que escribió los anales de los Emires de Es- 
paña: 2.^ Mesandi, que á mediados del siglo X escribió su li- 
bro titulado Los vradni; de oro, en que describía las guerras 
Abd-el-Raman ííí contr.i los cristianos: 5." Abu-abdalla-ben- 
abud-nars-el-Homaid¡, autor de una ligera crónica^ sobre la 



TE ESPAÑA. 58§ 

conquista de la Península y sobre el reinado de los Omnia-- 
das: 4.0 Ben-el-abar-el-Kodaj, valenciano, que escribió sobre 
el mismo asunto; f).oAlimed-el-Rací, que vivió en el si^loíVde 
la Hegira, autor de uRa historia de Fspaña bastante estensa, v 
vidas de hombres ilustres: O.*" Abii-Meruan, mas conocido por 
Ebú-Havan. que murió en 1088, escribió los anales de España 
en diez tomos, y otra obra histórica en sesenta: 7. o Abul-Has- 
sem-Kalaf-ben-Paskual, natural de Córdova, muerto en H97 
que se ocupó de la caida de los califas: 8.° Abd-el-Halim, 
fi^ranadino, escritor del siírlo X(V, historiador de los imperios de 
Fez, de los almorávides v de los almohades: 9. o Ebú-Kal- 
dum, natural de Túnez, en el mismo siglo: 10. en los últimos 
tiempos de la dominación Árabe Lízan-Eddin-Assalemani, se- 
cretario de los principes de Granada, que narró sus reinados 
bajo el estraño título de hma llena: 11. Abdalla-alí-ben-Hnzel, 
de Granada, que escribió sobre la historia v e! arte militar, y 
finalmente, 12. Ahmed-el-Mokri, natural de Tlemcem, que com- 
puso hacia ^1 sialo XVÍÍ, una compilación abreviada ó índice 
de los trabajos de cuantos escritores le habían antecedido. 

Los muchos v continuos viages de los árabes, instruidos, 
recorriendo toda la inmensa ostensión de terreno sometido á la 
ley del Yslam, produjeron escelentes trabajos geográficos y es- 
tadísticos. Casi todos los trabajos que aun poseemos, se for- 
maron por disposición de los califas de Bagdad y de Córdova, 
V el Yben-Ysa-el-Gazani, nos ha legado una descripción cien- 
tífica del Egipto. El Xerife Edri*? en el siglo XÍI, después de ha- 
ber hecho para Rogerio, íí rey de Sicilia, la famosa esfera 
celeste de plata, que tanto dio que hablar en la edad media, 
compendió en su voluminosa geografía, de lo que por cierto 
solo nos queda un fragmento, una minuciosa descripción de la 
España. 

Desde los primeros tiempos de la conquista del emir El- 
sama, había formado de su puño y letra una estadística de la 
Península sometida, destinada para el califa Ornar, con una ta- 
bla de los impuestos que dehia satisfacer. 

Respecto de la filosofía, sabido es que las doctrinas de 



'*»^0 EL HONOR 

Aristóteles . fueron la base de los estudios árabes. Solo Aver- 
roés, de Córdova, escribió mas de veinte tomos de comentarios 
sobre los escritos de aquel ilustrado griego; pero la ortodoxia 
musulmana se sublevó inmediatamente contra unos trabajos, 
cuyas consecuencias, al propagar el espíritu de la libre discu- 
sión, amenazaban llevar su envidia basta el libr© sagrado del 
Profeta, tan abstracto estudio no carecía, sin embargo, de 
adeptos distinguidos; entre los cuales pueden contarse al céle- 
bre filósofo y médico Ebn-Sena (avicena) que murió en 1037. 
El-Farabí que falleció en 9o0, poseia, spgun se dice, 70 idio- 
mas y dejó una eslensa enciclopedia sobre todas las ciencias de 
la época. El Gazali que dejó de existir en 1343, que aplicó 
la filosofía á la teología. Ebn-Toufal, primer autor de la ma- 
noseada fábula del niño arrojado en un desierto, y á quien la 
naturaleza revela por gradaciones insensibles nada menos qu6 
todo un sistema de metafísica; y finalmente, al espirar el siglo 
undécimo. El Kindi, que fué el mas grande filósofo, médico y 
astrólogo de aquella brillante época y que dejó mas de dos- 
cientas obras. 

Pero la ciencia hubiera sido completamente estéril páralos 
árabes, si ella misma no hubiera dotado de un poder sobre- 
natural á cuantos buscaban sus misterios en las entrañas de lá 
tierra. De aquel poder sobrenatural, de aquella heroica cons- 
tancia nutrida de desengaños, nació la alquimia, y si el arte 
de convertir los mas viles metales en oro, si la invención de 
la bebida de inmortalidad, no llegaron á coronar sus pacien- 
zudos esfuerzos, preciso es por lo menos reconocer que ensan- 
charon de una manera prodigiosa los hasta entonces bien redu- 
cidos límites de la química. 

El-Geber, que en Sevilla dio su nombre á la álgebra, in- 
ventada en la Judéa muchos años antes que él viviere, escri- 
bió varios tratados sobre la alquimia y la química que lasti- 
mosamente confunde en mas de una ocasión, Ebn-Mesua y 
El-Razi, dividieron con aquel sabio la honra de haber trasítií- 
tido y desarrollado conocimientos cuyo origen data de las mas 
remotas épocas de los griegos y de los indios. 



nii ESPAÑA, 591 



m 



Los demás ramos de la historia n^itural, prosigue el mis- 
mo Sr. Botondo, «deben también un glorioso y grato recuer- 
do á los árabes : Ebn-Kadi-Schiaba y Abu-Ohtman escribie- 
ron la historia de los animales. Abel-el-K¡han-el-Bioun¡ se 
ocupó del reino mineral; Ebn-el-Beytar, natural de Malaga, 
y que murió en 1248, esploró todas las parles del mundo 
conocidas por los musulmanes, desde las orillas del Ganges has- 
la las riberas del Atlántico, en que recogió grandes tesoros de 
observaciones. 

Pero el arte en que se sublimaron mas los árabes fué la me- 
dicina. La famosa escuela de Salerno tenia entre sus profeso- 
res muchos célebres musulmanes. En los escritos de El-Zaha- 
ravi, eminente cirujano que murió en 550 de la hegira, se ha- 
llan los pormenores de muchos instrumentos ya perfeccionados, 
la aplicación de la moxa contra la gota; y no es menos de ad- 
mirar la osadía con que se practicaban algunas operaciones 
de arte quirúrgico, que aun no habia pasado los años de su 
niñez. 

La farmacia no permaneció estacionaria, puesto que el sa- 
bio Aben-Zoard, Sevillano, dio su nombre al bezaar, ó sea 
concreción calculosa que se forma en el estómago y vías uri- 
narias de los cuadrúpedos; la primera farmacopea que se ha 
publicado se debe á los árabes á fines del noveno siglo, y gran 
parte de los nombres farmacéuticos que hoy se usan son ori- 
ginarios de su lengua. 

Ese mismo pueblo sustituyó con la sencillez de sus núme- 
ros el complicado sistema aritmético de los romanos. 

Tehbit-ben-Kola y Mohammed-ben-Muza adelantaron las 
naatemáticas hasta llegar á las ecuaciones de segundo grado; 
y aun existe en la ciudad de Leyde un tratado manuscrito de 
Ben-Omar sobre las ecuaciones cúbicas, Thebit ^tradujo las 



^92 EL HONOK 

obras de ^Arquiíueiies y las secciones cúbicas de Apolonio, 
cüiTigieudülas y auuieulaüdolas: todas las obras de los geóme- 
tras griegos íueroa vertidas al árabe y la incontestable apti- 
tud en este genero de estudios esplica de un modo tangible sus 
talentos en arquitectura y en mecánica. 

Ei caiiía Kl-Mamun dio grande impulso á las investigacio- 
nes astronómicas. Bajo su reinado, dice Abu-el-Feda, se fijó 
la circunlerencia ue la tierra en 9,000 leguas, y si bien el 
descubrimiento del sistema solar lué muy posterior, los movi- 
mientos de los astros, el disco del sol y lo5 eclipses se estu- 
diaron con alan, de donde la ciencia moderna üa sacado no 
poco íruto. La lamosa torre ú\itd¿ Giralda de Sevilla fué le- 
vantada en 1100 por el Ei-^Gtíber, V és tal vez el mas anti- 
{§uo y mejor observatorio que se conozca en el mundo. 

Las escuelas publicas, colocadas como ya hemos dicho al 
lado mismo de las mezquitas, solo enseñaban en un princi- 
pio la gramática y el Koran; pero habiéndose creado después 
muchos y grandes colegios cientiíicos , celebrábanse en ellos 
solemnes examenes, cual hoy sí practica en nuestras univer- 
sidades, y merced á la tolerancia 'de aquellas grandes épocas 
de la edad media, hasta se vieroú judios regentando im|)or- 
tantes cátedras. 

Tal es el grande y científico edificio que la religión mu- 
sulmana, sencilla como la que mas, supo levantar tras dos si- 
glos de conquistadora existencia; y al desterrarse el brutal 
impulso del puñal, se abrió ancho y fecundo para las conquis- 
tas del talento, ihi Cairo, Kairnan y Fez sobrepujaron en este 
punto al Oriente y á la España mora, asi por el número como 
por el esplendor de sus establecimientos. El Norte africano, 
especie de apéndice donde lloma llevo la civilización después 
de la conquista, renacía á nueva vida, y sometido á dueños 
mas ilustrados, olvidaba los desastres de los vándalos y las de 
los incultos discípulos de Mahoma. Pero la invasión cristiana 
arrojando de España los restos del emirato de Granada, rom- 
pió la cadena de aquella civifizacion encerrada en estrecho cír- 
culo por la aridez del Koran, \ el islamismo entonces arran- 



DE ESPAÑA. 595 

cado por un fuerte sacudimiento del suelo en que había flo- 
recido, tornó lánguido y medio muerto hacia ¡os desiertos afri* 
canos. Fez abrió un pasajero asilo á los últimos letrados an- 
daluces, y luego tan solo quedaron de tan grandiosa tradiccion 
algunos recuerdos errantes y como acobijados entre los frag- 
mentos de sus hacinadas ruinas.)) 



Las épocas pasan como los hombres, y estas épocas se 
llevan entre los pliegues de su manto, las civilizaciones, la 
dicha y los adelantos de los pueblos. 

Sin embargo siempre queda entre esas cenizas un germen 
que el menor soplo puede hacerlos fructificar. 

Marruecos ha sido una de estas. 

Mejor dicho, todo el África ha conservado siempre estos 
gérmenes civilizadores. 

Razas salvajes y feroces las primitivas que poblaban el 
Mogreb necesitaban que Gartago al brotar en medio de su sue- 
lo la civilizase un tanto. 

Dido fundadora de esta ciudad contaba con elementos para 
crear un pueblo por decirlo así, que con el trascurso del tiem- 
po pudiera hacer frente al poder inmenso que de dia en dia 
iba tomando Roma. 

Pero el amor de Jarbas, que quiso cobrarse con usura e^ 
favor que habia hecho á la amante del jefe de los troyanos, la 
hicieron quitarle la vida dejando su obra iniciada nada mas. 

El senado cartaginés con la prepotente autoridad que ejer- 
cía fué dando impulso a la pequeña república y el comercio 
base de la prosperidad y la civilización de un pueblo era la 
propiedad exclusiva por decirlo asi de los cartagineses. 

Pero aun no era mas que una potencia comercial, era me- 
nester que tuviese un poder que cubriese con su éjida las ri- 

73 



?)94 EL noivoR 

cas liólas que criizal)an onlrambas maros y que la hicioso res- 
p<;(ar de todas las naciones conocidas en aquel tiempo. 

Las cosías de España pagaron las consecuencias de aquella 
determinación del Senado. 

Carlago-nova, (hoy Cartagena,) fué la metrópoli (pie á ¡mi- 
lacion de la Carla^ío africana crearon los africanos en las eos- 
tas Ibéricas. 

Y transcurrieron los años y el poder de los cartagineses 
acrecía de dia en dia. 

Justaba próximo á llegar al Cénit y los resplandores del sol 
de sus adelantos habían de excitar poderosamente los celos la 
envidia y la rivalidad de aquella otra gran república que ha- 
bía entonces en el mundo conocido. 

Aquí empieza esa magnifica Epopeya que la historia seríala 
con el nombre de guerras púnicas. 

Las disensiones de Sicilia fueron la manzana arrojada en- 
tre estas dos repúblicas. 

Rotas las hostilidades comenzó esa lucha gigantesca esa 
guerra que duró años y afios y que no concluyó mas que con 
la destrucción de una de las dos. ■ -5 

El África fué romana. 

Los adelantos la civilización y el comercio siguieron su 
marcha mucho mas lenla que hasta entonces. 

y para destruirla, para dejarla dormir en el embruteci- 
miento durante algunos años vinieron los vándalos. 

A los califas solos estaba reservada la gloria de hacer cre- 
cer el átomo civilizador que por tantos tiempos habia estado 
adormecido si de este modo nos podemos esplicar, en aquellas 
abrasadas regiones. 

Ya hemos hablado en otro lugar de las diversas razas que 
desde el siglo VIII dominaron en el Mogreb. 

También hemos transcrito algunos párrafos de la obra que 
el erudito señor Rolondo está escribiendo bajo el liíulo de hi 
Argelia y el imperio de Marruecos 

En estos párrafos habrán visío nueslros Jectov,,; ni ¿^ran 



Í)E KSPArÍA. 

cuadro de glorias de esos poderosos califatos tan fecundos pa- 
ra su país. 

Las relaciones polilicas ó comerciales de unas potencias 
eos otras son el desarrollo de la inteligencia, y con este los ade- 
lantos, la civilización, y los progresos de un pueblo. 

Los siglos XVI y XVII fueron los en que los marroquíes 
tuvieron mas relaciones con las potencias de Europa. 

Estas naciones fueron la Francia y la Inglaterra. 

Ambas á dos se disputaron durante mucho tiempo la su~ 
premacia de la iníluencia con los sultanes mogrebinos. 

Ambas á dos comprendían el gran partido que podían sa- 
car de aquel pueblo virgen por decirio así de conocimientos 
políticos, y de estrategias diplomáticas, para su comercio y pa- 
ra la prosperidad de sus intereses. 

Durante muchos años, Inglaterra y Francia, trataban de 
amenguarse el poder que tenían en Marruecos. 
^,, Podemos decir que desde el siglo XYl, Tánger ha sido una 
propiedad casi exclusiva de los Ingleses, 
: . Sin embargo Francia trató de eclipsar la estrella de Al- 
bion, y. por medio de negociaciones secretas lo consiguió. 

Desde aquí empezó ya la lucha diplomática de estas dos 
naciones, para monopolizar, si se nos permite esta frase, la 
esplotacion de aquel imperio. 

Y entre tanto España, la que por su vecindad, por las po- 
sesiones que tenia en el suelo africano y hasta, por una con- 
secuencia natura! de sus pasados tiempos, debiera haber ejer- 
cido esa iníluencia tan benéfica para su engrandecimiento co- 
mercial, veía esas dos potencias casi á las puertas de su casa, 
disputándose la presa del Mogreb. 

A continuación copiamos lo que el Sr. Rotondo, dice res- 
pecto á ese periodo del imperio, y en que con tan vivos colo- 
res, pinta las relaciones políticas de los Xeriffes con entrambas 
naciones. * 



^96 EL HONOR 



«Los Ingleses, que en 16G6 hacia y cinco años que ocupa- 
ban á Tánger, sacaban tal influencia nnarilima de su posesión, 
que llegó á poner en cuidado á la polilica de Luis XIV, por 
las muchas y buenas simpatías que hablan ya conseguido en Fez. 

Un negociante de Marsella llamado Rolando Frejús tuvo en- 
cargo de S. M. para fundar en Fez una agencia comercial, y 
como enviado de Luis XIV fué recibido por el Xerife Muley- 
Arschid, príncipe ambicioso que soñaba nada menos que con 
la sumisión de todo el Mogreb. Compró este príncipe al comer- 
cio francés gran cantidad de municiones de guerra y hallándose 
sus armas protegidas por la suerte, llegó á ser para el rey de 
Francia un aliado importante, lo cual sea dicho de paso no 
agradaba á los ingleses. 

Tiempo hacia ya que el gobierno de Cromwell conocía las 
grandes ventajas que proporciona la posición de Tánger. Car- 
los 11 á fuer de diestro político le hí^bia separado de la corona 
de Portugal casándose con la infanta doña Catalina, con la 
cual nivelaba el poder comercial de los holandeses en el Medi- 
terráneo; pero tan luego como Fez abrió sus puertas á Muley- 
Arschid, tan luego como este tremendo conquistador llevó sus 
armas hasta el Estrecho, desde aquel momento se hallaron los 
ingleses encerrados en Tánger. En 1675 enviaron á su sucesor 
Muley Ismael su embajador con ricos presentes solicitando pa- 
ces; pero cuando iban á concertarse se presentó un santón cu- 
bierto de andrajo?, que gozaba en el pais una gran reputación 
religiosa, y aproximándose al Xerife le dijo que la noche antes 
se le habia aparecí lo el Profeta mandándole anunciar que Mu- 
ley-lsmael vencerla á sus enemigos sieníj^fe que no cerrase 
ningún tratado con los ingleses. Demostrando pues el Xerife un 
profundo respecto á aquel morabito, le besó su sucia cabeza y 
contestó al embajador, que temiendo caer en desgracia con 



DE espaRa. 597 

Maboma no h era posible arreglar las paces. El enviado britá- 
nico se retiró mohíno, y Muley-Ismael recogió todos los objetos 
que constituían el regalo. 

En 1678 Y á pesar de la horrorosa peste introducida en 
Marruecos por las comunicaciones de Argel y Tetuan que cau- 
saba una gran mortandad, sobre lodo en la parte Norte, los 
alcaides ó gobernadores de las fortalezas contiguas á Tánger 
atacaron mas de una vez á la plaza, resultando de estas ma- 
niobras que el alcaide de El-Kassar tomó en el mes de marzo 
dos fortines avanzados, matando unos 50 hombres y llevándose 
prisioneros á los demás. 

Habiendo corrido muy válido al siguiente año á pesar de no 
ser cierto que Luis XiV trataba de enviar una gran flota para 
establecer la fortaleza de Alcázar Segair cerca de Tánger, sa- 
lieron dos egércitos de Fez y de Mequinez para atacar otra vez 
á las posesiones inglesas, Amar-Hadu probó un golpe de mano 
sobre Tánger, pero tuvo una pérdida de 4000 hombres y hubo 
de retirarse. Volvió á la carga en 1680 y cortando entonces las 
comunicaciones del fuerte Carlos con la ciudad, sometió por 
hambre á la guarnición, y la destrozó por completo en la pri- 
mera salida que hizo. Trató la Inglaterra de fortificar á Tán- 
ger; pero el parlamento no quíso votar las cantidades nece- 
sarias para tan costosos trabajos. 

Decidióse pues á abandonar á Tánger. Portugal ofreció, en 
el interés general de la Cristi índad, apoderarse de aquella plaza 
que podia tener en jaque las audaces rapiñas de los corsarios 
berberiscos; pero el egoísmo de Alvion no podia en manera 
alguna cort«;enl¡r que otra nación inferior á ella, poseyera lo 
que ella no podía sostener, y antes que permitirlo, hizo que 
sus cañones destruyesen á Tánger en 1684. Visto esto por los 
moros, se apoderaron de las ruinas, y hasta celebraron como 
una victoria la debilidad de un gran pueblo que solo enmendó 
su falta, 20 años d^pues ocupando á Gibralíar. 

Consecuente ísmail al carácter musulmán, y enemigo mor- 
tal del nombre cristiano, terminó su reinado, guerreando con- 
tra algunos puestos españoles de la iMámora y de Larache; 



598 P.L HONOH 

pero lodos sus esfuerzos fracasaron contra Cenia Iras 26 anos 
(le sitio, que le costaron mas de cien mil hombres. Fn 1682 el 
mismo Muiey-Ismail solicitó la amistad de í.nis XVílT. y ha- 
biendo ¡(lo sus diputados á presenciar las magnificencias de 
Versalles, fué la! la maña que se dií') el rey de Francia, qíié 
sobre la marcha se firmó un escelente tratado. Los piratas de 
Salé se vieron á raya, y si de v(^z en cuando se notaba al- 
guna infracción á la fé jurada, inmediatamente llovían ne- 
gociaciones diplomálicas en las que el honor de la Francia quéí-' 
daba en su puesto. *-'^ ^^^ 

Inútiles fueron las intrigas estrangeras, que aprovechán- 
dose de las guerras de Luis XIV, trataron de romper las rela- 
ciones de la Francia con el África: escitado en 1696 Muley- 
Ismail por los agentes secretos del príncipe de Orange en 
contra de la Francia, incomodóse con el cónsul francí^s de Salé 
y las relaciones se hubieran acaso roto á no mediar la paz de 
Risvvick, y admirado entonces el Xerife de la suerte de Luif? 
el Grande, propuso el mismo las bases de nna alianza sin re- 
serva, y desde el 1699 la potencia del Mogreb parecía revo* 
lotear tras el brillo de la corona francesa. 
El geiK^ral de la marina de Muley-lsmail llamado Ben-Aísa-Bais, 
.se embarcó en una fragata de la escuadra de Chateau-l^enaud, 
que cruzaba delante de Salé y fué conducido al puerto de Brest 
én diciembre de 1698. Presentáronse allí algunos comisionados 
de Lilis XÍV y comenzaron las negociaciones, discutiéndose los 
artículos de 1682; pero como el embajador marroquí no quería 
cerrar ningún trato sino con el mismo rey de Francia, dispuso 
el gobierno que se trasladara á París; donde se hicieron to- 
dos los preparativos, y nada se omitió para que el enviado de 
Marruecos pudiese formar una alia idea del poder de aquella 
nación. Durante todo el camino hallaba escollas que se rele- 
vaban con frecuencia v constituían una verdadera guardia de 
honor; y el 16 de febrero de 1699 fué admitido en real au- 
diencia en e' palacio de Versalles y en presencia de toda la 
corle. Luis XIV contestó á las ofertas del tratado xeriffeño 
sometiéndose al examen de sus comisionados; pero no por eso 



TE ESPAÑA. 599 

dejó de emplear cuantos esfuerzos estuvieron de su parte por 
aumentar la esplendidez de la brillante acogida al almirante 
moro, cuyo carácter y digna apostura contenían cualquier in- 
discreción por parle de los cortesanos. 



Kl escritor Tomassi continua el señor Rotondo «üice, que 
por una estraña coincidencia ocurrió que el antiguo bienhechor 
deBen-Aísa, Jacobo lí, se hallaba entonces bajo la protección 
del rey de Francia, io cual debió producir una revolución en el 
alma generosa del embajador nnarroqui. Y efectivamente, este 
fué varias veces á visitar al monarca caido, quien en tiempos 
prósperos le habia hecho prisionero de guerra, devolviéndole la 
libertad sin rescate: repitióle l